Nos
habíamos calmado, habíamos observado las estrellas y habíamos hablado, pero ya
nada había sido lo mismo. Las únicas palabras que oía eran las de Gastón resonándome en la memoria: «Jamás seré un
vampiro».
Ya me lo
había dicho antes, y yo le había creído. Pero esta vez comprendí el verdadero
significado de aquellas palabras. Sucediera lo que sucediese, por mucho que
nos quisiéramos, siempre habría una barrera entre nosotros. Yo había soportado nuestra separación de
aquel año porque creía que no sería permanente. ¿Cómo iba a serlo, si nos
queríamos tanto?
Pero
entonces me descubrí preguntándome si aquello era todo lo que podríamos tener:
encuentros furtivos y cartas entregadas a escondidas, unos cuantos momentos
robados de pasión entre incontables semanas de soledad.
Y un día
Gastón envejecería, incluso moriría, y me dejaría en
este mundo, eternamente sola.
Gastón paró
delante del cine justo cuando la gente estaba empezando a salir. Entre las
parejas mayores y unos cuantos adolescentes que se estaban riendo, una figura
destacaba del resto: Victorio, alto y taciturno, con su largo abrigo negro.
—Debería
irme. —Miré a Gastón —. ¿Cuándo y dónde nos vemos la próxima
vez?
—En
enero, creo. Hay un pueblo, Albion. Paloma va mucho allí. Al menos, eso dicen
nuestros informadores. Supongo que es donde Victorio estaría dispuesto a
llevarte.
—Lo
hará, seguro. ¿El segundo sábado de enero? ¿A las ocho de la tarde? —Él asintió—. ¿Dónde?
—En el
centro del pueblo. Créeme, es un pueblo pequeño. Es imposible que no nos
veamos. —Me puso una mano en la mejilla—.
Te quiero.
Asentí,
demasiado compungida para hablar.
Gastón me
atrajo hacia sí y me besó en la frente.
—Eh,
nada de llantos.
—No voy
a llorar. —Inspiré su olor. Ojalá pudiera tenerlo conmigo todo el tiempo, a
todas horas así de cerca—. El día de
Navidad por la mañana, estés donde estés, piensa en mí. Yo estaré pensando en ti. —Nos besamos
tiernamente antes de que yo abriera a regañadientes la puerta de la camioneta y
me bajara.
De
camino a casa, Victorio y yo no nos dijimos nada hasta que casi hubimos llegado
a la Academia Mandalay. No fue un silencio incómodo, exactamente; yo estaba
absorta en mis pensamientos y notaba que él también lo estaba. Por fin
aventuré:
—¿Has
sacado mucha información? De las notas de Gastón, quiero decir.
—Ni de
lejos la suficiente.
Pero sé que Paloma está volviendo a visitar las poblaciones
de esta zona, los lugares que recuerda. Lo hace a veces, pero eso nunca la alegra. Es como si
odiara esos sitios por haber cambiado mientras ella sigue igual.
—Entonces
puedes encontrarla —comenté. Me froté las manos, que todavía tenía frías—. Puedes deducir adonde irá a continuación.
Victorio
no despegó los ojos de la carretera mientras ponía la calefacción del coche.
—Puedo
intentarlo, pero no hay ninguna pauta. Con Paloma, no la ha habido nunca.
—Aun
así, es un punto de partida.
—Tú
siempre viendo el lado bueno. —La comisura de la boca se le torció en una
sonrisa involuntaria—. Tienes razón.
Es un punto de partida.
Cuando
hubimos aparcado al final del campus, abrí la puerta para salir, pero Victorio no
se movió al principio. Vacilé.
—Gracias
—le dije— por esta noche. Ha significado mucho para mí.
Victorio
alargó la mano hacia mi cara. No me tocó, pero tenía las yemas de los dedos
cerca de mis labios. —Tienes los labios hinchados.
—¿Qué?
—Ahora que lo mencionaba, me notaba la boca hinchada y dolorida. Me di cuenta
de que era por los enardecidos besos que nos habíamos dado Gastón y yo—. Oh... ¿Está demasiado...?
—Está
bien —dijo Victorio en tono alegre. Tenía la mirada triste—. Cualquiera que se dé cuenta supondrá
que me has estado besando a mí.
Afortunadamente,
no tuve mucho tiempo para ponerme melancólica por la separación entre Gastón y
yo. La semana de los exámenes trimestrales estaba cerca y había que entregar
trabajos y estudiar. En cierto modo, enfrascarme en los estudios fue un consuelo.
Mi humor
taciturno persistió, por muchas redacciones que escribiera para la señora Bethany o
muchas prácticas de exámenes de cálculo que hiciera. No obstante, nadie se dio
cuenta, porque todo el internado seguía con los nervios de punta. Aunque habían
reparado la ventana del gran vestíbulo, colocando una vez más cristales
transparentes en vez de vidrieras, este seguía desierto, incluso en los días
lluviosos, cuando la única alternativa era encerrarse en la habitación. Comenzaron
a correr rumores cada día más absurdos.
—He oído
que el fantasma del internado forma parte de una maldición vudú —proclamó Eugenia
un día desde la ducha. Yo me estaba lavando el pelo dos duchas más
allá—. El vudú es una práctica
totalmente real y algún pringado del año pasado que ya no ha vuelto decidió
maldecir este sitio amargándonos la mejor fiesta del año a toda la gente guay.
Me
habría gustado decirle lo estúpida que estaba siendo, pero tampoco tenía una
explicación mejor.
Cuando
empezó la semana de los exámenes trimestrales, advertí un elemento curioso en
las reacciones que el fantasma provocaba en el internado, algo que no habría
imaginado: los vampiros eran los que más miedo le tenían. Los alumnos humanos
también estaban nerviosos, pero, en su mayoría, parecían tomárselo con bastante
calma.
Aquello
no me pareció lógico. De acuerdo que era más probable que los vampiros
supieran que los fantasmas existían y apreciaran el posible peligro. Pero yo
no había oído a ningún alumno humano mofándose de la idea de que los fantasmas
existían; aunque, después de lo sucedido en el Baile de Otoño, nadie podía dudar
de que estuviera ocurriendo algo sobrenatural.
—¿No es
un poco raro —aventuré un día mientras Nicolás y yo estudiábamos juntos en la
biblioteca— que no haya más gente muerta de miedo?
—¿Por
los exámenes? Créeme, yo lo estoy.
—No, por
los exámenes no. Por... esa cosa. Ya
sabes.
—¿El
fantasma? —Nicolás ni siquiera alzó la vista del libro de anatomía.
—Sí, el
fantasma. Te tomas con mucha
tranquilidad esto de vivir en una casa embrujada.
—Yo siempre
he vivido en una casa embrujada. —Nicolás se encogió de hombros—. Superé el cangueli hace mucho tiempo.
—Un
momento, ¿qué? —Jamás se me habría ocurrido que precisamente Nicolás pudiera
saber más de fantasmas que cualquier vampiro de Mandalay — ¿Tu casa está embrujada?
—Sí, en
un punto del desván donde te mueres de frío. Actividad espectral clásica:
descenso de la temperatura, sonidos raros y la sensación de que alguien te está
observando aunque no haya nadie. En mi familia, siempre lo hemos sabido todos.
Mis amigos se quedaban a dormir en casa todas las noches de Halloween y esa
fiesta era, modestia aparte, la más sonada del año. Todos los años. —Mientras
lo miraba boquiabierta, Nicolás comenzó a reírse—. Aquí hay muchas personas que han visto lo mismo. — ¿El
fantasma de tu casa?
—Los
fantasmas de sus casas. O de sus escuelas o... ¿sabes esa chica nueva,
Clementine? Jura que su abuela tenía un coche embrujado. Como en Christine de
Stephen King, ¿sabes? Me encantaría probar a conducir esa cosa.
—¿Cómo
te has enterado de todo esto?
Nicolás suspiró.
—¿Sabes?,
mientras tú te dedicas a hacértelo con Victorio, y Candela se queda encerrada
con sus proyectos artísticos, y Julián está otra vez estudiando sus viejos
mitos nórdicos, yo hago otra cosa. Un disparate. Una excentricidad. Yo lo llamo, «hablar con otras personas».
Mediante ese milagroso proceso, a veces puedo enterarme de cosas sobre otros
dos o tres seres humanos en un solo día. Los científicos se han propuesto
estudiar mi método.
—Cállate.
—Le di juguetonamente un empujón y él se volvió a reír, pero en mi fuero
interno estaba intentando asimilar todo aquello. Claro que Nicolás sabía más
que nadie de los alumnos humanos; era el chico más extravertido de todo el
internado. Incluso algunos de los vampiros que lo miraban por encima del
hombro terminaban hablando con él alguna que otra vez—. ¿Los fantasmas, han... bueno... hecho alguna vez daño a
alguien?
—No, que
yo sepa. A mí, nuestro fantasma del desván siempre me ha caído bastante bien.
De niño solía subir a leerle cuentos. Le enseñaba mis juguetes nuevos. No es
más que un viejo espíritu atrapado entre dos mundos, ¿no? ¿De qué hay que tener
miedo?
—¿De que
te atraviese un carámbano de hielo?
—Nadie
resultó herido en el Baile de Otoño. Imagino que el fantasma solo nos estaba
asustando, divirtiéndose viéndonos correr y chillar.
—Tal
vez.
Podría
haberme quedado más tranquila si no hubiera conocido la historia de Raquel.
Casi
todas las noches, antes de acostarme, pensaba en Gastón , algunas veces recordando el tiempo que
habíamos pasado juntos, otras fantaseando o simplemente preguntándome dónde
estaría y esperando que estuviera bien y feliz. La noche después de nuestro último
examen trimestral fue diferente. Estaba agotada y deprimida porque aún faltaba
un mes entero para nuestra próxima cita.
No, esa
noche no quería pensar en Gastón. No quería pensar. Cerré los ojos con fuerza
e intenté quedarme dormida lo antes posible.
La
tormenta rugía fuera del internado y el viento azotaba las ramas de los
árboles. Yo estaba delante de la ventana rota, procurando no pisar cristales
rotos. Gotas de lluvia me salpicaban en la piel.
—¿No
quieres quedarte? —dijo Paloma. Llevaba una vieja tea en la mano sacada de una
película de terror. La llama anaranjada vaciló próxima a su rostro, pero Paloma
no se apartó. Era el único vampiro que yo había visto que no temía el fuego—. Aquí hace calor y no llueve. Puede
hacer incluso más calor.
—No
puedo quedarme.
—¿No
puedes? A lo mejor es que no quieres.
No sabía
si Paloma tenía o no razón. Solo sabía que tenía que alejarme de ella y de Mandalay.
—¡Rocío!
—Era la voz de Gastón. Me esforcé por determinar de dónde venía y descubrí que Gastón
estaba fuera, bajo la lluvia—. ¡Rocío , no te mueva!.
—Lo
siento, Rocío —Los oscuros ojos de muñeca de Paloma eran tan candorosos como
los de un niño. Me acercó la tea y yo noté el calor quemándome la piel — Vero
tiene que arder.
Salté
por la ventana. Los
cristales que aún seguían adheridos al marco me hicieron cortes en las piernas
y los brazos antes de que me estampara contra la hierba mojada. Llovía tanto y
tan fuerte que tuve la sensación de que me estaban apedreando. Vero eché a
correr con todas mis fuerzas, notando la hierba congelada bajo los pies descalzos.
¿Dónde estaba Gastón?
Entonces
el seto cambió, espesándose y creciendo de un modo que reconocí, pero ¿cuándo?
¿Cuándo había visto ocurrir aquello? No lo supe hasta ver las extrañas flores
rojas comenzando a ennegrecerse.
Mi
sueño... esto es un sueño... no es solo un sueño...
—¿Gastón?
Me senté
en la cama respirando con dificultad. Candela estaba apoyada en los codos,
mirándome con cara de sueño. — ¿Has dicho algo?
—Estaba
soñando. —Me costaba respirar—. Eso
es todo. —¿Estás totalmente segura?
—Sí, te
lo prometo. —Tardé otros dos segundos en reponerme lo bastante como para
tranquilizarla—. Probablemente solo
estoy preocupada por cómo me han ido los exámenes.
Candela me
observó con los ojos abiertos de par en par, recordando viejos terrores
nocturnos suyos. Volví a intentarlo.
—No
tiene nada que ver con ningún fantasma. De veras. —¿Cómo puedes saberlo con
absoluta seguridad? —Tú lo sabías, ¿no?
—Supongo
que sí. —Candela se levantó de la cama y se acercó hasta la mía, sus pies
descalzos sin apenas hacer ruido al pisar el rígido suelo de madera. Me apartó
de la cara unos cuantos mechones de pelo empapados de sudor—. ¿Quieres que te traiga un poco de agua?
—Eso me
vendría bien, la
verdad. Gracias.
En
cuanto estuve sola, volví a pensar en el sueño y en las flores que ya había
visto, las flores con las que había soñado la noche antes de conocer a Gastón.
Había pensado que fue una coincidencia cuando encontramos el broche esculpido
con la misma forma de aquellas extrañas flores.
O eso
había creído siempre. Pero, por primera vez, me pregunté si mis sueños no
significarían algo más.
Durante
las vacaciones de Navidad, Mandalay estuvo más vacío que el año anterior, cuando se habían quedado
algunos vampiros que carecían de hogar al que regresar. Este año casi todos
habían huido del internado embrujado y me pregunté cuántos de ellos regresarían.
También
fue un invierno desagradable, sin nieve: solo cielos grises, aguanieve y hielo
que hizo intransitables las carreteras la mayoría de los días. Las frecuentes
salidas de Victorio para ir en busca de su hermana tuvieron que interrumpirse
momentáneamente. Yo me daba cuenta
de que lamentaba no haber salido más a menudo de Mandalay mientras aún era
posible, de manera que hacía cuanto podía para animarlo. La víspera de Navidad,
estuvimos pasando el rato en el aula de Tecnología Moderna mientras intentaba
echarle una mano con el trabajo de enero.
—Tienes
que hacerlo más deprisa —dije.
—Se
tarda tiempo en interpretar el significado de las flechas —protestó Victorio desde
la plataforma de baile, haciendo rígidamente los pasos del nivel para
principiantes de un juego de vídeo que enseñaba a bailar.
—Tienes
que interiorizarlo para que tu cuerpo sepa qué hacer en cuanto veas la flecha. No tendrías ni
que pensarlo. —Yo estaba sentada en
el suelo con las piernas cruzadas junto a la plataforma de baile, mirándolo
consternada—. Tú bailas bien,
Victorio. ¿Cómo se te puede dar tan mal esto?
—Esto no
es bailar. Hoy día... basta con retorcerse espasmódicamente.
—Pues
más te vale acostumbrarte, porque este juego no tiene el fox-trot.
Victorio
me fulminó con la mirada, pero había humor en sus ojos. También me dejó jugar,
y se tomó con calma mi victoria.
Después
subimos al apartamento de mis
padres, donde yo estaba pasando aquellos crudos días de invierno. Cuando mi
madre abrió la puerta, nos recibió una acogedora fragancia a canela y manzana.
—Ya era
hora. —Dio un apretón en el hombro a Victorio y me besó en la mejilla—. Os estábamos esperando.
—Vaya
árbol. —Victorio sonrió al ver el
abeto de más de dos metros que mis padres habían colocado en un rincón.
Salpicado de oropeles y decorado con los torpes adornos navideños que había ido
confeccionando con el paso de los años, el árbol tenía un aspecto
apropiadamente festivo, pero a mí no me pareció distinto al de cualquier otra
Navidad. Victorio estaba más impresionado—.
Hace mucho que no abro regalos junto a un
árbol.
—¿Desde
que estabas vivo? —pregunté.
—En
aquella época no teníamos árboles de Navidad —dijo mientras mi madre le ayudaba
a quitarse la chaqueta—. Esa fue una tradición alemana que no se difundió por
todo el mundo hasta... oh, doscientos años después de que yo muriera. Pero es
una buena costumbre. Creo que durará mucho tiempo.
—Yo
también. —Mi padre se había asomado a la puerta de la cocina y el delantal que
llevaba atado a la cintura estaba promete-doramente manchado de chocolate—. Pero me tranquiliza que la gente ya no
lo decore con velas.
—¿Con
velas de verdad? ¿Con fuego? —No me lo podía creer.
Mi madre
fingió que se estremecía.
—Fuego
de verdad, cerca de árboles de verdad que se estaban extinguiendo rápidamente.
No te creerías lo peligrosa que era antes la Navidad.
Fue una
velada acogedora. El chocolate del delantal de mi padre resultó ser el baño de
un pastel que había hecho para mí. Bebimos sidra en jarras y sangre en vasos,
un ritual navideño. Por primera vez en mi vida, la yuxtaposición se me antojó
extraña, pero, con mis padres y Victorio pasándoselo tan bien, no le di muchas
vueltas. En el tocadiscos de mi
padre sonaban villancicos, con ese chasquido peculiarmente agradable que solo
hacen los discos de vinilo. Durante un rato me olvidé de mi melancolía.
Más
tarde Victorio se arrodilló para inspeccionar los paquetes que había bajo el
árbol. Me había prometido que traería mi regalo al día siguiente. Yo le había comprado un jersey, un regalo
no muy inspirado, lo sé, pero él necesitaba modernizar su vestuario y, además, el cálido color marrón de la
lana me había recordado a él de un modo que era difícil definir. No obstante,
cuando Victorio cogió el primer regalo que llevaba su nombre, fruncí el
entrecejo: no era el mío.
—Un
momento —dijo—. Hay unos cuantos
para mí. Varios. Rocío, no te habrás gastado todo este dinero, ¿no? —Yo negué con la cabeza.
—Nos
confesamos culpables —dijo mi padre, rodeando mi sonriente madre con el brazo—.
Ya eres casi de la familia, Victorio.
Queríamos que te sintieras igual de incluido que el resto de nosotros.
—Gracias.
—Victorio parecía profundamente conmovido, no porque fuera a abrir un montón de
regalos el día de Navidad, sino porque mis padres lo hubieran acogido de
aquella forma. Viendo lo mucho que significaba para él, quizá yo debería haber
sentido lo mismo, pero no lo hice.
En
cambio, volví a pensar en que a mis padres Victorio les gustaba demasiado.
Aunque era una bellísima persona, no reaccionaban así por eso. En absoluto. Victorio
les gustaba porque era mi novio vampiro, es decir, la persona que iba a
convertir a su hija en el vampiro perfecto que ellos siempre habían querido que
fuera.
Yo siempre
había querido satisfacerlos. Pero ver cuánto lo deseaban —la desesperación que
se atisbaba en sus sonrisas— me hizo preguntarme qué era lo que tanto temían.
Después,
cuando empezó a oscurecer, mis padres no solo me permitieron llevarme a Victorio
a mi dormitorio, sino que además mi madre incluso cerró la puerta al salir,
algo que ninguno de los dos había hecho en las dos ocasiones en que habían
dejado entrar a Gastón.
—Los
tienes en el bote —dije—. Tú también
lo notas, ¿no?
—No
estarían tan entusiasmados si supieran dónde te llevo y por qué. No los
desilusionemos todavía. —Victorio fue hasta la ventana y miró la gárgola. Tenía
carámbanos en las alas—. Parece
helada de frío.
—Debería
tejerle una bufanda o algo así. —Me
senté en el banquito que había delante de la ventana y toqué el frío cristal
con las yemas de los dedos.
—Hasta
las criaturas de piedra te dan lástima. —Victorio se sentó a mi lado, pasándome
un brazo por la espalda y pegando su pierna a la mía.
Lo miré
con inseguridad.
—Si tus
padres entran... —dijo él.
—Lo sé.
Deberíamos parecer... cómodos.
—Exacto.
—Victorio me observó mientras vacilaba con una sonrisa cómplice en los labios—. Te
parece que me estoy aprovechando de la situación.
—No es
eso. Sé que no lo harías.
—Te
equivocas. Lo haría. —Se acercó más a mí hasta que nuestros rostros casi se
tocaron—. Estás más enamorada de Gastón
Dalmau que nunca, y yo no puedo
hacer nada para cambiarlo. Eso no significa que no disfrute estando tan cerca
de ti.
Yo no
podía concentrarme. Por alguna razón, no podía despegar los ojos de su boca.
Tenía la mandíbula cuadrada y una suave barba incipiente.
—Solo me
parece arriesgado, supongo.
—El
único que se arriesga aquí soy yo, si me encariño demasiado contigo. Para ti
no es arriesgado, siempre y cuando no te confundas.
—No me
confundo.
—Por
supuesto que no. —Una sonrisita asomó a sus labios.
Me
levanté del banquito. Me noté las rodillas flojas. Victorio se quedó donde
estaba, con la sonrisa en los labios.
—Veo que...
hum... estás de buen humor últimamente —farfullé—. Haces bromas, no en plan graciosillo ni nada, pero pareces
animado.
—Sí,
estoy bien.
Me senté
en el borde de la cama, a más de un metro de él. Entonces pude concentrarme.
—Lo
pasaste mal después de Riverton —dije—.
¿Has hecho más progresos de los que me has contado?
—No.
Cuando encuentre a Paloma, te lo diré de inmediato. Cuanto antes terminemos con
la Cruz Negra,
mejor. —Se recostó en el marco de la ventana. La gárgola era visible como una sombra
detrás de él, como un diablo posado en su hombro —. Pero estoy aprendiendo a aceptar que no va a pasar de la
noche a la mañana. Llevo
treinta y cinco años sin ella; podré aguantarlo durante otro par de meses.
—Lo
dices como si fueras tú quien la necesitara y no al revés.
Victorio
pensó un momento en aquello.
—Supongo
que siempre necesito tener alguien a quien cuidar.
La
conversación estaba tomando un derrotero peligroso. Zanjé rápidamente el tema
planteándole algo que llevaba tiempo considerando si comentarle o no.
—Si te
cuento una confidencia que me han hecho, algo muy personal, muy íntimo, porque
creo sinceramente que puedes saber algo útil, ¿me prometes que guardarás el
secreto? ¿Y que nunca dirás que lo sabes?
—Por
supuesto. —Suspiró profundamente—.
¿Es sobre Gastón?
—No. Es
sobre Candela. —Allí, en Nochebuena, susurrando para que mis padres no oyeran
ni una palabra, le conté lo que Candela me había explicado sobre el fantasma
que llevaba tanto tiempo aterrorizándola.
Él no se
asombró tanto como yo.
—¿Cómo
creías que eran los fantasmas, Rocío? ¿Dulces y simpáticos, como Casper y sus
amigos? —Frunció el entrecejo—. ¿Aún hacen esos dibujos animados?
—Hicieron
una película —dije distraídamente—.
Pero no es eso... es decir, ese fantasma no se limita a volver las cosas azules
o hacer hielo. Es un... bueno, es un violador.
—Hasta
la mitología humana está familiarizada con los íncubos, Rocío. Algunas fantasmas
atacan sexualmente a hombres mientras duermen; se llaman súcubos. Los fantasmas
no tienen cuerpo, de manera que idean mil formas de violar los cuerpos de
otros. Posesión, acoso sexual, visitaciones, todo responde a lo mismo.
Me
estremecí.
—Es aterrador.
Hay tantos fantasmas en el mundo... Tiene que haberlos a millones, Victorio. Si
son capaces de eso...
—Espera
un segundo. No hay millones de fantasmas. Son bastante poco frecuentes. Menos
frecuentes que los vampiros, eso seguro.
—No es
posible. Casi todos los alumnos humanos de Mandalay se han criado en casas
embrujadas.
—¿Qué?
No lo dices en serio.
—Nicolás
lo ha averiguado. Hay fantasmas en casi todos sus hogares. Para que eso sea
cierto, tendría que haber cientos de miles de casas encantadas... —Me
interrumpí al darme cuenta de que aquella no era la única posibilidad.
O había
montones de casas embrujadas en el mundo, con lo que cualquier grupo de
personas de mi edad podría haberse criado en ellas, o solo era una
coincidencia que muchas de ellas hubieran terminado en el internado, o esa era
la respuesta que Gastón y yo estábamos buscando. Sí, esa era la razón
de que la señora Bethany admitiera alumnos humanos en la Academia Mandalay. No
podía venir cualquier alumno humano; solo los que estuvieran vinculados a
fantasmas franqueaban sus puertas.
—La señora Bethany está
buscando fantasmas —susurré.
-¿Qué?
Me
expliqué lo mejor que supe, trabándome de la emoción.
—Tiene
que ser eso. Una vez que los alumnos vienen al internado, ella mantiene vínculos
con las casas y las familias durante años. De ese modo, si necesitara entrar en
alguna de esas casas podría hacerlo.
—Estoy
de acuerdo en que esto no puede ser casualidad —dijo Victorio sonriendo
despacio—. Esto no es una
coincidencia. Pero
¿por qué
iba a buscar fantasmas la
señora Bethany? Ellos nos odian; nosotros los odiamos a
ellos. Normalmente se mantienen a distancia, y nosotros les devolvemos el
favor.
—Últimamente,
no. Algo ha cambiado. Esa vieja tregua se ha roto. —Me estremecí y pegué las
rodillas al pecho, abrazándomelas al pie de la cama—. Vienen a por nosotros. Los fantasmas se han fijado como
objetivo este internado o a los vampiros en general. La señora Bethany
debía de saber que iba a pasar esto. Por eso ha permitido que vengan humanos,
para... para localizar a los fantasmas o acceder a ellos, quizá.
Victorio
repiqueteó con los dedos en el alféizar de la ventana. —Has dado con algo.
Piénsalo, Rocío. Durante siglos, ni un solo fantasma se atreve a entrar en Mandalay
y, luego, ¿se aparecen a montones en cuanto empiezan a venir alumnos humanos?
—¿A
montones? —Pensé en la chica que había visto hacía unos meses, después en el
hombre de escarcha que se me había aparecido en la torre norte y, por último,
en lo que fuera que hubiera interrumpido el Baile de Otoño: no parecía tener
ninguna forma física—. Sí, han sido
más de uno. Pero no ha sido inmediato. Han tardado un año en empezar a
aparecerse.
—Dado
que los incidentes han comenzado siendo poco llamativos, es posible que estén
aquí desde el año pasado sin que nos
hayamos enterado.
Por fin
había hecho un avance importante. Por fin lo comprendía. Los fantasmas habían
venido a Mandalay y lo que habíamos visto hasta ahora solo era el principio.
—Oh,
cariño, me encanta. —Mi madre se puso su nueva pulsera y besó a mi padre en la mejilla. Teniendo
en cuenta que mi padre llevaba más de trescientos años haciéndole regalos, me
pareció todo un mérito que aún fuera capaz de encontrar cosas que le complacieran.
O quizá fuera ese el secreto de su larga relación de pareja, el hecho de que
siguiera complaciéndoles prácticamente cualquier regalo, detalle o palabra.
Mi padre
me despeinó.
—Guardaremos
el resto de tus regalos para que los desenvuelvas cuando venga Balthazar, pero
abre solo este, ¿vale?
Yo cogí
obedientemente una bolsa en la que había un colgante con forma de lágrima unido
a una cadena antigua de cobre viejo.
—Es
bonito —dije sopesándolo—. ¿Qué es?
—Obsidiana
—dijo mi madre—. Póntelo, a ver cómo
te queda.
Me
sonrieron satisfechos cuando me lo puse en el cuello. Me extrañó que hubieran
elegido la obsidiana, pero el brillo de la piedra negra era precioso.
¿Cómo
sería para Gastón el día de Navidad? No me podía imaginar ni a Kate ni a
Eduardo explicándole cuentos sobre Papá Noel cuando era pequeño, ni que la Cruz Negra se quedara
en el mismo sitio durante el tiempo suficiente para que él hubiera tenido
alguna vez un árbol de Navidad. Lo imaginé como el niño que debió de ser, rubio y con los ojos grandes, deseando
juguetes pero no teniendo nunca ninguno. Y jamás se habría quejado. En aquel
momento, quizá estaba durmiendo en un camastro en algún otro sórdido
aparcamiento, sin regalos, ni dulces ni villancicos. La imagen me pareció
desoladora y volví a recordar lo que él me había dicho en una ocasión sobre
carecer de cualquier clase de vida normal.
Pensar
en la solitaria mañana de Navidad de Gastón
me dejó vacía por dentro.
Hasta
nuestro lamentable desacuerdo en el observatorio, no me había dado cuenta de
cuánto contaba con poder cambiar algún día el hecho de que Gastón y yo
estuviéramos en mundos distintos. El necesitaba romper sus ataduras con la Cruz Negra en algún momento.
Yo abrigaba la esperanza de que se
uniera a mí como vampiro, una posibilidad que él acababa de rechazar para
siempre.
Si
aquello no estaba en nuestro futuro, ¿cómo podría Gastón ser
alguna vez libre? ¿Y cómo podíamos nosotros estar alguna vez juntos?
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