miércoles, 16 de enero de 2013

Capitulo 007 - Segunda Parte (LIBRO 02)

«Basta.»

Volví la cabeza hacia el otro lado cerrando los ojos con fuerza.
—Aguanta. Sé que tiene mal aspecto — masculló Lala.
—No hace falta que me consueles —dije sintiéndome avergon­zadísima — La herida eres tú.
—Pero sé que... asusta, sobre todo si no... estás acostumbra­da. — Tragaba saliva entre cada exhalación — Nunca habías vis­to... nada... igual.
Recordé el aspecto que tenía Gastón después de la primera vez que lo mordí y cómo se había desplomado como un fardo a mis pies.
—Supongo que tengo que acostumbrarme.

Nos encontramos con el señor Watanabe en el aparcamiento y él nos llevó inmediatamente de regreso. Lala resultó tener única­mente una herida superficial, pero siguió necesitando que le co­giera de la mano mientras el señor Watanabe se la cosía. Gastón y los demás regresaron dos horas después; no tuve que preguntar cómo había ido la cacería, porque Kate parecía abatida. Todo el mundo estaba exhausto y eso que el sol justo acababa de salir.
Cuando Gastón me abrazó, le susurré al oído:
—¿Ha escapado?
Él me rozó la mejilla con el dedo pulgar mientras asentía.
—Siempre preocupándote de todo el mundo. —Me besó dul­cemente en la frente delante de todo el grupo, lo cual hizo sonreír a Lala por primera vez desde que salió del hospital.
Después la disciplina del grupo se rompió, o quizá sería más preciso decir que quedó en suspenso. Kate no dio ninguna otra orden y, al parecer, no había nada más que hacer hasta más tarde. Varios miembros del grupo se dirigieron de forma cansina hasta una hilera de camastros de hierro colado. Kate encendió un hor­nillo y se dispuso a cocinar el desayuno para unos cuantos, mien­tras el señor Watanabe comenzó a catalogar metódicamente todas las armas. Gastón y yo acompañamos a Lala hasta el camastro del cuarto de curas.
—Lo siento — dijo cuando la ayudamos a acostarse. Sus tren­zas parecían cuerdas oscuras en la blanca funda de almohada.
—¿El qué? — pregunté — No es culpa tuya.
—Ya, pero ahora estoy ocupando el único sitio donde tú y Gastón podríais haber estado solos. Es un coñazo para vosotros.
—Por esta vez te perdono — dijo Gastón — ¿Quieres desayunar, Lala?
—Manda a alguien con unas cuantas tortitas. Si no tienen, que se las inventen. —Exagerando el gesto, Lala se puso perezosa­mente el brazo sano detrás de la cabeza — ¿De qué sirve que te apuñalen si no puedes utilizarlo para hacer chantaje emocional?

Mientras Gastón iba a informar a Kate de que Lala quería de­sayunar, intenté asearme en lo que pasaba por un baño. Era un cuartito de ladrillo gris próximo al cuarto de curas, más mi­núsculo y tosco que los aseos de la mayoría de las gasolineras. No había gran cosa que hacer conmigo, pero aun así me prendí el bro­che en el jersey.
Cuando salí, Gastón se alegró tanto de verlo que me sentí como si acabaran de peinarme y maquillarme, o a lo mejor solo se había puesto así de contento por verme.
—Miraos — El señor Watanabe se rió entre dientes. Afilaba un puñal pequeño con mucho cuidado, escrutando el filo a través de sus gafas bifocales. Era extraño pensar que alguien tan amable pu­diera dedicarse a preparar armas para atacar vampiros—. Me ale­gro de verte con una chica, Gastón. Un joven como tú debe tener novia.
—Eso no voy a discutírselo — Gastón me abrazó por detrás — Usted debía de tener que quitárselas de encima cuando tenía mi edad ¿eh?
—Oh, no. Yo no. Ya había conocido a mi Noriko — Los ojos se le dulcificaron al decir su nombre — Después de la primera vez que la vi, todas las demás chicas del mundo fue como si no existie­ran para mí. Quería estar con Noriko a todas horas.
—Eso es muy romántico — dije. Quise preguntarle dónde esta­ba Noriko, pero entonces reparé en que, si perteneciera a la Cruz Negra, estaría allí. Puede que la razón de que un caballero como él se hubiera unido a un grupo de cazadores de vampiros fuera que su esposa se había topado con uno de esos vampiros criminales y asesinos. Si te pasaba una cosa así, era fácil que eso te cegara y te dejara con el único deseo de vengarte.
—El tiempo que pasas con tus seres queridos no es nunca sufi­ciente — dijo el señor Watanabe mientras probaba el filo del pu­ñal — Salid a dar una vuelta. Explorad la ciudad. No os preocu­péis por nosotros. Deberíais disfrutar el uno del otro.
—Es temprano — dijo Eduardo. Había rodeado la tela alqui­tranada que teníamos detrás cuando yo no estaba mirando — No veo qué se puede hacer por ahí a estas horas. Es más seguro si os quedáis aquí.
—Las cafeterías están abiertas —  Gastón me cogió posesiva­mente de la mano — No estamos en aislamiento. Puedo ir si quie­ro. Esa es la regla.
Eduardo parecía querer discutir, pero, en cambio, dijo:
—Marchaos, pues.
Éramos libres, así que salimos afuera sin ningún propósito ni rumbo. Todo indicaba que iba a ser un magnífico día de otoño, la clase de día en que el sol transforma todos los colores de las hojas en distintas tonalidades de dorado. Ahora que por fin volvíamos a estar solos, hubiera sido un buen momento para ponernos a hablar de los asuntos secretos que teníamos pendientes de comentar, pero hablamos de todo un poco menos de eso. Por extrañas que fueran nuestras vidas, lo que compartíamos en aquel momento era lo más parecido a la «normalidad» que podríamos tener jamás. Pasar un día juntos, sin nada de que preocuparnos, era todo lo que podía­mos esperar compartir, y yo no tenía ninguna intención de desa­provecharlo.

En la cafetería discutimos sobre si las galletas de chocolate eran mejores que el bizcocho o viceversa, y nos turnamos para mo­jarlos en el café con leche.
Estuvimos sentados en un banco de la plaza de Amherst durante un par de horas, inventándonos historias sobre las personas que pa­saban por delante: la mujer de la chaqueta roja era una agente secre­ta y el hombre canoso que se estaba subiendo a un coche próximo te­nía los documentos confidenciales que ella necesitaba para salvar el mundo. La anciana de la otra acera había sido cabaretera en los años cincuenta y había bailado en Las Vegas con un tocado de plumas y un biquini de lentejuelas. Sabíamos que nuestras vidas eran proba­blemente más extrañas que nada de lo que pudiéramos inventar so­bre cualquier otra persona, pero eso no quitó diversión al juego.
En la librería comparamos notas sobre nuestras novelas de in­fancia preferidas. Resultó que a los dos nos había encantado Las crónicas de Narnia.
—Nunca me di cuenta de que eran cristianos — confesé — Aho­ra me parece tan evidente que me siento estúpida por no haberlo visto. Pero, ya sabes, no creo que mis padres me hablaran mucho de la Iglesia.
Lo había dicho para que Gastón se riera. En cambio, él me miró con expresión seria y a mí me pareció detectar un atisbo de incertidumbre en sus ojos.
— ¿Te afectan ahora? Las cosas religiosas, quiero decir.
—¿Si leo sobre ellas? No, ni probablemente lo harán nunca. Recuerdo a mi madre leyéndonos La travesía del Viajero del Alba. El problema son los símbolos visuales.
Estábamos sentados en el suelo en la sección de libros de texto del piso inferior, lejos de casi todos los clientes. Como las clases ya habían empezado, era poco probable que nos interrumpiera algún estudiante, por lo que me arriesgué a preguntarle:
—¿Has notado algún cambio? Ya sabes... ¿poderes?
—Me noto más fuerte y corro más deprisa. Uno o dos compa­ñeros lo han comentado, pero no sospechan nada. Solo creen que estoy entrenando duro. Me refiero a que soy fuerte, pero no es que haga nada fuera de lo normal. La señora Bethany dijo que em­pezaría a notar algunos inconvenientes además de ventajas, pero de momento nada.
—Quizá de momento no, pero pronto lo harás — En mi fuero interno se encendió una llama de esperanza — Ya has dicho que te has planteado dejar la Cruz Negra.
—Sí, pero no sé qué podría hacer después de eso. ¿Podría sim­plemente. .. ponerme a trabajar? Esto es lo único que sé hacer, y no creo que lo mío tenga muchas salidas profesionales — Suspiró — Rocío, ni siquiera he ido al instituto, a menos que cuentes el año en Mandalay. He leído y estudiado por mi cuenta, pero no es lo mismo. Todos estos manuales universitarios son como un mundo desconocido para mí al que nunca podré acceder.
—Hay formas de hacerlo sin ir al instituto. Podrías presentarte a un examen que equivale al grado de secundaria; es fácil.
—¿Y luego qué? No podría conseguir una beca, y mi madre ja­más me pagaría los estudios. Cualquier dinero que tenga es para la Cruz Negra. Ese es el principio y el fin de la historia. Puede que lo­grara salir adelante, pero... no sé. —Tragó saliva y supe que había reflexionado mucho sobre aquello—. Supongo que no he renun­ciado a la idea, pero no me parece probable.
Nada de lo que le dijera le ayudaría a sentirse menos atrapado de lo que ya se sentía; no tenía ninguna información que darle, nin­gún consuelo que brindarle, así que me limité a cogerle de la mano.
—¿Qué te gustaría estudiar en la universidad?
—Derecho, creo.
—¿Derecho? No te veo con un maletín y un traje elegante.
—Me lo pondría si eso me permitiera poner a los malos entre rejas — Intentó sonreír — En Mandalay llevé ese uniforme tan absurdo, ¿no?
—No te rías. Yo tengo que seguir llevándolo.
Me apartó un mechón de pelo de la mejilla.
—A mí no me hace falta preguntártelo. Tú estudiarías astrono­mía — Asentí — ¿Qué es lo que te gusta tanto de la astronomía? Me has enseñado todas las constelaciones que hay, pero nunca me has dicho por qué observas las estrellas.
Me abracé las piernas y apoyé la barbilla en las rodillas, refle­xionando. Aunque sabía la respuesta, era importante que se la di­jera de un modo que él pudiera entender.
—Mis padres, en cuanto creyeron que podía guardar un secre­to, me hablaron de cuál era realmente mi condición cuando yo era muy pequeña. Hicieron que pareciera algo especial. Una gran aventura. Yo creí que era como en los cuentos de hadas, cuando la chica que barre su casita descubre que es una princesa y que un día el príncipe va a ir a buscarla. Creí que mi secreto era mágico.
Gastón pareció querer hacerme una pregunta, pero debió de ver que me estaba costando encontrar las palabras justas, porque me observó en silencio.
—La primera vez que me di cuenta de que no era ni mágico ni divertido, la primera vez que supe que había algo malo en ser... — Miré a mi alrededor. Aquella zona de la librería seguía vacía, pero, de todos modos, evité decir la palabra «vampiro» —... algo malo en ser eso, fue la primera vez que supe que yo no me moriría nunca, pero que todos mis amigos de Arrowwood sin excepción sí lo harían. Se harían viejos y se irían, y yo me quedaría sola. Eso me asustó, porque me di cuenta de que, de todas las personas que que­ría en el mundo, serían poquísimas las que podría conservar.
Dulcemente, Gastón me puso una mano en la mejilla. Tragué saliva para deshacer el nudo que me notaba en la garganta antes de continuar.
—De manera que intenté pensar en lo que sí podría conservar. En si había algo que estaría siempre conmigo.
—Las estrellas — dijo Gastón — Supiste que siempre te queda­rían las estrellas.
Asentí y supe que Gastón lo había entendido todo. Me tomó en sus brazos y me estrechó con tanta fuerza que por un momento creí que él también estaría siempre conmigo.

Esa tarde, Gastón me llevó de regreso a la Academia Mandalay en la vieja camioneta de Kate. Llegamos cuando atardecía, aunque ha­cía tan mal tiempo que casi parecía de noche. La niebla se había cernido sobre las colinas, impidiendo ver a más de unos metros de distancia y pintando el mundo de un gris blanquecino. No era que Gastón pudiera llevarme hasta la misma puerta, pero paró en una carretera secundaria junto al bosque que bordeaba el internado. Desde allí, era fácil volver andando, a lo sumo un trayecto de diez minutos a pie. Yo sabía que pronto tendría que disimular para evi­tar que Candela me hiciera preguntas, pero apuré en los brazos de Gastón el mayor tiempo posible. Nos besamos hasta que las venta­nillas de la camioneta se empañaron por dentro y deseé que aque­llo no se terminara nunca. Pero notaba la proximidad de Mandalay, como si la sombra del edificio estuviera proyectándose sobre nosotros.
—No puedo pasarme otros seis meses sin verte — murmuró Gastón con la boca pegada a mi pelo — Tenemos que vernos pronto.
—Cuando quieras, ya lo sabes. Envíame un correo electrónico. Puedo darte mi cuenta de Hotmail. No creo que la señora Bethany tenga la contraseña.
—No dará resultado. No nos dejan tener ordenadores portáti­les ni nada parecido, no desde hace tres años, cuando nos sorpren­dieron un par de vampiros que habían aprendido a piratear la red.
—Gastón suspiró — Podría intentar ir a la biblioteca de vez en cuan­do, pero nunca sé cuándo van a ponernos en aislamiento. Cuando eso ocurre, tenemos que quedarnos en la base y no podemos salir bajo ningún concepto.
—Entonces, ¿cómo se supone que vamos a vernos?
—Concertaremos cada cita sobre la marcha. Esta vez decidi­mos dónde nos vemos la próxima. La próxima, decidimos la si­guiente. Y acudimos a la cita. Pase lo que pase. No podemos fallar.
—Sé que podemos hacerlo. Y el mes próximo nos viene que ni pintado — dije. Cuando Gastón me miró sin comprender, le di un suave puñetazo en el hombro — Riverton. Mandalay tiene pro­gramado un fin de semana en Riverton en noviembre. ¿Te acuerdas?
—Por supuesto; es perfecto — Gastón sonrió encantado con la idea y luego vaciló — Pero va a haber mucha gente que puede recono­cerme.
—No si nos citamos en un sitio apartado. ¿Qué te parece en la orilla del río? A nadie se le va a ocurrir pasearse por ahí salvo a Nicolás, y si Nicolás te ve, no va a ser el fin del mundo.
—Preferiría mantener a Nicolás al margen de todo esto por su pro­pio bien, pero, sí, podemos hacerlo. Además, lo más probable es que se quede en el restaurante.
Encantada con nuestra solución, volví a besarlo. Gastón me tuvo abrazada durante varios largos minutos. Ojalá pudiéramos pasar más tiempo a solas... ¿Habría algún sitio en Riverton? Tendría que pensar en algo.
La niebla se había espesado incluso más y supe que la noche es­taba al caer.
—Tengo que irme — dije — Debería haberlo hecho hace un rato.
—Anda, date prisa. Esto no es una despedida, no por mucho tiempo.
Nos besamos una vez más y él me puso una mano en el cora­zón. Yo me estremecí, pero, no sé cómo, logré apartarme de él, bajar de la camioneta y echar a correr. A mis espaldas, oí el motor poniéndose en marcha, las ruedas alejándose.
«Se ha ido.» El corazón me dolía y dejé de correr para mirar atrás mientras las luces traseras de la camioneta se perdían en la niebla.
Detrás de mí, una voz grave dijo:
—Supongo que no tengo que preguntarte quién era.
Di media vuelta y me encontré con Victorio…

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