martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 011 (LIBRO 02)

Por qué el amor es un recurso dramático tan frecuente? La señora Bethany se paseó por el aula, con sus bo­tas de puntera estrecha resonando en el suelo de madera. Entrela­zó las manos en la espalda. A aquellas alturas, ya habíamos apren­dido que, cuando hablaba en aquel tono de voz, no quería que nadie ofreciera respuestas para sus preguntas. Prefería que mantu­viéramos la boca cerrada y prestáramos atención.
—Naturalmente, porque el amor es persuasivo. Pese a lo transi­torio que a menudo es, el amor lleva a criaturas totalmente raciona­les a comportarse de las formas más extrañas. —Miró un momento por la ventana, pero enseguida volvió a clavar sus ojos oscuros en nosotros — Por tanto, es lógico que Shakespeare utilice el amor ro­mántico como la motivación fundamental de los actos de Romeo y Julieta. Nos preguntamos si los jóvenes actuarían de ese modo. Sa­bemos que lo harían. De ese modo, la obra resulta creíble.
Me moví nerviosamente en la silla y miré el reloj colgado sobre la puerta. Solo faltaban tres minutos para que terminara la clase.
—No obstante, Romeo y Julieta es mucho más que una des­cripción de las pasiones juveniles.    — Deteniéndose justo al lado de mi pupitre, donde olí la fragancia a lavanda que siempre parecía envolverla, la señora Bethany dijo — Su próximo trabajo, que de­berán entregar dentro de una semana, es una redacción de tres pá­ginas exponiendo su opinión sobre los fallos arguméntales de Ro­meo y Julieta. No voy a dar una clase para hablar de ellos; estoy más interesada en los que ustedes puedan definir y defender.
¿Había dicho «fallos»? ¿En Romeo y Julieta? ¿Mi obra de tea­tro favorita?
La señora Bethany se quedó callada, fulminando a toda la clase con la mirada, y, una vez más, tuve la sensación de que me había leí­do el pensamiento y estaba a punto de abalanzarse sobre mí. Pero, por una vez, su irritación no guardaba ninguna relación conmigo.
—Veo que muchos de los que van a Riverton el fin de semana ya han empezado a desconcentrarse. Esperemos que hayan recobrado sus facultades mentales cuando lleguen los exámenes. Pueden irse.
No fui la primera en salir por la puerta, pero estuve cerca de serlo. Mientras corría por el pasillo, noté que la cara se me ilumi­naba con una sonrisa. Aunque era consciente de que había una po­sibilidad de que Gastón no pudiera acudir aquella noche, sabía que lo haría si había alguna manera. Y tenía que haberla.
Justo cuando me disponía a subir las escaleras para ir a mi habi­tación, vi a Victorio poniéndose la mochila al hombro. Tuve un an­tojo que me hizo sonreír, y entonces pensé: «¿Por qué no? Le irá bien a nuestra tapadera». De manera que corrí hacia él y básicamente lo plaqué, saltando de tal forma que él tuvo que cogerme en brazos.
—¡Caramba! — Victorio me cogió tan fuerte que los pies me quedaron colgando sin tocar el suelo. Me abracé a su cuello y me reí. Él también lo hizo.
—Estás de buen humor
— Sí.
—Imagino por qué — Suspiró, dejándome de nuevo en el sue­lo — Nos vemos en el autobús.
Victorio estaba infringiendo la regla tácita de que el «prototi­po Medianoche» no se mezclaba con los alumnos humanos en las visitas a Riverton. Creo que la mayoría de los humanos pensaban que respondía a una especie de esnobismo: los pijos excluyendo a los que no lo eran, y en parte tenían razón. Pero, principalmente, los vampiros temían revelar su ignorancia del siglo XXI una vez fuera del entorno de la Academia Medianoche.
Victorio rompería filas aquella noche. En parte, lo hacía para seguir con la farsa de que estábamos tan colados el uno por el otro que no podíamos pasar separados ni un solo segundo. Además, cuando llegara el momento de marcharme, me había prometido que cuidaría de Raquel, asegurándose de que se divertía.
Hasta entonces, ella y yo íbamos a permanecer juntas, le gusta­ra o no.
—En Riverton no hay nada que hacer — refunfuñó Candela cuan­do la cogí por el brazo y la conduje hacia el autobús. Llevaba unas Doc Martens, unos vaqueros y un chaquetón de marinero — Si quieres que te diga la verdad, preferiría quedarme en la habitación.
—Eso ya lo has hecho demasiado a menudo últimamente. Ven­ga, al menos es algo distinto, ¿no? Podemos comer en el restau­rante, y sé que, para variar, tiene que apetecerte algo que no sean bocadillos de atún y membrillo.
—Bueno, visto así... —  Echó un vistazo a mi indumentaria: una camisa blanca de chorreras, una falda gris más corta que de cos­tumbre y unos magníficos zapatos de tacón que solo me había pues­to dos veces porque me daban vértigo — Te has puesto guapa para Balthazar, ¿eh?
Me pregunté qué diría Gastón cuando me viera vestida así y em­pecé a sonreír como una tonta. Candela se rió, percibiendo mi ale­gría aunque la malinterpretara. Fuimos brincando hasta el auto­bús, yo tambaleándome a causa de los tacones, sin importarme que pudieran reírse de nosotras. Victorio me sentó en su regazo para que Candela pudiera sentarse con nosotros.
Nos pasamos todo el trayecto riéndonos y hablando, Victorio esforzándose por ser encantador y conseguir que Candela se abrie­ra. Pronto, ella se puso a hablarle de ir en monopatín, su afición desde hacía unos años, y a reírse de lo poco que él sabía del tema. En todo el viaje, solo hubo un momento desagradable. Cuando el autobús giró para cruzar el río, noté que Victorio se ponía rígido y me apretaba el hombro.
Los vampiros odian cruzar agua en movimiento. Pueden so­portarlo, pero normalmente necesitan mucho tiempo para hacerse a la idea. Victorio iba a tener que hacerlo en frío, e iba a costarle. Le cogí de la mano como si estuviéramos coqueteando, para, real­mente, darle apoyo. El autobús empezó a cruzar el río. Victorio cerró los ojos con fuerza.
Sentí náuseas. Me dio la impresión de que me quedaba sin aire y ya no supe si estaba cabeza arriba o cabeza abajo. Todo se vol­vió oscuro y se llenó de lucecitas, como a veces ocurre cuando uno se levanta demasiado deprisa. Apreté con más fuerza la mano de Victorio; su palma estaba tan fría y sudada como se había puesto la mía.
Luego, con la misma rapidez con que había venido, la sensa­ción de mareo se fue. Respirando hondo, miré a mi alrededor, in­tentando orientarme. El autobús acababa de cruzar el río.
La barrera que los vampiros sentían ante el agua en movimien­to, ahora también la sentía yo.
Victorio me miró con curiosidad y yo me pregunté si no ha­bría percibido mi angustia. Me puse a mirar por la ventana, no queriendo reconocer lo que no estaba preparada para admitir ante mí misma.

Cenamos todos juntos en el restaurante, sentados a la barra. Nicolás metió las patatas fritas dentro de su hamburguesa, entre la carne y el pan, lo cual nos hizo reír a todos, pero luego descubrimos que sabían bastante bien cuando lo hicimos nosotros. Fue extraño ver a Victorio comiendo aros de cebolla y bebiendo batido de leche; masticaba lenta y pausadamente, quizá porque tenía que recordar­se cómo hacerlo. Pero se las apañó. Nadie más notó nada raro en su modo de comer.
Después Victorio sugirió que fuéramos a la librería de viejo. Cuando Nicolás y Candela se apuntaron, dije con aire despreocupado:
—Os veo luego, ¿vale? Creo que voy a acercarme un momento al cine para saludar a mis padres. Siempre hacen de profesores acompañantes.
Candela se encogió de hombros.
—Podríamos ir todos al cine.
«Oh, no», pensé, pero esta vez fue Nicolás quien acudió en mi rescate.
—De ninguna manera. ¿Has visto lo que ponen? Historias de Filadelfia. Una versión profundamente misógina de las causas de la infidelidad conyugal.
Candela parpadeó al oír a Nicolás utilizando tantas palabras difíciles juntas. Yo estaba dispuesta a defender cualquier película donde sa­liera mi querido Cary Grant, pero esta vez iba a tener que morder­me la lengua.
—Así es. No os gustaría. Me paso por la librería después.
Ellos se fueron y yo me quedé sola. Me puse a andar hacia el cine, solo por si se volvían a mirar, y seguí caminando después de pasar por delante de las parpadeantes luces de la marquesina.
Ya casi había llegado. Los pies empezaron a dolerme debido a los zapatos de tacón, pero, con cada paso que daba, notaba menos el dolor porque me acercaba más a Gastón.
Llegué a la orilla del río en pocos minutos. Allí había casas en vez de tiendas, pero no muchas. Un paseo peatonal discurría junto al río, uno que habían pavimentado mucho tiempo atrás; el hormi­gón estaba resquebrajado y entre las grietas habían crecido malas hierbas. En algunos puntos, las raíces de los árboles habían levan­tado el pavimento, lo cual favorecía los traspiés, sobre todo si lle­vabas zapatos de tacón como yo.
Observé las luces del puente reflejándose en el agua. ¿Por qué me había alterado tanto cruzarlo hoy? Encontrarme tan cerca del agua no me afectaba lo más mínimo. El río estaba bonito, eso era todo.
Entonces oí pasos detrás de mí. «Gastón» Me dio un vuelco el corazón y me volví rápidamente sonriendo, mientras una silueta se acercaba en la oscuridad.
Se me cayó el alma a los pies.
—Hola — dijo Lala emergiendo de las sombras — Sé que no soy la persona que querrías ver esta noche. Lo siento. Mi decepción se esfumó, dando paso al miedo.
—Gastón   no... Está bien, ¿no?
—Está bien. Está perfectamente. Pero, ahora mismo, su co­mando está en aislamiento en Boston. Se han dejado rodear por unos vampiros con muy malas pulgas. Tiene que quedarse aislado durante las próximas semanas. No puede salir. Yo estaba en otro sitio, de manera que, cuando me dijeron lo del aislamiento, me pi­dió que viniera a reunirme contigo. Tenemos que decidir cuándo vais a tener vuestra próxima cita secreta, lo cual, tengo que decír­telo, me hace sentirme un poco cochina — Aunque intenté reírme de la broma, me salió, en cambio, una especie de sollozo. Dana, in­cómoda, me dio una palmada en el hombro y dijo — Oye, oye. Tú sabes que él habría venido si hubiera podido, ¿no?
—Lo sé. Es solo... que tenía muchísimas ganas de verlo esta noche. Pero gracias por venir a decírmelo — dije en un tono forza­do. Era mejor recibir la mala noticia enseguida que esperar toda la noche junto al río a que apareciera Gastón. Por muy amable que hu­biera sido Lala, ahora quería que se marchara para poder llorar a solas.
—De nada — Lala dejó de sonreír y se irguió. En ese instante, viéndola adoptar una postura vigilante y lista para el combate, per­cibí la guerrera que había en ella — Viene alguien. ¿Estás segura de que esta vez no ha venido ningún vampiro?
—Solo uno, y no es peligroso — Lala me lanzó una mirada que claramente significaba «¿Estás chiflada?». Yo seguí hablando como si no hubiera dicho nada sobre vampiros amistosos — O es alguien de Riverton o es un alumno, así que actuemos con naturalidad
— Exacto.
Pero era yo quien iba a tener dificultades para actuar con na­turalidad, porque la persona que venía por el paseo era Raquel.
—¡Hola! — dije alegremente — ¡Creía que estabas en la libre­ría!
—Me aburría — Candela sonrió — Me he escabullido.
«Genial — pensé — El pobre Victorio va a pasarse el resto de la noche buscándola por toda la ciudad.»
—¿Y tú? Creía que ibas al cine a saludar a tus padres — Miró a Lala con recelo.
Pero Lala sonrió y le ofreció la mano.
—Lala Tryon. Me alegro de conocerte. Soy una vieja amiga de Rocío  y nos hemos encontrado en la calle. Vaya casualidad, ¿no?
—Ah, vale — Candela le estrechó la mano — ¿Naciste donde Rocío?
—Fuimos juntas al colegio en Arrowwood — me apresuré a de­cir, agradeciendo la rapidez mental de Dana—. Sí, éramos insepa­rables. Por eso, al verla, he pasado de ir al cine.
Candela sonrió, tragándose la historia.
—Guay. ¿Estáis dando un paseo?
—Básicamente, sí. — Al parecer, Candela quería quedarse con nosotras. ¿Cómo íbamos a fingir una gran amistad? Solo nos ha­bíamos visto dos veces.
Lala no pareció preocupada.
—De hecho, iba a comer algo. Rocío  iba a acompañarme. ¿Quieres venirte?
—Bueno... acabo de comer... — Para mi sorpresa, vi que Candela quería venir. La alegre personalidad de Lala la había seduci­do — Pero me he saltado el postre. La tarta parecía bastante buena.
—¡Tarta! — Lala se rió alegremente — ¿A quién no le gusta la tarta? Hecho.
La conversación fluyó durante toda la noche y nadie habría adivinado jamás que Lala y yo apenas nos conocíamos. Desde lue­go, Candela no lo hizo, principalmente porque nos centramos en ella, preguntándole por sus proyectos artísticos, su monopatín y todo lo demás. Cuando la conversación se desviaba de los intereses de Candela, Lala se ponía a hacerme preguntas absurdas sobre la historia que supuestamente compartíamos:
—¿Qué hace Hubert? ¡Dios mío, cómo tonteabais cuando erais crios! ¿De veras que nunca te importó que llevara aquellas gafas de culo de vaso? ¿Ni ir con él a aquellas conferencias tan aburridas?
—Oh, ya sabes — farfullé yo — Antes era una intelectual.
—No lo dirías nunca si hubieras visto al tío con el que salió el año pasado — dijo Candela.
—Me lo imagino — Lala sonrió satisfecha. Supe que no po­dría resistirse a tomarle el pelo a Gastón  con aquello.
—¿Y tú qué, Lala? —intervine yo — ¿Sigues coleccionando muñecas recortables? Tenías un montón cuando me mudé.
Cuando Candela se puso a reír, Lala me lanzó una mirada ase­sina, pero se estaba riendo.
—Creo que ya lo he superado.
Más o menos a mitad de la cena, Candela se disculpó para ir al baño. En cuanto no pudo oírnos, Lala dijo — Entonces, tú y Gastón  . ¿Dónde y cuándo?
—Es mejor que volvamos a quedar aquí, en Riverton, delante del cine, por ejemplo. Digamos que el sábado después del día de Acción de Gracias, a las ocho de la tarde. —Seguro que, para en­tonces, Victorio ya tendría permiso para sacarme del campus—. Gastón   ya no estará en aislamiento, ¿no?
—Eso espero — Lala sonrió — Ahora ya he contribuido a la felicidad de la parejita, me siento una mujer decente.
—¿Decente? ¿Por qué no te creo?
—Porque eres más lista que eso, por eso.
Entre fingir que Lala y yo éramos amigas de toda la vida y reír­me de sus bromas, no tuve tiempo para disgustarme demasiado por no haber visto a Gastón. La tristeza no me invadió hasta des­pués, cuando volvimos a subirnos al autobús. Victorio me miró con expresión interrogativa, queriendo saber si él y Gastón tenían un pacto; tuve que encogerme de hombros con disimulo y negar con la cabeza. El pareció comprender que el encuentro no se había producido, pero no tuvimos ocasión de hablar de ello. Una vez más, nos vimos obligados a agarrarnos el uno al otro cuando el autobús cruzó el río.
Esa noche, a la hora de acostarnos, Candela estaba más contenta de lo que la había visto en todo aquel curso. Lala podía poner de buen humor a casi todo el mundo. En cambio, yo tenía la sensación de haber dejado una parte de mí junto a ese río, esperando a Gastón. Cerré los ojos con fuerza, intentando conciliar el sueño. Cuanto an­tes terminara aquel día, antes podría dejar de pensar en que debe­ría haberlo visto. Y antes podría empezar a pensar en que pronto estaríamos juntos. Así era como tenía que planteármelo o, de lo contrario, no iba a poder soportarlo.

Pero hasta mis sueños conspiraron en mi contra.

—Tienes que esconderte — dijo Paloma.
Estábamos en el viejo centro cívico donde yo me había encontra­do por primera vez con la Cruz Negra el año anterior. El frío que se colaba por las ventanas rotas me caló hasta los huesos y me hizo tiri­tar. Paloma estaba aferrada al marco de una puerta, como si no pu­diera mantenerse en pie sin ayuda.
—No tenemos que escondernos — le dije — Gastón   no nos hará daño.
—No tienes que esconderte de Gastón — Ella se apartó los rizos trigueños de la cara. Aunque el color de su tez era muy distinto al de Victorio, ahora vi el parecido: el cabello ondulado, la estatura y la in­tensidad de sus ojos castaños — Pero, aun así, tienes que esconderte.
¿De qué estaba hablando? Entonces creí saberlo. La última vez que estuve en aquel centro cívico, el edificio había ardido hasta los ci­mientos. ¿Eran eso las extrañas sombras que nos rodeaban? ¿Era humo?
—Está ardiendo — dije.
—No. Pero va a hacerlo — Paloma alargó una mano hacia mí. ¿Intentaba ponerme a salvo o quería arrastrarme al peligro? — Gastón no sabe que vas a morir quemada.
—¡Él me salvará! ¡Vendrá a buscarme!
Paloma negó con la cabeza y, a sus espaldas, vi el resplandor de las llamas.
—No lo hará. Porque no puede.

Me desperté entre resuellos, sintiéndome más sola que nunca.Capítulo Doce

Romeo y Julieta no se conocen muy bien — Las palabras me parecieron extrañas, aunque las hubiera escrito yo — Se enfrentan a sus padres por amor, arriesgan su vida por amor y, finalmente, mueren por amor, aunque solo se han visto unas pocas veces. Es una gran historia de amor que se basa en el enamoramiento. Shakespeare quizá debería haber permitido que se conocieran durante más tiempo.
—Todo lo que dice, señorita Igarzabal, es cierto, pero no estoy convencida de que eso sea un fallo argumental. — La señora Bethany estaba sentada a su mesa, tamborileando tan fuerte en la ma­dera con sus largas y combadas uñas que el golpeteo era audible—. Romeo y Julieta son prácticamente dos desconocidos, incluso al fi­nal de la obra. Pero ¿no es posible que sea eso lo que Shakespeare quiere decirnos? ¿Que la clase de pasión loca y suicida que com­parten Romeo y Julieta suele darse únicamente en la fase de ena­moramiento? ¿Que personas más maduras y expertas no deberían cometer sus errores?
Me hundí en la silla. Por suerte, la señora Bethany no quiso convertirme en el chivo expiatorio del día y miró a su alrededor.
—¿Quiere alguien más sugerir algún fallo que haya percibido en la obra?
Eugenia alzó la mano, deseosa, como siempre, de ponerme en evidencia.
—Se comportaban como si acostarse sin estar casados fuera completamente imposible, y de eso nada, monada. La señora Bethany suspiró.
—Tenga presente que, pese a su humor impúdico, Shakespeare escribía por lo general para satisfacer la moralidad de su época. ¿Alguien más?
Por primera vez que yo recordara, Nicolás habló en clase.
—Si quiere mi opinión, el Bardo mete la pata haciendo que Tebaldo mate a Mercutio antes de que Romeo mate a Tebaldo. Se supone que son enemigos de sangre, ¿no? Y los Montesco no son mejores que los Capuleto, si ese príncipe del final está diciendo la verdad. De manera que habría sido más atrevido que Romeo y Te-baldo se pelearan solo porque se odian. Hacer que Tebaldo mate primero a Mercutio justifica que Romeo lo mate luego a él.
Esperé la inevitable confrontación, pero no ocurrió. La señora Bethany dijo:
—El señor Woodson ha dado un argumento excelente. For­mulando el asesinato de Tebaldo por parte de Romeo como lo hace, Shakespeare pierde cierta ambigüedad moral.
Mientras la señora Bethany escribía «ambigüedad moral» en la pizarra, miré a Nicolás, que se encogió de hombros, poniendo cara de: «No puedo evitar ser un genio».
Pese al divertimento que me produjo oír a Nicolás y a la señora Be­thany hablando de literatura, tuve una extraña sensación de vacío durante toda la clase y durante mucho tiempo después. En la bi­blioteca me senté sola en un rincón y me quedé mirando mis notas a la luz anaranjada y dorada que entraba por la vidriera. ¿Nos co­nocíamos realmente Gastón y yo? Nos habíamos conocido hacía más de un año y yo sentí una conexión especial entre nosotros dos desde el principio. Pero nuestra cita fallida en Riverton me había recordado que casi no habíamos podido estar juntos ni decirnos toda la verdad sobre nosotros o sobre cualquier cosa importante de nuestras vidas.
¿Y si éramos como Romeo y Julieta, que lo arriesgaron todo demasiado pronto?
Entonces me recordé sentada en aquella misma biblioteca con Gastón, cuyos cabellos bañados con la luz que se colaba por la vi­driera parecían de bronce. Lo recordé contándome cómo había huido de casa cuando solo tenía cinco años, llevando un paquete de Oreo y un tirachinas. Nos recordé probándonos anticuadas prendas en la tienda de ropa usada de Riverton y coqueteando en el cenador, y recordé la primera vez que nos besamos.
Lo recordé diciéndome que me quería aunque fuera un vampi­ro, aunque le hubieran enseñado a odiar a los vampiros desde que nació. Y lo recordé tendido debajo de mí, arqueando el cuello para que se lo pudiera morder, ofreciéndome generosamente su sangre.
Aquello no era enamoramiento, era amor. Si algo tenía claro, era eso.
Sonriendo, cerré el cuaderno y también los ojos, para poder per­derme mejor en aquellos recuerdos. Aunque tuviera que seguir ade­lante fingiendo que no echaba de menos a Gastón, podía continuar siendo fiel a él y a todo lo que teníamos. El tiempo que estábamos pasando separados no importaría, no si yo lograba mantenerme fuerte. No iba a entristecerme por todas las cosas que no podía ser nuestra relación, no teniendo en cuenta todas las cosas increíbles que ya era. Era hora de dejar de lamentarme y empezar a celebrarlo.

Mi madre no tuvo que hacer ningún arreglo al vestido del Baile de Otoño de aquel curso, y yo misma me ocupé del maquillaje, por lo que ella dispuso de más tiempo para peinarme. Mientras estaba sentada al borde de la cama en ropa interior, me soplé cuidadosa­mente en cada uña recién pintada con esmalte transparente y pen­sé en María, que se había hecho la manicura y la pedicura prácti­camente a diario.
—María  estaría orgullosa si me viera ahora.
—Deberías escribirle para contárselo — Mi madre arrastró li­geramente las palabras; estaba hablando a pesar de tener varias hor­quillas en la boca — Seguro que le encantaría tener noticias tuyas.
—Supongo — Dudaba de que María  dedicara tiempo a pen­sar en nadie más que nó fuera ella. De todas formas, le debía como mínimo una postal.
—Pensaba que a lo mejor te habías abierto un poco más — dijo mi madre mientras me ponía otra horquilla cerca de la nuca — Que te estabas relacionando más con los que son como nosotros. Ahora que Victorio y tú sois pareja, quiero decir.
—Supongo — dije — Aunque se me hace un poco raro. Él es mayor que yo. —Aquello era quedarme corta, teniendo en cuenta que Victorio había sido prácticamente uno de los primeros colo­nos en celebrar el día de Acción de Gracias.
Mi madre se encogió de hombros.
—Tu padre me lleva casi seis siglos. Créeme, después de los primeros cien años más o menos, casi ni se nota.
Mis padres hacían que esa diferencia de edad pareciera fácil de salvar; yo había crecido sin darle ninguna importancia. Solo ahora que estaba pasando más tiempo con Victorio me daba cuenta de que esos años sí eran importantes.
—Aun así, es extraño.
—Lo sé. Tienes que empezar a pensar a largo plazo, como aprenden a hacer todos los vampiros, si son inteligentes. Eso es algo que Victorio puede darte y que... Gastón no podía.
Me puse rígida y ella dejó de ponerme horquillas. Nos estába­mos adentrando en un terreno peligroso, y las dos lo sabíamos. Mis padres y yo hablábamos de casi todo, menos de Gastón.
—No estoy con Victorio para aprender — dije en voz baja — De igual modo que no estuve con Gastón para rebelarme.
—Cariño, nunca pensamos eso. Nunca te culpamos por lo que sucedió con ese chico. Eso lo sabes, ¿no?
No me di la vuelta. Por algún motivo, me resultaba más fácil te­ner aquella conversación sin mirarnos.
—Lo sé.
Mi madre parecía más nerviosa que yo.
—Rocío, puede que haya un tema del que deberíamos hablar esta noche.
—¿Qué? — ¿Había adivinado que tenía un secreto sobre Gastón? ¿Incluso que lo estaba viendo a escondidas?
Imaginé un montón de posibilidades distintas ante de que ella dijera:
—¿Necesitamos tener tú y yo otra conversación sobre sexo? «Oh, Dios mío.»
—Ya sé que te sabes la teoría — Mi madre siguió adelante, aun­que estaba segura de que acababa de ponerme como un pimiento morrón — Cuando estás intimando con alguien, sobre todo con al­guien que tiene más experiencia, como Victorio, todo pasa a un plano mucho más real. A lo mejor tienes otras preguntas.
—Es un poco pronto para pensar en eso — me apresuré a decir. Tenía que ser mi madre quien me diera la única información que no quería oír — Acabamos de empezar a salir.
—Si tú lo dices... — Parecía divertida, pero me dio una palma-dita en el hombro y, gracias a Dios, no volvió a sacar el tema mien­tras terminábamos de prepararme para el baile.
Acababa de ponerme unos zapatos plateados de puntera estre­cha cuando oímos llamar a la puerta y, luego, a mi padre y a Victorio saludándose en voz muy alta y dándose una palmada en la espalda, que era como habían empezado a comportarse última­mente entre ellos. Mi padre y Gastón también habían actuado de ese modo el año pasado. Puede que los hombres necesitaran pavo­nearse un poco cuando saludaban a los novios de sus hijas, o a los padres de sus novias. Mi madre me quitó una pestaña de la mejilla y me abrazó.
—Sal ahí fuera ¡y túmbalos!
Cuando entré en el salón, tanto mi padre como Victorio se quedaron callados. Mi padre sonrió y echó el cuerpo hacia atrás, claramente orgulloso de mí. Victorio no cambió de cara, pero hubo un destello de aprecio en sus ojos que me hizo estremecedo ramente consciente de mi poder como mujer.
El vestido verde oscuro de satén no tenía tirantes, se me ceñía mucho al cuerpo y era muy escotado por detrás. Se me acampana­ba ligeramente a medio muslo, para permitirme bailar. Llevaba un collar de ópalos engastados en plata de los años veinte que me ha­bía prestado mi madre y los pendientes a juego me rozaban la gar­ganta. Mi madre me había trenzado el pelo y me lo había recogido en un moño, sujetándolo con un solo pasador de pedrería. Si el curso anterior me había sentido hermosa, en este era distinto. Por primera vez me sentía una mujer, no una niña.
Mis padres nos despacharon enseguida y Victorio me ofreció su brazo para que yo me apoyara en él mientras bajábamos. Cuan­do mi zapato nuevo resbaló en uno de los desgastados escalones de piedra y yo me tambaleé, él me cogió por la cintura.
—¿Estás bien?
—Sí. — Lo miré y advertí lo próximo que estaba su rostro al mío. Seguía sujetándome muy cerca de él. Yo sabía que debía se­pararme, pero también sabía que él me deseaba, y no podía evitar que eso me gustara. Era la primera vez en mi vida que sentía que ser mujer me confería una clase única de poder.
—El pelo te queda muy bien así — dijo Victorio escrutándo­me con sus ojos castaños— Antes, las mujeres se peinaban así más a menudo. Siempre me gustó.
Una sonrisita asomó a mis labios.
—¿Así que te traigo recuerdos?
Por alguna razón, aquello rompió el hechizo y Victorio se irguió — Estoy contento con el momento presente. Venga, bailemos. Una vez más, el gran vestíbulo había sido transformado para la ocasión, aunque en un estilo completamente distinto. Las velas se­guían encendidas junto a los espejos de latón batido, bañando la estancia con una vacilante luz dorada; pero ese año las paredes y las mesas estaban decoradas con millares de flores, de todas las cla­ses, pero todas de un niveo color blanco. Hasta los oscuros suelos de piedra estaban salpicados de pétalos, lo cual suavizaba la totali­dad del vestíbulo y le confería luminosidad.
Mientras Victorio, alto y sofisticado con su esmoquin, me con­ducía a la pista de baile al son de la orquesta, vi que varias chicas le lanzaban miradas de admiración. En cierto modo, pensar en que Victorio las ponía a cien, también me puso a mí. Es posible que a todos nos guste provocar celos de vez en cuando. Entonces vi a una persona que, desde luego, no estaba nada impresionada.
—Satén — Eugenia enarcó una ceja mientras miraba mi vesti­do. El suyo era dorado, escotado e impresionante, aunque el mío seguía gustándome más — Qué atrevida eres llevándolo. Se arruga como una bolsa de basura en cuanto te sientas.
—Entonces tendré que asegurarme de que no paramos de bai­lar — dije alegremente — Así no nos sentaremos en toda la noche — Seguimos nuestro camino mientras ella intentaba sin éxito pen­sar en una réplica.
El año anterior había disfrutado en el baile, pero este año me lo estaba pasando en grande. Ya no tenía el corazón roto por Gastón; confiaba plenamente en nuestro amor. Aunque lo habría preferi­do como acompañante, también era consciente de que, probable­mente, él no lo habría disfrutado tanto como yo. No, este año po­día relajarme por completo y experimentar la emoción de bailar con Victorio todas aquellas danzas de otra época. A nuestro alre­dedor sonaban violines, pianos y arpas, y los coloridos vestidos de las chicas se fundían y mezclaban con cada vuelta que dábamos; era como estar dentro de un caleidoscopio que no dejaba de girar.
—Bailas mejor el vals — dijo Victorio cuando ya casi había pa­sado la mitad de la velada — ¿Has practicado?
—En mi habitación he estado probando. Y soportando las ri­sas de Candela.
—Ha valido la pena — Se acercó más a mí hasta casi rozarme la oreja con los labios y susurró — ¿Ahora?
Eché un vistazo a las esquinas del gran vestíbulo; la mayoría de los profesores acompañantes no estaban; seguro que habían salido a vigilar los jardines, donde se escabullirían la mayoría de las pare­jas para estar a solas.
Nos desplazamos hasta el borde de la pista de baile y salimos del gran vestíbulo, riéndonos como si fuéramos a regresar ensegui­da. Cuando empezamos a subir las escaleras de la torre norte, nos cruzamos con un par de chicos vestidos de esmoquin que se que­daron mirándome durante lo que a mí me pareció una eternidad. Cuando se hubieron ido, dije:
—¿Crees que sospechan algo?
—¿Por cómo te han mirado? Creo que me estaban envidiando. — Victorio suspiró — Si ellos supieran... Venga.
No nos cruzamos con nadie más cuando llegamos a la planta de los dormitorios de los chicos y seguimos subiendo. En mi fuero in­terno maldije el golpeteo de mis zapatos de tacón en los peldaños de piedra, una prueba concluyente de que era una chica la que es­taba subiéndolos; pero, de todas formas, conseguimos llegar a la puerta de los archivos. Vacilé, y luego llamé. Gastón y yo no podía­mos ser los únicos que habían descubierto que aquel era un buen sitio para estar solos, y lo último que quería era sorprender a una pareja besuqueándose. Viendo que nadie respondía, Victorio dijo — No hay moros en la costa.
Entramos rápidamente en los archivos. Era evidente que al­guien había estado allí después de que yo viera la aparición, pro­bablemente la señora Bethany. Habían cambiado de sitio cajas y baúles, y, por primera vez que yo recordara, habían limpiado la es­tancia de arriba abajo. Las ventanas estaban tan limpias que eran invisibles y parecía que la gárgola del exterior fuera a entrar de un salto en cualquier momento. Habían quitado las telarañas de todos los rincones.
—¿Qué buscamos? — dijo Victorio.
—Cualquier cosa que explique por qué ha empezado la Aca­demia Mandalay a admitir alumnos humanos. Lúeas necesita sa­berlo. Si se lo podemos decir cuando le expliquemos lo de Paloma y... lo demás, la cosa irá mejor. Además, ¿no quieres saberlo?
—Siempre he pensado que la señora Bethany lo hacía por di­nero. La gente hace muchas cosas por dinero.
—Sí quisiera dinero, podría haber empezado a admitir alum­nos humanos hace años. Como tú dijiste, la señora Bethany detes­ta cambiar las reglas. ¿Por qué ha cambiado esta? Además, si solo se tratara de ganar dinero para la Academia Mandalay, no ofre­cería becas a alumnos humanos como hace. Candela tiene una beca, y no es la única.
Victorio asintió, reconociendo que le había proporcionado un buen argumento, pero no pareció mucho más entusiasmado de es­tar allí.
—-La última vez que subiste despertaste a un fantasma.
—Si quieres volver abajo...
—No pienso dejarte sola aquí —dijo con tanta firmeza que sen­tí vergüenza de haber bromeado siquiera sobre el hecho de que pudiera estar asustado.
—Creo que, hasta ahora, he visto fantasmas tres veces en tres sitios distintos: el gran vestíbulo, las escaleras y aquí. No creo que tenga nada que ver con esta habitación en concreto.
Era obvio que Victorio no estaba convencido, pero solo dijo:
—¿Qué buscamos?
—Cualquier relación entre vampiros que estudiaron aquí hace tiempo y alumnos humanos actuales.
—Eso no reduce mucho la búsqueda, Rocío — Aquello era quedarse muy corto: pese a la limpieza de la señora Bethany, la es­tancia seguía atestada de pilas de cajas con documentos que se re­montaban a hacía más de dos siglos — Supongo que más nos vale empezar.
Abrimos dos cajas y nos pusimos a hojear las viejas páginas que contenían. Los frágiles documentos soltaban polvo y tuve que sa­cudirme continuamente el vestido; no podíamos volver abajo he­chos un desastre.
Victorio recitó una lista de nombres mientras yo leía otra mentalmente: Tobías Earnshaw, Agatha Browning, Dhiram Patel, Li Xiaoting, Tabitha Isaacs, Noor Al-Eyaf, Jonathan Donahue, Sky Kahurangi, Sumiko Takahara. Los nombres que encontramos per­tenecían a países y siglos distintos; lo único que tenían en común era que no nos sugerían nada. La Academia Mandalay era un centro relativamente pequeño, por lo que, entre Victorio y yo, nos sabíamos los nombres y apellidos de casi todos los alumnos humanos. Ninguno de ellos guardaba relación aparente con los vampiros que encontramos en los archivos.
—Parecía buena idea — refunfuñé sacudiéndome las manos.
—No hemos demostrado tu teoría, pero tampoco la hemos re­futado. El problema es que hay demasiados documentos. No po­dremos encontrar nada sin tener más información sobre lo que buscamos — Victorio se sacó un reloj de bolsillo de la chaqueta y frunció el entrecejo — Necesitamos volver pronto. Advertirán nuestra ausencia, pero si volvemos supondrán...
—Vale — Pensar en lo que supondría la gente me hizo sentir vergüenza y no me atreví a mirarlo a los ojos.
—Seguiremos investigando, te lo prometo.
—Gracias.
Bajamos sin que nadie nos viera y Victorio pareció aliviado.
—Bien. No quiero darte fama de escandalosa.
—¿Se puede escandalizar a los vampiros?
—Tú deberías saberlo mejor que nadie — Me cogió de la mano y volvimos a la pista de baile —Venga, escandalicémoslos.
Esta vez, cuando empezamos a bailar, no fue solo por diver­sión. Victorio me abrazaba más fuerte que antes, más fuerte de lo que nadie salvo Gastón me había abrazado nunca, de modo que nuestros cuerpos estaban pegados. No formábamos parte de la procesión de bailarines que giraban a nuestro alrededor. Nos mo­víamos despacio, como si no hubiera nadie más en el mundo y es­tuviéramos completamente solos. En realidad, yo era más conscien­te que nunca de que nos estaban observando. Percibía la diversión de los profesores acompañantes, el interés de los alumnos y los ce­los de Eugenia.
«Todo es un juego — me dije — No significa nada para ningu­no de los dos. No pasa nada por divertirse.»
En un momento dado, Victorio rozó el vestido de otra chica con la mano e hizo una mueca de dolor.
—¿Qué...?
Dejamos de bailar y nos dirigimos a un lado de la pista. Le cogí la mano y vi una gotita de sangre en su dedo índice.
—Debía de tener el vestido prendido con alfileres.
Victorio empezó a agitar la mano, pero paró. Despacio me acercó el dedo a los labios, ofreciéndome su sangre.
Los vampiros que nos rodeaban lo interpretarían como un co­queteo. Beber uno la sangre de otro era un acto muy íntimo para los vampiros. El que la bebía podía sentir los deseos y emociones más secretos del otro. ¿Me había ofrecido Victorio su sangre solo para seguir con la ilusión de que estábamos juntos, o lo hacía en serio?
En ambos casos, no podía negarme.
Me metí la punta del dedo en la boca y le rocé la yema con la lengua. Me supo a sal. Aunque solo era una gota de sangre, me bas­tó para percibir un destello de lo que sentía, una imagen congelada de lo que ocurría: yo bailando con el vestido verde, más morena y mayor y un millar de veces más hermosa de lo que era en realidad.
Tragué, y fue como si el mundo regresara de golpe.
—Mucho mejor — dijo Victorio en voz baja, mientras retiraba lentamente el dedo. Advertí que yo había cerrado los ojos.
Aturdida, intenté recomponerme.
—Bien... bueno... o sea, bien — Él me sonrió y casi pareció orgulloso de sí mismo. Volviéndome hacia la pista de baile, dije de­masiado alegremente — Bailemos, ¿vale?
—Vale. —Victorio me cogió de la mano y, en el momento per­fecto, justo al compás, se incorporó a la pista de baile. El remolino de gente girando a nuestro alrededor me atrapó, como si pudiera sentir el ritmo de la música en mi propio pulso. El embriagante sa­bor de la sangre me había mareado. «Nunca más — pensé — A Gastón   no le gustaría nada.»
Di un resbalón y fui a disculparme, pero volví a resbalar. Cuando me agarré al hombro de Victorio para afianzarme, él frunció el entrecejo y advertí que también estaba teniendo dificul­tades para no caerse. Al mirar al suelo, vimos que estábamos pi­sando hielo.
En todo el vestíbulo, la gente comenzó a murmurar y a dar gri­tos de horror cuando la fina capa de hielo se convirtió en una grue­sa superficie irregular de color blanco azulado. Una o dos personas se cayeron al suelo y una chica gritó. Me fijé en un ramo de flores blancas colgado de la pared: todos los pétalos estaban cubiertos de escarcha, relucientes y totalmente congelados.
—¿Es este... ? — musitó Victorio.
—Aja.
El mismo viento frío que yo recordaba barrió el gran vestíbu­lo y varias velas se apagaron. La orquesta dejó de tocar, instrumen­to a instrumento, pasando de la melodía a un estruendo que dio paso al silencio. Algunos de los profesores acompañantes habían empezado a guiar a los alumnos hacia las puertas, pero, por muy asustados que estuviéramos todos, ninguno quería dejar de mirar. Un hielo azulado cubrió paredes y ventanas. En las vigas del techo se formaron carámbanos tan gruesos como estalactitas, cada vez más largos. En cuestión de segundos pasaron de tener medio me­tro a alcanzar los tres metros de longitud, haciéndose más gruesos que yo. Noté el frío en la piel, pero no en forma de copos blandos y esponjosos como la otra vez, sino como un aguanieve que pin­chaba.
—¿Qué hemos hecho? — Me aferré a la chaqueta de Victorio — ¿Hemos despertado a un fantasma?
—¿Un fantasma? — Al parecer, Eugenia había oído la última palabra que no queríamos que nadie oyera — ¿Es esto un fantasma?
Comenzó a cundir el pánico. Todo el mundo echó a correr en tropel hacia las salidas, pero la gente resbalaba en el hielo y chilla­ba, arrastrando a otros en su caída y creando un tumulto. Victorio me agarró por la cintura y me tapó la cabeza con el otro brazo para protegerme. El viento frío volvió a azotar el vestíbulo, apa­gando las velas que quedaban. A cada segundo, había más oscuri­dad; a cada segundo, yo tenía más miedo.
«Ellos sabrán qué hacer —pensé, aunque ahora estaba tem­blando de la cabeza a los pies—. Seguro que la señora Bethany, mis padres o alguien sabe cómo parar esto, porque, oh, Dios mío, al­guien tiene que pararlo...»
La escarcha que cubría la única ventana del vestíbulo que no tenía vidrieras comenzó a derretirse en algunos puntos, trazando unas letras que formaron una palabra: NUESTRA.
Luego el hielo comenzó a resquebrajarse por todas partes: pa­redes, techo, suelo. Mientras nos desplazábamos hacia un lado, de­sequilibrados por el hielo que se estaba agrietando bajo nuestros pies, oí un fuerte crujido. Al alzar la vista, vi que las estalactitas temblaban y se desprendían, cayendo sobre nosotros como afila­dos cuchillos de hielo de tres metros de longitud.

Todo el mundo gritó. Victorio me arrojó al suelo y cubrió mi cuerpo con el suyo. Mientras contenía el aliento por la impresión del frío en la piel y el peso de Victorio sobre mí, vi una estalactita estrellándose contra el suelo a poco más de un palmo de nosotros. Fragmentos de hielo salieron despedidos en todas direcciones, cla­vándoseme en los brazos; oí que Victorio maldecía y supe que había sufrido mayor impacto que yo. El pesado bloque de hielo se volcó junto a nosotros; por unos pocos milímetros no aplasta a Victorio.
Entonces el cristal de la ventana se hizo añicos cayendo estre­pitosamente al suelo.
Todo terminó tan deprisa como había empezado. A nuestro al­rededor, oí llantos y gritos aislados. Victorio se puso boca arriba, cogiéndose la espalda y haciendo una mueca de dolor, y yo miré los destrozos. Todo estaba empapado de agua y el suelo estaba sem­brado de adornos caídos, zapatos de satén y enormes pedazos de hielo derritiéndose.
—Victorio ¿estás bien?
—Sí — Habría sido más convincente si no hubiera seguido tendido en el suelo — ¿Y tú?
—Sí — Por primera vez, caí en la cuenta de que podría haber muerto; era posible que Victorio me hubiera salvado la vida — Gracias por...
—Tranquila.
Miré la ventana, donde la espectral palabra ya casi había desa­parecido. ¿Qué estaban reclamando los fantasmas? ¿La estancia de los archivos? ¿La torre norte?
¿O la mismísima Academia Mandalay?

2 comentarios:

  1. Cada vez se pone mas interesante!.. Que querran los fantasmas?... lo unico que no quiero es que rochi se confunda con victorio!

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  2. Che, no me gusta que Rochi este tanto tiempo con Victorio...

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