En menos de
veinticuatro horas Gastón descubrió que contaba con más ayuda en la casa de la
que necesitaba. Al parecer todo Luisiana estaba invitado a la boda y deseaba
echar una mano.
Tenía pintores,
fontaneros, carpinteros y ayudantes. En medio de la confusión, pensó que si la
mitad de esa gente se hubiera ofrecido a ayudar en la casa inicial, no habrían
tardado ni veinte minutos en repararla, pero no lo dijo.
Habría sido una grosería.
Además, agradecía el
trabajo. Se lo decía cada vez que una parcela de la casa escapaba de sus manos
y pasaba a otras.
Había esperado con
impaciencia cubrir personalmente la terraza trasera, pero se consoló pensando
que un buen huracán le obligaría a cubrirla de nuevo.
Había sido su
intención pulir y barnizar el suelo del salón, pero se animó pensando en todos
los suelos de la casa que aún quedaban por reparar.
Y no le importaba lo
más mínimo ceder la pintura de la fachada. Era un trabajo difícil y minucioso,
y el hecho de tacharlo de su lista le permitió abordar los lavabos y colgar la
araña de vidrio soplado que había comprado para el vestíbulo, y terminar el
cuarto de paso. Y...
En fin, todavía
quedaba mucho por hacer, se dijo.
Luego estaba el
placer de ver a Cande entrando y saliendo a la hora del almuerzo y después del
trabajo. Incluso cuando traía con ella a su madre. La señora Vetrano, una
versión exacta de su hija en mayor, poseía un ojo de lince y voz de sargento.
Victorio tenía razón,
daba bastante miedo. Gastón la evitaba siempre que podía y sin el más mínimo
disimulo.
El segundo día de
campaña se personó en la terraza trasera para comprobar los progresos. Estaba
bastante orgulloso de la baldosa que acababa de colocar, y cubierto de polvo de
cerámica por el proceso de corte.
El ruido era ensordecedor.
Voces, radios, herramientas eléctricas. Por mucho que le gustara la gente,
habría dado mil dólares a cambio de estar cinco minutos solo en su casa.
—¿Jim Ready? Quiero
esas ventanas como los chorros del oro, ¿me oyes? ¿Cómo crees que quedarán las
fotos de la boda con ese asco de cristales? ¡Esmérate, muchacho!
Al oír la voz de la
señora Vetrano, Gastón giró sobre sus talones y cambió de dirección. Al hacerlo
tropezó con Esperanza.
—Oh, lo siento. ¿Se encuentra
bien? No la vi. Estaba huyendo.
—En esta casa no cabe
un alfiler.
—Lo sé. Si su aspecto
no satisface a la generala Vetrano el día D, nos fusilarán a todos. —Mientras
hablaba, Gastón tomó a Esperanza del brazo, movido únicamente por su instinto
de supervivencia. La metió en la biblioteca y cerró las puertas.
—¿Puedo irme a vivir
a su casa?
Esperanza sonrió,
pero su sonrisa no llegó a los ojos.
—Estás haciendo todo
esto por un amigo, Gastón. Eres un gran chico.
—Actualmente lo único
que hago es tratar de no estorbar.
—Pero preferirías que
toda esa gente se fuera por donde ha venido y te dejara solo para poder jugar
con tu casa.
—Bueno, no me
importaría. —Gastón se encogió de hombros y pasó una mano polvorienta por su
pelo polvoriento—Pero todavía habrá mucho que hacer cuando se vayan. No
tocaremos la segunda planta ni las dependencias del servicio, y del primer piso
solo arreglaremos una habitación. Cuénteme qué le ocurre, señorita Esperanza.
—Primero he de
prepararme. —Esperanza dejó en el suelo una bolsa de plástico y se acercó a la
librería para mirar algunos libros. Todavía había muchos guardados en cajas,
pero ya podía imaginarlos. Torres y torres de palabras, algunas viejas y
gastadas, otras modernas y nuevas. Pequeños tesoros, colores intensos. —Tienes
vista —dijo al fin—. Imaginas lo que quieres y haces que ocurra. Es toda una
habilidad, cher.
—Hay quien lo llama
terquedad.
—Tú lo eres todo
menos terco. Tienes muchos proyectos en esa cabeza. Dedicarte a uno y no pasar
al siguiente hasta tenerlo terminado demuestra que tienes mucha personalidad.
Te aprecio mucho, Gastón.
—Y yo la aprecio a
usted. Siéntese, señorita Esperanza, parece cansada. —Y preocupada—. ¿Quiere
que traiga algo de beber para los dos?
—No, no quiero que te
arriesgues a ser reclutado por Sarah Jane Vetrano. Ahí tienes a una mujer
terca, y no es una crítica.
—Me ordenó que me
cortara el pelo a finales de semana para que el día de la boda no pareciera
desgreñado pero tampoco recién cortado. —Gastón se pasó una mano lastimosa por
el cabello—. Y dijo que pondrá jabones y toallas elegantes en todos los cuartos
de baño la víspera de la boda, y que si los uso soy hombre muerto.
Y debo encargar más
plantas para el interior de la casa.
Una casa no puede
respirar sin plantas.
—Solo está nerviosa,
cariño. Cande es su niña pequeña. —Esperanza apretó los labios—. Gastón, me llena
de vergüenza decir lo que tengo que decirte, y no te reprocharé que, después de
escucharme, me pidas que no vuelva a pisar esta casa.
Las palabras de Esperanza
alarmaron a Gastón casi tanto como el dolor que veía en sus ojos.
—Usted no podría decir
nada que la convirtiera en persona non grata en esta casa, señorita Esperanza.
¿Quién le ha hecho daño?
—Oh, mon Dieu, si
esto estropea lo que veo entre tú y mi Rochi, nunca me lo perdonaré. Mi hija te
ha robado —dijo de golpe—. Entró en tu casa y se llevó lo que era tuyo.
Con el corazón
destrozado, introdujo una mano en la bolsa y sacó la caja labrada de Gastón.
—Estaba en su
habitación. Supe que era tuya antes incluso de abrirla y ver los gemelos con
tus iniciales. Ignoro si está todo, pero fue cuanto encontré. Si falta algo...
—Veamos. Ahora sí le
ruego que se siente.
Esperanza asintió y
se derrumbó en una silla.
Gastón contuvo la
rabia mientras posaba la caja sobre una mesa y la abría. Lo primero que vio fue
el estuche de la sortija. Lo abrió y sintió que lo peor de su rabia se
desvanecía cuando las piedras brillaron.
—Bien —dijo con un
suspiro—. El objeto más importante sigue aquí. —Y también, al parecer, todo lo
demás salvo los doscientos dólares en billetes de veinte que guardaba sujetos
con la pinza que había heredado de su abuelo—. Está todo.
—No me estás diciendo
la verdad —repuso Esperanza con tristeza.
—Solo falta un poco
de dinero.
—Necesito saber
cuánto para que pueda devolvértelo.
—¿Cree que aceptaría
dinero de usted? —La indignación de Gastón se avivó e intimidó a la mujer—.
Míreme. ¿Cree que aceptaría dinero de usted por esto o por cualquier otra cosa?
Los labios de Esperanza
querían temblar, de modo que los apretó con fuerza.
—Ella es mi
responsabilidad.
—Y un cuerno. Y no
vuelva a insultarme hablando de devoluciones.
Pese a la promesa que
se había hecho de no verter ni una lágrima delante de él, Esperanza notó que le
caía una.
—Sé qué es mi hija. Y
sé que nunca será aquello por lo que luché, aquello que deseé para ella desde
el momento en que supe que estaba dentro de mí. Pero me dio a Rocío.
Sacó un pañuelo y se
secó las mejillas. Se acabaron las lágrimas.
—Esperaba que me
robara antes de irse, pero jamás se me pasó por la cabeza que te robaría a ti.
En ningún momento lo pensé, y lo lamento.
—¿Le importaría
mirarme de nuevo a la cara y comprobar si la culpo?
—No, no me culpas.
Caray, te quiero para mi Rochi, Gastón. Estoy aquí sentada, sabiendo que mi
hija te ha robado, y solo puedo pensar que te quiero para mi Rochi.
—Genial, porque yo
también me quiero para ella. —Gastón tomó el estuche y se acercó a Esperanza—.
Le he comprado esta sortija. Quizá podría decirle algunas palabras en mi favor
para que cuando se la dé, la acepte.
Esperanza contempló
la sortija y suspiró.
—Va con ella. Rocío
posee un buen corazón, Gastón, pero tiene cicatrices. Es una mujer muy fuerte.
A veces me preocupa que sea demasiado fuerte y se olvide de dar. Tendré que
hablarle de lo ocurrido
—Sí.
—Y tú tendrás que
encontrar la forma de evitar que se aleje de ti cuando se entere, porque eso
será lo que querrá hacer.
—No se preocupe.
¿Dónde está Lilibeth?
—Se ha ido. Encontré
la caja esta mañana, en su cuarto. Lilibeth llevaba metida en él desde el día
anterior.
Cuando entré y vi la
caja, la guardé donde no pudiera encontrarla. Luego cruzamos algunas palabras
sobre el asunto. Recogió sus cosas y se marchó. Pero volverá—dijo en el mismo
tono pesaroso que Gastón había oído en Rocío—. Dentro de uno o dos años. Y
pasaremos otra vez por lo mismo.
—Nos ocuparemos de
eso cuando llegue el momento. —Gastón se inclinó y la besó en la mejilla—. Le
quiero. —Cuando los ojos de ella volvieron a humedecerse, él le cogió la mano—.
Esté Rocío preparada o no, ya somos una familia. Una familia unida.
—Cuando conozca a tu
mamá —balbució Esperanza—, le daré un abrazo tan fuerte que le cortará la
respiración.
—Le encantará. ¿Por
qué no echamos un vistazo a lo que está ocurriendo por la casa? Y, de paso,
podría protegerme de la generala Vetrano.
Gastón no había
esperado que el trabajo durara mucho y no se llevó una decepción. La mayor
parte de la mano de obra gratuita había empezado a recoger y Candela y su madre
lo tenían acorralado en el jardín trasero cuando Rocío apareció por un costado
de la casa.
Puesto que se hallaba
en plena serie de ajas, como nos y por supuestos, su habitual letanía de
respuestas a los planes nupciales de las mujeres Vetrano, recibió la mirada
combativa de Rocío con los brazos abiertos.
—Cubriremos las
barandillas de tul.
—Aja.
—Y pondremos cestas
con flores en la terraza.
—Cómo no.
—La florista deberá
empezar temprano el día de la boda, así que tendrás que quitarte de en medio y
asegurarles el acceso a todas las áreas de la casa que he marcado en este
plano.
—Por supuesto. Rochi.
—Gastón le agarró la mano como un hombre que está a punto de ahogarse se agarra
a una cuerda—. Estamos hablando de los arreglos florales.
—Las flores son el
paisaje de una boda —declaró la señora Vetrano, y siguió haciendo anotaciones
en la libreta que la acompañaba a todas partes—. ¿Cómo estás, Rocío?
—Bien, señorita Sarah
Jane. Esto es emocionante. Falta muy poco para el gran día. Candela, debes de
andar medio loca con los detalles.
—Voy camino de la
demencia total.
—Quedará precioso. —Rocío
mantuvo una sonrisa radiante y la voz alegre pese a la ira que la quemaba por
dentro—. Esos rododendros se hallarán en su mejor momento el día de la boda.
—Los jardines estarán
espectaculares —convino la señora Vetrano, y siguió comprobando su lista—.
Lástima que no hubiera tiempo de montar un emparrado de arvejilla. —Miró a Gastón
por encima de las gafas de lectura con cierto aire acusador.
—Tal vez los Franks
puedan arreglar eso. ¿Me disculpa un momento? Hay algo que quiero enseñar a Rochi.
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