jueves, 17 de enero de 2013

Capitulo 008 (LIBRO 02)

Me habían pillado. Victorio estaba delante de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho. Con su envergadura imponía tanto como los robles del bosque. Se me cayó el alma a los pies.
— Pu-puedo explicártelo.
— No hace falta. — Victorio se fijó en el broche negro de pie­dra tallada que aún llevaba prendido en el jersey. Estaba segura de que había deducido que me lo había regalado Gastón. Yo no me lo había quitado en todo el curso pasado — ¿Habéis estado juntos todo este tiempo?
—¡No es asunto tuyo! — Respirando hondo, intenté mantener la calma — Te prometo que no le he contado nada de nosotros que él no supiera. Ya no está haciendo de espía para la Cruz Negra.
—¿Como hizo el curso pasado? — Por desgracia, tenía razón.
—Tú no lo entiendes. Gastón  no quería mentirme. Lo enviaron aquí en una misión...
—Una misión que él llevó a cabo, y no le importó tener que utilizarte para conseguirlo. —Victorio exhaló bruscamente, como si tuviera algún dolor físico — No estoy enfadado contigo, Rocío. Tú... tú estás enamorada por primera vez en tu vida y no ves con claridad.
—Victorio, por favor, escúchame — Él se irguió con la mirada abstraída y resoluta
—Yo me ocuparé de esto. Todos nos ocuparemos — Se me heló la sangre.
— ¿A quién te refieres con «todos»?
— A las personas que te queremos de verdad — Fue a darse la vuelta, pero yo lo agarré por el brazo para impe­dírselo.
—No se lo puedes decir a mis padres. No se lo puedes decir a nadie — Victorio me puso las manos en los hombros como si estuviera consolándome en lugar de destruyéndome.
—Algún día comprenderás que lo hice por tu bien — ¡Por mi bien! Cada vez que alguien me había dicho aquello no tenía ni idea de cuál era realmente «mi bien». Lo empujé con tan­ta fuerza que él retrocedió un par de pasos.
—Estás celoso, por eso lo haces.
Incluso antes de terminar, supe que era mentira. La única res­puesta de Victorio fue echar a andar hacia Mandalay. Corrí a su lado respirando entrecortadamente. Las ramas se partieron a nuestro paso. Por encima de mí, oí pájaros alzando el vuelo alarmados, batiendo pesadamente las alas.
—No es lo que crees. Gastón  me quiere. Quiere estar conmigo y nos da igual ser... distintos. Eso no tiene que ser importante, no si nos queremos lo suficiente.
—Es la primera estupidez que te oigo decir desde que te co­nozco, y espero que sea la última — Victorio apartó una rama baja de pino para que yo pudiera pasar, aunque se negó a mirarme directamente a los ojos —  Si él fuera cualquier otro humano, algún alumno de Mandalay, ¿crees que me importaría?
—Sí. — Victorio podía no estar haciendo aquello por celos, pero eso no significaba que no los tuviera.
Se detuvo. La niebla perfiló su silueta.
—Está bien. Me importaría fuera quien fuera. Pero no me en­trometería, ni tampoco lo haría nadie más. Gastón  no es un chico cualquiera. Es un miembro de la Cruz Negra, lo cual significa que está loco por destruirnos. No se puede confiar en él.
—¡Tú no lo conoces! — grité. Ya no me importaba que me oye­ran; no, estando Victorio a punto de contarlo todo. Quise darle un puñetazo en la cara. Quise llorar hasta que él me consolara. De­seé estar en clase de esgrima para tener una espada a mano. Todo estaba a punto de estropearse para siempre, y me sentía tan enfa­dada y asustada que no podía pensar con claridad — ¡No sabes lo que hizo anoche! — Victorio me miró de arriba abajo, y yo fui tremendamente cons­ciente de mi falda arrugada y mi pelo, aún despeinado después de haber estado besuqueándome con Gastón.
—Me lo imagino.
—¡Me ayudó a salvar a una vampira! Salvarla, Victorio. Los otros le habrían hecho daño, pero Gastón  no se lo hizo. Me escuchó. Era la vampira más joven que he visto en mi vida, casi una niña, pá­lida y andrajosa, era imposible que no te diera lástima, y a Gastón  le dio lástima, ¡sé que se la dio!
Victorio se paró en seco. Se volvió lentamente hacia mí y la expresión de su cara estaba tan cambiada que al principio apenas lo reconocí.
—¿La más joven que has visto en tu vida?
«¿Por qué ha sido eso lo que le ha sorprendido de todo lo que he dicho?»
—Sí.
—¿Qué aspecto tenía?
—Hum, pelo rubio, bastante rizado, pero lo importante es que Gastón  la ayudó a huir de la Cruz Negra. Ahora lo comprende, ¿en­tiendes?
—Dime exactamente qué aspecto tenía la vampira.
— ¡Acabo de hacerlo!
—Rocío — dijo con la voz rota — Por favor.
No pude obviar su desesperación. Despacio, cerré los ojos e in­tenté recordar el momento en que la vampira y yo cruzamos la pla­za cogidas del brazo. Describí su joven rostro acorazonado, sus ojos castaños, y el color trigueño de sus cabellos. Victorio no cambió de cara hasta que mencioné la mancha de nacimiento vio­lácea que la vampira tenía en la garganta. En ese momento abrió li­geramente la boca y susurró:
—Ha vuelto.
—Un momento... ¿La conoces?
Él asintió y entonces ya no pudo seguir mirándome a los ojos. Parecía tan aturdido y triste que el enfado se me pasó de inme­diato.
—Victorio, ¿quién es?
—Paloma.
El nombre me evocó instantáneamente un recuerdo: la Navi­dad pasada, Victorio y yo caminando por la nieve entre los acebos mientras él me hablaba de la vida que había perdido hacía ya tan­to tiempo. Me había mencionado a la persona que más añoraba.
—Paloma. ¿Te refieres a tu hermana? — Pensaba que en aquel paseo por la nieve me había contado sus secretos más hondos, pero no me lo había dicho todo. No había dado a entender que su que­rida hermana había sido transformada en vampira junto con él — ¿Era ella?
Victorio no me respondió. Pensé que a lo mejor no podía. Cuando se puso a andar con paso lento y vacilante, dijo áspera­mente:
—No se lo digas a nadie.
—Vale. Te lo prometo. — Con retraso, recordé que también yo tenía un secreto — Tú tampoco lo contarás, ¿no?
Él no dijo ni que sí ni que no, pero supe que no contaría a na­die lo que ambos habíamos descubierto esa noche. Me quedé vién­dolo alejarse durante mucho rato, demasiado aturdida por la sor­presa y el alivio para hacer nada más. Luego respiré hondo y corrí hacia el internado, sin dejar de pensar en cómo describiría a Candela una lluvia de meteoritos que en realidad no había visto.

Candela se tragó mi historia de cabo a rabo. Ni siquiera me hizo muchas preguntas, lo cual fue un alivio, pero, extrañamente, un poco decepcionante. De hecho, estaba bastante segura de no haber dejado ningún cabo suelto hasta la cena del domingo por la noche con mis padres, cuando mi madre me preguntó distraídamente dónele me había metido el sábado por la tarde —me habían estado buscando—. Yo les di la primera excusa que se me ocurrió, que es­taba remotamente relacionada con la verdad.
Resultó ser la peor excusa que se me podría haber ocurrido, porque a mis padres les encantó.
—Paseando por el bosque con Victorio, ¿eh? — Mi padre po­nía especial énfasis en todas sus preguntas, lo cual hacía reír a mi madre. Les ponía un poco de su acento inglés ya casi desapareci­do, al estilo de Sherlock Holmes, para lograr un efecto cómico — Y dime, ¿qué hace una jovencita hablando con Victorio D’alessandro hasta las tantas?
—No estuvimos hasta las tantas — Unté mi panecillo con man­tequilla, sirviéndome ávidamente los alimentos que mis padres ha­bían cocinado para mí. La sangre me sentó incluso mejor que la co­mida. Había tenido que pasarme medio fin de semana sin ella, por lo que me bebí un vaso detrás de otro — Es personal, ¿vale? Por fa­vor, no le preguntéis por eso ni por nada.
—Está bien — dijo mi madre en tono tranquilizador — Nos alegramos de volver a tenerte en casa.
Cuando alcé la cabeza del plato para mirar a mis padres, los dos me estaban sonriendo con tanto cariño, tanto agradecimiento, que apenas fui capaz de contenerme para no abrazarlos y discul­parme por haberles mentido. Pero me quedé donde estaba. El recuerdo de Gastón  bastó para convencerme de que había secretos que valía la pena guardar.
Al cabo de unas semanas volvería a verlo. Ya había desgastado todos nuestros viejos recuerdos, imaginándome en ellos. Ahora te­nía recuerdos nuevos, besos y risas que podía recordar por prime­ra vez, y me sentía como si me estuviera volviendo a enamorar. En los días siguientes, debería haber estado en el paraíso.
Pero una pregunta se cernía sobre mí amenazadora como un nubarrón de tormenta: ¿lo contaría a alguien Victorio? Yo sabía que quería mantener a Paloma en secreto. Pero la señora Bethany debía de haberla conocido cuando estuvo en la Academia Mandalay. ¿Hasta qué punto era su hermana un secreto? Si a eso se su­maba lo mucho que Victorio odiaba a Gastón, no estaba tan segu­ra de que nuestro pacto fuera a durar mucho.
Observaba la cara de Victorio todos los días: en Literatura, mientras la señora Bethany describía las motivaciones de Mac-beth; en Esgrima, mientras él se batía con el profesor para ense­ñarnos cómo se hacía; o en los pasillos, cuando nos cruzábamos. Jamás me devolvía la mirada, parecía haber dejado de fijarse en los demás. El mismo chico que antes siempre era el primero en sa­ludar y abrir la puerta a los demás era el que ahora transitaba por los pasillos como un sonámbulo, con paso incierto y la mirada ex­traviada.
—Ese tío está colgadísimo —dijo un día Nicolás cuando nos cruza­mos con Victorio en el gran vestíbulo. —No creo que esté tomando nada.
—No me refería a eso. Si se metiera algo, probablemente se lo estaría pasando mejor, ¿no? — Nicolás se encogió de hombros — Vico no parece estar divirtiéndose nada. Parece que no sepa lo que es eso, a menos que la propia diversión se ponga a dar saltos en sus narices y a gritarle: «Yo soy la diversión».
Tardé un par de segundos en procesar sus palabras.
—Sí que parece triste, ¿verdad?
—No está bien, eso seguro — Nicolás se retiró el largo flequillo ru­bio de la frente y chasqueó los dedos — Oye, lo invitaré al próximo pase de DVD. Será una sesión doble, Matrix y El club de la lucha, y hablaremos de cazadoras de cuero y de los males de la hegemo­nía corporativa. ¿Crees que le gustará?
—¿A quién no? — Me propuse buscar la palabra «hegemonía» en el diccionario. Durante un tiempo, había creído que Nicolás no era ninguna lumbrera, pero ahora sabía que no era así. Pese a la poca importancia que daba a los detalles, sabía más de más temas que prácticamente cualquier otro de mis amigos.
Victorio me importaba como amigo, y verlo así de triste me angustiaba. Pero mentiría si dijera que la principal razón de que estuviera angustiada era mi preocupación por él. Era demasiado egoísta para eso. Cada vez que lo veía tan perdido y tenso, no po­día evitar pensar: «Va a contarlo».
La taciturna tristeza de Victorio duró más de una semana, hasta la primera práctica de coche.
En la Academia Mandalay, había dos tipos de clases de con­ducción. Uno era para los alumnos humanos, quienes probable­mente estaban familiarizados con los automóviles modernos y qui­zá conducían los coches de sus padres en casa, y otro para los vampiros, algunos de los cuales conducían regularmente desde que se inventaron los automóviles, otros que nunca se habían puesto al volante y cuyas experiencias enormemente desiguales era mejor ocultar a los humanos. Lo propio habría sido que me pusieran con los alumnos humanos, pero, en cambio, me colocaron con los vam­piros, quizá por la preocupación de mis padres de que no me estu­viera relacionando con la «gente adecuada».
—No entiendo por qué ahora todos los coches necesitan orde­nador — se quejó Eugenia mientras buscaba a tientas la varilla del intermitente — En serio, ¿qué sentido tiene? No estoy haciendo matemáticas mientras conduzco.
—Por favor, concéntrese en la carretera, señorita Suarez. — El señor Yee suspiró ruidosamente mientras anotaba algo en su cua­derno. Conducíamos uno de los coches oficiales del internado, un sedán gris normal y corriente de varios años de antigüedad, por los caminos de grava que había en la parte trasera del campus — Voy a pedirle que tome la próxima curva un poco más deprisa.
—Correr es peligroso — dijo Eugenia sonriendo — ¿Lo ve? Me he leído el librito.
—Me impresiona, señorita Suarez, pero ahora mismo está cir­culando a unos treinta kilómetros por hora. Me gustaría ver cómo maneja el coche a una velocidad normal de circulación vial.
Eugenia agarró el volante con más fuerza. Había perdido la práctica y su nerviosismo tendía a manifestarse en forma de bruscas curvas que te dejaban las cervicales destrozadas. Palpé el asiento para asegurarme de que tenía el cinturón de seguridad abrochado. Me costó, porque estaba apretujada entre Julián y Victorio. Julián observaba el interior del coche como si fuera el primero que veía en su vida y Victorio miraba tristemente por la ventanilla.
—Estos automóviles se han popularizado en los últimos cien años — dijo Julián — A lo mejor pasan de moda.
—¿Acaso insinúas que volveremos a ir a caballo y en calesa? — se burló Eugenia mientras pisaba el acelerador y el coche daba un salto hacia delante. El señor Yee se sujetó al salpicadero — Si­gue soñando, príncipe Valiente.
—Las innovaciones a menudo se olvidan — dijo melancólica­mente Julián.
—No creo que los coches vayan a desaparecer — Intenté pare­cer comprensiva y ocultar mi diversión. El pobre Julián siempre parecía perdidísimo.
—Me gustaban los caballos. Un caballo era un compañero fiel. Esto es solo metal, y el campo pasa demasiado deprisa para verlo — Era el comentario más largo que le había oído hacer desde que lo conocía.
—Me imagino que debía de ser agradable —Pensé un segun­do en ello, en que ya nadie tenía realmente caballos y carruajes, y en que muchos vampiros debieron de sentirse mucho más a gus­to en aquellos tiempos, y entonces me erguí — Oye, ¿por qué no montamos una colonia amish?
Victorio se volvió hacia mí confundido.
—¿Qué?
—Sí. Tenemos la Academia Mandalay, y estamos constru­yendo ese centro de rehabilitación en Arizona, dos sitios donde los vampiros estamos seguros, donde nadie más nos molesta y pode­mos controlar quién entra. Así que también podríamos montar una colonia amish. O una ciudad, o como lo llamen los amish. — Nadie parecía captar la idea. A lo mejor no me estaba explicando bien — Los vampiros que todavía no se han modernizado del todo se sen­tirían más a gusto allí. Podrían tener caballos y carruajes, y faroles, y ropa y cosas de otra época, y a nadie le importaría. Venga, ¡es una buena idea!
Al parecer, el señor Yee no pudo resistirse a no hacer ningún comentario.
—Nuestros lugares de reunión están ideados para que la gente se integre en el mundo moderno, no para que se esconda de él. Una señal que indica giro a la izquierda, señorita Suarez.
—Podría ser una etapa intermedia. Después podrían venir a Mandalay o a donde fuera. —Estaba convencida de que era una propuesta genial — Y cuando se pusieran nostálgicas, podrían irse a pasar unos días allí.
—Oooh, ¿sería como en la película Único testigo? — Eugenia se rió, pero fue una risa más afable de lo habitual. Tamborileó con los dedos sobre el volante, entusiasmada — Porque esa película era súper  buena.
—A mí también me lo pareció — La había visto un par de ve­ces en la televisión de cable; eso era prácticamente todo lo que sa­bía de los amish — Cuando Harrison Ford aún estaba bueno.
—Buenísimo. Yo iría a esa ciudad de vampiros amish si fuera como en la película... Oh, mierda.
El coche dio un bandazo y se salió del camino. Todos nos aga­rramos a lo que pudimos y gritamos mientras caíamos a la cuneta. Aquello no tuvo mucho de accidente, así como tampoco la cune­ta tenía mucho de cuneta.
—Eso nos lleva de vuelta a la primera clase — dijo el señor Yee — Prestar atención a la carretera.
—¿Significa eso que estoy suspendida? — Eugenia se volvió para fulminarme con la mirada — ¡Me estabas distrayendo a propósito!
—¡No es verdad!
Eugenia no se quedó para oírme negarlo. Abrió la puerta, dejó que se cerrara sola cuando salió y se alejó malhumorada del coche. El señor Yee abrió la puerta de su lado para llamarla.
—¡Señorita Suarez! ¡Tenemos que sacar el coche de la cu­neta!
—¡Hágalo usted! — gritó ella. Su rubia coleta rebotaba, si­guiendo el ritmo de sus pasos — Ya estoy suspendida, ¿recuerda?
—Ahora sí que lo está — masculló el señor Yee.
—Tiene el orgullo herido — dijo Julián — Por eso se ha ido.
—Guárdese su análisis de la señorita Suarez para la clase de Psicología — dijo el señor Yee con hastío — Por ahora, tenemos un coche que empujar.
Nos turnamos para ponernos al volante y pisar a fondo el ace­lerador mientras el resto empujaba para intentar sacar el coche de la cuneta. Cuando por fin lo logramos, todos estábamos llenos de barro hasta las rodillas, nada grave para los chicos, que llevaban pantalón, pero yo tenía las piernas sucias y arañadas bajo la falda. Aún nos quedaba una media hora de clase, pero el señor Yee me dio permiso para volver al internado y limpiarme.
—La acompañaré. Se está haciendo tarde — dijo Victorio.
Pareció que el señor Yee quería objetar algo, pero no lo hizo. No necesitaba que me protegieran dentro del campus, pero le toca­ba conducir a Julián, y Victorio ya era bastante bueno al volante.
—Claro. Vaya.
Mientras el motor rugía a nuestras espaldas, Victorio y yo echamos a andar. Era la primera vez que estábamos solos desde la noche que me pilló en el lindero del bosque. El silencio pesaba como una losa entre los dos y mi nerviosismo me inducía a querer llenarlo de trivialidades, pero me mordí la lengua.
—Vampiros amish. — La sonrisa torcida de Victorio solo era una sombra de lo que era — Solo se te podía haber ocurrido a ti.
—Te estás riendo de mí.
—No de ti. De ti nunca. — Victorio respiró hondo — No le has hablado a nadie de Paloma.
—No. Te prometo que no lo he hecho.
—No era una pregunta. Si se lo hubieras contado a alguien, la señora Bethany ya me habría hecho un interrogatorio.
—¿Por qué? ¿Y a qué te refieres con un interrogatorio?
—Paloma y la señora Bethany nunca se llevaron bien.
—Eso me dijo Paloma — Lo miré con curiosidad —Si tú y tu hermana estabais tan unidos, ¿por qué perdisteis el contacto?
—Ya nos hemos perdido la pista antes. Es complicado — Victorio se detuvo. Me dolió presenciar el profundo dolor de su ros­tro. Incómoda, miré al suelo. Estábamos pisando hierba otoñal seca, sus pesadas botas casi el doble de grandes que mis mocasines llenos de barro — Ella nunca me ha perdonado.
—¿Perdonado por qué?
Abrió la boca para responder, pero pareció pensárselo mejor.
—Es algo entre los dos. Lo único que tienes que saber es que me necesita. Eso no cambia nunca; para los vampiros, nada cambia nunca. Siempre es lo mismo... Ella se aleja y todo se va al infierno, pero luego vuelvo a encontrarla, y estamos bien.
Recordé la ropa y el cuerpo sin lavar de Paloma, su evidente so­ledad. Tenía el aspecto de alguien que necesitaba protección de­sesperadamente.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Hace treinta y cinco años que no nos vemos. — «Treinta y cinco años», pensé, recordando la conversación que él y yo había­mos tenido hacía casi un año, justo antes de Navidad, mientras pa­seábamos por la nieve. «Esa fue la última vez que "perdió el con­tacto" con la humanidad, advertí. Perder a Paloma es lo que le hizo desistir.» — Pero ella siempre vuelve a Massachusetts. Aquí es donde nos criamos; es nuestro hogar, Bianca. Si ha vuelto, signifi­ca que lo echa de menos. Ahora podré comunicarme con ella. Pero, para eso — continuó en un tono de voz más bajo aún — an­tes tengo que encontrarla. Ahora lo comprendía.
—Quieres que te lleve hasta ella. Quieres que utilice a la Cruz Negra para que averigüe dónde está y tú puedas ponerte en con­tacto con ella.
—Y que sigas alejando a la Cruz Negra de su rastro, si es posi­ble — Se irguió. El sol comenzó a ponerse, dejando en el cielo una estela anaranjada — Sé que es mucho pedir, por 1q que estoy dis­puesto a ofrecerte mucho a cambio.
—Te refieres a que no le contarás a nadie lo de Gastón.
—Guardaré tu secreto pase lo que pase. — Lo decía en serio. Por su tono, parecía una claudicación. Mi alivio se trocó en asom­bro cuando añadió — Si me ayudas con esto, yo te ayudaré a salir del internado para que puedas verte con Gastón.
—¿Lo dices en serio? ¿De veras? — La cabeza empezó a darme vueltas — Pero ¿cómo?
—Fácil. —  Su sonrisa era forzada — Diremos una mentira. Di­remos que estamos juntos.
—¿Juntos? — «Oh.» Pero le vi el sentido, incluso antes de que Victorio terminara de explicarse
— Los vampiros más viejos podemos entrar y salir de Mandalay si nos dan permiso, y la señora Bethany es bastante generosa con los per­misos para los vampiros en los que confía, y confía en mí. Tus pa­dres no han disimulado el hecho de que les gustaría que pasára­mos más tiempo juntos. Si tú y yo supuestamente somos una pa­reja...
Miró al suelo, apretando los labios. La palabra «supuestamen­te» le había costado pronunciarla.
—... Yo podré pedir permiso para sacarte del internado de vez en cuando. Si tus padres no ponen pegas, lo más probable es que tampoco las ponga la señora Bethany. Ellos creerán que estás es­trechando lazos con un «verdadero» vampiro. Lo fomentarán. Nos dejarán salir.
Era un buen plan. Sin fisuras.
—Has estado dándole vueltas.
—Desde hace varios días. Si necesitas tiempo para pensártelo, lo entenderé.
—Solo tengo una pregunta: ¿por qué tiene Paloma que seguir siendo un secreto? O sea, estuvo aquí hace muchos años, de mane­ra que la señora Bethany lo sabe todo de ella, ¿no?
—Como he dicho, no se llevaban bien, y eso es quedarse corto. Si traigo a Paloma al internado, la señora Bethany la acogerá, tiene que acoger a todos los vampiros que lo necesiten. Es la regla más sagrada de Mandalay. Pero la señora Bethany haría todo lo po­sible para asegurarse de que no la trajera. Intentaría asustarla, qui­zá incluso volver a separarnos. No puedo perder otros treinta y cinco años más.
—Comprendo — Habría hecho lo que estuviera en mis manos para evitar aquel sufrimiento a Victorio. Además, él a cambio ha­ría posible que yo estuviera con Gastón. No había prácticamente nada que yo no hiciera por eso.
—¿Trato hecho? — preguntó
—Sí. ¿Cuándo empezamos?
—¿Por qué no ahora mismo? —  Victorio me tendió la mano.
Yo se la cogí y juntos nos dirigimos al internado. Seguíamos co­gidos de la mano cuando entramos en el gran vestíbulo, donde ha­bía unos cuantos alumnos haciendo tiempo entre clases. Noté su mirada clavada en nosotros, hambrienta y ávida; estaban tan se­dientos de chismes nuevos como de sangre. Al pie de las escaleras que conducían a los dormitorios de las chicas, Victorio se inclinó y me besó en la mejilla. Noté sus labios frescos al rozar mi piel.
Mientras subía las escaleras, intenté pensar en cómo iba a ex­plicar aquello a Gastón. «No estoy saliendo con Victorio. Lo finjo, pero no es verdad. Pero eso significa que a veces tendremos que ir cogidos de la mano de verdad. Y puede que tengamos que darnos algún beso de verdad. Pero, de hecho, nada de eso es de verdad, ¿comprendes?»
Tantas explicaciones me estaban dando dolor de cabeza.

1 comentario:

  1. Va a ser difícil explicarle a Gastón lo de Victorio, pero bueno, por lo menos Victorio no va a decir nada

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