miércoles, 22 de agosto de 2012

Primera Parte, Capitulo Veintiuno



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Un día llegó un tipo malo al Bosque del Ruiseñor. Era muy malo y feo, pero fingió ser amigo de Benny. Aunque sólo Daphne sabía que era muy malo. Por eso le dijo a Benny: «¡¡¡¡No es tu amigo!!!!»

Daphne conoce a un tipo malo
por Hannah Marie Calebow




Rochi oyó que Gastón soltaba un par de tacos entre dien­tes y dibujó una sonrisa en su rostro.
-Hola, chicos. ¿Se escaparon un rato de los niños?
-Están jugando al escondite con linternas en el espacio comunitario -dijo María bajando las escaleras y fijándose en las arrugas del vestido de Rocío.
Ro necesitaba todo su ingenio para despistarla, aun­que el hecho de no llevar ropa interior jugaba en su contra.
-Espero que no le pase nada a Amado. Ya sabes lo rá­pido que desaparece -dijo con aire de preocupación.
-Amado está bien -repuso Nicolás-. Y aquí tampoco puede meterse en muchos líos.
-No tienes ni idea -murmuró Gastón.
Mery miró hacia el camino que llevaba a la playa. La camiseta de los Stars y los vaqueros que llevaba no lograban ocultar a la luchadora por el poder que había debajo.
-La señora Long se ha ofrecido voluntaria para vigilar­les. Vamos a dar un paseo.
Rochi se encogió de hombros.
-Creo que paso. Llevo levantada desde las cinco y me­dia, y estoy un poco cansada -«De haber hecho el amor tres veces en lo que llevo de día», pensó-. Tal vez mañana.
La voz de Nicolás resonó, fría como el acero.
-No estaremos mucho rato. Hay un par de cosas de las que quisiéramos hablar.
-Ya casi se nos han terminado las vacaciones. ¿Por qué no se relajan y disfrutan del tiempo que les queda?
-Es un poco difícil relajarse estando tan preocupados por ustedess- replicó Mery.
-¡Pues déjense de preocupar!
-Cálmate, Ro -dijo Kevin-. Si quieren hablar, seguro que podemos dedicarles unos minutos.
«Vaya un pelotillero», pensó Rochi. Aunque tal vez ha­bía decidido que iba siendo hora de que jugasen todos a un arriesgado juego nuevo. Rocío supo desde el principio que Gas no se escabullía porque tuviera miedo de Nicolás y María. Lo hacía porque le encantaba el riesgo.
-Tú tal vez tengas tiempo, pero yo no -le espetó Rocío.
Nicolás alargó la mano para agarrarla del brazo como ha­bía venido haciéndolo desde que ella tenía quince años, pero Gastón se interpuso entre los dos para impedírselo. Rochi no supo quién se había quedado más sorprendido, si ella o Nico. ¿Había interpretado Gastón el gesto como una ame­naza?
María reconoció las señales del choque de cornamentas y se puso al lado de su marido. Ambos intercambiaron una mirada y Nicolás echó a andar hacia el camino.
-Venga, vamos.
Había llegado la hora del ajuste de cuentas y no había mo­do de escapar. Rocío imaginó las preguntas que les harían. Si al menos pudiera imaginar también cómo responderlas...
Anduvieron por la playa hacia las últimas casitas del campamento, junto al límite del bosque. Cuando llegaron a la valla que indicaba el final del campamento, Nicolás se detu­vo. Gastón se separó ligeramente de Rocío y apoyó las cade­ras contra un poste.
-Ya hace dos semanas que están aquí -dijo María soltando la mano de Nicolás.
-El miércoles hizo dos semanas -puntualizó Gas.
-El campamento es precioso. Los niños se lo están pa­sando de maravilla -dijo Mery.
-Es un placer tenerlos aquí.
-Todavía no se pueden creer que compraras todas aque­llas bicis.
-Lo hice con gusto.
Nicolás perdió la paciencia.
-María y yo queremos saber cuáles son tus intencio­nes con respecto a Rocío.
-¡NICO! -gritó Rocío.
-No pasa nada -dijo Gastón.
-¡Sí que pasa! -dijo Rocío mirando a su cuñado-.¿Qué clase de mierda sexista del sur es ésta? ¿Qué hay de mis intenciones con respecto a él?
Rocío no sabía cuáles eran exactamente esas intenciones más allá de mantenerse alejada del mundo real y quedarse en el Bosque del Ruiseñor durante el máximo de tiempo posi­ble, pero tenía que pararle los pies a Nicolás.
-Se suponía que iban a solicitar una anulación –dijo María-. Y en lugar de eso, huyeron juntos.
-No huimos -replicó Rochi.
-¿Y cómo lo llamarías tú, si no? Además, cada vez que intento hablar contigo del tema, me evitas. -María se me­tió las manos en los bolsillos de los vaqueros-. Es otra vez la alarma de incendios, ¿verdad, Rochi?
-¡No!
-¿Qué alarma de incendios? -preguntó Gastón.
-No importa -se apresuró a decir Ro.
-No, quiero saber de qué va esto.
María la traicionó.
-Cuando Ro tenía dieciséis años, accionó la alarma de incendios de su instituto. Por desgracia, no había habido ningún indicio de fuego.
Gastón la miró con curiosidad.
-¿Tenías algún buen motivo?
Rochi negó con la cabeza, sintiéndose como si volviera a tener dieciséis años.
-Entonces, ¿por qué lo hiciste?
-Prefiero no hablar del tema.
Gastón ladeó la cabeza hacia Nicolás.
-Siempre hablan de ella como si fuera perfecta.
-¡Y lo es! -ladró Nicolás.
Rocío sonrió a su pesar, pero se mordió el labio.
-Fue una aberración. Yo era una adolescente insegura que quería poner a prueba a Mery y Nico para asegurar­me de que me apoyarían hiciera lo que hiciera.
-¿Y tuvieron que evacuar el instituto? -preguntó Gas con una chispa de especulación en la mirada.
Rochi asintió.
-¿Cuántos camiones de bomberos?
-Dios mío... -musitó Mery-. Fue un delito grave.
-Fue un delito de segundo grado -dijo Rocío sombríamente-, así que resultó bastante desagradable.
-No me cabe la menor duda. -Gas se volvió hacia los Riera-. Por fascinante que sea, y admito que es bas­tante fascinante, no creo que sea de esto de lo quieran ha­blarnos.
-¡Tampoco es nada importante! -exclamó Rocío-. Ha­ce dos semanas, Gas se presentó en mi apartamento porque había asistido a una cita con el abogado. Yo no me encontraba demasiado bien, y Gastón pensó que me convendría un poco de aire fresco: por eso me trajo aquí.
Cuando María quería, era mejor que nadie con el sar­casmo.
-¿Y no podías limitarte a sacarla a pasear?
-No se me ocurrió.
Al contrario que María, Gas no quería revelar secre­tos de Rochi.
Pero Rochi tenía que ser sincera con respecto a esa par­te te de la historia.
-Yo estaba terriblemente deprimida, pero no quería que ustedes supieran lo mal que estaba. Gastón es una persona bastante bien intencionada, aunque intente disimularlo, y me dijo que si no le acompañaba me llevaría directamente a su casa y me dejaría con ustedes dos. Yo no quise que me vieran de aquella manera.
María pareció alicaída.
-¡Somos tu familia! No deberías haberte sentido así.
-Ya los había fastidiado bastante. Había intentado fingir que estaba bien, pero ya no podía seguir aguantándolo más.
-Ro no estaba bien -dijo Kevin-. Pero ha mejo­rado desde que está aquí.
-¿Cuánto tiempo más piensan quedase? -preguntó Nicolás todavía con suspicacia.
-No demasiado -replicó Gas-. Un par de días más.
Al oírlo, Rochi sintió un dolor en el pecho.
-¿Te acuerdas de Eddie Dillard? –prosiguió Gastón-. Había jugado con los Bears.
-Sí que me acuerdo -dijo Nicolás.
-Quiere comprar este lugar, y mañana subirá a verlo.
A Rocío se le hizo un nudo en el estómago.
-¡No me lo habías dicho!
-¿Ah, no? Estaría demasiado ocupado.
Ocupado disfrutando del sexo con ella. Pero había habi­do el tiempo suficiente entre sus encuentros eróticos como para mencionarlo.
-Nos podemos ir inmediatamente -dijo Gastón-. Acabo de hablar con mi gestor esta tarde, y por fin ha encon­trado a alguien en Chicago que va a hacerse cargo del campa­mento durante el resto del verano; se trata de un matrimonio que ya tiene experiencia en este tipo de trabajo.
Fue como si le hubiera dado una bofetada. Ni siquiera le había comentado que le había pedido a su gestor que busca­ra a alguien en Chicago. Se sintió más traicionada que cuan­do María había mencionado lo de la alarma de incendios.
Gastón sabía que a ella no le iba a hacer ninguna gracia, así que había decidido no comentárselo. No había una auténtica co­municación entre ellos, ningún objetivo común. Tenía delan­te de sus narices todo lo que no había querido aceptar sobre su relación. Tal vez compartían el sexo, pero era lo único.
María acarició con la punta del pie una mata de achicoria y preguntó:
-¿Y ahora qué harán?
Rocío no se veía capaz de soportar oír la respuesta en boca de Gastón, así que lo dijo ella en su lugar:
-Pues nada. Pedimos el divorcio y seguimos cada uno nuestro camino.
-¿El divorcio? -preguntó Nicolás-. ¿No iban a pedir la anulación?
-Los motivos que podemos alegar para pedir la anu­lación son muy limitados. –Rocío intentó emplear un tono impersonal, como si nada de todo aquello tuviera que ver con ella-. Es preciso demostrar que ha habido engaño o coac­ción. Nosotros no podemos, de modo que tendrá que ser un divorcio.
María levantó la mirada de la mata de achicoria y empezó a decir:
-Quisiera haceros una pregunta...
Rocío supo enseguida lo que venía a continuación e intentó pensar un modo de evitarlo.
-Parece que se llevan muy bien.
«No, Mery Por favor, no.»
-¿Habán considerado la posibilidad de seguir casados?
-¡No! -espetó Rocío antes de que Gastón pudiera res­ponder-. ¿Crees que estoy loca? ¡No es mi tipo!
María levantó las cejas y Gastón parecía algo más que molesto. No le importaba. Un intenso deseo de herirle la do­minaba. Pero no podía hacerlo. María era la jefa de Gastón, y su carrera lo era todo para él.
-Gastón no tenía por qué traerme aquí, pero lo hizo de todos modos porque vio que yo necesitaba ayuda. -Rocío respiró profundamente y recordó que Gas la había per­donado, y que eso se lo debía-. Ha sido maravilloso, extre­madamente amable y sensible, y les agradecería a los dos que dejaran de sospechar tanto de él.
-Nosotros no...
-Sí que lo hacen. Y eso lo ha puesto en una situación di­fícil.
-Tal vez debería haber pensado en ello cuando te arras­traba hacia el bosque el domingo -dijo Nicolás lentamente-.¿O estaba demasiado ocupado siendo amable y sensible?
La mandíbula de Gastón se tensó.
-¿Qué intentas decir exactamente, Nicolás?
-Digo que si ayudar a Rocío fue simplemente un gesto humanitario, no deberías estar acostándote con ella.
-¡Ya basta! -exclamó Ro-. ¡Acabas de cruzar la raya!
-No es la primera vez, y estoy seguro de que no será la última. María y yo miramos por la familia.
-Tal vez deberían mirar un poco más por alguien de su familia -dijo Gastón pausadamente-. Rocío les está pidiendo que respen su intimidad.
-¿Es su intimidad o la tuya propia lo que te preocupa?
Las cornamentas volvieron a chocar, pero a Rocío no le importó.
-Olvidan que ya no tengo que darles explicaciones. Y en cuanto a mi relación con Gastón... Por si no lo han ob­servado, no dormimos bajo el mismo techo.
-Y yo no nací ayer -insistió Nicolás.
Rocío ya no pudo contenerse.
-¿Sería mucho pedir un poco de cortesía? Me he pasa­do doce años fingiendo que no veía cómo se sobaban el uno al otro, fingiendo que no los oía por las noches cuando hacían, pueden creerme, demasiado ruido. Y la realidad es que Gastón y yo de momento estamos casados. Pronto obtendremos el divorcio, pero todavía no lo tenemos, así que lo que pase o deje de pasar entre nosotros no es tema de discusión. ¿Ha quedado claro?
María parecía cada vez más preocupada.
-Rochi, tú no eres el tipo de persona que se toma el se­xo a la ligera. Tiene que significar algo.
-¡Y por supuesto que significa algo! -le gritó Nicolás a Gastón-. ¿Has olvidado que hace muy poco sufrió un aborto?
-¡No sigas! -dijo Gastón sin apenas mover los labios. Nicolás vio que por allí no llegaría a ningún lado, y centró atención en Rocío.
-Gastón es un futbolista, y eso forma parte de su mentali­dad. Tal vez no tenga esa intención, pero te está utilizando.
Las palabras de Nico fueron para Rochi como un agui­jonazo: Nicolás, que comprendía muy bien lo que significaba amar auténticamente a una mujer, sin duda había reconoci­do la superficialidad de los sentimientos de Gastón.
Gastón saltó.
-Te he dicho que no siguieras.
Rocío no podía permitir que aquello fuera a más, así que,  en lugar de echarse a llorar como habría deseado, pasó tam­bién  al ataque.
-Te equivocas. Yo le estoy utilizando a él. He perdido a un bebé, mi carrera está en el sumidero y estoy arruinada. Gastón es mi distracción. Mi premio por veintisiete años de ser una buena chica. Y ahora, ¿hay más preguntas?
-Oh, Rocío... -dijo Mery mordiéndose el labio in­ferior. Nicolás parecía aún más contrariado.
Rochi levantó la barbilla y se quedó mirándolos a ambos.
-Se los devolveré en cuanto haya terminado con él. Hasta entonces, dejenme en paz.

martes, 21 de agosto de 2012

Capitulo Doce, Primera Parte


La lluvia llegó la noche del sábado y acampó como un ocupa el resto del fin de semana. Mantuvo a Gastón dentro, y lo mantuvo solo. Con Blind Lemon Jackson de fondo, emprendió el trabajo en la biblioteca.
Encendió la chimenea para calentarse, pero también para animarse, y se descubrió sentado en el hogar pasando un dedo por el azulejo desportillado. Quizá lo dejara como estaba. No todo tenía que ser perfecto. Los accidentes debían aceptarse, así como su huella personal.
Era cierto que quería devolverle la vida a la casa, pero ¿quería ponerla exactamente como antes? Ya había cambiado algunas cosas, y los cambios la hacían suya.
Si reparaba el azulejo, ¿estaría honrando la historia de Hall o recreándola?
No había sido un hogar feliz.
Sintió un escalofrío en la espalda pese a tenerla de cara al fuego.
Una casa fría, llena de secretos, ira y envidia.
De muerte.

Quería un libro. La lectura era para ella un placer, un placer lento y brillante. La biblioteca, con sus interminables hileras de libros, le inspiraba tanto respeto como una iglesia.
Ahora que Ramiro estaba encerrado con su padre en el estudio repasando los negocios de sus propiedades y cultivos, ahora que la lluvia martilleaba las ventanas, podía entregarse a una placentera tarde de lectura.
Todavía no se había acostumbrado a disponer de su tiempo como gustara, así que entró en la estancia como si se tratara de un placer prohibido. Ya no tenía sábanas que doblar, mesas que limpiar ni bandejas que transportar.
Ya no era una criada en esta casa, sino una esposa.
Una esposa. Acarició la palabra. Todavía era tan nueva, tan impecable. Como la vida que estaba creciendo en su interior. Tan nueva que aún tenía que anunciárselo a Ramiro.
Se le estaba retrasando la menstruación, y nunca se le retrasaba. Había despertado enferma tres días seguidos. Con todo, esperaría otra semana. Hablar del tema demasiado pronto podía torcerlo.
Deseaba tanto tener un hijo... Deseaba tanto dar un hijo a Ramiro... Se llevó una mano al vientre mientras recorría las estanterías e imaginaba el hermoso hijo o la hermosa hija que traería al mundo.
Quizá un niño, solo quizá, ablandaría a la madre de Ramiro. Quizá un niño traería la alegría a esta casa como a ella la esperanza de tenerlo le llenaba de alegría el corazón.
Eligió Orgullo y prejuicio de Austen. El título, pensó, le interesaba. Había tanto de ambas cosas en Ordóñez Hall. Se mordió el labio mientras lo hojeaba. Era una lectora lenta, meticulosa, pero Ramiro decía que era porque saboreaba las palabras.
Tropezaba con ellas, pensó, pero estaba mejorando. Satisfecha, se volvió y vio a Simón repantigado en una de las butacas de color vino con una copa en una mano y una botella junto al codo.
Observándola.
Simón la asustaba. Le repelía. Pero se dijo que ya no era una criada. Era la esposa de su hermano y debía intentar ser su amiga.
—Hola, Simón. No te había visto.
Él alzó la botella de brandy y se sirvió otra copa.
—Ese libro —dijo antes de dar un largo trago—, tiene palabras de más de una sílaba.
—Sé leer. —Su espalda se enderezó como una flecha—. Me gusta leer.
—¿ Qué otras cosas te gustan, chére?
Sus dedos apretaron el libro cuando él se levantó, y se relajaron cuando él caminó hasta la chimenea, descansó una bota en el hogar y un codo en la repisa.
—Estoy aprendiendo a montar. Ramiro me está enseñando. Todavía no soy muy buena, pero me gusta. —Oh, deseaba tanto ser su amiga. Esta casa merecía calor, risas, amor.
Simón rió y ella oyó el brandy en esa risa.
—Apuesto a que sabes montar. Apuesto a que sabes montar a un hombre hasta hacerlo sudar. Puede que esos ojos cándidos funcionen con mi hermano, siempre ha sido un ingenuo. Pero yo sé quién eres y qué buscas.
—Soy la esposa de tu hermano. —Tenía que haber una forma de dar el primer paso para superar este odio. Por Ramiro, por el bebé que credo en su interior, avanzo hacia Simón— Solo quiero que sea feliz. Yo le hago feliz.
Llevas su sangre, Simón, eres su gemelo. No debería existir discordia entre nosotros. Quiero ser tu hermana, tu amiga.
Simón apuró la copa.
—¿ Quieres ser mi amiga?
—Sí. Por Ramiro, deberíamos...
—¿Hasta qué punto estás dispuesta a ser mi amiga?
—Simón se abalanzó sobre ella y le agarró dolorosamente los senos.
La estupefacción la paralizó. Luego la injuria atravesó la estupefacción con un calor abrasador. Su mano estalló contra la mejilla de él con tanta fuerza que lo tambaleó.
—¡Cerdo! ¡Animal! Como vuelvas a ponerme las manos encima te mato. Soy de Ramiro. Soy la esposa de tu hermano.
—¡La ramera de mi hermano! —gritó él mientras ella corría hacia la puerta—. Zorra cajún, te veré muerta antes de que cojas lo que me pertenece por derecho.
Presa de la ira, Simón se apartó de la repisa y, al hacerlo, derribó el pesado candelabro de plata, que golpeó el azulejo y desportilló la esquina.

Gastón no se había movido. Cuando recuperó el conocimiento estaba sentado junto al hogar con la espalda de cara al fuego. La lluvia seguía golpeando el suelo, surcando las ventanas.
Tal como había ocurrido, pensó, durante la... ¿visión? ¿Amnesia temporal? ¿Alucinación?
Se llevó la mano al entrecejo, donde la jaqueca le estaba horadando el cráneo como una estaca.
A lo mejor no tenía fantasmas, pensó. A lo mejor lo que tenía era un maldito tumor cerebral. Tendría más sentido. Cualquier otra cosa tendría más sentido.
Los portazos, las corrientes frías y hasta el sonambulismo eran consecuencias de la casa con las que podía vivir. Pero había visto a esas personas dentro de su cabeza. Había escuchado sus palabras, el tono en que las decían. Y más desconcertante aún, las había sentido.
Notaba las piernas debilitadas. Casi le fallaron cuando fue a levantarse. Se agarró a la repisa de la chimenea con tanta vehemencia que se sorprendió de que el mármol no cediera.
Si tenía un problema físico o mental, debía afrontarlo. Los Dalmau no escondían la cabeza bajo el ala cuando las cosas se ponían feas.
Entró en la cocina en busca de aspirinas, lo cual, se dijo mientras se servía cuatro, era como intentar apagar un fuego forestal orinando. Así y todo, se las tomó y se pasó el vaso frío por la frente.
Iría a Boston a ver a su tío. El hermano menor de su madre era cardiólogo, pero seguro que conocía a un buen neurocirujano. Un par de días, algunas pruebas, y sabría si estaba loco, poseído o moribundo.
Fue a descolgar el teléfono pero se detuvo a medio camino y sacudió la cabeza. Estaba loco, se dijo. Si visitaba a su tío Mick, el rumor sobre sus posibles problemas de salud correría por la familia como un virus aerotransportado.
Además, ¿por qué tenía que ir a Boston? También había médicos en Nueva Orleáns. Pediría a Vico el nombre del suyo. Le diría que simplemente deseaba contar con un médico y un dentista de la zona. Era lógico.
Se haría un chequeo y le pediría al médico que le recomendara a un especialista. Así de sencillo.
Si los fantasmas no conseguían ahuyentarlo de Ordóñez Hall, tampoco lo conseguiría un tumor cerebral.
Al dejar el vaso, se produjo un portazo en la segunda planta. Gastón dirigió la vista al techo y sonrió.
—Yo también estoy de un humor de perros.


Cuando llegó el miércoles ya volvía a tener el control de la situación. Quizá fuera la expectación de ver a Rocío lo que le había levantado el ánimo, además del trabajo que había hecho durante los últimos días previos a la Cuaresma. Tenía una cita con el médico de Peter en una semana y, habiendo dado ese paso, se veía capaz de dejar a un lado su preocupación por el estado de su cerebro.
No había sufrido más amnesias temporales. Al menos que él supiera, pensó.
La lluvia se había desplazado finalmente a Florida, dejando un sendero de su jardín cubierto de las primeras trompetas de narciso.
El parte meteorológico había destacado los veinticinco centímetros de nieve en Boston.
Enseguida llamó a su madre para frotárselo por las narices.
El sol y el primer atisbo de primavera le hicieron cambiar de planes antes de lo previsto. Aplazó el trabajo en la biblioteca y procedió a reforzar la terraza de la segunda planta reemplazando los tablones dañados.
Escuchó a Ray Charles y se sintió sano como un caballo. Decidió dejar que los Franks hicieran la primera plantación porque, sencillamente, no disponía de tiempo. Pero el año que viene lo haría él personalmente. O hasta donde pudiera.
La próxima primavera pasaría las mañanas de los domingos en esta terraza, comiendo buñuelos y bebiendo café con leche... con Rocío. Domingos largos y ociosos mirando los campos, los jardines. Y dentro de unos años mirando a los niños en los campos, en los jardines.
Quería tener una familia, y le alegraba saberlo. Nunca hasta ahora había sentido esa necesidad, la necesidad de vivir el presente y mirar hacia el mañana al mismo tiempo.
Así pues, sabía que lo que sentía por ella era bueno. Y también lo que planeaba para ellos. Él la ayudaría en el bar si ella lo necesitaba, pero también tendría su propio trabajo.
Se miró las palmas de las manos, los callos que le habían salido, los rasguños que veía como medallas personales a su valor.
Utilizaría su espalda y su imaginación para transformar otras casas. La gente de la zona pensaría en Gastón Dalmau cuando necesitara a un contratista.
Tendrías que haber visto aquella vieja casa antes de que él la pillara, dirían. Si necesitas que te hagan el trabajo, llama a Gas. Él lo hará por ti.
Sonrió mientras arrancaba el siguiente tablón podrido.
Para cuando dieron las cuatro ya había terminado la parte delantera de la terraza y se tumbó boca abajo para descansar. Se durmió con B. B. King suplicando a Lucille.
Y seguía durmiendo cuando se levantó y bajó por la inestable escalera de caracol que descendía hasta el jardín.
Notaba la hierba gruesa bajo los pies, y el sol sofocante del verano le cubría la cara y le azotaba la cabeza pese al sombrero.
Los demás estaban dentro de la casa, donde el aire era fresco, pero él quería ver el estanque, los nenúfares. Quería sentarse bajo la sombra del sauce que bailaba sobre el agua y leer.
Le gustaba oír el canto de los pájaros y el calor no le molestaba. El calor era sincero. El aire de Hall era frío y falso.
Le rompía el corazón ver la casa que amaba pudrirse de amargura.
Se detuvo en la margen del estanque y miró las hojas verdes y redondas como platos, los nenúfares blancos que las adornaban. Vio pasar una libélula con el sol reflejado en las alas provocando un brillo iridiscente. Escuchó el chapoteo de una rana y la llamada de un cardenal.
Al oír su nombre se volvió. Y sonrió mientras su amada cruzaba el césped aterciopelado. Mientras estuvieran juntos, pensó, mientras se amaran, el Hall resistiría.
—Gastón, Gastón.
Alarmada, Rocío lo agarró por los brazos y lo sacudió. Lo había visto bajar por la traicionera escalera cuando se acercaba en su coche, y lo había visto caminar hacia el estanque con paso extraño, como vacilante, muy diferente de su andar relajado.
Tenía los ojos abiertos, pero brillaban de una forma que sintió que la atravesaban, que veían algo más, alguien más.
—Gastón. —Rocío mantuvo la voz firme, y también las manos mientras le sostenía la cara—. Mírame. ¿Puedes oírme? Soy Rocío.
—Sentémonos bajo el sauce, donde nadie pueda vernos.
No había ningún sauce, solo los restos de un tronco podrido. El miedo se agolpó en la garganta de Rocío, pero se lo tragó. Instintivamente, se arrodilló y posó sus labios tiernos en los de él.
La respuesta de Gastón fue lenta, adormilada, como si se deslizara hacia ella. Contra ella. Dentro de ella. Rocío supo el momento exacto en que despertaba por la forma en que su cuerpo se tensó. Gastón empezó a tambalearse, pero ella lo sostuvo.
—Tranquilo, cher. Apóyate en mí hasta que las piernas te aguanten.
—Lo siento, tengo que sentarme. —Se dejó caer en la hierba y reposó la frente en las rodillas—. Uau.
—Todo ha pasado, ya estás bien. —Rocío se arrodilló a su lado y le acarició el pelo mientras en cajún, su idioma tranquilizador, murmuraba—: Respira, respira.
—¿Qué demonios me pasa? Estaba en la terraza, trabajando.
—¿Es lo último que recuerdas?
Gastón contempló el estanque.
—No tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí.
—Bajaste por la escalera, la del lado derecho de la casa. Pensaba que ibas a atravesarla. —El corazón de Rocío se aceleró al recordar lo inestable que era—. No es una escalera segura, Gastón. Deberías cerrarla.
—Sí. —Se frotó la cara con las manos—. Y, de paso, me encierro a mí mismo en una habitación acolchada.
—No estás loco.
—Soy sonámbulo, ahora también durante el día. Tengo alucinaciones. Oigo voces. Muy cuerdo no puedo estar.
—Hablas como un yanqui. Aquí esas cosas ni siquiera tienen la categoría de excentricidad. Mi tía abuela Sissy tiene auténticas conversaciones con su marido Joe, que lleva muerto doce años, y nadie piensa que esté loca.
—¿De qué hablan?
—Oh, de asuntos familiares, de temas de actualidad, del tiempo, de política. A mi tío abuelo Joe le encantaba criticar al gobierno. ¿Te encuentras mejor, cher?
—No lo sé. ¿Qué he hecho? ¿Qué me has visto hacer?
—Bajaste por la escalera y cruzaste el césped en dirección al estanque. Caminabas de una forma extraña, así que comprendí que te pasaba algo.
—¿Qué quieres decir?
—Tú tienes un andar suave y desgarbado, pero no caminabas así. Luego te detuviste delante del estanque.
No le contó que por un momento estuvo segura de que iba a entrar en el agua.
—Te llamé varias veces y al final te volviste y sonreíste. —Rocío notó que su estómago se tensaba por el recuerdo—. Pero no a mí. Creo que no era a mí a quien veías. Dijiste que querías sentarte bajo el sauce, donde nadie pudiera vernos.
—Aquí no hay ningún sauce.
—Bueno —Rocío señaló el tocón—, parece que en otros tiempos lo hubo. Se diría que tienes sueños donde ves cosas que han ocurrido de verdad. Eso es un don, Gastón.
—¿Dónde puedo devolverlo? —Gastón sacudió la cabeza—. No estoy seguro, porque no puedo recordarlo cuando me despierto. Pero estoy empezando a pensar que debería atarme al poste de la cama por las noches.
—Esta noche déjalo en mis manos.
—¿Estás intentando animarme con la idea de atarme?
—¿Lo he conseguido?
—Sí. —Gastón dejó escapar un suspiro y miró extrañado la mancha que Rocío tenía en la frente—. Te has ensuciado de hollín —dijo, y cuando se disponía a frotarla, ella echó la cabeza hacia atrás.
—Son mis cenizas sagradas.
—Ah, claro. —El cerebro de Gastón estaba decididamente de vacaciones—-. Miércoles de Ceniza. No solo no sé dónde estoy, tampoco sé el día.
Rocío no podía soportar ver cómo se hundía de nuevo, así que mantuvo la voz enérgica y una pizca elevada.
—Deduzco que hoy no has ido a misa, día sagrado y obligado.
Gastón hizo una mueca de dolor.
—Hablas como mi madre. Lo olvidé, más o menos.
Ella enarcó una ceja.
—Me parece a mí que no te iría mal utilizar todas las bendiciones que pudieras conseguir. —Dicho esto, pasó la yema del pulgar por su marca de ceniza y la extendió sobre la frente de él. Gastón sonrió.
—Probablemente sea un sacrilegio, pero gracias. ¿Qué hora es? —Gastón miró su reloj y blasfemó—. Tengo que llevar este trasto a reparar porque se para constantemente. Sé que son más de las doce y estoy seguro de que no es medianoche.
—Son las cinco. Me dijiste que viniera pronto.
—Tienes razón. ¿Por qué no nos sentamos en la terraza con una copa de vino ?
Ella lo vigiló de cerca mientras él elegía el vino, pero parecía recuperado. Gastón sacó de sus armarios nuevos dos copas antiguas.
Se había asustado, y mucho, reconoció Rocío. Había tenido la certeza de que Gastón iba a entrar en el agua, de que iba a ahogarse entre los nenúfares, como había hecho Ramiro Ordóñez.