Volví
la cabeza hacia el otro lado cerrando los ojos con fuerza.
—Aguanta.
Sé que tiene mal aspecto — masculló Lala.
—No
hace falta que me consueles —dije sintiéndome avergonzadísima — La herida eres
tú.
—Pero
sé que... asusta, sobre todo si no... estás acostumbrada. — Tragaba saliva
entre cada exhalación — Nunca habías visto... nada... igual.
Recordé
el aspecto que tenía Gastón después de la primera vez que lo mordí y cómo se
había desplomado como un fardo a mis pies.
—Supongo
que tengo que acostumbrarme.
Nos
encontramos con el señor Watanabe en el aparcamiento y él nos llevó inmediatamente
de regreso. Lala resultó tener únicamente una herida superficial, pero siguió
necesitando que le cogiera de la mano mientras el señor Watanabe se la cosía. Gastón
y los demás regresaron dos horas después; no tuve que preguntar cómo había ido
la cacería, porque Kate parecía abatida. Todo el mundo estaba exhausto y eso
que el sol justo acababa de salir.
Cuando
Gastón me abrazó, le susurré al oído:
—¿Ha
escapado?
Él
me rozó la mejilla con el dedo pulgar mientras asentía.
—Siempre
preocupándote de todo el mundo. —Me besó dulcemente en la frente delante de
todo el grupo, lo cual hizo sonreír a Lala por primera vez desde que salió del
hospital.
Después
la disciplina del grupo se rompió, o quizá sería más preciso decir que quedó en
suspenso. Kate no dio ninguna otra orden y, al parecer, no había nada más que
hacer hasta más tarde. Varios miembros del grupo se dirigieron de forma cansina
hasta una hilera de camastros de hierro colado. Kate encendió un hornillo y se
dispuso a cocinar el desayuno para unos cuantos, mientras el señor Watanabe
comenzó a catalogar metódicamente todas las armas. Gastón y yo acompañamos a Lala
hasta el camastro del cuarto de curas.
—Lo
siento — dijo cuando la ayudamos a acostarse. Sus trenzas parecían cuerdas
oscuras en la blanca funda de almohada.
—¿El
qué? — pregunté — No es culpa tuya.
—Ya,
pero ahora estoy ocupando el único sitio donde tú y Gastón podríais haber
estado solos. Es un coñazo para vosotros.
—Por
esta vez te perdono — dijo Gastón — ¿Quieres desayunar, Lala?
—Manda
a alguien con unas cuantas tortitas. Si no tienen, que se las inventen.
—Exagerando el gesto, Lala se puso perezosamente el brazo sano detrás de la
cabeza — ¿De qué sirve que te apuñalen si no puedes utilizarlo para hacer
chantaje emocional?
Mientras
Gastón iba a informar a Kate de que Lala quería desayunar, intenté asearme en
lo que pasaba por un baño. Era un cuartito de ladrillo gris próximo al cuarto
de curas, más minúsculo y tosco que los aseos de la mayoría de las
gasolineras. No había gran cosa que hacer conmigo, pero aun así me prendí el
broche en el jersey.
Cuando
salí, Gastón se alegró tanto de verlo que me sentí como si acabaran de peinarme
y maquillarme, o a lo mejor solo se había puesto así de contento por verme.
—Miraos
— El señor Watanabe se rió entre dientes. Afilaba un puñal pequeño con mucho
cuidado, escrutando el filo a través de sus gafas bifocales. Era extraño pensar
que alguien tan amable pudiera dedicarse a preparar armas para atacar
vampiros—. Me alegro de verte con una chica, Gastón. Un joven como tú debe
tener novia.
—Eso
no voy a discutírselo — Gastón me abrazó por detrás — Usted debía de tener que
quitárselas de encima cuando tenía mi edad ¿eh?
—Oh,
no. Yo no. Ya había conocido a mi Noriko — Los ojos se le dulcificaron al decir
su nombre — Después de la primera vez que la vi, todas las demás chicas del
mundo fue como si no existieran para mí. Quería estar con Noriko a todas
horas.
—Eso
es muy romántico — dije. Quise preguntarle dónde estaba Noriko, pero entonces
reparé en que, si perteneciera a la Cruz Negra, estaría allí. Puede que la razón de
que un caballero como él se hubiera unido a un grupo de cazadores de vampiros
fuera que su esposa se había topado con uno de esos vampiros criminales y
asesinos. Si te pasaba una cosa así, era fácil que eso te cegara y te dejara
con el único deseo de vengarte.
—El
tiempo que pasas con tus seres queridos no es nunca suficiente — dijo el señor
Watanabe mientras probaba el filo del puñal — Salid a dar una vuelta. Explorad
la ciudad. No
os preocupéis por nosotros. Deberíais disfrutar el uno del otro.
—Es
temprano — dijo Eduardo. Había rodeado la tela alquitranada que teníamos detrás
cuando yo no estaba mirando — No veo qué se puede hacer por ahí a estas horas.
Es más seguro si os quedáis aquí.
—Las
cafeterías están abiertas — Gastón me
cogió posesivamente de la mano — No estamos en aislamiento. Puedo ir si quiero.
Esa es la regla.
Eduardo
parecía querer discutir, pero, en cambio, dijo:
—Marchaos,
pues.
Éramos
libres, así que salimos afuera sin ningún propósito ni rumbo. Todo indicaba que
iba a ser un magnífico día de otoño, la clase de día en que el sol transforma
todos los colores de las hojas en distintas tonalidades de dorado. Ahora que
por fin volvíamos a estar solos, hubiera sido un buen momento para ponernos a
hablar de los asuntos secretos que teníamos pendientes de comentar, pero
hablamos de todo un poco menos de eso. Por extrañas que fueran nuestras vidas,
lo que compartíamos en aquel momento era lo más parecido a la «normalidad» que
podríamos tener jamás. Pasar un día juntos, sin nada de que preocuparnos, era
todo lo que podíamos esperar compartir, y yo no tenía ninguna intención de
desaprovecharlo.
En
la cafetería discutimos sobre si las galletas de chocolate eran mejores que el
bizcocho o viceversa, y nos turnamos para mojarlos en el café con leche.
Estuvimos
sentados en un banco de la plaza de Amherst durante un par de horas,
inventándonos historias sobre las personas que pasaban por delante: la mujer
de la chaqueta roja era una agente secreta y el hombre canoso que se estaba
subiendo a un coche próximo tenía los documentos confidenciales que ella
necesitaba para salvar el mundo. La anciana de la otra acera había sido
cabaretera en los años cincuenta y había bailado en Las Vegas con un tocado de
plumas y un biquini de lentejuelas. Sabíamos que nuestras vidas eran probablemente
más extrañas que nada de lo que pudiéramos inventar sobre cualquier otra
persona, pero eso no quitó diversión al juego.
En
la librería comparamos notas sobre nuestras novelas de infancia preferidas.
Resultó que a los dos nos había encantado Las crónicas de Narnia.
—Nunca
me di cuenta de que eran cristianos — confesé — Ahora me parece tan evidente
que me siento estúpida por no haberlo visto. Pero, ya sabes, no creo que mis
padres me hablaran mucho de la Iglesia.
Lo
había dicho para que Gastón se riera. En cambio, él me miró con expresión seria
y a mí me pareció detectar un atisbo de incertidumbre en sus ojos.
—
¿Te afectan ahora? Las cosas religiosas, quiero decir.
—¿Si
leo sobre ellas? No, ni probablemente lo harán nunca. Recuerdo a mi madre
leyéndonos La travesía del Viajero del Alba. El problema son los símbolos
visuales.
Estábamos
sentados en el suelo en la sección de libros de texto del piso inferior, lejos
de casi todos los clientes. Como las clases ya habían empezado, era poco
probable que nos interrumpiera algún estudiante, por lo que me arriesgué a
preguntarle:
—¿Has
notado algún cambio? Ya sabes... ¿poderes?
—Me
noto más fuerte y corro más deprisa. Uno o dos compañeros lo han comentado,
pero no sospechan nada. Solo creen que estoy entrenando duro. Me refiero a que
soy fuerte, pero no es que haga nada fuera de lo normal. La señora Bethany dijo
que empezaría a notar algunos inconvenientes además de ventajas, pero de
momento nada.
—Quizá
de momento no, pero pronto lo harás — En mi fuero interno se encendió una llama
de esperanza — Ya has dicho que te has planteado dejar la Cruz Negra.
—Sí,
pero no sé qué podría hacer después de eso. ¿Podría simplemente. .. ponerme a
trabajar? Esto es lo único que sé hacer, y no creo que lo mío tenga muchas
salidas profesionales — Suspiró — Rocío, ni siquiera he ido al instituto, a
menos que cuentes el año en Mandalay. He leído y estudiado por mi cuenta, pero
no es lo mismo. Todos estos manuales universitarios son como un mundo
desconocido para mí al que nunca podré acceder.
—Hay
formas de hacerlo sin ir al instituto. Podrías presentarte a un examen que
equivale al grado de secundaria; es fácil.
—¿Y
luego qué? No podría conseguir una beca, y mi madre jamás me pagaría los
estudios. Cualquier dinero que tenga es para la Cruz Negra. Ese es
el principio y el fin de la
historia. Puede que lograra salir adelante, pero... no sé.
—Tragó saliva y supe que había reflexionado mucho sobre aquello—. Supongo que
no he renunciado a la idea, pero no me parece probable.
Nada
de lo que le dijera le ayudaría a sentirse menos atrapado de lo que ya se
sentía; no tenía ninguna información que darle, ningún consuelo que brindarle,
así que me limité a cogerle de la mano.
—¿Qué
te gustaría estudiar en la universidad?
—Derecho,
creo.
—¿Derecho?
No te veo con un maletín y un traje elegante.
—Me
lo pondría si eso me permitiera poner a los malos entre rejas — Intentó sonreír
— En Mandalay llevé ese uniforme tan absurdo, ¿no?
—No
te rías. Yo tengo que seguir llevándolo.
Me
apartó un mechón de pelo de la mejilla.
—A
mí no me hace falta preguntártelo. Tú estudiarías astronomía — Asentí — ¿Qué
es lo que te gusta tanto de la astronomía? Me has enseñado todas las
constelaciones que hay, pero nunca me has dicho por qué observas las estrellas.
Me
abracé las piernas y apoyé la barbilla en las rodillas, reflexionando. Aunque
sabía la respuesta, era importante que se la dijera de un modo que él pudiera
entender.
—Mis
padres, en cuanto creyeron que podía guardar un secreto, me hablaron de cuál
era realmente mi condición cuando yo era muy pequeña. Hicieron que pareciera
algo especial. Una gran aventura. Yo creí que era como en los cuentos de hadas,
cuando la chica que barre su casita descubre que es una princesa y que un día
el príncipe va a ir a buscarla. Creí que mi secreto era mágico.
Gastón
pareció querer hacerme una pregunta, pero debió de ver que me estaba costando
encontrar las palabras justas, porque me observó en silencio.
—La
primera vez que me di cuenta de que no era ni mágico ni divertido, la primera
vez que supe que había algo malo en ser... — Miré a mi alrededor. Aquella zona
de la librería seguía vacía, pero, de todos modos, evité decir la palabra
«vampiro» —... algo malo en ser eso, fue la primera vez que supe que yo no me
moriría nunca, pero que todos mis amigos de Arrowwood sin excepción sí lo
harían. Se harían viejos y se irían, y yo me quedaría sola. Eso me asustó,
porque me di cuenta de que, de todas las personas que quería en el mundo,
serían poquísimas las que podría conservar.
Dulcemente,
Gastón me puso una mano en la mejilla. Tragué saliva para deshacer el nudo que
me notaba en la garganta antes de continuar.
—De
manera que intenté pensar en lo que sí podría conservar. En si había algo que
estaría siempre conmigo.
—Las
estrellas — dijo Gastón — Supiste que siempre te quedarían las estrellas.
Asentí
y supe que Gastón lo había entendido todo. Me tomó en sus brazos y me estrechó
con tanta fuerza que por un momento creí que él también estaría siempre
conmigo.
Esa
tarde, Gastón me llevó de regreso a la Academia Mandalay en la vieja camioneta
de Kate. Llegamos cuando atardecía, aunque hacía tan mal tiempo que casi
parecía de noche. La niebla se había cernido sobre las colinas, impidiendo ver
a más de unos metros de distancia y pintando el mundo de un gris blanquecino.
No era que Gastón pudiera llevarme hasta la misma puerta, pero paró en una
carretera secundaria junto al bosque que bordeaba el internado. Desde allí, era
fácil volver andando, a lo sumo un trayecto de diez minutos a pie. Yo sabía que
pronto tendría que disimular para evitar que Candela me hiciera preguntas,
pero apuré en los brazos de Gastón el mayor tiempo posible. Nos besamos hasta
que las ventanillas de la camioneta se empañaron por dentro y deseé que aquello
no se terminara nunca. Pero notaba la proximidad de Mandalay, como si la sombra
del edificio estuviera proyectándose sobre nosotros.
—No
puedo pasarme otros seis meses sin verte — murmuró Gastón con la boca pegada a
mi pelo — Tenemos que vernos pronto.
—Cuando
quieras, ya lo sabes. Envíame un correo electrónico. Puedo darte mi cuenta de
Hotmail. No creo que la
señora Bethany tenga la contraseña.
—No
dará resultado. No nos dejan tener ordenadores portátiles ni nada parecido, no
desde hace tres años, cuando nos sorprendieron un par de vampiros que habían
aprendido a piratear la red.
—Gastón
suspiró — Podría intentar ir a la biblioteca de vez en cuando, pero nunca sé
cuándo van a ponernos en aislamiento. Cuando eso ocurre, tenemos que quedarnos
en la base y no podemos salir bajo ningún concepto.
—Entonces,
¿cómo se supone que vamos a vernos?
—Concertaremos
cada cita sobre la
marcha. Esta vez decidimos dónde nos vemos la próxima. La próxima,
decidimos la siguiente. Y acudimos a la cita. Pase lo que pase. No podemos fallar.
—Sé
que podemos hacerlo. Y el mes próximo nos viene que ni pintado — dije. Cuando Gastón
me miró sin comprender, le di un suave puñetazo en el hombro — Riverton. Mandalay
tiene programado un fin de semana en Riverton en noviembre. ¿Te acuerdas?
—Por
supuesto; es perfecto — Gastón sonrió encantado con la idea y luego vaciló — Pero
va a haber mucha gente que puede reconocerme.
—No
si nos citamos en un sitio apartado. ¿Qué te parece en la orilla del río? A
nadie se le va a ocurrir pasearse por ahí salvo a Nicolás, y si Nicolás te ve,
no va a ser el fin del mundo.
—Preferiría
mantener a Nicolás al margen de todo esto por su propio bien, pero, sí,
podemos hacerlo. Además, lo más probable es que se quede en el restaurante.
Encantada
con nuestra solución, volví a besarlo. Gastón me tuvo abrazada durante varios
largos minutos. Ojalá pudiéramos pasar más tiempo a solas... ¿Habría algún
sitio en Riverton? Tendría que pensar en algo.
La
niebla se había espesado incluso más y supe que la noche estaba al caer.
—Tengo
que irme — dije — Debería haberlo hecho hace un rato.
—Anda,
date prisa. Esto no es una despedida, no por mucho tiempo.
Nos
besamos una vez más y él me puso una mano en el corazón. Yo me estremecí,
pero, no sé cómo, logré apartarme de él, bajar de la camioneta y echar a
correr. A mis espaldas, oí el motor poniéndose en marcha, las ruedas
alejándose.
«Se
ha ido.» El corazón me dolía y dejé de correr para mirar atrás mientras las
luces traseras de la camioneta se perdían en la niebla.
Detrás
de mí, una voz grave dijo:
—Supongo
que no tengo que preguntarte quién era.
Di
media vuelta y me encontré con Victorio…
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