jueves, 31 de enero de 2013

Capitulo XI, Tercera Parte


Mery permaneció fiel a sí misma en el patio fumando su último cigarrillo de la noche. Seguía diciéndose que iba a dejar este hábito, y de verdad pensaba dejarlo. Tan pronto como su vida se aplacara.
Una luz titiló enfrente por encima de ella en el cuarto de Peter. Shelby había entrado a asegurarse que estaba bien.
El corazón Mery se arrugó con envidia. Peter era tan guapo, tan perfecto.
Ella le quería de todo corazón, pero apenas podía mirarle. Sólo una vez Shelby sacó a colación el tema de que Mery fuera su madrina, y eso había sido justo después de nacer. Mery se había asegurado que nunca se lo dijera otra vez.
La puerta que daba entrada a la casa se abrió. Ella miró hacia arriba, esperando ver a su padre, pero en su lugar apareció Benjamín O'Conner.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
—Tu padre me ha dejado entrar. Estaba invitado para la cena, pero tenía una reunión de negocios, y no me he podido escapar hasta ahora.
Shelby no le había dicho que Benjamín estaba invitado. Una traición más.
Él metió sus manos a la fuerza en sus bolsillos y contempló el cielo. Ella percibió un soplo de su colonia. Olía agradable y limpio como el aire.
—Qué noche tan hermosa.
Su voz sonaba con algo de reverencia, como si la noche evidente, iluminada por las estrellas fuera mágica en lugar de algo más bien común. Ella tuvo que esforzarse para no admirar lo que se estaba perdiendo. En lugar de eso, se cruzó de brazos sobre el pecho y le fulminó con la mirada.
—Ya me estoy hartando de esto, Benjamín. Hay leyes en contra de acechar.
—Apenas te he acechado, María. No sabía que ibas a ir al Roustabout anoche. Y esta noche tenía una invitación.
—Déjame ser un poco más clara. No me gustas, y a veces no me apetece dirigirte la palabra.
—En realidad, nosotros no hemos hablado tanto como para que tengas esta aversión. Incluso, si dejaras de estar tan asustada conmigo, podríamos buscar alguna solución a nuestro problema con bastante facilidad.
—¿Asustada? ¿De un soso como tú? No te adules a ti mismo.
—Si no estuvieras tan asustada, estarías ansiosa por hablar conmigo y poder llegar a algún tipo de acuerdo.
Él estaba en lo correcto, pero ella nunca lo admitiría.
—No podemos llegar a ningún acuerdo. ¡No voy a casarme contigo! No te lo puedo decir más claro.
Él contempló el cielo, luego inclinó la cabeza como si quisiera mirar las telarañas desde un ángulo diferente. Ella no pudo evitar quedarse mirando las líneas limpias, fuertes de su perfil. Él tenía una frente ancha, una nariz bien formada, y una boca que era alarmantemente sensual. La sorpresa de su boca, combinado con su compostura haciendo frente a sus emociones turbulentas, la enfureció.
—¿Sabes lo que creo? Creo que este embrollo lo has creado tú solito. Me quieres, pero sabes que yo no miraría dos veces a un intelectual presumido como tú, así es que te has sacado de entre manos este plan absurdo, y luego convenciste a tu padre para que estuviera de acuerdo contigo.
Él parecía suavemente alarmado.
—¿Eso es lo que crees?
—Puedes estar seguro.
—Fascinante.
Cuando él caminó hacía el banco, ella se encontró estudiando los hombros bajo esa camisa arrugada tipo Oxford. No eran excesivamente anchos, pero parecían sólidos.
Él se volvió, y ella tuvo el sentimiento extraño que él podía leer su mente.
—De hecho, esta idea es de tu padre.
—Sí, seguro —se mofó ella.
Él metió las manos en sus bolsillos, estirando los pantalones flojos sobre un abdomen muy firme.
—En contra de lo que pareces pensar, no me es muy difícil encontrar compañía femenina —se sentó en el banco, y estiró las piernas—. Por lo que respecta a mi padre... —por un momento, ella pensó que vio diversión en sus ojos, pero eso era imposible puesto que él no tenía sentido del humor—. Para ser totalmente franco, él no te quiere ni en pintura. Pero quiere el consorcio, y tu padre dejó muy claro que ésta era la única forma de acceder a él.
Ella contuvo el aliento.
—¡Estás mintiendo! ¿Piensas que voy a creer que todo esto es idea de mi padre?
Otra vez, la luz tenue en sus ojos que, en cualquier otro, sólo podía haber sido de diversión.
—Aparentemente está desesperado por librarse de ti.
Ella quiso ir a por su garganta, lo mismo que quería hacer anoche, pero se sintió demasiado congelada para moverse. ¿Cómo podía sugerir siquiera que su padre había tramado todo esto? ¡Era el padre de él! Tenía que serlo.
—Si tu hermano y tú hubierais accedido a hablar conmigo anoche —dijo él quedamente—, podría haberte explicado todo esto.
Su corazón palpitaba tan fuerte que ella quería presionar sus manos en su pecho para ver si se notaba.
—Mi papito nunca habría propuesto algo tan horrible como eso. Estoy segura que estás mintiendo. Todo lo que tengo que hacer es preguntarle.
—Espero que lo hagas. Averiguarás que Warren es el que hace el chantaje, y yo soy el rescate. Si mi padre quiere la fusión, tiene que entregarme.
—¡Rescate! —las chispas brillaron detrás de sus párpados—. ¡Oye esto, mindundi! ¡Casarte conmigo sería un toque de luz en tu vida miserable!
Él pareció pensativo.
—Eso es sumamente discutible. Es cierto que eres bastante hermosa, pero también tienes un carácter muy difícil.
Mery trató de asimilar el hecho que Benjamín O'Conner, el intelectual presumido más grande de Wynette, Texas, podría no quererla.
—¡No lo tengo!
—Eres una perdedora de dos tiempos en el matrimonio —dijo él lentamente—. Tienes un fondo familiar inestable. Despotricas como un hombre. Y seguramente me ganarías en cualquier deporte que practicáramos. Fumas, lo cuál detesto, si bien lo entiendo como un pequeño signo del aprecio que te tienes a ti misma —él hizo una pausa, y su voz se puso extrañamente suave—. También parece que no puedes tener hijos.
Ella se sintió como si le echara sal en la herida.
—Eres hiriente —su voz sonó apremiante y forzada—. ¿Quién te ha dicho eso?
Él se levantó y caminó hacia ella, deteniéndose varios pasos antes.
—Wynette es un pueblo pequeño.
—Lárgate de aquí.
—No pensaba herirte —sonaba tan suave, casi con lástima—. Pero con esto no juego, y eso sí, te advierto que quiero tener hijos.
Las lágrimas le picaban en los ojos, pero ella rechazó dejarlas formar.
—¡Entonces estarás encantado en no casarte conmigo, porque soy tan estéril como el Sahara, hijo de puta!
—Eso no es lo que tu padre me dijo. Me comentó que no había ninguna razón médica por lo que no puedas concebir. Shelby cree que simplemente tu cuerpo está esperando al hombre correcto. Improbable, pero ¿quién lo puede decir?
Ella apenas pudo hacer pasar las palabras por la constricción de su garganta.
—¿Has hablado con ellos de esto?
—Surgió.
Se sintió totalmente traicionada. Shelby una vez había sido su mejor amiga. Por lo que respecta a su padre... Durante años, él había sido el único puerto seguro en su vida. Y luego Shelby le había seducido y había metido a Mery a la fuerza en la escena. Ahora su padre quería quitarse a Mery de encima para poder concentrarse en su nueva familia. Irónico que Gastón, el atormentador de su infancia, se hubiera convertido en la persona más responsable en su vida.
El orgullo la mantenía, y levantó la mirada.
—Para alguien que asegura rechazar la idea de casarse conmigo, has hecho muchas preguntas.
—No he dicho que la rechace. Me siento fuertemente atraído por ti.
Sus palabras fueron una pequeña tirita en sus heridas abiertas, suficiente para que hiciera un mohín de mofa.
—Me gustan las noticias de última hora.
Él sonrió.
—Es algo extraño. No soy un hombre violento, pero desde que oí a Luc hacer ese comentario sobre que alguien necesitaba aplastarte con un matamoscas, no hago más que tener una imagen tuya retorciéndote en mi regazo.
Un calorcillo comenzó a subir por sus venas. No quería que se le notara, así que se burló,
—¿Llevo puesta la ropa?
Él pareció meditarlo.
—Una falda subida hasta la cabeza. Las bragas alrededor de los tobillos.
El calor subió al menos diez grados, y ella se percató que el intelectual presumido más grande de Wynette, Texas, justamente le había excitado. Se sintió desorientada. Suponía que ella sería la escandalosa. Al mismo tiempo, nunca le dejaría saber que la podía dominar con astucia.
—¿Que vamos a hacer, Benja? ¿Quieres casarte conmigo o no?
—Estoy indeciso. Probablemente no. Por otra parte, está esta atracción. Cálmate, siento que seas manipulada así por tu padre.
—Finalmente, convenimos en algo.
—Sí, de acuerdo, pero te lo podía haber dicho al principio si hubieras estado decidida a llevar esta situación de forma lógica y no tan emotiva.
—¿Bien, Sr. Lógica, cuál es tu solución?
—Eso es realmente muy simple. Era lo que estaba tratando de decirte anoche. Necesitamos pasar algún tiempo juntos. No vamos a poder convencer a tu padre de que no nos soportamos si no hacemos el esfuerzo de ver si podemos llevarnos bien.
—¿A dónde crees que vamos a llegar? Mira, no tenemos una sola cosa en común.
—¿Te olvidas de la atracción sexual?
—¡Otra vez con esa atracción sexual! Pienso que eres un gilipollas.
Él levantó la mano y se quedó con la mirada fija en ella.
—Esto es algo realmente increíble. Me pica la palma de la mano. Nunca imaginé que tendría el deseo de zurrar a una mujer.
Otra vez, esa pequeña emoción de excitación. Tal vez Benja no era tan aburrido como ella pensaba.
—Sí, pues vas a necesitar a toda la línea defensiva de los Dallas Cowboys para llevarlo a cabo.
—Soy más fuerte de lo que parezco, María.
—¡Te pido que dejes de llamarme así!
—¿Y tú dejarás de fumar?
—¡No!
—Muy bien... María.
Algo dentro de ella chasqueó, y se abalanzó sobre él. No podía contenerse.
Él era tan presumido, tan superior y condescendiente que ella quería golpearle en la cara, pero se conformaría con arrojarle contra la pared de estuco.
Lamentablemente, cuando los puños se cerraron de golpe contra su pecho y él no se movió, ella comprendió que no iba a ser fácil. Él atrapó sus muñecas.
Ella miró fijamente esos ojos grises moteados de verde y experimentó la incómoda sensación que el miraba a sus anchas a través de todas sus defensas cuidadosamente erigidas. La idea la paralizó.
Ella se recuperó sólo cuando se dio cuenta que él iba a besarla. Montones de hombres habían querido hacer exactamente eso, así que eso no la asombró.
Lo que la asombró fue cuánto deseaba que lo llevara a cabo.
Sus párpados se cerraron. Sus cuerpos se complementaban perfectamente.
Ella sintió su pecho plano y duro contra sus senos. Sus labios acariciaron su mejilla. Ella inclinó su boca hacia la de él.
—No puedo esperar para besarte —susurró él—. Pero quiero que sea perfecto. Terminaremos esto en cuanto tu aliento no apeste a tabaco.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Él besó la punta de su nariz, luego la retiró a un lado como si ella fuera una niña querida, pero molesta.
—Te he dado mi opinión sobre cómo deberíamos llevar este asunto. Ahora depende de ti.
Después de una la última mirada al cielo de la noche, la dejó sola.

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