jueves, 17 de enero de 2013

Capitulo Dieseis, Primera Parte


Gastón se desvió hacia el despacho de Victorio cuando iba camino de Et Trois. La boda estaba cada vez más cerca y sus obligaciones de padrino incluían organizar la despedida de soltero. Aunque ya tenía una idea general —mucho alcohol y un club de striptease—, quedaban algunos cabos por atar.
Cuando llamaron desde recepción al despacho de Victorio, notó que la voz de su amigo sonaba casi desesperada.
—Envíenmelo enseguida.
En cuanto Gastón abrió la puerta del despacho, comprendió el motivo.
Candela estaba sentada en una butaca con las mejillas bañadas en lágrimas y Victorio acuclillado a sus pies. Aunque este siguió enjugándole las lágrimas, aunque siguió intentando consolarla, lanzó a su amigo una mirada de pánico puramente masculino.
Como prueba de amistad, Gastón reprimió el deseo de salir corriendo. Cerró la puerta, se acercó y acarició el  hombro de Candela.
—Cielo, te dije que debía ser yo quien le dijera que ibas a dejarle por mí.
Cande se limitó a levantar la vista, cubrirse la cara con las manos y sollozar aún con más fuerza.
—Vale, un chiste malo. —Gastón se secó el sudor de las manos en los téjanos—. ¿Qué ocurre?
—Problemas con la casa que alquilamos para la boda—explicó Victorio, y Cande soltó un aullido.
—Ya no hay casa. —Tiró del pañuelo de Victorio y enterró la cara—. La cocina... la cocina se incendió y llegaron los bomberos y... y... Oh, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Daños causados por el humo y el agua —explicó Victorio—, además de los desperfectos provocados por el fuego. No podrán reparar la casa a tiempo.
—Es culpa mía.
Gastón se acuclilló al lado de su amigo.
—Muy bien, cariño, ahora cuéntanos por qué empezaste el fuego.
Cande sonrió... durante una fracción de segundo.
—Quería celebrarlo en esa antigua plantación. Es una casa muy romántica. Victorio dijo que sería más fácil reservar un salón de baile en un hotel, pero yo tenía que salirme con la mía. Y ahora mira. Faltan menos de tres semanas y estamos... estamos perdidos, eso es todo.
—No, no lo estamos, cariño. Encontraremos otro lugar. Pleuure pas, chére. —Victorio le besó la punta de la nariz—. En el peor de los casos, podemos casarnos y celebrarlo después. Daremos una fiesta por todo lo alto después de la luna de miel.
——¿Dónde vamos a casarnos? ¿En el ayuntamiento?
—Me trae sin cuidado dónde nos casemos. —Le besó los dedos—. Siempre y cuando lo hagamos.
Cande suspiró y se apoyó en Victorio.
—Lo siento, soy una tonta y una egoísta. Tienes razón, el dónde y el cómo no importan.
—Claro que importan —dijo Gastón. Ambos le miraron, Candela con las mejillas todavía empapadas de lágrimas, Victorio con impotencia—. No podéis permitir que un pequeño incendio os fastidie los planes. Celebradlo en mi casa.
—¿Qué casa? —preguntó Victorio.
—El Hall. Seguro que hay espacio de sobra. El salón de baile necesita algunos retoques, pero todavía hay tiempo. Tengo que conseguir algunos pintores, pero esta mañana terminé la entrada. Los jardines se hallan en buen estado y tanto la cocina como los salones y la biblioteca están acabados. Faltan algunos detalles, pero a la gente no le importará. Tendrán la casa, los jardines y los fantasmas. Hablarán de la boda durante años.
—¿Lo dices en serio? —Candela le cogió las manos antes de que Victorio pudiera pronunciar palabra.
—Claro que sí. Todo saldrá bien.
—Gas —empezó Victorio, pero Candela se le adelantó.
—Dios, cómo te quiero. —Se abrazó al cuello de Gastón—. Eres el hombre más maravilloso del mundo. Un ángel —dijo antes de darle un beso—. Un santo.
—¿Te importa? —preguntó Gastón a Victorio—. Nos gustaría estar solos.
Riendo, Candela dio una vuelta.
—No debería aceptar. No quiero que tengas a un montón de desconocidos merodeando por tu casa y pisoteándote el césped, pero voy a hacerlo porque estoy desesperada y tu casa es perfecta. Te juro que no tendrás que preocuparte de nada, yo me encargaré de todo. Estaré en deuda contigo hasta el día de mi muerte.
—Me basta con que me entregues tu primer hijo varón.
Victorio se sentó en el borde de la mesa y sacudió la cabeza.
—Yo te digo que me casaré contigo donde sea y cuando sea mientras que Gastón se limita a ofrecerte una casa medio derruida, y los besos se los lleva él.
—A ti ya te tengo. —Candela se abrazó a Victorio y, suspirando, descansó la cabeza sobre su hombro—. Quiero que sea una boda hermosa, Victorio. Quiero que sea especial. Significa mucho para mí.
—Lo sé. Y por eso también significa mucho para mí. Será toda una celebración.
—Sí. —Le dio un último achuchón y se alejó dando vueltas. La mujer triste y llorosa se había convertido ahora en un derviche—. ¿Puedo irme ya? —preguntó a Gastón—. Tengo que ver a mi madre y mi hermana para empezar a organizarlo todo.
—Adelante.
—Gracias. —Candela le besó en una mejilla—. Gracias. —Luego en la otra—. Gracias. —Luego en la boca con un largo y sonoro beso—. Victorio, acaba lo antes posible. Por cierto, Gas —prosiguió mientras sacaba su móvil camino de la puerta—, los colores de mi boda son el rosa y el azul. No te importará que pintemos la casa en esos tonos, ¿verdad?
Gastón dejó caer la mandíbula cuando Candela cerró la puerta tras de sí.
—Es una broma, ¿verdad?
—Probablemente. —Como conocía bien a su chica y su familia, Victorio dejó escapar un suspiro—. Cher, no sabes en lo que te has metido. Has hecho feliz a mi chica y te lo agradezco, pero debo advertirte que te esperan dos semanas de locura.
—No podía soportar verla llorar de ese modo. Además, es lo lógico. —Rosa y azul. ¿Qué daño podían hacer colores tan suaves e inofensivos como el rosa y el azul?—. En cualquier caso —añadió, frotándose el corazón—, ya he pasado por la organización de una boda.
—No conoces a su madre.
Gastón movió nerviosamente los pies.
—¿Da miedo?
—Mucho.
—Sujétame.

Las buenas obras le ponían de buen humor. Cuando entró en Et Trois estaba listo para una palmadita de autofelicitación en la espalda. Y para Rocío.
La encontró detrás del mostrador sirviendo una cerveza a presión y charlando con un cliente habitual. Observó el modo en que su mirada rodaba y aterrizaba en él. El modo en que permanecía allí mientras él se acercaba y levantaba la puerta del mostrador.
Ella tuvo tiempo de entregar la espumosa jarra y volverse antes de que él la levantara del suelo y plantara los labios en los suyos.
Los vítores y aplausos le hicieron sonreír mientras mantenía a Rocío a unos centímetros del suelo.
—Te he echado de menos.
Rocío se frotó los labios.
—Veo que, con todo, conservas la puntería. —Le acarició la mejilla y le obsequió con esa sonrisa maliciosa—. Y ahora bájame, muchacho. Trabajo aquí.
—Tendrás que pedir que te cubran.
—Tengo mucho trabajo, cher. Ve a sentarte y te llevaré una cerveza.
Gastón se limitó a auparla, dando a sus piernas un ligero giro para poder deslizar el brazo por debajo. Luego abrió la puerta de la cocina con el codo.
—Rocío necesita que la cubráis —gritó. Luego señaló la trampilla del mostrador—. ¿Te importa? —preguntó al hombre de la cerveza.
—En absoluto.
—Gastón. —Rocío no forcejeó, no convenía a la imagen del local—. Dirijo un negocio.
—Y lo haces extraordinariamente bien. Gracias —dijo Gastón cuando el hombre hubo levantado la trampilla—. Pero tendrá que seguir funcionando sin ti durante media hora. —Asintió con la cabeza cuando su nuevo amigo se adelantó y le abrió la puerta.
Él y Rocío salieron a la calle y recibieron algunas miradas, algunas sonrisas, mientras avanzaban por la acera y entraban en el patio.
—No me gusta que me mangoneen, cher.
—No te estoy mangoneando, te estoy transportando —aclaró Gastón—. ¿Dónde escondes la llave? —preguntó mientras subían. En vista de que Rocío no contestaba, se encogió de hombros—. No importa. Nos arrestarán por hacer aquí mismo, en tu terraza, lo que tengo pensado hacer. Pero soy hombre valiente.
—Debajo de la segunda maceta empezando por la izquierda.
—Estupendo.
Para sorpresa de Rocío, Gastón se la colgó del hombro antes de agacharse a recoger la llave. Como siempre, había subestimado la fuerza de él y, admitió, su propia reacción.
—Has adelgazado al menos un kilo —comentó Gastón antes de girar la llave—. Eso está bien.
—¿Cómo dices? —espetó Rocío en su mejor tono sureño.
—Seguro que es porque me has echado de menos.
—Se te están subiendo los humos, cher.
—Lo sé. —Gastón le apretó el trasero al tiempo que cerraba la puerta con el pie.
—No sabes lo mucho que me halaga que hagas un hueco en tu apretada agenda para venir a la ciudad a darte un revolcón rápido conmigo, pero yo...
—Qué idea tan excelente. No era mi prioridad pero ¿por qué esperar? —La sujetó firme sobre el hombro y se dirigió al dormitorio.
—Gastón, estás empezando a irritarme de verdad. Será mejor que me bajes y... —Rocío perdió el resto de las palabras y el aire de los pulmones cuando fue arrojada sobre la cama. Gastón alcanzó a ver el brillo peligroso de sus ojos ocultos tras el cabello antes de apartárselo. Era perfecto, pensó. Estaba de humor para algo  rápido, sexual, sudoroso.
—¿Qué demonios te pasa? Entras en mi casa como si te perteneciera y me transportas como si fuera un botín de guerra. Si crees que voy a saciar tu apetito cada vez que te venga en gana, vas listo.
Gastón se limitó a sonreír, se descalzó de un zapato y lo arrojó a un lado.
—Póntelo otra vez o lárgate cojeando. Sea como sea, te quiero fuera de aquí.
Gastón se quitó el otro zapato y, acto seguido, la camisa. Rocío se incorporó sobre las rodillas y empezó a despotricar en un cajún tan acelerado que Gastón solo pilló una de cada seis palabras.
—Lo siento —dijo suavemente mientras se desabrochaba los téjanos—. Demasiado rápido para mí. ¿Dijiste que soy un cerdo que debería freírme en el infierno o que debería ir al infierno y comer cerdo frito?
Estaba preparado cuando ella saltó, y se echó a reír cuando ella empezó a abofetearlo. Había llegado la hora de un revolcón rápido, rápido y violento, y los arañazos y dentelladas de ella aportaban el vigor idóneo.
Rocío pegaba, maldecía, pateaba. Corcoveó como una yegua salvaje cuando él la aplastó contra la cama y le cubrió la boca con un beso caliente y hambriento.
—No lo esperabas de mí, ¿verdad? —Jadeante y excitado, le desgarró la blusa—. Te he dado demasiado de lo que esperabas de mí.
—Para, para ahora mismo. —El corazón de ella se aceleró bajo la mano tosca de él. No, no era lo que esperaba de él, como tampoco había esperado su propia respuesta electrizada a este acto de dominación.
—Mírame. —Gastón le sujetó las manos a un lado y otro de la cabeza—. Dime que no me deseas, que no deseas esto. Dilo de corazón y me iré.
—Suéltame las manos. —Aunque Rocío mantenía la mirada firme, la voz le temblaba—. Suéltame.
Gastón le soltó una mano.
—Dilo. —Sus músculos temblaban—. ¿Lo deseas o no?
Ella lo agarró del pelo y atrajo su boca a la de él.
J'ai besoin.
Lo necesito.

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