jueves, 31 de enero de 2013

POSIBLES NUEVA HISTORIAS

Cazame Si Puedes (Susan E. Phillips)


Rocío está harta de ser la única fracasada en una familia de triunfadores. Ha soportado trabajos sin futuro y la ruptura de un compromiso matrimonial. ¡Hasta su pelo es un desastre! Pero todo eso va a cambiar ahora que se ha hecho cargo de la agencia de contactos de su difun­ta abuela. Para promocionar la agencia en grande, lo único que tiene que hacer es conseguir como cliente al soltero más codiciado de Chicago...
Con su sagacidad, sus increíbles ojos verdes y su calcu­lado encanto, Gastón Dalmau es el mejor representante deportivo del país. Es rico, decidido y espectacularmente atractivo, de modo que ¿para  qué necesita una casamentera? Pero Gastón anda buscando el símbolo definitivo de su éxito: la esposa perfecta. Portia Powers, delgada, rica y despiadada, es la dueña de la agencia matri­monial más importante de la ciudad. Una advene­diza como Rocío no va a impedirle conseguir lo que desea: que sea su agencia la que le consiga pareja a Gastón...

Nacida Para Seducir (Susan E. Phillips)

Cuando el millonario Gastón Dalmau conoce a Rocío Igarzabal, a la muchacha no pueden irle peor las cosas. Su ex le ha robado todo su dinero y no tiene adónde ir. Gastón, una estrella del fútbol americano, está de vacaciones mientras se recupera de una lesión.

El quaterback estrella de los Chicago Stars sufre una grave lesión en el hombro que le obliga a replantearse su vida una vez que abandone su carrera deportiva. Decide tomarse unas pequeñas vacaciones para recuperarse y aclarar sus ideas. Mientras conduce su Aston Martin ve a una mujer que camina por la carretera, por lo que para para ofrecerse a llevarla.

Rocío Igarzabal está destrozada, sin empleo y se ha quedado tirada después de que su ex le robara todo su dinero de modo cunado la para un guaperas con un cochazo no duda en aceptar irse con él. Pronto se dirigen juntos a la nueva granja, donde Rocío pondrá la vida del deportista patas arriba. Y, aunque la atracción es mutua, ¿podrá sobrevivir su relación cuando lo único que tienen en común es que no creen en el amor?

Al Rojo Vivo (Nora Roberts)

      Rica y guapa, a Rocío Igarzabal le gustan los coches deportivos, las películas antiguas y los hombres peligrosos- Pero incluso su relajada vida entre la alta sociedad neoyorquina sufre un vuelco cuando un extraño vestido de cuero aparece en su coche justo antes de que las balas empiecen a silbar.
         Gastón Dalmau, ladrón de guante blanco, está acostumbrado a vivir a la carrera. La única regla que no quiere romper es trabajar solo. Pero apremiado por la necesidad de encontrar dinero para lo que puede ser la brillante cumbre de su carrera, acepta a Rocío como su socia. Y los titulares de los periódicos locales clamando por la desaparecida heredera de los Igarzabal, y una banda de criminales tras los talones, Gastón y Rocío escapan hacia Madagascar a la bússqueda de uno de un fabuloso tesoro datado de la Revolución Francesa. Para Rocío acaba de comenzar una excitante aventura.
          Para Gastón, la oportunidad de ese último gran golpe. Para ambos, la rendición a una pasión por a que merece la pena arriesgarse. Han entrado en un juedo de vida o muerte que seguirá hasta su terrible conclusión: ni ganadores, ni perdedores.

Capitulo XI, Tercera Parte


Mery permaneció fiel a sí misma en el patio fumando su último cigarrillo de la noche. Seguía diciéndose que iba a dejar este hábito, y de verdad pensaba dejarlo. Tan pronto como su vida se aplacara.
Una luz titiló enfrente por encima de ella en el cuarto de Peter. Shelby había entrado a asegurarse que estaba bien.
El corazón Mery se arrugó con envidia. Peter era tan guapo, tan perfecto.
Ella le quería de todo corazón, pero apenas podía mirarle. Sólo una vez Shelby sacó a colación el tema de que Mery fuera su madrina, y eso había sido justo después de nacer. Mery se había asegurado que nunca se lo dijera otra vez.
La puerta que daba entrada a la casa se abrió. Ella miró hacia arriba, esperando ver a su padre, pero en su lugar apareció Benjamín O'Conner.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
—Tu padre me ha dejado entrar. Estaba invitado para la cena, pero tenía una reunión de negocios, y no me he podido escapar hasta ahora.
Shelby no le había dicho que Benjamín estaba invitado. Una traición más.
Él metió sus manos a la fuerza en sus bolsillos y contempló el cielo. Ella percibió un soplo de su colonia. Olía agradable y limpio como el aire.
—Qué noche tan hermosa.
Su voz sonaba con algo de reverencia, como si la noche evidente, iluminada por las estrellas fuera mágica en lugar de algo más bien común. Ella tuvo que esforzarse para no admirar lo que se estaba perdiendo. En lugar de eso, se cruzó de brazos sobre el pecho y le fulminó con la mirada.
—Ya me estoy hartando de esto, Benjamín. Hay leyes en contra de acechar.
—Apenas te he acechado, María. No sabía que ibas a ir al Roustabout anoche. Y esta noche tenía una invitación.
—Déjame ser un poco más clara. No me gustas, y a veces no me apetece dirigirte la palabra.
—En realidad, nosotros no hemos hablado tanto como para que tengas esta aversión. Incluso, si dejaras de estar tan asustada conmigo, podríamos buscar alguna solución a nuestro problema con bastante facilidad.
—¿Asustada? ¿De un soso como tú? No te adules a ti mismo.
—Si no estuvieras tan asustada, estarías ansiosa por hablar conmigo y poder llegar a algún tipo de acuerdo.
Él estaba en lo correcto, pero ella nunca lo admitiría.
—No podemos llegar a ningún acuerdo. ¡No voy a casarme contigo! No te lo puedo decir más claro.
Él contempló el cielo, luego inclinó la cabeza como si quisiera mirar las telarañas desde un ángulo diferente. Ella no pudo evitar quedarse mirando las líneas limpias, fuertes de su perfil. Él tenía una frente ancha, una nariz bien formada, y una boca que era alarmantemente sensual. La sorpresa de su boca, combinado con su compostura haciendo frente a sus emociones turbulentas, la enfureció.
—¿Sabes lo que creo? Creo que este embrollo lo has creado tú solito. Me quieres, pero sabes que yo no miraría dos veces a un intelectual presumido como tú, así es que te has sacado de entre manos este plan absurdo, y luego convenciste a tu padre para que estuviera de acuerdo contigo.
Él parecía suavemente alarmado.
—¿Eso es lo que crees?
—Puedes estar seguro.
—Fascinante.
Cuando él caminó hacía el banco, ella se encontró estudiando los hombros bajo esa camisa arrugada tipo Oxford. No eran excesivamente anchos, pero parecían sólidos.
Él se volvió, y ella tuvo el sentimiento extraño que él podía leer su mente.
—De hecho, esta idea es de tu padre.
—Sí, seguro —se mofó ella.
Él metió las manos en sus bolsillos, estirando los pantalones flojos sobre un abdomen muy firme.
—En contra de lo que pareces pensar, no me es muy difícil encontrar compañía femenina —se sentó en el banco, y estiró las piernas—. Por lo que respecta a mi padre... —por un momento, ella pensó que vio diversión en sus ojos, pero eso era imposible puesto que él no tenía sentido del humor—. Para ser totalmente franco, él no te quiere ni en pintura. Pero quiere el consorcio, y tu padre dejó muy claro que ésta era la única forma de acceder a él.
Ella contuvo el aliento.
—¡Estás mintiendo! ¿Piensas que voy a creer que todo esto es idea de mi padre?
Otra vez, la luz tenue en sus ojos que, en cualquier otro, sólo podía haber sido de diversión.
—Aparentemente está desesperado por librarse de ti.
Ella quiso ir a por su garganta, lo mismo que quería hacer anoche, pero se sintió demasiado congelada para moverse. ¿Cómo podía sugerir siquiera que su padre había tramado todo esto? ¡Era el padre de él! Tenía que serlo.
—Si tu hermano y tú hubierais accedido a hablar conmigo anoche —dijo él quedamente—, podría haberte explicado todo esto.
Su corazón palpitaba tan fuerte que ella quería presionar sus manos en su pecho para ver si se notaba.
—Mi papito nunca habría propuesto algo tan horrible como eso. Estoy segura que estás mintiendo. Todo lo que tengo que hacer es preguntarle.
—Espero que lo hagas. Averiguarás que Warren es el que hace el chantaje, y yo soy el rescate. Si mi padre quiere la fusión, tiene que entregarme.
—¡Rescate! —las chispas brillaron detrás de sus párpados—. ¡Oye esto, mindundi! ¡Casarte conmigo sería un toque de luz en tu vida miserable!
Él pareció pensativo.
—Eso es sumamente discutible. Es cierto que eres bastante hermosa, pero también tienes un carácter muy difícil.
Mery trató de asimilar el hecho que Benjamín O'Conner, el intelectual presumido más grande de Wynette, Texas, podría no quererla.
—¡No lo tengo!
—Eres una perdedora de dos tiempos en el matrimonio —dijo él lentamente—. Tienes un fondo familiar inestable. Despotricas como un hombre. Y seguramente me ganarías en cualquier deporte que practicáramos. Fumas, lo cuál detesto, si bien lo entiendo como un pequeño signo del aprecio que te tienes a ti misma —él hizo una pausa, y su voz se puso extrañamente suave—. También parece que no puedes tener hijos.
Ella se sintió como si le echara sal en la herida.
—Eres hiriente —su voz sonó apremiante y forzada—. ¿Quién te ha dicho eso?
Él se levantó y caminó hacia ella, deteniéndose varios pasos antes.
—Wynette es un pueblo pequeño.
—Lárgate de aquí.
—No pensaba herirte —sonaba tan suave, casi con lástima—. Pero con esto no juego, y eso sí, te advierto que quiero tener hijos.
Las lágrimas le picaban en los ojos, pero ella rechazó dejarlas formar.
—¡Entonces estarás encantado en no casarte conmigo, porque soy tan estéril como el Sahara, hijo de puta!
—Eso no es lo que tu padre me dijo. Me comentó que no había ninguna razón médica por lo que no puedas concebir. Shelby cree que simplemente tu cuerpo está esperando al hombre correcto. Improbable, pero ¿quién lo puede decir?
Ella apenas pudo hacer pasar las palabras por la constricción de su garganta.
—¿Has hablado con ellos de esto?
—Surgió.
Se sintió totalmente traicionada. Shelby una vez había sido su mejor amiga. Por lo que respecta a su padre... Durante años, él había sido el único puerto seguro en su vida. Y luego Shelby le había seducido y había metido a Mery a la fuerza en la escena. Ahora su padre quería quitarse a Mery de encima para poder concentrarse en su nueva familia. Irónico que Gastón, el atormentador de su infancia, se hubiera convertido en la persona más responsable en su vida.
El orgullo la mantenía, y levantó la mirada.
—Para alguien que asegura rechazar la idea de casarse conmigo, has hecho muchas preguntas.
—No he dicho que la rechace. Me siento fuertemente atraído por ti.
Sus palabras fueron una pequeña tirita en sus heridas abiertas, suficiente para que hiciera un mohín de mofa.
—Me gustan las noticias de última hora.
Él sonrió.
—Es algo extraño. No soy un hombre violento, pero desde que oí a Luc hacer ese comentario sobre que alguien necesitaba aplastarte con un matamoscas, no hago más que tener una imagen tuya retorciéndote en mi regazo.
Un calorcillo comenzó a subir por sus venas. No quería que se le notara, así que se burló,
—¿Llevo puesta la ropa?
Él pareció meditarlo.
—Una falda subida hasta la cabeza. Las bragas alrededor de los tobillos.
El calor subió al menos diez grados, y ella se percató que el intelectual presumido más grande de Wynette, Texas, justamente le había excitado. Se sintió desorientada. Suponía que ella sería la escandalosa. Al mismo tiempo, nunca le dejaría saber que la podía dominar con astucia.
—¿Que vamos a hacer, Benja? ¿Quieres casarte conmigo o no?
—Estoy indeciso. Probablemente no. Por otra parte, está esta atracción. Cálmate, siento que seas manipulada así por tu padre.
—Finalmente, convenimos en algo.
—Sí, de acuerdo, pero te lo podía haber dicho al principio si hubieras estado decidida a llevar esta situación de forma lógica y no tan emotiva.
—¿Bien, Sr. Lógica, cuál es tu solución?
—Eso es realmente muy simple. Era lo que estaba tratando de decirte anoche. Necesitamos pasar algún tiempo juntos. No vamos a poder convencer a tu padre de que no nos soportamos si no hacemos el esfuerzo de ver si podemos llevarnos bien.
—¿A dónde crees que vamos a llegar? Mira, no tenemos una sola cosa en común.
—¿Te olvidas de la atracción sexual?
—¡Otra vez con esa atracción sexual! Pienso que eres un gilipollas.
Él levantó la mano y se quedó con la mirada fija en ella.
—Esto es algo realmente increíble. Me pica la palma de la mano. Nunca imaginé que tendría el deseo de zurrar a una mujer.
Otra vez, esa pequeña emoción de excitación. Tal vez Benja no era tan aburrido como ella pensaba.
—Sí, pues vas a necesitar a toda la línea defensiva de los Dallas Cowboys para llevarlo a cabo.
—Soy más fuerte de lo que parezco, María.
—¡Te pido que dejes de llamarme así!
—¿Y tú dejarás de fumar?
—¡No!
—Muy bien... María.
Algo dentro de ella chasqueó, y se abalanzó sobre él. No podía contenerse.
Él era tan presumido, tan superior y condescendiente que ella quería golpearle en la cara, pero se conformaría con arrojarle contra la pared de estuco.
Lamentablemente, cuando los puños se cerraron de golpe contra su pecho y él no se movió, ella comprendió que no iba a ser fácil. Él atrapó sus muñecas.
Ella miró fijamente esos ojos grises moteados de verde y experimentó la incómoda sensación que el miraba a sus anchas a través de todas sus defensas cuidadosamente erigidas. La idea la paralizó.
Ella se recuperó sólo cuando se dio cuenta que él iba a besarla. Montones de hombres habían querido hacer exactamente eso, así que eso no la asombró.
Lo que la asombró fue cuánto deseaba que lo llevara a cabo.
Sus párpados se cerraron. Sus cuerpos se complementaban perfectamente.
Ella sintió su pecho plano y duro contra sus senos. Sus labios acariciaron su mejilla. Ella inclinó su boca hacia la de él.
—No puedo esperar para besarte —susurró él—. Pero quiero que sea perfecto. Terminaremos esto en cuanto tu aliento no apeste a tabaco.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Él besó la punta de su nariz, luego la retiró a un lado como si ella fuera una niña querida, pero molesta.
—Te he dado mi opinión sobre cómo deberíamos llevar este asunto. Ahora depende de ti.
Después de una la última mirada al cielo de la noche, la dejó sola.

Capitulo Diecisiete, Primera Parte


En menos de veinticuatro horas Gastón descubrió que contaba con más ayuda en la casa de la que necesitaba. Al parecer todo Luisiana estaba invitado a la boda y deseaba echar una mano.
Tenía pintores, fontaneros, carpinteros y ayudantes. En medio de la confusión, pensó que si la mitad de esa gente se hubiera ofrecido a ayudar en la casa inicial, no habrían tardado ni veinte minutos en repararla, pero no lo dijo.
Habría sido una grosería.
Además, agradecía el trabajo. Se lo decía cada vez que una parcela de la casa escapaba de sus manos y pasaba a otras.
Había esperado con impaciencia cubrir personalmente la terraza trasera, pero se consoló pensando que un buen huracán le obligaría a cubrirla de nuevo.
Había sido su intención pulir y barnizar el suelo del salón, pero se animó pensando en todos los suelos de la casa que aún quedaban por reparar.
Y no le importaba lo más mínimo ceder la pintura de la fachada. Era un trabajo difícil y minucioso, y el hecho de tacharlo de su lista le permitió abordar los lavabos y colgar la araña de vidrio soplado que había comprado para el vestíbulo, y terminar el cuarto de paso. Y...
En fin, todavía quedaba mucho por hacer, se dijo.
Luego estaba el placer de ver a Cande entrando y saliendo a la hora del almuerzo y después del trabajo. Incluso cuando traía con ella a su madre. La señora Vetrano, una versión exacta de su hija en mayor, poseía un ojo de lince y voz de sargento.
Victorio tenía razón, daba bastante miedo. Gastón la evitaba siempre que podía y sin el más mínimo disimulo.
El segundo día de campaña se personó en la terraza trasera para comprobar los progresos. Estaba bastante orgulloso de la baldosa que acababa de colocar, y cubierto de polvo de cerámica por el proceso de corte.
El ruido era ensordecedor. Voces, radios, herramientas eléctricas. Por mucho que le gustara la gente, habría dado mil dólares a cambio de estar cinco minutos solo en su casa.
—¿Jim Ready? Quiero esas ventanas como los chorros del oro, ¿me oyes? ¿Cómo crees que quedarán las fotos de la boda con ese asco de cristales? ¡Esmérate, muchacho!
Al oír la voz de la señora Vetrano, Gastón giró sobre sus talones y cambió de dirección. Al hacerlo tropezó con Esperanza.
—Oh, lo siento. ¿Se encuentra bien? No la vi. Estaba huyendo.
—En esta casa no cabe un alfiler.
—Lo sé. Si su aspecto no satisface a la generala Vetrano el día D, nos fusilarán a todos. —Mientras hablaba, Gastón tomó a Esperanza del brazo, movido únicamente por su instinto de supervivencia. La metió en la biblioteca y cerró las puertas.
—¿Puedo irme a vivir a su casa?
Esperanza sonrió, pero su sonrisa no llegó a los ojos.
—Estás haciendo todo esto por un amigo, Gastón. Eres un gran chico.
—Actualmente lo único que hago es tratar de no estorbar.
—Pero preferirías que toda esa gente se fuera por donde ha venido y te dejara solo para poder jugar con tu casa.
—Bueno, no me importaría. —Gastón se encogió de hombros y pasó una mano polvorienta por su pelo polvoriento—Pero todavía habrá mucho que hacer cuando se vayan. No tocaremos la segunda planta ni las dependencias del servicio, y del primer piso solo arreglaremos una habitación. Cuénteme qué le ocurre, señorita Esperanza.
—Primero he de prepararme. —Esperanza dejó en el suelo una bolsa de plástico y se acercó a la librería para mirar algunos libros. Todavía había muchos guardados en cajas, pero ya podía imaginarlos. Torres y torres de palabras, algunas viejas y gastadas, otras modernas y nuevas. Pequeños tesoros, colores intensos. —Tienes vista —dijo al fin—. Imaginas lo que quieres y haces que ocurra. Es toda una habilidad, cher.
—Hay quien lo llama terquedad.
—Tú lo eres todo menos terco. Tienes muchos proyectos en esa cabeza. Dedicarte a uno y no pasar al siguiente hasta tenerlo terminado demuestra que tienes mucha personalidad. Te aprecio mucho, Gastón.
—Y yo la aprecio a usted. Siéntese, señorita Esperanza, parece cansada. —Y preocupada—. ¿Quiere que traiga algo de beber para los dos?
—No, no quiero que te arriesgues a ser reclutado por Sarah Jane Vetrano. Ahí tienes a una mujer terca, y no es una crítica.
—Me ordenó que me cortara el pelo a finales de semana para que el día de la boda no pareciera desgreñado pero tampoco recién cortado. —Gastón se pasó una mano lastimosa por el cabello—. Y dijo que pondrá jabones y toallas elegantes en todos los cuartos de baño la víspera de la boda, y que si los uso soy hombre muerto.
Y debo encargar más plantas para el interior de la casa.
Una casa no puede respirar sin plantas.
—Solo está nerviosa, cariño. Cande es su niña pequeña. —Esperanza apretó los labios—. Gastón, me llena de vergüenza decir lo que tengo que decirte, y no te reprocharé que, después de escucharme, me pidas que no vuelva a pisar esta casa.
Las palabras de Esperanza alarmaron a Gastón casi tanto como el dolor que veía en sus ojos.
—Usted no podría decir nada que la convirtiera en persona non grata en esta casa, señorita Esperanza. ¿Quién le ha hecho daño?
—Oh, mon Dieu, si esto estropea lo que veo entre tú y mi Rochi, nunca me lo perdonaré. Mi hija te ha robado —dijo de golpe—. Entró en tu casa y se llevó lo que era tuyo.
Con el corazón destrozado, introdujo una mano en la bolsa y sacó la caja labrada de Gastón.
—Estaba en su habitación. Supe que era tuya antes incluso de abrirla y ver los gemelos con tus iniciales. Ignoro si está todo, pero fue cuanto encontré. Si falta algo...
—Veamos. Ahora sí le ruego que se siente.
Esperanza asintió y se derrumbó en una silla.
Gastón contuvo la rabia mientras posaba la caja sobre una mesa y la abría. Lo primero que vio fue el estuche de la sortija. Lo abrió y sintió que lo peor de su rabia se desvanecía cuando las piedras brillaron.
—Bien —dijo con un suspiro—. El objeto más importante sigue aquí. —Y también, al parecer, todo lo demás salvo los doscientos dólares en billetes de veinte que guardaba sujetos con la pinza que había heredado de su abuelo—. Está todo.
—No me estás diciendo la verdad —repuso Esperanza con tristeza.
—Solo falta un poco de dinero.
—Necesito saber cuánto para que pueda devolvértelo.
—¿Cree que aceptaría dinero de usted? —La indignación de Gastón se avivó e intimidó a la mujer—. Míreme. ¿Cree que aceptaría dinero de usted por esto o por cualquier otra cosa?
Los labios de Esperanza querían temblar, de modo que los apretó con fuerza.
—Ella es mi responsabilidad.
—Y un cuerno. Y no vuelva a insultarme hablando de devoluciones.
Pese a la promesa que se había hecho de no verter ni una lágrima delante de él, Esperanza notó que le caía una.
—Sé qué es mi hija. Y sé que nunca será aquello por lo que luché, aquello que deseé para ella desde el momento en que supe que estaba dentro de mí. Pero me dio a Rocío.
Sacó un pañuelo y se secó las mejillas. Se acabaron las lágrimas.
—Esperaba que me robara antes de irse, pero jamás se me pasó por la cabeza que te robaría a ti. En ningún momento lo pensé, y lo lamento.
—¿Le importaría mirarme de nuevo a la cara y comprobar si la culpo?
—No, no me culpas. Caray, te quiero para mi Rochi, Gastón. Estoy aquí sentada, sabiendo que mi hija te ha robado, y solo puedo pensar que te quiero para mi Rochi.
—Genial, porque yo también me quiero para ella. —Gastón tomó el estuche y se acercó a Esperanza—. Le he comprado esta sortija. Quizá podría decirle algunas palabras en mi favor para que cuando se la dé, la acepte.
Esperanza contempló la sortija y suspiró.
—Va con ella. Rocío posee un buen corazón, Gastón, pero tiene cicatrices. Es una mujer muy fuerte. A veces me preocupa que sea demasiado fuerte y se olvide de dar. Tendré que hablarle de lo ocurrido
—Sí.
—Y tú tendrás que encontrar la forma de evitar que se aleje de ti cuando se entere, porque eso será lo que querrá hacer.
—No se preocupe. ¿Dónde está Lilibeth?
—Se ha ido. Encontré la caja esta mañana, en su cuarto. Lilibeth llevaba metida en él desde el día anterior.
Cuando entré y vi la caja, la guardé donde no pudiera encontrarla. Luego cruzamos algunas palabras sobre el asunto. Recogió sus cosas y se marchó. Pero volverá—dijo en el mismo tono pesaroso que Gastón había oído en Rocío—. Dentro de uno o dos años. Y pasaremos otra vez por lo mismo.
—Nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento. —Gastón se inclinó y la besó en la mejilla—. Le quiero. —Cuando los ojos de ella volvieron a humedecerse, él le cogió la mano—. Esté Rocío preparada o no, ya somos una familia. Una familia unida.
—Cuando conozca a tu mamá —balbució Esperanza—, le daré un abrazo tan fuerte que le cortará la respiración.
—Le encantará. ¿Por qué no echamos un vistazo a lo que está ocurriendo por la casa? Y, de paso, podría protegerme de la generala Vetrano.
Gastón no había esperado que el trabajo durara mucho y no se llevó una decepción. La mayor parte de la mano de obra gratuita había empezado a recoger y Candela y su madre lo tenían acorralado en el jardín trasero cuando Rocío apareció por un costado de la casa.
Puesto que se hallaba en plena serie de ajas, como nos y por supuestos, su habitual letanía de respuestas a los planes nupciales de las mujeres Vetrano, recibió la mirada combativa de Rocío con los brazos abiertos.
—Cubriremos las barandillas de tul.
—Aja.
—Y pondremos cestas con flores en la terraza.
—Cómo no.
—La florista deberá empezar temprano el día de la boda, así que tendrás que quitarte de en medio y asegurarles el acceso a todas las áreas de la casa que he marcado en este plano.
—Por supuesto. Rochi. —Gastón le agarró la mano como un hombre que está a punto de ahogarse se agarra a una cuerda—. Estamos hablando de los arreglos florales.
—Las flores son el paisaje de una boda —declaró la señora Vetrano, y siguió haciendo anotaciones en la libreta que la acompañaba a todas partes—. ¿Cómo estás, Rocío?
—Bien, señorita Sarah Jane. Esto es emocionante. Falta muy poco para el gran día. Candela, debes de andar medio loca con los detalles.
—Voy camino de la demencia total.
—Quedará precioso. —Rocío mantuvo una sonrisa radiante y la voz alegre pese a la ira que la quemaba por dentro—. Esos rododendros se hallarán en su mejor  momento el día de la boda.
—Los jardines estarán espectaculares —convino la señora Vetrano, y siguió comprobando su lista—. Lástima que no hubiera tiempo de montar un emparrado de arvejilla. —Miró a Gastón por encima de las gafas de lectura con cierto aire acusador.
—Tal vez los Franks puedan arreglar eso. ¿Me disculpa un momento? Hay algo que quiero enseñar a Rochi.

miércoles, 30 de enero de 2013

Capitulo XI, Segunda Parte


—Mañana por la mañana, ya le habrá llegado cada detalle de cómo estaba magreando a la virginal amiga de su amada esposa en mitad de la Calle Mayor. ¡En el caso de que no lo sepas, esa no es la mejor forma de establecer mi reputación como un deportista con un carácter moral bien fundado!
—Por favor deja de gritarme —quizá el hecho que ella le hablara suavemente en lugar de gritar, le hizo volver la cabeza y mirarla.
Él frunció el ceño, y suspiró.
—Bien. De acuerdo, no sólo ha sido culpa tuya. Pude haberme resistido. Debí hacerlo. Pero, maldita sea, Rochi, soy un hombre, y esa boca tuya...
—Sé sobradamente que soy una mandona. Si mis habilidades de liderazgo amenazan tu masculinidad, simplemente tienes que ocuparte de ello.
Él pareció alarmado.
—No hablo de tus habilidades de liderazgo; hablo acerca de que nunca prestas atención. La cosa es, ya que sé que soy irresistible para ti, podemos encargarnos de ello bajo techo.
¡Que es irresistible para ella!, pero de todas las formas equivocadas...
—Esto no tiene nada que ver con que tú me seas irresistible. Tiene que ver con ser convincente. El hombre al que Beddington ha contratado me observaba, y tenía que hacer algo escandaloso.
—¿Realmente alguien te sigue?
—Te dije que ocurriría. Anoche él apareció en el Roustabout.
—¿Qué aspecto tiene?
—Un hombre grande con el pelo pajizo y una calva redonda, y quijadas prominentes. Tal vez conduzca un Tauro verde oscuro. ¿Le conoces?
Él clavó los ojos en ella por un tiempo muy largo.
—Podría.
—Gastón, sólo tengo diez días antes de volver a Inglaterra.
—Soy consciente de eso —los focos delanteros de un coche en sentido contrario cortaron totalmente su cara—. ¿Así que me estabas usando allí?
—Era necesario —dijo ella rígidamente. Y luego, para rescatar su orgullo—. Eres el único hombre que me ha tocado así.
Él la miró de nuevo, y deslizó las manos más bajo en el volante.
—No quiero que se te ocurra hacer algo así con Luc Riera o Benjamín, ¿me oyes? Lo digo en serio, Rochi. Esos hombres están fuera de tu alcance. Están prohibidos.
—La historia de mi vida —masculló ella.
—¿Qué quiere decir eso?
—Nada de nada —se podía haber mordido la lengua, y rápidamente cambió de tema—. He disfrutado mirando a Peter esta noche. Él sólo quiere estar en tus brazos.
—Excepto en los de su madre cuando quiere comer —desaceleró para entrar en el camino que conducía a su rancho y éste surgió a la vista—. Quiero que sepas que aprecio lo que le has dicho a Shelby esta noche, sin mencionar la forma que tienes de ganarte a todo el mundo. He decidido perdonarte por lo que sucedió esta tarde.
—Hooray —dijo ella secamente.
Él bajó aún más la velocidad, y le echó un vistazo.
—¿Vas a jugar duro?
—Creo que sí
—Supongo que me pasé un poco. Debería haber tenido en cuenta tus impulsos bienintencionados cuando me abofeteaste. Heriste mis sentimientos, eso es todo.
—Pues bien, ciertamente sé cómo te sientes —dijo de nuevo ella con mordacidad.
Él metió el coche en el garaje, una puerta que se había abierto al lado de la casa.
—Si tratas de decirme que yo he herido tus sentimientos, lo olvidas. Los dos sabemos que eso es algo imposible, ya que a ti no te preocupa un comino mi opinión.
—Eso es cierto —contestó ella, simplemente para irritarle.
Pero no funcionó, porque él sonrió abiertamente y agarró la bolsa de plástico de su regazo.
—Yo lo llevo por ti.
—No, yo —pero él ya se había marchado, y tuvo que correr tras él a la cocina.
La luz que Patrick había dejado lanzó un brillo suave sobre los muebles en el área familiar, así como sobre los vistosos cuadros de las paredes, pero estaba demasiado obsesionada con recuperar su bolsa para apreciar la decoración. Cuando Gastón caminó hacia la mesa de comedor, ella miró con consternación que las asas que ella había atado tan concienzudamente estaban abiertas.
Él dejó caer la bolsa en la encimera, vaciando una cierta cantidad de su contenido.
—Pero bueno, ¿qué tenemos aquí?
Ella se echó hacia adelante, pero él levantó en su mano la primera caja que tenía, y la leyó.
—¿Una crema para hemorroides? Es algo que realmente me encanta saber que tienes, Rocío.
—¡Esto no quiere decir que realmente las tenga! ¡Devuélvemelo!
Ignorándola, él metió la mano en la bolsa y sacó un libro de bolsillo.
—Hablamos de Prozac. Estoy seguro que me lo puedes explicar.
—¡No! —ella dio un salto hacia adelante cuando su mano se cerró alrededor de una botella de plástico—. Dámela.
Él la puso fuera de su alcance y estudió la etiqueta.
—¿Quién se habría imaginado que un miembro de la aristocracia británica tuviera un problema de piojos?
—Es estacional —se ingenió ella.
Él empujó a un lado el paquete de Camel, el periódico sensacionalista, y una caja de prueba de embarazo para coger una serie de cajas pequeñas.
—"Alta Lubricación", "Sensitivo Forma Sabores" "Adaptable Estriado", "Clasico Ultra Sensible". Supongo que puedo pedirte prestados si me quedo alguna vez sin condones —sacó un paquete de cuerda para tender la ropa—. Y no sé qué pensar de esto.
Sólo un artículo quedaba en la bolsa. Tal vez no se había dado cuenta. Quizá se olvidara.
—¿Y, qué tenemos aquí? —metió la mano, y lo sacó—. Crema hidratante vaginal —sus cejas subieron conjuntamente—. ¿Para que necesitas esto?
Su cara llameó.
—Pues bien, verás...bueno, ya te imaginarás para qué...
—¡Ahora, esto es la gota que colma el vaso! Es realmente malo que me puedan ver en la ciudad visitando salas de tatuajes, que me acueste con una extranjera deprimida, llena de piojos, hemorroides, que le gusta que la aten y que podría estar embarazada, aunque ya que compra condones en cantidades industriales, no sé cómo le ha podido pasar. ¡Pero esto no! ¡Óyeme bien, Rochi! No paso por la humillación de que crean que una mujer que está conmigo necesita crema hidratante vaginal, ¿entiendes?
—Fue... —ella tragó y trató de hablar serenamente—. Fue una compra impulsiva.
Él bufó.
—Te he hablado del hombre de Hugh que me sigue. Estaba dentro de la farmacia, así que pensé en comprar todo esto.
—¿Él estaba en la farmacia?
—¡Lo vio todo! —su entusiasmo burbujeó hacia la superficie—. ¡Creo que ha sido buena idea hacerlo! Especialmente con lo que sucedió entre nosotros fuera de la farmacia. Sé que no te está gustando nada esto, pero se lo explicaré todo a Eugenia la próxima vez que hablemos. Beddington se va a quedar consternado cuando se entere, y, a esta hora mañana, el compromiso tiene que estar terminado.
—¿Este es tu grandioso plan? ¿Convencer al duque que estamos teniendo una aventura amorosa?
—No lo había pensado así en un principio. Honestamente. Pero necesito trabajar con lo que tengo.
—Y adivino que lo que tienes soy yo. —Gastón transfirió la crema hidratante vaginal de una mano a la otra y pareció prudente—. Rochi, puede que estés complicando las cosas. Simplemente llámale y dile que no te vas a casar con él. No está bien la forma como le quieres manipular.
—No puedo hacer eso. Si le enojo, él derribará St. Gert. Tengo que ser sutil.
—¿Sutil? —él negó con la cabeza—. Seguramente darás un nuevo significado a esa vieja canción sobre ser leal a tu escuela.
—No es simplemente una escuela. Es mi...
—Lo sé. Es tu casa. Y perdóname por decírtelo, pero eso es patético, aunque, después de ver esta noche a mi familia en la cena, supongo que yo no puedo hablar mucho.
Ella vaciló.
—Peter es realmente adorable.
Él sonrió.
—Tengo un par de hierros ya reducidos para él, solamente esperando que sea un poquito más mayor para saber golpear una pelota.
—Estoy segura que le encantará. Sobre todo si estás tú con él.
El silencio cayó entre ellos. Era noche cerrada y la casa estaba tranquila.
Su mirada fija bajó hacía su boca, y ella recordó el beso que habían compartido. Ella se preguntó si él también se acordaba.
—Voy a nadar un rato —dijo él abruptamente—. Nos vemos mañana.
Comenzó a alejarse, luego pareció recordar lo que llevaba en la mano y volvió a poner el tubo de crema hidratante vaginal en sus manos.
—Mejor guárdate esto, por si pierdes la cordura y decides seducir a Benjamín O'Conner.
Antes de que ella pudiera contestar, él desapareció.

lunes, 28 de enero de 2013

Capitulo 014 (LIBRO 02)

La reaación de las clases fue un alivio para mí. Me había sumido en un estado de ánimo melancólico que solo se agravaba con tiempo y silencio para pensar. Al menos, cuando los pasillos se llenaron de alumnos y los trabajos comenzaron a acumulárseme, tuve bastante que hacer. Pude dejar de pensar en mis problemas por un tiempo.
Al parecer, casi todos los alumnos de Mandalay habían dedicado gran parte de sus vacaciones a pensar en sus problemas, concretamente en el problema de ir a un colegio embrujado. Varios de los vampiros no habían regresado; los que lo habían hecho murmuraban sobre la necesidad de apostar centinelas en los pasillos y dormir únicamente por turnos mientras el otro compañero de habitación permanecía despierto. Incluso oí que alguien especulaba sobre qué haría falta para realizar un exorcismo. «Sí —pensé—, estoy segura de que un sacerdote con un crucifijo y una Biblia sería muy bien recibido aquí.»
Los alumnos humanos seguían estando relativamente tranquilos con el asunto del fantasma. Hasta Candela lo estaba llevando bien.

—No es el mismo fantasma —razonó mientras deshacía el baúl, que contenía sobre todo comida: latas de sopa, paquetes dt galletas saladas y tarros de mantequilla—. Si fuera a... bueno, si yo estuviera en peligro, a estas alturas ya lo sabría. Prefiero vérmelas con esto que con lo que sea que hay en casa de mis padres.
—¿Cómo soportas vivir allí?
—Esta Navidad la he pasado con mi hermana mayor y su marido. Su casa está bien. Mis padres piensan que lo hago por llevarles la contraria, pero también opinan que Frida es una «buena influencia».
Pensé en todas las cosas que mis padres me dejarían hacer siempre que estuviera con Victorio.
—Si vas con una buena influencia, puedes hacer lo que te da la gana, ¿no?
Nos echamos a reír y luego nos partimos una barrita de dulce.
Pronto me quedó claro que al menos un vampiro se había pasado las vacaciones preocupándose por algo más aparte de los fantasmas, y que yo tenía ahora un problema completamente nuevo.
—He conseguido pasarme casi treinta años sin cambiar una rueda pinchada —rezongó Eugenia mientras utilizaba el gato—. Si eres joven, sexy y rubia, créeme, puedes librarte. Siempre hay algún imbécil que está encantado de ayudarte. Por supuesto, comprendo que tú sí necesites aprender a hacerlo.
—¿Quieres hacer el favor de pasarme la llave? No vamos a terminar nunca si sigues quejándote.
—Qué genio — Eugenia sonrió furtivamente, curvando sus carnosos labios en las comisuras — ¿Qué te pasa, Rocío? ¿Estás... oh, no sé, teniendo algún problema en tu relación?
—Las cosas entre Victorio y yo van tan bien como siempre. —Técnicamente, aquello era cierto. Cuando me arrodillé en el frío asfalto, manchándome los guantes de grasa, intenté prestar atención a la rueda pinchada.
—Creo que piensas que me estás diciendo la verdad —dijo Eugenia—. Creo que ni tan siquiera sabes dónde va Victorio sin ti.
—¿De qué me hablas?
—Resulta que, poco antes de Nochevieja, vi a Victorio en Amherst. Sin ti.
—¿Qué hacías tú en Amherst?
—Resulta que conozco esa ciudad, ¿vale? Voy de vez en cuando. Victorio también, pero, por lo visto, para ver a alguien que no es su novia. Yo que tú sospecharía.
Victorio debía de haber estado buscando a Paloma. Se me ensombreció la expresión y Eugenia sonrió satisfecha. No podía saber qué me había entristecido, pero eso le daba igual. Ahora que había detectado una debilidad, seguro que la explotaba.
—Victorio va a un montón de sitios —me apresuré a decir—. Para mí no significa nada. No estamos metidos uno dentro del otro.
—Qué lástima. De hecho, lo de meter es la idea, ¿no? —Eugenia me guiñó un ojo mientras me arrojaba la llave por el suelo. Yo la cogí y esperé que hubiera tenido suficiente burlándose de mí por la presunta infidelidad de mi presunto novio. Tanto Victorio como yo necesitábamos que nuestra farsa continuase en pie y no podíamos permitirnos que nadie nos vigilara demasiado estrechamente.

Estaba decidida a que aquel viaje fuera distinto para mí y Gastón, pero no sabía lo distinto que iba a ser.
—No sé exactamente dónde tenemos que encontrarnos con él —dije a Victorio cuando el sedán gris del internado dejó atrás un cartelito blanco que anunciaba el pueblo de Albion—. Dijo que sabríamos dónde cuando lo viéramos, signifique lo que signifique eso.
—No te preocupes. Gastón   tiene razón. Créeme, no hay muchos sitios a donde podría ir.
Pronto supe a qué se refería. Albion era incluso más diminuto que el pueblecito donde me había criado yo: solo un puñado de calles apelotonadas, alumbradas por una única farola situada en el centro. Las casas parecían viejas y, salvo por un colmado, una gasolinera y la estafeta de correos, no se veía nada que se asemejara a una tienda.
—Bastante aburrido, ¿no?
—Era más bonito hace ciento cincuenta años, cuando vivimos aquí.
Victorio se refería a él y a Paloma. Le observé atentamente el rostro, pero él no dejó traslucir ninguna emoción.
Victorio aparcó en una calle próxima a la única farola de Albion. Había nevado ese mismo día, y la fina capa de nieve que cubría el suelo crepitó bajo nuestras botas mientras nos dirigíamos al centro del pueblo. Escruté ávidamente la oscuridad, intentando divisar a Gastón. Necesitaba desesperadamente volver a verlo, abrazarlo, y hablar durante mucho rato con él para poder volver a conectar. La intimidad entre nosotros se resentía mientras estábamos separados, y era eso lo que yo quería reconstruir.

Justo cuando doblamos la esquina oí — Aquí estáis.
Me volví sonriendo de oreja a oreja — ¿Gastón  ?
Gastón   se acercó corriendo hasta nosotros, vestido con un grueso anorak y un gorro de lana que casi lo volvía irreconocible. Abrió los brazos y yo corrí a su encuentro. Noté su nariz fría en mi mejilla.
—Hola, ángel — murmuró.
—Siempre me ves tú primero. Apareces por detrás de mí todas las veces.
—Y a ti te encanta.
—Aja, me encanta. — Lo besé en la mejilla y luego en la boca — Pero algún día voy a sorprenderte.
—Te deseo suerte en el intento — Gastón   me abrazó con más fuerza si cabe. Pese a las capas de ropa que había entre nosotros, el abrazo bastó para encenderme por dentro.
—Tengo que contarte un secreto — El corazón me dio un vuelco al imaginar su reacción; deseaba tanto que aquella noticia lo alegrara—. Sé por qué ha admitido la señora Bethany alumnos humanos en Mandalay.
—¿De veras? ¿Por qué?
Le expliqué la deducción que Victorio y yo habíamos hecho sobre el intento de la señora Bethany de localizar fantasmas, esperando que compartiera mi satisfacción. En cambio, la sonrisa se le fue borrando poco a poco. Confundida, dije:
—Venga, Gastón. Esto es un auténtico bombazo. ¡Es lo que llevas intentando averiguar desde hace casi dos años! ¿No puedes utilizarlo para poner en evidencia a Eduardo? ¿O crees que me equivoco?
—No, me apostaría un riñón a que aciertas. Cuando hice la solicitud para entrar en la Academia Mandalay, utilizamos la dirección de Providence de la vieja profesora Ravenwood, y ella siempre hablaba del fantasma del sótano. Aunque estaba bastante senil antes de morir, por lo que nunca le dimos mucha importancia. Supongo que le debo una disculpa póstuma.
—Entonces ya está. Puedes volver a la Cruz Negra y decirles lo que has descubierto. Has cumplido tu misión. Eso te quitará a Eduardo de encima, ¿no?
Gastón  suspiró.
—El caso es que a Eduardo no va a gustarle. Algunos comandos de la Cruz Negra cazan fantasmas con bastante regularidad, pero nosotros no lo hacemos casi nunca. De manera que lo más probable es que otro comando de cazadores se encargue de nuestra investigación.
—Pero sigues teniendo la respuesta, y ahora sabes que no hay ningún humano en peligro.
—No conoces a Eduardo. A ese tío le da igual lo bien defendido que esté el internado o que sea el único sitio donde los vampiros nunca atacan a los humanos. Lo odia. Quiere borrarlo del mapa. Esta parecía ser su excusa. Ahora va a tener que ceder la misión a otros.
—Eso significa que tú no tendrás tantos motivos para volver a esta zona. Vernos va a ser incluso más difícil. —Todos mis esfuerzos solo habían hecho que empeorar las cosas.
Gastón   me cogió la cara entre las manos. La vasta lana de sus guantes me raspó las mejillas.
—Encontraremos la forma. Siempre la encontraremos. Tienes que creer eso.
El nudo que se me había hecho en la garganta solo me permitió responderle asintiendo. Gastón   me besó con vehemencia, como si eso bastara para unirnos para siempre.
Victorio se aclaró la garganta.
Retrocedí un paso, reparando, demasiado tarde, en lo incómodo que debía de resultarle aquello. Gastón  lo aprovecharía para ponerse sarcástico, pensé, pero me sorprendió.
—Muy bien, pasando a otro tema. Victorio, creo que tu hermana está aquí en Albion en este momento.
—Has visto a Paloma — Victorio alzó el mentón.
—Hoy mismo. En la parte oeste del pueblo. De camino aquí, la he visto andando junto a la carretera, cerca del bosque. He dado inmediatamente la vuelta, pero es como si se hubiera esfumado.
Victorio asintió.
—Creo que sé dónde buscarla.
Gastón   me apretó la mano.
—Lo siento, pero sabes que tenemos que hacer esto.
—Lo sé. —De hecho, estaba entusiasmada. Si por fin podíamos reunir a Victorio y Paloma, cuánto se alegrarían los dos. El tiempo que pasara con Gastón solo podía ser incluso más agradable si cabe si sabía que habíamos logrado nuestro objetivo y ayudado a alguien más.
Terminamos cogiendo la camioneta de Gastón  , aunque apenas cabíamos los tres en el asiento delantero. Me sentí un poco incómoda apretujada entre Gastón y Victorio, en más de un sentido, Victorio tenía la misma actitud que yo reconocía en Gastón, la clase de determinación que exigía actuar, no reflexionar. Fue extraño ver aquella similitud entre ellos: una resolución inquebrantable que era a la vez fascinante e intimidante.
Pero también vi las diferencias entre ellos.
—No saques un arma a menos que yo lo diga — dijo Victorio mientras traqueteábamos por una tortuosa carretera secundaria que conducía a un campo de labranza — Si está en Albion, lo más probable es que esté sola.
Gastón   asía el volante como si fuera un escudo con el que se estuviera protegiendo.
—Me llevo una estaca. Lo siento, tío, pero no voy a salir desarmado.
Percibí enfado en los ojos de Victorio y me apresuré a preguntar:
—¿Debemos siquiera ir Gastón y yo? ¿No te irá mejor si hablas con ella a solas?
—Tal vez. Aun así, quiero que te vea, para que sepa que somos amigos. Puede ser útil más adelante.
Victorio nos condujo a una vieja casita situada a las afueras del pueblo, por no decir en pleno campo. Apenas parecía lo bastante grande para tener dos habitaciones y a la chimenea que había en el centro de su destartalado tejado le faltaban varios ladrillos en la parte de arriba. Gastón   apagó los faros un par de minutos antes de parar la camioneta a unos cien metros de distancia. Fue a la parte de atrás y cogió dos estacas, ofreciéndome una de ellas. Victorio no dijo nada. Aunque se me hacía extrañísimo tener una de aquellas cosas en la mano, la cogí. Las advertencias de Gastón   sobre la banda de Paloma me habían calado hondo.

A aquella distancia del pueblo, el silencio era casi total. El fuerte viento levantó pequeños copos de nieve y el hielo se nos clavó en la cara. Las nubes ocultaban la luna y las estrellas, y la noche, era tan oscura que pensé que, si el tejado no hubiera estado cubierto de resplandeciente nieve blanca, ni siquiera habría visto la casita.
—No hay huellas —susurró Gastón   en una voz tan baja que el viento y los crujidos de nuestros pasos en la nieve casi la ahogaron—. O no ha venido, o lo ha hecho justo después de que yo la viera...
—...y sigue dentro. —Victorio escrutó las ventanas sin luz, pero dudé de que incluso su visión de vampiro le permitiera ver, algo—. Lo averiguaremos.
Nos detuvimos un momento en las escaleras de la entrada. Victorio las subió solo y puso una mano en el picaporte. Durante varios largos segundos se quedó completamente inmóvil y yo advertí que estaba conteniendo la respiración.
Luego abrió la puerta y, al cabo de un momento, dijo:
—No está.
—Un callejón sin salida.
—Yo no he dicho eso — respondió Victorio — Mira — Se agachó hacia un lado, haciendo algo que no pude ver, y entonces, brilló la luz de una vela.
Cuando Gastón   y yo entramos, vimos que alguien había estado en la casa hacía poco, alguien con una noción muy extraña de cómo acondicionar un hogar. Una colcha de encaje antaño bonita, manchada de suciedad y sangre, cubría un colchón colocado en el suelo. Apoyada en la pared, había una cabecera de cama hecha de latón con hermosos adornos de volutas; las arañas habían tejido la tela en los espacios vacíos. La vela que Victorio había encendido estaba en un candelero en una mesita cubierta de cera de varios colores; enormes cantidades de ella habían goteado por toda su superficie, resbalado por las patas y formado charcos en el suelo. Un óvalo de cera morada rodeaba un zapato de mujer, un delicado zapato de tacón de aguja incrustado de diamantes de imitación con largas tiras que habían quedado atrapadas en la cera al solidificarse. Había botellas de ginebra vacías diseminadas por el suelo y amontonadas en los rincones y la chimenea estaba llena no de madera, sino de cristales rotos, formando un montón tan alto que parecían puestos allí a propósito. El montón brillaba a la luz de la vela, los colores del cristal — marrón, azul, verde — ardiendo con una irreal llama propia.
—No me malinterpretes, Victorio — dijo Gastón  — pero tu hermana, ¿ha estado siempre chiflada?
—Tan diplomático como siempre. — Victorio se arrodilló junto al montón de cristales rotos — Aunque, sinceramente, Paloma siempre tuvo algo... distinto. No está loca, ni lo ha estado nunca, pero tampoco se ha sentido nunca satisfecha. Nunca ha estado enraizada a la tierra. Una vez que se disgustaba por algo, o con alguien, no lo olvidaba nunca. Era como si no pudiera pensar en otra cosa, no mientras eso la fastidiara. Yo era el único que podía hablar con ella cuando se ponía así.
—Lo que a tu hermana le pasa ahora, sea lo que sea, no es una simple pataleta — dijo Gastón  — Este sitio me dice que no está en su sano juicio. Además, se ha juntado con la gente equivocada, por no decir algo peor.

Pensé en todos los extraños cambios que ya había notado en mí y en cuan desconcertantes podían ser. ¿Cuánto más atemorizante sería cambiar por completo, ser arrancado de la vida y transformado en un no muerto? Y yo llevaba preparándome para aquello desde que nací y sabía que probablemente podría escoger el momento. Paloma había estado atada en un establo, viendo cómo torturaban a su hermano, sabiendo que sus padres habían sido asesinados. Eso sería más que suficiente para enfadar o desequilibrar a cualquiera para siempre.
«¿Es así como ocurre para la mayoría de los vampiros?» Me estremecí.
—No te estoy pidiendo que disculpes a la gente con la que se está relacionando Paloma. —Victorio no despegó los ojos del montón de cristales rotos.
—Pero estoy seguro de que quieres que no los castigue —comentó Gastón.
—No pretendas ser juez y parte. Tú solo eres el verdugo y decides quién es culpable en virtud de lo que somos, no de lo que hacemos.
—¿Por qué razón estamos hablando de mí y no de Paloma y sus amigos de mierda?
Al principio, quise interrumpir su discusión, pero luego pensé que quizá fuera mejor que se desahogaran. Cuanto antes terminaran de discutir, mejor. Hice caso omiso de ellos y me arrodillé junto al colchón. Una de las manchas de la sucia colcha tenía forma de mano.
—Tú no tienes hermanos, ¿no, Gastón? Si los tuvieras, a lo mejor no te costaría tanto entenderme.
—Si tuviera un hermano que anduviera con la familia Manson, creo que estaría cabreado con él, no con los polis que están intentando cogerlos.
—¿Aún pretendes que eres un poli?
Puse la mano sobre la mancha de sangre. Cuando Paloma y yo habíamos caminado juntas, ella me había entrelazado su brazo con el mío. Pese a su estatura, sus manos eran más pequeñas que las mías. Aquella mancha de sangre era más grande, tanto que mis dedos parecían los de un niño en comparación.
—No está sola. —Cuando dije aquello, Gastón   y Victorio dejaron de discutir y me miraron, como si se hubieran olvidado de que estaba allí con ellos—. Fijaos en esto. Alguien más ha estado aquí recientemente. Alguien mucho más grande. Un hombre, probablemente.
Victorio no parecía convencido, pero Gastón   sonrió. —Hacías falta tú para verlo.
Orgullosa de mí misma, miré a mí alrededor, buscando ávidamente alguna otra prueba del segundo vampiro, pero no vi nada. No obstante, aquel extraño desorden me resultó entonces más desconcertante aún si cabe. Paloma era rara, pero cualquiera pensaría que otra persona, cualquier otra persona, tendría más sentido común. Que impondría un poco de orden. En cambio, vivía allí en aquellas condiciones infrahumanas.
—No está sola —dijo lentamente Victorio.
—Dime, Victorio, ¿qué te fastidia más? —Gastón   empezó a mirar en los cajones, que parecían estar vacíos—. ¿Que tu hermana pequeña tenga vida sexual o que, al parecer, su amante beba sangre?
—Piensa en lo que acabas de decir. —Victorio se irguió—. Si Paloma ha traído a alguien aquí, los habrá traído a todos. A la banda entera. A su tribu.
—¿La tribu? —Yo había leído referencias indirectas a las tribus de vampiros. No sabía mucho de ellas, pero no tenían buena pinta. Debería haber relacionado antes a la banda con la idea que tenía de lo que era una tribu—. ¿Quiere decir eso que están todos en el pueblo? ¿En este momento? ¿Y... que van a volver aquí?
Gastón   y Victorio se miraron y al cabo de unos instantes Gastón   me cogió del brazo.
—Tú vuelve a Albion — dijo — Victorio y yo podemos encargarnos de esto.
—¿Qué? No quiero dejaros.
—Gastón   tiene razón — dijo Victorio —. Esto va a-ser más peligroso de lo que pensaba. Tú no sabes combatir, Rocío.
—He aprendido mucho. —Me resistí cuando Gastón   tiró de mí.
Victorio negó con la cabeza.
—Las clases de esgrima no cuentan.
—Rocío, piensa — dijo Gastón  — ¿Cuántas veces estamos de acuerdo en algo Victorio y yo?
No me gustaba admitirlo, pero tenían razón. Mis poderes no podían compararse con los de un vampiro completo. Los de Gastón tampoco, pero a él lo habían entrenado para luchar desde que aprendió a andar. Si aquello se convertía en una batalla en toda regla con un grupo de vampiros, yo no estaría en mi terreno. En ese momento decidí aprender tanto como pudiera, hacerme más fuerte: no quería que nadie volviera a pedirme nunca más que me fuera por mi propia seguridad.
Pero aquello sería en un futuro. De momento, lo único que podía hacer era marcharme.
—¿Queréis que me lleve la camioneta al pueblo? —«Al menos», pensé con amargura, «sé conducir.»—. O podría esperaros en la carretera.
—El pueblo es el único lugar seguro —dijo Gastón.
Victorio asintió.
—Gastón   debería llevarte y luego volver. Y será mejor que ocultemos nuestra presencia aquí. —Se agachó y apagó la vela. La habitación quedó a oscuras.
Fue entonces cuando advertí que fuera había luz.
—¿Qué...? —Me callé al instante. No hacía falta que también me oyera lo que fuera que llevara la luz (¿otra vela?, ¿una linterna?). Nadie se movió y yo me esforcé tanto por oír algún sonido que noté cómo se me tensaban todos los músculos del cuerpo. Gastón   me cogió con más fuerza. Él y Victorio se miraron. Victorio puso una mano en el picaporte y se preparó visiblemente; en la penumbra, percibí en su rostro tanto miedo como esperanza.
Abrió la puerta. En vez de veinte asesinos enloquecidos abalanzándose sobre nosotros, solo fuimos recibidos por una ráfaga de aire helado. Forzando la vista, vislumbré a Paloma en la oscuridad.
Llevaba una bota de cada y un largo abrigo de lana gris remendado y recosido en decenas de sitios. El pelo rubio, que llevaba suelto, le revoloteaba en la cara. En una mano sostenía una linterna; solo unos finos mitones le protegían las manos del frío.
—¿Victorio? — dijo con un hilillo de voz en un tono má8 infantil que nunca.
—Paloma — Pese a llevar tanto tiempo buscándola, Victorio pareció incapaz de acercarse y decir algo — ¿Estás bien?
Ella se encogió de hombros. Clavó sus ojos castaños en Gastón — Veo que andas con malas compañías.
—No estoy de servicio — dijo Gastón   con una sonrisa de satisfacción. No me pareció que bromear fuera muy apropiado y le di un golpe en el brazo. Él me fulminó con la mirada, pero se calló.
—A la chica la entiendo —dijo Paloma — Se parece muchísimo a la pobre Jane.
Victorio palideció.
—No digas ese nombre.
«¿Quién era Jane?»
—Has estado siguiéndome — Paloma retrocedió un paso y bajó el brazo de la linterna; ahora la luz solo iluminaba sus pies y la nieve del suelo — Quiero que dejes de hacerlo.
—Dejaré de hacerlo si vienes a casa.
—¿A casa? ¿Qué eso? Vivimos aquí una vez, pero de eso hace mucho tiempo. —Paloma se apartó el pelo de la cara, la clase de gesto confundido que hacen las personas cuando están intentando contener las lágrimas—. Ni se te ocurra pedirme que vuelva a Mandalay. Ya sabes lo que pienso de esa mujer.
Gastón   y yo nos miramos.
Victorio bajó a la nieve y Paloma retrocedió otros dos pasos. De no haber conocido a Victorio, habría creído que su hermana le tenía miedo.
—Podríamos encontrar algún otro sitio —dijo Victorio—. Alguna otra cosa que pudiéramos hacer tú y yo. Lo único que importa es que estemos juntos. Paloma, te echo de menos.
Ella se quedó mirando el suelo nevado. —Yo no.
Aquello fue un golpe tan duro para Victorio que se estremeció. Le puse una mano en el hombro; era el único consuelo que podía ofrecerle. Gastón   me observó, pero no dijo nada.
—Me recuerdas demasiadas cosas —dijo Paloma—. Me recuerdas cómo era estar viva. Pensar en la luz del sol como algo que podías disfrutar, no como algo que solo puedes soportar. Respirar y que eso te cambiara, te refrescara, te despertara, en vez de inhalar y exhalar aire de forma mecánica, una vieja costumbre que te recrimina continuamente lo que eres. Suspirar y notar alivio. Llorar y que se te pasara la tristeza, en vez de tenerla reprimida dentro de ti eternamente, confundiéndote cada vez más hasta que ya no sabes quién eres.
—Yo sé quién soy —dijo Victorio
Ella negó con la cabeza.
—No, Victorio. No los sabes.
—Al menos, prométeme que dejarás la tribu. —La desesperación le rompió la voz y a mí se me encogió el corazón—. Mientras andes con ellos, no estarás a salvo de la Cruz Negra.
Paloma fulminó a Gastón con la mirada.
—Mientras tú andes con la Cruz Negra, no estarás a salvo de mi tribu. Así que prueba a seguir un consejo antes de darlo, Victorio. Y vete ahora mismo de aquí, ya.
—Paloma, no podemos dejarlo así.
Sentí tanto miedo que casi me tambaleé.
—Ha dicho ya.
Gastón   y Victorio me miraron. —¿Qué? — preguntó Gastón .
Lo supe antes de saberlo, lo presentí más hondamente que nada de lo que había sentido hasta entonces.
—Están aquí vigilándonos. Creo que será mejor que nos vayamos.
Paloma me sonrió.
—Eres demasiado lista para andar con un cazador de vampiros. Probablemente, saldrás con vida.
Gastón entornó los ojos y miró el bosquecillo que había a unos doscientos metros de la casa.
—A la camioneta.
—Aún no — Victorio miró a su hermana con consternación cuando ella se puso a andar hacia el bosquecillo — Dame una última oportunidad para hacerla entrar en razón.
—A la camioneta — repitió Gastón. Me di cuenta de cuánto deseaba pelear, pero continuó centrado en protegerme — Ahora.
El instinto me dijo que echara a correr, si bien mis otros instintos de vampiro me dijeron que una presa huyendo resultaba aún más apetecible. Me obligué a caminar despacio hacia la camioneta y cogí a Victorio por el brazo para tirar de él. Gastón   tenía su estaca lista mientras avanzaba lentamente hacia la puerta del conductor.
Se me hizo un nudo en el estómago cuando vislumbré, detrás de Paloma, las pisadas de al menos media docena de personas. Supe que estaban cerca, observándonos. Imaginé que notaba sus ojos clavados en mí y, mientras el viento susurraba entre los árboles helados, me pareció oír risas distantes.
Victorio apretó el paso.
—No va a pasarnos nada —dijo.
—No estoy segura —dije, pero pudimos subirnos a la camioneta. Victorio y Gastón   cerraron las puertas y bajaron los seguros al mismo tiempo—. Démonos prisa, ¿vale?
Gastón   encendió el motor y dio rápidamente la vuelta. Al hacerlo, los faros alumbraron a Paloma, que estaba parada en el campo de labranza, viendo cómo nos íbamos. La luz le dio de lleno en los ojos, que la reflejaron como los de un gato.
—Cree que me he vuelto contra ella. —Victorio se estaba agarrando al salpicadero con sus grandes manos.
—Tendrás otra oportunidad de hablar con ella —dije—. Sabes que la tendrás. Cuando lo hagas, ella lo entenderá.
—¿Paloma entenderá por qué ando con un cazador de la Cruz Negra? Entonces, entiende más cosas que yo.
—Todo irá bien —volví a prometerle. Gastón   nos lanzó una mirada de soslayo y luego miró resueltamente la carretera.
Nevaba más copiosamente. Cuando llegamos al centro de Albion, la nieve había comenzado a amontonarse alrededor de los neumáticos de los coches aparcados.
—Quizá sea mejor que no volváis esta noche —dijo Gastón  —. Llama a tus padres. Diles que no podéis circular con las carreteras así.
—Tenemos más o menos para otra hora si sigue nevando así. Eso nos basta para volver. —Victorio se subió el cuello del abrigo como si ya notara el frío.
Yo sabía que, si le pedía que se quedara, él lo haría, y quería quedarme más tiempo para que Gastón   y yo pudiéramos pasar unos minutos a solas. Si conseguíamos convencer a mis padres de que no debíamos circular hasta que limpiaran las carreteras por la mañana, entonces tendríamos horas... mientras el pobre Victorio esperaba cerca. Eso sería incómodo para mí y peor para él, cuyos ánimos estaban por los suelos. Victorio necesitaba regresar pronto a la Academia Mandalay.
—Nos iremos ahora —dije a Gastón  —. Es mejor así.
Gastón   se quedó mirándome; su expresión decepcionada dio paso a otra más difícil de interpretar.
—Tal vez.
Ninguno de los dos supo qué decir después de aquello.
Victorio, que parecía demasiado aturdido para percibir la tensión entre Gastón   y yo, abrió la puerta de la camioneta. Una gélida corriente de aire azotó la cabina, metiéndome el pelo en los ojos. Gastón   ya había vuelto a concentrarse en la carretera como un hombre que está urdiendo una fuga. Cuando Victorio alargó la mano para que no resbalara en la nieve, se la cogí.
—Adiós, Gastón   —dije con un hilillo de voz.
Gastón   se inclinó para cerrar la puerta de la camioneta.
—Nos vemos dentro de un mes. En Amherst. En la plaza mayor. A la hora de siempre, ¿vale? —Luego suspiró y me sonrió, torciendo la boca—. Te quiero.
—Yo también te quiero. —Pero, por una vez, aquellas palabras no lograron arreglarlo todo.
Victorio y yo estuvimos de tan mal humor en los días siguientes que le sugerí fingir que habíamos discutido. Andar juntos por ahí haciéndonos pasar por una pareja feliz era algo que ninguno de los dos podía hacer. Pero, después de una semana, podríamos serenarnos y fingir que hacíamos las paces.
No obstante, aquello me dejó sola durante más tiempo y mis preocupaciones ocuparon todos los segundos que pasaba sin compañía. Pensar en cómo nos habíamos despedido Gastón   y yo me producía una especie de vértigo interno, como si el suelo que pisaba se moviera bajo mis pies.
Nicolás advirtió mi desasosiego e intentó tranquilizarme enseñándome a jugar al ajedrez, pero yo estaba demasiado nerviosa y distraída para recordar las reglas, y mucho menos para pensar en una estrategia.
—Últimamente estás fatal —me dijo una tarde mientras los dos rebuscábamos entre el envío semanal de alimentos. Al parecer, los alumnos humanos no habían advertido que muchos de sus compañeros ni tan solo se pasaban a recogerlos. Estaban demasiado ocupados en coger felizmente las cosas que habían pedido: cajas de pasta, paquetes de galletas. Nicolás se metió dos botellas de naranjada en su bolsa de lona—. Y es imposible no ver que Victorio también se pasea como un alma en pena.
—Sí, supongo. —Sintiéndome incómoda, me quedé mirando la lista de Candela. Me había ofrecido a recoger sus cosas junto con las mías.
—Vico vino a nuestro último pase de películas clásicas, Seven y Sospechosos habituales. El tema era Kevin Spacey: 3 días. Una doble sesión formidable, ¿no crees? Pero Victorio no miró la pantalla ni una sola vez.
—Nicolás, sé que tienes buena intención, pero no quiero hablar de eso.
Él se encogió de hombros mientras seleccionaba unas cuantas latas de sopa.
—Solo me preguntaba si esto tiene algo que ver con Gastón.
—Tal vez. En cierto modo. Es complicado.
—Supongo que Gastón   es de esos tíos que dejan huella. Apasionado, temperamental, rebelde y todo eso. Yo no puedo hacer de chico malo — dijo Nicolás —. Yo tengo un estilo más meloso. Gastón, en cambio...
—Él no está haciendo nada. Él es como es.
—Lo sé —dijo Nicolás con calma—. Y sé que no habéis terminado. Es duro para Victorio, pero a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre.
Deseé que tuviera razón y esa esperanza me animó.
—Eres un pésimo alcahuete, Nicolás.
—No tan malo como tú. En serio, ¿Candela y yo?
—¡De eso ya hace más de un año! —Cuando terminamos de reírnos, volvimos a concentrarnos en la «compra» y cogimos lo que nos faltaba. Cuando regresé a mi habitación con las bolsas, no estaba exactamente de buen humor, pero me sentía mejor que en mucho tiempo.
Candela resultó estar en mitad de uno de sus proyectos artísticos más grandes y sucios. Aquel collage ocupaba casi la mitad del suelo de nuestra habitación y olía a pegamento y pintura.
—¿Qué es? —dije sorteando periódicos húmedos y pinceles.
—Yo lo llamo Oda a la anarquía. ¿Ves que los colores están en un constante estado de colisión?
—Sí, es imposible no verlo.
Mi débil elogio no melló el entusiasmo de Candela. Tenía pintura en los antebrazos y hasta se había manchado el pelo de naranja, pero no dejaba de sonreír a su obra inconclusa mientras se comía una galleta.
—Puedes moverte por la habitación sin pisarlo, ¿verdad? —Sí, pero creo que esta noche será mejor que duerma con mis padres.
—¿Te dejan?
—No continuamente, pero no creo que vaya a importarles por una noche.
Resultó que mis padres estuvieron entusiasmados de verme. Anteriormente, habían tenido mucho cuidado con la cantidad de tiempo que me dejaban pasar con ellos, dado lo preocupados que estaban por mi negativa a querer relacionarme con los otros vampiros de la Academia Mandalay. Ahora tenían la certeza de que estaba madurando como ellos querían, y sus puertas estaban abiertas siempre que me apeteciera.
Antes, aquello me había parecido algo natural, pero ahora ya no.
—¿Papá? pregunté mientras cambiábamos las sábanas de mi cama—. ¿Siempre habéis sabido que yo terminaría siendo un vampiro? Un vampiro completo, quiero decir.
—Por supuesto. Mi padre siguió concentrado en remeter pulcramente la sábana en una esquina de la cama. Cuando te hagas adulta y le quites la vida a alguien, y ya sabes que podemos encontrar una forma decente de que lo hagas, habrás completado el cambio.
—Yo no estoy tan segura.
—Cariño, todo va a ir bien. Me puso una mano en el hombro y ni su nariz torcida y fracturada por tantos sitios distintos piulo disimular la dulzura de su expresión—. Eso te preocupa, lo sé.

Pero si encontramos a alguien que ya se esté muriendo, que ya ni siquiera esté consciente, le estarás haciendo un favor. Su último acto será darte la inmortalidad. ¿No crees que querría hacer eso por ti?
—No lo sabré, porque no lo conoceré, ¿no? —¿Cómo podía haber llegado a reconfortarme aquella idea? Por primera vez, caí en la cuenta de lo presuntuosa que era y de cuan insensible era suponer que yo tenía derecho a poner fin a una vida, incluso a una que estuviera terminando, solo para mi provecho—. Pero no me refiero a eso. Tú siempre dices cuando mate. «Cuando» mate. ¿Qué ocurre si no lo hago?
—Lo harás.
—Pero ¿qué pasará si no lo hago? —Nunca hasta entonces le había insistido para que me respondiera a aquello. Jamás había sentido la necesidad. Ahora, de repente, todas aquellas preguntas inexpresadas me pesaban como una losa cada vez más grande—. Solo quiero saber qué alternativa tengo. ¿No lo sabe nadie? ¿La señora Bethany, quizá?
—La señora Bethany te dirá exactamente lo mismo que voy a decirte yo, que es que no tienes ninguna otra opción. No quiero volver a oírte hablar de esta forma nunca más. Y no le digas nada a tu madre. La disgustarías. —Mi padre respiró hondo, en un intento por tranquilizarse—. Además, Rocío, ¿cuánto puede faltar? Tu sed de sangre ya era bastante fuerte el año pasado.
Aquello era lo más cerca que mi padre había estado de mencionar a Gastón desde hacía meses. Noté que me ruborizaba.
—No soy un ingenuo. Sé que Victorio y tú ya debéis de haber bebido la sangre el uno del otro. — Lo dijo con cierta rapidez. Quizá estuviera tan incómodo como yo — Ya no puede faltarte mucho para que te sientas preparada para beber y matar de verdad. Sé que cada vez tienes más hambre solo por tu apetito de los domingos. Si esto te preocupa, no te culpo. Pero no dejes que tu preocupación te haga decir estas locuras. ¿Me he expresado con claridad?
Fui incapaz de hablar, así que solo asentí.
Poco después apagué las luces de mi habitación e intenté convencerme para quedarme dormida. Pero no solo estaba confundida por mi conversación con mi padre. También me moría de hambre.
«El poder de la sugestión en acción», pensé. Mi padre había mencionado mi apetito y ahora tenía más hambre que en mucho tiempo, eso pese al hecho de haberme bebido casi medio litro de sangre durante la cena.
Bueno, al menos no iba a tener que coger disimuladamente un termo de debajo de la cama. El frigorífico de mis padres contenía toda la sangre que necesitaba.
Recorrí el pasillo de puntillas, pasando por delante del dormitorio de mis padres y entrando en la cocina. Iba descalza y apenas hice ruido al pisar las baldosas. En vez de encender la lámpara, confié en mi visión nocturna y en la brizna de luz que se ensanchó cuando abrí la puerta del frigorífico. Aunque había comida para mí en el estante inferior, el frigorífico estaba repleto de botellas, jarras y bolsas de sangre. Con cuidado, cogí una de las bolsas: normalmente no las tomaba, porque eran difíciles de conseguir: lujos que mis padres necesitaban más que yo. Contenían sangre humana.
Puede que mi padre tuviera razón. Puede que mi sed de sangre se hubiera agudizado tanto por el tiempo que llevaba sin beber sangre humana. Puede que fuera eso lo que ahora necesitaba. SI mi padre intentaba regañarme por beberme su reserva de sangre, yo le señalaría que, en cierto modo, me lo había sugerido él.
Vacié la bolsa en una taza grande y la metí en el horno microondas. Aunque el reloj automático hizo tanto ruido al dispararse que me sobresalté, mis padres no se despertaron y yo regresé rápidamente a mi habitación.
La taza calentada me quemó los dedos, pero el fuerte olor a carne de la sangre borró mi malestar, mis preocupaciones y casi todo lo demás. Rápidamente me llevé la taza a los labios y bebí.
«Sí.» Eso era lo que necesitaba en lo más profundo de mí ser. Noté el calor bajándome hasta las entrañas, calentándome por dentro. La sangre humana surtía un efecto en mí que nunca sentía con la sangre animal: me hacía sentirme eufórica, enchufada y fuerte. Cogí la taza con ambas manos, bebiéndome la sangre tan deprisa que apenas pude respirar. Me sentía como si estuviera flotando en su calor. El resto del mundo estaba frío en comparación.
Un momento.
Bajé la taza y me limpié los labios con la lengua mientras evaluaba la situación. De pronto hacía mucho más frío en mi habitación. ¿Había abierto el viento alguna de las ventanas? No, seguían cerradas, y estaban cubiertas de escarcha. Pero ¿lo habían estado hacía un momento? Justo antes de levantarme para ir a buscar la sangre, había visto la silueta de la gárgola perfilada fuera, pero entonces quedaba oculta tras un vaporoso manto blanco.
Cuando exhalé, el aire se llenó del vaho de mi respiración. Comencé a tiritar. Vi un resplandor azulado parpadeando al otro lado de la ventana y oí unos golpecitos en el cristal. Como los arañazos de unas uñas. El miedo se apoderó de mí, pero no pude irme.

Me acerqué a la ventana y empecé a quitar la escarcha con la mano. El frío me heló la piel, pero la escarcha se evaporó, permitiéndome ver a través del cristal empañado. Una chica me estaba mirando. Era más o menos de mi edad, con el pelo corto y casi negro y los ojos hundidos. Parecía completamente normal, salvo por el hecho de ser casi transparente y estar flotando fuera de mi ventana.
Los fantasmas habían vuelto a visitarme.