viernes, 18 de enero de 2013

Capitulo Dieciséis, Segunda Parte


Utilizó los dientes para morderle los labios. Utilizó las piernas para encadenarse a él.
—Tómame —le exigió—. Deprisa, con violencia.
La mano de Gastón se introdujo bajo la ceñida minifalda y desgarró las bragas. El sudor ya les empapaba la piel cuando ella se arqueó.
—Espera —dijo él, y se hundió en ella.
Ella gritó cuando la explosiva sensación la recorrió por entero, gritó de nuevo cuando él aceleró, llena, invadida, tomada hasta que el deseo, el frenético y escandaloso deseo la inundó. Le arañó la espalda, le pellizcó las caderas.
De plus en plus. Más, más, gritaba su mente.
—Más —consiguió balbucir—. Quiero más.
Él también. Le echó las rodillas hacia atrás, la abrió y cabalgó con ímpetu.
Le ardían, los pulmones, el corazón, los riñones. El furioso calor, el placer indescriptible de enloquecer con ella, le nublaron la vista hasta que el mundo desapareció.
El sol colándose por las ventanas, el sonido de una trompeta en la calle, el chirrido demente de unos muelles mientras dos pieles resbalaban y chocaban rítmicamente entre sí.
Y los ojos de ella, oscuros y brillantes como el ónice, clavados en los de él.
Te amo. Infinitamente.
Gastón no sabía si había hablado o si las palabras se habían formado desesperadamente en su cerebro. Pero vio que la mirada de ella cambiaba, vio que se inundaba de emociones que la cegaban.
La oyó sollozar en busca de aire, notó sus contracciones mientras se corría. Indefenso, medio loco, estalló. Y descargó en ella.
Sin aliento, trastornado, se desplomó. Ella seguía temblando bajo su cuerpo, estremeciéndose, experimentando contracciones. Hasta que se quedó quieta.
—Todavía no puedo moverme —masculló él. Se sentía hueco, ligero como una cáscara a merced de la brisa más leve.
—No hace falta.
Ella tenía los labios sobre su cuello, y el movimiento de estos lo inyectó de una exquisita ternura. Un arco iris después de la tormenta.
—¿Me creerías si te digo que vine a hablar contigo?
—No.
—Es cierto. Pensaba que llegaríamos a esto después. Cambio de planes. Te debo una blusa y ropa interior.
—Tengo más.
Gastón se había recuperado lo suficiente para apoyarse en un codo y mirarla. Rocío tenía las mejillas rojas y brillantes. Los rizos mojados se pegaban a sus sienes y descendían por la colcha arrugada.
Él quería lamerla como un gato.
—El hecho de irritarte me puso caliente —dijo.
—A mí también. No era mi intención volver a hacer esto contigo.
—¿No?
—No. —Rocío le posó una mano en la mejilla, sorprendida por la ola de ternura que sentía—. Lo había decidido. Pero luego vas y apareces en mi bar, todo sexy y guapo, y me coges en brazos de ese modo. Me haces perder la cabeza, cher. Una y otra vez.
—Tú eres todo lo que quiero.
—Y nada de lo que te conviene. Venga. —Rocío le empujó ligeramente el hombro—. Quítate de encima. Demasiado sudor entre los dos.
—Después de ducharnos hablaremos. Hablaremos —repitió Gastón cuando ella enarcó una ceja—. Promesa de scout —y levantó dos dedos.
—Tengo que volver al trabajo.
—Rocío.
—Vale. —Rocío sacudió una mano. Era inútil discutir con él, se dijo. Solo Dios sabía por qué encontraba tan atractiva esa terquedad de muía—. Dúchate. Bajaré para asegurarme de que pueden cubrirme durante un rato más.
Rocío entró en la ducha justo cuando él salía. Gastón imaginó que lo había calculado para evitar la intimidad.
Dispuesto a permitirle su espacio, fue a la cocina, encontró una jarra de té frío y sirvió dos vasos.
Cuando ella entró vestida con la misma falda sexy y otra blusa, le tendió un vaso.
Rocío lo llevó hasta la sala.
Durante los últimos días había llegado a la conclusión de que no podía escapar. Durante todo ese tiempo una parte de ella había suspirado por él. Y cada vez que se había descubierto mirando la puerta del bar con la esperanza de verlo entrar, o despertando en medio de la noche buscándolo, se había maldecido por ser tan débil.
Entonces miró hacia la puerta y allí estaba él. El alivio, el placer arrollador que había sentido la irritaron antes incluso de que él le picara el orgullo sacándola en brazos de su propio bar.
—Gastón —comenzó—, no fui justa contigo el otro día. No tenía el ánimo para ser justa.
—Si vas a disculparte, no lo hagas. Quise enfadarte. Prefiero verte enfadada que triste. Ella consigue ambas cosas.
—Eso creo. Lo que más detesto es saber que está con la abuela, saber que volverá a hacerle daño. No puedo evitarlo ni repararlo. Estoy preocupada, pero no debimos meterte en esto.
—No me metisteis. Simplemente ocurrió. —Gastón ladeó la cabeza—. Corrígeme si me equivoco: tienes la impresión de que por mi educación y mi entorno familiar no estoy capacitado para manejar los aspectos más duros y difíciles de la vida. De tu vida, concretamente.
—No estoy diciendo que no seas fuerte, cher, pero este es un aspecto concreto de la vida, de mi vida, que está fuera de tu esfera. No podrías comprender a alguien como Lilibeth.
—Porque he vivido demasiado protegido. —Gastón asintió con la cabeza—. Vino a verme hoy.
El saludable rubor que el sexo había inyectado en las mejillas de Rocío se apagó de súbito.
—¿Qué estás diciendo?
—Lilibeth me hizo una visita a eso de las doce. No sabía si contártelo o no, pero al final decidí que no iba a tener secretos para ti, ni mentiras, ni siquiera para ahorrarte sufrimientos. Vino a casa y se tomó una cerveza. Luego intentó seducirme.
—Lo siento. —Rocío notó que sus labios se tensaban y enfriaban a medida que hablaba. La garganta le ardía—. Me encargaré de que no vuelva a ocurrir.
—Calla. ¿Acaso tengo pinta de necesitar protección? Y guárdate la indignación hasta que haya terminado de hablar. Cuando fue a cogerme la cremallera, le dije que se estaba poniendo en ridículo. Su siguiente táctica consistió en derrumbarse sobre la mesa de la cocina y llorar.
Gastón se apoyó en el brazo del sofá. El tono de la conversación, pensó en algún rincón de su cerebro, no invitaba a repantigarse entre los blandos y alegres cojines.
—No consiguió sacar muchas lágrimas, pero le daría una buena nota por el esfuerzo. Me contó que la perseguía gente mala. Que le harían daño, y también a ti y a la señorita Esperanza, si no les entregaba cinco mil dólares. ¿Adónde podía ir, qué podía hacer?
El rubor reapareció en las mejillas de Rocío.
—¿Le diste dinero? ¿Cómo pudiste creer... ?
—Primero un ingenuo y ahora un imbécil. —Gastón soltó un suspiro exagerado y dio un sorbo a su vaso de té—. No veas cómo me estás hinchando el ego, cariño. No le di nada y le dejé bien claro que no iba a permitir que me sacara un solo centavo. Eso la irritó tanto que me amenazó con hablar con mi familia. Al parecer ha indagado sobre mí. Pensaba que a mi familia le disgustaría la idea de que su muchacho rubio cayera bajo tu hechizo. Para asegurarse de eso, les contaría que también me acosté con ella.
—Es capaz. —Ahora Rocío sentía algo más que frío. Sentía náuseas—. Gastón, es muy capaz de hacerlo...
—¿No te dije que esperaras a que hubiese terminado? —La voz de Gastón no azotó, no escoció. Solo fue implacable—. El chantaje subió hasta diez mil. Creo que no le gustó mi reacción, que la echara de casa. Eso fue todo, así que ya puedes indignarte si quieres. No llores —dijo bruscamente cuando los ojos de Rocío se humedecieron—. No se merece que derrames una sola lágrima por ella.
—Estoy avergonzada, ¿no lo entiendes?
—Sí, pero los dos somos lo bastante inteligentes para saber que esto no tiene nada que ver contigo. Lo comprendo. Y lo siento, siento haber contribuido al problema.
—Tú no tienes la culpa. Nunca la has tenido. —Rocío se apartó una lágrima de las pestañas antes de que cayera—. Es lo que he estado intentando hacerte comprender desde el principio.
—Tampoco tú la tienes, Rocío. Nunca la has tenido. La estuve observando. La miré detenidamente y no hay nada en ella que forme parte de ti. La familia es una lotería, Rocío. En lo que tú te conviertas, debido a ella o a pesar a ella, es lo que importa.
—Haga lo que haga, nunca lograré liberarme totalmente de Lilibeth.
—Es cierto.
—Lo lamento. Maldita sea, voy a decirlo —espetó Rocío cuando la cara de Gastón se tensó—. Lamento que entrara en tu casa. Lamento que mencionara a tu familia. He de pedirte que no cuentes nada de esto a mi abuela.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Rocío asintió y echó a andar por la habitación. Amaba este piso porque lo había creado ella. Respetaba su vida por las mismas razones. Y ahora porque él le importaba, porque respetaba al hombre que estaba decidido a formar parte de su vida, estaba dispuesta a hablar.
—Mi madre me abandonó cuando yo aún no había cumplido dos semanas —dijo—. Una mañana salió de casa, se subió al coche de su madre y se marchó. Lo dejó tirado en Baton Rouge. Yo tenía tres años cuando regresó a casa.
—¿Y tu padre?
Rocío se encogió de hombros.
—Depende de su humor. Una vez me contó que era un muchacho al que amaba y que la amaba, pero los padres de él los separaron y mandaron al hijo muy lejos. Otra vez me dijo que la violaron cuando regresaba del colegio. Y en otra ocasión que era un hombre rico y mayor que un día vendría a buscarnos y nos instalaría en una casa enorme.
Se volvió para mirar a Gastón.
—Yo tenía dieciocho años cuando me dijo lo que interpreté como la verdad. Estaba lo bastante drogada y era lo bastante mala para que fuera cierto. ¿Cómo iba a saberlo?, dijo. Hubo muchos hombres. ¿Qué demonios le importaba quién me había plantado en ella? Lo mismo daba uno que otro.
»Se estaba prostituyendo cuando se quedó embarazada de mí. Oí comentarios al respecto cuando tuve suficiente edad para entenderlos. Cuando se quedó encinta regresó con mis abuelos. Le daba miedo abortar, le daba miedo morir a consecuencia de ello, ir al infierno o algo parecido. Así que me tuvo y me abandonó. Son las dos únicas cosas que le debo.
Dejó escapar un profundo suspiro y se sentó de nuevo.
—Como decía, regresó cuando yo tenía tres años e hizo promesas que iban a convertirse en habituales. Dijo que había aprendido la lección, que lo sentía, que había cambiado. Se quedó unos días y volvió a marcharse. Es un patrón que se ha ido repitiendo desde entonces. De tanto en tanto regresaba, apalizada por el último cabrón con el que se había liado. A veces volvía enferma o solo drogada. Pero Lilibeth, Lilibeth siempre vuelve.
Guardó silencio y meditó sobre ese hecho inevitable.
—Y cuando vuelve hace daño —dijo Gastón con voz queda—. A ti y a la señorita Esperanza.
—Hace daño a todo el mundo. Ese es su único talento. El día que yo cumplía trece años, apareció drogada. Estábamos celebrando una fiesta en casa, con toda la familia y los amigos, cuando ella llegó acompañada de otro colgado. La cosa no tardó en ponerse fea y tres de mis tíos la echaron. Necesito fumar —dijo, y salió de la habitación.
Regresó poco después con un cigarrillo.
—A los dieciséis años yo estaba saliendo con un chico. Estaba loca por él. Entonces ella regresó, le compró alcohol y drogas y se lo tiró. Él era poco mayor que yo, así que no puedo reprocharle que fuera un imbécil. A Lilibeth le hizo mucha gracia que me los encontrara en el bayou. Se echó a reír como una loca. Cuando me instalé en este piso y ella regresó, la acogí. Mejor conmigo que con la abuela, pensé. Y quizá esta vez... solo quizá.
»Pero se prostituyó en mi cama y trajo drogas a mi casa. Me robó y volvió a marcharse. Desde ese día terminé con ella. He terminado con ella. Y nunca terminaré con ella, Gastón. Nada de lo que haga cambiará el hecho de que es mi madre.
—Y nada de lo que ella haga cambiará quién tú eres. Eres un ejemplo de entereza y un orgullo para la gente que te crió. Ella te odia por ser quien eres.
Rocío le miró.
—Ella me odia —susurró—. Nunca había sido capaz de decírselo a nadie. ¿Por qué decir algo así, algo tan horrible, me ayuda tanto?
—No diré que ella no pueda hacerte más daño, porque puede. Pero quizá ya no sea capaz de hacerte tanto daño ni durante tanto tiempo.
Rocío apagó el cigarrillo con gesto pensativo.
—No dejo de subestimarte.
—Eso es bueno. Así podré seguir sorprendiéndote. ¿Qué te parece esta? Lilibeth tiene relación con Ordóñez Hall.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé exactamente, no puedo explicarlo. Solo sé que la tiene. Creo que estaba destinada a regresar para decirme lo que me dijo. Es un eslabón más de la cadena. Y creo que esta vez ya no tiene nada que hacer aquí. Llama a tu abuela. Rocío. No dejes que esa mujer os separe.
—He estado dándole vueltas. Supongo que la llamaré. Gastón. —Rocío levantó el vaso y volvió a dejarlo. Él enarcó las cejas—. Tenía intención de terminar lo que hay entre nosotros.
—Podrías haberlo intentado.
—Hablo en serio. A los dos nos iría mejor si intentáramos ser únicamente amigos.
—Podemos ser amigos. Quiero que nuestros hijos tengan unos padres que se caen bien.
Rocío lanzó las manos al aire.
—Tengo que volver al trabajo.
—Vale, pero escúchame un momento. Hablando de bodas, ha habido un ligero cambio de planes con respecto a la de Victorio y Candela. Se celebrará en mi casa.
Rocío se frotó la sien en un esfuerzo por cambiar de humor con la misma suavidad con que lo hacía él.
—Con habitaciones sin terminar, herramientas por todas partes, maderas...
—Esa es una actitud muy negativa y nada beneficiosa, sobre todo porque iba a pedirte que nos echaras una mano. ¿Qué tal se te da la brocha?
Rocío dejó escapar un suspiro.
—¿Tienes que salvar a todo el mundo?
—Solo a quienes me importan.


Entre la partida de Gastón y la llegada de Candela, Lilibeth hizo otra visita a Ordóñez Hall. Se hallaba hasta arriba de coca e indignación. Si el jodido capullo no podía compartir unos dólares con la madre de la mujer que se estaba tirando, se serviría ella misma.
Había explorado la planta baja cuando él la condujo a la cocina. Nada más atravesar la puerta trasera, fue directa a la biblioteca y el enorme escritorio al que había echado el ojo.
Sabía por experiencia que la gente rica tenía siempre dinero en efectivo a mano. Moviéndose con presteza, removió los cajones y soltó un grito cuando halló un fajo de billetes de cincuenta dólares. Se los guardó en el bolsillo.
Supuso que los libros de las estanterías y los que aún seguían en las cajas eran valiosos, pero también pesados y difíciles de vender. Probablemente Gastón guardaba más dinero y algunas joyas en el dormitorio.
Subió por la escalera principal. El hecho de que Gastón pudiera volver en cualquier momento solo hacía que el robo resultara aún más emocionante.
Oyó un portazo y cayó de rodillas al suelo. Una corriente de aire, se dijo mientras recuperaba el aliento, mientras el pulso asomaba en la garganta. Un viejo caserón lleno de corrientes. Al ponerse de pie notó un aire frío encima de la cabeza.
Tocó el pomo de una puerta y retiró rápidamente la mano. Estaba tan frío que quemaba.
¿Qué importaba? La habitación de Gastón estaba al final del pasillo. Ella no era tan tonta como la gente pensaba. ¿Acaso no había vigilado la casa durante los últimos días? ¿Acaso no lo había visto salir a la terraza que pertenecía a esa zona?
Recorrió el pasillo riendo con estridencia y entró en el cuarto. Abrió el cajón superior de una cómoda y se topó con una caja labrada. Gemelos de oro, o al menos parecían de oro. Otros de plata con una piedra azul incrustada. Y unos gemelos de brillantes. Un reloj de oro. Y en un estuche una sortija de mujer de... quizá rubí y brillantes, formando un corazón.
Colocó la caja sobre la cómoda y registró dos cajones más hasta dar con otro fajo de billetes.
Finalmente has pagado, cabrón. Y has pagado bien.
Guardó el dinero en el joyero y se colocó este debajo del brazo.
Con la respiración silbándole de la emoción y la cocaína bailándole en la sangre, pensó en la satisfacción que le produciría destrozar la casa. Una parte más del pago. Pero no era una idea inteligente. Y ella era una mujer inteligente.
Necesitaba tiempo para transformar las joyas en dinero, tiempo para transformar una parte del dinero en drogas. Tiempo para largarse. Mejor dejarlo todo como estaba.
Saldría por la parte de atrás, no fuera que su avispada madre estuviera mirando en esa dirección.
Cuando regresó al pasillo se descubrió mirando con curiosidad las escaleras que conducían al segundo piso.
¿Qué había allí arriba?, se preguntó. Tal vez algo bueno. Tal vez algo por lo que podría regresar en otro momento. Algo que la haría rica.
Su respiración ya no solo silbaba, también jadeaba.
Aunque tenía la piel helada, no pudo resistir la tentación de subir. Estaba sola en la casa, ¿no? Totalmente sola, y eso convertía la casa en su casa.
Era su casa.
Sin dejar de tragar saliva para humedecer la garganta, subió. Temblorosa.
¿Voces? ¿Cómo iba a oír voces si no había nadie?
Pero las voces la detuvieron y la instaron a retroceder. Algo ocurre aquí, algo malo. Hora de irse.
Sintió, con todo, que unas manos la empujaban por la espalda y la impulsaban hasta que, con mano trémula, alcanzó la puerta.
Quería abrirla lentamente, echar solo un vistazo.
Pero apenas la había rozado cuando se abrió con violencia.
Entonces vio a la mujer y al hombre en el suelo, oyó al bebé llorar en la cuna. Vio los ojos de la mujer, abiertos, ciegos. Y muertos.
El hombre, de cabellos rubios, se volvió para mirarla.
Lilibeth trató de gritar pero no pudo reunir el aire suficiente. Al abrir la boca, notó que algo la penetraba. Durante un instante espantoso se convirtió en ese algo. Luego ese algo la atravesó. Algo frío, maligno, furioso.
Otra figura se formó en la habitación. Femenina, robusta, ataviada con una bata larga.
Simón.
Aterrorizada, Lilibeth se dio la vuelta y echó a correr.

2 comentarios:

  1. CADA VEZ MAS INTERESANTE Y ATRAPANTE!!! ME ENCANTA""""

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  2. Por dios! Amo a Gastón, es muy tierno ♥
    Espero que la madre de Ro no vuelva a molestar a Gas con lo que le pasó en la casa...

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