Gastón se desvió
hacia el despacho de Victorio cuando iba camino de Et Trois. La boda estaba
cada vez más cerca y sus obligaciones de padrino incluían organizar la
despedida de soltero. Aunque ya tenía una idea general —mucho alcohol y un club
de striptease—, quedaban algunos cabos por atar.
Cuando llamaron desde
recepción al despacho de Victorio, notó que la voz de su amigo sonaba casi
desesperada.
—Envíenmelo
enseguida.
En cuanto Gastón
abrió la puerta del despacho, comprendió el motivo.
Candela estaba
sentada en una butaca con las mejillas bañadas en lágrimas y Victorio
acuclillado a sus pies. Aunque este siguió enjugándole las lágrimas, aunque
siguió intentando consolarla, lanzó a su amigo una mirada de pánico puramente
masculino.
Como prueba de
amistad, Gastón reprimió el deseo de salir corriendo. Cerró la puerta, se
acercó y acarició el hombro de Candela.
—Cielo, te dije que
debía ser yo quien le dijera que ibas a dejarle por mí.
Cande se limitó a
levantar la vista, cubrirse la cara con las manos y sollozar aún con más
fuerza.
—Vale, un chiste
malo. —Gastón se secó el sudor de las manos en los téjanos—. ¿Qué ocurre?
—Problemas con la
casa que alquilamos para la boda—explicó Victorio, y Cande soltó un aullido.
—Ya no hay casa.
—Tiró del pañuelo de Victorio y enterró la cara—. La cocina... la cocina se
incendió y llegaron los bomberos y... y... Oh, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Daños causados por
el humo y el agua —explicó Victorio—, además de los desperfectos provocados por
el fuego. No podrán reparar la casa a tiempo.
—Es culpa mía.
Gastón se acuclilló
al lado de su amigo.
—Muy bien, cariño,
ahora cuéntanos por qué empezaste el fuego.
Cande sonrió...
durante una fracción de segundo.
—Quería celebrarlo en
esa antigua plantación. Es una casa muy romántica. Victorio dijo que sería más
fácil reservar un salón de baile en un hotel, pero yo tenía que salirme con la
mía. Y ahora mira. Faltan menos de tres semanas y estamos... estamos perdidos,
eso es todo.
—No, no lo estamos,
cariño. Encontraremos otro lugar. Pleuure pas, chére. —Victorio le besó
la punta de la nariz—. En el peor de los casos, podemos casarnos y celebrarlo
después. Daremos una fiesta por todo lo alto después de la luna de miel.
——¿Dónde vamos a
casarnos? ¿En el ayuntamiento?
—Me trae sin cuidado
dónde nos casemos. —Le besó los dedos—. Siempre y cuando lo hagamos.
Cande suspiró y se
apoyó en Victorio.
—Lo siento, soy una
tonta y una egoísta. Tienes razón, el dónde y el cómo no importan.
—Claro que importan
—dijo Gastón. Ambos le miraron, Candela con las mejillas todavía empapadas de
lágrimas, Victorio con impotencia—. No podéis permitir que un pequeño incendio
os fastidie los planes. Celebradlo en mi casa.
—¿Qué casa? —preguntó
Victorio.
—El Hall. Seguro que
hay espacio de sobra. El salón de baile necesita algunos retoques, pero todavía
hay tiempo. Tengo que conseguir algunos pintores, pero esta mañana terminé la
entrada. Los jardines se hallan en buen estado y tanto la cocina como los
salones y la biblioteca están acabados. Faltan algunos detalles, pero a la
gente no le importará. Tendrán la casa, los jardines y los fantasmas. Hablarán
de la boda durante años.
—¿Lo dices en serio?
—Candela le cogió las manos antes de que Victorio pudiera pronunciar palabra.
—Claro que sí. Todo
saldrá bien.
—Gas —empezó Victorio,
pero Candela se le adelantó.
—Dios, cómo te
quiero. —Se abrazó al cuello de Gastón—. Eres el hombre más maravilloso del
mundo. Un ángel —dijo antes de darle un beso—. Un santo.
—¿Te importa?
—preguntó Gastón a Victorio—. Nos gustaría estar solos.
Riendo, Candela dio
una vuelta.
—No debería aceptar.
No quiero que tengas a un montón de desconocidos merodeando por tu casa y
pisoteándote el césped, pero voy a hacerlo porque estoy desesperada y tu casa
es perfecta. Te juro que no tendrás que preocuparte de nada, yo me encargaré de
todo. Estaré en deuda contigo hasta el día de mi muerte.
—Me basta con que me
entregues tu primer hijo varón.
Victorio se sentó en
el borde de la mesa y sacudió la cabeza.
—Yo te digo que me
casaré contigo donde sea y cuando sea mientras que Gastón se limita a ofrecerte
una casa medio derruida, y los besos se los lleva él.
—A ti ya te tengo. —Candela
se abrazó a Victorio y, suspirando, descansó la cabeza sobre su hombro—. Quiero
que sea una boda hermosa, Victorio. Quiero que sea especial. Significa mucho
para mí.
—Lo sé. Y por eso
también significa mucho para mí. Será toda una celebración.
—Sí. —Le dio un
último achuchón y se alejó dando vueltas. La mujer triste y llorosa se había
convertido ahora en un derviche—. ¿Puedo irme ya? —preguntó a Gastón—. Tengo
que ver a mi madre y mi hermana para empezar a organizarlo todo.
—Adelante.
—Gracias. —Candela le
besó en una mejilla—. Gracias. —Luego en la otra—. Gracias. —Luego en la boca
con un largo y sonoro beso—. Victorio, acaba lo antes posible. Por cierto, Gas
—prosiguió mientras sacaba su móvil camino de la puerta—, los colores de mi
boda son el rosa y el azul. No te importará que pintemos la casa en esos tonos,
¿verdad?
Gastón dejó caer la
mandíbula cuando Candela cerró la puerta tras de sí.
—Es una broma,
¿verdad?
—Probablemente. —Como
conocía bien a su chica y su familia, Victorio dejó escapar un suspiro—. Cher,
no sabes en lo que te has metido. Has hecho feliz a mi chica y te lo agradezco,
pero debo advertirte que te esperan dos semanas de locura.
—No podía soportar
verla llorar de ese modo. Además, es lo lógico. —Rosa y azul. ¿Qué daño podían
hacer colores tan suaves e inofensivos como el rosa y el azul?—. En cualquier
caso —añadió, frotándose el corazón—, ya he pasado por la organización de una
boda.
—No conoces a su
madre.
Gastón movió nerviosamente
los pies.
—¿Da miedo?
—Mucho.
—Sujétame.
Las buenas obras le
ponían de buen humor. Cuando entró en Et Trois estaba listo para una palmadita
de autofelicitación en la espalda. Y para Rocío.
La encontró detrás
del mostrador sirviendo una cerveza a presión y charlando con un cliente
habitual. Observó el modo en que su mirada rodaba y aterrizaba en él. El modo
en que permanecía allí mientras él se acercaba y levantaba la puerta del
mostrador.
Ella tuvo tiempo de
entregar la espumosa jarra y volverse antes de que él la levantara del suelo y
plantara los labios en los suyos.
Los vítores y
aplausos le hicieron sonreír mientras mantenía a Rocío a unos centímetros del
suelo.
—Te he echado de
menos.
Rocío se frotó los
labios.
—Veo que, con todo,
conservas la puntería. —Le acarició la mejilla y le obsequió con esa sonrisa
maliciosa—. Y ahora bájame, muchacho. Trabajo aquí.
—Tendrás que pedir
que te cubran.
—Tengo mucho trabajo,
cher. Ve a sentarte y te llevaré una cerveza.
Gastón se limitó a
auparla, dando a sus piernas un ligero giro para poder deslizar el brazo por
debajo. Luego abrió la puerta de la cocina con el codo.
—Rocío necesita que
la cubráis —gritó. Luego señaló la trampilla del mostrador—. ¿Te importa?
—preguntó al hombre de la cerveza.
—En absoluto.
—Gastón. —Rocío no
forcejeó, no convenía a la imagen del local—. Dirijo un negocio.
—Y lo haces
extraordinariamente bien. Gracias —dijo Gastón cuando el hombre hubo levantado
la trampilla—. Pero tendrá que seguir funcionando sin ti durante media hora.
—Asintió con la cabeza cuando su nuevo amigo se adelantó y le abrió la puerta.
Él y Rocío salieron a
la calle y recibieron algunas miradas, algunas sonrisas, mientras avanzaban por
la acera y entraban en el patio.
—No me gusta que me
mangoneen, cher.
—No te estoy
mangoneando, te estoy transportando —aclaró Gastón—. ¿Dónde escondes la llave?
—preguntó mientras subían. En vista de que Rocío no contestaba, se encogió de
hombros—. No importa. Nos arrestarán por hacer aquí mismo, en tu terraza, lo
que tengo pensado hacer. Pero soy hombre valiente.
—Debajo de la segunda
maceta empezando por la izquierda.
—Estupendo.
Para sorpresa de Rocío,
Gastón se la colgó del hombro antes de agacharse a recoger la llave. Como
siempre, había subestimado la fuerza de él y, admitió, su propia reacción.
—Has adelgazado al
menos un kilo —comentó Gastón antes de girar la llave—. Eso está bien.
—¿Cómo dices? —espetó
Rocío en su mejor tono sureño.
—Seguro que es porque
me has echado de menos.
—Se te están subiendo
los humos, cher.
—Lo sé. —Gastón le
apretó el trasero al tiempo que cerraba la puerta con el pie.
—No sabes lo mucho
que me halaga que hagas un hueco en tu apretada agenda para venir a la ciudad a
darte un revolcón rápido conmigo, pero yo...
—Qué idea tan
excelente. No era mi prioridad pero ¿por qué esperar? —La sujetó firme sobre el
hombro y se dirigió al dormitorio.
—Gastón, estás
empezando a irritarme de verdad. Será mejor que me bajes y... —Rocío perdió el
resto de las palabras y el aire de los pulmones cuando fue arrojada sobre la
cama. Gastón alcanzó a ver el brillo peligroso de sus ojos ocultos tras el
cabello antes de apartárselo. Era perfecto, pensó. Estaba de humor para
algo rápido, sexual, sudoroso.
—¿Qué demonios te
pasa? Entras en mi casa como si te perteneciera y me transportas como si fuera
un botín de guerra. Si crees que voy a saciar tu apetito cada vez que te venga
en gana, vas listo.
Gastón se limitó a
sonreír, se descalzó de un zapato y lo arrojó a un lado.
—Póntelo otra vez o
lárgate cojeando. Sea como sea, te quiero fuera de aquí.
Gastón se quitó el
otro zapato y, acto seguido, la camisa. Rocío se incorporó sobre las rodillas y
empezó a despotricar en un cajún tan acelerado que Gastón solo pilló una de
cada seis palabras.
—Lo siento —dijo
suavemente mientras se desabrochaba los téjanos—. Demasiado rápido para mí.
¿Dijiste que soy un cerdo que debería freírme en el infierno o que debería ir
al infierno y comer cerdo frito?
Estaba preparado
cuando ella saltó, y se echó a reír cuando ella empezó a abofetearlo. Había llegado
la hora de un revolcón rápido, rápido y violento, y los arañazos y dentelladas
de ella aportaban el vigor idóneo.
Rocío pegaba, maldecía,
pateaba. Corcoveó como una yegua salvaje cuando él la aplastó contra la cama y
le cubrió la boca con un beso caliente y hambriento.
—No lo esperabas de
mí, ¿verdad? —Jadeante y excitado, le desgarró la blusa—. Te he dado demasiado
de lo que esperabas de mí.
—Para, para ahora
mismo. —El corazón de ella se aceleró bajo la mano tosca de él. No, no era lo
que esperaba de él, como tampoco había esperado su propia respuesta electrizada
a este acto de dominación.
—Mírame. —Gastón le
sujetó las manos a un lado y otro de la cabeza—. Dime que no me deseas, que no
deseas esto. Dilo de corazón y me iré.
—Suéltame las manos.
—Aunque Rocío mantenía la mirada firme, la voz le temblaba—. Suéltame.
Gastón le soltó una
mano.
—Dilo. —Sus músculos
temblaban—. ¿Lo deseas o no?
Ella lo agarró del
pelo y atrajo su boca a la de él.
—J'ai besoin.
Lo necesito.
amo esta novela!!
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