—Naturalmente,
porque el amor es persuasivo. Pese a lo transitorio que a menudo es, el amor
lleva a criaturas totalmente racionales a comportarse de las formas más
extrañas. —Miró un momento por la ventana, pero enseguida volvió a clavar sus
ojos oscuros en nosotros — Por tanto, es lógico que Shakespeare utilice el amor
romántico como la motivación fundamental de los actos de Romeo y Julieta. Nos
preguntamos si los jóvenes actuarían de ese modo. Sabemos que lo harían. De
ese modo, la obra resulta creíble.
Me
moví nerviosamente en la silla y miré el reloj colgado sobre la puerta. Solo faltaban
tres minutos para que terminara la clase.
—No
obstante, Romeo y Julieta es mucho más que una descripción de las pasiones
juveniles. — Deteniéndose justo al lado de mi pupitre,
donde olí la fragancia a lavanda que siempre parecía envolverla, la señora Bethany dijo
— Su próximo trabajo, que deberán entregar dentro de una semana, es una
redacción de tres páginas exponiendo su opinión sobre los fallos arguméntales
de Romeo y Julieta. No voy a dar una clase para hablar de ellos; estoy más
interesada en los que ustedes puedan definir y defender.
¿Había
dicho «fallos»? ¿En Romeo y Julieta? ¿Mi obra de teatro favorita?
La señora
Bethany
se quedó callada, fulminando a toda la clase con la mirada, y, una vez más,
tuve la sensación de que me había leído el pensamiento y estaba a punto de
abalanzarse sobre mí. Pero, por una vez, su irritación no guardaba ninguna
relación conmigo.
—Veo
que muchos de los que van a Riverton el fin de semana ya han empezado a
desconcentrarse. Esperemos que hayan recobrado sus facultades mentales cuando
lleguen los exámenes. Pueden irse.
No
fui la primera en salir por la puerta, pero estuve cerca de serlo. Mientras
corría por el pasillo, noté que la cara se me iluminaba con una sonrisa.
Aunque era consciente de que había una posibilidad de que Gastón no pudiera
acudir aquella noche, sabía que lo haría si había alguna manera. Y tenía que
haberla.
Justo
cuando me disponía a subir las escaleras para ir a mi habitación, vi a Victorio
poniéndose la mochila al hombro. Tuve un antojo que me hizo sonreír, y
entonces pensé: «¿Por qué no? Le irá bien a nuestra tapadera». De manera que
corrí hacia él y básicamente lo plaqué, saltando de tal forma que él tuvo que
cogerme en brazos.
—¡Caramba!
— Victorio me cogió tan fuerte que los pies me quedaron colgando sin tocar el
suelo. Me abracé a su cuello y me reí. Él también lo hizo.
—Estás
de buen humor
—
Sí.
—Imagino
por qué — Suspiró, dejándome de nuevo en el suelo — Nos vemos en el autobús.
Victorio
estaba infringiendo la regla tácita de que el «prototipo Medianoche» no se
mezclaba con los alumnos humanos en las visitas a Riverton. Creo que la mayoría
de los humanos pensaban que respondía a una especie de esnobismo: los pijos
excluyendo a los que no lo eran, y en parte tenían razón. Pero, principalmente,
los vampiros temían revelar su ignorancia del siglo XXI una vez fuera del
entorno de la
Academia Medianoche.
Victorio
rompería filas aquella noche. En parte, lo hacía para seguir con la farsa de
que estábamos tan colados el uno por el otro que no podíamos pasar separados ni
un solo segundo. Además, cuando llegara el momento de marcharme, me había
prometido que cuidaría de Raquel, asegurándose de que se divertía.
Hasta
entonces, ella y yo íbamos a permanecer juntas, le gustara o no.
—En
Riverton no hay nada que hacer — refunfuñó Candela cuando la cogí por el brazo
y la conduje hacia el autobús. Llevaba unas Doc Martens, unos vaqueros y un
chaquetón de marinero — Si quieres que te diga la verdad, preferiría quedarme
en la habitación.
—Eso
ya lo has hecho demasiado a menudo últimamente. Venga, al menos es algo
distinto, ¿no? Podemos comer en el restaurante, y sé que, para variar, tiene
que apetecerte algo que no sean bocadillos de atún y membrillo.
—Bueno,
visto así... — Echó un vistazo a mi
indumentaria: una camisa blanca de chorreras, una falda gris más corta que de
costumbre y unos magníficos zapatos de tacón que solo me había puesto dos
veces porque me daban vértigo — Te has puesto guapa para Balthazar, ¿eh?
Me
pregunté qué diría Gastón cuando me viera vestida así y empecé a sonreír como
una tonta. Candela se rió, percibiendo mi alegría aunque la malinterpretara. Fuimos
brincando hasta el autobús, yo tambaleándome a causa de los tacones, sin
importarme que pudieran reírse de nosotras. Victorio me sentó en su regazo para
que Candela pudiera sentarse con nosotros.
Nos
pasamos todo el trayecto riéndonos y hablando, Victorio esforzándose por ser
encantador y conseguir que Candela se abriera. Pronto, ella se puso a hablarle
de ir en monopatín, su afición desde hacía unos años, y a reírse de lo poco que
él sabía del tema. En todo el viaje, solo hubo un momento desagradable. Cuando
el autobús giró para cruzar el río, noté que Victorio se ponía rígido y me
apretaba el hombro.
Los
vampiros odian cruzar agua en movimiento. Pueden soportarlo, pero normalmente
necesitan mucho tiempo para hacerse a la idea. Victorio iba a tener que hacerlo
en frío, e iba a costarle. Le cogí de la mano como si estuviéramos coqueteando,
para, realmente, darle apoyo. El autobús empezó a cruzar el río. Victorio cerró
los ojos con fuerza.
Sentí
náuseas. Me dio la impresión de que me quedaba sin aire y ya no supe si estaba
cabeza arriba o cabeza abajo. Todo se volvió oscuro y se llenó de lucecitas,
como a veces ocurre cuando uno se levanta demasiado deprisa. Apreté con más
fuerza la mano de Victorio; su palma estaba tan fría y sudada como se había
puesto la mía.
Luego,
con la misma rapidez con que había venido, la sensación de mareo se fue.
Respirando hondo, miré a mi alrededor, intentando orientarme. El autobús
acababa de cruzar el río.
La
barrera que los vampiros sentían ante el agua en movimiento, ahora también la
sentía yo.
Victorio
me miró con curiosidad y yo me pregunté si no habría percibido mi angustia. Me
puse a mirar por la ventana, no queriendo reconocer lo que no estaba preparada
para admitir ante mí misma.
Cenamos
todos juntos en el restaurante, sentados a la barra. Nicolás metió las patatas
fritas dentro de su hamburguesa, entre la carne y el pan, lo cual nos hizo reír
a todos, pero luego descubrimos que sabían bastante bien cuando lo hicimos
nosotros. Fue extraño ver a Victorio comiendo aros de cebolla y bebiendo batido
de leche; masticaba lenta y pausadamente, quizá porque tenía que recordarse
cómo hacerlo. Pero se las apañó. Nadie más notó nada raro en su modo de comer.
Después
Victorio sugirió que fuéramos a la librería de viejo. Cuando Nicolás y Candela se
apuntaron, dije con aire despreocupado:
—Os
veo luego, ¿vale? Creo que voy a acercarme un momento al cine para saludar a
mis padres. Siempre hacen de profesores acompañantes.
Candela
se encogió de hombros.
—Podríamos
ir todos al cine.
«Oh,
no», pensé, pero esta vez fue Nicolás quien acudió en mi rescate.
—De
ninguna manera. ¿Has visto lo que ponen? Historias de Filadelfia. Una versión
profundamente misógina de las causas de la infidelidad conyugal.
Candela
parpadeó al oír a Nicolás utilizando tantas palabras difíciles juntas. Yo
estaba dispuesta a defender cualquier película donde saliera mi querido Cary
Grant, pero esta vez iba a tener que morderme la lengua.
—Así
es. No os gustaría. Me paso por la librería después.
Ellos
se fueron y yo me quedé sola. Me puse a andar hacia el cine, solo por si se
volvían a mirar, y seguí caminando después de pasar por delante de las
parpadeantes luces de la marquesina.
Ya
casi había llegado. Los pies empezaron a dolerme debido a los zapatos de tacón,
pero, con cada paso que daba, notaba menos el dolor porque me acercaba más a Gastón.
Llegué
a la orilla del río en pocos minutos. Allí había casas en vez de tiendas, pero
no muchas. Un paseo peatonal discurría junto al río, uno que habían pavimentado
mucho tiempo atrás; el hormigón estaba resquebrajado y entre las grietas
habían crecido malas hierbas. En algunos puntos, las raíces de los árboles
habían levantado el pavimento, lo cual favorecía los traspiés, sobre todo si
llevabas zapatos de tacón como yo.
Observé
las luces del puente reflejándose en el agua. ¿Por qué me había alterado tanto
cruzarlo hoy? Encontrarme tan cerca del agua no me afectaba lo más mínimo. El
río estaba bonito, eso era todo.
Entonces
oí pasos detrás de mí. «Gastón» Me dio un vuelco el corazón y me volví
rápidamente sonriendo, mientras una silueta se acercaba en la oscuridad.
Se
me cayó el alma a los pies.
—Hola
— dijo Lala emergiendo de las sombras — Sé que no soy la persona que querrías
ver esta noche. Lo siento. Mi decepción se esfumó, dando paso al miedo.
—Gastón no...
Está bien, ¿no?
—Está
bien. Está perfectamente. Pero, ahora mismo, su comando está en aislamiento en
Boston. Se han dejado rodear por unos vampiros con muy malas pulgas. Tiene que
quedarse aislado durante las próximas semanas. No puede salir. Yo estaba en
otro sitio, de manera que, cuando me dijeron lo del aislamiento, me pidió que
viniera a reunirme contigo. Tenemos que decidir cuándo vais a tener vuestra
próxima cita secreta, lo cual, tengo que decírtelo, me hace sentirme un poco
cochina — Aunque intenté reírme de la broma, me salió, en cambio, una especie
de sollozo. Dana, incómoda, me dio una palmada en el hombro y dijo — Oye, oye.
Tú sabes que él habría venido si hubiera podido, ¿no?
—Lo
sé. Es solo... que tenía muchísimas ganas de verlo esta noche. Pero gracias por
venir a decírmelo — dije en un tono forzado. Era mejor recibir la mala noticia
enseguida que esperar toda la noche junto al río a que apareciera Gastón. Por
muy amable que hubiera sido Lala, ahora quería que se marchara para poder
llorar a solas.
—De
nada — Lala dejó de sonreír y se irguió. En ese instante, viéndola adoptar una
postura vigilante y lista para el combate, percibí la guerrera que había en
ella — Viene alguien. ¿Estás segura de que esta vez no ha venido ningún
vampiro?
—Solo
uno, y no es peligroso — Lala me lanzó una mirada que claramente significaba
«¿Estás chiflada?». Yo seguí hablando como si no hubiera dicho nada sobre
vampiros amistosos — O es alguien de Riverton o es un alumno, así que actuemos
con naturalidad
—
Exacto.
Pero
era yo quien iba a tener dificultades para actuar con naturalidad, porque la
persona que venía por el paseo era Raquel.
—¡Hola!
— dije alegremente — ¡Creía que estabas en la librería!
—Me
aburría — Candela sonrió — Me he escabullido.
«Genial
— pensé — El pobre Victorio va a pasarse el resto de la noche buscándola por
toda la ciudad.»
—¿Y
tú? Creía que ibas al cine a saludar a tus padres — Miró a Lala con recelo.
Pero
Lala sonrió y le ofreció la mano.
—Lala
Tryon. Me alegro de conocerte. Soy una vieja amiga de Rocío y nos hemos encontrado en la calle. Vaya casualidad,
¿no?
—Ah,
vale — Candela le estrechó la mano — ¿Naciste donde Rocío?
—Fuimos
juntas al colegio en Arrowwood — me apresuré a decir, agradeciendo la rapidez
mental de Dana—. Sí, éramos inseparables. Por eso, al verla, he pasado de ir
al cine.
Candela
sonrió, tragándose la historia.
—Guay.
¿Estáis dando un paseo?
—Básicamente,
sí. — Al parecer, Candela quería quedarse con nosotras. ¿Cómo íbamos a fingir
una gran amistad? Solo nos habíamos visto dos veces.
Lala
no pareció preocupada.
—De
hecho, iba a comer algo. Rocío iba a
acompañarme. ¿Quieres venirte?
—Bueno...
acabo de comer... — Para mi sorpresa, vi que Candela quería venir. La alegre
personalidad de Lala la había seducido — Pero me he saltado el postre. La
tarta parecía bastante buena.
—¡Tarta!
— Lala se rió alegremente — ¿A quién no le gusta la tarta? Hecho.
La
conversación fluyó durante toda la noche y nadie habría adivinado jamás que Lala
y yo apenas nos conocíamos. Desde luego, Candela no lo hizo, principalmente
porque nos centramos en ella, preguntándole por sus proyectos artísticos, su
monopatín y todo lo demás. Cuando la conversación se desviaba de los intereses
de Candela, Lala se ponía a hacerme preguntas absurdas sobre la historia que
supuestamente compartíamos:
—¿Qué
hace Hubert? ¡Dios mío, cómo tonteabais cuando erais crios! ¿De veras que nunca
te importó que llevara aquellas gafas de culo de vaso? ¿Ni ir con él a aquellas
conferencias tan aburridas?
—Oh,
ya sabes — farfullé yo — Antes era una intelectual.
—No
lo dirías nunca si hubieras visto al tío con el que salió el año pasado — dijo Candela.
—Me
lo imagino — Lala sonrió satisfecha. Supe que no podría resistirse a tomarle
el pelo a Gastón con aquello.
—¿Y
tú qué, Lala? —intervine yo — ¿Sigues coleccionando muñecas recortables? Tenías
un montón cuando me mudé.
Cuando
Candela se puso a reír, Lala me lanzó una mirada asesina, pero se estaba
riendo.
—Creo
que ya lo he superado.
Más
o menos a mitad de la cena, Candela se disculpó para ir al baño. En cuanto no
pudo oírnos, Lala dijo — Entonces, tú y Gastón
. ¿Dónde y cuándo?
—Es
mejor que volvamos a quedar aquí, en Riverton, delante del cine, por ejemplo.
Digamos que el sábado después del día de Acción de Gracias, a las ocho de la
tarde. —Seguro que, para entonces, Victorio ya tendría permiso para sacarme
del campus—. Gastón ya no estará en aislamiento, ¿no?
—Eso
espero — Lala sonrió — Ahora ya he contribuido a la felicidad de la parejita,
me siento una mujer decente.
—¿Decente?
¿Por qué no te creo?
—Porque
eres más lista que eso, por eso.
Entre
fingir que Lala y yo éramos amigas de toda la vida y reírme de sus bromas, no
tuve tiempo para disgustarme demasiado por no haber visto a Gastón. La tristeza
no me invadió hasta después, cuando volvimos a subirnos al autobús. Victorio me
miró con expresión interrogativa, queriendo saber si él y Gastón tenían un
pacto; tuve que encogerme de hombros con disimulo y negar con la cabeza. El pareció
comprender que el encuentro no se había producido, pero no tuvimos ocasión de
hablar de ello. Una vez más, nos vimos obligados a agarrarnos el uno al otro
cuando el autobús cruzó el río.
Esa
noche, a la hora de acostarnos, Candela estaba más contenta de lo que la había
visto en todo aquel curso. Lala podía poner de buen humor a casi todo el mundo.
En cambio, yo tenía la sensación de haber dejado una parte de mí junto a ese
río, esperando a Gastón. Cerré los ojos con fuerza, intentando conciliar el
sueño. Cuanto antes terminara aquel día, antes podría dejar de pensar en que
debería haberlo visto. Y antes podría empezar a pensar en que pronto
estaríamos juntos. Así era como tenía que planteármelo o, de lo contrario, no
iba a poder soportarlo.
Pero
hasta mis sueños conspiraron en mi contra.
—Tienes
que esconderte — dijo Paloma.
Estábamos
en el viejo centro cívico donde yo me había encontrado por primera vez con la Cruz Negra el año
anterior. El frío que se colaba por las ventanas rotas me caló hasta los huesos
y me hizo tiritar. Paloma estaba aferrada al marco de una puerta, como si no
pudiera mantenerse en pie sin ayuda.
—No
tenemos que escondernos — le dije — Gastón
no nos hará daño.
—No
tienes que esconderte de Gastón — Ella se apartó los rizos trigueños de la cara. Aunque el color
de su tez era muy distinto al de Victorio, ahora vi el parecido: el cabello
ondulado, la estatura y la intensidad de sus ojos castaños — Pero, aun así,
tienes que esconderte.
¿De
qué estaba hablando? Entonces creí saberlo. La última vez que estuve en aquel
centro cívico, el edificio había ardido hasta los cimientos. ¿Eran eso las
extrañas sombras que nos rodeaban? ¿Era humo?
—Está
ardiendo — dije.
—No.
Pero va a hacerlo — Paloma alargó una mano hacia mí. ¿Intentaba ponerme a salvo
o quería arrastrarme al peligro? — Gastón no sabe que vas a morir quemada.
—¡Él
me salvará! ¡Vendrá a buscarme!
Paloma
negó con la cabeza y, a sus espaldas, vi el resplandor de las llamas.
—No
lo hará. Porque no puede.
Me
desperté entre resuellos, sintiéndome más sola que nunca.Capítulo Doce
Romeo
y Julieta no se conocen muy bien — Las palabras me parecieron extrañas, aunque
las hubiera escrito yo — Se enfrentan a sus padres por amor, arriesgan su vida
por amor y, finalmente, mueren por amor, aunque solo se han visto unas pocas
veces. Es una gran historia de amor que se basa en el enamoramiento. Shakespeare
quizá debería haber permitido que se conocieran durante más tiempo.
—Todo
lo que dice, señorita Igarzabal, es cierto, pero no estoy convencida de que eso
sea un fallo argumental. — La señora Bethany estaba sentada a su mesa,
tamborileando tan fuerte en la madera con sus largas y combadas uñas que el
golpeteo era audible—. Romeo y Julieta son prácticamente dos desconocidos,
incluso al final de la obra. Pero ¿no es posible que sea eso lo que
Shakespeare quiere decirnos? ¿Que la clase de pasión loca y suicida que comparten
Romeo y Julieta suele darse únicamente en la fase de enamoramiento? ¿Que
personas más maduras y expertas no deberían cometer sus errores?
Me
hundí en la silla. Por
suerte, la señora
Bethany no quiso convertirme en el chivo expiatorio del día y
miró a su alrededor.
—¿Quiere
alguien más sugerir algún fallo que haya percibido en la obra?
Eugenia
alzó la mano, deseosa, como siempre, de ponerme en evidencia.
—Se
comportaban como si acostarse sin estar casados fuera completamente imposible,
y de eso nada, monada. La
señora Bethany suspiró.
—Tenga
presente que, pese a su humor impúdico, Shakespeare escribía por lo general
para satisfacer la moralidad de su época. ¿Alguien más?
Por
primera vez que yo recordara, Nicolás habló en clase.
—Si
quiere mi opinión, el Bardo mete la pata haciendo que Tebaldo mate a Mercutio
antes de que Romeo mate a Tebaldo. Se supone que son enemigos de sangre, ¿no? Y
los Montesco no son mejores que los Capuleto, si ese príncipe del final está
diciendo la verdad. De
manera que habría sido más atrevido que Romeo y Te-baldo se pelearan solo
porque se odian. Hacer que Tebaldo mate primero a Mercutio justifica que Romeo
lo mate luego a él.
Esperé
la inevitable confrontación, pero no ocurrió. La señora Bethany
dijo:
—El
señor Woodson ha dado un argumento excelente. Formulando el asesinato de
Tebaldo por parte de Romeo como lo hace, Shakespeare pierde cierta ambigüedad
moral.
Mientras
la señora Bethany
escribía «ambigüedad moral» en la pizarra, miré a Nicolás, que se encogió de
hombros, poniendo cara de: «No puedo evitar ser un genio».
Pese
al divertimento que me produjo oír a Nicolás y a la señora Bethany hablando
de literatura, tuve una extraña sensación de vacío durante toda la clase y
durante mucho tiempo después. En la biblioteca me senté sola en un rincón y me
quedé mirando mis notas a la luz anaranjada y dorada que entraba por la
vidriera. ¿Nos conocíamos realmente Gastón y yo? Nos habíamos conocido hacía
más de un año y yo sentí una conexión especial entre nosotros dos desde el
principio. Pero nuestra cita fallida en Riverton me había recordado que casi no
habíamos podido estar juntos ni decirnos toda la verdad sobre nosotros o sobre
cualquier cosa importante de nuestras vidas.
¿Y
si éramos como Romeo y Julieta, que lo arriesgaron todo demasiado pronto?
Entonces
me recordé sentada en aquella misma biblioteca con Gastón, cuyos cabellos
bañados con la luz que se colaba por la vidriera parecían de bronce. Lo
recordé contándome cómo había huido de casa cuando solo tenía cinco años,
llevando un paquete de Oreo y un tirachinas. Nos recordé probándonos anticuadas
prendas en la tienda de ropa usada de Riverton y coqueteando en el cenador, y
recordé la primera vez que nos besamos.
Lo
recordé diciéndome que me quería aunque fuera un vampiro, aunque le hubieran
enseñado a odiar a los vampiros desde que nació. Y lo recordé tendido debajo de
mí, arqueando el cuello para que se lo pudiera morder, ofreciéndome
generosamente su sangre.
Aquello
no era enamoramiento, era amor. Si algo tenía claro, era eso.
Sonriendo,
cerré el cuaderno y también los ojos, para poder perderme mejor en aquellos
recuerdos. Aunque tuviera que seguir adelante fingiendo que no echaba de menos
a Gastón, podía continuar siendo fiel a él y a todo lo que teníamos. El tiempo
que estábamos pasando separados no importaría, no si yo lograba mantenerme
fuerte. No iba a entristecerme por todas las cosas que no podía ser nuestra
relación, no teniendo en cuenta todas las cosas increíbles que ya era. Era hora
de dejar de lamentarme y empezar a celebrarlo.
Mi
madre no tuvo que hacer ningún arreglo al vestido del Baile de Otoño de aquel
curso, y yo misma me ocupé del maquillaje, por lo que ella dispuso de más
tiempo para peinarme. Mientras estaba sentada al borde de la cama en ropa
interior, me soplé cuidadosamente en cada uña recién pintada con esmalte
transparente y pensé en María, que se había hecho la manicura y la pedicura
prácticamente a diario.
—María estaría orgullosa si me viera ahora.
—Deberías
escribirle para contárselo — Mi madre arrastró ligeramente las palabras;
estaba hablando a pesar de tener varias horquillas en la boca — Seguro que le
encantaría tener noticias tuyas.
—Supongo
— Dudaba de que María dedicara tiempo a
pensar en nadie más que nó fuera ella. De todas formas, le debía como mínimo
una postal.
—Pensaba
que a lo mejor te habías abierto un poco más — dijo mi madre mientras me ponía
otra horquilla cerca de la nuca — Que te estabas relacionando más con los que
son como nosotros. Ahora que Victorio y tú sois pareja, quiero decir.
—Supongo
— dije — Aunque se me hace un poco raro. Él es mayor que yo. —Aquello era
quedarme corta, teniendo en cuenta que Victorio había sido prácticamente uno de
los primeros colonos en celebrar el día de Acción de Gracias.
Mi
madre se encogió de hombros.
—Tu
padre me lleva casi seis siglos. Créeme, después de los primeros cien años más
o menos, casi ni se nota.
Mis
padres hacían que esa diferencia de edad pareciera fácil de salvar; yo había
crecido sin darle ninguna importancia. Solo ahora que estaba pasando más tiempo
con Victorio me daba cuenta de que esos años sí eran importantes.
—Aun
así, es extraño.
—Lo
sé. Tienes que empezar a pensar a largo plazo, como aprenden a hacer todos los
vampiros, si son inteligentes. Eso es algo que Victorio puede darte y que... Gastón
no podía.
Me
puse rígida y ella dejó de ponerme horquillas. Nos estábamos adentrando en un
terreno peligroso, y las dos lo sabíamos. Mis padres y yo hablábamos de casi
todo, menos de Gastón.
—No
estoy con Victorio para aprender — dije en voz baja — De igual modo que no
estuve con Gastón para rebelarme.
—Cariño,
nunca pensamos eso. Nunca te culpamos por lo que sucedió con ese chico. Eso lo
sabes, ¿no?
No
me di la vuelta. Por
algún motivo, me resultaba más fácil tener aquella conversación sin mirarnos.
—Lo
sé.
Mi
madre parecía más nerviosa que yo.
—Rocío,
puede que haya un tema del que deberíamos hablar esta noche.
—¿Qué?
— ¿Había adivinado que tenía un secreto sobre Gastón? ¿Incluso que lo estaba
viendo a escondidas?
Imaginé
un montón de posibilidades distintas ante de que ella dijera:
—¿Necesitamos
tener tú y yo otra conversación sobre sexo? «Oh, Dios mío.»
—Ya
sé que te sabes la teoría — Mi madre siguió adelante, aunque estaba segura de
que acababa de ponerme como un pimiento morrón — Cuando estás intimando con
alguien, sobre todo con alguien que tiene más experiencia, como Victorio, todo
pasa a un plano mucho más real. A lo mejor tienes otras preguntas.
—Es
un poco pronto para pensar en eso — me apresuré a decir. Tenía que ser mi madre
quien me diera la única información que no quería oír — Acabamos de empezar a
salir.
—Si
tú lo dices... — Parecía divertida, pero me dio una palma-dita en el hombro y,
gracias a Dios, no volvió a sacar el tema mientras terminábamos de prepararme
para el baile.
Acababa
de ponerme unos zapatos plateados de puntera estrecha cuando oímos llamar a la
puerta y, luego, a mi padre y a Victorio saludándose en voz muy alta y dándose
una palmada en la espalda, que era como habían empezado a comportarse últimamente
entre ellos. Mi padre y Gastón también habían actuado de ese modo el año
pasado. Puede que los hombres necesitaran pavonearse un poco cuando saludaban
a los novios de sus hijas, o a los padres de sus novias. Mi madre me quitó una
pestaña de la mejilla y me abrazó.
—Sal
ahí fuera ¡y túmbalos!
Cuando
entré en el salón, tanto mi padre como Victorio se quedaron callados. Mi padre
sonrió y echó el cuerpo hacia atrás, claramente orgulloso de mí. Victorio no
cambió de cara, pero hubo un destello de aprecio en sus ojos que me hizo
estremecedo ramente consciente de mi poder como mujer.
El
vestido verde oscuro de satén no tenía tirantes, se me ceñía mucho al cuerpo y
era muy escotado por detrás. Se me acampanaba ligeramente a medio muslo, para
permitirme bailar. Llevaba un collar de ópalos engastados en plata de los años
veinte que me había prestado mi madre y los pendientes a juego me rozaban la
garganta. Mi madre me había trenzado el pelo y me lo había recogido en un
moño, sujetándolo con un solo pasador de pedrería. Si el curso anterior me
había sentido hermosa, en este era distinto. Por primera vez me sentía una
mujer, no una niña.
Mis
padres nos despacharon enseguida y Victorio me ofreció su brazo para que yo me
apoyara en él mientras bajábamos. Cuando mi zapato nuevo resbaló en uno de los
desgastados escalones de piedra y yo me tambaleé, él me cogió por la cintura.
—¿Estás
bien?
—Sí.
— Lo miré y advertí lo próximo que estaba su rostro al mío. Seguía sujetándome
muy cerca de él. Yo sabía que debía separarme, pero también sabía que él me
deseaba, y no podía evitar que eso me gustara. Era la primera vez en mi vida
que sentía que ser mujer me confería una clase única de poder.
—El
pelo te queda muy bien así — dijo Victorio escrutándome con sus ojos castaños—
Antes, las mujeres se peinaban así más a menudo. Siempre me gustó.
Una
sonrisita asomó a mis labios.
—¿Así
que te traigo recuerdos?
Por
alguna razón, aquello rompió el hechizo y Victorio se irguió — Estoy contento
con el momento presente. Venga, bailemos. Una vez más, el gran vestíbulo había
sido transformado para la ocasión, aunque en un estilo completamente distinto.
Las velas seguían encendidas junto a los espejos de latón batido, bañando la
estancia con una vacilante luz dorada; pero ese año las paredes y las mesas
estaban decoradas con millares de flores, de todas las clases, pero todas de
un niveo color blanco. Hasta los oscuros suelos de piedra estaban salpicados de
pétalos, lo cual suavizaba la totalidad del vestíbulo y le confería
luminosidad.
Mientras
Victorio, alto y sofisticado con su esmoquin, me conducía a la pista de baile
al son de la orquesta, vi que varias chicas le lanzaban miradas de admiración.
En cierto modo, pensar en que Victorio las ponía a cien, también me puso a mí.
Es posible que a todos nos guste provocar celos de vez en cuando. Entonces vi a
una persona que, desde luego, no estaba nada impresionada.
—Satén
— Eugenia enarcó una ceja mientras miraba mi vestido. El suyo era dorado,
escotado e impresionante, aunque el mío seguía gustándome más — Qué atrevida
eres llevándolo. Se arruga como una bolsa de basura en cuanto te sientas.
—Entonces
tendré que asegurarme de que no paramos de bailar — dije alegremente — Así no nos
sentaremos en toda la noche — Seguimos nuestro camino mientras ella intentaba
sin éxito pensar en una réplica.
El
año anterior había disfrutado en el baile, pero este año me lo estaba pasando
en grande. Ya no tenía el corazón roto por Gastón; confiaba plenamente en
nuestro amor. Aunque lo habría preferido como acompañante, también era
consciente de que, probablemente, él no lo habría disfrutado tanto como yo.
No, este año podía relajarme por completo y experimentar la emoción de bailar
con Victorio todas aquellas danzas de otra época. A nuestro alrededor sonaban
violines, pianos y arpas, y los coloridos vestidos de las chicas se fundían y
mezclaban con cada vuelta que dábamos; era como estar dentro de un
caleidoscopio que no dejaba de girar.
—Bailas
mejor el vals — dijo Victorio cuando ya casi había pasado la mitad de la
velada — ¿Has practicado?
—En
mi habitación he estado probando. Y soportando las risas de Candela.
—Ha
valido la pena — Se acercó más a mí hasta casi rozarme la oreja con los labios
y susurró — ¿Ahora?
Eché
un vistazo a las esquinas del gran vestíbulo; la mayoría de los profesores
acompañantes no estaban; seguro que habían salido a vigilar los jardines, donde
se escabullirían la mayoría de las parejas para estar a solas.
Nos
desplazamos hasta el borde de la pista de baile y salimos del gran vestíbulo,
riéndonos como si fuéramos a regresar enseguida. Cuando empezamos a subir las
escaleras de la torre norte, nos cruzamos con un par de chicos vestidos de
esmoquin que se quedaron mirándome durante lo que a mí me pareció una
eternidad. Cuando se hubieron ido, dije:
—¿Crees
que sospechan algo?
—¿Por
cómo te han mirado? Creo que me estaban envidiando. — Victorio suspiró — Si
ellos supieran... Venga.
No
nos cruzamos con nadie más cuando llegamos a la planta de los dormitorios de
los chicos y seguimos subiendo. En mi fuero interno maldije el golpeteo de mis
zapatos de tacón en los peldaños de piedra, una prueba concluyente de que era
una chica la que estaba subiéndolos; pero, de todas formas, conseguimos llegar
a la puerta de los archivos. Vacilé, y luego llamé. Gastón y yo no podíamos
ser los únicos que habían descubierto que aquel era un buen sitio para estar
solos, y lo último que quería era sorprender a una pareja besuqueándose. Viendo
que nadie respondía, Victorio dijo — No hay moros en la costa.
Entramos
rápidamente en los archivos. Era evidente que alguien había estado allí
después de que yo viera la aparición, probablemente la señora Bethany. Habían
cambiado de sitio cajas y baúles, y, por primera vez que yo recordara, habían
limpiado la estancia de arriba abajo. Las ventanas estaban tan limpias que
eran invisibles y parecía que la gárgola del exterior fuera a entrar de un
salto en cualquier momento. Habían quitado las telarañas de todos los rincones.
—¿Qué
buscamos? — dijo Victorio.
—Cualquier
cosa que explique por qué ha empezado la Academia Mandalay a admitir alumnos
humanos. Lúeas necesita saberlo. Si se lo podemos decir cuando le expliquemos
lo de Paloma y... lo demás, la cosa irá mejor. Además, ¿no quieres saberlo?
—Siempre
he pensado que la
señora Bethany lo hacía por dinero. La gente hace muchas
cosas por dinero.
—Sí
quisiera dinero, podría haber empezado a admitir alumnos humanos hace años.
Como tú dijiste, la
señora Bethany detesta cambiar las reglas. ¿Por qué ha
cambiado esta? Además, si solo se tratara de ganar dinero para la Academia Mandalay,
no ofrecería becas a alumnos humanos como hace. Candela tiene una beca, y no
es la única.
Victorio
asintió, reconociendo que le había proporcionado un buen argumento, pero no
pareció mucho más entusiasmado de estar allí.
—-La
última vez que subiste despertaste a un fantasma.
—Si
quieres volver abajo...
—No
pienso dejarte sola aquí —dijo con tanta firmeza que sentí vergüenza de haber
bromeado siquiera sobre el hecho de que pudiera estar asustado.
—Creo
que, hasta ahora, he visto fantasmas tres veces en tres sitios distintos: el
gran vestíbulo, las escaleras y aquí. No creo que tenga nada que ver con esta
habitación en concreto.
Era
obvio que Victorio no estaba convencido, pero solo dijo:
—¿Qué
buscamos?
—Cualquier
relación entre vampiros que estudiaron aquí hace tiempo y alumnos humanos
actuales.
—Eso
no reduce mucho la búsqueda, Rocío — Aquello era quedarse muy corto: pese a la
limpieza de la señora
Bethany, la estancia seguía atestada de pilas de cajas con
documentos que se remontaban a hacía más de dos siglos — Supongo que más nos
vale empezar.
Abrimos
dos cajas y nos pusimos a hojear las viejas páginas que contenían. Los frágiles
documentos soltaban polvo y tuve que sacudirme continuamente el vestido; no
podíamos volver abajo hechos un desastre.
Victorio
recitó una lista de nombres mientras yo leía otra mentalmente: Tobías Earnshaw,
Agatha Browning, Dhiram Patel, Li Xiaoting, Tabitha Isaacs, Noor Al-Eyaf,
Jonathan Donahue, Sky Kahurangi, Sumiko Takahara. Los nombres que encontramos
pertenecían a países y siglos distintos; lo único que tenían en común era que
no nos sugerían nada. La Academia Mandalay era un centro relativamente pequeño,
por lo que, entre Victorio y yo, nos sabíamos los nombres y apellidos de casi
todos los alumnos humanos. Ninguno de ellos guardaba relación aparente con los
vampiros que encontramos en los archivos.
—Parecía
buena idea — refunfuñé sacudiéndome las manos.
—No
hemos demostrado tu teoría, pero tampoco la hemos refutado. El problema es que
hay demasiados documentos. No podremos encontrar nada sin tener más
información sobre lo que buscamos — Victorio se sacó un reloj de bolsillo de la
chaqueta y frunció el entrecejo — Necesitamos volver pronto. Advertirán nuestra
ausencia, pero si volvemos supondrán...
—Vale
— Pensar en lo que supondría la gente me hizo sentir vergüenza y no me atreví a
mirarlo a los ojos.
—Seguiremos
investigando, te lo prometo.
—Gracias.
Bajamos
sin que nadie nos viera y Victorio pareció aliviado.
—Bien.
No quiero darte fama de escandalosa.
—¿Se
puede escandalizar a los vampiros?
—Tú
deberías saberlo mejor que nadie — Me cogió de la mano y volvimos a la pista de
baile —Venga, escandalicémoslos.
Esta
vez, cuando empezamos a bailar, no fue solo por diversión. Victorio me
abrazaba más fuerte que antes, más fuerte de lo que nadie salvo Gastón me había
abrazado nunca, de modo que nuestros cuerpos estaban pegados. No formábamos
parte de la procesión de bailarines que giraban a nuestro alrededor. Nos movíamos
despacio, como si no hubiera nadie más en el mundo y estuviéramos
completamente solos. En realidad, yo era más consciente que nunca de que nos
estaban observando. Percibía la diversión de los profesores acompañantes, el
interés de los alumnos y los celos de Eugenia.
«Todo
es un juego — me dije — No significa nada para ninguno de los dos. No pasa
nada por divertirse.»
En
un momento dado, Victorio rozó el vestido de otra chica con la mano e hizo una
mueca de dolor.
—¿Qué...?
Dejamos
de bailar y nos dirigimos a un lado de la pista. Le cogí la mano y vi una gotita de sangre
en su dedo índice.
—Debía
de tener el vestido prendido con alfileres.
Victorio
empezó a agitar la mano, pero paró. Despacio me acercó el dedo a los labios,
ofreciéndome su sangre.
Los
vampiros que nos rodeaban lo interpretarían como un coqueteo. Beber uno la
sangre de otro era un acto muy íntimo para los vampiros. El que la bebía podía
sentir los deseos y emociones más secretos del otro. ¿Me había ofrecido Victorio
su sangre solo para seguir con la ilusión de que estábamos juntos, o lo hacía
en serio?
En
ambos casos, no podía negarme.
Me
metí la punta del dedo en la boca y le rocé la yema con la lengua. Me supo a sal.
Aunque solo era una gota de sangre, me bastó para percibir un destello de lo
que sentía, una imagen congelada de lo que ocurría: yo bailando con el vestido
verde, más morena y mayor y un millar de veces más hermosa de lo que era en
realidad.
Tragué,
y fue como si el mundo regresara de golpe.
—Mucho
mejor — dijo Victorio en voz baja, mientras retiraba lentamente el dedo.
Advertí que yo había cerrado los ojos.
Aturdida,
intenté recomponerme.
—Bien...
bueno... o sea, bien — Él me sonrió y casi pareció orgulloso de sí mismo.
Volviéndome hacia la pista de baile, dije demasiado alegremente — Bailemos,
¿vale?
—Vale.
—Victorio me cogió de la mano y, en el momento perfecto, justo al compás, se
incorporó a la pista de baile. El remolino de gente girando a nuestro alrededor
me atrapó, como si pudiera sentir el ritmo de la música en mi propio pulso. El
embriagante sabor de la sangre me había mareado. «Nunca más — pensé — A Gastón no le
gustaría nada.»
Di
un resbalón y fui a disculparme, pero volví a resbalar. Cuando me agarré al
hombro de Victorio para afianzarme, él frunció el entrecejo y advertí que
también estaba teniendo dificultades para no caerse. Al mirar al suelo, vimos
que estábamos pisando hielo.
En
todo el vestíbulo, la gente comenzó a murmurar y a dar gritos de horror cuando
la fina capa de hielo se convirtió en una gruesa superficie irregular de color
blanco azulado. Una o dos personas se cayeron al suelo y una chica gritó. Me
fijé en un ramo de flores blancas colgado de la pared: todos los pétalos
estaban cubiertos de escarcha, relucientes y totalmente congelados.
—¿Es
este... ? — musitó Victorio.
—Aja.
El
mismo viento frío que yo recordaba barrió el gran vestíbulo y varias velas se
apagaron. La orquesta dejó de tocar, instrumento a instrumento, pasando de la
melodía a un estruendo que dio paso al silencio. Algunos de los profesores
acompañantes habían empezado a guiar a los alumnos hacia las puertas, pero, por
muy asustados que estuviéramos todos, ninguno quería dejar de mirar. Un hielo
azulado cubrió paredes y ventanas. En las vigas del techo se formaron
carámbanos tan gruesos como estalactitas, cada vez más largos. En cuestión de
segundos pasaron de tener medio metro a alcanzar los tres metros de longitud,
haciéndose más gruesos que yo. Noté el frío en la piel, pero no en forma de
copos blandos y esponjosos como la otra vez, sino como un aguanieve que pinchaba.
—¿Qué
hemos hecho? — Me aferré a la chaqueta de Victorio — ¿Hemos despertado a un
fantasma?
—¿Un
fantasma? — Al parecer, Eugenia había oído la última palabra que no queríamos
que nadie oyera — ¿Es esto un fantasma?
Comenzó
a cundir el pánico. Todo el mundo echó a correr en tropel hacia las salidas,
pero la gente resbalaba en el hielo y chillaba, arrastrando a otros en su
caída y creando un tumulto. Victorio me agarró por la cintura y me tapó la
cabeza con el otro brazo para protegerme. El viento frío volvió a azotar el
vestíbulo, apagando las velas que quedaban. A cada segundo, había más oscuridad;
a cada segundo, yo tenía más miedo.
«Ellos
sabrán qué hacer —pensé, aunque ahora estaba temblando de la cabeza a los
pies—. Seguro que la
señora Bethany, mis padres o alguien sabe cómo parar esto,
porque, oh, Dios mío, alguien tiene que pararlo...»
La
escarcha que cubría la única ventana del vestíbulo que no tenía vidrieras
comenzó a derretirse en algunos puntos, trazando unas letras que formaron una
palabra: NUESTRA.
Luego
el hielo comenzó a resquebrajarse por todas partes: paredes, techo, suelo.
Mientras nos desplazábamos hacia un lado, desequilibrados por el hielo que se
estaba agrietando bajo nuestros pies, oí un fuerte crujido. Al alzar la vista,
vi que las estalactitas temblaban y se desprendían, cayendo sobre nosotros como
afilados cuchillos de hielo de tres metros de longitud.
Todo
el mundo gritó. Victorio me arrojó al suelo y cubrió mi cuerpo con el suyo.
Mientras contenía el aliento por la impresión del frío en la piel y el peso de Victorio
sobre mí, vi una estalactita estrellándose contra el suelo a poco más de un
palmo de nosotros. Fragmentos de hielo salieron despedidos en todas
direcciones, clavándoseme en los brazos; oí que Victorio maldecía y supe que
había sufrido mayor impacto que yo. El pesado bloque de hielo se volcó junto a
nosotros; por unos pocos milímetros no aplasta a Victorio.
Entonces
el cristal de la ventana se hizo añicos cayendo estrepitosamente al suelo.
Todo
terminó tan deprisa como había empezado. A nuestro alrededor, oí llantos y
gritos aislados. Victorio se puso boca arriba, cogiéndose la espalda y haciendo
una mueca de dolor, y yo miré los destrozos. Todo estaba empapado de agua y el
suelo estaba sembrado de adornos caídos, zapatos de satén y enormes pedazos de
hielo derritiéndose.
—Victorio
¿estás bien?
—Sí
— Habría sido más convincente si no hubiera seguido tendido en el suelo — ¿Y
tú?
—Sí
— Por primera vez, caí en la cuenta de que podría haber muerto; era posible que
Victorio me hubiera salvado la vida — Gracias por...
—Tranquila.
Miré
la ventana, donde la espectral palabra ya casi había desaparecido. ¿Qué
estaban reclamando los fantasmas? ¿La estancia de los archivos? ¿La torre
norte?
¿O
la mismísima Academia Mandalay?
Cada vez se pone mas interesante!.. Que querran los fantasmas?... lo unico que no quiero es que rochi se confunda con victorio!
ResponderEliminarChe, no me gusta que Rochi este tanto tiempo con Victorio...
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