Al
parecer, casi todos los alumnos de Mandalay habían dedicado gran parte de sus
vacaciones a pensar en sus problemas, concretamente en el problema de ir a un
colegio embrujado. Varios de los vampiros no habían regresado; los que lo
habían hecho murmuraban sobre la necesidad de apostar centinelas en los
pasillos y dormir únicamente por turnos mientras el otro compañero de
habitación permanecía despierto. Incluso oí que alguien especulaba sobre qué
haría falta para realizar un exorcismo. «Sí —pensé—, estoy segura de que un
sacerdote con un crucifijo y una Biblia sería muy bien recibido aquí.»
Los
alumnos humanos seguían estando relativamente tranquilos con el asunto del
fantasma. Hasta Candela lo estaba llevando bien.
—No
es el mismo fantasma —razonó mientras deshacía el baúl, que contenía sobre todo
comida: latas de sopa, paquetes dt galletas saladas y tarros de mantequilla—.
Si fuera a... bueno, si yo estuviera en peligro, a estas alturas ya lo sabría.
Prefiero vérmelas con esto que con lo que sea que hay en casa de mis padres.
—¿Cómo
soportas vivir allí?
—Esta
Navidad la he pasado con mi hermana mayor y su marido. Su casa está bien. Mis
padres piensan que lo hago por llevarles la contraria, pero también opinan que
Frida es una «buena influencia».
Pensé
en todas las cosas que mis padres me dejarían hacer siempre que estuviera con Victorio.
—Si
vas con una buena influencia, puedes hacer lo que te da la gana, ¿no?
Nos
echamos a reír y luego nos partimos una barrita de dulce.
Pronto
me quedó claro que al menos un vampiro se había pasado las vacaciones
preocupándose por algo más aparte de los fantasmas, y que yo tenía ahora un
problema completamente nuevo.
—He
conseguido pasarme casi treinta años sin cambiar una rueda pinchada —rezongó Eugenia
mientras utilizaba el gato—. Si eres joven, sexy y rubia, créeme, puedes
librarte. Siempre hay algún imbécil que está encantado de ayudarte. Por
supuesto, comprendo que tú sí necesites aprender a hacerlo.
—¿Quieres
hacer el favor de pasarme la llave? No vamos a terminar nunca si sigues
quejándote.
—Qué
genio — Eugenia sonrió furtivamente, curvando sus carnosos labios en las
comisuras — ¿Qué te pasa, Rocío? ¿Estás... oh, no sé, teniendo algún problema
en tu relación?
—Las
cosas entre Victorio y yo van tan bien como siempre. —Técnicamente, aquello era
cierto. Cuando me arrodillé en el frío asfalto, manchándome los guantes de
grasa, intenté prestar atención a la rueda pinchada.
—Creo
que piensas que me estás diciendo la verdad —dijo Eugenia—. Creo que ni tan
siquiera sabes dónde va Victorio sin ti.
—¿De
qué me hablas?
—Resulta
que, poco antes de Nochevieja, vi a Victorio en Amherst. Sin ti.
—¿Qué
hacías tú en Amherst?
—Resulta
que conozco esa ciudad, ¿vale? Voy de vez en cuando. Victorio también, pero,
por lo visto, para ver a alguien que no es su novia. Yo que tú sospecharía.
Victorio
debía de haber estado buscando a Paloma. Se me ensombreció la expresión y Eugenia
sonrió satisfecha. No podía saber qué me había entristecido, pero eso le daba
igual. Ahora que había detectado una debilidad, seguro que la explotaba.
—Victorio
va a un montón de sitios —me apresuré a decir—. Para mí no significa nada. No
estamos metidos uno dentro del otro.
—Qué
lástima. De hecho, lo de meter es la idea, ¿no? —Eugenia me guiñó un ojo
mientras me arrojaba la llave por el suelo. Yo la cogí y esperé que hubiera
tenido suficiente burlándose de mí por la presunta infidelidad de mi presunto
novio. Tanto Victorio como yo necesitábamos que nuestra farsa continuase en pie
y no podíamos permitirnos que nadie nos vigilara demasiado estrechamente.
Estaba
decidida a que aquel viaje fuera distinto para mí y Gastón, pero no sabía lo
distinto que iba a ser.
—No
sé exactamente dónde tenemos que encontrarnos con él —dije a Victorio cuando el
sedán gris del internado dejó atrás un cartelito blanco que anunciaba el pueblo
de Albion—. Dijo que sabríamos dónde cuando lo viéramos, signifique lo que
signifique eso.
—No
te preocupes. Gastón tiene razón. Créeme, no hay muchos sitios a
donde podría ir.
Pronto
supe a qué se refería. Albion era incluso más diminuto que el pueblecito donde
me había criado yo: solo un puñado de calles apelotonadas, alumbradas por una
única farola situada en el centro. Las casas parecían viejas y, salvo por un
colmado, una gasolinera y la estafeta de correos, no se veía nada que se
asemejara a una tienda.
—Bastante
aburrido, ¿no?
—Era
más bonito hace ciento cincuenta años, cuando vivimos aquí.
Victorio
se refería a él y a Paloma. Le observé atentamente el rostro, pero él no dejó
traslucir ninguna emoción.
Victorio
aparcó en una calle próxima a la única farola de Albion. Había nevado ese mismo
día, y la fina capa de nieve que cubría el suelo crepitó bajo nuestras botas
mientras nos dirigíamos al centro del pueblo. Escruté ávidamente la oscuridad,
intentando divisar a Gastón. Necesitaba desesperadamente volver a verlo,
abrazarlo, y hablar durante mucho rato con él para poder volver a conectar. La
intimidad entre nosotros se resentía mientras estábamos separados, y era eso lo
que yo quería reconstruir.
Justo
cuando doblamos la esquina oí — Aquí estáis.
Me
volví sonriendo de oreja a oreja — ¿Gastón
?
Gastón se
acercó corriendo hasta nosotros, vestido con un grueso anorak y un gorro de
lana que casi lo volvía irreconocible. Abrió los brazos y yo corrí a su
encuentro. Noté su nariz fría en mi mejilla.
—Hola,
ángel — murmuró.
—Siempre
me ves tú primero. Apareces por detrás de mí todas las veces.
—Y
a ti te encanta.
—Aja,
me encanta. — Lo besé en la mejilla y luego en la boca — Pero algún día voy a
sorprenderte.
—Te
deseo suerte en el intento — Gastón me abrazó con más fuerza si cabe. Pese a las
capas de ropa que había entre nosotros, el abrazo bastó para encenderme por
dentro.
—Tengo
que contarte un secreto — El corazón me dio un vuelco al imaginar su reacción;
deseaba tanto que aquella noticia lo alegrara—. Sé por qué ha admitido la señora Bethany alumnos
humanos en Mandalay.
—¿De
veras? ¿Por qué?
Le
expliqué la deducción que Victorio y yo habíamos hecho sobre el intento de la señora Bethany de
localizar fantasmas, esperando que compartiera mi satisfacción. En cambio, la
sonrisa se le fue borrando poco a poco. Confundida, dije:
—Venga,
Gastón. Esto es un auténtico bombazo. ¡Es lo que llevas intentando averiguar
desde hace casi dos años! ¿No puedes utilizarlo para poner en evidencia a
Eduardo? ¿O crees que me equivoco?
—No,
me apostaría un riñón a que aciertas. Cuando hice la solicitud para entrar en
la Academia Mandalay, utilizamos la dirección de Providence de la vieja
profesora Ravenwood, y ella siempre hablaba del fantasma del sótano. Aunque
estaba bastante senil antes de morir, por lo que nunca le dimos mucha
importancia. Supongo que le debo una disculpa póstuma.
—Entonces
ya está. Puedes volver a la
Cruz Negra y decirles lo que has descubierto. Has cumplido tu
misión. Eso te quitará a Eduardo de encima, ¿no?
Gastón suspiró.
—El
caso es que a Eduardo no va a gustarle. Algunos comandos de la Cruz Negra cazan
fantasmas con bastante regularidad, pero nosotros no lo hacemos casi nunca. De
manera que lo más probable es que otro comando de cazadores se encargue de
nuestra investigación.
—Pero
sigues teniendo la respuesta, y ahora sabes que no hay ningún humano en
peligro.
—No
conoces a Eduardo. A ese tío le da igual lo bien defendido que esté el
internado o que sea el único sitio donde los vampiros nunca atacan a los
humanos. Lo odia. Quiere borrarlo del mapa. Esta parecía ser su excusa. Ahora
va a tener que ceder la misión a otros.
—Eso
significa que tú no tendrás tantos motivos para volver a esta zona. Vernos va a
ser incluso más difícil. —Todos mis esfuerzos solo habían hecho que empeorar
las cosas.
Gastón me cogió
la cara entre las manos. La vasta lana de sus guantes me raspó las mejillas.
—Encontraremos
la forma. Siempre
la encontraremos. Tienes que creer eso.
El
nudo que se me había hecho en la garganta solo me permitió responderle
asintiendo. Gastón me besó con vehemencia, como si eso bastara
para unirnos para siempre.
Victorio
se aclaró la garganta.
Retrocedí
un paso, reparando, demasiado tarde, en lo incómodo que debía de resultarle
aquello. Gastón lo aprovecharía para
ponerse sarcástico, pensé, pero me sorprendió.
—Muy
bien, pasando a otro tema. Victorio, creo que tu hermana está aquí en Albion en
este momento.
—Has
visto a Paloma — Victorio alzó el mentón.
—Hoy
mismo. En la parte oeste del pueblo. De camino aquí, la he visto andando junto
a la carretera, cerca del bosque. He dado inmediatamente la vuelta, pero es
como si se hubiera esfumado.
Victorio
asintió.
—Creo
que sé dónde buscarla.
Gastón me
apretó la mano.
—Lo
siento, pero sabes que tenemos que hacer esto.
—Lo
sé. —De hecho, estaba entusiasmada. Si por fin podíamos reunir a Victorio y Paloma,
cuánto se alegrarían los dos. El tiempo que pasara con Gastón solo podía ser
incluso más agradable si cabe si sabía que habíamos logrado nuestro objetivo y
ayudado a alguien más.
Terminamos
cogiendo la camioneta de Gastón , aunque
apenas cabíamos los tres en el asiento delantero. Me sentí un poco incómoda
apretujada entre Gastón y Victorio, en más de un sentido, Victorio tenía la
misma actitud que yo reconocía en Gastón, la clase de determinación que exigía
actuar, no reflexionar. Fue extraño ver aquella similitud entre ellos: una
resolución inquebrantable que era a la vez fascinante e intimidante.
Pero
también vi las diferencias entre ellos.
—No
saques un arma a menos que yo lo diga — dijo Victorio mientras traqueteábamos
por una tortuosa carretera secundaria que conducía a un campo de labranza — Si
está en Albion, lo más probable es que esté sola.
Gastón asía
el volante como si fuera un escudo con el que se estuviera protegiendo.
—Me
llevo una estaca. Lo siento, tío, pero no voy a salir desarmado.
Percibí
enfado en los ojos de Victorio y me apresuré a preguntar:
—¿Debemos
siquiera ir Gastón y yo? ¿No te irá mejor si hablas con ella a solas?
—Tal
vez. Aun así, quiero que te vea, para que sepa que somos amigos. Puede ser útil
más adelante.
Victorio
nos condujo a una vieja casita situada a las afueras del pueblo, por no decir
en pleno campo. Apenas parecía lo bastante grande para tener dos habitaciones y
a la chimenea que había en el centro de su destartalado tejado le faltaban
varios ladrillos en la parte de arriba. Gastón
apagó los faros un par de minutos
antes de parar la camioneta a unos cien metros de distancia. Fue a la parte de
atrás y cogió dos estacas, ofreciéndome una de ellas. Victorio no dijo nada.
Aunque se me hacía extrañísimo tener una de aquellas cosas en la mano, la cogí. Las advertencias
de Gastón sobre la banda de Paloma me habían calado
hondo.
A
aquella distancia del pueblo, el silencio era casi total. El fuerte viento
levantó pequeños copos de nieve y el hielo se nos clavó en la cara. Las nubes
ocultaban la luna y las estrellas, y la noche, era tan oscura que pensé que, si
el tejado no hubiera estado cubierto de resplandeciente nieve blanca, ni
siquiera habría visto la casita.
—No
hay huellas —susurró Gastón en una voz tan baja que el viento y los
crujidos de nuestros pasos en la nieve casi la ahogaron—. O no ha venido, o lo
ha hecho justo después de que yo la viera...
—...y
sigue dentro. —Victorio escrutó las ventanas sin luz, pero dudé de que incluso
su visión de vampiro le permitiera ver, algo—. Lo averiguaremos.
Nos
detuvimos un momento en las escaleras de la entrada. Victorio las subió solo y
puso una mano en el picaporte. Durante varios largos segundos se quedó
completamente inmóvil y yo advertí que estaba conteniendo la respiración.
Luego
abrió la puerta y, al cabo de un momento, dijo:
—No
está.
—Un
callejón sin salida.
—Yo
no he dicho eso — respondió Victorio — Mira — Se agachó hacia un lado, haciendo
algo que no pude ver, y entonces, brilló la luz de una vela.
Cuando
Gastón y yo entramos, vimos que alguien había estado
en la casa hacía poco, alguien con una noción muy extraña de cómo acondicionar
un hogar. Una colcha de encaje antaño bonita, manchada de suciedad y sangre,
cubría un colchón colocado en el suelo. Apoyada en la pared, había una cabecera
de cama hecha de latón con hermosos adornos de volutas; las arañas habían
tejido la tela en los espacios vacíos. La vela que Victorio había encendido
estaba en un candelero en una mesita cubierta de cera de varios colores;
enormes cantidades de ella habían goteado por toda su superficie, resbalado por
las patas y formado charcos en el suelo. Un óvalo de cera morada rodeaba un
zapato de mujer, un delicado zapato de tacón de aguja incrustado de diamantes
de imitación con largas tiras que habían quedado atrapadas en la cera al
solidificarse. Había botellas de ginebra vacías diseminadas por el suelo y
amontonadas en los rincones y la chimenea estaba llena no de madera, sino de
cristales rotos, formando un montón tan alto que parecían puestos allí a
propósito. El montón brillaba a la luz de la vela, los colores del cristal — marrón,
azul, verde — ardiendo con una irreal llama propia.
—No
me malinterpretes, Victorio — dijo Gastón
— pero tu hermana, ¿ha estado siempre chiflada?
—Tan
diplomático como siempre. — Victorio se arrodilló junto al montón de cristales
rotos — Aunque, sinceramente, Paloma siempre tuvo algo... distinto. No está
loca, ni lo ha estado nunca, pero tampoco se ha sentido nunca satisfecha. Nunca
ha estado enraizada a la tierra. Una vez que se disgustaba por algo, o con
alguien, no lo olvidaba nunca. Era como si no pudiera pensar en otra cosa, no
mientras eso la
fastidiara. Yo era el único que podía hablar con ella cuando
se ponía así.
—Lo
que a tu hermana le pasa ahora, sea lo que sea, no es una simple pataleta — dijo
Gastón — Este sitio me dice que no está
en su sano juicio. Además, se ha juntado con la gente equivocada, por no decir
algo peor.
Pensé
en todos los extraños cambios que ya había notado en mí y en cuan
desconcertantes podían ser. ¿Cuánto más atemorizante sería cambiar por
completo, ser arrancado de la vida y transformado en un no muerto? Y yo llevaba
preparándome para aquello desde que nací y sabía que probablemente podría
escoger el momento. Paloma había estado atada en un establo, viendo cómo
torturaban a su hermano, sabiendo que sus padres habían sido asesinados. Eso
sería más que suficiente para enfadar o desequilibrar a cualquiera para
siempre.
«¿Es
así como ocurre para la mayoría de los vampiros?» Me estremecí.
—No
te estoy pidiendo que disculpes a la gente con la que se está relacionando Paloma.
—Victorio no despegó los ojos del montón de cristales rotos.
—Pero
estoy seguro de que quieres que no los castigue —comentó Gastón.
—No
pretendas ser juez y parte. Tú solo eres el verdugo y decides quién es culpable
en virtud de lo que somos, no de lo que hacemos.
—¿Por
qué razón estamos hablando de mí y no de Paloma y sus amigos de mierda?
Al
principio, quise interrumpir su discusión, pero luego pensé que quizá fuera
mejor que se desahogaran. Cuanto antes terminaran de discutir, mejor. Hice caso
omiso de ellos y me arrodillé junto al colchón. Una de las manchas de la sucia
colcha tenía forma de mano.
—Tú
no tienes hermanos, ¿no, Gastón? Si los tuvieras, a lo mejor no te costaría
tanto entenderme.
—Si
tuviera un hermano que anduviera con la familia Manson,
creo que estaría cabreado con él, no con los polis que están intentando
cogerlos.
—¿Aún
pretendes que eres un poli?
Puse
la mano sobre la mancha de sangre. Cuando Paloma y yo habíamos caminado juntas,
ella me había entrelazado su brazo con el mío. Pese a su estatura, sus manos
eran más pequeñas que las mías. Aquella mancha de sangre era más grande, tanto
que mis dedos parecían los de un niño en comparación.
—No
está sola. —Cuando dije aquello, Gastón y Victorio dejaron de discutir y me miraron,
como si se hubieran olvidado de que estaba allí con ellos—. Fijaos en esto.
Alguien más ha estado aquí recientemente. Alguien mucho más grande. Un hombre,
probablemente.
Victorio
no parecía convencido, pero Gastón sonrió. —Hacías falta tú para verlo.
Orgullosa
de mí misma, miré a mí alrededor, buscando ávidamente alguna otra prueba del
segundo vampiro, pero no vi nada. No obstante, aquel extraño desorden me
resultó entonces más desconcertante aún si cabe. Paloma era rara, pero
cualquiera pensaría que otra persona, cualquier otra persona, tendría más
sentido común. Que impondría un poco de orden. En cambio, vivía allí en
aquellas condiciones infrahumanas.
—No
está sola —dijo lentamente Victorio.
—Dime,
Victorio, ¿qué te fastidia más? —Gastón empezó a mirar en los cajones, que parecían
estar vacíos—. ¿Que tu hermana pequeña tenga vida sexual o que, al parecer, su
amante beba sangre?
—Piensa
en lo que acabas de decir. —Victorio se irguió—. Si Paloma ha traído a alguien
aquí, los habrá traído a todos. A la banda entera. A su tribu.
—¿La
tribu? —Yo había leído referencias indirectas a las tribus de vampiros. No
sabía mucho de ellas, pero no tenían buena pinta. Debería haber relacionado
antes a la banda con la idea que tenía de lo que era una tribu—. ¿Quiere decir
eso que están todos en el pueblo? ¿En este momento? ¿Y... que van a volver
aquí?
Gastón y Victorio
se miraron y al cabo de unos instantes Gastón
me cogió del brazo.
—Tú
vuelve a Albion — dijo — Victorio y yo podemos encargarnos de esto.
—¿Qué?
No quiero dejaros.
—Gastón tiene
razón — dijo Victorio —. Esto va a-ser más peligroso de lo que pensaba. Tú no
sabes combatir, Rocío.
—He
aprendido mucho. —Me resistí cuando Gastón
tiró de mí.
Victorio
negó con la cabeza.
—Las
clases de esgrima no cuentan.
—Rocío,
piensa — dijo Gastón — ¿Cuántas veces
estamos de acuerdo en algo Victorio y yo?
No
me gustaba admitirlo, pero tenían razón. Mis poderes no podían compararse con
los de un vampiro completo. Los de Gastón tampoco, pero a él lo habían
entrenado para luchar desde que aprendió a andar. Si aquello se convertía en
una batalla en toda regla con un grupo de vampiros, yo no estaría en mi
terreno. En ese momento decidí aprender tanto como pudiera, hacerme más fuerte:
no quería que nadie volviera a pedirme nunca más que me fuera por mi propia
seguridad.
Pero
aquello sería en un futuro. De momento, lo único que podía hacer era marcharme.
—¿Queréis
que me lleve la camioneta al pueblo? —«Al menos», pensé con amargura, «sé
conducir.»—. O podría esperaros en la carretera.
—El
pueblo es el único lugar seguro —dijo Gastón.
Victorio
asintió.
—Gastón debería
llevarte y luego volver. Y será mejor que ocultemos nuestra presencia aquí. —Se
agachó y apagó la vela. La
habitación quedó a oscuras.
Fue
entonces cuando advertí que fuera había luz.
—¿Qué...?
—Me callé al instante. No hacía falta que también me oyera lo que fuera que
llevara la luz (¿otra vela?, ¿una linterna?). Nadie se movió y yo me esforcé
tanto por oír algún sonido que noté cómo se me tensaban todos los músculos del
cuerpo. Gastón me cogió con más fuerza. Él y Victorio se
miraron. Victorio puso una mano en el picaporte y se preparó visiblemente; en
la penumbra, percibí en su rostro tanto miedo como esperanza.
Abrió
la puerta. En
vez de veinte asesinos enloquecidos abalanzándose sobre nosotros, solo fuimos
recibidos por una ráfaga de aire helado. Forzando la vista, vislumbré a Paloma en
la oscuridad.
Llevaba
una bota de cada y un largo abrigo de lana gris remendado y recosido en decenas
de sitios. El pelo rubio, que llevaba suelto, le revoloteaba en la cara. En una mano
sostenía una linterna; solo unos finos mitones le protegían las manos del frío.
—¿Victorio?
— dijo con un hilillo de voz en un tono má8 infantil que nunca.
—Paloma
— Pese a llevar tanto tiempo buscándola, Victorio pareció incapaz de acercarse
y decir algo — ¿Estás bien?
Ella
se encogió de hombros. Clavó sus ojos castaños en Gastón — Veo que andas con
malas compañías.
—No
estoy de servicio — dijo Gastón con una sonrisa de satisfacción. No me pareció
que bromear fuera muy apropiado y le di un golpe en el brazo. Él me fulminó con
la mirada, pero se calló.
—A
la chica la entiendo —dijo Paloma — Se parece muchísimo a la pobre Jane.
Victorio
palideció.
—No
digas ese nombre.
«¿Quién
era Jane?»
—Has
estado siguiéndome — Paloma retrocedió un paso y bajó el brazo de la linterna;
ahora la luz solo iluminaba sus pies y la nieve del suelo — Quiero que dejes de
hacerlo.
—Dejaré
de hacerlo si vienes a casa.
—¿A
casa? ¿Qué eso? Vivimos aquí una vez, pero de eso hace mucho tiempo. —Paloma se
apartó el pelo de la cara, la clase de gesto confundido que hacen las personas
cuando están intentando contener las lágrimas—. Ni se te ocurra pedirme que
vuelva a Mandalay. Ya sabes lo que pienso de esa mujer.
Gastón y yo
nos miramos.
Victorio
bajó a la nieve y Paloma retrocedió otros dos pasos. De no haber conocido a Victorio,
habría creído que su hermana le tenía miedo.
—Podríamos
encontrar algún otro sitio —dijo Victorio—. Alguna otra cosa que pudiéramos
hacer tú y yo. Lo único que importa es que estemos juntos. Paloma, te echo de
menos.
Ella
se quedó mirando el suelo nevado. —Yo no.
Aquello
fue un golpe tan duro para Victorio que se estremeció. Le puse una mano en el
hombro; era el único consuelo que podía ofrecerle. Gastón me
observó, pero no dijo nada.
—Me
recuerdas demasiadas cosas —dijo Paloma—. Me recuerdas cómo era estar viva.
Pensar en la luz del sol como algo que podías disfrutar, no como algo que solo
puedes soportar. Respirar y que eso te cambiara, te refrescara, te despertara,
en vez de inhalar y exhalar aire de forma mecánica, una vieja costumbre que te
recrimina continuamente lo que eres. Suspirar y notar alivio. Llorar y que se
te pasara la tristeza, en vez de tenerla reprimida dentro de ti eternamente,
confundiéndote cada vez más hasta que ya no sabes quién eres.
—Yo
sé quién soy —dijo Victorio
Ella
negó con la cabeza.
—No,
Victorio. No los sabes.
—Al
menos, prométeme que dejarás la tribu. —La desesperación le rompió la voz y a
mí se me encogió el corazón—. Mientras andes con ellos, no estarás a salvo de la Cruz Negra.
Paloma
fulminó a Gastón con la mirada.
—Mientras
tú andes con la Cruz Negra,
no estarás a salvo de mi tribu. Así que prueba a seguir un consejo antes de
darlo, Victorio. Y vete ahora mismo de aquí, ya.
—Paloma,
no podemos dejarlo así.
Sentí
tanto miedo que casi me tambaleé.
—Ha
dicho ya.
Gastón y Victorio
me miraron. —¿Qué? — preguntó Gastón .
Lo
supe antes de saberlo, lo presentí más hondamente que nada de lo que había
sentido hasta entonces.
—Están
aquí vigilándonos. Creo que será mejor que nos vayamos.
Paloma
me sonrió.
—Eres
demasiado lista para andar con un cazador de vampiros. Probablemente, saldrás
con vida.
Gastón
entornó los ojos y miró el bosquecillo que había a unos doscientos metros de la
casa.
—A
la camioneta.
—Aún
no — Victorio miró a su hermana con consternación cuando ella se puso a andar
hacia el bosquecillo — Dame una última oportunidad para hacerla entrar en
razón.
—A
la camioneta — repitió Gastón. Me di cuenta de cuánto deseaba pelear, pero
continuó centrado en protegerme — Ahora.
El
instinto me dijo que echara a correr, si bien mis otros instintos de vampiro me
dijeron que una presa huyendo resultaba aún más apetecible. Me obligué a
caminar despacio hacia la camioneta y cogí a Victorio por el brazo para tirar
de él. Gastón tenía su estaca lista mientras avanzaba
lentamente hacia la puerta del conductor.
Se
me hizo un nudo en el estómago cuando vislumbré, detrás de Paloma, las pisadas
de al menos media docena de personas. Supe que estaban cerca, observándonos.
Imaginé que notaba sus ojos clavados en mí y, mientras el viento susurraba
entre los árboles helados, me pareció oír risas distantes.
Victorio
apretó el paso.
—No
va a pasarnos nada —dijo.
—No
estoy segura —dije, pero pudimos subirnos a la camioneta. Victorio y Gastón cerraron las puertas y bajaron los seguros al
mismo tiempo—. Démonos prisa, ¿vale?
Gastón encendió el motor y dio rápidamente la vuelta. Al hacerlo, los
faros alumbraron a Paloma, que estaba parada en el campo de labranza, viendo
cómo nos íbamos. La luz le dio de lleno en los ojos, que la reflejaron como los
de un gato.
—Cree
que me he vuelto contra ella. —Victorio se estaba agarrando al salpicadero con
sus grandes manos.
—Tendrás
otra oportunidad de hablar con ella —dije—. Sabes que la tendrás. Cuando lo
hagas, ella lo entenderá.
—¿Paloma
entenderá por qué ando con un cazador de la Cruz Negra? Entonces,
entiende más cosas que yo.
—Todo
irá bien —volví a prometerle. Gastón nos lanzó una mirada de soslayo y luego miró
resueltamente la carretera.
Nevaba
más copiosamente. Cuando llegamos al centro de Albion, la nieve había comenzado
a amontonarse alrededor de los neumáticos de los coches aparcados.
—Quizá
sea mejor que no volváis esta noche —dijo Gastón —. Llama a tus padres. Diles que no podéis
circular con las carreteras así.
—Tenemos
más o menos para otra hora si sigue nevando así. Eso nos basta para volver. —Victorio
se subió el cuello del abrigo como si ya notara el frío.
Yo
sabía que, si le pedía que se quedara, él lo haría, y quería quedarme más
tiempo para que Gastón y yo pudiéramos pasar unos minutos a solas. Si
conseguíamos convencer a mis padres de que no debíamos circular hasta que
limpiaran las carreteras por la mañana, entonces tendríamos horas... mientras
el pobre Victorio esperaba cerca. Eso sería incómodo para mí y peor para él,
cuyos ánimos estaban por los suelos. Victorio necesitaba regresar pronto a la
Academia Mandalay.
—Nos
iremos ahora —dije a Gastón —. Es mejor
así.
Gastón se
quedó mirándome; su expresión decepcionada dio paso a otra más difícil de
interpretar.
—Tal
vez.
Ninguno
de los dos supo qué decir después de aquello.
Victorio,
que parecía demasiado aturdido para percibir la tensión entre Gastón y yo,
abrió la puerta de la
camioneta. Una gélida corriente de aire azotó la cabina,
metiéndome el pelo en los ojos. Gastón ya había vuelto a concentrarse en la carretera
como un hombre que está urdiendo una fuga. Cuando Victorio alargó la mano para
que no resbalara en la nieve, se la cogí.
—Adiós,
Gastón —dije con un hilillo de voz.
Gastón se
inclinó para cerrar la puerta de la camioneta.
—Nos
vemos dentro de un mes. En Amherst. En la plaza mayor. A la hora de siempre,
¿vale? —Luego suspiró y me sonrió, torciendo la boca—. Te quiero.
—Yo
también te quiero. —Pero, por una vez, aquellas palabras no lograron arreglarlo
todo.
Victorio
y yo estuvimos de tan mal humor en los días siguientes que le sugerí fingir que
habíamos discutido. Andar juntos por ahí haciéndonos pasar por una pareja feliz
era algo que ninguno de los dos podía hacer. Pero, después de una semana,
podríamos serenarnos y fingir que hacíamos las paces.
No
obstante, aquello me dejó sola durante más tiempo y mis preocupaciones ocuparon
todos los segundos que pasaba sin compañía. Pensar en cómo nos habíamos
despedido Gastón y yo me producía una especie de vértigo
interno, como si el suelo que pisaba se moviera bajo mis pies.
Nicolás
advirtió mi desasosiego e intentó tranquilizarme enseñándome a jugar al
ajedrez, pero yo estaba demasiado nerviosa y distraída para recordar las
reglas, y mucho menos para pensar en una estrategia.
—Últimamente
estás fatal —me dijo una tarde mientras los dos rebuscábamos entre el envío
semanal de alimentos. Al parecer, los alumnos humanos no habían advertido que
muchos de sus compañeros ni tan solo se pasaban a recogerlos. Estaban demasiado
ocupados en coger felizmente las cosas que habían pedido: cajas de pasta,
paquetes de galletas. Nicolás se metió dos botellas de naranjada en su bolsa de
lona—. Y es imposible no ver que Victorio también se pasea como un alma en
pena.
—Sí,
supongo. —Sintiéndome incómoda, me quedé mirando la lista de Candela. Me había
ofrecido a recoger sus cosas junto con las mías.
—Vico
vino a nuestro último pase de películas clásicas, Seven y Sospechosos
habituales. El tema era Kevin Spacey: 3 días. Una doble sesión formidable, ¿no
crees? Pero Victorio no miró la pantalla ni una sola vez.
—Nicolás,
sé que tienes buena intención, pero no quiero hablar de eso.
Él
se encogió de hombros mientras seleccionaba unas cuantas latas de sopa.
—Solo
me preguntaba si esto tiene algo que ver con Gastón.
—Tal
vez. En cierto modo. Es complicado.
—Supongo
que Gastón es de esos tíos que dejan huella. Apasionado,
temperamental, rebelde y todo eso. Yo no puedo hacer de chico malo — dijo
Nicolás —. Yo tengo un estilo más meloso. Gastón, en cambio...
—Él
no está haciendo nada. Él es como es.
—Lo
sé —dijo Nicolás con calma—. Y sé que no habéis terminado. Es duro para Victorio,
pero a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre.
Deseé
que tuviera razón y esa esperanza me animó.
—Eres
un pésimo alcahuete, Nicolás.
—No
tan malo como tú. En serio, ¿Candela y yo?
—¡De
eso ya hace más de un año! —Cuando terminamos de reírnos, volvimos a
concentrarnos en la «compra» y cogimos lo que nos faltaba. Cuando regresé a mi
habitación con las bolsas, no estaba exactamente de buen humor, pero me sentía
mejor que en mucho tiempo.
Candela
resultó estar en mitad de uno de sus proyectos artísticos más grandes y sucios.
Aquel collage ocupaba casi la mitad del suelo de nuestra habitación y olía a
pegamento y pintura.
—¿Qué
es? —dije sorteando periódicos húmedos y pinceles.
—Yo
lo llamo Oda a la anarquía. ¿Ves que los colores están en un constante estado
de colisión?
—Sí,
es imposible no verlo.
Mi
débil elogio no melló el entusiasmo de Candela. Tenía pintura en los antebrazos
y hasta se había manchado el pelo de naranja, pero no dejaba de sonreír a su
obra inconclusa mientras se comía una galleta.
—Puedes
moverte por la habitación sin pisarlo, ¿verdad? —Sí, pero creo que esta noche
será mejor que duerma con mis padres.
—¿Te
dejan?
—No
continuamente, pero no creo que vaya a importarles por una noche.
Resultó
que mis padres estuvieron entusiasmados de verme. Anteriormente, habían tenido
mucho cuidado con la cantidad de tiempo que me dejaban pasar con ellos, dado lo
preocupados que estaban por mi negativa a querer relacionarme con los otros
vampiros de la Academia Mandalay. Ahora tenían la certeza de que estaba
madurando como ellos querían, y sus puertas estaban abiertas siempre que me
apeteciera.
Antes,
aquello me había parecido algo natural, pero ahora ya no.
—¿Papá?
pregunté mientras cambiábamos las sábanas de mi cama—. ¿Siempre habéis sabido
que yo terminaría siendo un vampiro? Un vampiro completo, quiero decir.
—Por
supuesto. Mi padre siguió concentrado en remeter pulcramente la sábana en una
esquina de la cama.
Cuando te hagas adulta y le quites la vida a alguien, y ya
sabes que podemos encontrar una forma decente de que lo hagas, habrás
completado el cambio.
—Yo
no estoy tan segura.
—Cariño,
todo va a ir bien. Me puso una mano en el hombro y ni su nariz torcida y
fracturada por tantos sitios distintos piulo disimular la dulzura de su
expresión—. Eso te preocupa, lo sé.
Pero
si encontramos a alguien que ya se esté muriendo, que ya ni siquiera esté
consciente, le estarás haciendo un favor. Su último acto será darte la
inmortalidad. ¿No crees que querría hacer eso por ti?
—No
lo sabré, porque no lo conoceré, ¿no? —¿Cómo podía haber llegado a
reconfortarme aquella idea? Por primera vez, caí en la cuenta de lo presuntuosa
que era y de cuan insensible era suponer que yo tenía derecho a poner fin a una
vida, incluso a una que estuviera terminando, solo para mi provecho—. Pero no
me refiero a eso. Tú siempre dices cuando mate. «Cuando» mate. ¿Qué ocurre si
no lo hago?
—Lo
harás.
—Pero
¿qué pasará si no lo hago? —Nunca hasta entonces le había insistido para que me
respondiera a aquello. Jamás había sentido la necesidad. Ahora,
de repente, todas aquellas preguntas inexpresadas me pesaban como una losa cada
vez más grande—. Solo quiero saber qué alternativa tengo. ¿No lo sabe nadie? ¿La señora Bethany,
quizá?
—La señora Bethany te
dirá exactamente lo mismo que voy a decirte yo, que es que no tienes ninguna
otra opción. No quiero volver a oírte hablar de esta forma nunca más. Y no le
digas nada a tu madre. La disgustarías. —Mi padre respiró hondo, en un intento
por tranquilizarse—. Además, Rocío, ¿cuánto puede faltar? Tu sed de sangre ya
era bastante fuerte el año pasado.
Aquello
era lo más cerca que mi padre había estado de mencionar a Gastón desde hacía
meses. Noté que me ruborizaba.
—No
soy un ingenuo. Sé que Victorio y tú ya debéis de haber bebido la sangre el uno
del otro. — Lo dijo con cierta rapidez. Quizá estuviera tan incómodo como yo —
Ya no puede faltarte mucho para que te sientas preparada para beber y matar de
verdad. Sé que cada vez tienes más hambre solo por tu apetito de los domingos.
Si esto te preocupa, no te culpo. Pero no dejes que tu preocupación te haga
decir estas locuras. ¿Me he expresado con claridad?
Fui
incapaz de hablar, así que solo asentí.
Poco
después apagué las luces de mi habitación e intenté convencerme para quedarme
dormida. Pero no solo estaba confundida por mi conversación con mi padre.
También me moría de hambre.
«El
poder de la sugestión en acción», pensé. Mi padre había mencionado mi apetito y
ahora tenía más hambre que en mucho tiempo, eso pese al hecho de haberme bebido
casi medio litro de sangre durante la cena.
Bueno,
al menos no iba a tener que coger disimuladamente un termo de debajo de la cama. El frigorífico de
mis padres contenía toda la sangre que necesitaba.
Recorrí
el pasillo de puntillas, pasando por delante del dormitorio de mis padres y
entrando en la cocina. Iba
descalza y apenas hice ruido al pisar las baldosas. En vez de encender la
lámpara, confié en mi visión nocturna y en la brizna de luz que se ensanchó
cuando abrí la puerta del frigorífico. Aunque había comida para mí en el
estante inferior, el frigorífico estaba repleto de botellas, jarras y bolsas de
sangre. Con cuidado, cogí una de las bolsas: normalmente no las tomaba, porque
eran difíciles de conseguir: lujos que mis padres necesitaban más que yo.
Contenían sangre humana.
Puede
que mi padre tuviera razón. Puede que mi sed de sangre se hubiera agudizado
tanto por el tiempo que llevaba sin beber sangre humana. Puede que fuera eso lo
que ahora necesitaba. SI mi padre intentaba regañarme por beberme su reserva de
sangre, yo le señalaría que, en cierto modo, me lo había sugerido él.
Vacié
la bolsa en una taza grande y la metí en el horno microondas. Aunque el reloj
automático hizo tanto ruido al dispararse que me sobresalté, mis padres no se
despertaron y yo regresé rápidamente a mi habitación.
La
taza calentada me quemó los dedos, pero el fuerte olor a carne de la sangre
borró mi malestar, mis preocupaciones y casi todo lo demás. Rápidamente me
llevé la taza a los labios y bebí.
«Sí.»
Eso era lo que necesitaba en lo más profundo de mí ser. Noté el calor bajándome
hasta las entrañas, calentándome por dentro. La sangre humana surtía un efecto
en mí que nunca sentía con la sangre animal: me hacía sentirme eufórica,
enchufada y fuerte. Cogí la taza con ambas manos, bebiéndome la sangre tan
deprisa que apenas pude respirar. Me sentía como si estuviera flotando en su
calor. El resto del mundo estaba frío en comparación.
Un
momento.
Bajé
la taza y me limpié los labios con la lengua mientras evaluaba la situación. De pronto
hacía mucho más frío en mi habitación. ¿Había abierto el viento alguna de las
ventanas? No, seguían cerradas, y estaban cubiertas de escarcha. Pero ¿lo
habían estado hacía un momento? Justo antes de levantarme para ir a buscar la
sangre, había visto la silueta de la gárgola perfilada fuera, pero entonces
quedaba oculta tras un vaporoso manto blanco.
Cuando
exhalé, el aire se llenó del vaho de mi respiración. Comencé a tiritar. Vi un
resplandor azulado parpadeando al otro lado de la ventana y oí unos golpecitos
en el cristal. Como los arañazos de unas uñas. El miedo se apoderó de mí, pero
no pude irme.
Me
acerqué a la ventana y empecé a quitar la escarcha con la mano. El frío me heló la
piel, pero la escarcha se evaporó, permitiéndome ver a través del cristal
empañado. Una chica me estaba mirando. Era más o menos de mi edad, con el pelo
corto y casi negro y los ojos hundidos. Parecía completamente normal, salvo por
el hecho de ser casi transparente y estar flotando fuera de mi ventana.
Los
fantasmas habían vuelto a visitarme.
Bien cada vez mas interesante!!!! espero el proximo!! me encanta! :)
ResponderEliminar