—
Pu-puedo explicártelo.
—
No hace falta. — Victorio se fijó en el broche negro de piedra tallada que aún
llevaba prendido en el jersey. Estaba segura de que había deducido que me lo
había regalado Gastón. Yo no me lo había quitado en todo el curso pasado — ¿Habéis
estado juntos todo este tiempo?
—¡No
es asunto tuyo! — Respirando hondo, intenté mantener la calma — Te prometo que
no le he contado nada de nosotros que él no supiera. Ya no está haciendo de
espía para la Cruz Negra.
—¿Como
hizo el curso pasado? — Por desgracia, tenía razón.
—Tú
no lo entiendes. Gastón no quería mentirme.
Lo enviaron aquí en una misión...
—Una
misión que él llevó a cabo, y no le importó tener que utilizarte para
conseguirlo. —Victorio exhaló bruscamente, como si tuviera algún dolor físico —
No estoy enfadado contigo, Rocío. Tú... tú estás enamorada por primera vez en
tu vida y no ves con claridad.
—Victorio,
por favor, escúchame — Él se irguió con la mirada abstraída y resoluta
—Yo
me ocuparé de esto. Todos nos ocuparemos — Se me heló la sangre.
—
¿A quién te refieres con «todos»?
—
A las personas que te queremos de verdad — Fue a darse la vuelta, pero yo lo
agarré por el brazo para impedírselo.
—No
se lo puedes decir a mis padres. No se lo puedes decir a nadie — Victorio me
puso las manos en los hombros como si estuviera consolándome en lugar de
destruyéndome.
—Algún
día comprenderás que lo hice por tu bien — ¡Por mi bien! Cada vez que alguien
me había dicho aquello no tenía ni idea de cuál era realmente «mi bien». Lo
empujé con tanta fuerza que él retrocedió un par de pasos.
—Estás
celoso, por eso lo haces.
Incluso
antes de terminar, supe que era mentira. La única respuesta de Victorio fue
echar a andar hacia Mandalay. Corrí a su lado respirando entrecortadamente. Las
ramas se partieron a nuestro paso. Por encima de mí, oí pájaros alzando el
vuelo alarmados, batiendo pesadamente las alas.
—No
es lo que crees. Gastón me quiere.
Quiere estar conmigo y nos da igual ser... distintos. Eso no tiene que ser
importante, no si nos queremos lo suficiente.
—Es
la primera estupidez que te oigo decir desde que te conozco, y espero que sea
la última — Victorio apartó una rama baja de pino para que yo pudiera pasar,
aunque se negó a mirarme directamente a los ojos — Si él fuera cualquier otro humano, algún
alumno de Mandalay, ¿crees que me importaría?
—Sí.
— Victorio podía no estar haciendo aquello por celos, pero eso no significaba
que no los tuviera.
Se
detuvo. La niebla perfiló su silueta.
—Está
bien. Me importaría fuera quien fuera. Pero no me entrometería, ni tampoco lo
haría nadie más. Gastón no es un chico
cualquiera. Es un miembro de la
Cruz Negra, lo cual significa que está loco por destruirnos.
No se puede confiar en él.
—¡Tú
no lo conoces! — grité. Ya no me importaba que me oyeran; no, estando Victorio
a punto de contarlo todo. Quise darle un puñetazo en la cara. Quise llorar
hasta que él me consolara. Deseé estar en clase de esgrima para tener una
espada a mano. Todo estaba a punto de estropearse para siempre, y me sentía tan
enfadada y asustada que no podía pensar con claridad — ¡No sabes lo que hizo
anoche! — Victorio me miró de arriba abajo, y yo fui tremendamente consciente
de mi falda arrugada y mi pelo, aún despeinado después de haber estado
besuqueándome con Gastón.
—Me
lo imagino.
—¡Me
ayudó a salvar a una vampira! Salvarla, Victorio. Los otros le habrían hecho
daño, pero Gastón no se lo hizo. Me
escuchó. Era la vampira más joven que he visto en mi vida, casi una niña, pálida
y andrajosa, era imposible que no te diera lástima, y a Gastón le dio lástima, ¡sé que se la dio!
Victorio
se paró en seco. Se volvió lentamente hacia mí y la expresión de su cara estaba
tan cambiada que al principio apenas lo reconocí.
—¿La
más joven que has visto en tu vida?
«¿Por
qué ha sido eso lo que le ha sorprendido de todo lo que he dicho?»
—Sí.
—¿Qué
aspecto tenía?
—Hum,
pelo rubio, bastante rizado, pero lo importante es que Gastón la ayudó a huir de la Cruz Negra. Ahora
lo comprende, ¿entiendes?
—Dime
exactamente qué aspecto tenía la vampira.
—
¡Acabo de hacerlo!
—Rocío
— dijo con la voz rota — Por favor.
No
pude obviar su desesperación. Despacio, cerré los ojos e intenté recordar el
momento en que la vampira y yo cruzamos la plaza cogidas del brazo. Describí
su joven rostro acorazonado, sus ojos castaños, y el color trigueño de sus
cabellos. Victorio no cambió de cara hasta que mencioné la mancha de nacimiento
violácea que la vampira tenía en la garganta. En ese momento abrió ligeramente la
boca y susurró:
—Ha
vuelto.
—Un
momento... ¿La conoces?
Él
asintió y entonces ya no pudo seguir mirándome a los ojos. Parecía tan aturdido
y triste que el enfado se me pasó de inmediato.
—Victorio,
¿quién es?
—Paloma.
El
nombre me evocó instantáneamente un recuerdo: la Navidad pasada, Victorio y yo
caminando por la nieve entre los acebos mientras él me hablaba de la vida que
había perdido hacía ya tanto tiempo. Me había mencionado a la persona que más
añoraba.
—Paloma.
¿Te refieres a tu hermana? — Pensaba que en aquel paseo por la nieve me había
contado sus secretos más hondos, pero no me lo había dicho todo. No había dado
a entender que su querida hermana había sido transformada en vampira junto con
él — ¿Era ella?
Victorio
no me respondió. Pensé que a lo mejor no podía. Cuando se puso a andar con paso
lento y vacilante, dijo ásperamente:
—No
se lo digas a nadie.
—Vale.
Te lo prometo. — Con retraso, recordé que también yo tenía un secreto — Tú
tampoco lo contarás, ¿no?
Él
no dijo ni que sí ni que no, pero supe que no contaría a nadie lo que ambos
habíamos descubierto esa noche. Me quedé viéndolo alejarse durante mucho rato,
demasiado aturdida por la sorpresa y el alivio para hacer nada más. Luego
respiré hondo y corrí hacia el internado, sin dejar de pensar en cómo
describiría a Candela una lluvia de meteoritos que en realidad no había visto.
Candela
se tragó mi historia de cabo a rabo. Ni siquiera me hizo muchas preguntas, lo
cual fue un alivio, pero, extrañamente, un poco decepcionante. De hecho, estaba
bastante segura de no haber dejado ningún cabo suelto hasta la cena del domingo
por la noche con mis padres, cuando mi madre me preguntó distraídamente dónele
me había metido el sábado por la tarde —me habían estado buscando—. Yo les di
la primera excusa que se me ocurrió, que estaba remotamente relacionada con la
verdad.
Resultó
ser la peor excusa que se me podría haber ocurrido, porque a mis padres les
encantó.
—Paseando
por el bosque con Victorio, ¿eh? — Mi padre ponía especial énfasis en todas
sus preguntas, lo cual hacía reír a mi madre. Les ponía un poco de su acento
inglés ya casi desaparecido, al estilo de Sherlock Holmes, para lograr un
efecto cómico — Y dime, ¿qué hace una jovencita hablando con Victorio D’alessandro
hasta las tantas?
—No
estuvimos hasta las tantas — Unté mi panecillo con mantequilla, sirviéndome
ávidamente los alimentos que mis padres habían cocinado para mí. La sangre me
sentó incluso mejor que la comida. Había tenido que pasarme medio fin de
semana sin ella, por lo que me bebí un vaso detrás de otro — Es personal,
¿vale? Por favor, no le preguntéis por eso ni por nada.
—Está
bien — dijo mi madre en tono tranquilizador — Nos alegramos de volver a tenerte
en casa.
Cuando
alcé la cabeza del plato para mirar a mis padres, los dos me estaban sonriendo
con tanto cariño, tanto agradecimiento, que apenas fui capaz de contenerme para
no abrazarlos y disculparme por haberles mentido. Pero me quedé donde estaba.
El recuerdo de Gastón bastó para
convencerme de que había secretos que valía la pena guardar.
Al
cabo de unas semanas volvería a verlo. Ya había desgastado todos nuestros
viejos recuerdos, imaginándome en ellos. Ahora tenía recuerdos nuevos, besos y
risas que podía recordar por primera vez, y me sentía como si me estuviera
volviendo a enamorar. En los días siguientes, debería haber estado en el
paraíso.
Pero
una pregunta se cernía sobre mí amenazadora como un nubarrón de tormenta: ¿lo
contaría a alguien Victorio? Yo sabía que quería mantener a Paloma en secreto.
Pero la señora Bethany
debía de haberla conocido cuando estuvo en la Academia Mandalay. ¿Hasta qué
punto era su hermana un secreto? Si a eso se sumaba lo mucho que Victorio
odiaba a Gastón, no estaba tan segura de que nuestro pacto fuera a durar
mucho.
Observaba
la cara de Victorio todos los días: en Literatura, mientras la señora Bethany
describía las motivaciones de Mac-beth; en Esgrima, mientras él se batía con el
profesor para enseñarnos cómo se hacía; o en los pasillos, cuando nos
cruzábamos. Jamás me devolvía la mirada, parecía haber dejado de fijarse en los
demás. El mismo chico que antes siempre era el primero en saludar y abrir la
puerta a los demás era el que ahora transitaba por los pasillos como un
sonámbulo, con paso incierto y la mirada extraviada.
—Ese
tío está colgadísimo —dijo un día Nicolás cuando nos cruzamos con Victorio en
el gran vestíbulo. —No creo que esté tomando nada.
—No
me refería a eso. Si se metiera algo, probablemente se lo estaría pasando
mejor, ¿no? — Nicolás se encogió de hombros — Vico no parece estar
divirtiéndose nada. Parece que no sepa lo que es eso, a menos que la propia
diversión se ponga a dar saltos en sus narices y a gritarle: «Yo soy la
diversión».
Tardé
un par de segundos en procesar sus palabras.
—Sí
que parece triste, ¿verdad?
—No
está bien, eso seguro — Nicolás se retiró el largo flequillo rubio de la frente
y chasqueó los dedos — Oye, lo invitaré al próximo pase de DVD. Será una sesión
doble, Matrix y El club de la lucha, y hablaremos de cazadoras de cuero y de
los males de la hegemonía corporativa. ¿Crees que le gustará?
—¿A
quién no? — Me propuse buscar la palabra «hegemonía» en el diccionario. Durante
un tiempo, había creído que Nicolás no era ninguna lumbrera, pero ahora sabía
que no era así. Pese a la poca importancia que daba a los detalles, sabía más
de más temas que prácticamente cualquier otro de mis amigos.
Victorio
me importaba como amigo, y verlo así de triste me angustiaba. Pero mentiría si
dijera que la principal razón de que estuviera angustiada era mi preocupación
por él. Era demasiado egoísta para eso. Cada vez que lo veía tan perdido y tenso,
no podía evitar pensar: «Va a contarlo».
La
taciturna tristeza de Victorio duró más de una semana, hasta la primera
práctica de coche.
En
la Academia Mandalay, había dos tipos de clases de conducción. Uno era para
los alumnos humanos, quienes probablemente estaban familiarizados con los
automóviles modernos y quizá conducían los coches de sus padres en casa, y
otro para los vampiros, algunos de los cuales conducían regularmente desde que
se inventaron los automóviles, otros que nunca se habían puesto al volante y
cuyas experiencias enormemente desiguales era mejor ocultar a los humanos. Lo
propio habría sido que me pusieran con los alumnos humanos, pero, en cambio, me
colocaron con los vampiros, quizá por la preocupación de mis padres de que no
me estuviera relacionando con la «gente adecuada».
—No
entiendo por qué ahora todos los coches necesitan ordenador — se quejó Eugenia
mientras buscaba a tientas la varilla del intermitente — En serio, ¿qué sentido
tiene? No estoy haciendo matemáticas mientras conduzco.
—Por
favor, concéntrese en la carretera, señorita Suarez. — El señor Yee suspiró
ruidosamente mientras anotaba algo en su cuaderno. Conducíamos uno de los
coches oficiales del internado, un sedán gris normal y corriente de varios años
de antigüedad, por los caminos de grava que había en la parte trasera del
campus — Voy a pedirle que tome la próxima curva un poco más deprisa.
—Correr
es peligroso — dijo Eugenia sonriendo — ¿Lo ve? Me he leído el librito.
—Me
impresiona, señorita Suarez, pero ahora mismo está circulando a unos treinta
kilómetros por hora. Me gustaría ver cómo maneja el coche a una velocidad
normal de circulación vial.
Eugenia
agarró el volante con más fuerza. Había perdido la práctica y su nerviosismo
tendía a manifestarse en forma de bruscas curvas que te dejaban las cervicales
destrozadas. Palpé el asiento para asegurarme de que tenía el cinturón de
seguridad abrochado. Me costó, porque estaba apretujada entre Julián y Victorio.
Julián observaba el interior del coche como si fuera el primero que veía en su
vida y Victorio miraba tristemente por la ventanilla.
—Estos
automóviles se han popularizado en los últimos cien años — dijo Julián — A lo
mejor pasan de moda.
—¿Acaso
insinúas que volveremos a ir a caballo y en calesa? — se burló Eugenia mientras
pisaba el acelerador y el coche daba un salto hacia delante. El señor Yee se
sujetó al salpicadero — Sigue soñando, príncipe Valiente.
—Las
innovaciones a menudo se olvidan — dijo melancólicamente Julián.
—No
creo que los coches vayan a desaparecer — Intenté parecer comprensiva y
ocultar mi diversión. El pobre Julián siempre parecía perdidísimo.
—Me
gustaban los caballos. Un caballo era un compañero fiel. Esto es solo metal, y
el campo pasa demasiado deprisa para verlo — Era el comentario más largo que le
había oído hacer desde que lo conocía.
—Me
imagino que debía de ser agradable —Pensé un segundo en ello, en que ya nadie
tenía realmente caballos y carruajes, y en que muchos vampiros debieron de
sentirse mucho más a gusto en aquellos tiempos, y entonces me erguí — Oye,
¿por qué no montamos una colonia amish?
Victorio
se volvió hacia mí confundido.
—¿Qué?
—Sí.
Tenemos la Academia Mandalay, y estamos construyendo ese centro de
rehabilitación en Arizona, dos sitios donde los vampiros estamos seguros, donde
nadie más nos molesta y podemos controlar quién entra. Así que también
podríamos montar una colonia amish. O una ciudad, o como lo llamen los amish. —
Nadie parecía captar la idea.
A lo mejor no me estaba explicando bien — Los vampiros que
todavía no se han modernizado del todo se sentirían más a gusto allí. Podrían
tener caballos y carruajes, y faroles, y ropa y cosas de otra época, y a nadie
le importaría. Venga, ¡es una buena idea!
Al
parecer, el señor Yee no pudo resistirse a no hacer ningún comentario.
—Nuestros
lugares de reunión están ideados para que la gente se integre en el mundo
moderno, no para que se esconda de él. Una señal que indica giro a la
izquierda, señorita Suarez.
—Podría
ser una etapa intermedia. Después podrían venir a Mandalay o a donde fuera.
—Estaba convencida de que era una propuesta genial — Y cuando se pusieran
nostálgicas, podrían irse a pasar unos días allí.
—Oooh,
¿sería como en la película Único testigo? — Eugenia se rió, pero fue una risa
más afable de lo habitual. Tamborileó con los dedos sobre el volante,
entusiasmada — Porque esa película era súper
buena.
—A
mí también me lo pareció — La había visto un par de veces en la televisión de
cable; eso era prácticamente todo lo que sabía de los amish — Cuando Harrison
Ford aún estaba bueno.
—Buenísimo.
Yo iría a esa ciudad de vampiros amish si fuera como en la película... Oh,
mierda.
El
coche dio un bandazo y se salió del camino. Todos nos agarramos a lo que
pudimos y gritamos mientras caíamos a la cuneta. Aquello no
tuvo mucho de accidente, así como tampoco la cuneta tenía mucho de cuneta.
—Eso
nos lleva de vuelta a la primera clase — dijo el señor Yee — Prestar atención a
la carretera.
—¿Significa
eso que estoy suspendida? — Eugenia se volvió para fulminarme con la mirada —
¡Me estabas distrayendo a propósito!
—¡No
es verdad!
Eugenia
no se quedó para oírme negarlo. Abrió la puerta, dejó que se cerrara sola
cuando salió y se alejó malhumorada del coche. El señor Yee abrió la puerta de
su lado para llamarla.
—¡Señorita
Suarez! ¡Tenemos que sacar el coche de la cuneta!
—¡Hágalo
usted! — gritó ella. Su rubia coleta rebotaba, siguiendo el ritmo de sus pasos
— Ya estoy suspendida, ¿recuerda?
—Ahora
sí que lo está — masculló el señor Yee.
—Tiene
el orgullo herido — dijo Julián — Por eso se ha ido.
—Guárdese
su análisis de la señorita Suarez para la clase de Psicología — dijo el señor
Yee con hastío — Por ahora, tenemos un coche que empujar.
Nos
turnamos para ponernos al volante y pisar a fondo el acelerador mientras el
resto empujaba para intentar sacar el coche de la cuneta. Cuando por
fin lo logramos, todos estábamos llenos de barro hasta las rodillas, nada grave
para los chicos, que llevaban pantalón, pero yo tenía las piernas sucias y
arañadas bajo la falda. Aún
nos quedaba una media hora de clase, pero el señor Yee me dio permiso para
volver al internado y limpiarme.
—La acompañaré. Se está
haciendo tarde — dijo Victorio.
Pareció
que el señor Yee quería objetar algo, pero no lo hizo. No necesitaba que me
protegieran dentro del campus, pero le tocaba conducir a Julián, y Victorio ya
era bastante bueno al volante.
—Claro.
Vaya.
Mientras
el motor rugía a nuestras espaldas, Victorio y yo echamos a andar. Era la
primera vez que estábamos solos desde la noche que me pilló en el lindero del
bosque. El silencio pesaba como una losa entre los dos y mi nerviosismo me
inducía a querer llenarlo de trivialidades, pero me mordí la lengua.
—Vampiros
amish. — La sonrisa torcida de Victorio solo era una sombra de lo que era —
Solo se te podía haber ocurrido a ti.
—Te
estás riendo de mí.
—No
de ti. De ti nunca. — Victorio respiró hondo — No le has hablado a nadie de Paloma.
—No.
Te prometo que no lo he hecho.
—No
era una pregunta. Si se lo hubieras contado a alguien, la señora Bethany ya
me habría hecho un interrogatorio.
—¿Por
qué? ¿Y a qué te refieres con un interrogatorio?
—Paloma
y la señora Bethany
nunca se llevaron bien.
—Eso
me dijo Paloma — Lo miré con curiosidad —Si tú y tu hermana estabais tan
unidos, ¿por qué perdisteis el contacto?
—Ya
nos hemos perdido la pista antes. Es complicado — Victorio se detuvo. Me dolió
presenciar el profundo dolor de su rostro. Incómoda, miré al suelo. Estábamos
pisando hierba otoñal seca, sus pesadas botas casi el doble de grandes que mis
mocasines llenos de barro — Ella nunca me ha perdonado.
—¿Perdonado
por qué?
Abrió
la boca para responder, pero pareció pensárselo mejor.
—Es
algo entre los dos. Lo único que tienes que saber es que me necesita. Eso no
cambia nunca; para los vampiros, nada cambia nunca. Siempre es lo mismo... Ella
se aleja y todo se va al infierno, pero luego vuelvo a encontrarla, y estamos
bien.
Recordé
la ropa y el cuerpo sin lavar de Paloma, su evidente soledad. Tenía el aspecto
de alguien que necesitaba protección desesperadamente.
—¿Cuánto
tiempo hace?
—Hace
treinta y cinco años que no nos vemos. — «Treinta y cinco años», pensé,
recordando la conversación que él y yo habíamos tenido hacía casi un año,
justo antes de Navidad, mientras paseábamos por la nieve. «Esa fue la última
vez que "perdió el contacto" con la humanidad, advertí. Perder a Paloma
es lo que le hizo desistir.» — Pero ella siempre vuelve a Massachusetts. Aquí
es donde nos criamos; es nuestro hogar, Bianca. Si ha vuelto, significa que lo
echa de menos. Ahora podré comunicarme con ella. Pero, para eso — continuó en
un tono de voz más bajo aún — antes tengo que encontrarla. Ahora lo
comprendía.
—Quieres
que te lleve hasta ella. Quieres que utilice a la Cruz Negra para que
averigüe dónde está y tú puedas ponerte en contacto con ella.
—Y
que sigas alejando a la
Cruz Negra de su rastro, si es posible — Se irguió. El sol
comenzó a ponerse, dejando en el cielo una estela anaranjada — Sé que es mucho
pedir, por 1q que estoy dispuesto a ofrecerte mucho a cambio.
—Te
refieres a que no le contarás a nadie lo de Gastón.
—Guardaré
tu secreto pase lo que pase. — Lo decía en serio. Por su tono, parecía una
claudicación. Mi alivio se trocó en asombro cuando añadió — Si me ayudas con
esto, yo te ayudaré a salir del internado para que puedas verte con Gastón.
—¿Lo
dices en serio? ¿De veras? — La cabeza empezó a darme vueltas — Pero ¿cómo?
—Fácil.
— Su sonrisa era forzada — Diremos una
mentira. Diremos que estamos juntos.
—¿Juntos?
— «Oh.» Pero le vi el sentido, incluso antes de que Victorio terminara de
explicarse
—
Los vampiros más viejos podemos entrar y salir de Mandalay si nos dan permiso,
y la señora Bethany
es bastante generosa con los permisos para los vampiros en los que confía, y
confía en mí. Tus padres no han disimulado el hecho de que les gustaría que
pasáramos más tiempo juntos. Si tú y yo supuestamente somos una pareja...
Miró
al suelo, apretando los labios. La palabra «supuestamente» le había costado
pronunciarla.
—...
Yo podré pedir permiso para sacarte del internado de vez en cuando. Si tus
padres no ponen pegas, lo más probable es que tampoco las ponga la señora Bethany. Ellos
creerán que estás estrechando lazos con un «verdadero» vampiro. Lo fomentarán.
Nos dejarán salir.
Era
un buen plan. Sin fisuras.
—Has
estado dándole vueltas.
—Desde
hace varios días. Si necesitas tiempo para pensártelo, lo entenderé.
—Solo
tengo una pregunta: ¿por qué tiene Paloma que seguir siendo un secreto? O sea,
estuvo aquí hace muchos años, de manera que la señora Bethany lo
sabe todo de ella, ¿no?
—Como
he dicho, no se llevaban bien, y eso es quedarse corto. Si traigo a Paloma al
internado, la señora
Bethany la acogerá, tiene que acoger a todos los vampiros que
lo necesiten. Es la regla más sagrada de Mandalay. Pero la señora Bethany
haría todo lo posible para asegurarse de que no la trajera. Intentaría
asustarla, quizá incluso volver a separarnos. No puedo perder otros treinta y
cinco años más.
—Comprendo
— Habría hecho lo que estuviera en mis manos para evitar aquel sufrimiento a Victorio.
Además, él a cambio haría posible que yo estuviera con Gastón. No había
prácticamente nada que yo no hiciera por eso.
—¿Trato
hecho? — preguntó
—Sí.
¿Cuándo empezamos?
—¿Por
qué no ahora mismo? — Victorio me tendió
la mano.
Yo
se la cogí y juntos nos dirigimos al internado. Seguíamos cogidos de la mano
cuando entramos en el gran vestíbulo, donde había unos cuantos alumnos
haciendo tiempo entre clases. Noté su mirada clavada en nosotros, hambrienta y
ávida; estaban tan sedientos de chismes nuevos como de sangre. Al pie de las
escaleras que conducían a los dormitorios de las chicas, Victorio se inclinó y
me besó en la mejilla.
Noté sus labios frescos al rozar mi piel.
Mientras
subía las escaleras, intenté pensar en cómo iba a explicar aquello a Gastón.
«No estoy saliendo con Victorio. Lo finjo, pero no es verdad. Pero eso
significa que a veces tendremos que ir cogidos de la mano de verdad. Y puede
que tengamos que darnos algún beso de verdad. Pero, de hecho, nada de eso es de
verdad, ¿comprendes?»
Tantas
explicaciones me estaban dando dolor de cabeza.
Va a ser difícil explicarle a Gastón lo de Victorio, pero bueno, por lo menos Victorio no va a decir nada
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