Solo
había un lugar posible: los archivos ubicados en la torre norte, pero, en un
primer momento, los había descartado como posibilidad. Si la señora Bethany
tenía algo allí que pareciera indicar la verdadera razón de que hubiera
admitido alumnos humanos en la Academia Mandalay, seguro que Gastón lo habría encontrado durante el curso pasado.
Había tenido mucho tiempo para buscar.
Pero,
mientras estaba en la cama esa noche, incapaz de conciliar el sueño y ávida de
sangre, no pude dejar de pensar en cómo iba a explicar a Gastón mi acuerdo con Victorio. Probé con varias
versiones — la cómica, la seductora, la breve y la extensa —, pero ninguna me
pareció convincente. Sabía que Gastón terminaría entendiéndolo, pero solo al cabo
del tiempo.
Suspirando,
me puse boca arriba y me tapé los oídos con la almohada, intentando acallar mi
confusa voz interior. El estómago me rugía y me dolía la mandíbula. Quería
sangre. Había conseguido beberme un vaso a la hora de comer y eso debería
haberme bastado para el resto del día; al menos, así ocurría antes. Mi apetito
voraz no cesaba de aumentar.
Tenía
la cabeza llena de incertidumbres y supe que no iba a poder dormirme. Mientras
me ponía las zapatillas y la bata, lancé una mirada a Candela, que estaba
acostada boca abajo. Dormía profundamente. Frunciendo el entrecejo, recordé
los somníferos que le había aconsejado que tomara el curso pasado. Confiaba en
que no continuara utilizándolos y me dije que luego se lo preguntaría.
La
sangre de mi termo estaba tibia, pero me sentó igual de bien. Bebí mientras
bajaba las escaleras de la torre sur. Normalmente, llevaba el piloto
automático puesto, andando como una autómata, pero, cuando llegué a la zona de
las aulas — la planta que comunicaba con los dormitorios de los chicos ubicados
en la torre norte — recordé ver a Gastón en aquellos pasillos. Aquella había sido la
única época en que me había sentido como en casa en Medianoche.
Si
pudiera obtener respuestas para Gastón , si pudiera contarle lo que me había
visto obligada a hacer para que pudiéramos estar juntos — después de decirle
que por fin conocía el secreto que la Cruz Negra estaba tan desesperada por saber —
todo sería mucho más fácil. El podría restregar por la cara a Eduardo nuestro
éxito y eso le encantaría. Después, contarle lo de Victorio sería facilísimo.
Me
metí el termo en el bolsillo de la bata y me dirigí sigilosamente a los
dormitorios de los chicos. La nueva sangre que fluía por mis venas me aguzó el
sentido del oído y me permitió oír los pasos del monitor —uno de los profesores
paseándose, asegurándose de que ningún vampiro decidía hincarle el diente a un
alumno humano — Cerré los ojos y me concentré en el sonido, esperando hasta
que dejé de oírlo y el camino estuvo despejado.
Sin
hacer ningún ruido, abrí la pesada puerta y la crucé. Era tentador
soltarla y echar a correr, pero tuve que ser paciente y acompañarla para que se
cerrase silenciosamente. Luego subí, captando cualquier leve sonido: un grifo
goteando, alguien roncando, incluso el chasquido de un flexo al apagarse.
Al
final de la escalera de-caracol estaban los archivos. Abrí la puerta,
esquivando una lluvia de telarañas y polvo. Fuera, la gárgola me miró
suspicazmente a través de la
ventana. Había cajas apiladas y baúles en todos los rincones,
muchos de ellos con inscripciones o letras escritas con una caligrafía rígida
y extraña que nadie utilizaba ya. Aquellas cajas contenían datos sobre los
incontables alumnos que habían pasado por Mandalay, la mayoría vampiros.
«Piensa.
Quieren saber por qué están aquí los alumnos humanos, no los vampiros. Pero si
descubres algo sobre los vampiros de Medianoche, a lo mejor descubres algo
sobre los humanos.»
Se
me ocurrió una idea: ¿y si los alumnos humanos tenían alguna relación con los
vampiros? ¿Y si eran sus parientes, o incluso sus descendientes?
Motivada,
fui a abrir el baúl más próximo, pero vacilé. La última vez que había estado
en aquella estancia, habíamos encontrado los restos de un vampiro muerto en uno
de aquellos baúles. La señora Bethany no podía haber dejado allí el cráneo de Augusto
para que se pudriera, ¿no?
Abrí
cautelosamente la tapa unos pocos centímetros y miré dentro. No había ningún
cráneo. Suspirando aliviada, terminé de abrirla y saqué varias hojas de papel
al azar. Iba a tener que leer muchísimo material para averiguar si mi teoría
era correcta, y lo mismo me daba empezar por un sitio que por otro.
Entonces,
en el rincón del baúl, atisbé un movimiento. Vi la oscura y diminuta cola de
un ratón escondiéndose.
Sin
pensarlo dos veces, lo cogí y lo mordí.
Solo
chilló una vez. No supe si se había retorcido. Lo único que supe fue que la
sangre me estaba llenando la boca, sangre auténtica, sangre fresca, saliendo a
borbotones contra mi lengua. Fue como morder unas jugosas uvas en un sofocante
día de estío, salvo que la sangre estaba más caliente y me supo más dulce e incluso
mejor. Los últimos latidos del ratón me palpitaron en los labios mientras
tomaba un segundo sorbo, un tercero, y finalmente cesaron.
Aparté
el ratón, y tras observar su cadáver me entraron arcadas.
«¡Qué
asco!» Escupí un par de veces, intentando quitarme de los labios cualquier pelo
o bicho del ratón. Arrojé su pequeño cadáver a un rincón, donde cayó inerte.
Aunque me limpié varias veces la boca con la manga, no pude olvidar el regusto
a sangre...
...
que seguía sabiéndome magníficamente bien.
«Al
menos, no lo he hecho delante de Gastón — pensé — De ahora en adelante, voy a tomar
mucha más sangre a la hora de comer. Tres litros, si es necesario.»
Mi
pérdida de control me alteró tanto que tuve ganas de regresar a mi habitación y
ocultarme bajo las mantas. Pero no lo hice; subir hasta allí no había sido
fácil, y no estaba dispuesta a desperdiciar el viaje. Haciendo todo lo posible
por olvidar lo que acababa de ocurrir, comencé a leer: «Máxime O'Connor,
fallecido en Filadelfia...».
El
vaho de mi aliento era tan denso que por un momento apenas pude ver nada.
«No
pensaba que hiciera tanto frío.» Tiritando, me abracé el cuerpo, notando el
frío incluso a través de la
bata. El papel, seco y amarillento, crujió entre mis dedos
temblorosos. «No, estoy segura de que hace unos segundos no hacía tanto frío.»
Las
paredes comenzaron a llenarse de escarcha.
Hipnotizada,
vi cómo cubría la piedra de espectrales vetas azules que crepitaron al
entrecruzarse y dividirse en un millar de ramificaciones distintas. La
escarcha fue trepando hasta el techo como una labor de encaje, recubriéndolo de
algo escamoso y blanco. Unos cuantos cristales de nieve plateados se quedaron
suspendidos en el aire.
El
terror que sentía me impedía reaccionar; era incapaz de gritar, correr ni
hacer nada salvo tiritar e intentar creerme lo que estaba sucediendo. Alargué
las manos, sin apenas notar que tenía los dedos rojos y entumecidos debido al
frío; quería tocar los cristales de nieve que flotaban en el aire para
convencerme de que aquello era real.
«Ojalá
estuviera aquí Gastón... mamá... Victorio... alguien, cualquiera. Oh, Dios mío,
¿qué está pasando?» Respiraba entrecortadamente y casi me sentía mareada.
Pese
al miedo, no pude evitar reparar en que la escena era hermosa, delicada y
etérea, como si me encontrara dentro del palacio de cristal de una de esas
bolas transparentes donde nieva cuando las agitan.
El
hielo crepitó tan fuerte que di un respingo. Con los ojos abiertos de par en
par, vi cómo la escarcha fue avanzando por la ventana hasta cubrirla por
completo, tapando la gárgola e incluso impidiendo el paso de la luz de la luna. La estancia poseía
ahora su propia luz. En la ventana, las numerosas vetas de escarcha tomaron
direcciones distintas siguiendo una misteriosa pauta que dibujaba una forma
reconocible.
Un
rostro.
El
hombre de escarcha estaba tan bien dibujado como cualquier ilustración de un
libro. Tenía el pelo largo y oscuro, rodeándole el rostro como una nube. Me
recordó a viejos dibujos que había visto de capitanes de barco del siglo
XVIII. Su rostro esculpido en el hielo tenía tanto detalle que parecía que me
estuviera mirando. Era la imagen más vivida que había visto jamás.
Entonces
se me heló el corazón al darme cuenta de que me estaba mirando de verdad.
Sus
labios se movieron, las vetas de escarcha redibujaron su boca para pronunciar
algo que no pude descifrar. Muda del susto, negué con la cabeza.
Él
cerró los ojos. El aire que me rodeaba se volvió más frío aún... tan frío que
dolía...
El
hielo de la ventana estalló y los fragmentos vinieron hacia mí con la forma de
su rostro, esta vez en tres dimensiones, acercándose y gritando con una voz
hecha del sonido del cristal al romperse.
—¡Basta!
Luego
los fragmentos de hielo cayeron sin apenas hacer ruido al suelo, esparciéndose
a mi alrededor como confeti: eran tan diminutos que se derritieron al
instante. Cuando la escarcha desapareció de las paredes y las ventanas y la
estancia recobró su temperatura normal, comenzaron a caer sobre mí las gotas
de agua que el hielo del techo formaba al fundirse.
Me
senté en el suelo, tan aturdida que no me podía mover. Había estado demasiado
asustada para gritar. Lo único en lo que podía pensar mi mente embotada era:
«¿Qué demonios ha sido eso?».
En
cuanto pude volver a moverme, salí de los archivos como pude, bajé rápidamente
las escaleras y me alejé de la torre norte como una flecha, casi sin que me
importara que me pillaran. No dejé de correr hasta entrar en mi habitación y
meterme debajo de las mantas. Me quedé acostada, con el pelo húmedo y el
corazón palpitándome desbocado, incapaz de dormirme, apretando el edredón
contra mi pecho mientras intentaba comprender lo que acababa de ocurrir.
¿Podía
haber sido una alucinación? Como nunca había tenido ninguna, no podía estar
segura. Pero, dado que no tenía fiebre ni me había tomado nada, dudaba que la
explicación fuera tan sencilla.
¿Me
había quedado dormida sin darme cuenta y me había puesto a soñar? Imposible.
Por muy vividos que se hubieran vuelto últimamente mis sueños, jamás había
soñado nada parecido a lo que había ocurrido en los archivos. Aún me notaba los
pies fríos y húmedos debido al hielo que se había derretido a mi alrededor.
Se
me ocurrió otra explicación que no quise aceptar. «No puede ser. Solo son
viejos cuentos que me contaban mis padres. Ni cuando era pequeña creía que
pudieran ser reales.»
Esa
noche no dormí. En la ventana de nuestro dormitorio, el cielo fue palideciendo
lentamente hasta que amaneció un día gris y nublado. No mucho después del alba,
Candela se removió, gruñó y se destapó con irritación.
—
¿Candela? — susurré.
Ella
me miró parpadeando. Tenía el pelo negro y corto de punta y su camiseta blanca
exageradamente grande le dejaba un hombro al descubierto.
—Te
has despertado temprano.
—Sí,
supongo. — Hice acopio de valor — Oye, si te pregunto algo que parece un
poco... bueno, un poco loco... me dejarás terminar de hablar, ¿vale?
—Por
supuesto — Bajó las piernas de la cama, como si se estuviera preparando para
entrar en acción — Tú me escuchaste el año pasado cuando estaba convencida de
que había algo merodeando por el tejado, ¿te acuerdas?
De
hecho, algo había estado merodeando por el tejado — un vampiro decidido a
hacerle daño—, pero no me pareció buena idea mencionárselo ahora, ni nunca. Con
cuidado, dije:
—¿Crees
en... bueno, en... ?
—¿Dios?
No — Por su sonrisa, supe que se lo estaba tomando a risa para hacérmelo más fácil
— ¿En Papá Noel? Tampoco.
—Eso
ya me lo imaginaba — Tragué saliva — Te iba a preguntar si crees en fantasmas.
Estaba
preparada para que Candela se riera de mí. ¿Quién podía culparla? Estaba
preparada para que me acribillara a preguntas sobre por qué decía eso. Creía
que estaba preparada para cualquier reacción suya. Pero me equivocaba.
—Cállate.
— Candela volvió a tumbarse en la cama, poniendo cierta distancia entre las
dos —. Haz el favor de callarte ahora mismo.
—Candela...
solo te he preguntado...
—¡He
dicho que te calles! — Tenía los ojos abiertos de par en par y respiraba muy
deprisa — No quiero volver a oírte decir nada sobre eso nunca más. ¿Me
entiendes?
Asentí,
esperando que eso la
tranquilizara. Sin embargo, ella solo pareció más asustada
aún. Se levantó de la cama, cogió la toalla de ducha y se dirigió a la puerta
con paso airado, aunque todavía faltaban horas para la primera clase. Cerró de
un portazo al salir. Desde el fondo del pasillo, oí a Eugenia gritar con voz
soñolienta:
—¿Qué
narices le pasa a la gente?
Ojalá
lo supiera. Lo único que sabía era que acababa de ver un hecho inexplicable, y
que su sola mención había aterrorizado a Candela incluso más de lo que la
realidad me había asustado a mí.
La
adrenalina que había empezado a correr por mis venas en los archivos de la
torre norte terminó de hacerlo en mitad de mi clase matinal de Psicología.
Estaba tomando notas sobre las teorías de Adler y, un momento después, me
sentía como si estuviera a punto de desplomarme sobre el pupitre. Agotada,
apoyé la cabeza en una mano e hice lo posible para seguir escribiendo. Cuando
terminó la clase, supe que el resto del día se me iba a hacer eterno.
Normalmente, habría corrido a mi habitación para dormir un rato, pero podía
encontrarme con Candela y, en ese momento, las cosas entre nosotras eran
decididamente extrañas.
Mientras
andaba con dificultad por el pasillo, recibiendo empujones por todos los
costados de alumnos vestidos de uniforme, vislumbré un rostro amigo.
—Hola,
Victorio — Mi intención era simplemente saludarlo sin detenerme.
Él
me sonrió más afablemente que nunca.
—Hola
— murmuró mientras se giraba hacia mí y me pasaba posesivamente un brazo por la espalda. Solo
entonces recordé que Victorio y yo estábamos fingiendo que salíamos juntos.
Pegando los labios a mi oído, me susurró — Al menos, intenta parecer contenta.
—De
hecho, me alegro de verte. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar?
—Claro.
Vamos.
Victorio
me condujo a la planta baja del internado. Varias personas se cruzaron con
nosotros y me fijé en que algunas enarcaban las cejas y susurraban. Aunque
nuestra relación solo era una farsa, no pude evitar sentirme orgullosa de que
me vieran con un chico que estaba tan bueno, ni divertirme al imaginar la
reacción de Eugenia.
Pero,
mientras cruzábamos el gran vestíbulo hacia la puerta principal, nos vio otra
persona.
A
Nicolás se le borró su perpetua sonrisa cuando me vio cogida de Victorio, y a
mí se me cayó el alma a los pies. Nicolás y Gastón seguían siendo buenos amigos, y Nicolás se
había arriesgado para hacerme llegar las cartas de Gastón. Viéndome ahora,
seguro que pensaba que estaba engañando a Gastón, y yo no podía desmentírselo.
Nicolás
no dijo una palabra. Solo bajó la mirada y fingió estar tremendamente
interesado en los cordones de sus zapatos. Yo, por mi parte, actué como si no
viera a Nicolás ni a nadie que no fuera Victorio.
Juntos,
nos dirigimos al final del campus, cerca del bosque. Unas cuantas parejas más
estaban sentadas a la sombra no muy lejos de allí. Victorio se sentó en la
gruesa alfombra de tonos rojizos de hojarasca y apoyó su ancha espalda en el
tronco de un arce. Yo me senté junto a él y apoyé tímidamente la cabeza en su
hombro; pensé que me sentiría incómoda, pero no fue así.
—No
deberías tardar mucho en contarles lo nuestro a tus padres — Victorio me pasó
un brazo por la cintura — Cuanto antes se convenzan de que estamos juntos,
antes podré pedir permiso para sacarte del campus.
—No
hay prisa. Veré a Gastón en Riverton el
próximo mes y... y entonces podremos aclarar todo esto. Pero me aseguraré de
que mis padres se enteren pronto.
Otra
mentira. Ya estaba harta de mentiras y la única persona que podía oír toda la
verdad estaba demasiado lejos.
—Pareces
agotada. ¿Te encuentras bien?
—Anoche
no dormí. Vi algo que me asustó, pero no sé ni si yo misma me lo creo, pero aun
así tengo que preguntártelo — Respiré hondo — ¿Los fantasmas existen?
—Pues
claro — respondió él con la misma facilidad que si le hubiera preguntado si
había estrellas en el cielo — ¿No te han hablado tus padres de los espectros?
—Cuando
era pequeña, me contaban cuentos de fantasmas y me decían que tuviera cuidado
con ellos, pero pensaba que solo eran eso... cuentos de fantasmas.
Victorio
enarcó una ceja.
—¿Sabes?,
para ser un vampiro, eres muy escéptica con lo sobrenatural.
—Visto
así, me siento como una imbécil.
—Oye,
aún eres nueva en esto. Espera a que pasen un par de siglos y serás una experta
como yo.
Me
asaltaron nuevas preguntas.
—¿Qué
más existe? ¿Los hombres lobo? ¿Las brujas? ¿Las momias?
—Los
hombre lobo, no. Las brujas, tampoco. Las momias solo están en los museos, al
menos que yo sepa. Hay otras fuerzas, pero no estoy seguro de que tengan nombre
o cara. Quizá tampoco cuerpo. Son más siniestras y más profundas que eso —
Victorio guardó silencio un momento y frunció el entrecejo — Espera. Has dicho
que anoche viste algo que te asustó.
—Un
fantasma. Un espectro, supongo — dije probando la palabra que solo había oído
decir a mis padres en contadas ocasiones.
—Eso
no es posible. En la Academia Mandalay no puede haber espectros.
—¿Por
qué no? Es lo bastante tétrica.
—El
tipo de construcción del internado los mantiene alejados. Hay metales y
minerales que repelen a los fantasmas de forma natural; los que contiene la
sangre humana, como el hierro y el cobre, son los más eficaces, y están todas
las piedras de los cimientos. —Me pasó la yema del dedo por el nacimiento del
pelo, una caricia tan íntima que me ruboricé. Al parecer, Victorio podía
concentrarse en nuestra conversación y fingir romanticismo al mismo tiempo —
Además, los fantasmas nos tienen miedo, al menos tanto como nosotros se lo
tenemos a ellos. Sé de algunos que han dado problemas a los vampiros,
encantando casas y cosas por el estilo, pero es poco frecuente. Normalmente,
los fantasmas huyen de los vampiros.
—¿Por
qué nos tienen miedo los fantasmas? Comprendo por qué nos temen los humanos,
pero los vampiros no podemos beber la sangre de un fantasma. Los fantasmas ni
siquiera tienen sangre, ¿no?
—La
tienen cuando se manifiestan físicamente, pero, en su mayoría, existen como
vapores, escarcha, puntos de frío, una imagen o sombra, quizá, pero no más.
La
palabra «escarcha» me evocó tan vividamente la aparición de la noche anterior
que me estremecí. Victorio me abrazó más fuerte, como si me estuviera
protegiendo de la brisa otoñal.
—Vale,
si los fantasmas nos tienen miedo, probablemente no se acercarían al internado.
Y dices que las piedras y metales del edificio deberían mantenerlos alejados.
Pero, si eso es así, dime entonces qué fue lo que vi anoche.
Se
lo conté todo: los crujidos del hielo, el irreal resplandor verde azulado, el
rostro del hombre de escarcha y su advertencia final cuando estalló en un
sinfín de fragmentos de hielo. Victorio me estuvo observando con los ojos
abiertos de par en par, olvidándose por completo de fingir cualquier gesto
romántico. Cuando hube terminado, me miró unos momentos antes de poder decir:
—Eso
solo ha podido ser un espectro.
—Ya
te lo decía yo.
—Pero
es la manifestación más espectacular de la que tengo noticia hasta ahora. ¿Y
qué podía significar ese «basta»? ¿Basta de qué?
—Sabes
tanto como yo. Oye, ¿hay alguna diferencia entre los espectros y los fantasmas?
—No.
Son dos nombres distintos para la misma cosa. — Victorio me puso una mano en el
brazo — Se lo tenemos que contar a la señora Bethany.
—¿Qué?
¡No puedo! — Lo cogí por el jersey, y el blasón de Mandalay, formado por dos
cuervos flanqueando una espada, se arrugó bajo mis dedos, antes de darme cuenta
de la impresión que se llevaría cualquiera que estuviera mirando. Rápidamente
apoyé las palmas en su pecho, como haría cualquiera con su pareja — Victorio,
si se lo decimos, va a preguntarme qué estaba haciendo yo de noche en los
archivos — ¿Y qué estabas haciendo?
—Intentando
averiguar por qué admite Mandalay alumnos humanos.
Victorio
consideró esa cuestión. Luego, volvió a centrarse en nuestro asunto más
inmediato.
—Podíamos
fingir que habíamos quedado allí. Que lo viste justo antes de que yo llegara.
—Supongo
que eso funcionaría — admití — Gastón y
yo solíamos... Bueno, fuimos juntos una vez.
Victorio
entornó ligeramente sus ojos castaños ante la mención del nombre de Gastón y supe que podía percibir mi reacción al
recordar de las horas que Gastón y yo habíamos
pasado en los archivos. Una ola de calor me recorrió el cuerpo por dentro
cuando me recordé besándolo, yaciendo en sus brazos, mordiéndolo y bebiendo la
sangre que él se prestó a darme. ¿Se me notaba realmente en la cara? Fuera
como fuere, Victorio tenía la voz ronca cuando dijo:
—Bien.
Eso hace más creíble la
historia. Se lo contaré yo, no hace falta que estés presente.
Le diré que estás demasiado avergonzada para ir tú.
—Esa
parte es cierta.
—Después
de eso, dará caza al fantasma y probablemente contará lo nuestro a tus padres.
Así matamos dos pájaros de un tiro.
—Puede
funcionar — Agotada, volví a apoyarme en el hombro de Victorio — No he dormido
nada, me estoy cayendo de sueño.
—Yo
tampoco habría podido dormir — Me acarició el brazo — ¿Por qué no duermes un
poco?
—Aún
falta una hora para la clase de Cálculo, pero... no quiero volver a mi
habitación.
Esperé
a que me preguntara por qué, pero, en cambio, se dio una palmada en la pierna,
ofreciéndomela como almohada. Al principio, me sentí incómoda mientras me
tumbaba en el suelo y apoyaba la cabeza en su muslo, pero notar su mano en mi
hombro me tranquilizó, y estaba tan cansada que el sueño no tardó en visitarme.
Fue la primera vez en las últimas horas que me sentí segura.
Durante
los días siguientes, el rumor de mi nuevo «romance» corrió por todo el
internado. Victorio y yo nos reuníamos después de clase y nos íbamos a estudiar
juntos a la biblioteca, todo lo cual ya habíamos hecho antes, pero el hecho de
que fuéramos cogidos de la mano parecía haber convertido nuestra relación en un
apasionado idilio. Yo era consciente de que casi todo el mundo se preguntaba
qué hacía un chico maduro y atractivo como Victorio con la friqui rubia
obsesionada por la astronomía, pero nadie parecía poner en duda nuestra
relación. Eugenia incluso intentó menospreciarme otra vez en clase, lo cual era
demasiado ridículo para ser molesto.
No
sabía si Candela estaba enterada, pero no se lo podía preguntar. Aunque nos
hablábamos con normalidad, desde la noche que vi el fantasma me evitaba siempre
que podía. Cuando estaba en la habitación, se iba con alguna excusa, y cuando
intentaba darle conversación, solo decía «sí», «no» o «vale», hasta que yo
terminaba desistiendo. Era curioso, pero, hasta aquello, no me había dado
cuenta de que Candela llevaba mucho tiempo con esa actitud de enfurruñamiento.
Sabía que no estaba bien, y algo de lo que yo había dicho había empeorado
todavía más las cosas, pero no parecía que hubiera ningún modo de comunicarme
con ella.
La
persona que más me había preocupado resultó no ser ningún problema en
absoluto. Una noche, cuando entré en el gran vestíbulo, vi el habitual grupillo
de gente charlando y pasando el rato. Entre ellos, sentados en una de las mesas
más próximas a la puerta, estaban Nicolás y Julián, concentrados en un tablero
de ajedrez. Nicolás estaba más serio de lo que yo le había visto nunca, aunque
llevaba una camisa hawaiana. Movió caballo, colocándolo enérgicamente en una
nueva casilla.
—Qué,
duele, ¿eh? Oh, sí, ya lo creo que duele.
—Cómo
va a dolerme con lo mal que juegas — Aquello era lo más que Julián sabía
alardear. Cuando se inclinó sobre el tablero para reflexionar sobre su próximo
movimiento, Nicolás se desperezó con relajada satisfacción y me vio. En ese
momento me habría ido, pero él se levantó de la mesa y se acercó a mí.
—Hola
— dijo cambiando el peso de una pierna a otra — ¿Cómo va?
—Bastante
bien. Supongo... supongo que tenemos que hablar — Aquello era incluso más
difícil de lo que yo había imaginado — Sobre
Victorio.
—Solo
quiero decirte una cosa, ¿vale? — Nicolás me puso una mano en el hombro — Tú
también eres mi amiga, y quiero que seas feliz.
—Oh,
Nicolás — Demasiado conmovida para decir nada más, lo abracé con fuerza.
Con
la voz amortiguada por mi hombro, Nicolás dijo: — Victorio me cae bien. Es
majo. —Sí que lo es.
—Se
lo has dicho a Gastón, ¿no? ¿O se lo vas a decir pronto? Porque no está bien no
decírselo.
—Tenemos
que vernos dentro de poco — No le di más detalles sobre nuestro reencuentro en
Riverton; hacerlo solo sería involucrarlo demasiado — He pensado que sería
mejor decírselo directamente, no por carta, correo electrónico ni nada de eso.
—Supongo
que es duro estar siempre separados.
—Sí
que lo es. Si Gastón siguiera aquí, todo
sería distinto.
La
sonrisa de Nicolás se volvió presuntuosa.
—Sí,
yo tendría un compañero de habitación que podría ganarme al ajedrez y no al
revés — Julián no apartó los ojos del tablero
—
Mi victoria acallará tus insultos
—
¡Sigue soñando! — gritó Nicolás.
Lo
que Nicolás no sabía era que yo iba a contar a Gastón toda la verdad sobre el juego al que
estábamos jugando Victorio y yo. Todo iría bien. Y ahora solo quedaba un
obstáculo que superar, el más importante de todos: mis padres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario