Nueva Orleáns
1900
Simón estaba ebrio, y
así lo prefería. Tenía una ramera medio desnuda en el regazo y las manos
hundidas en sus pesados senos. El viejo pianista negro estaba interpretando una
melodía alegre y la música se mezclaba agradablemente en su cabeza con las
risas femeninas.
El humo de los puros
perforaba el aire, despertando en él una ligera necesidad de tabaco. Con todo,
no podía reunir la energía necesaria para aspirar un puro, ni para arrastrar a
la fulana al piso de arriba.
El hecho de que
estuviera una vez más arruinado no le preocupaba en exceso. Frecuentaba este
prostíbulo y siempre conseguía reunir fondos suficientes para pagar su cuenta.
Aquí gozaba de prestigio, por el momento.
Había elegido a esa
prostituta porque era rubia, de figura exuberante y cerebro ausente. Sabía que
cuando la montara no vería la cara de Valeria, sus ojos fijos en él.
Esta vez no.
Bebió otro trago de
bourbon y le pellizcó un pezón. La rubia aulló y le golpeó juguetonamente la
mano. Simón estaba sonriendo cuando Ramiro entró.
—Mi santo hermano.
—Aunque arrastraba las palabras, había rencor en su lengua. Volvió a darle al
whisky mientras veía a Ramiro negar con la cabeza a una pelirroja que se le
había acercado.
Pálido, rubio,
parecía perfecto, pensó Simón, a través del humo, contra los colores chillones,
en medio del alboroto.
Y se preguntó si Caín
había mirado a Abel y sentido un odio tan vehemente como el que sentía él
ahora.
Meneando a la rubia
sobre la rodilla, estrujándole el pecho, aguardó a que Ramiro explorara el salón.
Cuando sus ojos se encontraron —unos ojos idénticos— se produjo una colisión. Simón
juraría que la había oído en su cabeza. Como el sonido de dos espadas
combativas.
—¿Qué ocurre?
—preguntó cuando tuvo a Ramiro delante—. ¿Te has rebajado finalmente al nivel
del resto de los humanos? Mi hermano necesita una copa. ¡Una copa y una mujer
para mon frére!—gritó—. Aunque dudo que sepa qué hacer con ellas.
—Eres una vergüenza
para ti mismo y para tu familia, Simón. Me han enviado para que te lleve a
casa.
—A mí no me
avergüenza pagar a una ramera. —Simón dejó el vaso y pasó una mano por el muslo
de la rubia—. Claro que si me hubiera casado con una, sería diferente. Pero tú
te me adelantaste, hermano, como en muchas otras cosas.
La cara de Ramiro
palideció.
—No permitiré que
hables de ella en este lugar.
—Mi hermano se casó
con una zorra de los pantanos —dijo Simón despreocupadamente, tirando de la
rubia cuando esta intentó escabullirse. Notaba los latidos de su corazón, el
miedo que generaba en ella el enfrentamiento con su hermano.
Y ese miedo lo
excitaba como no lo habían excitado las promesas que ella le había susurrado al
oído.
—Ramiro, orgullo de
los Ordóñez, trajo a su ramera a nuestra casa y ahora languidece y lloriquea
porque lo dejó por otro y le encasquetó su hija bastarda.
Tenía que creerlo.
Durante el invierno había ahogado en un mar de whisky la mirada pétrea de Valeria,
el sonido de su cuerpo al hundirse en las aguas del bayou.
Tenía que creerlo, o
enloquecer.
—Allez —ordenó Ramiro
a la rubia—. Vete.
—Me gusta donde está.
—Simón estrujó los brazos de la mujer cuando esta forcejeó.
Ni uno ni otro notó
que la estancia quedaba en silencio, que las notas del piano morían y las risas
se apagaban. Ramiro arrancó a la rubia del regazo de Simón. Esta salió disparada
al tiempo que Ramiro despegaba a su hermano de la silla.
—Caballeros. —La
dueña del local se acercó. La seguía un hombre corpulento vestido con un traje
impecable—. No queremos problemas, señor Simón —dijo con voz melosa, deslizando
una mano íntima por la mejilla de Simón. Su mirada, no obstante, era fría como
el hielo—. Vaya con su hermano, mon cher ami. Este no es lugar para reyertas
familiares.
—Tiene razón. Le pido
disculpas. —Simón le besó la mano. Luego se volvió y embistió a Ramiro.
La mesa y la lámpara
sobre las que cayeron se hicieron añicos. La gente huía y las mujeres gritaban
mientras ellos rodaban por el suelo, se propinaban puñetazos y se mordían como
perros, dejando brotar la violencia de toda una vida.
El vigilante agarró a
Simón del cogote, lo llevó hasta la puerta y lo expulsó de un empujón. Ramiro
apenas había logrado ponerse a cuatro patas cuando notó que lo levantaban.
Maldiciones y gritos
lo siguieron hasta la salida. Y la rabia quedó sofocada por la humillación.
Sacudió la cabeza y se levantó.
Miró a su hermano,
ese reflejo de sí mismo, y sintió una vergüenza diferente.
—Mira hasta dónde
hemos llegado —dijo con tono cansado—. Ahora nos peleamos en burdeles y nos
arrastramos por las cunetas. Quiero paz entre nosotros, Simón. Dios sabe que no
encuentro la paz en ningún otro lugar.
Ofreció una mano a su
hermano para ayudarlo a levantarse.
Pero la vergüenza de Simón
tenía otro color. Era negra.
Más tarde no
recordaría haber extraído el cuchillo de su bota. El alcohol, la ira y el remordimiento
lo cegaban.
Tampoco recordaría
haberse levantado y arremetido contra Ramiro.
Notó, con un regocijo
demencial, cómo la hoja rebanaba la carne de su hermano. Y sus labios se
curvaron, sus ojos enloquecieron, cuando aspiró el olor de la sangre.
Forcejearon, Ramiro a
través del dolor y el espanto, Simón a través de la bruma oscura, con la
empuñadura del cuchillo resbalando de todas las manos.
Y el horror paralizó
a Ramiro cuando los ojos de Simón se abrieron como platos al percatarse de que
la punta asesina giraba y entraba en él.
—Mére de Dieu
—murmuró Simón antes de contemplar la sangre que cubría su pecho—. Me has
matado.
Ordóñez Hall
2002
El calor había
embestido desde el sur. Gastón tenía la sensación de que hasta el aire sudaba.
Por las mañanas y por las noches, cuando el calor resultaba soportable,
trabajaba fuera. Por las tardes buscaba las zonas más frescas de la casa.
No era un sistema muy
enciente arrastrar las herramientas de un lado a otro, pero estaba avanzando.
No telefoneaba a Rocío.
Suponía que necesitaba tranquilidad. Pero pensaba en ella constantemente.
Pensaba en ella
cuando clavaba tablones, cuando examinaba muestras de pintura, cuando instalaba
ventiladores.
Y pensaba en ella
cuando despertaba en medio de la noche para descubrirse acurrucado sobre la
hierba, en la margen del estanque, con el reloj de Ramiro encerrado en un puño
y el rostro bañado en lágrimas.
Durante el día se
esforzaba por no pensar en su sonambulismo. Pero no podía dejar de pensar en
ella.
Un día más, se ordenó
mientras se retiraba el sudor de la cara. Luego iría a la ciudad y aporrearía
su puerta. Si tenía que arrinconarla para obligarla a hablar, lo haría.
La boda de Victorio
estaba cerca. Eso significaba que no solo vería a su mejor amigo contraer
matrimonio, sino... que sus padres vendrían a la ciudad.
Se alegraba
enormemente de que hubieran rechazado la invitación de hospedarse en su casa.
Sería mucho más conveniente para todos que se alojaran en una agradable suite
de hotel.
En cualquier caso,
estaba decidido a terminar las terrazas y una de las habitaciones de invitados.
De ese modo, la casa les impresionaría cuando se acercaran en coche y él podría
demostrar que tenía la habitación que les había ofrecido.
Su madre la buscaría
para comprobarlo. Era un hecho.
Bajó de la escalera,
bebió agua fría y se echó el resto por la cabeza. Refrescado, se alejó de la
casa y se volvió para contemplar su obra.
Notando ya el vapor
de las gotas, esbozó una sonrisa.
—No está mal —dijo en
voz alta—. No está nada mal para un aficionado yanqui.
Había terminado la
doble escalinata que ascendía por ambos lados de la terraza del primer piso. Su
elegancia le hacía olvidar todos los arañazos, cortes y horas de trabajo.
Sería, se dijo, su
orgullo y su alegría.
Ya solo le quedaba
sobornar a los pintores para que trabajaran durante esta ola de calor. O rezar
para que cambiara el tiempo.
Sea como fuere, no
pensaba esperar a tener acabada la parte trasera de la casa. Quería la fachada
pintada, quería estar donde estaba ahora y verla brillar de un blanco nupcial.
Por puro placer,
subió lentamente por el lado derecho de la escalera, cruzó la terraza y bajó
lentamente por el izquierdo. Le gustó tanto que lo repitió.
Luego buscó el móvil
en su caja de herramientas y telefoneó a Rocío.
Tenía que compartir
su alegría con ella. ¿Qué importaba si se adelantaba un día?
El teléfono estaba
sonando en el apartamento de Rocío cuando Gastón levantó la vista y vio a
Lilibeth cruzar el jardín. Cortó la conexión, se levantó y devolvió el móvil a
la caja de herramientas.
—Este calor te deja
hecha polvo.
Lilibeth sonrió y,
pestañeando, se abanicó la cara con una mano. Gastón observó que lucía las
pulseras de Esperanza.
—Y aún no son ni las
doce. Pero mírate —prosiguió Lilibeth con un lento ronroneo. Se detuvo frente a
Gastón y le pasó un dedo por el torso desnudo.
—Estás empapado.
—Una ducha
improvisada. —Instintivamente, Gastón dio un paso atrás y el dedo se separó de
su piel—.¿Qué puedo hacer por usted, señorita Igarzábal?
—Por lo pronto,
puedes empezar por tutearme y llamarme Lilibeth. Después de todo, eres amigo de
mi madre. .. y de mi pequeña.
Retrocedió y,
abriendo los ojos de par en par, dejó que recorrieran la casa.
—Casi no puedo creer
lo que has hecho con esta vieja mansión. Debes de ser muy listo, Gastón. Puedo
llamarte Gastón, ¿verdad? —preguntó coquetamente.
—Claro —respondió Gastón—.
No hay que ser muy listo. Solo hay que tener tiempo.
Y dinero, pensó ella.
Mucho dinero.
—Oh, no seas modesto
conmigo. Es un milagro lo que estás haciendo. Espero que no sea mucho fastidio
para ti enseñarme un poquito el interior. Y no me iría nada mal algo frío. La
caminata me ha dejado seca.
Gastón no la quería
dentro de la casa. Más que rechazo, sentía una suerte de temor primitivo. Pero,
por muchas cosas que fuera, también era la madre de Rocío, y la suya le había
enseñado modales.
—Por supuesto. Tengo
té frío.
—No se me ocurre nada
mejor.
Lilibeth siguió a Gastón
hasta la puerta y sonrió encantada cuando la invitó a entrar primero. Al pasar
dejó que su cuerpo rozara casi imperceptiblemente el de él, luego se detuvo en
medio del gran vestíbulo y soltó una exclamación.
No tenía que fingir
su sorpresa ni su asombro. Ya había estado antes en esa casa. Victorio y Gastón
no habían sido los primeros en pillar una curda y entrar furtivamente en Ordóñez
Hall.
Nunca le había
gustado. La casa le producía escalofríos, con tantas sombras y tanto polvo, con
tantas telarañas y la pérdida de glamour.
Pero ahora rebosaba
de luz y esplendor. Suelos lustrosos, paredes lustrosas. Los muebles antiguos
no le entusiasmaban, pero estaba segura de que habían costado una buena pasta.
El dinero viejo
compraba y mantenía cosas viejas.
Era algo que no
entendía, con la de cosas nuevas y llamativas que había en el mundo.
—Caray, cielo, esto
parece un museo. Sencillamente un museo —repitió antes de entrar en el salón.
Prefería la ciudad,
donde estaba la acción, pero se daba cuenta de que una mujer podía vivir como
una reina en esta casa. Y traerse la acción cuando gustase.
—Jesús, ¿dije que
eras listo? Pero si eres un genio. Qué bonito y qué nuevo lo tienes todo. —Se
volvió hacia Gastón—. Debes de estar muy orgulloso.
—El trabajo es lento
pero seguro. La cocina está por aquí. Sígame y le serviré un vaso de té frío.
—Será un placer, pero
no me des prisa. —Lilibeth deslizó una mano por el brazo de Gastón y la mantuvo
allí mientras caminaba por el vestíbulo—. Estoy maravillada con lo que le has
hecho a esta casa. Mamá me contó que solo llevas unos meses.
—Es posible avanzar
mucho si te ciñes al plan.
Y puesto que él
parecía estar ceñido a ese momento, se aguantó las ganas de sacar a Lilibeth de
allí. Así pues, cuando entraron en la biblioteca y esta se puso a ronronear,
aprovechó la oportunidad para estudiarla.
No podía ver a Rocío
en ella. Probablemente existían ciertas similitudes, pero Rocío poseía un
cuerpo compacto y sensual, mientras que el de Lilibeth se había ido desgastando
con el tiempo y el abuso.
El hecho de exhibirlo
en unos diminutos pantalones cortos de color rojo y una camiseta ajustada solo
conseguían darle un aspecto patético y chabacano, como una muñeca vieja
maquillada para una última noche de carnaval. Gastón sintió compasión por esa
mujer que buscaba aprobación y atención tratando de exhibir un atractivo sexual
que ya había perdido.
Llevaba una gruesa
capa de maquillaje y el calor no había sido amable con ella. La cara parecía
cetrina y falsa bajo todo ese color prestado. Por el pelo encrespado asomaban
raíces blancas.
Para cuando entraron
en la cocina, a Gastón le inspiraba demasiada lástima para detestarla.
—Siéntese —le dijo—.
Le serviré algo de beber.
Y ella confundió la
amabilidad de su voz con la seducción.
—Qué cocina...
—Lilibeth se sentó en una silla. Hacía fresco y echó la cabeza hacia atrás para
dejar que el aire le alcanzara la garganta y poder observar a Gastón—. No me
digas que también sabes cocinar. Cielo, a este paso tendré que ser yo la que se
case contigo y no mi Rochi.
—Lo siento. —La
mención de Rocío tensó el estómago de Gastón. Pero estaba de espaldas y ella no
pudo verle la cara—. No cocino.
—Bueno, las chicas
sabemos ser indulgentes. —Lilibeth se pasó la lengua por los labios. Ese hombre
tenía un buen cuerpo para acompañar sus inacabables bolsillos. Y empezaba a
tener ganas de un hombre.
—¿Tienes algo más
fuerte que el té, cariño?
—¿Prefiere una
cerveza?
Prefería un whisky,
pero asintió.
—Estupendo. ¿Me
acompañas?
—Beberé té. Todavía
tengo trabajo por delante.
—Hace demasiado calor
para trabajar. —Lilibeth se reclinó, mirando a Gastón por debajo de las
pestañas—. En un día como hoy solo apetece darse un baño bien frío y tumbarse
en una habitación en penumbra con el aire de un ventilador acariciándote la
piel.
Aceptó el vaso de
cerveza que él le había servido y bebió.
—¿Qué haces tú para
combatir el calor, cariño?
—Me echo agua fría
por la cabeza. ¿Cómo está la señorita Esperanza?
Lilibeth apretó los
labios.
—Bien. La casa es un
horno por las mañanas, cuando hace pan. Tiene que ahorrar. Yo la ayudo como
puedo, pero la cosa está chunga. Gastón...
Pasó un dedo por el
vaho del vaso y bebió un poco más.
—Quería disculparme
por la escena que montamos en casa el otro día. Rochi y yo nos peleamos la
mayor parte del tiempo. Reconozco que no me porté bien con ella cuando era
niña, pero estoy intentando arreglar las cosas.
Lilibeth abrió los
ojos de par en par, hasta que le escocieron y lloraron.
—He cambiado. He
llegado a un punto en mi vida en que me doy cuenta de lo que realmente importa.
Y lo que realmente importa es la familia. Tú sabes de qué hablo. Seguro que
tienes una familia.
—Sí, la tengo.
—Y ahora que estás
aquí probablemente los echas de menos y ellos a ti. Por muchos problemas que
tengáis, seguro que los dejáis a un lado para apoyaros. Sea lo que sea, ¿no es
cierto?
—Sí.
Lilibeth palpó
delicadamente sus lágrimas.
—Necesito que Rocío
vea que eso es lo único que quiero. Todavía no confía en mí y no puedo
reprochárselo. Se me ha ocurrido que tú podrías convencerla para que me dé una
oportunidad.
Deslizó una mano por
la mesa y rozó la de Gastón.
—Te estaría muy agradecida
si lo hicieras. Me siento muy sola. Una mujer en mi situación necesita un
amigo. Un hombre fuerte que la apoye. Si supiera que te tengo de mi lado, sería
una gran ayuda.
—Si es necesario que
haya lados, yo estoy del lado de Rochi. Además, no puedo inmiscuirme en sus
problemas. familiares. Y aunque fuera lo bastante estúpido para hacerlo, Rochi
no me escucharía.
—Quizá no estáis tan
unidos como suponía.
—Siempre es
arriesgado hacer suposiciones —replicó Gastón.
Ella dio otro sorbo a
su cerveza.
—Te acuestas con
ella, ¿verdad?
—No pienso hablar de
ese tema con usted.
—¿Por qué no?
—Lilibeth deslizó el vaso entre sus senos. Luego, riendo, se levantó—. ¿Eres
tímido, cariño? No seas tímido con Lilibeth. Tú y yo podríamos ser amigos.
—Rodeó la mesa y se inclinó sobre el hombro de Gastón—. Muy buenos amigos
—añadió mientras bajaba los brazos y le mordisqueaba la oreja.
—Señorita Igarzábal,
me está poniendo en la violenta posición de tener que pedirle que me quite las
manos de encima.
—Eres tímido. —Con
una risa que volcó un aliento a cerveza caliente sobre la mejilla de él,
Lilibeth arrastró las manos hacia el regazo.
Gastón le agarró las
muñecas y las levantó.
—Se está poniendo en
ridículo. —Giró el cuerpo para poder ponerse en pie y mirarla de frente—. Eso
es su problema. Pero me está utilizando para herir a Rochi y eso es mi
problema.
La furia tino de rojo
las mejillas de Lilibeth.
—Tal vez piensas que
eres demasiado bueno para mí.
—Sobra el tal vez.
Lárguese y olvidemos lo que ha ocurrido.
Ella quería gritarle,
pegarle, pero todavía conservaba el juicio. No había bebido suficiente cerveza
para embotarlo, y la raya de coca que había tomado antes de ir fue enana. Se
hundió en una silla, dejó caer la cabeza sobre los brazos y sollozó.
—No sé qué hacer.
Estoy tan sola y asustada. Necesito ayuda. Pensé... pensé que si me entregaba a
ti me ayudarías. ¡No sé qué hacer!
Levantó la cabeza y
las dos lágrimas que había conseguido exprimir descendieron por el maquillaje.
—Estoy metida en un
lío horrible.
Gastón fue hasta el
fregadero, dejó correr el agua fría y cogió un vaso.
—¿Qué clase de lío?
—Debo dinero. Por eso
me fui de Houston. Tengo miedo de que den conmigo y me hagan daño, o hagan daño
a Rochi. No quiero que hagan daño a mi niña.
Gastón le puso
delante el vaso de agua.
—¿Cuánto dinero?
Entonces lo vio, el
fugaz destello de satisfacción en los ojos de Lilibeth antes de bajar la
mirada.
—Cinco mil dólares.
No fue culpa mía, de veras, no fue culpa mía. Confíe en gente que no debía. En
un hombre. Huyó con el dinero y me dejó a mí con la deuda. Si no encuentro la
forma de devolverlo, me buscarán y me harán daño. A mí, a mi madre y a Rochi.
Gastón se sentó y la
miró directamente a los ojos.
—Miente. Quiere
sacarme cinco de los grandes para comprar droga y largarse de la ciudad. Pensó
que yo era un tipo fácil, pero se equivoca. Si no fuera por Rochi, le daría
doscientos dólares para que desapareciera del mapa.
Pero está Rochi,
Lilibeth, y a Rochi no le gustaría.
Ella le arrojó el
agua a la cara. Gastón apenas pestañeó.
—Que te jodan.
—Pensaba que ya
habíamos aclarado que no existía tal opción.
—¿Te crees muy listo,
verdad? Te crees importante porque tienes dinero. —Lilibeth se puso en pie—. Sé
que vienes de una familia muy fina. Lo he averiguado todo sobre ti, Gastón Dalmau.
¿Qué crees que pensará esa familia tan fina cuando se entere de que te calienta
las sábanas una ramera cajún del pantano?
Gastón notó que la
frase se le clavaba en el estómago, en la garganta, en la cabeza. La cara de
Lilibeth cambió delante de sus ojos. Se volvió más vieja, más fría.
Justina.
—Largo de aquí. —Gastón
no estaba seguro de estar hablando a la mujer de carne y hueso o al fantasma.
Las manos le
temblaban cuando se agarró al canto de la mesa.
—¿Crees que a todos
esos médicos, abogados y peces gordos de Boston les va a gustar la idea de que
su muchacho de oro esté acostándose con una bastarda del bayou? Sin dinero, sin
pedigrí, con un bar de segunda categoría y una abuela que cose para otros para
sacarse unos centavos. Te excluirán rápidamente del testamento, cielo. Te
dejarán pelado con esta enorme casa en las manos. Y más aún cuando les cuente
que también te acostaste con su mamá.
Gastón sintió que las
piernas le fallaban, pero se mantuvo erguido.
—Márchese de esta
casa antes de que le haga daño.
—Los tipos como tú no
pegan a las mujeres. No creas que no sé distinguiros. —Envalentonada por la
cocaína, Lilibeth se echó el pelo hacia atrás—. Si quieres seguir tirándote a
mi niña sin que tu familia se entere, tendrás que firmarme un talón, cher. Y lo
harás ahora mismito. Haremos que sean diez mil, porque has herido mis
sentimientos.
——Para mí sus
sentimientos no valen ni un dólar.
—Lo valdrán cuando
haya tenido una pequeña charla con tu mamá.
—Mi madre se la
comerá viva. —Gastón se acercó a un cajón, sacó una libreta y anotó un número—.
Tome, es su teléfono. Llámela. Puede llamar desde aquí siempre y cuando me deje
escuchar. Será un placer oír cómo mi madre la hace trizas.
—¡Necesito dinero!
—Aquí no lo
encontrará. —Agotada su paciencia, Gastón agarró a Lilibeth del brazo y la
arrastró hasta la salida—. Puedo causarle muchos más problemas de los que usted
puede causarme a mí, créame —dijo, y le cerró la puerta en las narices.
Tuvo que sentarse
antes de que las piernas cedieran bajo su peso. Se sentía físicamente enfermo.
Algo le había ocurrido cuando Lilibeth despotricó contra Rocío.
La cara de la mujer
se había tornado en una cara que había visto en sueños.
Y esa cara pertenecía
a esta casa, o a esa parte de la casa que daba portazos, que deseaba que él se
fuera.
Que deseaba hacerle
daño.
Seguro que ahora, se
dijo, la madre de Rocío también deseaba hacerle daño.
Se levantó y caminó
hasta el teléfono. Al menos el desagradable incidente le había hecho valorar a
su propia madre.
Marcó su número y se
sintió más limpio al oír el sonido familiar de su voz.
—Hola, mamá.
—¿Gastón? ¿Por qué
llamas a estas horas? ¿Qué ocurre? Has tenido un accidente.
—No, yo...
—Todo el día con esas
horribles herramientas. Te has cortado una mano.
—Todavía tengo las
dos. Solo llamaba para Decirte que te quiero.
Hubo una pausa larga
y densa.
—Acabas de enterarte
de que tienes una enfermedad terminal y te quedan seis meses de vida.
Gastón rió.
—Me has pillado. Soy
hombre muerto y quiero comunicarme con mi familia para tener un velatorio guay.
—¿Quieres que tío
Jimmy cante «Danny Boy»?
—La verdad es que no.
Prefiero descansar en paz.
—Entendido. En serio.
Gastón, ¿qué ocurre?
—Quiero hablarte de
la mujer de la que estoy enamorado y con la que quiero casarme.
Esta pausa fue aún
más larga.
—¿Es una broma?
—No. ¿Tienes un par
de minutos?
—Creo que puedo
cambiar mis planes por algo así.
—Vale. —Gastón cogió
su vaso de té. El hielo se había derretido, pero así y todo bebió—. Se llama Rocío
Igarzábal y es hermosa, fascinante, testaruda y perfecta. Sencillamente
perfecta, mamá.
—¿Cuándo la conoceré?
—En la boda de Victorio.
Existe un pequeño problema, aparte del hecho de que todavía no está preparada
para aceptar.
—Estoy segura de que
podrás vencer ese pequeño detalle. ¿Cuál es el problema?
Gastón se sentó y le
habló de Lilibeth.
Para cuando hubo
colgado, se sentía más ligero. Siguiendo su instinto, subió para lavarse y
cambiarse de ropa. Se enfrentaría a Rocío un poco antes de lo previsto.
ahhh odia a la madre de rocio no kiere k ay problemas entre los rubios con lo lindos k sonn subi rapido el siguienteee
ResponderEliminarsencillamente amo esta nevela! cada vez se pon e mas interesante!! espero el proximo cap! :)
ResponderEliminarQue flor de p... la madre de Rochi, la odio!
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