—Mañana por la mañana, ya le
habrá llegado cada detalle de cómo estaba magreando a la virginal amiga de su
amada esposa en mitad de la Calle Mayor. ¡En el caso de que no lo sepas, esa no
es la mejor forma de establecer mi reputación como un deportista con un
carácter moral bien fundado!
—Por favor deja de gritarme
—quizá el hecho que ella le hablara suavemente en lugar de gritar, le hizo
volver la cabeza y mirarla.
Él frunció el ceño, y
suspiró.
—Bien. De acuerdo, no sólo
ha sido culpa tuya. Pude haberme resistido. Debí hacerlo. Pero, maldita sea, Rochi,
soy un hombre, y esa boca tuya...
—Sé sobradamente que soy una
mandona. Si mis habilidades de liderazgo amenazan tu masculinidad, simplemente
tienes que ocuparte de ello.
Él pareció alarmado.
—No hablo de tus habilidades
de liderazgo; hablo acerca de que nunca prestas atención. La cosa es, ya que sé
que soy irresistible para ti, podemos encargarnos de ello bajo techo.
¡Que es irresistible para
ella!, pero de todas las formas equivocadas...
—Esto no tiene nada que ver
con que tú me seas irresistible. Tiene que ver con ser convincente. El hombre
al que Beddington ha contratado me observaba, y tenía que hacer algo
escandaloso.
—¿Realmente alguien te
sigue?
—Te dije que ocurriría.
Anoche él apareció en el Roustabout.
—¿Qué aspecto tiene?
—Un hombre grande con el
pelo pajizo y una calva redonda, y quijadas prominentes. Tal vez conduzca un
Tauro verde oscuro. ¿Le conoces?
Él clavó los ojos en ella
por un tiempo muy largo.
—Podría.
—Gastón, sólo tengo diez
días antes de volver a Inglaterra.
—Soy consciente de eso —los
focos delanteros de un coche en sentido contrario cortaron totalmente su cara—.
¿Así que me estabas usando allí?
—Era necesario —dijo ella
rígidamente. Y luego, para rescatar su orgullo—. Eres el único hombre que me ha
tocado así.
Él la miró de nuevo, y
deslizó las manos más bajo en el volante.
—No quiero que se te ocurra
hacer algo así con Luc Riera o Benjamín, ¿me oyes? Lo digo en serio, Rochi.
Esos hombres están fuera de tu alcance. Están prohibidos.
—La historia de mi vida
—masculló ella.
—¿Qué quiere decir eso?
—Nada de nada —se podía
haber mordido la lengua, y rápidamente cambió de tema—. He disfrutado mirando a
Peter esta noche. Él sólo quiere estar en tus brazos.
—Excepto en los de su madre
cuando quiere comer —desaceleró para entrar en el camino que conducía a su
rancho y éste surgió a la vista—. Quiero que sepas que aprecio lo que le has
dicho a Shelby esta noche, sin mencionar la forma que tienes de ganarte a todo
el mundo. He decidido perdonarte por lo que sucedió esta tarde.
—Hooray —dijo ella
secamente.
Él bajó aún más la
velocidad, y le echó un vistazo.
—¿Vas a jugar duro?
—Creo que sí
—Supongo que me pasé un
poco. Debería haber tenido en cuenta tus impulsos bienintencionados cuando me
abofeteaste. Heriste mis sentimientos, eso es todo.
—Pues bien, ciertamente sé
cómo te sientes —dijo de nuevo ella con mordacidad.
Él metió el coche en el
garaje, una puerta que se había abierto al lado de la casa.
—Si tratas de decirme que yo
he herido tus sentimientos, lo olvidas. Los dos sabemos que eso es algo
imposible, ya que a ti no te preocupa un comino mi opinión.
—Eso es cierto —contestó ella,
simplemente para irritarle.
Pero no funcionó, porque él
sonrió abiertamente y agarró la bolsa de plástico de su regazo.
—Yo lo llevo por ti.
—No, yo —pero él ya se había
marchado, y tuvo que correr tras él a la cocina.
La luz que Patrick había
dejado lanzó un brillo suave sobre los muebles en el área familiar, así como
sobre los vistosos cuadros de las paredes, pero estaba demasiado obsesionada
con recuperar su bolsa para apreciar la decoración. Cuando Gastón caminó hacia
la mesa de comedor, ella miró con consternación que las asas que ella había
atado tan concienzudamente estaban abiertas.
Él dejó caer la bolsa en la
encimera, vaciando una cierta cantidad de su contenido.
—Pero bueno, ¿qué tenemos
aquí?
Ella se echó hacia adelante,
pero él levantó en su mano la primera caja que tenía, y la leyó.
—¿Una crema para
hemorroides? Es algo que realmente me encanta saber que tienes, Rocío.
—¡Esto no quiere decir que
realmente las tenga! ¡Devuélvemelo!
Ignorándola, él metió la
mano en la bolsa y sacó un libro de bolsillo.
—Hablamos de Prozac. Estoy
seguro que me lo puedes explicar.
—¡No! —ella dio un salto
hacia adelante cuando su mano se cerró alrededor de una botella de plástico—.
Dámela.
Él la puso fuera de su
alcance y estudió la etiqueta.
—¿Quién se habría imaginado
que un miembro de la aristocracia británica tuviera un problema de piojos?
—Es estacional —se ingenió
ella.
Él empujó a un lado el
paquete de Camel, el periódico sensacionalista, y una caja de prueba de
embarazo para coger una serie de cajas pequeñas.
—"Alta
Lubricación", "Sensitivo Forma Sabores" "Adaptable
Estriado", "Clasico Ultra Sensible". Supongo que puedo pedirte
prestados si me quedo alguna vez sin condones —sacó un paquete de cuerda para
tender la ropa—. Y no sé qué pensar de esto.
Sólo un artículo quedaba en
la bolsa. Tal vez no se había dado cuenta. Quizá se olvidara.
—¿Y, qué tenemos aquí?
—metió la mano, y lo sacó—. Crema hidratante vaginal —sus cejas subieron
conjuntamente—. ¿Para que necesitas esto?
Su cara llameó.
—Pues bien, verás...bueno,
ya te imaginarás para qué...
—¡Ahora, esto es la gota que
colma el vaso! Es realmente malo que me puedan ver en la ciudad visitando salas
de tatuajes, que me acueste con una extranjera deprimida, llena de piojos,
hemorroides, que le gusta que la aten y que podría estar embarazada, aunque ya
que compra condones en cantidades industriales, no sé cómo le ha podido pasar.
¡Pero esto no! ¡Óyeme bien, Rochi! No paso por la humillación de que crean que
una mujer que está conmigo necesita crema hidratante vaginal, ¿entiendes?
—Fue... —ella tragó y trató
de hablar serenamente—. Fue una compra impulsiva.
Él bufó.
—Te he hablado del hombre de
Hugh que me sigue. Estaba dentro de la farmacia, así que pensé en comprar todo
esto.
—¿Él estaba en la farmacia?
—¡Lo vio todo! —su
entusiasmo burbujeó hacia la superficie—. ¡Creo que ha sido buena idea hacerlo!
Especialmente con lo que sucedió entre nosotros fuera de la farmacia. Sé que no
te está gustando nada esto, pero se lo explicaré todo a Eugenia la próxima vez
que hablemos. Beddington se va a quedar consternado cuando se entere, y, a esta
hora mañana, el compromiso tiene que estar terminado.
—¿Este es tu grandioso plan?
¿Convencer al duque que estamos teniendo una aventura amorosa?
—No lo había pensado así en
un principio. Honestamente. Pero necesito trabajar con lo que tengo.
—Y adivino que lo que tienes
soy yo. —Gastón transfirió la crema hidratante vaginal de una mano a la otra y
pareció prudente—. Rochi, puede que estés complicando las cosas. Simplemente
llámale y dile que no te vas a casar con él. No está bien la forma como le
quieres manipular.
—No puedo hacer eso. Si le
enojo, él derribará St. Gert. Tengo que ser sutil.
—¿Sutil? —él negó con la
cabeza—. Seguramente darás un nuevo significado a esa vieja canción sobre ser
leal a tu escuela.
—No es simplemente una
escuela. Es mi...
—Lo sé. Es tu casa. Y
perdóname por decírtelo, pero eso es patético, aunque, después de ver esta
noche a mi familia en la cena, supongo que yo no puedo hablar mucho.
Ella vaciló.
—Peter es realmente
adorable.
Él sonrió.
—Tengo un par de hierros ya
reducidos para él, solamente esperando que sea un poquito más mayor para saber
golpear una pelota.
—Estoy segura que le
encantará. Sobre todo si estás tú con él.
El silencio cayó entre
ellos. Era noche cerrada y la casa estaba tranquila.
Su mirada fija bajó hacía su
boca, y ella recordó el beso que habían compartido. Ella se preguntó si él
también se acordaba.
—Voy a nadar un rato —dijo
él abruptamente—. Nos vemos mañana.
Comenzó a alejarse, luego
pareció recordar lo que llevaba en la mano y volvió a poner el tubo de crema
hidratante vaginal en sus manos.
—Mejor guárdate esto, por si
pierdes la cordura y decides seducir a Benjamín O'Conner.
Antes de que ella pudiera
contestar, él desapareció.
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