Utilizó los dientes
para morderle los labios. Utilizó las piernas para encadenarse a él.
—Tómame —le exigió—.
Deprisa, con violencia.
La mano de Gastón se
introdujo bajo la ceñida minifalda y desgarró las bragas. El sudor ya les
empapaba la piel cuando ella se arqueó.
—Espera —dijo él, y
se hundió en ella.
Ella gritó cuando la
explosiva sensación la recorrió por entero, gritó de nuevo cuando él aceleró, llena,
invadida, tomada hasta que el deseo, el frenético y escandaloso deseo la
inundó. Le arañó la espalda, le pellizcó las caderas.
De plus en plus. Más, más,
gritaba su mente.
—Más —consiguió
balbucir—. Quiero más.
Él también. Le echó
las rodillas hacia atrás, la abrió y cabalgó con ímpetu.
Le ardían, los
pulmones, el corazón, los riñones. El furioso calor, el placer indescriptible de
enloquecer con ella, le nublaron la vista hasta que el mundo desapareció.
El sol colándose por
las ventanas, el sonido de una trompeta en la calle, el chirrido demente de
unos muelles mientras dos pieles resbalaban y chocaban rítmicamente entre sí.
Y los ojos de ella,
oscuros y brillantes como el ónice, clavados en los de él.
Te amo.
Infinitamente.
Gastón no sabía si
había hablado o si las palabras se habían formado desesperadamente en su
cerebro. Pero vio que la mirada de ella cambiaba, vio que se inundaba de
emociones que la cegaban.
La oyó sollozar en
busca de aire, notó sus contracciones mientras se corría. Indefenso, medio
loco, estalló. Y descargó en ella.
Sin aliento,
trastornado, se desplomó. Ella seguía temblando bajo su cuerpo,
estremeciéndose, experimentando contracciones. Hasta que se quedó quieta.
—Todavía no puedo
moverme —masculló él. Se sentía hueco, ligero como una cáscara a merced de la
brisa más leve.
—No hace falta.
Ella tenía los labios
sobre su cuello, y el movimiento de estos lo inyectó de una exquisita ternura.
Un arco iris después de la tormenta.
—¿Me creerías si te
digo que vine a hablar contigo?
—No.
—Es cierto. Pensaba
que llegaríamos a esto después. Cambio de planes. Te debo una blusa y ropa
interior.
—Tengo más.
Gastón se había recuperado
lo suficiente para apoyarse en un codo y mirarla. Rocío tenía las mejillas
rojas y brillantes. Los rizos mojados se pegaban a sus sienes y descendían por
la colcha arrugada.
Él quería lamerla
como un gato.
—El hecho de
irritarte me puso caliente —dijo.
—A mí también. No era
mi intención volver a hacer esto contigo.
—¿No?
—No. —Rocío le posó
una mano en la mejilla, sorprendida por la ola de ternura que sentía—. Lo había
decidido. Pero luego vas y apareces en mi bar, todo sexy y guapo, y me coges en
brazos de ese modo. Me haces perder la cabeza, cher. Una y otra vez.
—Tú eres todo lo que
quiero.
—Y nada de lo que te
conviene. Venga. —Rocío le empujó ligeramente el hombro—. Quítate de encima.
Demasiado sudor entre los dos.
—Después de ducharnos
hablaremos. Hablaremos —repitió Gastón cuando ella enarcó una ceja—. Promesa de
scout —y levantó dos dedos.
—Tengo que volver al
trabajo.
—Rocío.
—Vale. —Rocío sacudió
una mano. Era inútil discutir con él, se dijo. Solo Dios sabía por qué
encontraba tan atractiva esa terquedad de muía—. Dúchate. Bajaré para
asegurarme de que pueden cubrirme durante un rato más.
Rocío entró en la
ducha justo cuando él salía. Gastón imaginó que lo había calculado para evitar
la intimidad.
Dispuesto a
permitirle su espacio, fue a la cocina, encontró una jarra de té frío y sirvió
dos vasos.
Cuando ella entró
vestida con la misma falda sexy y otra blusa, le tendió un vaso.
Rocío lo llevó hasta
la sala.
Durante los últimos
días había llegado a la conclusión de que no podía escapar. Durante todo ese
tiempo una parte de ella había suspirado por él. Y cada vez que se había
descubierto mirando la puerta del bar con la esperanza de verlo entrar, o
despertando en medio de la noche buscándolo, se había maldecido por ser tan
débil.
Entonces miró hacia
la puerta y allí estaba él. El alivio, el placer arrollador que había sentido
la irritaron antes incluso de que él le picara el orgullo sacándola en brazos
de su propio bar.
—Gastón —comenzó—, no
fui justa contigo el otro día. No tenía el ánimo para ser justa.
—Si vas a
disculparte, no lo hagas. Quise enfadarte. Prefiero verte enfadada que triste.
Ella consigue ambas cosas.
—Eso creo. Lo que más
detesto es saber que está con la abuela, saber que volverá a hacerle daño. No
puedo evitarlo ni repararlo. Estoy preocupada, pero no debimos meterte en esto.
—No me metisteis.
Simplemente ocurrió. —Gastón ladeó la cabeza—. Corrígeme si me equivoco: tienes
la impresión de que por mi educación y mi entorno familiar no estoy capacitado
para manejar los aspectos más duros y difíciles de la vida. De tu vida,
concretamente.
—No estoy diciendo
que no seas fuerte, cher, pero este es un aspecto concreto de la vida, de mi
vida, que está fuera de tu esfera. No podrías comprender a alguien como
Lilibeth.
—Porque he vivido
demasiado protegido. —Gastón asintió con la cabeza—. Vino a verme hoy.
El saludable rubor
que el sexo había inyectado en las mejillas de Rocío se apagó de súbito.
—¿Qué estás diciendo?
—Lilibeth me hizo una
visita a eso de las doce. No sabía si contártelo o no, pero al final decidí que
no iba a tener secretos para ti, ni mentiras, ni siquiera para ahorrarte
sufrimientos. Vino a casa y se tomó una cerveza. Luego intentó seducirme.
—Lo siento. —Rocío
notó que sus labios se tensaban y enfriaban a medida que hablaba. La garganta
le ardía—. Me encargaré de que no vuelva a ocurrir.
—Calla. ¿Acaso tengo
pinta de necesitar protección? Y guárdate la indignación hasta que haya
terminado de hablar. Cuando fue a cogerme la cremallera, le dije que se estaba
poniendo en ridículo. Su siguiente táctica consistió en derrumbarse sobre la
mesa de la cocina y llorar.
Gastón se apoyó en el
brazo del sofá. El tono de la conversación, pensó en algún rincón de su
cerebro, no invitaba a repantigarse entre los blandos y alegres cojines.
—No consiguió sacar
muchas lágrimas, pero le daría una buena nota por el esfuerzo. Me contó que la
perseguía gente mala. Que le harían daño, y también a ti y a la señorita Esperanza,
si no les entregaba cinco mil dólares. ¿Adónde podía ir, qué podía hacer?
El rubor reapareció
en las mejillas de Rocío.
—¿Le diste dinero?
¿Cómo pudiste creer... ?
—Primero un ingenuo y
ahora un imbécil. —Gastón soltó un suspiro exagerado y dio un sorbo a su vaso
de té—. No veas cómo me estás hinchando el ego, cariño. No le di nada y le dejé
bien claro que no iba a permitir que me sacara un solo centavo. Eso la irritó
tanto que me amenazó con hablar con mi familia. Al parecer ha indagado sobre
mí. Pensaba que a mi familia le disgustaría la idea de que su muchacho rubio
cayera bajo tu hechizo. Para asegurarse de eso, les contaría que también me
acosté con ella.
—Es capaz. —Ahora Rocío
sentía algo más que frío. Sentía náuseas—. Gastón, es muy capaz de hacerlo...
—¿No te dije que
esperaras a que hubiese terminado? —La voz de Gastón no azotó, no escoció. Solo
fue implacable—. El chantaje subió hasta diez mil. Creo que no le gustó mi
reacción, que la echara de casa. Eso fue todo, así que ya puedes indignarte si
quieres. No llores —dijo bruscamente cuando los ojos de Rocío se humedecieron—.
No se merece que derrames una sola lágrima por ella.
—Estoy avergonzada,
¿no lo entiendes?
—Sí, pero los dos
somos lo bastante inteligentes para saber que esto no tiene nada que ver
contigo. Lo comprendo. Y lo siento, siento haber contribuido al problema.
—Tú no tienes la
culpa. Nunca la has tenido. —Rocío se apartó una lágrima de las pestañas antes
de que cayera—. Es lo que he estado intentando hacerte comprender desde el
principio.
—Tampoco tú la
tienes, Rocío. Nunca la has tenido. La estuve observando. La miré detenidamente
y no hay nada en ella que forme parte de ti. La familia es una lotería, Rocío.
En lo que tú te conviertas, debido a ella o a pesar a ella, es lo que importa.
—Haga lo que haga,
nunca lograré liberarme totalmente de Lilibeth.
—Es cierto.
—Lo lamento. Maldita
sea, voy a decirlo —espetó Rocío cuando la cara de Gastón se tensó—. Lamento
que entrara en tu casa. Lamento que mencionara a tu familia. He de pedirte que
no cuentes nada de esto a mi abuela.
—¿Por qué iba a
hacerlo?
Rocío asintió y echó
a andar por la habitación. Amaba este piso porque lo había creado ella.
Respetaba su vida por las mismas razones. Y ahora porque él le importaba,
porque respetaba al hombre que estaba decidido a formar parte de su vida,
estaba dispuesta a hablar.
—Mi madre me abandonó
cuando yo aún no había cumplido dos semanas —dijo—. Una mañana salió de casa,
se subió al coche de su madre y se marchó. Lo dejó tirado en Baton Rouge. Yo
tenía tres años cuando regresó a casa.
—¿Y tu padre?
Rocío se encogió de hombros.
—Depende de su humor.
Una vez me contó que era un muchacho al que amaba y que la amaba, pero los
padres de él los separaron y mandaron al hijo muy lejos. Otra vez me dijo que
la violaron cuando regresaba del colegio. Y en otra ocasión que era un hombre
rico y mayor que un día vendría a buscarnos y nos instalaría en una casa
enorme.
Se volvió para mirar
a Gastón.
—Yo tenía dieciocho
años cuando me dijo lo que interpreté como la verdad. Estaba lo bastante
drogada y era lo bastante mala para que fuera cierto. ¿Cómo iba a saberlo?,
dijo. Hubo muchos hombres. ¿Qué demonios le importaba quién me había plantado
en ella? Lo mismo daba uno que otro.
»Se estaba
prostituyendo cuando se quedó embarazada de mí. Oí comentarios al respecto
cuando tuve suficiente edad para entenderlos. Cuando se quedó encinta regresó
con mis abuelos. Le daba miedo abortar, le daba miedo morir a consecuencia de
ello, ir al infierno o algo parecido. Así que me tuvo y me abandonó. Son las
dos únicas cosas que le debo.
Dejó escapar un profundo
suspiro y se sentó de nuevo.
—Como decía, regresó
cuando yo tenía tres años e hizo promesas que iban a convertirse en habituales.
Dijo que había aprendido la lección, que lo sentía, que había cambiado. Se
quedó unos días y volvió a marcharse. Es un patrón que se ha ido repitiendo
desde entonces. De tanto en tanto regresaba, apalizada por el último cabrón con
el que se había liado. A veces volvía enferma o solo drogada. Pero Lilibeth,
Lilibeth siempre vuelve.
Guardó silencio y
meditó sobre ese hecho inevitable.
—Y cuando vuelve hace
daño —dijo Gastón con voz queda—. A ti y a la señorita Esperanza.
—Hace daño a todo el
mundo. Ese es su único talento. El día que yo cumplía trece años, apareció
drogada. Estábamos celebrando una fiesta en casa, con toda la familia y los
amigos, cuando ella llegó acompañada de otro colgado. La cosa no tardó en
ponerse fea y tres de mis tíos la echaron. Necesito fumar —dijo, y salió de la
habitación.
Regresó poco después
con un cigarrillo.
—A los dieciséis años
yo estaba saliendo con un chico. Estaba loca por él. Entonces ella regresó, le
compró alcohol y drogas y se lo tiró. Él era poco mayor que yo, así que no
puedo reprocharle que fuera un imbécil. A Lilibeth le hizo mucha gracia que me
los encontrara en el bayou. Se echó a reír como una loca. Cuando me instalé en
este piso y ella regresó, la acogí. Mejor conmigo que con la abuela, pensé. Y
quizá esta vez... solo quizá.
»Pero se prostituyó
en mi cama y trajo drogas a mi casa. Me robó y volvió a marcharse. Desde ese
día terminé con ella. He terminado con ella. Y nunca terminaré con ella, Gastón.
Nada de lo que haga cambiará el hecho de que es mi madre.
—Y nada de lo que
ella haga cambiará quién tú eres. Eres un ejemplo de entereza y un orgullo para
la gente que te crió. Ella te odia por ser quien eres.
Rocío le miró.
—Ella me odia
—susurró—. Nunca había sido capaz de decírselo a nadie. ¿Por qué decir algo
así, algo tan horrible, me ayuda tanto?
—No diré que ella no
pueda hacerte más daño, porque puede. Pero quizá ya no sea capaz de hacerte
tanto daño ni durante tanto tiempo.
Rocío apagó el
cigarrillo con gesto pensativo.
—No dejo de
subestimarte.
—Eso es bueno. Así
podré seguir sorprendiéndote. ¿Qué te parece esta? Lilibeth tiene relación con Ordóñez
Hall.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé
exactamente, no puedo explicarlo. Solo sé que la tiene. Creo que estaba
destinada a regresar para decirme lo que me dijo. Es un eslabón más de la
cadena. Y creo que esta vez ya no tiene nada que hacer aquí. Llama a tu abuela.
Rocío. No dejes que esa mujer os separe.
—He estado dándole
vueltas. Supongo que la llamaré. Gastón. —Rocío levantó el vaso y volvió a
dejarlo. Él enarcó las cejas—. Tenía intención de terminar lo que hay entre
nosotros.
—Podrías haberlo
intentado.
—Hablo en serio. A
los dos nos iría mejor si intentáramos ser únicamente amigos.
—Podemos ser amigos.
Quiero que nuestros hijos tengan unos padres que se caen bien.
Rocío lanzó las manos
al aire.
—Tengo que volver al
trabajo.
—Vale, pero escúchame
un momento. Hablando de bodas, ha habido un ligero cambio de planes con
respecto a la de Victorio y Candela. Se celebrará en mi casa.
Rocío se frotó la
sien en un esfuerzo por cambiar de humor con la misma suavidad con que lo hacía
él.
—Con habitaciones sin
terminar, herramientas por todas partes, maderas...
—Esa es una actitud
muy negativa y nada beneficiosa, sobre todo porque iba a pedirte que nos
echaras una mano. ¿Qué tal se te da la brocha?
Rocío dejó escapar un
suspiro.
—¿Tienes que salvar a
todo el mundo?
—Solo a quienes me
importan.
Entre la partida de Gastón
y la llegada de Candela, Lilibeth hizo otra visita a Ordóñez Hall. Se hallaba
hasta arriba de coca e indignación. Si el jodido capullo no podía compartir
unos dólares con la madre de la mujer que se estaba tirando, se serviría ella
misma.
Había explorado la
planta baja cuando él la condujo a la cocina. Nada más atravesar la puerta
trasera, fue directa a la biblioteca y el enorme escritorio al que había echado
el ojo.
Sabía por experiencia
que la gente rica tenía siempre dinero en efectivo a mano. Moviéndose con
presteza, removió los cajones y soltó un grito cuando halló un fajo de billetes
de cincuenta dólares. Se los guardó en el bolsillo.
Supuso que los libros
de las estanterías y los que aún seguían en las cajas eran valiosos, pero
también pesados y difíciles de vender. Probablemente Gastón guardaba más dinero
y algunas joyas en el dormitorio.
Subió por la escalera
principal. El hecho de que Gastón pudiera volver en cualquier momento solo
hacía que el robo resultara aún más emocionante.
Oyó un portazo y cayó
de rodillas al suelo. Una corriente de aire, se dijo mientras recuperaba el
aliento, mientras el pulso asomaba en la garganta. Un viejo caserón lleno de
corrientes. Al ponerse de pie notó un aire frío encima de la cabeza.
Tocó el pomo de una
puerta y retiró rápidamente la mano. Estaba tan frío que quemaba.
¿Qué importaba? La
habitación de Gastón estaba al final del pasillo. Ella no era tan tonta como la
gente pensaba. ¿Acaso no había vigilado la casa durante los últimos días?
¿Acaso no lo había visto salir a la terraza que pertenecía a esa zona?
Recorrió el pasillo
riendo con estridencia y entró en el cuarto. Abrió el cajón superior de una
cómoda y se topó con una caja labrada. Gemelos de oro, o al menos parecían de
oro. Otros de plata con una piedra azul incrustada. Y unos gemelos de
brillantes. Un reloj de oro. Y en un estuche una sortija de mujer de... quizá
rubí y brillantes, formando un corazón.
Colocó la caja sobre
la cómoda y registró dos cajones más hasta dar con otro fajo de billetes.
Finalmente has
pagado, cabrón. Y has pagado bien.
Guardó el dinero en
el joyero y se colocó este debajo del brazo.
Con la respiración
silbándole de la emoción y la cocaína bailándole en la sangre, pensó en la
satisfacción que le produciría destrozar la casa. Una parte más del pago. Pero
no era una idea inteligente. Y ella era una mujer inteligente.
Necesitaba tiempo
para transformar las joyas en dinero, tiempo para transformar una parte del
dinero en drogas. Tiempo para largarse. Mejor dejarlo todo como estaba.
Saldría por la parte
de atrás, no fuera que su avispada madre estuviera mirando en esa dirección.
Cuando regresó al
pasillo se descubrió mirando con curiosidad las escaleras que conducían al
segundo piso.
¿Qué había allí
arriba?, se preguntó. Tal vez algo bueno. Tal vez algo por lo que podría
regresar en otro momento. Algo que la haría rica.
Su respiración ya no
solo silbaba, también jadeaba.
Aunque tenía la piel
helada, no pudo resistir la tentación de subir. Estaba sola en la casa, ¿no?
Totalmente sola, y eso convertía la casa en su casa.
Era su casa.
Sin dejar de tragar
saliva para humedecer la garganta, subió. Temblorosa.
¿Voces? ¿Cómo iba a
oír voces si no había nadie?
Pero las voces la
detuvieron y la instaron a retroceder. Algo ocurre aquí, algo malo. Hora de
irse.
Sintió, con todo, que
unas manos la empujaban por la espalda y la impulsaban hasta que, con mano
trémula, alcanzó la puerta.
Quería abrirla
lentamente, echar solo un vistazo.
Pero apenas la había
rozado cuando se abrió con violencia.
Entonces vio a la
mujer y al hombre en el suelo, oyó al bebé llorar en la cuna. Vio los ojos de
la mujer, abiertos, ciegos. Y muertos.
El hombre, de
cabellos rubios, se volvió para mirarla.
Lilibeth trató de
gritar pero no pudo reunir el aire suficiente. Al abrir la boca, notó que algo
la penetraba. Durante un instante espantoso se convirtió en ese algo. Luego ese
algo la atravesó. Algo frío, maligno, furioso.
Otra figura se formó
en la habitación. Femenina, robusta, ataviada con una bata larga.
Simón.
Aterrorizada,
Lilibeth se dio la vuelta y echó a correr.
CADA VEZ MAS INTERESANTE Y ATRAPANTE!!! ME ENCANTA""""
ResponderEliminarPor dios! Amo a Gastón, es muy tierno ♥
ResponderEliminarEspero que la madre de Ro no vuelva a molestar a Gas con lo que le pasó en la casa...