Diría usted que los acontecimientos de anoche guardan alguna semejanza con los que
ya experimentó anteriormente?
Sentada
a su mesa, la señora
Bethany tomaba notas sin lanzar una sola mirada a lo que
estaba escribiendo. En vez de eso, no despegaba sus oscuros ojos de mí.
—Lo
que vi en los archivos me dio menos miedo — Comprendí la futilidad de mi comentario
cuando ella frunció el entrecejo — Hacía frío, y hubo una imagen en la
escarcha, la cara de un hombre, pero ninguna palabra. Y él me habló. Dijo:
«Basta».
—¿«Basta»?
— Mi padre estaba de pie a un lado de mi silla; al otro lado, tenía sentada a mi
madre. Me habían acompañado a la reunión y parecían más asustados por la
aparición del gran vestíbulo que yo, lo cual era muy revelador. Mi padre se
agarraba tan fuerte al brazo de mi silla que se le marcaban todas las venas de
la mano — ¿Qué significa «basta»?
—No
lo sé — dije — Sinceramente, no tengo ni idea.
La señora Bethany se llevó el bolígrafo a los labios en una actitud pensativa.
—Usted
no estaba haciendo nada raro ahí arriba. Solo esperaba al señor D’alessandro,
¿no?
Iba
a tener que decir parte de la verdad, de ello dependía la seguridad de otras
personas.
—Estuve
leyendo algunas cartas mientras esperaba.
—¿Cartas?
— La señora Bethany
entornó los ojos.
—Solo
para pasar el rato — ¿Sonaba convincente? Iba a tener que confiar en que lo
fuera — Y... Victorio y yo hemos vuelto a subir esta noche.
Por
suerte, nadie me preguntó por qué lo habíamos hecho. Supongo que les pareció
evidente; o eso, o no estaban pensando con claridad. Mis padres estaban más
nerviosos de lo que yo habría imaginado.
—¿Qué
cartas, cariño? — Mi madre me puso una mano en el hombro — Cuéntanos todos los
detalles. Todo lo que recuerdes. Podría ser importante.
—¡No
hay mucho que recordar! Solo, miré unas cartas. Ninguna me llamó la atención. No sé por
qué iban a enfadarse los fantasmas.
—La
cuestión es qué los ha provocado — comentó mi padre apretando los dientes.
Tenemos que averiguarlo, y cuanto antes mejor.
—Disculpa,
Adrián, pero esa no es la cuestión — La señora Bethany dejó
el bolígrafo sobre la mesa — La cuestión es cómo deshacernos de este fantasma.
Hay, como tú sabes, formas constructivas de abordar este problema.
Mi
madre me apretó el hombro, la mano temblándole. La miré con curiosidad, pero su
expresión era impenetrable.
Mi
padre no pareció haber oído lo que la señora Bethany acababa de decir.
—Los
fantasmas odian a los vampiros. Son hostiles y peligrosos. Los hechos de ayer
por la noche lo demuestran más allá de toda duda.
—No
te he discutido eso — dijo la señora Bethany — Solo me refería a que debemos
seguir centrados en nuestros objetivos en vez de preocuparnos excesivamente por
los fantasmas.
Las
palabras de mi padre me recordaron una pregunta que me hacía desde que hablé
por primera vez de fantasmas con Victorio.
—¿Por
qué odian los fantasmas a los vampiros?
Mis
padres se miraron, preguntándose claramente qué decir. La señora Bethany se
cruzó de brazos y fue ella quien respondió.
—Ninguno
de nosotros sabe exactamente de dónde proviene, sea vampiro, humano o fantasma.
Las versiones varían, y la ciencia tiene muy poco que decir a los que hemos
sobrevivido a nuestra vida mortal. Pero hay leyendas que llevan el sello de
autenticidad.
—¿Leyendas?
—Hubo
una época en que solo existieron los humanos —dijo la señora Bethany—.
Eso ocurrió hace muchísimo tiempo. Antes de que existiera la historia, antes
incluso de que el hombre desarrollara la conciencia. Por
consiguiente, también fue una época anterior a... la moralidad. Los
propósitos. Las emociones. El hombre vivía como un animal, tan unido a los
placeres de la carne como alejado estaba del conocimiento del alma. Lo que la
humanidad atribuye hoy a lo sobrenatural (la precognición, la telepatía y la interpretación
de los sueños, facultades que trascienden las de la carne), todo eso formaba
parte del mundo natural, tan simple y evidente como la gravedad. Pero el
hombre evolucionó. Desarrolló la conciencia. Y la conciencia trajo consigo la
facultad de pecar.
No
podía despegar los ojos de la señora Bethany. Jamás había oído hablar de nada
de aquello hasta ese momento y, a juzgar por el mudo interés de mis padres,
quizá tampoco ellos.
La señora Bethany continuó, por una vez su voz desprovista de frialdad o desdén.
—Llegó
el día en que el ser humano asesinó por primera vez con premeditación, a
propósito, sabiendo el significado de quitarle la vida a un semejante. Cuando
se asestó ese golpe, los lazos entre los mundos natural y sobrenatural se
rompieron. Aunque la vida de esa primera víctima se segó, su existencia no lo
hizo. La parte sobrenatural del primer hombre asesinado se dividió en dos:
cuerpo y espíritu. Los vampiros somos el cuerpo no muerto. Los fantasmas son el
espíritu no muerto. Nuestros poderes no son los mismos. Nuestras conciencias
son distintas. Y los vampiros estamos separados de ellos y de la humanidad
desde entonces.
La
cabeza me daba vueltas con tanta información nueva.
—No
puedo demostrarlo, pero muchos de nosotros lo creemos desde hace mucho tiempo —
dijo la señora Bethany — Yo misma me inclino a creerlo.
—¿Se
refiere a que, cada vez que se crea un vampiro, también se crea un fantasma?
—No.
Nuestro árbol genealógico se dividió con aquel primer asesinato. Los vampiros
somos capaces de crear más de los de nuestra especie. Los fantasmas tienen que
ser más creativos — Una extraña sonrisa le asomó a los labios — Pero también
pueden crearse fantasmas de forma espontánea. Determinadas clases de
asesinatos, sobre todo los que entrañan una traición o promesas rotas, tienden
a crear fantasmas. Es poco frecuente, pero puede suceder.
—Si
los vampiros y los fantasmas ya no tenemos ningún tipo de relación, ¿por qué
nos odian?
La señora Bethany me escrutó atentamente antes de decir:
—La
mayoría de los fantasmas ya no pueden mantener ninguna forma física. Debe de
irritarles muchísimo ser testigos del mundo sin poder participar en él. Así es
como reaccionaría usted, señorita Igarzabal, si se sintiera así de atrapada e
impotente y viera a otra criatura no muerta que aún puede sentir, actuar y
disfrutar de su tiempo en la
tierra. Piense en cuánto más cerca estamos de experimentar
la vida. ¿Lo ve más claro ahora?
—Sí,
supongo que sí.
—Si
presencia alguna otra cosa, naturalmente, infórmeme de inmediato. Adrián,
Celia, gracias por traérmela con tanta rapidez.
—¿Ya
está? — Mi madre negó con la cabeza — ¿No podemos hacer nada más para
proteger... para que los alumnos estén seguros?
—Los
alumnos deberían simplemente asegurarse de no pasar demasiado tiempo solos. —La señora Bethany
enarcó una ceja — Sobre todo en habitaciones aisladas lejos de los profesores
con la esperanza de que sus amantes lleguen enseguida.
—La
próxima vez iré con Victorio — prometí. La señora Bethany frunció el ceño, pero vi que a
mis padres les hacía gracia.
Salimos
de la cochera y nos pusimos a caminar hacia el internado. Era un día nublado,
exageradamente frío para ser otoño, y deseé haber traído un abrigo más grueso.
Mi padre me rodeó con el brazo.
—¿No
estás preocupada? — No. ¿Y vosotros?
—No
— dijo mi madre. Cuando vio mi expresión, suspiró — Está bien, sí, pero sin
motivo. Solo porque somos tus padres y te queremos.
—¿A
qué se refería la
señora Bethany con «formas constructivas» de deshacerse de
los fantasmas? — pregunté.
—Esperemos
que ese dichoso fantasma se haya ido ya — dijo mi padre, lo cual no fue
exactamente una respuesta. Antes de que pudiera preguntarles nada más, mi padre
sonrió y saludó — Mira a quién tenemos aquí.
Victorio
venía hacia nosotros por el jardín, con un abrigo largo y una bufanda de color
azul oscuro enrollada alrededor del cuello.
—¿Cómo
ha ido la inquisición?
—Tan
divertida como te puedes imaginar — dije.
—Bueno,
mientras este sitio siga embrujado, creo que podríamos probar a hacer algo un
poco distinto — Victorio hizo uso de su sonrisa más encantadora, que era para
morirse, la verdad — Con su permiso, claro, señores Igarzabal.
—¿A
qué te refieres? — preguntó mi madre.
—Si
les parece bien, esperaba poder sacar a Rocío del campus de vez en cuando. A
partir de este fin de semana, quizá. Podríamos ir a Riverton, o a donde sea, y
ella podría enseñarme algo sobre cómo se vive en el siglo XXI. Yo
podría contarle más cosas de los sitios en los que he estado — Victorio lo
planteó como si se le acabara de ocurrir, no como si lleváramos semanas
planeándolo — Sé que es demasiado joven para salir del campus con su novio,
pero, mientras ese fantasma ronde por aquí, yo me sentiría más seguro en otro
sitio. Seguro que Rocío también.
— Desde
luego que sí — dije.
Mis
padres no se olieron nada. De hecho, parecieron entusiasmados, demasiado, la
verdad. Sabía que Victorio les caía bien. ¿A quién no? Pero parecían demasiado
impacientes por emparejarnos. Aun así, mientras eso nos favoreciera, yo no iba
a protestar. Mi padre se dirigió primero a Victorio.
—La
traerás de vuelta a una hora decente.
—Por
supuesto.
—Y
nos mantendrás informados de lo que hacéis y de dónde estáis — dijo mi madre
levantando los talones del suelo.
—En
todo momento — prometió Victorio — También le pediré permiso a la señora Bethany.
—Yo
me ocupo de eso — dijo mi madre — Es más probable que diga que sí si se lo
pedimos nosotros.
—Esto
es una gran responsabilidad — me dijo mi padre — ¿Seguro que estás preparada?
Yo
solo estaba pensando en que pronto volvería a estar con Gastón.
—Estoy
preparadísima.
Ellos
sonrieron, tan contentos y confiados que me sentí mal por mentirles, pero sabía
lo que tenía que hacer, y no iba a echarme atrás.
En
el período inmediatamente posterior al Baile de Otoño, la gente estuvo
bastante histérica. Candela comenzó a hacer el equipaje para fugarse del
internado en tres ocasiones distintas y, en cada una, yo tardé más de media
hora en tranquilizarla. Nos pasamos una semana durmiendo con las luces
encendidas, y no fuimos las únicas. Se sumaron más profesores para hacer
guardia en los pasillos durante la
noche. En una ocasión incluso vi a la mismísima señora
Bethany caminando resueltamente por un pasillo con una vela en la mano, tan
alerta que casi parecía impaciente.
Nadie
se acercaba al gran vestíbulo para estudiar, pasar el rato o hacer cualquier
otra cosa. La lona alquitranada que cubría la ventana rota mientras no llegaban
los cristales nuevos no era la mejor solución, y dejaba entrar frías ráfagas
de aire invernal, pero esa no era la razón de que la gente se mantuviera
alejada de ella. Cuando llegó el fin de semana, yo estaba más que preparada
para pasar unas horas fuera del internado por otros motivos aparte de ver a Gastón,
aunque, por supuesto, él continuaba siendo la razón más importante de todas.
—¿Estoy
bien? — Me di varias veces la vuelta delante del espejo, intentando ignorar la
leve borrosidad de mi reflejo. Llevaba demasiado tiempo sin sangre; tendría
que beber un poco de camino a la ciudad.
—Por
enésima vez, estás estupenda — dijo Candela sin alzar la vista de su último
proyecto artístico. Se había refugiado en el arte para rehuir sus miedos — Victorio te ve todos los días, no puede
decirse que no sepa qué pinta tienes.
—Eso
ya lo sé — Me había vestido bastante informalmente por ese motivo, con vaqueros
y una afelpada chaqueta azul, pero, naturalmente, era a Gastón a quien iba a
ver.
Candela
dejó sus tijeras y revistas.
—Está
claro que la señora
Bethany hace favoritismos. Me alegro de que puedas pasar la
tarde fuera del internado, pero ojalá pudiéramos hacerlo todos.
—Sé
que no es justo, pero de momento no se lo voy a comentar. Además, sabes mejor
que nadie que yo no estoy en su lista de alumnos favoritos. Solo tengo suerte
de que Victorio sí lo esté.
—Victorio
está loco por ti, se ve a la legua.
Fingí
que me retocaba el maquillaje frente al espejo para que no pudiera percibir la
incertidumbre de mis ojos.
—Es
estupendo.
—Lo
principal es que estáis enamorados y sois felices — Era la afirmación más
romántica que le había oído decir nunca. Tanto era así que habría creído que
estaba bromeando de no ser por su tono de voz —
Lo demás no importa, ¿no?
Candela
se había acercado más a la verdad de lo que imaginaba.
—Así
es.
—Bien.
— Nos sonreímos y entonces Candela puso los ojos en blanco — No te creas que te voy a abrazar ni nada
de eso — ¡Gracias a Dios!
Me
arrojó una bola de papel que esquivé.
Victorio
había pedido prestado el sedán gris del internado para ir a Riverton.
Escuchamos música en la radio, yo intentando sintonizar mis cantantes
favoritos mientras Victorio insistía en que buscara una emisora donde pusieran
música carroza.
—Tienes
que ponerte al día — insistí — ¿No
es por eso por lo que estás en la Academia Mandalay?
—A
lo mejor estoy por la compañía — dijo con una sonrisa burlona.
El
buen humor nos acompañó hasta que estuvimos cerca del Riverton y nos
aproximamos al puente que cruzaba el río. Victorio paró en el arcén en un
intento por tranquilizarse.
—Lo
odio — dijo — Profundamente.
—¿Cómo
conseguiste viajar a Europa, el Caribe y todos esos sitios? Si cruzar un río es
malo, ¿no es imposible cruzar un océano?
—De
hecho, las masas de agua grandes son más fáciles en algunos aspectos. Siempre
que estamos demasiado estresados, si tenemos que hacer un viaje transoceánico o
nos quedamos atrapados en suelo sagrado, básicamente nos sumimos en un largo
letargo. Es como hibernar, creo. El estado de trance nos protege. De lo que hay
que tener cuidado es de que los humanos no te encuentren mientras estás
inconsciente. Nosotros no tenemos pulso, y no nos despertamos fácilmente; es un
buen modo de que terminen dándote por muerto, por realmente muerto, quiero
decir. Una vez te entierran en suelo sagrado, se acabó.
—O
te incineran.
—Exactamente.
Pero, si estás en un barco, puedes esconderte durante unas cuantas semanas. Te
despiertas muerto de hambre, pero eso tiene remedio. En un avión, suponen que
estás dormido y normalmente recobras el sentido poco después de que el avión
haya vuelto a sobrevolar tierra firme. No me malinterpretes, no es divertido.
Pero al menos de esa forma pasas lo peor durmiendo. Esto... esto no es nada
salvo la impresión.
Pensé
en todas las absurdas películas de vampiros que había visto en televisión,
donde condes rumanos vestidos con capas negras viajaban por mar a Inglaterra
dormidos en sus ataúdes. Ahora me daba cuenta de que aquellas leyendas estaban
basadas en hechos reales. La forma más segura de cerciorarte de que llegabas a
tu destino era embarcarte como cadáver. ¿Quién se iba a imaginar que las
películas de terror podían enseñar algo?
El
río relució ligeramente a la luz de la luna y yo sentí la tenaza del miedo.
—¿No
podemos hacerlo ya? El fin de semana pasado no fue tan malo, porque lo hicimos
deprisa. Quizá sea lo mejor — Victorio se volvió hacia mí, mirándome
atentamente.
—¿Tú
también lo sentiste la última vez?
— Oh.
Hum, sí.
—Estás
empezando a sentir más de lo que sentimos nosotros. Cada vez eres más vampiro.
Parecía
bastante entusiasmado con la idea.
—También
necesito sangre más a menudo — confesé — Y he empezado a pensar en... bueno,
matar cosas. Ardillas.
—¿Has
matado algo?
Se
me cayó la cara de vergüenza.
—Un
ratón, una vez — Aún recordaba su lastimoso grito.
—Tranquila.
Todos necesitamos sangre fresca de vez en cuando.
—No
dejo de repetirme que en realidad no es peor que comerse una hamburguesa de lo
que antes ha sido una vaca.
—No
lo es. — Victorio se quedó un momento callado antes de preguntar — ¿Se lo has
contado a Gastón?
—Sí
— mentí. No le había contado nada, porque apenas había tenido ocasión; así como
tampoco pensaba contarle a él nada sobre los poderes vampíricos que había
adquirido Gastón.
—¿Sabe
que pronto serás un vampiro completo? ¿Está listo para afrontar eso?
—No
seré un vampiro completo hasta que mate a un ser humano, y va a pasar bastante
tiempo antes de que eso suceda, ¿de acuerdo?
—No
he conocido a nadie como tú, Rocío. A nadie que haya nacido para ser vampiro.
Pero, tal como yo lo veo, no puedes posponerlo eternamente. Tarde o temprano,
tendrás que matar.
—Tengo
que poder elegir — insistí — ¿Sabes qué pasaría si no matara nunca a nadie?
—No.
—No dudé de que estuviera diciendo la verdad — ¿Lo sabes tú?
—Lo
único que sé es que Gastón me ama sin que le importe lo que soy.
Victorio
apretó los labios y puso la primera — Terminemos de una vez con esto —masculló,
y pisó el acelerador a fondo.
Cuando
aparcamos delante del cine, Gastón ya estaba allí, con las manos en los
bolsillos. Alzó la cabeza y sonrió, pero entonces vio a Victorio. Se quedó
inmóvil, instantáneamente en guardia. Yo sonreí para mostrarle que no sucedía
nada, pero él no pareció tranquilizarse.
—Hola
— dije mientras corría hacia él — Tranquilo, Victorio nos está ayudando.
—¿Y
por qué iba a hacerlo? — Gastón entornó los ojos. Victorio se cruzó de brazos
—No
hay de qué.
—Haced
el favor de parar — dije. Las luces de la marquesina parpadeaban rítmicamente y
en la cartelera aparecían Bogart y Bacall en Tener y no tener. Besé a Gastón en
la mejilla, lo cual consiguió que por fin dejara de mirar con cara de pocos
amigos a Victorio
— Gastón
y yo nos vamos un segundo a hablar,
¿vale, Victorio?
A Gastón
no pareció entusiasmarle que yo acabara de pedir permiso a Victorio. Lo cogí
rápidamente del brazo y me lo llevé a un lado del cine. Victorio se apoyó en el
coche, enarcando una ceja. Cuando doblamos la esquina, susurré a Gastón.
—Te
lo puedo explicar.
—De
todas las personas del mundo a quien podías contarles esto...
—No
se lo conté, lo descubrió. Básicamente, me pilló cuando volvía al internado la
última vez que nos vimos. Pero no nos delatará, Gastón. Incluso está dispuesto
a ayudarnos a vernos siempre que nosotros lo ayudemos con Paloma.
—¿De
qué estás hablando?
Había
olvidado que Gastón no sabía cómo se llamaba la vampira.
—La
vampira de Amherst.
—Un
momento... ¿Paloma? ¿Se llama así? Has averiguado quién es — Sonrió con tanto
orgullo que toda la tensión del momento desapareció al instante — Estoy
enamorado de un genio.
—No
exactamente. Solo sé cómo se llama porque resulta que Victorio es su hermano.
—¿Qué?
Le
conté la parte de la historia que creía que comprendería: que habían vivido en la Nueva Inglaterra
colonial, que habían sido diezmados por unos vampiros y que Victorio insistía
en que necesitaba encontrar a Paloma para poder cuidar de ella y sacarla del
peligro.
—¿Sacarla
del peligro? — preguntó Gastón — ¿No
habría que hacer eso con los seres humanos que la rodean?
—Por
supuesto que no. Ya te dije que no era una asesina.
—Y
confío en tu palabra. Pero esa chica, Paloma, anda con unos vampiros que sí son
un problema.
—Bueno,
si se ha juntado con gente poco recomendable, Victorio puede sacarla de allí, o
al menos eso cree. Si lo ayudamos, él está dispuesto a ayudarnos a nosotros.
Nos dirá todo lo que sabe sobre vampiros y fantasmas...
—Oye,
oye, para el carro. ¿Fantasmas? ¿Qué pintan los fantasmas en todo esto?
—Hay
un fantasma en la Academia Mandalay. — La expresión de Gastón me hizo sonreír
en contra de mi voluntad — Sí, justo cuando parecía que no podía pasar nada
más.
—Vaya
mierda.
—Te
lo cuento luego, ¿vale? El caso es que Victorio puede darnos mucha información
que no podríamos obtener de ninguna otra forma. Incluso está dispuesto a
ayudarme a salir del internado para verte. Lo único que quiere es una
oportunidad para encontrar a su hermana. Podemos ayudarlo a hacerlo, ¿verdad?
Gastón
guardó silencio durante varios segundos antes de decir:
—Creía
que ese tío me odiaba a muerte.
—No
le caes bien, pero mantendrá su palabra.
—¿Y
cómo te está ayudando a salir de Mandalay? ¿Conoce algún pasadizo secreto o
qué?
Ahora
venía la parte difícil.
—Bueno,
como él es mayor y bastante responsable, hemos hecho que parezca que me está
enseñando a ser un vampiro, y mis padres y la señora Bethany le
dejan hacerlo —Respiré hondo y dije — Les hemos convencido de que salimos
juntos.
Silencio.
Gastón me miró con recelo.
—No
salimos juntos para nada. Lo entiendes, ¿verdad? Porque desde luego yo sí, y él
también — Al menos, esperaba que Victorio lo entendiera.
—Sí,
lo entiendo — Gastón no parecía convencido — Pero tú siempre le has gustado. Me
acuerdo de cómo estuvo contigo la noche del Baile de Otoño. Posesivo. Muy
posesivo.
—De
hecho, mi acompañante era él, ¿recuerdas? Porque tú perdiste los estribos en
Riverton y yo me asusté.
—Llevo
toda la vida resolviendo las cosas a puñetazos, Rocío. Cuando te dedicas a
cazar vampiros, es el mejor modo de sobrevivir.
Me
acerqué más a él, y percibí el olor de su piel.
—Lo
entiendo. Así que, por favor, intenta entender esto tú. Es la única forma que
se nos ocurrió.
Gastón respiró de forma entrecortada.
—No
quiero montar un numerito, te lo juro. Lo siento, Rocío, es solo que te echo
muchísimo de menos y nunca tenemos oportunidad de hablar de todas estas cosas,
y de lo último que esperaba enterarme esta noche era de que otro tío se pasa un
montón de tiempo contigo cuando yo no puedo.
—Tú
eres el único que me importa — Le cogí la cara entre las manos y lo besé
dulcemente — ¿De acuerdo?
—De
acuerdo — Se puso muy derecho — Bien, haré las paces con Victorio y luego
podremos irnos los dos, ¿vale?
—Vale.
Regresamos
a la entrada del cine, cogidos del brazo. Victorio no se había movido del
coche. No obstante, cuando nos vio se ir-guió y vino hacia nosotros con aire
arrogante. Yo no me habría reído disimuladamente de él si Gastón no hubiera
estado haciendo exactamente lo mismo.
—Victorio
—dijo Gastón, arrastrando las palabras — la última vez que te vi, me diste un
puñetazo en las tripas.
—La
última vez que te vi yo, casi me rompiste la nariz. Es una suerte que
estemos juntos en esto.
—¿Una
suerte para ti o para mí? — Por el engreimiento con que le sonrió, quedó claro
que, para Gastón, era Victorio quien salía ganando si no se peleaban — Por
cierto, bonito coche. Es ideal para ir del banco a una reunión de padres de
alumnos. Deja perfectamente claro que tienes más de un siglo.
—Es
el coche de prácticas. — Victorio tenía la mandíbula tensa, como si se
estuviera tragando muchas otras cosas que habría preferido decir.
Lancé
a Gastón una mirada de advertencia para que lo dejara,
pero él siguió actuando como si tuviera que demostrar algo.
—¿Qué,
no has tenido un coche de motor desde que se te estropeó el Studebaker?
Victorio
sonrió satisfecho.
—De
hecho, el último coche que tuve fue un Mustang rojo GT Fastback 390 del año
1968.
Yo
no tenía ni idea de qué significaba aquello, pero Gastón sí. Su expresión
desdeñosa dio paso a la envidia y, luego, muy a su pesar, al respeto.
—Caramba.
—Sí.
— Victorio suspiró, abandonando por un momento su actitud hostil.
«Hombres»,
pensé.
—Bueno
— dije esperando poner fin a aquello antes de que empezaran otra vez a lanzarse
pullas — Volveremos dentro de... ¿qué?, ¿dos horas?
—Todavía
no —Victorio había vuelto a centrar su atención en Gastón — Primero, dime lo que sabes de mi hermana y
prométeme que la Cruz Negra
va a dejar de perseguirla.
—Yo
no estoy al mando de la
Cruz Negra, ¿vale? Ellos no hacen lo que yo digo. Vamos a
seguir persiguiendo a esa banda y, mientras Paloma ande con esos vampiros,
estará en la línea de fuego, así que tenemos que conseguir separarla de ellos
de un modo u otro.
—Solo
hay un modo de hacerlo. El mío
Victorio
se acercó irguiéndose cuanto pudo ante Gastón, que era alto, pero no tanto
— Paloma
es una persona como tú y como yo.
—Tú
y yo no somos iguales.
Victorio
ladeó la cabeza.
—Entonces,
digamos que como Rocío. ¿De este modo me escucharás?
—¡Rocío
no es una asesina! No ha tenido
elección.
—Chicos,
no hagáis esto — supliqué, pero no me prestaron atención.
—¿Elección?
¿Crees que la hemos tenido los demás? — Aunque Victorio no hablaba alto, lo
estaba haciendo en un tono ronco que yo desconocía y que me dio escalofríos —
Prueba tú a que te persigan por la noche. Prueba a correr lo más deprisa y lejos posible
y a descubrir que ellos son más rápidos. Prueba a recobrar el sentido en un
establo, con los cadáveres de tus padres en el suelo delante de ti, con las
manos atadas por encima de la cabeza y un montón de vampiros hambrientos
peleándose por quién te muerde primero. Ahí tienes la elección.
Gastón solo
lo miró. Obviamente, jamás había imaginado nada parecido; ni yo tampoco.
En
voz aún más baja, Victorio continuó:
—Prueba
a ver cómo muere tu hermana pequeña y entonces dime que no te pasarías toda la
eternidad intentando compensar eso. Cuando hayas hecho todo eso, Gastón,
entonces me podrás hablar de elecciones. Hasta entonces, dime lo que necesito
saber y cierra el pico.
—Déjame
en paz — dijo Gastón más calmado — Lo entiendo, ¿vale? Todos
tenemos que hacer lo que debemos, y lo veo bien. — Se sacó un cuadernito del
bolsillo del abrigo y se lo dio — Hay información sobre Paloma. Solo son notas
de las batidas que hemos llevado a cabo últimamente. Esos «amigos» con los que
va, ¿tienes idea de quiénes pueden ser?
—No.
— Victorio ya estaba hojeando el cuaderno, escrutando sus páginas en busca de
pistas.
—Probablemente
la mayor parte de los detalles no te sirvan de nada, pero puede que haya algo.
Y la próxima vez juntaré todo lo que tenga de ella, intentaré ponértelo de una
forma que te haga más fácil encontrar alguna pauta. — Tras unos segundos,
añadió — Espero que te sea útil.
—Gracias.
—Victorio parecía sincero.
En
el tenso silencio que siguió, intenté pensar en algo que decir después de lo
que acababa de saber sobre el pasado de Victorio pero las palabras no me
parecieron apropiadas, de manera que le di un rápido abrazo.
—¿Estás
bien?
—Sí.
Me voy al cine. —Él también me abrazó, justo durante el tiempo suficiente para
darme perfecta cuenta de que Gastón nos estaba observando—. ¿Nos vemos dentro de
dos horas?
Mientras
Gastón y yo nos alejábamos en la camioneta de su madre,
él me preguntó:
—¿Estás
bien?
—Sí,
claro, pero estoy preocupada por Victorio. No sabía que le había pasado eso. No
puedo ni imaginarme lo horrible que debió de ser.
—A
mí me han perseguido vampiros desde que nací, no necesito imaginármelo.
—Sé
que algunos de los nuestros son asesinos — dije en voz baja —. Lo sé desde hace
tiempo, pero no todos lo somos.
—Vale,
eso lo veo. Lo que ninguno de los dos sabe es qué hay de verdad en las
consignas que nos han enseñado nuestros padres, dónde está el equilibrio.
Suspiré.
—No
quiero seguir hablando de esto, ¿vale? — Me parece bien.
—Oye,
¿adonde vamos? —Los faros de la camioneta iluminaban la carretera por delante
de nosotros, pero no era ningún lugar de Riverton que yo conociera. Estábamos
subiendo por una fuerte pendiente
—No
te preocupes, preciosa. — Gastón sonrió —
Estarás de vuelta antes del toque de queda. Nuestro destino final es una
sorpresa.
Pese
al clima de tensión que se había creado antes, no pude evitar sonreír.
—¿Una
pista?
—Lo
sabrás cuando lo veas.
Y
así fue.
El
observatorio era un silo de madera viejo y pequeño con un tejado verde de cobre
por cuyo centro asomaba el objetivo de un telescopio. Cuando empecé a sonreír, Gastón dijo:
—Aquí
hubo un pequeño colegio universitario. Lleva cerrado varias décadas, pero la
ciudad ha mantenido abierto el observatorio para que los alumnos de secundaria
puedan venir de cuando en cuando.
—¿Está
abierto esta noche? —pregunté con impaciencia.
—Esta
noche será nuestro observatorio privado. Tendremos que abrirlo nosotros mismos.
Lo
cual significaba que había que forzar la cerradura, cosa que Gastón hizo que
pareciera fácil. Cuando entramos, nos encontramos en un espacio circular, no
muy ancho pero de unos nueve metros de altura. Una escalera de caracol metálica
conducía al telescopio. Debido al techo abierto, hacía el mismo frío dentro que
fuera, pero me daba igual. Gastón me cogió de la mano cuando subimos las escaleras
y nuestros pasos resonaron ligeramente en los peldaños.
Visto
desde abajo, el telescopio no parecía tan grande, pero, una vez arriba, sus
numerosas ruedas y palancas hicieron silbar a Gastón.
—¿Sabes
manejar esto?
—Creo
que me las arreglaré. —Nunca había manejado un telescopio tan inmenso, no sola
al menos, pero había visitado un observatorio cuando iba a sexto y leído
suficientes libros para tener una idea. Orientándome (norte, sur, este, oeste),
apunté la constelación más próxima con el objetivo. Una nebulosa que
habitual-mente había visto como una estrella ligeramente menos definida, se veía
ahora con toda claridad y detalle, casi como en los libros. Pero aquello era
mejor, porque era real.
—Oh,
caramba.
—¿Me
dejas?
—La
nebulosa de Orion. Mira. —Me aparté para que Gastón pudiera mirar por el ocular
y lo rodeé con los brazos, conmovida y emocionada por el detalle que había
tenido conmigo. Por un momento, me acordé de Victorio, a quien había enseñado
aquella constelación el año pasado, pero sin la ayuda de un telescopio. Esperaba
que estuviera bien, solo en el cine.
—Es
bastante espectacular.
—Aja.
—Qué calentito estaba, y noté que su atención ya estaba pasando de las
estrellas a mí. Quería disfrutar aquella oportunidad de verlo todo en
tantísimo detalle, pero me estaba costando pensar en nada que no fuera lo cerca
que estábamos. Ojalá pudiéramos haber estado siempre así de cerca. Habría
hecho cualquier cosa para que eso fuera posible, seguro que Gastón también.
Se
volvió y me besó en los labios. Le cogí la cara entre las manos y volví a
besarlo, esta vez en la boca.
No tuve suficiente. Seguí besándolo cada más apasionadamente,
hasta que la respiración empezó a entrecortárseme.
—Te he
echado de menos — susurró Gastón enterrando la cara en mi pelo — Todas las noches me acuesto pensando en
ti, menos las noches en que no puedo dormirme de lo mucho que te deseo.
—Lo
sé. —Me abrí rápidamente el abrigo, le cogí las manos y se las metí por debajo
de mi camisa, estremeciéndome—. Yo también.
Gastón se
puso a acariciarme la piel, rozándome la curva de los senos con las yemas de
los dedos, y entonces ya no pude esperar más. Me senté en el suelo metálico y
lo atraje hacia mí. Mientras él se tumbaba a mi lado, me abrí la chaqueta con
tanto ímpetu que casi me arranqué los botones. Él me miró sorprendido un
instante, antes de abrirse el abrigo y colocarse sobre mí, protegiéndome,
abrigándome.
Nuestros
besos se tornaron más enfebrecidos, casi desesperados. Lo que estaba sintiendo
no se podía expresar en palabras. Mareada y extasiada, eché la cabeza hacia
atrás. Las estrellas parecieron inclinarse y girar por encima del techo
abierto. Hundí los dedos en el pelo de Gastón
para poder mantenerlo pegado a mí
mientras me hiciera sentirme de aquella forma.
«El
desea esto tanto como yo —pensé—. Gastón
sabe cómo va a acabar esto, y no
quiere parar.»
Gastón volvió
a besarme en la boca y los dos empezamos a respirar entrecortadamente,
enloquecidos. Gastón me metió un muslo entre las piernas. Yo le cogí la cara entre las manos.
—Tú
y yo... ¿Quieres que yo...? ¿Va a pasar?
—¿El
qué? —Gastón pareció volver a mí desde muy lejos—. Oh. Oh. No creía que... esta noche...
—Ni
yo, pero siento que también tú lo deseas. —Lo besé; él estaba temblando, quizá
de excitación. Era exactamente igual que el año pasado en la torre norte, igual
de irrefrenable y apremiante—. Entonces
estaremos juntos de verdad para siempre.
—¿Estás
segura?
—Esto
lo cambia todo... para los dos... pero sí... lo estoy. ¿Y tú? Gastón me sonrió de ese modo sensual que siempre
lograba ponerme a cien.
—Del
todo. —Cuando volvió a besarme, lo hizo con una intensidad distinta. Con
resolución. Con apremio. Luego susurró con los labios pegados a mi mejilla—: ¿Has traído... ya sabes, protección?
—¿Protección?
—Ya
sabes. —Yo no lo había hecho—. Bueno, yo no he traído condones. Porque soy... eso... idiota —
Gastón se dio un cabezazo contra mi
hombro —. No pensé que tú... que
llegaríamos a esto. Tendría que haberlo previsto. Cada vez que te toco...
—Un
momento, ¿creías que estaba hablando de sexo?
Gastón me
miró. De inmediato supe que él sí había estado hablando de sexo; lo tenía
encima de mí y estaba medio desnuda. No era que yo no hubiera pensado también
en hacerlo —puede que incluso más tarde aquella misma noche—, pero yo hablaba de atarnos para
siempre.
—Rocío,
¿estás...? ¿Te referías...? ¿Estabas hablando de beber mi sangre?
—Sí.
—Pero
no solo de bebería — se había puesto blanco como el papel — ¿no?
—Creía
que querías que... te transformara en vampiro — El regalo definitivo. Le puse
una mano en la mejilla, deleitándome con el tacto de su piel. Recordé viejos
sueños que creía olvidados y, por un
instante, me atreví a desear —.
Hacer eso también me transformaría en vampiro a mí. Y entonces, Gastón, no
tendríamos que volver a separarnos nunca.
Gastón se
quedo completamente inmóvil.
—Antes
me moriría y me quedaría muerto. Rocío, no vuelvas a pedirme eso nunca más.
Porque es la única cosa del mundo que no haré por ti. Jamás seré un vampiro.
Jamás.
Cada
palabra fue como un golpe. Gastón había progresado tanto en su actitud hacia
nosotros que creía que su antigua resistencia a la idea podría haberse
disuelto. Pero allí estaba, tan fuerte como siempre. Me sentí confundida; peor,
me sentí rechazada. Gastón no quería lo que yo le había ofrecido, ni lo
que era.
No
parecía haber nada más que decir y la enardecida pasión que antes nos había
dominado se había apagado como si jamás hubiera existido. Nos sentamos,
apartándonos ligeramente el uno del otro. Mi piel desnuda notó por fin el frío y, un momento después, empecé a abotonarme
la chaqueta con los dedos temblándome. Gastón
me pasó dulcemente un brazo por
la espalda, pero, ahora, el abrazo nos resultó incómodo. Jamás habría imaginado
que estar entre sus brazos se me pudiera hacer extraño, pero así fue.
Rochi arruinó todo. Todo bien que ella sea vampiro pero pobre Gas...
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