sábado, 19 de enero de 2013

Capitulo 009 (LIBRO 02)

Esa noche perpetré mi segundo allanamiento de morada. Tras salir la primera vez de la casa de la señora Bethany con las manos vacías, mi intención había sido seguir fisgando. Pero la directora no había vuelto a pasar ninguna noche fuera del inter­nado, lo cual me había impedido volver a colarme en la cochera. ¿En qué otro lugar podía hallar respuestas?
Solo había un lugar posible: los archivos ubicados en la torre norte, pero, en un primer momento, los había descartado como posibilidad. Si la señora Bethany tenía algo allí que pareciera in­dicar la verdadera razón de que hubiera admitido alumnos huma­nos en la Academia Mandalay, seguro que Gastón  lo habría en­contrado durante el curso pasado. Había tenido mucho tiempo para buscar.
Pero, mientras estaba en la cama esa noche, incapaz de conci­liar el sueño y ávida de sangre, no pude dejar de pensar en cómo iba a explicar a Gastón  mi acuerdo con Victorio. Probé con varias versiones — la cómica, la seductora, la breve y la extensa —, pero ninguna me pareció convincente. Sabía que Gastón  terminaría en­tendiéndolo, pero solo al cabo del tiempo.
Suspirando, me puse boca arriba y me tapé los oídos con la al­mohada, intentando acallar mi confusa voz interior. El estómago me rugía y me dolía la mandíbula. Quería sangre. Había consegui­do beberme un vaso a la hora de comer y eso debería haberme bas­tado para el resto del día; al menos, así ocurría antes. Mi apetito voraz no cesaba de aumentar.
Tenía la cabeza llena de incertidumbres y supe que no iba a po­der dormirme. Mientras me ponía las zapatillas y la bata, lancé una mirada a Candela, que estaba acostada boca abajo. Dormía profun­damente. Frunciendo el entrecejo, recordé los somníferos que le había aconsejado que tomara el curso pasado. Confiaba en que no continuara utilizándolos y me dije que luego se lo preguntaría.
La sangre de mi termo estaba tibia, pero me sentó igual de bien. Bebí mientras bajaba las escaleras de la torre sur. Normalmente, lle­vaba el piloto automático puesto, andando como una autómata, pero, cuando llegué a la zona de las aulas — la planta que comunicaba con los dormitorios de los chicos ubicados en la torre norte — recordé ver a Gastón  en aquellos pasillos. Aquella había sido la úni­ca época en que me había sentido como en casa en Medianoche.
Si pudiera obtener respuestas para Gastón , si pudiera contarle lo que me había visto obligada a hacer para que pudiéramos estar jun­tos — después de decirle que por fin conocía el secreto que la Cruz Negra estaba tan desesperada por saber — todo sería mucho más fácil. El podría restregar por la cara a Eduardo nuestro éxito y eso le encantaría. Después, contarle lo de Victorio sería facilísimo.
Me metí el termo en el bolsillo de la bata y me dirigí sigilosa­mente a los dormitorios de los chicos. La nueva sangre que fluía por mis venas me aguzó el sentido del oído y me permitió oír los pasos del monitor —uno de los profesores paseándose, asegurán­dose de que ningún vampiro decidía hincarle el diente a un alum­no humano — Cerré los ojos y me concentré en el sonido, espe­rando hasta que dejé de oírlo y el camino estuvo despejado.
Sin hacer ningún ruido, abrí la pesada puerta y la crucé. Era tentador soltarla y echar a correr, pero tuve que ser paciente y acompañarla para que se cerrase silenciosamente. Luego subí, cap­tando cualquier leve sonido: un grifo goteando, alguien roncando, incluso el chasquido de un flexo al apagarse.
Al final de la escalera de-caracol estaban los archivos. Abrí la puerta, esquivando una lluvia de telarañas y polvo. Fuera, la gár­gola me miró suspicazmente a través de la ventana. Había cajas apiladas y baúles en todos los rincones, muchos de ellos con ins­cripciones o letras escritas con una caligrafía rígida y extraña que nadie utilizaba ya. Aquellas cajas contenían datos sobre los incon­tables alumnos que habían pasado por Mandalay, la mayoría vampiros.
«Piensa. Quieren saber por qué están aquí los alumnos huma­nos, no los vampiros. Pero si descubres algo sobre los vampiros de Medianoche, a lo mejor descubres algo sobre los humanos.»
Se me ocurrió una idea: ¿y si los alumnos humanos tenían al­guna relación con los vampiros? ¿Y si eran sus parientes, o incluso sus descendientes?
Motivada, fui a abrir el baúl más próximo, pero vacilé. La últi­ma vez que había estado en aquella estancia, habíamos encontrado los restos de un vampiro muerto en uno de aquellos baúles. La se­ñora Bethany no podía haber dejado allí el cráneo de Augusto para que se pudriera, ¿no?
Abrí cautelosamente la tapa unos pocos centímetros y miré dentro. No había ningún cráneo. Suspirando aliviada, terminé de abrirla y saqué varias hojas de papel al azar. Iba a tener que leer muchísimo material para averiguar si mi teoría era correcta, y lo mismo me daba empezar por un sitio que por otro.
Entonces, en el rincón del baúl, atisbé un movimiento. Vi la os­cura y diminuta cola de un ratón escondiéndose.
Sin pensarlo dos veces, lo cogí y lo mordí.
Solo chilló una vez. No supe si se había retorcido. Lo único que supe fue que la sangre me estaba llenando la boca, sangre auténtica, sangre fresca, saliendo a borbotones contra mi lengua. Fue como morder unas jugosas uvas en un sofocante día de estío, salvo que la sangre estaba más caliente y me supo más dulce e in­cluso mejor. Los últimos latidos del ratón me palpitaron en los la­bios mientras tomaba un segundo sorbo, un tercero, y finalmente cesaron.
Aparté el ratón, y tras observar su cadáver me entraron arcadas.
«¡Qué asco!» Escupí un par de veces, intentando quitarme de los labios cualquier pelo o bicho del ratón. Arrojé su pequeño cadá­ver a un rincón, donde cayó inerte. Aunque me limpié varias veces la boca con la manga, no pude olvidar el regusto a sangre...
... que seguía sabiéndome magníficamente bien.
«Al menos, no lo he hecho delante de Gastón  — pensé — De aho­ra en adelante, voy a tomar mucha más sangre a la hora de comer. Tres litros, si es necesario.»
Mi pérdida de control me alteró tanto que tuve ganas de regresar a mi habitación y ocultarme bajo las mantas. Pero no lo hice; subir hasta allí no había sido fácil, y no estaba dispuesta a desperdiciar el viaje. Haciendo todo lo posible por olvidar lo que acababa de ocurrir, comencé a leer: «Máxime O'Connor, fallecido en Filadelfia...».
El vaho de mi aliento era tan denso que por un momento ape­nas pude ver nada.
«No pensaba que hiciera tanto frío.» Tiritando, me abracé el cuerpo, notando el frío incluso a través de la bata. El papel, seco y amarillento, crujió entre mis dedos temblorosos. «No, estoy se­gura de que hace unos segundos no hacía tanto frío.»
Las paredes comenzaron a llenarse de escarcha.
Hipnotizada, vi cómo cubría la piedra de espectrales vetas azu­les que crepitaron al entrecruzarse y dividirse en un millar de ra­mificaciones distintas. La escarcha fue trepando hasta el techo como una labor de encaje, recubriéndolo de algo escamoso y blan­co. Unos cuantos cristales de nieve plateados se quedaron suspen­didos en el aire.
El terror que sentía me impedía reaccionar; era incapaz de gri­tar, correr ni hacer nada salvo tiritar e intentar creerme lo que es­taba sucediendo. Alargué las manos, sin apenas notar que tenía los dedos rojos y entumecidos debido al frío; quería tocar los cristales de nieve que flotaban en el aire para convencerme de que aquello era real.
«Ojalá estuviera aquí Gastón... mamá... Victorio... alguien, cualquiera. Oh, Dios mío, ¿qué está pasando?» Respiraba entre­cortadamente y casi me sentía mareada.
Pese al miedo, no pude evitar reparar en que la escena era her­mosa, delicada y etérea, como si me encontrara dentro del palacio de cristal de una de esas bolas transparentes donde nieva cuando las agitan.
El hielo crepitó tan fuerte que di un respingo. Con los ojos abier­tos de par en par, vi cómo la escarcha fue avanzando por la ventana hasta cubrirla por completo, tapando la gárgola e incluso impidien­do el paso de la luz de la luna. La estancia poseía ahora su propia luz. En la ventana, las numerosas vetas de escarcha tomaron direc­ciones distintas siguiendo una misteriosa pauta que dibujaba una forma reconocible.
Un rostro.
El hombre de escarcha estaba tan bien dibujado como cual­quier ilustración de un libro. Tenía el pelo largo y oscuro, rodeán­dole el rostro como una nube. Me recordó a viejos dibujos que ha­bía visto de capitanes de barco del siglo XVIII. Su rostro esculpido en el hielo tenía tanto detalle que parecía que me estuviera miran­do. Era la imagen más vivida que había visto jamás.
Entonces se me heló el corazón al darme cuenta de que me es­taba mirando de verdad.
Sus labios se movieron, las vetas de escarcha redibujaron su boca para pronunciar algo que no pude descifrar. Muda del susto, negué con la cabeza.
Él cerró los ojos. El aire que me rodeaba se volvió más frío aún... tan frío que dolía...
El hielo de la ventana estalló y los fragmentos vinieron hacia mí con la forma de su rostro, esta vez en tres dimensiones, acercándo­se y gritando con una voz hecha del sonido del cristal al romperse.
—¡Basta!
Luego los fragmentos de hielo cayeron sin apenas hacer ruido al suelo, esparciéndose a mi alrededor como confeti: eran tan di­minutos que se derritieron al instante. Cuando la escarcha desapareció de las paredes y las ventanas y la estancia recobró su tempe­ratura normal, comenzaron a caer sobre mí las gotas de agua que el hielo del techo formaba al fundirse.
Me senté en el suelo, tan aturdida que no me podía mover. Ha­bía estado demasiado asustada para gritar. Lo único en lo que podía pensar mi mente embotada era: «¿Qué demonios ha sido eso?».
En cuanto pude volver a moverme, salí de los archivos como pude, bajé rápidamente las escaleras y me alejé de la torre norte como una flecha, casi sin que me importara que me pillaran. No dejé de correr hasta entrar en mi habitación y meterme debajo de las mantas. Me quedé acostada, con el pelo húmedo y el corazón palpitándome desbocado, incapaz de dormirme, apretando el edre­dón contra mi pecho mientras intentaba comprender lo que aca­baba de ocurrir.
¿Podía haber sido una alucinación? Como nunca había tenido ninguna, no podía estar segura. Pero, dado que no tenía fiebre ni me había tomado nada, dudaba que la explicación fuera tan sen­cilla.
¿Me había quedado dormida sin darme cuenta y me había puesto a soñar? Imposible. Por muy vividos que se hubieran vuel­to últimamente mis sueños, jamás había soñado nada parecido a lo que había ocurrido en los archivos. Aún me notaba los pies fríos y húmedos debido al hielo que se había derretido a mi alrededor.
Se me ocurrió otra explicación que no quise aceptar. «No pue­de ser. Solo son viejos cuentos que me contaban mis padres. Ni cuando era pequeña creía que pudieran ser reales.»

Esa noche no dormí. En la ventana de nuestro dormitorio, el cielo fue palideciendo lentamente hasta que amaneció un día gris y nublado. No mucho después del alba, Candela se removió, gruñó y se destapó con irritación.
— ¿Candela? — susurré.
Ella me miró parpadeando. Tenía el pelo negro y corto de pun­ta y su camiseta blanca exageradamente grande le dejaba un hom­bro al descubierto.
—Te has despertado temprano.
—Sí, supongo. — Hice acopio de valor — Oye, si te pregunto algo que parece un poco... bueno, un poco loco... me dejarás ter­minar de hablar, ¿vale?
—Por supuesto — Bajó las piernas de la cama, como si se estu­viera preparando para entrar en acción — Tú me escuchaste el año pasado cuando estaba convencida de que había algo merodeando por el tejado, ¿te acuerdas?
De hecho, algo había estado merodeando por el tejado — un vampiro decidido a hacerle daño—, pero no me pareció buena idea mencionárselo ahora, ni nunca. Con cuidado, dije:
—¿Crees en... bueno, en... ?
—¿Dios? No — Por su sonrisa, supe que se lo estaba tomando a risa para hacérmelo más fácil — ¿En Papá Noel? Tampoco.
—Eso ya me lo imaginaba — Tragué saliva — Te iba a pregun­tar si crees en fantasmas.
Estaba preparada para que Candela se riera de mí. ¿Quién po­día culparla? Estaba preparada para que me acribillara a pregun­tas sobre por qué decía eso. Creía que estaba preparada para cual­quier reacción suya. Pero me equivocaba.
—Cállate. — Candela volvió a tumbarse en la cama, poniendo cier­ta distancia entre las dos —. Haz el favor de callarte ahora mismo.
—Candela... solo te he preguntado...
—¡He dicho que te calles! — Tenía los ojos abiertos de par en par y respiraba muy deprisa — No quiero volver a oírte decir nada sobre eso nunca más. ¿Me entiendes?
Asentí, esperando que eso la tranquilizara. Sin embargo, ella solo pareció más asustada aún. Se levantó de la cama, cogió la toa­lla de ducha y se dirigió a la puerta con paso airado, aunque todavía faltaban horas para la primera clase. Cerró de un portazo al salir. Desde el fondo del pasillo, oí a Eugenia gritar con voz soñolienta:
—¿Qué narices le pasa a la gente?
Ojalá lo supiera. Lo único que sabía era que acababa de ver un hecho inexplicable, y que su sola mención había aterrorizado a Candela incluso más de lo que la realidad me había asustado a mí.
La adrenalina que había empezado a correr por mis venas en los archivos de la torre norte terminó de hacerlo en mitad de mi clase matinal de Psicología. Estaba tomando notas sobre las teorías de Adler y, un momento después, me sentía como si estuviera a punto de desplomarme sobre el pupitre. Agotada, apoyé la cabeza en una mano e hice lo posible para seguir escribiendo. Cuando ter­minó la clase, supe que el resto del día se me iba a hacer eterno. Normalmente, habría corrido a mi habitación para dormir un rato, pero podía encontrarme con Candela y, en ese momento, las cosas entre nosotras eran decididamente extrañas.
Mientras andaba con dificultad por el pasillo, recibiendo em­pujones por todos los costados de alumnos vestidos de uniforme, vislumbré un rostro amigo.
—Hola, Victorio — Mi intención era simplemente saludarlo sin detenerme.
Él me sonrió más afablemente que nunca.
—Hola — murmuró mientras se giraba hacia mí y me pasaba posesivamente un brazo por la espalda. Solo entonces recordé que Victorio y yo estábamos fingiendo que salíamos juntos. Pegando los labios a mi oído, me susurró — Al menos, intenta parecer con­tenta.
—De hecho, me alegro de verte. ¿Hay algún sitio donde poda­mos hablar?
—Claro. Vamos.
Victorio me condujo a la planta baja del internado. Varias personas se cruzaron con nosotros y me fijé en que algunas enar­caban las cejas y susurraban. Aunque nuestra relación solo era una farsa, no pude evitar sentirme orgullosa de que me vieran con un chico que estaba tan bueno, ni divertirme al imaginar la reacción de Eugenia.
Pero, mientras cruzábamos el gran vestíbulo hacia la puerta principal, nos vio otra persona.
A Nicolás se le borró su perpetua sonrisa cuando me vio cogida de Victorio, y a mí se me cayó el alma a los pies. Nicolás y Gastón  seguían siendo buenos amigos, y Nicolás se había arriesgado para hacerme lle­gar las cartas de Gastón. Viéndome ahora, seguro que pensaba que estaba engañando a Gastón, y yo no podía desmentírselo.
Nicolás no dijo una palabra. Solo bajó la mirada y fingió estar tre­mendamente interesado en los cordones de sus zapatos. Yo, por mi parte, actué como si no viera a Nicolás ni a nadie que no fuera Victorio.
Juntos, nos dirigimos al final del campus, cerca del bosque. Unas cuantas parejas más estaban sentadas a la sombra no muy le­jos de allí. Victorio se sentó en la gruesa alfombra de tonos rojizos de hojarasca y apoyó su ancha espalda en el tronco de un arce. Yo me senté junto a él y apoyé tímidamente la cabeza en su hombro; pensé que me sentiría incómoda, pero no fue así.
—No deberías tardar mucho en contarles lo nuestro a tus pa­dres — Victorio me pasó un brazo por la cintura — Cuanto antes se convenzan de que estamos juntos, antes podré pedir permiso para sacarte del campus.
—No hay prisa. Veré a Gastón  en Riverton el próximo mes y... y entonces podremos aclarar todo esto. Pero me aseguraré de que mis padres se enteren pronto.
Otra mentira. Ya estaba harta de mentiras y la única persona que podía oír toda la verdad estaba demasiado lejos.
—Pareces agotada. ¿Te encuentras bien?
—Anoche no dormí. Vi algo que me asustó, pero no sé ni si yo misma me lo creo, pero aun así tengo que preguntártelo — Respi­ré hondo — ¿Los fantasmas existen?
—Pues claro — respondió él con la misma facilidad que si le hubiera preguntado si había estrellas en el cielo — ¿No te han ha­blado tus padres de los espectros?
—Cuando era pequeña, me contaban cuentos de fantasmas y me decían que tuviera cuidado con ellos, pero pensaba que solo eran eso... cuentos de fantasmas.
Victorio enarcó una ceja.
—¿Sabes?, para ser un vampiro, eres muy escéptica con lo so­brenatural.
—Visto así, me siento como una imbécil.
—Oye, aún eres nueva en esto. Espera a que pasen un par de siglos y serás una experta como yo.
Me asaltaron nuevas preguntas.
—¿Qué más existe? ¿Los hombres lobo? ¿Las brujas? ¿Las momias?
—Los hombre lobo, no. Las brujas, tampoco. Las momias solo están en los museos, al menos que yo sepa. Hay otras fuerzas, pero no estoy seguro de que tengan nombre o cara. Quizá tampoco cuer­po. Son más siniestras y más profundas que eso — Victorio guar­dó silencio un momento y frunció el entrecejo — Espera. Has di­cho que anoche viste algo que te asustó.
—Un fantasma. Un espectro, supongo — dije probando la pa­labra que solo había oído decir a mis padres en contadas ocasiones.
—Eso no es posible. En la Academia Mandalay no puede haber espectros.
—¿Por qué no? Es lo bastante tétrica.
—El tipo de construcción del internado los mantiene alejados. Hay metales y minerales que repelen a los fantasmas de forma natu­ral; los que contiene la sangre humana, como el hierro y el cobre, son los más eficaces, y están todas las piedras de los cimientos. —Me pasó la yema del dedo por el nacimiento del pelo, una caricia tan ín­tima que me ruboricé. Al parecer, Victorio podía concentrarse en nuestra conversación y fingir romanticismo al mismo tiempo — Además, los fantasmas nos tienen miedo, al menos tanto como no­sotros se lo tenemos a ellos. Sé de algunos que han dado problemas a los vampiros, encantando casas y cosas por el estilo, pero es po­co frecuente. Normalmente, los fantasmas huyen de los vampiros.
—¿Por qué nos tienen miedo los fantasmas? Comprendo por qué nos temen los humanos, pero los vampiros no podemos beber la sangre de un fantasma. Los fantasmas ni siquiera tienen sangre, ¿no?
—La tienen cuando se manifiestan físicamente, pero, en su ma­yoría, existen como vapores, escarcha, puntos de frío, una imagen o sombra, quizá, pero no más.
La palabra «escarcha» me evocó tan vividamente la aparición de la noche anterior que me estremecí. Victorio me abrazó más fuerte, como si me estuviera protegiendo de la brisa otoñal.
—Vale, si los fantasmas nos tienen miedo, probablemente no se acercarían al internado. Y dices que las piedras y metales del edifi­cio deberían mantenerlos alejados. Pero, si eso es así, dime enton­ces qué fue lo que vi anoche.
Se lo conté todo: los crujidos del hielo, el irreal resplandor ver­de azulado, el rostro del hombre de escarcha y su advertencia final cuando estalló en un sinfín de fragmentos de hielo. Victorio me estuvo observando con los ojos abiertos de par en par, olvidándo­se por completo de fingir cualquier gesto romántico. Cuando hube terminado, me miró unos momentos antes de poder decir:
—Eso solo ha podido ser un espectro.
—Ya te lo decía yo.
—Pero es la manifestación más espectacular de la que tengo no­ticia hasta ahora. ¿Y qué podía significar ese «basta»? ¿Basta de qué?
—Sabes tanto como yo. Oye, ¿hay alguna diferencia entre los espectros y los fantasmas?
—No. Son dos nombres distintos para la misma cosa. — Victorio me puso una mano en el brazo — Se lo tenemos que contar a la señora Bethany.
—¿Qué? ¡No puedo! — Lo cogí por el jersey, y el blasón de Mandalay, formado por dos cuervos flanqueando una espada, se arrugó bajo mis dedos, antes de darme cuenta de la impresión que se llevaría cualquiera que estuviera mirando. Rápidamente apoyé las palmas en su pecho, como haría cualquiera con su pareja — Victorio, si se lo decimos, va a preguntarme qué estaba haciendo yo de noche en los archivos — ¿Y qué estabas haciendo?
—Intentando averiguar por qué admite Mandalay alumnos humanos.
Victorio consideró esa cuestión. Luego, volvió a centrarse en nuestro asunto más inmediato.
—Podíamos fingir que habíamos quedado allí. Que lo viste jus­to antes de que yo llegara.
—Supongo que eso funcionaría — admití — Gastón  y yo solía­mos... Bueno, fuimos juntos una vez.
Victorio entornó ligeramente sus ojos castaños ante la men­ción del nombre de Gastón  y supe que podía percibir mi reacción al recordar de las horas que Gastón  y yo habíamos pasado en los ar­chivos. Una ola de calor me recorrió el cuerpo por dentro cuando me recordé besándolo, yaciendo en sus brazos, mordiéndolo y be­biendo la sangre que él se prestó a darme. ¿Se me notaba realmen­te en la cara? Fuera como fuere, Victorio tenía la voz ronca cuan­do dijo:
—Bien. Eso hace más creíble la historia. Se lo contaré yo, no hace falta que estés presente. Le diré que estás demasiado aver­gonzada para ir tú.
—Esa parte es cierta.
—Después de eso, dará caza al fantasma y probablemente con­tará lo nuestro a tus padres. Así matamos dos pájaros de un tiro.
—Puede funcionar — Agotada, volví a apoyarme en el hombro de Victorio — No he dormido nada, me estoy cayendo de sueño.
—Yo tampoco habría podido dormir — Me acarició el bra­zo — ¿Por qué no duermes un poco?
—Aún falta una hora para la clase de Cálculo, pero... no quie­ro volver a mi habitación.
Esperé a que me preguntara por qué, pero, en cambio, se dio una palmada en la pierna, ofreciéndomela como almohada. Al principio, me sentí incómoda mientras me tumbaba en el suelo y apoyaba la cabeza en su muslo, pero notar su mano en mi hombro me tranquilizó, y estaba tan cansada que el sueño no tardó en visi­tarme. Fue la primera vez en las últimas horas que me sentí segura.

Durante los días siguientes, el rumor de mi nuevo «romance» co­rrió por todo el internado. Victorio y yo nos reuníamos después de clase y nos íbamos a estudiar juntos a la biblioteca, todo lo cual ya habíamos hecho antes, pero el hecho de que fuéramos cogidos de la mano parecía haber convertido nuestra relación en un apa­sionado idilio. Yo era consciente de que casi todo el mundo se pre­guntaba qué hacía un chico maduro y atractivo como Victorio con la friqui rubia obsesionada por la astronomía, pero nadie parecía poner en duda nuestra relación. Eugenia incluso intentó menospreciarme otra vez en clase, lo cual era demasiado ridículo para ser molesto.
No sabía si Candela estaba enterada, pero no se lo podía pre­guntar. Aunque nos hablábamos con normalidad, desde la noche que vi el fantasma me evitaba siempre que podía. Cuando estaba en la habitación, se iba con alguna excusa, y cuando intentaba dar­le conversación, solo decía «sí», «no» o «vale», hasta que yo termi­naba desistiendo. Era curioso, pero, hasta aquello, no me había dado cuenta de que Candela llevaba mucho tiempo con esa actitud de enfurruñamiento. Sabía que no estaba bien, y algo de lo que yo había dicho había empeorado todavía más las cosas, pero no pare­cía que hubiera ningún modo de comunicarme con ella.
La persona que más me había preocupado resultó no ser nin­gún problema en absoluto. Una noche, cuando entré en el gran vestíbulo, vi el habitual grupillo de gente charlando y pasando el rato. Entre ellos, sentados en una de las mesas más próximas a la puerta, estaban Nicolás y Julián, concentrados en un tablero de aje­drez. Nicolás estaba más serio de lo que yo le había visto nunca, aun­que llevaba una camisa hawaiana. Movió caballo, colocándolo enér­gicamente en una nueva casilla.
—Qué, duele, ¿eh? Oh, sí, ya lo creo que duele.
—Cómo va a dolerme con lo mal que juegas — Aquello era lo más que Julián sabía alardear. Cuando se inclinó sobre el tablero para reflexionar sobre su próximo movimiento, Nicolás se desperezó con relajada satisfacción y me vio. En ese momento me habría ido, pero él se levantó de la mesa y se acercó a mí.
—Hola — dijo cambiando el peso de una pierna a otra — ¿Cómo va?
—Bastante bien. Supongo... supongo que tenemos que hablar — Aquello era incluso más difícil de lo que yo había imaginado —  Sobre Victorio.
—Solo quiero decirte una cosa, ¿vale? — Nicolás me puso una mano en el hombro — Tú también eres mi amiga, y quiero que seas feliz.
—Oh, Nicolás — Demasiado conmovida para decir nada más, lo abracé con fuerza.
Con la voz amortiguada por mi hombro, Nicolás dijo: — Victorio me cae bien. Es majo. —Sí que lo es.
—Se lo has dicho a Gastón, ¿no? ¿O se lo vas a decir pronto? Porque no está bien no decírselo.
—Tenemos que vernos dentro de poco — No le di más detalles sobre nuestro reencuentro en Riverton; hacerlo solo sería involu­crarlo demasiado — He pensado que sería mejor decírselo direc­tamente, no por carta, correo electrónico ni nada de eso.
—Supongo que es duro estar siempre separados.
—Sí que lo es. Si Gastón  siguiera aquí, todo sería distinto.
La sonrisa de Nicolás se volvió presuntuosa.
—Sí, yo tendría un compañero de habitación que podría ga­narme al ajedrez y no al revés — Julián no apartó los ojos del tablero
— Mi victoria acallará tus insultos
— ¡Sigue soñando! — gritó Nicolás.
Lo que Nicolás no sabía era que yo iba a contar a Gastón  toda la ver­dad sobre el juego al que estábamos jugando Victorio y yo. Todo iría bien. Y ahora solo quedaba un obstáculo que superar, el más importante de todos: mis padres.

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