No eran todavía las nueve, y
las luces de la farmacia seguían encendidas cuando Gastón aparcó en diagonal en
el estacionamiento cerca de la puerta principal.
— Sólo tardaré un minuto.
Rompí un cordón en mi par favorito de zapatos de golf, y necesito reemplazarlo.
—Entro contigo. Quiero
comprar un carrete.
Aunque su anterior tensión
se había desvanecido, él no hacía realmente ningún intento en la conversación
desde que habían salido de la casa de su padre. Ella ya se disculpó, y no tenía
intención de comportarse servilmente. El siguiente movimiento dependía de él.
Entró mientras él mantenía
la puerta abierta para ella. Él inmediatamente se encaminó hacia la parte de
atrás de la tienda para encontrar los cordones, y ella se quedó mirando los carretes.
Cuando sonó las nueve en el reloj, la tienda seguía abierta. Ella justamente se
preparaba para hacer su elección cuando divisó al hombre corpulento que la
había seguido al Rostabout entrando en la farmacia. Por un momento su mirada
fija se centró en ella, luego él miró fuera.
Su pulso se aceleró, e
inmediatamente lamentó su vestido amarillo conservador. Luego se le ocurrió que
tal vez podría amortizar este día, después de todo, pero tenía que actuar
rápidamente. ¿Qué cosa escandalosa podía hacer ella en una farmacia?
Su perro guardián fingía
estudiar un expositor de protectores solares. Sin darse tiempo para pensar,
ella agarró uno de los carritos de compras pequeños y voló hacía el primer
pasillo, su mirada vagando de izquierda a derecha. Cogió un libro, lo lanzó al
carro, y dobló alocadamente la esquina. Sus ojos automáticamente pasaron
rozando los estantes de champú. Divisó una botella de plástico y la echó
adentro. Sin más tiempo para considerarlo cuidadosamente, se dirigió al otro
pasillo y añadió más compras. No se trataba de tomar decisiones racionales;
simplemente se trataba de actuar. Más pasillos, más artículos, hasta que el
fondo de su carrito estaba lleno de cosas. El hombre corpulento la recorrió con
la mirada cuando ella llegó a su altura. Luego él caminó hacia la caja. Ella
necesitaba llegar primero para que él pudiera fijarse bien lo qué ella
compraba, y casi volcó el carrito en su prisa por llegar antes que él.
Estaba ligeramente jadeante
cuando finalmente llegó a la caja, donde había una chiquita joven de tez muy
blanca con pintalabios café oscuro. Sintió al perro guardián poniéndose detrás
de ella y empezó a descargar sus compras.
Se tomó su tiempo para
asegurarse que él pudiera las pudiera ver claramente. La cajera comenzó a mirar,
e hizo una pausa cuando comprendió lo que miraba.
Y contempló curiosamente a Rochi.
Aunque era difícil, Rochi
conservó la compostura.
—¿Añades un paquete de
Camel, por favor? —cogió un tabloide del estante de prensa con la imagen de
Elvis besando a la Princesa Diana—. Y Esto.
La cajera añadió los
cigarrillos, y Rochi se arriesgó a una mirada de reojo al hombre corpulento. Él
clavaba los ojos en sus compras.
Sus manos temblaban cuando
sacó la cartera para darle la tarjeta de crédito. ¿Había cambiado finalmente su
suerte? Seguramente esto sería suficiente para convencer a Beddington que
estaba cometiendo un error terrible.
La cajera metió todo en una
bolsa, y Rochi se quedó a esperar a Gastón. El hombre corpulento compró una
botella de bronceador y dejó la tienda. Ella le vio hacer una pausa afuera,
luego cruzar la calle, y apostaba todo lo que tenía que él estaría esperando en
el coche cuando salieran.
Gastón se acercó a la caja y
pagó sus cordones.
—Lamento haber tardado
tanto. Tuvieron que ir al almacén a buscar la longitud correcta —miró la
abultada bolsa que ella llevaba—. Eso son muchos carretes.
—Había más cosas que
necesitaba —ató bien las dos asas para que él no pudiera ver lo que había
dentro, y luego agarró la bolsa más cerca de su cuerpo.
Él la estudió durante un
momento, luego se movió hacía la puerta.
Cuando dejaron la tienda,
ella echó un vistazo alrededor buscando un Tauro verde oscuro, pero había
bastantes coches estacionados a lo largo de la calle, y no podía buscar sin
levantar sospechas. Calmándose, pues sabía que él estaba allí, lo cual quería
decir que era otra excelente oportunidad para ella. Su corazón corría
velozmente.
¡Ahora!
Cambiando de dirección
rápidamente, se tiró encima de Gastón. Él fue cogido por sorpresa, y se echó hacia
atrás sólo para chocar contra la pared de ladrillo que separaba la farmacia de
una tienda de limpieza en seco. Ignorando su gruñido de dolor, ella empujó su
cuerpo contra el de él. Su bolsa de compras aporreó su muslo cuando levantó el
brazo libre alrededor de su cuello y le besó tan lascivamente como pudo.
Sus palabras sonaban
amortiguadas cuando sus labios se movieron bajo los de ella.
—¿Qué demonios estás
haciendo?
—Te estoy besando —ella
conservó su boca pegada a la de él mientras hablaba y movía su cuerpo—. Pon tu
brazo a mi alrededor.
—¿Por qué actúas de esta
forma tan extraña?
—Porque ahora lo necesito.
—¿Por qué, qué? —él comenzó
a echar hacía atrás la cabeza, pero ella metió los dedos en su pelo
sujetándole. Sus dientes chocaron ruidosamente.
—Finge al menos que me
besas.
—¿Más órdenes, Rochi?
Ella podía sentir su
mandíbula tensa y sabía que su hábito de mando lo había hecho enfadar otra vez.
¿Por qué no había sido menos directa? Él se preparaba para apartarla, pero no
podía permitírselo... no cuando todo iba tan bien. Ella no le dejaría.
Ella suavizó su boca, abrió
los labios, y le dio todo lo que tenía.
Los segundos pasaron. Oh,
mi... Él realmente era un hombre inteligente.
No le había llevado más de
un segundo comprender la situación.
Sus manos empezaron a
moverse por su espalda y su boca complaciente respondía, abierta... Su lengua
se movió, tocó la suya, y ella se olvidó completamente de hombres corpulentos y
dar órdenes. En lugar de eso el mundo se abrió y se la tragó.
El pensamiento de que estaba
desnutrida llegó a ella mientras se deleitaba en su beso. Ella quería su boca
en todas partes... en sus senos, en su cintura, entre sus piernas. ¡Sí, ahí!
Quería todo él amándola, llenándola. Quería sentir su peso manteniéndola
sujeta, experimentar la sensación de la piel desnuda rozándose conjuntamente.
Hacían ruidos carnales,
ordinarios. Él estaba duro contra ella, listo para penetrar, y a ella le
gustaba tanto que casi sollozó cuando su mano le apretó el trasero.
Él la giró sin romper el
beso de modo que ella estuviera contra la pared, y su cuerpo la protegió de la
calle. Su mano resbaló bajo su vestido hacía su muslo. ¡Ella traía puestas
sandalias y nada de medias en esas piernas desnudas sublimes!
Sus dedos fuertes
acariciaron el interior del muslo. Ella abrió las piernas y le invitó a ese
lugar donde él tenía un sitio. Su mano fue allí, la ahuecó, y la frotó.
Un claxon de coche sonó con
gran estruendo.
Gastón retiró la mano de
debajo de su falda y respingó hacia atrás. Ella se apoyó contra la pared. Ambos
jadearon.
Él se pasó los dedos por el
pelo.
—Hostias.
La vista de su cara enojada
la derrotó. ¿Cómo podía él tener esa cara después de lo que acababan de
compartir?
Él agarró su codo y comenzó
a arrastrarla hacia el coche, su hermoso beso yaciendo en ruinas alrededor de
ellos.
—¡No quiero que me vuelvas a
hacer algo así otra vez!
Ella tenía que lanzar un
contraataque, pero estaba demasiado agotada para reunir las palabras justas. Él
la empujó dentro del coche y todavía echaba humo de cólera cuando entró el
mismo.
—¡Hemos estado a punto de
hacerlo! ¡Ahí mismo en mitad de la calle más transitada de Wynette, Texas! —el
Cadillac salió disparado de su plaza de estacionamiento—. Unos segundos más, y
tu falda hubiera estado por encima de tu cintura y mis pantalones con la
cremallera abierta, y no hagas intento de negarlo. ¡Maldita sea, Rochi! Te dije
ayer que tengo que mantenerme limpio para poder regresar al circuito, pero
aparentemente no me estabas escuchando. ¿O tal vez te has olvidado de que ésta
es la ciudad natal del comisionado y todo el mundo me conoce?
Ella no dijo nada.
Él entró disparado a la
carretera.
Gas se enojó pero bien que le hubiese gustado hacerlo... jajaja
ResponderEliminarApaa, estaban los dos re quenchis jajajajaja espero el otro cap!
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