Mery permaneció fiel a sí
misma en el patio fumando su último cigarrillo de la noche. Seguía diciéndose
que iba a dejar este hábito, y de verdad pensaba dejarlo. Tan pronto como su
vida se aplacara.
Una luz titiló enfrente por
encima de ella en el cuarto de Peter. Shelby había entrado a asegurarse que
estaba bien.
El corazón Mery se arrugó
con envidia. Peter era tan guapo, tan perfecto.
Ella le quería de todo
corazón, pero apenas podía mirarle. Sólo una vez Shelby sacó a colación el tema
de que Mery fuera su madrina, y eso había sido justo después de nacer. Mery se
había asegurado que nunca se lo dijera otra vez.
La puerta que daba entrada a
la casa se abrió. Ella miró hacia arriba, esperando ver a su padre, pero en su
lugar apareció Benjamín O'Conner.
—¿Qué demonios estás
haciendo aquí?
—Tu padre me ha dejado
entrar. Estaba invitado para la cena, pero tenía una reunión de negocios, y no
me he podido escapar hasta ahora.
Shelby no le había dicho que
Benjamín estaba invitado. Una traición más.
Él metió sus manos a la
fuerza en sus bolsillos y contempló el cielo. Ella percibió un soplo de su
colonia. Olía agradable y limpio como el aire.
—Qué noche tan hermosa.
Su voz sonaba con algo de
reverencia, como si la noche evidente, iluminada por las estrellas fuera mágica
en lugar de algo más bien común. Ella tuvo que esforzarse para no admirar lo
que se estaba perdiendo. En lugar de eso, se cruzó de brazos sobre el pecho y
le fulminó con la mirada.
—Ya me estoy hartando de
esto, Benjamín. Hay leyes en contra de acechar.
—Apenas te he acechado, María.
No sabía que ibas a ir al Roustabout anoche. Y esta noche tenía una invitación.
—Déjame ser un poco más
clara. No me gustas, y a veces no me apetece dirigirte la palabra.
—En realidad, nosotros no
hemos hablado tanto como para que tengas esta aversión. Incluso, si dejaras de
estar tan asustada conmigo, podríamos buscar alguna solución a nuestro problema
con bastante facilidad.
—¿Asustada? ¿De un soso como
tú? No te adules a ti mismo.
—Si no estuvieras tan
asustada, estarías ansiosa por hablar conmigo y poder llegar a algún tipo de
acuerdo.
Él estaba en lo correcto,
pero ella nunca lo admitiría.
—No podemos llegar a ningún
acuerdo. ¡No voy a casarme contigo! No te lo puedo decir más claro.
Él contempló el cielo, luego
inclinó la cabeza como si quisiera mirar las telarañas desde un ángulo
diferente. Ella no pudo evitar quedarse mirando las líneas limpias, fuertes de
su perfil. Él tenía una frente ancha, una nariz bien formada, y una boca que
era alarmantemente sensual. La sorpresa de su boca, combinado con su compostura
haciendo frente a sus emociones turbulentas, la enfureció.
—¿Sabes lo que creo? Creo
que este embrollo lo has creado tú solito. Me quieres, pero sabes que yo no
miraría dos veces a un intelectual presumido como tú, así es que te has sacado
de entre manos este plan absurdo, y luego convenciste a tu padre para que
estuviera de acuerdo contigo.
Él parecía suavemente
alarmado.
—¿Eso es lo que crees?
—Puedes estar seguro.
—Fascinante.
Cuando él caminó hacía el banco,
ella se encontró estudiando los hombros bajo esa camisa arrugada tipo Oxford.
No eran excesivamente anchos, pero parecían sólidos.
Él se volvió, y ella tuvo el
sentimiento extraño que él podía leer su mente.
—De hecho, esta idea es de
tu padre.
—Sí, seguro —se mofó ella.
Él metió las manos en sus
bolsillos, estirando los pantalones flojos sobre un abdomen muy firme.
—En contra de lo que pareces
pensar, no me es muy difícil encontrar compañía femenina —se sentó en el banco,
y estiró las piernas—. Por lo que respecta a mi padre... —por un momento, ella
pensó que vio diversión en sus ojos, pero eso era imposible puesto que él no
tenía sentido del humor—. Para ser totalmente franco, él no te quiere ni en
pintura. Pero quiere el consorcio, y tu padre dejó muy claro que ésta era la
única forma de acceder a él.
Ella contuvo el aliento.
—¡Estás mintiendo! ¿Piensas
que voy a creer que todo esto es idea de mi padre?
Otra vez, la luz tenue en
sus ojos que, en cualquier otro, sólo podía haber sido de diversión.
—Aparentemente está
desesperado por librarse de ti.
Ella quiso ir a por su
garganta, lo mismo que quería hacer anoche, pero se sintió demasiado congelada
para moverse. ¿Cómo podía sugerir siquiera que su padre había tramado todo
esto? ¡Era el padre de él! Tenía que serlo.
—Si tu hermano y tú
hubierais accedido a hablar conmigo anoche —dijo él quedamente—, podría haberte
explicado todo esto.
Su corazón palpitaba tan
fuerte que ella quería presionar sus manos en su pecho para ver si se notaba.
—Mi papito nunca habría
propuesto algo tan horrible como eso. Estoy segura que estás mintiendo. Todo lo
que tengo que hacer es preguntarle.
—Espero que lo hagas.
Averiguarás que Warren es el que hace el chantaje, y yo soy el rescate. Si mi
padre quiere la fusión, tiene que entregarme.
—¡Rescate! —las chispas
brillaron detrás de sus párpados—. ¡Oye esto, mindundi! ¡Casarte conmigo sería
un toque de luz en tu vida miserable!
Él pareció pensativo.
—Eso es sumamente
discutible. Es cierto que eres bastante hermosa, pero también tienes un
carácter muy difícil.
Mery trató de asimilar el
hecho que Benjamín O'Conner, el intelectual presumido más grande de Wynette,
Texas, podría no quererla.
—¡No lo tengo!
—Eres una perdedora de dos
tiempos en el matrimonio —dijo él lentamente—. Tienes un fondo familiar
inestable. Despotricas como un hombre. Y seguramente me ganarías en cualquier
deporte que practicáramos. Fumas, lo cuál detesto, si bien lo entiendo como un
pequeño signo del aprecio que te tienes a ti misma —él hizo una pausa, y su voz
se puso extrañamente suave—. También parece que no puedes tener hijos.
Ella se sintió como si le
echara sal en la herida.
—Eres hiriente —su voz sonó
apremiante y forzada—. ¿Quién te ha dicho eso?
Él se levantó y caminó hacia
ella, deteniéndose varios pasos antes.
—Wynette es un pueblo
pequeño.
—Lárgate de aquí.
—No pensaba herirte —sonaba
tan suave, casi con lástima—. Pero con esto no juego, y eso sí, te advierto que
quiero tener hijos.
Las lágrimas le picaban en
los ojos, pero ella rechazó dejarlas formar.
—¡Entonces estarás encantado
en no casarte conmigo, porque soy tan estéril como el Sahara, hijo de puta!
—Eso no es lo que tu padre
me dijo. Me comentó que no había ninguna razón médica por lo que no puedas
concebir. Shelby cree que simplemente tu cuerpo está esperando al hombre
correcto. Improbable, pero ¿quién lo puede decir?
Ella apenas pudo hacer pasar
las palabras por la constricción de su garganta.
—¿Has hablado con ellos de
esto?
—Surgió.
Se sintió totalmente
traicionada. Shelby una vez había sido su mejor amiga. Por lo que respecta a su
padre... Durante años, él había sido el único puerto seguro en su vida. Y luego
Shelby le había seducido y había metido a Mery a la fuerza en la escena. Ahora
su padre quería quitarse a Mery de encima para poder concentrarse en su nueva
familia. Irónico que Gastón, el atormentador de su infancia, se hubiera
convertido en la persona más responsable en su vida.
El orgullo la mantenía, y
levantó la mirada.
—Para alguien que asegura
rechazar la idea de casarse conmigo, has hecho muchas preguntas.
—No he dicho que la rechace.
Me siento fuertemente atraído por ti.
Sus palabras fueron una
pequeña tirita en sus heridas abiertas, suficiente para que hiciera un mohín de
mofa.
—Me gustan las noticias de
última hora.
Él sonrió.
—Es algo extraño. No soy un
hombre violento, pero desde que oí a Luc hacer ese comentario sobre que alguien
necesitaba aplastarte con un matamoscas, no hago más que tener una imagen tuya
retorciéndote en mi regazo.
Un calorcillo comenzó a
subir por sus venas. No quería que se le notara, así que se burló,
—¿Llevo puesta la ropa?
Él pareció meditarlo.
—Una falda subida hasta la
cabeza. Las bragas alrededor de los tobillos.
El calor subió al menos diez
grados, y ella se percató que el intelectual presumido más grande de Wynette,
Texas, justamente le había excitado. Se sintió desorientada. Suponía que ella
sería la escandalosa. Al mismo tiempo, nunca le dejaría saber que la podía
dominar con astucia.
—¿Que vamos a hacer, Benja?
¿Quieres casarte conmigo o no?
—Estoy indeciso.
Probablemente no. Por otra parte, está esta atracción. Cálmate, siento que seas
manipulada así por tu padre.
—Finalmente, convenimos en
algo.
—Sí, de acuerdo, pero te lo
podía haber dicho al principio si hubieras estado decidida a llevar esta
situación de forma lógica y no tan emotiva.
—¿Bien, Sr. Lógica, cuál es
tu solución?
—Eso es realmente muy
simple. Era lo que estaba tratando de decirte anoche. Necesitamos pasar algún
tiempo juntos. No vamos a poder convencer a tu padre de que no nos soportamos
si no hacemos el esfuerzo de ver si podemos llevarnos bien.
—¿A dónde crees que vamos a
llegar? Mira, no tenemos una sola cosa en común.
—¿Te olvidas de la atracción
sexual?
—¡Otra vez con esa atracción
sexual! Pienso que eres un gilipollas.
Él levantó la mano y se
quedó con la mirada fija en ella.
—Esto es algo realmente
increíble. Me pica la palma de la mano. Nunca imaginé que tendría el deseo de
zurrar a una mujer.
Otra vez, esa pequeña
emoción de excitación. Tal vez Benja no era tan aburrido como ella pensaba.
—Sí, pues vas a necesitar a
toda la línea defensiva de los Dallas Cowboys para llevarlo a cabo.
—Soy más fuerte de lo que
parezco, María.
—¡Te pido que dejes de
llamarme así!
—¿Y tú dejarás de fumar?
—¡No!
—Muy bien... María.
Algo dentro de ella
chasqueó, y se abalanzó sobre él. No podía contenerse.
Él era tan presumido, tan
superior y condescendiente que ella quería golpearle en la cara, pero se
conformaría con arrojarle contra la pared de estuco.
Lamentablemente, cuando los
puños se cerraron de golpe contra su pecho y él no se movió, ella comprendió
que no iba a ser fácil. Él atrapó sus muñecas.
Ella miró fijamente esos
ojos grises moteados de verde y experimentó la incómoda sensación que el miraba
a sus anchas a través de todas sus defensas cuidadosamente erigidas. La idea la
paralizó.
Ella se recuperó sólo cuando
se dio cuenta que él iba a besarla. Montones de hombres habían querido hacer
exactamente eso, así que eso no la asombró.
Lo que la asombró fue cuánto
deseaba que lo llevara a cabo.
Sus párpados se cerraron.
Sus cuerpos se complementaban perfectamente.
Ella sintió su pecho plano y
duro contra sus senos. Sus labios acariciaron su mejilla. Ella inclinó su boca
hacia la de él.
—No puedo esperar para
besarte —susurró él—. Pero quiero que sea perfecto. Terminaremos esto en cuanto
tu aliento no apeste a tabaco.
Sus ojos se abrieron de
golpe.
Él besó la punta de su
nariz, luego la retiró a un lado como si ella fuera una niña querida, pero
molesta.
—Te he dado mi opinión sobre
cómo deberíamos llevar este asunto. Ahora depende de ti.
Después de una la última
mirada al cielo de la noche, la dejó sola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario