sábado, 26 de enero de 2013

Capitulo 013 (LIBRO 02)

Estás bien? — dijo Gastón   por vigésima vez mientras me llevaba de regreso a Riverton. —Estoy bien, de veras. — En mi fuero interno, estaba deshecha y confundida, pero no quería admitirlo, ni ante Gastón   ni ante mí misma.
Nos habíamos calmado, habíamos observado las estrellas y ha­bíamos hablado, pero ya nada había sido lo mismo. Las únicas pa­labras que oía eran las de Gastón   resonándome en la memoria: «Ja­más seré un vampiro».
Ya me lo había dicho antes, y yo le había creído. Pero esta vez comprendí el verdadero significado de aquellas palabras. Sucedie­ra lo que sucediese, por mucho que nos quisiéramos, siempre ha­bría una barrera entre nosotros. Yo había soportado nuestra sepa­ración de aquel año porque creía que no sería permanente. ¿Cómo iba a serlo, si nos queríamos tanto?
Pero entonces me descubrí preguntándome si aquello era todo lo que podríamos tener: encuentros furtivos y cartas entregadas a escondidas, unos cuantos momentos robados de pasión entre in­contables semanas de soledad.
Y un día Gastón   envejecería, incluso moriría, y me dejaría en este mundo, eternamente sola.
Gastón   paró delante del cine justo cuando la gente estaba empe­zando a salir. Entre las parejas mayores y unos cuantos adolescen­tes que se estaban riendo, una figura destacaba del resto: Victorio, alto y taciturno, con su largo abrigo negro.
—Debería irme. —Miré a Gastón  —. ¿Cuándo y dónde nos ve­mos la próxima vez?
—En enero, creo. Hay un pueblo, Albion. Paloma va mucho allí. Al menos, eso dicen nuestros informadores. Supongo que es donde Victorio estaría dispuesto a llevarte.
—Lo hará, seguro. ¿El segundo sábado de enero? ¿A las ocho de la tarde? —Él asintió—. ¿Dónde?
—En el centro del pueblo. Créeme, es un pueblo pequeño. Es imposible que no nos veamos. —Me puso una mano en la meji­lla—. Te quiero.
Asentí, demasiado compungida para hablar.
Gastón   me atrajo hacia sí y me besó en la frente.
—Eh, nada de llantos.
—No voy a llorar. —Inspiré su olor. Ojalá pudiera tenerlo con­migo todo el tiempo, a todas horas así de cerca—. El día de Navi­dad por la mañana, estés donde estés, piensa en mí. Yo estaré pen­sando en ti. —Nos besamos tiernamente antes de que yo abriera a regañadientes la puerta de la camioneta y me bajara.
De camino a casa, Victorio y yo no nos dijimos nada hasta que casi hubimos llegado a la Academia Mandalay. No fue un silen­cio incómodo, exactamente; yo estaba absorta en mis pensamien­tos y notaba que él también lo estaba. Por fin aventuré:
—¿Has sacado mucha información? De las notas de Gastón, quiero decir.
—Ni de lejos la suficiente. Pero sé que Paloma está volviendo a visitar las poblaciones de esta zona, los lugares que recuerda. Lo hace a veces, pero eso nunca la alegra. Es como si odiara esos sitios por haber cambiado mientras ella sigue igual.
—Entonces puedes encontrarla —comenté. Me froté las ma­nos, que todavía tenía frías—. Puedes deducir adonde irá a conti­nuación.
Victorio no despegó los ojos de la carretera mientras ponía la calefacción del coche.
—Puedo intentarlo, pero no hay ninguna pauta. Con Paloma, no la ha habido nunca.
—Aun así, es un punto de partida.
—Tú siempre viendo el lado bueno. —La comisura de la boca se le torció en una sonrisa involuntaria—. Tienes razón. Es un pun­to de partida.
Cuando hubimos aparcado al final del campus, abrí la puerta para salir, pero Victorio no se movió al principio. Vacilé.
—Gracias —le dije— por esta noche. Ha significado mucho para mí.
Victorio alargó la mano hacia mi cara. No me tocó, pero tenía las yemas de los dedos cerca de mis labios. —Tienes los labios hinchados.
—¿Qué? —Ahora que lo mencionaba, me notaba la boca hin­chada y dolorida. Me di cuenta de que era por los enardecidos be­sos que nos habíamos dado Gastón y yo—. Oh... ¿Está dema­siado...?
—Está bien —dijo Victorio en tono alegre. Tenía la mirada triste—. Cualquiera que se dé cuenta supondrá que me has estado besando a mí.

Afortunadamente, no tuve mucho tiempo para ponerme melancó­lica por la separación entre Gastón y yo. La semana de los exámenes trimestrales estaba cerca y había que entregar trabajos y estudiar. En cierto modo, enfrascarme en los estudios fue un consuelo.
Mi humor taciturno persistió, por muchas redacciones que es­cribiera para la señora Bethany o muchas prácticas de exámenes de cálculo que hiciera. No obstante, nadie se dio cuenta, porque todo el internado seguía con los nervios de punta. Aunque habían repa­rado la ventana del gran vestíbulo, colocando una vez más cristales transparentes en vez de vidrieras, este seguía desierto, incluso en los días lluviosos, cuando la única alternativa era encerrarse en la habitación. Comenzaron a correr rumores cada día más absurdos.
—He oído que el fantasma del internado forma parte de una maldición vudú —proclamó Eugenia un día desde la ducha. Yo me estaba lavando el pelo dos duchas más allá—. El vudú es una práctica totalmente real y algún pringado del año pasado que ya no ha vuelto decidió maldecir este sitio amargándonos la mejor fiesta del año a toda la gente guay.
Me habría gustado decirle lo estúpida que estaba siendo, pero tampoco tenía una explicación mejor.
Cuando empezó la semana de los exámenes trimestrales, ad­vertí un elemento curioso en las reacciones que el fantasma provo­caba en el internado, algo que no habría imaginado: los vampiros eran los que más miedo le tenían. Los alumnos humanos también estaban nerviosos, pero, en su mayoría, parecían tomárselo con bastante calma.
Aquello no me pareció lógico. De acuerdo que era más proba­ble que los vampiros supieran que los fantasmas existían y aprecia­ran el posible peligro. Pero yo no había oído a ningún alumno humano mofándose de la idea de que los fantasmas existían; aun­que, después de lo sucedido en el Baile de Otoño, nadie podía du­dar de que estuviera ocurriendo algo sobrenatural.
—¿No es un poco raro —aventuré un día mientras Nicolás y yo es­tudiábamos juntos en la biblioteca— que no haya más gente muer­ta de miedo?
—¿Por los exámenes? Créeme, yo lo estoy.
—No, por los exámenes no. Por... esa cosa. Ya sabes.
—¿El fantasma? —Nicolás ni siquiera alzó la vista del libro de ana­tomía.
—Sí, el fantasma. Te tomas con mucha tranquilidad esto de vi­vir en una casa embrujada.
—Yo siempre he vivido en una casa embrujada. —Nicolás se enco­gió de hombros—. Superé el cangueli hace mucho tiempo.
—Un momento, ¿qué? —Jamás se me habría ocurrido que pre­cisamente Nicolás pudiera saber más de fantasmas que cualquier vam­piro de Mandalay ¿Tu casa está embrujada?
—Sí, en un punto del desván donde te mueres de frío. Activi­dad espectral clásica: descenso de la temperatura, sonidos raros y la sensación de que alguien te está observando aunque no haya na­die. En mi familia, siempre lo hemos sabido todos. Mis amigos se quedaban a dormir en casa todas las noches de Halloween y esa fiesta era, modestia aparte, la más sonada del año. Todos los años. —Mientras lo miraba boquiabierta, Nicolás comenzó a reírse—. Aquí hay muchas personas que han visto lo mismo. — ¿El fantasma de tu casa?
—Los fantasmas de sus casas. O de sus escuelas o... ¿sabes esa chica nueva, Clementine? Jura que su abuela tenía un coche em­brujado. Como en Christine de Stephen King, ¿sabes? Me encan­taría probar a conducir esa cosa.
—¿Cómo te has enterado de todo esto?
Nicolás suspiró.
—¿Sabes?, mientras tú te dedicas a hacértelo con Victorio, y Candela se queda encerrada con sus proyectos artísticos, y Julián está otra vez estudiando sus viejos mitos nórdicos, yo hago otra cosa. Un disparate. Una excentricidad. Yo lo llamo, «hablar con otras personas». Mediante ese milagroso proceso, a veces puedo enterarme de cosas sobre otros dos o tres seres humanos en un solo día. Los científicos se han propuesto estudiar mi método.
—Cállate. —Le di juguetonamente un empujón y él se volvió a reír, pero en mi fuero interno estaba intentando asimilar todo aquello. Claro que Nicolás sabía más que nadie de los alumnos huma­nos; era el chico más extravertido de todo el internado. Incluso al­gunos de los vampiros que lo miraban por encima del hombro ter­minaban hablando con él alguna que otra vez—. ¿Los fantasmas, han... bueno... hecho alguna vez daño a alguien?
—No, que yo sepa. A mí, nuestro fantasma del desván siempre me ha caído bastante bien. De niño solía subir a leerle cuentos. Le enseñaba mis juguetes nuevos. No es más que un viejo espíritu atrapado entre dos mundos, ¿no? ¿De qué hay que tener miedo?
—¿De que te atraviese un carámbano de hielo?
—Nadie resultó herido en el Baile de Otoño. Imagino que el fantasma solo nos estaba asustando, divirtiéndose viéndonos co­rrer y chillar.
—Tal vez.
Podría haberme quedado más tranquila si no hubiera conocido la historia de Raquel.

Casi todas las noches, antes de acostarme, pensaba en Gastón  , algu­nas veces recordando el tiempo que habíamos pasado juntos, otras fantaseando o simplemente preguntándome dónde estaría y espe­rando que estuviera bien y feliz. La noche después de nuestro últi­mo examen trimestral fue diferente. Estaba agotada y deprimida porque aún faltaba un mes entero para nuestra próxima cita.
No, esa noche no quería pensar en Gastón. No quería pensar. Ce­rré los ojos con fuerza e intenté quedarme dormida lo antes posible.

La tormenta rugía fuera del internado y el viento azotaba las ramas de los árboles. Yo estaba delante de la ventana rota, procurando no pisar cristales rotos. Gotas de lluvia me salpicaban en la piel.
—¿No quieres quedarte? —dijo Paloma. Llevaba una vieja tea en la mano sacada de una película de terror. La llama anaranjada va­ciló próxima a su rostro, pero Paloma no se apartó. Era el único vam­piro que yo había visto que no temía el fuego—. Aquí hace calor y no llueve. Puede hacer incluso más calor.
—No puedo quedarme.
—¿No puedes? A lo mejor es que no quieres.
No sabía si Paloma tenía o no razón. Solo sabía que tenía que ale­jarme de ella y de Mandalay.
—¡Rocío! —Era la voz de Gastón. Me esforcé por determinar de dónde venía y descubrí que Gastón estaba fuera, bajo la lluvia—. ¡Rocío , no te mueva!.
—Lo siento, Rocío —Los oscuros ojos de muñeca de Paloma eran tan candorosos como los de un niño. Me acercó la tea y yo noté el calor quemándome la piel — Vero tiene que arder.
Salté por la ventana. Los cristales que aún seguían adheridos al marco me hicieron cortes en las piernas y los brazos antes de que me estampara contra la hierba mojada. Llovía tanto y tan fuerte que tuve la sensación de que me estaban apedreando. Vero eché a correr con todas mis fuerzas, notando la hierba congelada bajo los pies des­calzos. ¿Dónde estaba Gastón?
Entonces el seto cambió, espesándose y creciendo de un modo que reconocí, pero ¿cuándo? ¿Cuándo había visto ocurrir aquello? No lo supe hasta ver las extrañas flores rojas comenzando a ennegrecerse.
Mi sueño... esto es un sueño... no es solo un sueño...
—¿Gastón?

Me senté en la cama respirando con dificultad. Candela estaba apoyada en los codos, mirándome con cara de sueño. — ¿Has dicho algo?
—Estaba soñando. —Me costaba respirar—. Eso es todo. —¿Estás totalmente segura?
—Sí, te lo prometo. —Tardé otros dos segundos en reponerme lo bastante como para tranquilizarla—. Probablemente solo estoy preocupada por cómo me han ido los exámenes.
Candela me observó con los ojos abiertos de par en par, recor­dando viejos terrores nocturnos suyos. Volví a intentarlo.
—No tiene nada que ver con ningún fantasma. De veras. —¿Cómo puedes saberlo con absoluta seguridad? —Tú lo sabías, ¿no?
—Supongo que sí. —Candela se levantó de la cama y se acercó hasta la mía, sus pies descalzos sin apenas hacer ruido al pisar el rí­gido suelo de madera. Me apartó de la cara unos cuantos mecho­nes de pelo empapados de sudor—. ¿Quieres que te traiga un poco de agua?
—Eso me vendría bien, la verdad. Gracias.
En cuanto estuve sola, volví a pensar en el sueño y en las flores que ya había visto, las flores con las que había soñado la noche an­tes de conocer a Gastón. Había pensado que fue una coincidencia cuando encontramos el broche esculpido con la misma forma de aquellas extrañas flores.
O eso había creído siempre. Pero, por primera vez, me pre­gunté si mis sueños no significarían algo más.

Durante las vacaciones de Navidad, Mandalay estuvo más vacío que el año anterior, cuando se habían quedado algunos vampiros que carecían de hogar al que regresar. Este año casi todos habían huido del internado embrujado y me pregunté cuántos de ellos re­gresarían.
También fue un invierno desagradable, sin nieve: solo cielos grises, aguanieve y hielo que hizo intransitables las carreteras la mayoría de los días. Las frecuentes salidas de Victorio para ir en busca de su hermana tuvieron que interrumpirse momentánea­mente. Yo me daba cuenta de que lamentaba no haber salido más a menudo de Mandalay mientras aún era posible, de manera que hacía cuanto podía para animarlo. La víspera de Navidad, estuvi­mos pasando el rato en el aula de Tecnología Moderna mientras in­tentaba echarle una mano con el trabajo de enero.
—Tienes que hacerlo más deprisa —dije.
—Se tarda tiempo en interpretar el significado de las flechas —protestó Victorio desde la plataforma de baile, haciendo rígi­damente los pasos del nivel para principiantes de un juego de ví­deo que enseñaba a bailar.
—Tienes que interiorizarlo para que tu cuerpo sepa qué hacer en cuanto veas la flecha. No tendrías ni que pensarlo. —Yo esta­ba sentada en el suelo con las piernas cruzadas junto a la platafor­ma de baile, mirándolo consternada—. Tú bailas bien, Victorio. ¿Cómo se te puede dar tan mal esto?
—Esto no es bailar. Hoy día... basta con retorcerse espasmódicamente.
—Pues más te vale acostumbrarte, porque este juego no tiene el fox-trot.
Victorio me fulminó con la mirada, pero había humor en sus ojos. También me dejó jugar, y se tomó con calma mi victoria.
Después subimos al apartamento de mis padres, donde yo estaba pasando aquellos crudos días de invierno. Cuando mi madre abrió la puerta, nos recibió una acogedora fragancia a canela y manzana.
—Ya era hora. —Dio un apretón en el hombro a Victorio y me besó en la mejilla—. Os estábamos esperando.
—Vaya árbol. —Victorio sonrió al ver el abeto de más de dos metros que mis padres habían colocado en un rincón. Salpicado de oropeles y decorado con los torpes adornos navideños que había ido confeccionando con el paso de los años, el árbol tenía un as­pecto apropiadamente festivo, pero a mí no me pareció distinto al de cualquier otra Navidad. Victorio estaba más impresionado—. Hace mucho que no abro regalos junto a un árbol.
—¿Desde que estabas vivo? —pregunté.
—En aquella época no teníamos árboles de Navidad —dijo mientras mi madre le ayudaba a quitarse la chaqueta—. Esa fue una tradición alemana que no se difundió por todo el mundo has­ta... oh, doscientos años después de que yo muriera. Pero es una buena costumbre. Creo que durará mucho tiempo.
—Yo también. —Mi padre se había asomado a la puerta de la cocina y el delantal que llevaba atado a la cintura estaba promete-doramente manchado de chocolate—. Pero me tranquiliza que la gente ya no lo decore con velas.
—¿Con velas de verdad? ¿Con fuego? —No me lo podía creer.
Mi madre fingió que se estremecía.
—Fuego de verdad, cerca de árboles de verdad que se estaban extinguiendo rápidamente. No te creerías lo peligrosa que era an­tes la Navidad.
Fue una velada acogedora. El chocolate del delantal de mi pa­dre resultó ser el baño de un pastel que había hecho para mí. Be­bimos sidra en jarras y sangre en vasos, un ritual navideño. Por pri­mera vez en mi vida, la yuxtaposición se me antojó extraña, pero, con mis padres y Victorio pasándoselo tan bien, no le di muchas vueltas. En el tocadiscos de mi padre sonaban villancicos, con ese chasquido peculiarmente agradable que solo hacen los discos de vinilo. Durante un rato me olvidé de mi melancolía.
Más tarde Victorio se arrodilló para inspeccionar los paquetes que había bajo el árbol. Me había prometido que traería mi regalo al día siguiente. Yo le había comprado un jersey, un regalo no muy inspirado, lo sé, pero él necesitaba modernizar su vestuario y, ade­más, el cálido color marrón de la lana me había recordado a él de un modo que era difícil definir. No obstante, cuando Victorio cogió el primer regalo que llevaba su nombre, fruncí el entrecejo: no era el mío.
—Un momento —dijo—. Hay unos cuantos para mí. Varios. Rocío, no te habrás gastado todo este dinero, ¿no? —Yo negué con la cabeza.
—Nos confesamos culpables —dijo mi padre, rodeando mi sonriente madre con el brazo—. Ya eres casi de la familia, Victorio. Queríamos que te sintieras igual de incluido que el resto de nosotros.
—Gracias. —Victorio parecía profundamente conmovido, no porque fuera a abrir un montón de regalos el día de Navidad, sino porque mis padres lo hubieran acogido de aquella forma. Viendo lo mucho que significaba para él, quizá yo debería haber sentido lo mismo, pero no lo hice.
En cambio, volví a pensar en que a mis padres Victorio les gustaba demasiado. Aunque era una bellísima persona, no reac­cionaban así por eso. En absoluto. Victorio les gustaba porque era mi novio vampiro, es decir, la persona que iba a convertir a su hija en el vampiro perfecto que ellos siempre habían querido que fuera.
Yo siempre había querido satisfacerlos. Pero ver cuánto lo de­seaban —la desesperación que se atisbaba en sus sonrisas— me hizo preguntarme qué era lo que tanto temían.
Después, cuando empezó a oscurecer, mis padres no solo me permitieron llevarme a Victorio a mi dormitorio, sino que además mi madre incluso cerró la puerta al salir, algo que ninguno de los dos había hecho en las dos ocasiones en que habían dejado entrar a Gastón.
—Los tienes en el bote —dije—. Tú también lo notas, ¿no?
—No estarían tan entusiasmados si supieran dónde te llevo y por qué. No los desilusionemos todavía. —Victorio fue hasta la ventana y miró la gárgola. Tenía carámbanos en las alas—. Parece helada de frío.
—Debería tejerle una bufanda o algo así. —Me senté en el banquito que había delante de la ventana y toqué el frío cristal con las yemas de los dedos.
—Hasta las criaturas de piedra te dan lástima. —Victorio se sentó a mi lado, pasándome un brazo por la espalda y pegando su pierna a la mía.
Lo miré con inseguridad.
—Si tus padres entran... —dijo él.
—Lo sé. Deberíamos parecer... cómodos.
—Exacto. —Victorio me observó mientras vacilaba con una sonrisa cómplice en los labios—. Te parece que me estoy aprove­chando de la situación.
—No es eso. Sé que no lo harías.
—Te equivocas. Lo haría. —Se acercó más a mí hasta que nues­tros rostros casi se tocaron—. Estás más enamorada de Gastón Dalmau que nunca, y yo no puedo hacer nada para cambiarlo. Eso no sig­nifica que no disfrute estando tan cerca de ti.
Yo no podía concentrarme. Por alguna razón, no podía despe­gar los ojos de su boca. Tenía la mandíbula cuadrada y una suave barba incipiente.
—Solo me parece arriesgado, supongo.
—El único que se arriesga aquí soy yo, si me encariño demasia­do contigo. Para ti no es arriesgado, siempre y cuando no te con­fundas.
—No me confundo.
—Por supuesto que no. —Una sonrisita asomó a sus labios.
Me levanté del banquito. Me noté las rodillas flojas. Victorio se quedó donde estaba, con la sonrisa en los labios.
—Veo que... hum... estás de buen humor últimamente —farfu­llé—. Haces bromas, no en plan graciosillo ni nada, pero pareces animado.
—Sí, estoy bien.
Me senté en el borde de la cama, a más de un metro de él. En­tonces pude concentrarme.
—Lo pasaste mal después de Riverton —dije—. ¿Has hecho más progresos de los que me has contado?
—No. Cuando encuentre a Paloma, te lo diré de inmediato. Cuanto antes terminemos con la Cruz Negra, mejor. —Se recostó en el marco de la ventana. La gárgola era visible como una sombra detrás de él, como un diablo posado en su hombro —. Pero estoy aprendiendo a aceptar que no va a pasar de la noche a la mañana. Llevo treinta y cinco años sin ella; podré aguantarlo durante otro par de meses.
—Lo dices como si fueras tú quien la necesitara y no al revés.
Victorio pensó un momento en aquello.
—Supongo que siempre necesito tener alguien a quien cuidar.
La conversación estaba tomando un derrotero peligroso. Zan­jé rápidamente el tema planteándole algo que llevaba tiempo con­siderando si comentarle o no.
—Si te cuento una confidencia que me han hecho, algo muy personal, muy íntimo, porque creo sinceramente que puedes saber algo útil, ¿me prometes que guardarás el secreto? ¿Y que nunca di­rás que lo sabes?
—Por supuesto. —Suspiró profundamente—. ¿Es sobre Gastón?
—No. Es sobre Candela. —Allí, en Nochebuena, susurrando para que mis padres no oyeran ni una palabra, le conté lo que Candela me había explicado sobre el fantasma que llevaba tanto tiem­po aterrorizándola.
Él no se asombró tanto como yo.
—¿Cómo creías que eran los fantasmas, Rocío? ¿Dulces y sim­páticos, como Casper y sus amigos? —Frunció el entrecejo—. ¿Aún hacen esos dibujos animados?
—Hicieron una película —dije distraídamente—. Pero no es eso... es decir, ese fantasma no se limita a volver las cosas azules o hacer hielo. Es un... bueno, es un violador.
—Hasta la mitología humana está familiarizada con los íncubos, Rocío. Algunas fantasmas atacan sexualmente a hombres mientras duermen; se llaman súcubos. Los fantasmas no tienen cuerpo, de manera que idean mil formas de violar los cuerpos de otros. Pose­sión, acoso sexual, visitaciones, todo responde a lo mismo.
Me estremecí.
—Es aterrador. Hay tantos fantasmas en el mundo... Tiene que haberlos a millones, Victorio. Si son capaces de eso...
—Espera un segundo. No hay millones de fantasmas. Son bastan­te poco frecuentes. Menos frecuentes que los vampiros, eso seguro.
—No es posible. Casi todos los alumnos humanos de Mandalay se han criado en casas embrujadas.
—¿Qué? No lo dices en serio.
—Nicolás lo ha averiguado. Hay fantasmas en casi todos sus hoga­res. Para que eso sea cierto, tendría que haber cientos de miles de casas encantadas... —Me interrumpí al darme cuenta de que aque­lla no era la única posibilidad.
O había montones de casas embrujadas en el mundo, con lo que cualquier grupo de personas de mi edad podría haberse cria­do en ellas, o solo era una coincidencia que muchas de ellas hubie­ran terminado en el internado, o esa era la respuesta que Gastón   y yo estábamos buscando. Sí, esa era la razón de que la señora Bethany admitiera alumnos humanos en la Academia Mandalay. No podía venir cualquier alumno humano; solo los que estuvieran vinculados a fantasmas franqueaban sus puertas.
—La señora Bethany está buscando fantasmas —susurré.
-¿Qué?
Me expliqué lo mejor que supe, trabándome de la emoción.
—Tiene que ser eso. Una vez que los alumnos vienen al inter­nado, ella mantiene vínculos con las casas y las familias durante años. De ese modo, si necesitara entrar en alguna de esas casas po­dría hacerlo.
—Estoy de acuerdo en que esto no puede ser casualidad —dijo Victorio sonriendo despacio—. Esto no es una coincidencia. Pero
¿por qué iba a buscar fantasmas la señora Bethany? Ellos nos odian; nosotros los odiamos a ellos. Normalmente se mantienen a distancia, y nosotros les devolvemos el favor.
—Últimamente, no. Algo ha cambiado. Esa vieja tregua se ha roto. —Me estremecí y pegué las rodillas al pecho, abrazándome­las al pie de la cama—. Vienen a por nosotros. Los fantasmas se han fijado como objetivo este internado o a los vampiros en gene­ral. La señora Bethany debía de saber que iba a pasar esto. Por eso ha permitido que vengan humanos, para... para localizar a los fan­tasmas o acceder a ellos, quizá.
Victorio repiqueteó con los dedos en el alféizar de la ventana. —Has dado con algo. Piénsalo, Rocío. Durante siglos, ni un solo fantasma se atreve a entrar en Mandalay y, luego, ¿se apare­cen a montones en cuanto empiezan a venir alumnos humanos?
—¿A montones? —Pensé en la chica que había visto hacía unos meses, después en el hombre de escarcha que se me había apareci­do en la torre norte y, por último, en lo que fuera que hubiera in­terrumpido el Baile de Otoño: no parecía tener ninguna forma fí­sica—. Sí, han sido más de uno. Pero no ha sido inmediato. Han tardado un año en empezar a aparecerse.
—Dado que los incidentes han comenzado siendo poco llama­tivos, es posible que estén aquí desde el año pasado sin que nos ha­yamos enterado.
Por fin había hecho un avance importante. Por fin lo com­prendía. Los fantasmas habían venido a Mandalay y lo que ha­bíamos visto hasta ahora solo era el principio.
—Oh, cariño, me encanta. —Mi madre se puso su nueva pul­sera y besó a mi padre en la mejilla. Teniendo en cuenta que mi pa­dre llevaba más de trescientos años haciéndole regalos, me pareció todo un mérito que aún fuera capaz de encontrar cosas que le com­placieran. O quizá fuera ese el secreto de su larga relación de pa­reja, el hecho de que siguiera complaciéndoles prácticamente cual­quier regalo, detalle o palabra.
Mi padre me despeinó.
—Guardaremos el resto de tus regalos para que los desenvuel­vas cuando venga Balthazar, pero abre solo este, ¿vale?
Yo cogí obedientemente una bolsa en la que había un colgante con forma de lágrima unido a una cadena antigua de cobre viejo.
—Es bonito —dije sopesándolo—. ¿Qué es?
—Obsidiana —dijo mi madre—. Póntelo, a ver cómo te queda.
Me sonrieron satisfechos cuando me lo puse en el cuello. Me extrañó que hubieran elegido la obsidiana, pero el brillo de la pie­dra negra era precioso.
¿Cómo sería para Gastón el día de Navidad? No me podía ima­ginar ni a Kate ni a Eduardo explicándole cuentos sobre Papá Noel cuando era pequeño, ni que la Cruz Negra se quedara en el mismo sitio durante el tiempo suficiente para que él hubiera tenido alguna vez un árbol de Navidad. Lo imaginé como el niño que debió de ser, rubio y con los ojos grandes, deseando juguetes pero no te­niendo nunca ninguno. Y jamás se habría quejado. En aquel mo­mento, quizá estaba durmiendo en un camastro en algún otro sór­dido aparcamiento, sin regalos, ni dulces ni villancicos. La imagen me pareció desoladora y volví a recordar lo que él me había dicho en una ocasión sobre carecer de cualquier clase de vida normal.
Pensar en la solitaria mañana de Navidad de Gastón   me dejó va­cía por dentro.
Hasta nuestro lamentable desacuerdo en el observatorio, no me había dado cuenta de cuánto contaba con poder cambiar algún día el hecho de que Gastón   y yo estuviéramos en mundos distintos. El necesitaba romper sus ataduras con la Cruz Negra en algún mo­mento. Yo abrigaba la esperanza de que se uniera a mí como vam­piro, una posibilidad que él acababa de rechazar para siempre.
Si aquello no estaba en nuestro futuro, ¿cómo podría Gastón   ser alguna vez libre? ¿Y cómo podíamos nosotros estar alguna vez  juntos?

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