jueves, 31 de enero de 2013

Capitulo Diecisiete, Primera Parte


En menos de veinticuatro horas Gastón descubrió que contaba con más ayuda en la casa de la que necesitaba. Al parecer todo Luisiana estaba invitado a la boda y deseaba echar una mano.
Tenía pintores, fontaneros, carpinteros y ayudantes. En medio de la confusión, pensó que si la mitad de esa gente se hubiera ofrecido a ayudar en la casa inicial, no habrían tardado ni veinte minutos en repararla, pero no lo dijo.
Habría sido una grosería.
Además, agradecía el trabajo. Se lo decía cada vez que una parcela de la casa escapaba de sus manos y pasaba a otras.
Había esperado con impaciencia cubrir personalmente la terraza trasera, pero se consoló pensando que un buen huracán le obligaría a cubrirla de nuevo.
Había sido su intención pulir y barnizar el suelo del salón, pero se animó pensando en todos los suelos de la casa que aún quedaban por reparar.
Y no le importaba lo más mínimo ceder la pintura de la fachada. Era un trabajo difícil y minucioso, y el hecho de tacharlo de su lista le permitió abordar los lavabos y colgar la araña de vidrio soplado que había comprado para el vestíbulo, y terminar el cuarto de paso. Y...
En fin, todavía quedaba mucho por hacer, se dijo.
Luego estaba el placer de ver a Cande entrando y saliendo a la hora del almuerzo y después del trabajo. Incluso cuando traía con ella a su madre. La señora Vetrano, una versión exacta de su hija en mayor, poseía un ojo de lince y voz de sargento.
Victorio tenía razón, daba bastante miedo. Gastón la evitaba siempre que podía y sin el más mínimo disimulo.
El segundo día de campaña se personó en la terraza trasera para comprobar los progresos. Estaba bastante orgulloso de la baldosa que acababa de colocar, y cubierto de polvo de cerámica por el proceso de corte.
El ruido era ensordecedor. Voces, radios, herramientas eléctricas. Por mucho que le gustara la gente, habría dado mil dólares a cambio de estar cinco minutos solo en su casa.
—¿Jim Ready? Quiero esas ventanas como los chorros del oro, ¿me oyes? ¿Cómo crees que quedarán las fotos de la boda con ese asco de cristales? ¡Esmérate, muchacho!
Al oír la voz de la señora Vetrano, Gastón giró sobre sus talones y cambió de dirección. Al hacerlo tropezó con Esperanza.
—Oh, lo siento. ¿Se encuentra bien? No la vi. Estaba huyendo.
—En esta casa no cabe un alfiler.
—Lo sé. Si su aspecto no satisface a la generala Vetrano el día D, nos fusilarán a todos. —Mientras hablaba, Gastón tomó a Esperanza del brazo, movido únicamente por su instinto de supervivencia. La metió en la biblioteca y cerró las puertas.
—¿Puedo irme a vivir a su casa?
Esperanza sonrió, pero su sonrisa no llegó a los ojos.
—Estás haciendo todo esto por un amigo, Gastón. Eres un gran chico.
—Actualmente lo único que hago es tratar de no estorbar.
—Pero preferirías que toda esa gente se fuera por donde ha venido y te dejara solo para poder jugar con tu casa.
—Bueno, no me importaría. —Gastón se encogió de hombros y pasó una mano polvorienta por su pelo polvoriento—Pero todavía habrá mucho que hacer cuando se vayan. No tocaremos la segunda planta ni las dependencias del servicio, y del primer piso solo arreglaremos una habitación. Cuénteme qué le ocurre, señorita Esperanza.
—Primero he de prepararme. —Esperanza dejó en el suelo una bolsa de plástico y se acercó a la librería para mirar algunos libros. Todavía había muchos guardados en cajas, pero ya podía imaginarlos. Torres y torres de palabras, algunas viejas y gastadas, otras modernas y nuevas. Pequeños tesoros, colores intensos. —Tienes vista —dijo al fin—. Imaginas lo que quieres y haces que ocurra. Es toda una habilidad, cher.
—Hay quien lo llama terquedad.
—Tú lo eres todo menos terco. Tienes muchos proyectos en esa cabeza. Dedicarte a uno y no pasar al siguiente hasta tenerlo terminado demuestra que tienes mucha personalidad. Te aprecio mucho, Gastón.
—Y yo la aprecio a usted. Siéntese, señorita Esperanza, parece cansada. —Y preocupada—. ¿Quiere que traiga algo de beber para los dos?
—No, no quiero que te arriesgues a ser reclutado por Sarah Jane Vetrano. Ahí tienes a una mujer terca, y no es una crítica.
—Me ordenó que me cortara el pelo a finales de semana para que el día de la boda no pareciera desgreñado pero tampoco recién cortado. —Gastón se pasó una mano lastimosa por el cabello—. Y dijo que pondrá jabones y toallas elegantes en todos los cuartos de baño la víspera de la boda, y que si los uso soy hombre muerto.
Y debo encargar más plantas para el interior de la casa.
Una casa no puede respirar sin plantas.
—Solo está nerviosa, cariño. Cande es su niña pequeña. —Esperanza apretó los labios—. Gastón, me llena de vergüenza decir lo que tengo que decirte, y no te reprocharé que, después de escucharme, me pidas que no vuelva a pisar esta casa.
Las palabras de Esperanza alarmaron a Gastón casi tanto como el dolor que veía en sus ojos.
—Usted no podría decir nada que la convirtiera en persona non grata en esta casa, señorita Esperanza. ¿Quién le ha hecho daño?
—Oh, mon Dieu, si esto estropea lo que veo entre tú y mi Rochi, nunca me lo perdonaré. Mi hija te ha robado —dijo de golpe—. Entró en tu casa y se llevó lo que era tuyo.
Con el corazón destrozado, introdujo una mano en la bolsa y sacó la caja labrada de Gastón.
—Estaba en su habitación. Supe que era tuya antes incluso de abrirla y ver los gemelos con tus iniciales. Ignoro si está todo, pero fue cuanto encontré. Si falta algo...
—Veamos. Ahora sí le ruego que se siente.
Esperanza asintió y se derrumbó en una silla.
Gastón contuvo la rabia mientras posaba la caja sobre una mesa y la abría. Lo primero que vio fue el estuche de la sortija. Lo abrió y sintió que lo peor de su rabia se desvanecía cuando las piedras brillaron.
—Bien —dijo con un suspiro—. El objeto más importante sigue aquí. —Y también, al parecer, todo lo demás salvo los doscientos dólares en billetes de veinte que guardaba sujetos con la pinza que había heredado de su abuelo—. Está todo.
—No me estás diciendo la verdad —repuso Esperanza con tristeza.
—Solo falta un poco de dinero.
—Necesito saber cuánto para que pueda devolvértelo.
—¿Cree que aceptaría dinero de usted? —La indignación de Gastón se avivó e intimidó a la mujer—. Míreme. ¿Cree que aceptaría dinero de usted por esto o por cualquier otra cosa?
Los labios de Esperanza querían temblar, de modo que los apretó con fuerza.
—Ella es mi responsabilidad.
—Y un cuerno. Y no vuelva a insultarme hablando de devoluciones.
Pese a la promesa que se había hecho de no verter ni una lágrima delante de él, Esperanza notó que le caía una.
—Sé qué es mi hija. Y sé que nunca será aquello por lo que luché, aquello que deseé para ella desde el momento en que supe que estaba dentro de mí. Pero me dio a Rocío.
Sacó un pañuelo y se secó las mejillas. Se acabaron las lágrimas.
—Esperaba que me robara antes de irse, pero jamás se me pasó por la cabeza que te robaría a ti. En ningún momento lo pensé, y lo lamento.
—¿Le importaría mirarme de nuevo a la cara y comprobar si la culpo?
—No, no me culpas. Caray, te quiero para mi Rochi, Gastón. Estoy aquí sentada, sabiendo que mi hija te ha robado, y solo puedo pensar que te quiero para mi Rochi.
—Genial, porque yo también me quiero para ella. —Gastón tomó el estuche y se acercó a Esperanza—. Le he comprado esta sortija. Quizá podría decirle algunas palabras en mi favor para que cuando se la dé, la acepte.
Esperanza contempló la sortija y suspiró.
—Va con ella. Rocío posee un buen corazón, Gastón, pero tiene cicatrices. Es una mujer muy fuerte. A veces me preocupa que sea demasiado fuerte y se olvide de dar. Tendré que hablarle de lo ocurrido
—Sí.
—Y tú tendrás que encontrar la forma de evitar que se aleje de ti cuando se entere, porque eso será lo que querrá hacer.
—No se preocupe. ¿Dónde está Lilibeth?
—Se ha ido. Encontré la caja esta mañana, en su cuarto. Lilibeth llevaba metida en él desde el día anterior.
Cuando entré y vi la caja, la guardé donde no pudiera encontrarla. Luego cruzamos algunas palabras sobre el asunto. Recogió sus cosas y se marchó. Pero volverá—dijo en el mismo tono pesaroso que Gastón había oído en Rocío—. Dentro de uno o dos años. Y pasaremos otra vez por lo mismo.
—Nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento. —Gastón se inclinó y la besó en la mejilla—. Le quiero. —Cuando los ojos de ella volvieron a humedecerse, él le cogió la mano—. Esté Rocío preparada o no, ya somos una familia. Una familia unida.
—Cuando conozca a tu mamá —balbució Esperanza—, le daré un abrazo tan fuerte que le cortará la respiración.
—Le encantará. ¿Por qué no echamos un vistazo a lo que está ocurriendo por la casa? Y, de paso, podría protegerme de la generala Vetrano.
Gastón no había esperado que el trabajo durara mucho y no se llevó una decepción. La mayor parte de la mano de obra gratuita había empezado a recoger y Candela y su madre lo tenían acorralado en el jardín trasero cuando Rocío apareció por un costado de la casa.
Puesto que se hallaba en plena serie de ajas, como nos y por supuestos, su habitual letanía de respuestas a los planes nupciales de las mujeres Vetrano, recibió la mirada combativa de Rocío con los brazos abiertos.
—Cubriremos las barandillas de tul.
—Aja.
—Y pondremos cestas con flores en la terraza.
—Cómo no.
—La florista deberá empezar temprano el día de la boda, así que tendrás que quitarte de en medio y asegurarles el acceso a todas las áreas de la casa que he marcado en este plano.
—Por supuesto. Rochi. —Gastón le agarró la mano como un hombre que está a punto de ahogarse se agarra a una cuerda—. Estamos hablando de los arreglos florales.
—Las flores son el paisaje de una boda —declaró la señora Vetrano, y siguió haciendo anotaciones en la libreta que la acompañaba a todas partes—. ¿Cómo estás, Rocío?
—Bien, señorita Sarah Jane. Esto es emocionante. Falta muy poco para el gran día. Candela, debes de andar medio loca con los detalles.
—Voy camino de la demencia total.
—Quedará precioso. —Rocío mantuvo una sonrisa radiante y la voz alegre pese a la ira que la quemaba por dentro—. Esos rododendros se hallarán en su mejor  momento el día de la boda.
—Los jardines estarán espectaculares —convino la señora Vetrano, y siguió comprobando su lista—. Lástima que no hubiera tiempo de montar un emparrado de arvejilla. —Miró a Gastón por encima de las gafas de lectura con cierto aire acusador.
—Tal vez los Franks puedan arreglar eso. ¿Me disculpa un momento? Hay algo que quiero enseñar a Rochi.

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