—Qué
prisa tiene, señorita Igarzabal — La señora Bethany me escrutó de arriba abajo con su
penetrante mirada. Llevaba un sobrio vestido de lana marrón oscuro que la
hacía parecer como si estuviera cincelada en la mismísima madera de Mandalay —
Actúa como si hubiera visto un fantasma. ¿Tenía que reírme? Me limité a
mirarla. Por suerte, no parecía esperar una respuesta. — En algún momento
deberíamos hablar de lo que vio arriba. —Se lo he contado todo a Victorio. Si
ha hablado con usted, ya sabe tanto como yo.
—¿Ha
mencionado este asunto a sus otros compañeros? ¿A sus padres?
—No
— Aquello no era del todo cierto. Se podía decir que se lo había mencionado a Candela,
o al menos lo había intentado, pero, dado que ella se había negado a
escucharme, suponía que había guardado el secreto bastante bien.
—Bien.
Asegúrese de no hacerlo. Estoy segura de que ha sido un acontecimiento aislado.
La gente se comporta de un modo muy irracional cuando se le menciona lo
sobrenatural.
Por
una vez, estaba de acuerdo con la señora Bethany. Una
simple pregunta sobre un fantasma había puesto de los nervios a Candela. Lo
último que necesitaba era que a mis padres les diera por sobreprotegerme.
—Sí,
señora. No diré ni una palabra.
La señora
Bethany
me sonrió con complicidad.
—En
reconocimiento a su discreción, no la castigaremos por haber infringido las
reglas del internado colándose en los dormitorios de los chicos durante la noche. Pese a su falta
de control, este me parece que va progresando. Al menos, esta vez sus
inclinaciones amorosas han recaído en un candidato más merecedor.
Aquello
era un ataque a Gastón, pero mantuve la calma.
—Victorio
es genial. De hecho, tengo que reunirme con él en unos minutos para ir a cenar
con mis padres.
—No
quiero entretenerla más. Y salude a sus padres de mi parte.
Asentí
y me alejé a toda prisa. Aunque probablemente solo fueran imaginaciones mías,
habría jurado que noté sus ojos clavados en la nuca hasta llegar a mi
habitación.
Candela
no dijo nada cuando entré. Se limitó a volverse hacia la pared y siguió leyendo
una de sus revistas. No me molesté en intentar darle conversación. Si quería
comportarse como una imbécil conmigo por una sola pregunta estúpida, allá
ella.
Me
puse a rebuscar en el cajón de mi cómoda donde guardaba los jerséis. «El jersey
de cuello alto morado. No, lo llevé con Gastón el año pasado y no me parece bien llevarlo con
Victorio. La rebeca verde. Demasiado fina, porque a estas alturas del año allí
arriba hace mucho frío. El jersey negro de cuello de pico. Es aburridísimo, y
al menos tiene que parecer que me he puesto guapa para Victorio.»
—Normalmente,
no te molestas en cambiarte de ropa para cenar con tus padres — dijo Candela.
Por el eco, supe que seguía de cara a la pared.
Dejé
de rebuscar en el cajón, no sabiendo cómo reaccionar. Era la primera vez que Candela
me daba conversación desde la mención de los fantasmas. Me sentí aliviada, pero
también enfadada conmigo misma por estarlo, porque Candela era la que se había
estado portando mal. ¿Por qué me sentía como si fuera yo la que debía estarle
agradecida?
—Hoy
voy a ir con Victorio. — No miré hacia ella mientras cogía el jersey morado de
cachemir.
—Os
vi juntos el otro día. Pensé que a lo mejor había algo.
—Hay
algo — dije parcamente. Al no añadir nada más, Candela pareció volver a
concentrarse en su revista. Me afané en arreglarme, poniéndome el jersey, unos
pendientes colgantes e incluso unas gotitas del fragante perfume a gardenias
que mis padres me habían regalado para mi cumpleaños.
Al
meter el frasco de perfume en el cajón de mi cómoda, rocé con los dedos la
bufanda de pana donde estaba envuelto el broche que me había regalado Gastón.
No lo recordé comprándomelo; recordé, en cambio, la vez en que nos habíamos
visto obligados a empeñarlo, cuando nos habíamos fugado juntos, desesperados
por estar unidos y sin un céntimo en el bolsillo. Cuánto peligro me había
parecido que corríamos, pero si hubiera podido cambiarme por entonces y
regresar a aquel momento, donde solo estábamos Gastón y yo frente al mundo, lo habría hecho. Fue
como si no pudiera entender por qué no se partía el universo por la mitad, por
qué no reventaba por las costuras, para volver a unirnos.
—Me
alegro de que los amores te vayan bien — Candela se volvió por fin, e incluso
tenía una sonrisa en los labios, tímida y vacilante — Aunque no era difícil
que te fueran mejor que la última vez, ¿no?
Gastón
nunca le había caído bien, y oírla
menospreciarlo como había hecho la señora Bethany fue la gota que colmó el vaso.
—No
es asunto tuyo — espeté — No puedes pasarte varios días sin dirigirme la
palabra y ponerte luego a opinar sobre mis amoríos. Solo actúas como mi amiga
cuando te apetece, y ya estoy harta.
—Perdóname
por existir — Candela arrojó la revista al suelo y salió de la habitación
enfurruñada. No pude imaginarme dónde se creía que iba en camiseta y pantalón
corto, pero fingí que me daba igual.
Además,
no tenía tiempo para preocuparme de eso. Tenía que llevar a mi nuevo «novio» a
cenar a casa de mis padres.
—¿Así
que vais a ir otra vez juntos al Baile de Otoño de este año? — dijo mi madre
mientras me servía un buen cucharón de puré de patata.
Victorio
y yo nos miramos. Ni siquiera habíamos pensado aún en el Baile de Otoño, pero
la pregunta de mi madre era lógica.
—Por
supuesto —se apresuró a decir él — No me había dado cuenta de que estaba tan
cerca.
—El
tiempo vuela — Mi padre movió melancólicamente la cabeza antes de tomar un
sorbo de sangre — Parece que, cuanto mayor te haces, más rápido pasa.
—Dígamelo
a mí — dijo Victorio. Momentos como aquellos me recordaban que, aunque parecía
tener unos dieciocho o diecinueve años, de hecho tenía más de trescientos y
era un vampiro tan experimentado y poderoso como mis padres.
Naturalmente,
yo ya sabía que era la excepción en la mesa. No es difícil no saberlo, cuando todos los
demás están bebiendo sangre y tú eres la única con pavo y puré de patata en el
plato.
—Tendremos
que darnos prisa para elegir el vestido, si voy a tener que arreglártelo.
Mi
madre me sonrió radiante, como si yo le hubiera llevado un número de lotería en
vez de un chico.
—Desde
luego — dije — Será genial.
Ella
me dio un apretón en el hombro, ilusionada por mí, y yo volví a sentirme
culpable. Eché de menos la época en que les podía explicar todo a mis padres.
El
resto de la cena fue ligeramente menos embarazoso y, después, mi padre puso un
disco de Dinah Washington, una de mis cantantes favoritas. Parecía que él y mi
madre estuvieran haciendo todo lo posible para asegurarse de que me lo pasaba
estupendamente. Cuando dije que quería acompañar a Victorio abajo, se
mostraron casi impacientes por dejarnos solos.
De
camino a las escaleras de piedra, dije:
—Dentro
de una semana, ya nos habrán encargado la tarta de boda.
—Solo
quieren que seas feliz.
En
el tono de voz de Victorio percibí cuánto seguía deseando ser la persona que me
hiciera feliz.
—Victorio,
sé que es divertido pasar tiempo juntos, y eres genial, pero tú y yo no...
—Incómoda, le di la vuelta a la tortilla —. ¿Qué puedes ver en alguien de mi
edad?
—Yo
no soy tan distinto a ti. Sé que debería serlo, pero no lo soy — Me escrutó con
curiosidad — ¿No te has dado cuenta de que aquí todos los alumnos actuamos como
adolescentes? ¿Incluso los que son mayores que yo?
—Bueno,
sí. Pensaba que era solo... por inseguridad. Por no tener un lugar en el mundo.
—En
parte sí. Pero la madurez no es algo puramente emocional, Bianca. También es
física. Los que morimos jóvenes, jamás nos haremos adultos del todo. Por muchos
siglos de experiencia que acumulemos, por muchas cosas que vivamos. No podemos
cambiar — Victorio parecía distraído, casi melancólico, pero entonces se
irguió y me sonrió afablemente — Pero no te preocupes. Por nosotros, quiero
decir. No estoy confundido.
—Bien
— dije, pero no me quedé del todo convencida.
Cuando
regresé a mi habitación era bastante tarde, pero Candela no estaba. Al parecer,
había encontrado un lugar estupendo donde esconderse. Me puse el pijama y
aproveché la intimidad para beber-me un termo entero de sangre antes de
acostarme. Ya había bebido más que suficiente en casa de mis padres, pero
estaba harta de despertarme con hambre a las tres de la madrugada. Al menos
dormiría de un tirón por una vez, pensé.
No
lo hice, pero por un motivo enteramente distinto. Un par de horas después de
acostarme, me desperté cuando Candela me tocó en el hombro y me susurró:
—¿Bianca?
—¿Hummm?
— Me di la vuelta y la miré en la oscuridad. Al principio, estaba tan dormida que
no me acordé de mi enfado con ella — ¿Qué pasa?
—Tenemos
que hablar.
—Oh,
vale — Entonces recordé que estaba enfadada, pero no me pareció importante. Candela
estaba pálida y en sus ojos vi el mismo miedo intangible que recordaba del año
anterior, cuando Augusto había estado acechándola. Me senté en la cama y me
aparté el pelo de la cara — ¿Qué te pasa? ¿Por qué te asustaste tanto cuando te
hablé de fantasmas?
—Primero
tienes que decirme la verdad — Candela inspiró tan fuerte que las ventanas de
la nariz se le ensancharon — ¿Has visto un fantasma aquí?
—No
en nuestra habitación, pero vi uno arriba en la torre. Creo que era un
fantasma —No podía decirle que estaba segura sin desvelarle el porqué, lo cual
me pareció una mala idea. Candela estaba tan aterrorizada por los fantasmas que
no creí que fuera a gustarle saber que también estaba rodeada de vampiros.
Para
mi sorpresa, ella pareció aliviada.
—Pero
¿no fue aquí? ¿No se acercó a mí?
—No.
En absoluto.
—¿Cómo
era?
Pensé
que, si se lo describía todo, volvería a asustarla, de manera que no entré en
detalles.
—Era
un hombre. De unos cincuenta años, diría yo. Tenía el pelo y la barba oscuros y
muy largos, como en un cuadro antiguo. Tuve la impresión de que era de hace
siglos. Y sé que no me lo imaginé. Era real.
—Estás
segura de que no era viejo. ¿Seguro que no era un viejo, un poco cheposo?
—Cuando asentí, ella se puso el puño en la boca mordiéndoselo. Me di cuenta de
que estaba intentando contener las lágrimas.
—¿De
qué va esto? — Al principio, Candela no dijo nada, quizá porque no podía—. Candela,
me da la impresión de que sabes más de fantasmas de lo que dices.
Ella
dejó caer la mano. Había
una pequeña medialuna de sangre en la piel de su dedo pulgar.
—Hay
algo en casa de mis padres.
—Algo...
¿Te refieres a un fantasma?
—El
viejo — dijo — Delgado y huesudo. Calvo. Lo veo desde que era pequeña. Entonces
no lo veía con mucha frecuencia, y casi siempre se me aparecía en sueños, por
lo que a veces creía que me lo estaba imaginando.
Candela
parecía razonable, incluso calmada, pero empezó a temblar de la cabeza a los
pies.
—Hace
un par de años, cuando me hice mayor, empecé a verlo más a menudo, y entonces
supe que no me lo había imaginado. Me esperaba por la noche, cuando podía
asustarme. Le gustaba asustarme. Si es que es un hombre. A lo mejor tiene ese
aspecto, pero puede que no sea un hombre. A lo mejor solo es una cosa. Una cosa
vieja y cruel cargada de odio. Porque me odia. Siempre me ha odiado.
—¿Qué
dijeron tus padres? — Nada más decir aquellas palabras, quise retirarlas.
Desde que la conocía, Candela siempre me repetía que sus padres nunca hacían
caso de sus miedos. Aquella era una de las cosas que habían ignorado, dejándola
sola — No te creyeron.
—Ni
tampoco lo hizo mi confesor. Ni mi profesor. Tuve que... cerrar la boca,
sabiendo que estaba ahí. Que siempre iba a estarlo, esperándome. Mirándome.
Tiene... unos ojos que se te comen. Hasta este verano, eso era todo lo que
hacía. Mirar. Yo pensaba que eso sería lo más que haría nunca, y ya estaba
acostumbrada a que me mirara, pero entonces... — Se estremeció con tanta
violencia que le puse una mano en el hombro para tranquilizarla — Este
verano... por las noches, a veces soñaba que... que estaba encima de mí, forzándome
sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Me hacía daño, porque yo siempre me
resistía, pero no me podía mover. A veces ocurría todas las noches.
—Oh,
Dios mío.
Candela
me miró por fin a los ojos y una lágrima le rodó por la mejilla.
—Bianca,
no sé si eran sueños. Llevo toda la vida diciéndome que solo son imaginaciones
mías. El año pasado, los ruidos del tejado, la misma maldad que yo percibía
con esa cosa en mi casa, la percibo aquí. Siempre la he percibido aquí. Ahora
tú también la ves, y sé que es real.
—Es
real, de eso no te quepa duda — No estuve segura de cuánto podía reconfortarla
eso—. Pero no es lo mismo que en tu casa. Lo que yo vi no se parecía en nada a
eso. —Lo que había visto había sido aterrador, pero parecía ser algo
completamente distinto.
—Quizá
no. Pero me asusté muchísimo. Aun así, no tendría que haberla pagado contigo —
Candela bajó la cabeza — Lo siento.
—Soy
yo quien debería disculparse — Me sentí como una idiota. Candela no se había
comportado de un modo extraño únicamente durante aquella última semana; estaba
nerviosa y deprimida desde el principio de curso. Yo me había precipitado dando
por sentado que solo era su personalidad enojadiza sin plantearme nunca si el
problema podía ser algo más hondo. Vale, era imposible que hubiera podido
adivinar que lo que la angustiaba era aquello, pero debería haber sabido que le
ocurría algo grave. Había estado tan absorta en mis preocupaciones que me había
olvidado de ser su amiga — Debería haberme esforzado más por hablar contigo. No
debería haber pasado de ti como lo he hecho. Lo siento mucho.
—Tranquila
— Candela sorbió por la
nariz. Luego se río a medias, no queriendo, como de
costumbre, manifestar sus emociones — Yo no quería ponerme borde contigo.
—Me
lo puedes contar todo. Cuando quieras. Lo digo en serio.
—Lo
mismo te digo, ¿vale?
Había
tantas cosas que jamás podría contarle, pero asentí de todas formas.
Cuando
Candela se hubo acostado, me quedé despierta pensando en la terrorífica
historia que me había contado. No dudé ni un momento de que hubiera dicho la
verdad. Victorio me había tranquilizado diciéndome que la mayoría de los
fantasmas rehuían a los vampiros, pero ahora que sabía de lo que eran capaces,
no me servía de mucho consuelo.
Lo
que había arriba, fuera lo que fuese, era peligroso, al menos para los humanos
y quizá para todos nosotros.
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