jueves, 24 de enero de 2013

Capitulo 012 (LIBRO 02)

Diría usted que los acontecimientos de anoche guar­dan alguna semejanza con los que ya experimentó anteriormente?
Sentada a su mesa, la señora Bethany tomaba notas sin lanzar una sola mirada a lo que estaba escribiendo. En vez de eso, no des­pegaba sus oscuros ojos de mí.
—Lo que vi en los archivos me dio menos miedo — Compren­dí la futilidad de mi comentario cuando ella frunció el entrecejo — Hacía frío, y hubo una imagen en la escarcha, la cara de un hom­bre, pero ninguna palabra. Y él me habló. Dijo: «Basta».
—¿«Basta»? — Mi padre estaba de pie a un lado de mi silla; al otro lado, tenía sentada a mi madre. Me habían acompañado a la reunión y parecían más asustados por la aparición del gran vestí­bulo que yo, lo cual era muy revelador. Mi padre se agarraba tan fuerte al brazo de mi silla que se le marcaban todas las venas de la mano — ¿Qué significa «basta»?
—No lo sé — dije — Sinceramente, no tengo ni idea.
La señora Bethany se llevó el bolígrafo a los labios en una acti­tud pensativa.
—Usted no estaba haciendo nada raro ahí arriba. Solo espera­ba al señor D’alessandro, ¿no?
Iba a tener que decir parte de la verdad, de ello dependía la se­guridad de otras personas.
—Estuve leyendo algunas cartas mientras esperaba.
—¿Cartas? — La señora Bethany entornó los ojos.
—Solo para pasar el rato — ¿Sonaba convincente? Iba a tener que confiar en que lo fuera — Y... Victorio y yo hemos vuelto a subir esta noche.
Por suerte, nadie me preguntó por qué lo habíamos hecho. Su­pongo que les pareció evidente; o eso, o no estaban pensando con claridad. Mis padres estaban más nerviosos de lo que yo habría imaginado.
—¿Qué cartas, cariño? — Mi madre me puso una mano en el hombro — Cuéntanos todos los detalles. Todo lo que recuerdes. Podría ser importante.
—¡No hay mucho que recordar! Solo, miré unas cartas. Nin­guna me llamó la atención. No sé por qué iban a enfadarse los fan­tasmas.
—La cuestión es qué los ha provocado — comentó mi padre apretando los dientes. Tenemos que averiguarlo, y cuanto antes mejor.
—Disculpa, Adrián, pero esa no es la cuestión — La señora Bethany dejó el bolígrafo sobre la mesa — La cuestión es cómo des­hacernos de este fantasma. Hay, como tú sabes, formas constructi­vas de abordar este problema.
Mi madre me apretó el hombro, la mano temblándole. La miré con curiosidad, pero su expresión era impenetrable.
Mi padre no pareció haber oído lo que la señora Bethany aca­baba de decir.
—Los fantasmas odian a los vampiros. Son hostiles y peligro­sos. Los hechos de ayer por la noche lo demuestran más allá de toda duda.
—No te he discutido eso — dijo la señora Bethany — Solo me refería a que debemos seguir centrados en nuestros objetivos en vez de preocuparnos excesivamente por los fantasmas.
Las palabras de mi padre me recordaron una pregunta que me hacía desde que hablé por primera vez de fantasmas con Victorio.
—¿Por qué odian los fantasmas a los vampiros?
Mis padres se miraron, preguntándose claramente qué decir. La señora Bethany se cruzó de brazos y fue ella quien respondió.
—Ninguno de nosotros sabe exactamente de dónde proviene, sea vampiro, humano o fantasma. Las versiones varían, y la ciencia tiene muy poco que decir a los que hemos sobrevivido a nuestra vida mortal. Pero hay leyendas que llevan el sello de autenticidad.
—¿Leyendas?
—Hubo una época en que solo existieron los humanos —dijo la señora Bethany—. Eso ocurrió hace muchísimo tiempo. Antes de que existiera la historia, antes incluso de que el hombre desa­rrollara la conciencia. Por consiguiente, también fue una época an­terior a... la moralidad. Los propósitos. Las emociones. El hombre vivía como un animal, tan unido a los placeres de la carne como alejado estaba del conocimiento del alma. Lo que la humanidad atribuye hoy a lo sobrenatural (la precognición, la telepatía y la in­terpretación de los sueños, facultades que trascienden las de la car­ne), todo eso formaba parte del mundo natural, tan simple y evi­dente como la gravedad. Pero el hombre evolucionó. Desarrolló la conciencia. Y la conciencia trajo consigo la facultad de pecar.
No podía despegar los ojos de la señora Bethany. Jamás había oído hablar de nada de aquello hasta ese momento y, a juzgar por el mudo interés de mis padres, quizá tampoco ellos.
La señora Bethany continuó, por una vez su voz desprovista de frialdad o desdén.
—Llegó el día en que el ser humano asesinó por primera vez con premeditación, a propósito, sabiendo el significado de quitar­le la vida a un semejante. Cuando se asestó ese golpe, los lazos en­tre los mundos natural y sobrenatural se rompieron. Aunque la vida de esa primera víctima se segó, su existencia no lo hizo. La parte sobrenatural del primer hombre asesinado se dividió en dos: cuerpo y espíritu. Los vampiros somos el cuerpo no muerto. Los fantasmas son el espíritu no muerto. Nuestros poderes no son los mismos. Nuestras conciencias son distintas. Y los vampiros esta­mos separados de ellos y de la humanidad desde entonces.
La cabeza me daba vueltas con tanta información nueva.
—No puedo demostrarlo, pero muchos de nosotros lo creemos desde hace mucho tiempo — dijo la señora Bethany — Yo misma me inclino a creerlo.
—¿Se refiere a que, cada vez que se crea un vampiro, también se crea un fantasma?
—No. Nuestro árbol genealógico se dividió con aquel primer asesinato. Los vampiros somos capaces de crear más de los de nuestra especie. Los fantasmas tienen que ser más creativos — Una extraña sonrisa le asomó a los labios — Pero también pueden crearse fantasmas de forma espontánea. Determinadas clases de asesinatos, sobre todo los que entrañan una traición o promesas rotas, tienden a crear fantasmas. Es poco frecuente, pero puede su­ceder.
—Si los vampiros y los fantasmas ya no tenemos ningún tipo de relación, ¿por qué nos odian?
La señora Bethany me escrutó atentamente antes de decir:
—La mayoría de los fantasmas ya no pueden mantener ningu­na forma física. Debe de irritarles muchísimo ser testigos del mun­do sin poder participar en él. Así es como reaccionaría usted, se­ñorita Igarzabal, si se sintiera así de atrapada e impotente y viera a otra criatura no muerta que aún puede sentir, actuar y disfrutar de su tiempo en la tierra. Piense en cuánto más cerca estamos de ex­perimentar la vida. ¿Lo ve más claro ahora?
—Sí, supongo que sí.
—Si presencia alguna otra cosa, naturalmente, infórmeme de inmediato. Adrián, Celia, gracias por traérmela con tanta rapidez.
—¿Ya está? — Mi madre negó con la cabeza — ¿No podemos ha­cer nada más para proteger... para que los alumnos estén seguros?
—Los alumnos deberían simplemente asegurarse de no pasar demasiado tiempo solos. —La señora Bethany enarcó una ceja — Sobre todo en habitaciones aisladas lejos de los profesores con la esperanza de que sus amantes lleguen enseguida.
—La próxima vez iré con Victorio — prometí. La señora Be­thany frunció el ceño, pero vi que a mis padres les hacía gracia.
Salimos de la cochera y nos pusimos a caminar hacia el inter­nado. Era un día nublado, exageradamente frío para ser otoño, y deseé haber traído un abrigo más grueso. Mi padre me rodeó con el brazo.
—¿No estás preocupada? — No. ¿Y vosotros?
—No — dijo mi madre. Cuando vio mi expresión, suspiró — Está bien, sí, pero sin motivo. Solo porque somos tus padres y te queremos.
—¿A qué se refería la señora Bethany con «formas constructi­vas» de deshacerse de los fantasmas? — pregunté.
—Esperemos que ese dichoso fantasma se haya ido ya — dijo mi padre, lo cual no fue exactamente una respuesta. Antes de que pudiera preguntarles nada más, mi padre sonrió y saludó — Mira a quién tenemos aquí.
Victorio venía hacia nosotros por el jardín, con un abrigo largo y una bufanda de color azul oscuro enrollada alrededor del cuello.
—¿Cómo ha ido la inquisición?
—Tan divertida como te puedes imaginar — dije.
—Bueno, mientras este sitio siga embrujado, creo que podría­mos probar a hacer algo un poco distinto — Victorio hizo uso de su sonrisa más encantadora, que era para morirse, la verdad — Con su permiso, claro, señores Igarzabal.
—¿A qué te refieres? — preguntó mi madre.
—Si les parece bien, esperaba poder sacar a Rocío del campus de vez en cuando. A partir de este fin de semana, quizá. Podríamos ir a Riverton, o a donde sea, y ella podría enseñarme algo sobre cómo se vive en el siglo XXI. Yo podría contarle más cosas de los si­tios en los que he estado — Victorio lo planteó como si se le aca­bara de ocurrir, no como si lleváramos semanas planeándolo — Sé que es demasiado joven para salir del campus con su novio, pero, mientras ese fantasma ronde por aquí, yo me sentiría más seguro en otro sitio. Seguro que Rocío  también.
— Desde luego que sí — dije.
Mis padres no se olieron nada. De hecho, parecieron entusias­mados, demasiado, la verdad. Sabía que Victorio les caía bien. ¿A quién no? Pero parecían demasiado impacientes por empare­jarnos. Aun así, mientras eso nos favoreciera, yo no iba a protestar. Mi padre se dirigió primero a Victorio.
—La traerás de vuelta a una hora decente.
—Por supuesto.
—Y nos mantendrás informados de lo que hacéis y de dónde estáis — dijo mi madre levantando los talones del suelo.
—En todo momento — prometió Victorio — También le pe­diré permiso a la señora Bethany.
—Yo me ocupo de eso — dijo mi madre — Es más probable que diga que sí si se lo pedimos nosotros.
—Esto es una gran responsabilidad — me dijo mi padre — ¿Se­guro que estás preparada?
Yo solo estaba pensando en que pronto volvería a estar con Gastón.
—Estoy preparadísima.
Ellos sonrieron, tan contentos y confiados que me sentí mal por mentirles, pero sabía lo que tenía que hacer, y no iba a echarme atrás.

En el período inmediatamente posterior al Baile de Otoño, la gen­te estuvo bastante histérica. Candela comenzó a hacer el equipaje para fugarse del internado en tres ocasiones distintas y, en cada una, yo tardé más de media hora en tranquilizarla. Nos pasamos una semana durmiendo con las luces encendidas, y no fuimos las úni­cas. Se sumaron más profesores para hacer guardia en los pasillos durante la noche. En una ocasión incluso vi a la mismísima señora Bethany caminando resueltamente por un pasillo con una vela en la mano, tan alerta que casi parecía impaciente.
Nadie se acercaba al gran vestíbulo para estudiar, pasar el rato o hacer cualquier otra cosa. La lona alquitranada que cubría la ventana rota mientras no llegaban los cristales nuevos no era la me­jor solución, y dejaba entrar frías ráfagas de aire invernal, pero esa no era la razón de que la gente se mantuviera alejada de ella. Cuan­do llegó el fin de semana, yo estaba más que preparada para pasar unas horas fuera del internado por otros motivos aparte de ver a Gastón, aunque, por supuesto, él continuaba siendo la razón más importante de todas.
—¿Estoy bien? — Me di varias veces la vuelta delante del espe­jo, intentando ignorar la leve borrosidad de mi reflejo. Llevaba de­masiado tiempo sin sangre; tendría que beber un poco de camino a la ciudad.
—Por enésima vez, estás estupenda — dijo Candela sin alzar la vista de su último proyecto artístico. Se había refugiado en el arte para rehuir sus miedos Victorio te ve todos los días, no puede decirse que no sepa qué pinta tienes.
—Eso ya lo sé — Me había vestido bastante informalmente por ese motivo, con vaqueros y una afelpada chaqueta azul, pero, na­turalmente, era a Gastón a quien iba a ver.
Candela dejó sus tijeras y revistas.
—Está claro que la señora Bethany hace favoritismos. Me ale­gro de que puedas pasar la tarde fuera del internado, pero ojalá pudiéramos hacerlo todos.
—Sé que no es justo, pero de momento no se lo voy a comen­tar. Además, sabes mejor que nadie que yo no estoy en su lista de alumnos favoritos. Solo tengo suerte de que Victorio sí lo esté.
—Victorio está loco por ti, se ve a la legua.
Fingí que me retocaba el maquillaje frente al espejo para que no pudiera percibir la incertidumbre de mis ojos.
—Es estupendo.
—Lo principal es que estáis enamorados y sois felices — Era la afirmación más romántica que le había oído decir nunca. Tanto era así que habría creído que estaba bromeando de no ser por su tono de voz Lo demás no importa, ¿no?
Candela se había acercado más a la verdad de lo que imaginaba.
—Así es.
—Bien. — Nos sonreímos y entonces Candela puso los ojos en blanco No te creas que te voy a abrazar ni nada de eso — ¡Gracias a Dios!
Me arrojó una bola de papel que esquivé.
Victorio había pedido prestado el sedán gris del internado para ir a Riverton. Escuchamos música en la radio, yo intentando sinto­nizar mis cantantes favoritos mientras Victorio insistía en que buscara una emisora donde pusieran música carroza.
—Tienes que ponerte al día — insistí ¿No es por eso por lo que estás en la Academia Mandalay?
—A lo mejor estoy por la compañía — dijo con una sonrisa burlona.
El buen humor nos acompañó hasta que estuvimos cerca del Riverton y nos aproximamos al puente que cruzaba el río. Victorio paró en el arcén en un intento por tranquilizarse.
—Lo odio — dijo — Profundamente.
—¿Cómo conseguiste viajar a Europa, el Caribe y todos esos sitios? Si cruzar un río es malo, ¿no es imposible cruzar un océano?
—De hecho, las masas de agua grandes son más fáciles en algunos aspectos. Siempre que estamos demasiado estresados, si tenemos que hacer un viaje transoceánico o nos quedamos atrapados en suelo sagrado, básicamente nos sumimos en un largo letargo. Es como hibernar, creo. El estado de trance nos protege. De lo que hay que tener cuidado es de que los humanos no te encuentren mientras estás inconsciente. Nosotros no tenemos pulso, y no nos despertamos fácilmente; es un buen modo de que terminen dándote por muerto, por realmente muerto, quiero decir. Una vez te entierran en suelo sagrado, se acabó.
—O te incineran.
—Exactamente. Pero, si estás en un barco, puedes esconderte durante unas cuantas semanas. Te despiertas muerto de hambre, pero eso tiene remedio. En un avión, suponen que estás dormido y normalmente recobras el sentido poco después de que el avión haya vuelto a sobrevolar tierra firme. No me malinterpretes, no es divertido. Pero al menos de esa forma pasas lo peor durmiendo. Esto... esto no es nada salvo la impresión.
Pensé en todas las absurdas películas de vampiros que había visto en televisión, donde condes rumanos vestidos con capas negras viajaban por mar a Inglaterra dormidos en sus ataúdes. Ahora me daba cuenta de que aquellas leyendas estaban basadas en hechos reales. La forma más segura de cerciorarte de que llegabas a tu destino era embarcarte como cadáver. ¿Quién se iba a imaginar que las películas de terror podían enseñar algo?
El río relució ligeramente a la luz de la luna y yo sentí la tenaza del miedo.
—¿No podemos hacerlo ya? El fin de semana pasado no fue tan malo, porque lo hicimos deprisa. Quizá sea lo mejor — Victorio se volvió hacia mí, mirándome atentamente.
—¿Tú también lo sentiste la última vez?  
— Oh. Hum, sí.
—Estás empezando a sentir más de lo que sentimos nosotros. Cada vez eres más vampiro.
Parecía bastante entusiasmado con la idea.
—También necesito sangre más a menudo — confesé — Y he empezado a pensar en... bueno, matar cosas. Ardillas.
—¿Has matado algo?
Se me cayó la cara de vergüenza.
—Un ratón, una vez — Aún recordaba su lastimoso grito.
—Tranquila. Todos necesitamos sangre fresca de vez en cuando.
—No dejo de repetirme que en realidad no es peor que comerse una hamburguesa de lo que antes ha sido una vaca.
—No lo es. — Victorio se quedó un momento callado antes de preguntar — ¿Se lo has contado a Gastón?
—Sí — mentí. No le había contado nada, porque apenas había tenido ocasión; así como tampoco pensaba contarle a él nada sobre los poderes vampíricos que había adquirido Gastón.
—¿Sabe que pronto serás un vampiro completo? ¿Está listo para afrontar eso?
—No seré un vampiro completo hasta que mate a un ser humano, y va a pasar bastante tiempo antes de que eso suceda, ¿de acuerdo?
—No he conocido a nadie como tú, Rocío. A nadie que haya nacido para ser vampiro. Pero, tal como yo lo veo, no puedes posponerlo eternamente. Tarde o temprano, tendrás que matar.
—Tengo que poder elegir — insistí — ¿Sabes qué pasaría si no matara nunca a nadie?
—No. —No dudé de que estuviera diciendo la verdad — ¿Lo sabes tú?
—Lo único que sé es que Gastón me ama sin que le importe lo que soy.
Victorio apretó los labios y puso la primera — Terminemos de una vez con esto —masculló, y pisó el acelerador a fondo.

Cuando aparcamos delante del cine, Gastón ya estaba allí, con las manos en los bolsillos. Alzó la cabeza y sonrió, pero entonces vio a Victorio. Se quedó inmóvil, instantáneamente en guardia. Yo sonreí para mostrarle que no sucedía nada, pero él no pareció tranquilizarse.
—Hola — dije mientras corría hacia él — Tranquilo, Victorio nos está ayudando.
—¿Y por qué iba a hacerlo? — Gastón entornó los ojos. Victorio se cruzó de brazos
—No hay de qué.
—Haced el favor de parar — dije. Las luces de la marquesina parpadeaban rítmicamente y en la cartelera aparecían Bogart y Bacall en Tener y no tener. Besé a Gastón en la mejilla, lo cual consiguió que por fin dejara de mirar con cara de pocos amigos a Victorio
— Gastón  y yo nos vamos un segundo a hablar, ¿vale, Victorio?
A Gastón no pareció entusiasmarle que yo acabara de pedir permiso a Victorio. Lo cogí rápidamente del brazo y me lo llevé a un lado del cine. Victorio se apoyó en el coche, enarcando una ceja. Cuando doblamos la esquina, susurré a Gastón.
—Te lo puedo explicar.
—De todas las personas del mundo a quien podías contarles esto...
—No se lo conté, lo descubrió. Básicamente, me pilló cuando volvía al internado la última vez que nos vimos. Pero no nos delatará, Gastón. Incluso está dispuesto a ayudarnos a vernos siempre que nosotros lo ayudemos con Paloma.
—¿De qué estás hablando?
Había olvidado que Gastón   no sabía cómo se llamaba la vampira.
—La vampira de Amherst.
—Un momento... ¿Paloma? ¿Se llama así? Has averiguado quién es — Sonrió con tanto orgullo que toda la tensión del momento desapareció al instante — Estoy enamorado de un genio.
—No exactamente. Solo sé cómo se llama porque resulta que Victorio es su hermano.
—¿Qué?
Le conté la parte de la historia que creía que comprendería: que habían vivido en la Nueva Inglaterra colonial, que habían sido diezmados por unos vampiros y que Victorio insistía en que necesitaba encontrar a Paloma para poder cuidar de ella y sacarla del peligro.
—¿Sacarla del peligro? — preguntó Gastón  — ¿No habría que hacer eso con los seres humanos que la rodean?
—Por supuesto que no. Ya te dije que no era una asesina.
—Y confío en tu palabra. Pero esa chica, Paloma, anda con unos vampiros que sí son un problema.
—Bueno, si se ha juntado con gente poco recomendable, Victorio puede sacarla de allí, o al menos eso cree. Si lo ayudamos, él está dispuesto a ayudarnos a nosotros. Nos dirá todo lo que sabe sobre vampiros y fantasmas...
—Oye, oye, para el carro. ¿Fantasmas? ¿Qué pintan los fantasmas en todo esto?
—Hay un fantasma en la Academia Mandalay. — La expresión de Gastón me hizo sonreír en contra de mi voluntad — Sí, justo cuando parecía que no podía pasar nada más.
—Vaya mierda.
—Te lo cuento luego, ¿vale? El caso es que Victorio puede darnos mucha información que no podríamos obtener de ninguna otra forma. Incluso está dispuesto a ayudarme a salir del internado para verte. Lo único que quiere es una oportunidad para encontrar a su hermana. Podemos ayudarlo a hacerlo, ¿verdad?
Gastón guardó silencio durante varios segundos antes de decir:
—Creía que ese tío me odiaba a muerte.
—No le caes bien, pero mantendrá su palabra.
—¿Y cómo te está ayudando a salir de Mandalay? ¿Conoce algún pasadizo secreto o qué?
Ahora venía la parte difícil.
—Bueno, como él es mayor y bastante responsable, hemos hecho que parezca que me está enseñando a ser un vampiro, y mis padres y la señora Bethany le dejan hacerlo —Respiré hondo y dije — Les hemos convencido de que salimos juntos.
Silencio. Gastón   me miró con recelo.
—No salimos juntos para nada. Lo entiendes, ¿verdad? Porque desde luego yo sí, y él también — Al menos, esperaba que Victorio lo entendiera.
—Sí, lo entiendo — Gastón no parecía convencido — Pero tú siempre le has gustado. Me acuerdo de cómo estuvo contigo la noche del Baile de Otoño. Posesivo. Muy posesivo.
—De hecho, mi acompañante era él, ¿recuerdas? Porque tú perdiste los estribos en Riverton y yo me asusté.
—Llevo toda la vida resolviendo las cosas a puñetazos, Rocío. Cuando te dedicas a cazar vampiros, es el mejor modo de sobrevivir.
Me acerqué más a él, y percibí el olor de su piel.
—Lo entiendo. Así que, por favor, intenta entender esto tú. Es la única forma que se nos ocurrió.
Gastón   respiró de forma entrecortada.
—No quiero montar un numerito, te lo juro. Lo siento, Rocío, es solo que te echo muchísimo de menos y nunca tenemos oportunidad de hablar de todas estas cosas, y de lo último que esperaba enterarme esta noche era de que otro tío se pasa un montón de tiempo contigo cuando yo no puedo.
—Tú eres el único que me importa — Le cogí la cara entre las manos y lo besé dulcemente — ¿De acuerdo?
—De acuerdo — Se puso muy derecho — Bien, haré las paces con Victorio y luego podremos irnos los dos, ¿vale?
—Vale.
Regresamos a la entrada del cine, cogidos del brazo. Victorio no se había movido del coche. No obstante, cuando nos vio se ir-guió y vino hacia nosotros con aire arrogante. Yo no me habría reído disimuladamente de él si Gastón no hubiera estado haciendo exactamente lo mismo.
—Victorio —dijo Gastón, arrastrando las palabras — la última vez que te vi, me diste un puñetazo en las tripas.
—La última vez que te vi yo, casi me rompiste la nariz. Es una suerte que estemos juntos en esto.
—¿Una suerte para ti o para mí? — Por el engreimiento con que le sonrió, quedó claro que, para Gastón, era Victorio quien salía ganando si no se peleaban — Por cierto, bonito coche. Es ideal para ir del banco a una reunión de padres de alumnos. Deja perfectamente claro que tienes más de un siglo.
—Es el coche de prácticas. — Victorio tenía la mandíbula tensa, como si se estuviera tragando muchas otras cosas que habría preferido decir.
Lancé a Gastón   una mirada de advertencia para que lo dejara, pero él siguió actuando como si tuviera que demostrar algo.
—¿Qué, no has tenido un coche de motor desde que se te estropeó el Studebaker?
Victorio sonrió satisfecho.
—De hecho, el último coche que tuve fue un Mustang rojo GT Fastback 390 del año 1968.
Yo no tenía ni idea de qué significaba aquello, pero Gastón sí. Su expresión desdeñosa dio paso a la envidia y, luego, muy a su pesar, al respeto.
—Caramba.
—Sí. — Victorio suspiró, abandonando por un momento su actitud hostil.
«Hombres», pensé.
—Bueno — dije esperando poner fin a aquello antes de que empezaran otra vez a lanzarse pullas — Volveremos dentro de... ¿qué?, ¿dos horas?
—Todavía no —Victorio había vuelto a centrar su atención en Gastón —  Primero, dime lo que sabes de mi hermana y prométeme que la Cruz Negra va a dejar de perseguirla.
—Yo no estoy al mando de la Cruz Negra, ¿vale? Ellos no hacen lo que yo digo. Vamos a seguir persiguiendo a esa banda y, mientras Paloma ande con esos vampiros, estará en la línea de fuego, así que tenemos que conseguir separarla de ellos de un modo u otro.
—Solo hay un modo de hacerlo. El mío 
Victorio se acercó irguiéndose cuanto pudo ante Gastón, que era alto, pero no tanto
— Paloma es una persona como tú y como yo.
—Tú y yo no somos iguales.
Victorio ladeó la cabeza.
—Entonces, digamos que como Rocío. ¿De este modo me escucharás?
—¡Rocío  no es una asesina! No ha tenido elección.
—Chicos, no hagáis esto — supliqué, pero no me prestaron atención.
—¿Elección? ¿Crees que la hemos tenido los demás? — Aunque Victorio no hablaba alto, lo estaba haciendo en un tono ronco que yo desconocía y que me dio escalofríos — Prueba tú a que te persigan por la noche. Prueba a correr lo más deprisa y lejos posible y a descubrir que ellos son más rápidos. Prueba a recobrar el sentido en un establo, con los cadáveres de tus padres en el suelo delante de ti, con las manos atadas por encima de la cabeza y un montón de vampiros hambrientos peleándose por quién te muerde primero. Ahí tienes la elección.
Gastón   solo lo miró. Obviamente, jamás había imaginado nada parecido; ni yo tampoco.
En voz aún más baja, Victorio continuó:
—Prueba a ver cómo muere tu hermana pequeña y entonces dime que no te pasarías toda la eternidad intentando compensar eso. Cuando hayas hecho todo eso, Gastón, entonces me podrás hablar de elecciones. Hasta entonces, dime lo que necesito saber y cierra el pico.
—Déjame en paz — dijo Gastón   más calmado — Lo entiendo, ¿vale? Todos tenemos que hacer lo que debemos, y lo veo bien. — Se sacó un cuadernito del bolsillo del abrigo y se lo dio — Hay información sobre Paloma. Solo son notas de las batidas que hemos llevado a cabo últimamente. Esos «amigos» con los que va, ¿tienes idea de quiénes pueden ser?
—No. — Victorio ya estaba hojeando el cuaderno, escrutando sus páginas en busca de pistas.
—Probablemente la mayor parte de los detalles no te sirvan de nada, pero puede que haya algo. Y la próxima vez juntaré todo lo que tenga de ella, intentaré ponértelo de una forma que te haga más fácil encontrar alguna pauta. — Tras unos segundos, añadió — Espero que te sea útil.
—Gracias. —Victorio parecía sincero.
En el tenso silencio que siguió, intenté pensar en algo que decir después de lo que acababa de saber sobre el pasado de Victorio pero las palabras no me parecieron apropiadas, de manera que le di un rápido abrazo.
—¿Estás bien?
—Sí. Me voy al cine. —Él también me abrazó, justo durante el tiempo suficiente para darme perfecta cuenta de que Gastón   nos estaba observando—. ¿Nos vemos dentro de dos horas?
Mientras Gastón   y yo nos alejábamos en la camioneta de su madre, él me preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí, claro, pero estoy preocupada por Victorio. No sabía que le había pasado eso. No puedo ni imaginarme lo horrible que debió de ser.
—A mí me han perseguido vampiros desde que nací, no necesito imaginármelo.
—Sé que algunos de los nuestros son asesinos — dije en voz baja —. Lo sé desde hace tiempo, pero no todos lo somos.
—Vale, eso lo veo. Lo que ninguno de los dos sabe es qué hay de verdad en las consignas que nos han enseñado nuestros padres, dónde está el equilibrio.
Suspiré.
—No quiero seguir hablando de esto, ¿vale? — Me parece bien.
—Oye, ¿adonde vamos? —Los faros de la camioneta iluminaban la carretera por delante de nosotros, pero no era ningún lugar de Riverton que yo conociera. Estábamos subiendo por una fuerte pendiente
—No te preocupes, preciosa. — Gastón   sonrió Estarás de vuel­ta antes del toque de queda. Nuestro destino final es una sorpresa.
Pese al clima de tensión que se había creado antes, no pude evitar sonreír.
—¿Una pista?
—Lo sabrás cuando lo veas.
Y así fue.
El observatorio era un silo de madera viejo y pequeño con un tejado verde de cobre por cuyo centro asomaba el objetivo de un telescopio. Cuando empecé a sonreír, Gastón   dijo:
—Aquí hubo un pequeño colegio universitario. Lleva cerrado va­rias décadas, pero la ciudad ha mantenido abierto el observatorio para que los alumnos de secundaria puedan venir de cuando en cuando.
—¿Está abierto esta noche? —pregunté con impaciencia.
—Esta noche será nuestro observatorio privado. Tendremos que abrirlo nosotros mismos.
Lo cual significaba que había que forzar la cerradura, cosa que Gastón hizo que pareciera fácil. Cuando entramos, nos encontramos en un espacio circular, no muy ancho pero de unos nueve metros de altura. Una escalera de caracol metálica conducía al telescopio. Debido al techo abierto, hacía el mismo frío dentro que fuera, pero me daba igual. Gastón   me cogió de la mano cuando subimos las es­caleras y nuestros pasos resonaron ligeramente en los peldaños.
Visto desde abajo, el telescopio no parecía tan grande, pero, una vez arriba, sus numerosas ruedas y palancas hicieron silbar a Gastón.
—¿Sabes manejar esto?
—Creo que me las arreglaré. —Nunca había manejado un te­lescopio tan inmenso, no sola al menos, pero había visitado un ob­servatorio cuando iba a sexto y leído suficientes libros para tener una idea. Orientándome (norte, sur, este, oeste), apunté la conste­lación más próxima con el objetivo. Una nebulosa que habitual-mente había visto como una estrella ligeramente menos definida, se veía ahora con toda claridad y detalle, casi como en los libros. Pero aquello era mejor, porque era real.
—Oh, caramba.
—¿Me dejas?
—La nebulosa de Orion. Mira. —Me aparté para que Gastón pudiera mirar por el ocular y lo rodeé con los brazos, conmovida y emocionada por el detalle que había tenido conmigo. Por un mo­mento, me acordé de Victorio, a quien había enseñado aquella constelación el año pasado, pero sin la ayuda de un telescopio. Es­peraba que estuviera bien, solo en el cine.
—Es bastante espectacular.
—Aja. —Qué calentito estaba, y noté que su atención ya esta­ba pasando de las estrellas a mí. Quería disfrutar aquella oportuni­dad de verlo todo en tantísimo detalle, pero me estaba costando pensar en nada que no fuera lo cerca que estábamos. Ojalá pudié­ramos haber estado siempre así de cerca. Habría hecho cualquier cosa para que eso fuera posible, seguro que Gastón   también.
Se volvió y me besó en los labios. Le cogí la cara entre las ma­nos y volví a besarlo, esta vez en la boca. No tuve suficiente. Seguí besándolo cada más apasionadamente, hasta que la respiración empezó a entrecortárseme.
—Te he echado de menos — susurró Gastón   enterrando la cara en mi pelo Todas las noches me acuesto pensando en ti, menos las noches en que no puedo dormirme de lo mucho que te deseo.
—Lo sé. —Me abrí rápidamente el abrigo, le cogí las manos y se las metí por debajo de mi camisa, estremeciéndome—. Yo tam­bién.
Gastón   se puso a acariciarme la piel, rozándome la curva de los senos con las yemas de los dedos, y entonces ya no pude esperar más. Me senté en el suelo metálico y lo atraje hacia mí. Mientras él se tumbaba a mi lado, me abrí la chaqueta con tanto ímpetu que casi me arranqué los botones. Él me miró sorprendido un instante, antes de abrirse el abrigo y colocarse sobre mí, protegiéndome, abrigándome.
Nuestros besos se tornaron más enfebrecidos, casi desespera­dos. Lo que estaba sintiendo no se podía expresar en palabras. Ma­reada y extasiada, eché la cabeza hacia atrás. Las estrellas parecie­ron inclinarse y girar por encima del techo abierto. Hundí los dedos en el pelo de Gastón   para poder mantenerlo pegado a mí mientras me hiciera sentirme de aquella forma.
«El desea esto tanto como yo —pensé—. Gastón   sabe cómo va a acabar esto, y no quiere parar.»
Gastón   volvió a besarme en la boca y los dos empezamos a res­pirar entrecortadamente, enloquecidos. Gastón   me metió un muslo entre las piernas. Yo le cogí la cara entre las manos.
—Tú y yo... ¿Quieres que yo...? ¿Va a pasar?
—¿El qué? —Gastón   pareció volver a mí desde muy lejos—. Oh. Oh. No creía que... esta noche...
—Ni yo, pero siento que también tú lo deseas. —Lo besé; él es­taba temblando, quizá de excitación. Era exactamente igual que el año pasado en la torre norte, igual de irrefrenable y apremiante—. Entonces estaremos juntos de verdad para siempre.
—¿Estás segura?
—Esto lo cambia todo... para los dos... pero sí... lo estoy. ¿Y tú? Gastón   me sonrió de ese modo sensual que siempre lograba po­nerme a cien.
—Del todo. —Cuando volvió a besarme, lo hizo con una in­tensidad distinta. Con resolución. Con apremio. Luego susurró con los labios pegados a mi mejilla—: ¿Has traído... ya sabes, pro­tección?
—¿Protección?
—Ya sabes. —Yo no lo había hecho—. Bueno, yo no he traído condones. Porque soy... eso... idiota — Gastón  se dio un cabeza­zo contra mi hombro —. No pensé que tú... que llegaríamos a esto. Tendría que haberlo previsto. Cada vez que te toco...
—Un momento, ¿creías que estaba hablando de sexo?
Gastón   me miró. De inmediato supe que él sí había estado ha­blando de sexo; lo tenía encima de mí y estaba medio desnuda. No era que yo no hubiera pensado también en hacerlo —puede que incluso más tarde aquella misma noche—, pero yo hablaba de atar­nos para siempre.
—Rocío, ¿estás...? ¿Te referías...? ¿Estabas hablando de be­ber mi sangre?
—Sí.
—Pero no solo de bebería — se había puesto blanco como el papel ¿no?
—Creía que querías que... te transformara en vampiro — El regalo definitivo. Le puse una mano en la mejilla, deleitándome con el tacto de su piel. Recordé viejos sueños que creía olvidados y, por un instante, me atreví a desear —. Hacer eso también me trans­formaría en vampiro a mí. Y entonces, Gastón, no tendríamos que volver a separarnos nunca.
Gastón   se quedo completamente inmóvil.
—Antes me moriría y me quedaría muerto. Rocío, no vuelvas a pedirme eso nunca más. Porque es la única cosa del mundo que no haré por ti. Jamás seré un vampiro. Jamás.
Cada palabra fue como un golpe. Gastón   había progresado tan­to en su actitud hacia nosotros que creía que su antigua resistencia a la idea podría haberse disuelto. Pero allí estaba, tan fuerte como siempre. Me sentí confundida; peor, me sentí rechazada. Gastón   no quería lo que yo le había ofrecido, ni lo que era.
No parecía haber nada más que decir y la enardecida pasión que antes nos había dominado se había apagado como si jamás hu­biera existido. Nos sentamos, apartándonos ligeramente el uno del otro. Mi piel desnuda notó por fin el frío y, un momento después, empecé a abotonarme la chaqueta con los dedos temblándome. Gastón   me pasó dulcemente un brazo por la espalda, pero, ahora, el abrazo nos resultó incómodo. Jamás habría imaginado que estar entre sus brazos se me pudiera hacer extraño, pero así fue. 

1 comentario:

  1. Rochi arruinó todo. Todo bien que ella sea vampiro pero pobre Gas...

    ResponderEliminar