lunes, 14 de enero de 2013

Capitulo Quince


Nueva Orleáns
1900
Simón estaba ebrio, y así lo prefería. Tenía una ramera medio desnuda en el regazo y las manos hundidas en sus pesados senos. El viejo pianista negro estaba interpretando una melodía alegre y la música se mezclaba agradablemente en su cabeza con las risas femeninas.
El humo de los puros perforaba el aire, despertando en él una ligera necesidad de tabaco. Con todo, no podía reunir la energía necesaria para aspirar un puro, ni para arrastrar a la fulana al piso de arriba.
El hecho de que estuviera una vez más arruinado no le preocupaba en exceso. Frecuentaba este prostíbulo y siempre conseguía reunir fondos suficientes para pagar su cuenta. Aquí gozaba de prestigio, por el momento.
Había elegido a esa prostituta porque era rubia, de figura exuberante y cerebro ausente. Sabía que cuando la montara no vería la cara de Valeria, sus ojos fijos en él.
Esta vez no.
Bebió otro trago de bourbon y le pellizcó un pezón. La rubia aulló y le golpeó juguetonamente la mano. Simón estaba sonriendo cuando Ramiro entró.
—Mi santo hermano. —Aunque arrastraba las palabras, había rencor en su lengua. Volvió a darle al whisky mientras veía a Ramiro negar con la cabeza a una pelirroja que se le había acercado.
Pálido, rubio, parecía perfecto, pensó Simón, a través del humo, contra los colores chillones, en medio del alboroto.
Y se preguntó si Caín había mirado a Abel y sentido un odio tan vehemente como el que sentía él ahora.
Meneando a la rubia sobre la rodilla, estrujándole el pecho, aguardó a que Ramiro explorara el salón. Cuando sus ojos se encontraron —unos ojos idénticos— se produjo una colisión. Simón juraría que la había oído en su cabeza. Como el sonido de dos espadas combativas.
—¿Qué ocurre? —preguntó cuando tuvo a Ramiro delante—. ¿Te has rebajado finalmente al nivel del resto de los humanos? Mi hermano necesita una copa. ¡Una copa y una mujer para mon frére!—gritó—. Aunque dudo que sepa qué hacer con ellas.
—Eres una vergüenza para ti mismo y para tu familia, Simón. Me han enviado para que te lleve a casa.
—A mí no me avergüenza pagar a una ramera. —Simón dejó el vaso y pasó una mano por el muslo de la rubia—. Claro que si me hubiera casado con una, sería diferente. Pero tú te me adelantaste, hermano, como en muchas otras cosas.
La cara de Ramiro palideció.
—No permitiré que hables de ella en este lugar.
—Mi hermano se casó con una zorra de los pantanos —dijo Simón despreocupadamente, tirando de la rubia cuando esta intentó escabullirse. Notaba los latidos de su corazón, el miedo que generaba en ella el enfrentamiento con su hermano.
Y ese miedo lo excitaba como no lo habían excitado las promesas que ella le había susurrado al oído.
—Ramiro, orgullo de los Ordóñez, trajo a su ramera a nuestra casa y ahora languidece y lloriquea porque lo dejó por otro y le encasquetó su hija bastarda.
Tenía que creerlo. Durante el invierno había ahogado en un mar de whisky la mirada pétrea de Valeria, el sonido de su cuerpo al hundirse en las aguas del bayou.
Tenía que creerlo, o enloquecer.
—Allez —ordenó Ramiro a la rubia—. Vete.
—Me gusta donde está. —Simón estrujó los brazos de la mujer cuando esta forcejeó.
Ni uno ni otro notó que la estancia quedaba en silencio, que las notas del piano morían y las risas se apagaban. Ramiro arrancó a la rubia del regazo de Simón. Esta salió disparada al tiempo que Ramiro despegaba a su hermano de la silla.
—Caballeros. —La dueña del local se acercó. La seguía un hombre corpulento vestido con un traje impecable—. No queremos problemas, señor Simón —dijo con voz melosa, deslizando una mano íntima por la mejilla de Simón. Su mirada, no obstante, era fría como el hielo—. Vaya con su hermano, mon cher ami. Este no es lugar para reyertas familiares.
—Tiene razón. Le pido disculpas. —Simón le besó la mano. Luego se volvió y embistió a Ramiro.
La mesa y la lámpara sobre las que cayeron se hicieron añicos. La gente huía y las mujeres gritaban mientras ellos rodaban por el suelo, se propinaban puñetazos y se mordían como perros, dejando brotar la violencia de toda una vida.
El vigilante agarró a Simón del cogote, lo llevó hasta la puerta y lo expulsó de un empujón. Ramiro apenas había logrado ponerse a cuatro patas cuando notó que lo levantaban.
Maldiciones y gritos lo siguieron hasta la salida. Y la rabia quedó sofocada por la humillación. Sacudió la cabeza y se levantó.
Miró a su hermano, ese reflejo de sí mismo, y sintió una vergüenza diferente.
—Mira hasta dónde hemos llegado —dijo con tono cansado—. Ahora nos peleamos en burdeles y nos arrastramos por las cunetas. Quiero paz entre nosotros, Simón. Dios sabe que no encuentro la paz en ningún otro lugar.
Ofreció una mano a su hermano para ayudarlo a levantarse.
Pero la vergüenza de Simón tenía otro color. Era negra.
Más tarde no recordaría haber extraído el cuchillo de su bota. El alcohol, la ira y el remordimiento lo cegaban.
Tampoco recordaría haberse levantado y arremetido contra Ramiro.
Notó, con un regocijo demencial, cómo la hoja rebanaba la carne de su hermano. Y sus labios se curvaron, sus ojos enloquecieron, cuando aspiró el olor de la sangre.
Forcejearon, Ramiro a través del dolor y el espanto, Simón a través de la bruma oscura, con la empuñadura del cuchillo resbalando de todas las manos.
Y el horror paralizó a Ramiro cuando los ojos de Simón se abrieron como platos al percatarse de que la punta asesina giraba y entraba en él.
—Mére de Dieu —murmuró Simón antes de contemplar la sangre que cubría su pecho—. Me has matado.


Ordóñez Hall
2002
El calor había embestido desde el sur. Gastón tenía la sensación de que hasta el aire sudaba. Por las mañanas y por las noches, cuando el calor resultaba soportable, trabajaba fuera. Por las tardes buscaba las zonas más frescas de la casa.
No era un sistema muy enciente arrastrar las herramientas de un lado a otro, pero estaba avanzando.
No telefoneaba a Rocío. Suponía que necesitaba tranquilidad. Pero pensaba en ella constantemente.
Pensaba en ella cuando clavaba tablones, cuando examinaba muestras de pintura, cuando instalaba ventiladores.
Y pensaba en ella cuando despertaba en medio de la noche para descubrirse acurrucado sobre la hierba, en la margen del estanque, con el reloj de Ramiro encerrado en un puño y el rostro bañado en lágrimas.
Durante el día se esforzaba por no pensar en su sonambulismo. Pero no podía dejar de pensar en ella.
Un día más, se ordenó mientras se retiraba el sudor de la cara. Luego iría a la ciudad y aporrearía su puerta. Si tenía que arrinconarla para obligarla a hablar, lo haría.
La boda de Victorio estaba cerca. Eso significaba que no solo vería a su mejor amigo contraer matrimonio, sino... que sus padres vendrían a la ciudad.
Se alegraba enormemente de que hubieran rechazado la invitación de hospedarse en su casa. Sería mucho más conveniente para todos que se alojaran en una agradable suite de hotel.
En cualquier caso, estaba decidido a terminar las terrazas y una de las habitaciones de invitados. De ese modo, la casa les impresionaría cuando se acercaran en coche y él podría demostrar que tenía la habitación que les había ofrecido.
Su madre la buscaría para comprobarlo. Era un hecho.
Bajó de la escalera, bebió agua fría y se echó el resto por la cabeza. Refrescado, se alejó de la casa y se volvió para contemplar su obra.
Notando ya el vapor de las gotas, esbozó una sonrisa.
—No está mal —dijo en voz alta—. No está nada mal para un aficionado yanqui.
Había terminado la doble escalinata que ascendía por ambos lados de la terraza del primer piso. Su elegancia le hacía olvidar todos los arañazos, cortes y horas de trabajo.
Sería, se dijo, su orgullo y su alegría.
Ya solo le quedaba sobornar a los pintores para que trabajaran durante esta ola de calor. O rezar para que cambiara el tiempo.
Sea como fuere, no pensaba esperar a tener acabada la parte trasera de la casa. Quería la fachada pintada, quería estar donde estaba ahora y verla brillar de un blanco nupcial.
Por puro placer, subió lentamente por el lado derecho de la escalera, cruzó la terraza y bajó lentamente por el izquierdo. Le gustó tanto que lo repitió.
Luego buscó el móvil en su caja de herramientas y telefoneó a Rocío.
Tenía que compartir su alegría con ella. ¿Qué importaba si se adelantaba un día?
El teléfono estaba sonando en el apartamento de Rocío cuando Gastón levantó la vista y vio a Lilibeth cruzar el jardín. Cortó la conexión, se levantó y devolvió el móvil a la caja de herramientas.
—Este calor te deja hecha polvo.
Lilibeth sonrió y, pestañeando, se abanicó la cara con una mano. Gastón observó que lucía las pulseras de Esperanza.
—Y aún no son ni las doce. Pero mírate —prosiguió Lilibeth con un lento ronroneo. Se detuvo frente a Gastón y le pasó un dedo por el torso desnudo.
—Estás empapado.
—Una ducha improvisada. —Instintivamente, Gastón dio un paso atrás y el dedo se separó de su piel—.¿Qué puedo hacer por usted, señorita Igarzábal?
—Por lo pronto, puedes empezar por tutearme y llamarme Lilibeth. Después de todo, eres amigo de mi madre. .. y de mi pequeña.
Retrocedió y, abriendo los ojos de par en par, dejó que recorrieran la casa.
—Casi no puedo creer lo que has hecho con esta vieja mansión. Debes de ser muy listo, Gastón. Puedo llamarte Gastón, ¿verdad? —preguntó coquetamente.
—Claro —respondió Gastón—. No hay que ser muy listo. Solo hay que tener tiempo.
Y dinero, pensó ella. Mucho dinero.
—Oh, no seas modesto conmigo. Es un milagro lo que estás haciendo. Espero que no sea mucho fastidio para ti enseñarme un poquito el interior. Y no me iría nada mal algo frío. La caminata me ha dejado seca.
Gastón no la quería dentro de la casa. Más que rechazo, sentía una suerte de temor primitivo. Pero, por muchas cosas que fuera, también era la madre de Rocío, y la suya le había enseñado modales.
—Por supuesto. Tengo té frío.
—No se me ocurre nada mejor.
Lilibeth siguió a Gastón hasta la puerta y sonrió encantada cuando la invitó a entrar primero. Al pasar dejó que su cuerpo rozara casi imperceptiblemente el de él, luego se detuvo en medio del gran vestíbulo y soltó una exclamación.
No tenía que fingir su sorpresa ni su asombro. Ya había estado antes en esa casa. Victorio y Gastón no habían sido los primeros en pillar una curda y entrar furtivamente en Ordóñez Hall.
Nunca le había gustado. La casa le producía escalofríos, con tantas sombras y tanto polvo, con tantas telarañas y la pérdida de glamour.
Pero ahora rebosaba de luz y esplendor. Suelos lustrosos, paredes lustrosas. Los muebles antiguos no le entusiasmaban, pero estaba segura de que habían costado una buena pasta.
El dinero viejo compraba y mantenía cosas viejas.
Era algo que no entendía, con la de cosas nuevas y llamativas que había en el mundo.
—Caray, cielo, esto parece un museo. Sencillamente un museo —repitió antes de entrar en el salón.
Prefería la ciudad, donde estaba la acción, pero se daba cuenta de que una mujer podía vivir como una reina en esta casa. Y traerse la acción cuando gustase.
—Jesús, ¿dije que eras listo? Pero si eres un genio. Qué bonito y qué nuevo lo tienes todo. —Se volvió hacia Gastón—. Debes de estar muy orgulloso.
—El trabajo es lento pero seguro. La cocina está por aquí. Sígame y le serviré un vaso de té frío.
—Será un placer, pero no me des prisa. —Lilibeth deslizó una mano por el brazo de Gastón y la mantuvo allí mientras caminaba por el vestíbulo—. Estoy maravillada con lo que le has hecho a esta casa. Mamá me contó que solo llevas unos meses.
—Es posible avanzar mucho si te ciñes al plan.
Y puesto que él parecía estar ceñido a ese momento, se aguantó las ganas de sacar a Lilibeth de allí. Así pues, cuando entraron en la biblioteca y esta se puso a ronronear, aprovechó la oportunidad para estudiarla.
No podía ver a Rocío en ella. Probablemente existían ciertas similitudes, pero Rocío poseía un cuerpo compacto y sensual, mientras que el de Lilibeth se había ido desgastando con el tiempo y el abuso.
El hecho de exhibirlo en unos diminutos pantalones cortos de color rojo y una camiseta ajustada solo conseguían darle un aspecto patético y chabacano, como una muñeca vieja maquillada para una última noche de carnaval. Gastón sintió compasión por esa mujer que buscaba aprobación y atención tratando de exhibir un atractivo sexual que ya había perdido.
Llevaba una gruesa capa de maquillaje y el calor no había sido amable con ella. La cara parecía cetrina y falsa bajo todo ese color prestado. Por el pelo encrespado asomaban raíces blancas.
Para cuando entraron en la cocina, a Gastón le inspiraba demasiada lástima para detestarla.
—Siéntese —le dijo—. Le serviré algo de beber.
Y ella confundió la amabilidad de su voz con la seducción.
—Qué cocina... —Lilibeth se sentó en una silla. Hacía fresco y echó la cabeza hacia atrás para dejar que el aire le alcanzara la garganta y poder observar a Gastón—. No me digas que también sabes cocinar. Cielo, a este paso tendré que ser yo la que se case contigo y no mi Rochi.
—Lo siento. —La mención de Rocío tensó el estómago de Gastón. Pero estaba de espaldas y ella no pudo verle la cara—. No cocino.
—Bueno, las chicas sabemos ser indulgentes. —Lilibeth se pasó la lengua por los labios. Ese hombre tenía un buen cuerpo para acompañar sus inacabables bolsillos. Y empezaba a tener ganas de un hombre.
—¿Tienes algo más fuerte que el té, cariño?
—¿Prefiere una cerveza?
Prefería un whisky, pero asintió.
—Estupendo. ¿Me acompañas?
—Beberé té. Todavía tengo trabajo por delante.
—Hace demasiado calor para trabajar. —Lilibeth se reclinó, mirando a Gastón por debajo de las pestañas—. En un día como hoy solo apetece darse un baño bien frío y tumbarse en una habitación en penumbra con el aire de un ventilador acariciándote la piel.
Aceptó el vaso de cerveza que él le había servido y bebió.
—¿Qué haces tú para combatir el calor, cariño?
—Me echo agua fría por la cabeza. ¿Cómo está la señorita Esperanza?
Lilibeth apretó los labios.
—Bien. La casa es un horno por las mañanas, cuando hace pan. Tiene que ahorrar. Yo la ayudo como puedo, pero la cosa está chunga. Gastón...
Pasó un dedo por el vaho del vaso y bebió un poco más.
—Quería disculparme por la escena que montamos en casa el otro día. Rochi y yo nos peleamos la mayor parte del tiempo. Reconozco que no me porté bien con ella cuando era niña, pero estoy intentando arreglar las cosas.
Lilibeth abrió los ojos de par en par, hasta que le escocieron y lloraron.
—He cambiado. He llegado a un punto en mi vida en que me doy cuenta de lo que realmente importa. Y lo que realmente importa es la familia. Tú sabes de qué hablo. Seguro que tienes una familia.
—Sí, la tengo.
—Y ahora que estás aquí probablemente los echas de menos y ellos a ti. Por muchos problemas que tengáis, seguro que los dejáis a un lado para apoyaros. Sea lo que sea, ¿no es cierto?
—Sí.
Lilibeth palpó delicadamente sus lágrimas.
—Necesito que Rocío vea que eso es lo único que quiero. Todavía no confía en mí y no puedo reprochárselo. Se me ha ocurrido que tú podrías convencerla para que me dé una oportunidad.
Deslizó una mano por la mesa y rozó la de Gastón.
—Te estaría muy agradecida si lo hicieras. Me siento muy sola. Una mujer en mi situación necesita un amigo. Un hombre fuerte que la apoye. Si supiera que te tengo de mi lado, sería una gran ayuda.
—Si es necesario que haya lados, yo estoy del lado de Rochi. Además, no puedo inmiscuirme en sus problemas. familiares. Y aunque fuera lo bastante estúpido para hacerlo, Rochi no me escucharía.
—Quizá no estáis tan unidos como suponía.
—Siempre es arriesgado hacer suposiciones —replicó Gastón.
Ella dio otro sorbo a su cerveza.
—Te acuestas con ella, ¿verdad?
—No pienso hablar de ese tema con usted.
—¿Por qué no? —Lilibeth deslizó el vaso entre sus senos. Luego, riendo, se levantó—. ¿Eres tímido, cariño? No seas tímido con Lilibeth. Tú y yo podríamos ser amigos. —Rodeó la mesa y se inclinó sobre el hombro de Gastón—. Muy buenos amigos —añadió mientras bajaba los brazos y le mordisqueaba la oreja.
—Señorita Igarzábal, me está poniendo en la violenta posición de tener que pedirle que me quite las manos de encima.
—Eres tímido. —Con una risa que volcó un aliento a cerveza caliente sobre la mejilla de él, Lilibeth arrastró las manos hacia el regazo.
Gastón le agarró las muñecas y las levantó.
—Se está poniendo en ridículo. —Giró el cuerpo para poder ponerse en pie y mirarla de frente—. Eso es su problema. Pero me está utilizando para herir a Rochi y eso es mi problema.
La furia tino de rojo las mejillas de Lilibeth.
—Tal vez piensas que eres demasiado bueno para mí.
—Sobra el tal vez. Lárguese y olvidemos lo que ha ocurrido.
Ella quería gritarle, pegarle, pero todavía conservaba el juicio. No había bebido suficiente cerveza para embotarlo, y la raya de coca que había tomado antes de ir fue enana. Se hundió en una silla, dejó caer la cabeza sobre los brazos y sollozó.
—No sé qué hacer. Estoy tan sola y asustada. Necesito ayuda. Pensé... pensé que si me entregaba a ti me ayudarías. ¡No sé qué hacer!
Levantó la cabeza y las dos lágrimas que había conseguido exprimir descendieron por el maquillaje.
—Estoy metida en un lío horrible.
Gastón fue hasta el fregadero, dejó correr el agua fría y cogió un vaso.
—¿Qué clase de lío?
—Debo dinero. Por eso me fui de Houston. Tengo miedo de que den conmigo y me hagan daño, o hagan daño a Rochi. No quiero que hagan daño a mi niña.
Gastón le puso delante el vaso de agua.
—¿Cuánto dinero?
Entonces lo vio, el fugaz destello de satisfacción en los ojos de Lilibeth antes de bajar la mirada.
—Cinco mil dólares. No fue culpa mía, de veras, no fue culpa mía. Confíe en gente que no debía. En un hombre. Huyó con el dinero y me dejó a mí con la deuda. Si no encuentro la forma de devolverlo, me buscarán y me harán daño. A mí, a mi madre y a Rochi.
Gastón se sentó y la miró directamente a los ojos.
—Miente. Quiere sacarme cinco de los grandes para comprar droga y largarse de la ciudad. Pensó que yo era un tipo fácil, pero se equivoca. Si no fuera por Rochi, le daría doscientos dólares para que desapareciera del mapa.
Pero está Rochi, Lilibeth, y a Rochi no le gustaría.
Ella le arrojó el agua a la cara. Gastón apenas pestañeó.
—Que te jodan.
—Pensaba que ya habíamos aclarado que no existía tal opción.
—¿Te crees muy listo, verdad? Te crees importante porque tienes dinero. —Lilibeth se puso en pie—. Sé que vienes de una familia muy fina. Lo he averiguado todo sobre ti, Gastón Dalmau. ¿Qué crees que pensará esa familia tan fina cuando se entere de que te calienta las sábanas una ramera cajún del pantano?
Gastón notó que la frase se le clavaba en el estómago, en la garganta, en la cabeza. La cara de Lilibeth cambió delante de sus ojos. Se volvió más vieja, más fría.
Justina.
—Largo de aquí. —Gastón no estaba seguro de estar hablando a la mujer de carne y hueso o al fantasma.
Las manos le temblaban cuando se agarró al canto de la mesa.
—¿Crees que a todos esos médicos, abogados y peces gordos de Boston les va a gustar la idea de que su muchacho de oro esté acostándose con una bastarda del bayou? Sin dinero, sin pedigrí, con un bar de segunda categoría y una abuela que cose para otros para sacarse unos centavos. Te excluirán rápidamente del testamento, cielo. Te dejarán pelado con esta enorme casa en las manos. Y más aún cuando les cuente que también te acostaste con su mamá.
Gastón sintió que las piernas le fallaban, pero se mantuvo erguido.
—Márchese de esta casa antes de que le haga daño.
—Los tipos como tú no pegan a las mujeres. No creas que no sé distinguiros. —Envalentonada por la cocaína, Lilibeth se echó el pelo hacia atrás—. Si quieres seguir tirándote a mi niña sin que tu familia se entere, tendrás que firmarme un talón, cher. Y lo harás ahora mismito. Haremos que sean diez mil, porque has herido mis sentimientos.
——Para mí sus sentimientos no valen ni un dólar.
—Lo valdrán cuando haya tenido una pequeña charla con tu mamá.
—Mi madre se la comerá viva. —Gastón se acercó a un cajón, sacó una libreta y anotó un número—. Tome, es su teléfono. Llámela. Puede llamar desde aquí siempre y cuando me deje escuchar. Será un placer oír cómo mi madre la hace trizas.
—¡Necesito dinero!
—Aquí no lo encontrará. —Agotada su paciencia, Gastón agarró a Lilibeth del brazo y la arrastró hasta la salida—. Puedo causarle muchos más problemas de los que usted puede causarme a mí, créame —dijo, y le cerró la puerta en las narices.
Tuvo que sentarse antes de que las piernas cedieran bajo su peso. Se sentía físicamente enfermo. Algo le había ocurrido cuando Lilibeth despotricó contra Rocío.
La cara de la mujer se había tornado en una cara que había visto en sueños.
Y esa cara pertenecía a esta casa, o a esa parte de la casa que daba portazos, que deseaba que él se fuera.
Que deseaba hacerle daño.
Seguro que ahora, se dijo, la madre de Rocío también deseaba hacerle daño.
Se levantó y caminó hasta el teléfono. Al menos el desagradable incidente le había hecho valorar a su propia madre.
Marcó su número y se sintió más limpio al oír el sonido familiar de su voz.
—Hola, mamá.
—¿Gastón? ¿Por qué llamas a estas horas? ¿Qué ocurre? Has tenido un accidente.
—No, yo...
—Todo el día con esas horribles herramientas. Te has cortado una mano.
—Todavía tengo las dos. Solo llamaba para Decirte que te quiero.
Hubo una pausa larga y densa.
—Acabas de enterarte de que tienes una enfermedad terminal y te quedan seis meses de vida.
Gastón rió.
—Me has pillado. Soy hombre muerto y quiero comunicarme con mi familia para tener un velatorio guay.
—¿Quieres que tío Jimmy cante «Danny Boy»?
—La verdad es que no. Prefiero descansar en paz.
—Entendido. En serio. Gastón, ¿qué ocurre?
—Quiero hablarte de la mujer de la que estoy enamorado y con la que quiero casarme.
Esta pausa fue aún más larga.
—¿Es una broma?
—No. ¿Tienes un par de minutos?
—Creo que puedo cambiar mis planes por algo así.
—Vale. —Gastón cogió su vaso de té. El hielo se había derretido, pero así y todo bebió—. Se llama Rocío Igarzábal y es hermosa, fascinante, testaruda y perfecta. Sencillamente perfecta, mamá.
—¿Cuándo la conoceré?
—En la boda de Victorio. Existe un pequeño problema, aparte del hecho de que todavía no está preparada para aceptar.
—Estoy segura de que podrás vencer ese pequeño detalle. ¿Cuál es el problema?
Gastón se sentó y le habló de Lilibeth.
Para cuando hubo colgado, se sentía más ligero. Siguiendo su instinto, subió para lavarse y cambiarse de ropa. Se enfrentaría a Rocío un poco antes de lo previsto.

3 comentarios:

  1. ahhh odia a la madre de rocio no kiere k ay problemas entre los rubios con lo lindos k sonn subi rapido el siguienteee

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  2. sencillamente amo esta nevela! cada vez se pon e mas interesante!! espero el proximo cap! :)

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  3. Que flor de p... la madre de Rochi, la odio!

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