viernes, 11 de enero de 2013

Capitulo Catorce, Segunda Parte

Se acercó al coche portando una pequeña bolsa de regalo. A Rocío le resultaba extraño y encantador que Gastón pensara en esas cosas. No solo en el regalo, algo que podía permitirse, sino también en su presentación. Bolsas, cintas, lazos y bonitos papeles que la mayoría de los hombres —o los que ella había conocido— pasaban por alto.
Cualquier mujer llamaría a Gastón Dalmau un partidazo. Y la amaba.
—Quiero hacerte una pregunta —dijo Rocío mientras ponía en marcha el motor.
—¿Una pregunta tipo test, en plan verdadero o falso?
—Más bien una prueba de redacción.
Gastón se acomodó en su asiento y estiró las piernas cuando arrancaron. Siempre había sacado muy buenas notas.
—Dispara.
—¿Por qué, con la de damas elegantes que hay en Boston y la de mujeres bonitas que hay en Nueva Orleáns, me has elegido a mí?
—Ninguna de ellas ha hecho que mi corazón se detenga o se acelere como un caballo de carreras al sonar el disparo de salida. Tú sí. Con ninguna de ellas me he visto dentro de diez o veinte años alargando un brazo para cogerle la mano. Contigo sí. Rocío. Y lo que más deseo en este mundo es estar abrazado a ti.
Rocío no le miró, no osó mirarle mientras todo dentro de ella parecía llenarse, pues sabía que una sola mirada haría que todo rebosara. Caliente, dulce y conquistado.
—Buena respuesta —alcanzó a farfullar.
—Una respuesta sincera. —Gastón retiró del volante la mano tensa de Rocío y la besó—. Una verdad divina.
—Te creo y no sé qué hacer, Gastón. Eres el primer hombre que ha hecho que me preocupe por lo que debo hacer. Siento por ti cosas fuertes, pero preferiría que no fuera así.
—En mi opinión, deberíamos fugarnos a Las Vegas, así no tendrías nada de que preocuparte.
—Oh, estoy segura de que los Dalmau de Boston estarían encantados de saber que te has fugado a Las Vegas con la propietaria cajún de un bar del bayou.
—Al menos les daría algo de que hablar durante los próximos diez o veinte años. Le gustarías a mi madre—comentó Gastón, casi para sí—, y no es ninguna prima. Le gustaría saber que eres una mujer de principios, con un negocio propio, que cuida de su abuela. Es algo que respetaría y admiraría. Luego te querría porque yo te quiero. Mi padre, por su parte, se convertiría en tu esclavo en cuanto te viera.
Rocío rió y parte de la tensión que notaba en el pecho desapareció.
—¿Todos los varones Dalmau son tan fáciles?
——No somos fáciles. Sencillamente, tenemos un gusto excepcional.
Rocío detuvo el coche frente a la casa de Esperanza y por fin se volvió para mirar a Gastón.
—¿Vendrá algún familiar tuyo para la boda de Victorio y Candela?
—Mis padres.
—En ese caso, veremos si tienes razón.
Rocío saltó del coche y se dirigió a la casa.
—¡Abuela! —Abrió la puerta y entró—. Te traigo la visita de un apuesto caballero.
Esperanza salió de la cocina secándose las manos con un trapo de cuadros rojos y arrastrando el olor a café y pan recién hechos. Iba ataviada, como siempre, con sus joyas y sus botas, pero en torno a los ojos y la boca había una tensión que el propio Gastón advirtió al instante.
—Los caballeros siempre son bienvenidos, Bébé—contestó, y besó a Rocío en la mejilla.
—¿Qué ocurre?
—Acabo de hacer pan moreno —comentó Esperanza esquivando la pregunta de Rocío—. Venid a la cocina. —Rodeó a Rocío por la cintura—. ¿Qué llevas en esa bonita bolsa, cher?
—Un detalle que pensé que le gustaría. —Gastón dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina—. Huele muy bien. Creo que debería aprender a hacer pan.
Esperanza, como era de esperar, sonrió, pero eso no redujo la tensión que se respiraba en el ambiente.
—Podría enseñarte un par de cosas. Amasar pan es una buena terapia. Aleja la mente de los problemas y te da tiempo para pensar.
Sacó una caja de la bolsa, la giró sobre la mano y tiró de la cinta.
—Rochi, si no le echas el lazo a este muchacho, quizá lo haga yo. —Al abrir la caja, su semblante se suavizó.
El pequeño joyero le cabía en la palma de la mano. Con forma de corazón, mostraba a una pareja pintada a mano, sentada en un banco y vestida con indumentaria antigua. Cuando Esperanza levantó la tapa, arrancó una música.
—Llevo semanas escuchando esta canción —explicó Gastón—, de modo que cuando vi la cajita me dije que tenía que comprarla.
—«Después del baile» —dijo Esperanza—. Es un viejo vals. Triste y dulce. —Alzó la vista—. ¿No tendrás por casualidad un tío viudo para mí?
—Tengo a tío Dennis, pero es más feo que una cabra.
—Me basta con que tenga la mitad de corazón que tú.
—Qué escena tan enternecedora.
Al oír la voz. Rocío se puso rígida, como si alguien le hubiese apuntado con una pistola en la sien. Gastón reparó en la mirada que intercambiaba con su abuela. De disculpa por parte de Esperanza, de estupefacción por parte de Rocío.
Se volvieron.
Lilibeth se apoyó en el marco de la puerta. Vestía una bata corta de color rojo con el cinturón aflojado. El cabello le caía sobre los hombros y ya se había maquillado para el día con una línea gruesa y oscura sobre el perfil de los ojos y una pintura de labios encarnada como la bata.
—¿Quién es ese? —Levantó una mano lánguida y se echó el pelo hacia atrás mientras obsequiaba a Gastón con una, sonrisa felina.
—¿Qué está haciendo ella aquí? —preguntó Rocío—. ¿Qué demonios hace en esta casa?
—Es mi casa tanto como tuya —replicó Lilibeth—. Algunos de nosotros respetamos los lazos de sangre más que otros.
—Te dije que subieras a un autobús y te fueras.
—No recibo órdenes de mi hija. —Lilibeth se apartó de la puerta y caminó hasta el fogón—. ¿Está recién hecho este café, mamá?
—¿Cómo has podido? —preguntó Rocío a Esperanza—. ¿Cómo has podido acogerla de nuevo?
—Rocío. —Esperanza le cogió una mano—. Es mi hija.
—Yo soy tu hija —espetó Rocío. Entonces notó que una furia amarga le subía por la garganta dejándole un gusto horrible en la lengua—. ¿Vas a permitir que vuelva a quedarse aquí hasta que te deje pelada, hasta que ella y el yonqui de turno te roben hasta el último centavo? Ahora le da a la cocaína. ¿No lo ves? Y te aseguro que no la regalan.
—Te he dicho que estoy limpia. —Lilibeth golpeó la encimera con una taza.
—Mientes. Siempre has sido un embustera.
Lilibeth se abalanzó sobre su hija. Rocío levantó el mentón para recibir el golpe, pero Gastón se interpuso entre las dos.
—Yo en su lugar me lo pensaría. —Habló con calma, pero el ardor que había en su voz caldeó la cocina.
—Como le pongas una mano encima te pongo de patitas en la calle. —Esperanza se acercó al fogón y procedió a servir el café con mano trémula—. Hablo en serio.
—Rocío no tiene derecho a hablarme de ese modo. —Lilibeth dejó que sus labios temblaran—. Y aún menos delante de un desconocido.
—Gastón Dalmau, amigo de Rochi y de la señorita Esperanza. Yo serviré el café, señorita Esperanza. Usted siéntese.
—Esto es un asunto familiar, Gastón —dijo Rocío sin apartar su feroz mirada del rostro de su madre. Pensaría en la vergüenza más tarde. En esos momentos la cólera era mucho más poderosa—. Deberías irte.
—Enseguida. —Gastón sirvió el café y ofreció una taza a Esperanza. Luego se agachó para mirarla a los ojos—. Soy irlandés —le dijo—. Por ambas partes. A nadie se le dan tan bien las peleas familiares como a los irlandeses. Si me necesita, solo tiene que llamarme. —Le apretó una mano y se incorporó—. También va por ti. Rochi.
—No pienso quedarme. Te llevo a casa. —Rocío respiró hondo, preparándose para el dolor que sus palabras iban a causar—. Abuela, te quiero con todo mi corazón, pero no volveré a esta casa mientras ella siga aquí. Sé que te duele y lo lamento, pero no puedo hacerlo. Avísame cuando se haya ido. —Se volvió hacia Lilibeth—. Si vuelves a hacerle daño, si vuelves a cogerle un solo dólar o traes aquí a la escoria de la que te gusta rodearte, juro por Dios que te encontraré y esta vez te lo haré pagar con tu piel.
—¡Rocío, cielo! —Lilibeth corrió por el pasillo en pos de su hija—. He cambiado, cariño. Quiero compensarte. Dame una oportunidad...
Una vez fuera de la casa, Rocío se volvió.
—Ya tuviste tu última oportunidad conmigo. No te acerques a mí. No te acerques a mi casa. Para mí estás muerta, ¿lo has oído?
Cerró con furia la puerta del coche, arrancó el motor y apretó el acelerador, levantando una nube de humo que eclipsó a su madre y la casa donde había crecido.
—Divertido, ¿eh? —Rocío aceleró—. Apuesto a que a tu familia le encantaría tener de consuegra a Lilibeth Igarzábal. Puta, yonqui, ladrona y embustera.
—No puedes reprochárselo a tu abuela, Rocío.
—No se lo reprocho. —Las lágrimas corrieron garganta arriba y Rocío notó su calor—. Pero no quiero tener nada que ver con eso. —Apretó el freno delante del Hall—. Tengo que irme. —Mas descansó la frente en el volante—. Vete, venga. Vat'en.
—No pienso irme. —Otros lo habían hecho, comprendió Gastón. Y de ahí provenía el dolor—. ¿Quieres hablar de ello fuera o dentro?
—No pienso hablar de ello en ninguna parte.
—Por supuesto que sí. Elige el lugar.
—Te he dicho cuanto necesitas saber. Mi madre es puta y yonqui. Cuando no gana lo bastante para costear sus vicios, roba, y miente con una facilidad escalofriante.
—¿Vive por aquí?
—No sé dónde vive. Nunca pasa mucho tiempo en el mismo sitio. Ayer apareció en mi apartamento drogada y llena de mentiras, con su perorata habitual sobre un nuevo comienzo y el deseo de que seamos amigas. Pensó que la dejaría volver a vivir conmigo. Nunca más. —Rocío descansó la cabeza sobre el respaldo de su asiento—. Le di cincuenta dólares para el autobús, pero no debí hacerlo. Probablemente ya se los ha metido por la nariz.
—Demos un paseo.
—Esto no es algo que se cura con un paseo o un beso, Gastón. Tengo que volver a la ciudad.
—No dejaré que conduzcas en este estado. Demos un paseo.
Para asegurarse de que Rocío no huía mientras él se apeaba del coche, agarró las llaves del contacto y se las guardó en el bolsillo. Luego bajó, rodeó el coche, abrió la puerta del conductor y le tendió una mano.
Rocío no tenía fuerzas para discutir, pero en lugar de aceptar la mano, bajó del coche y se guardó las suyas en los bolsillos.
Pasearían, se dijo. Pasearían y luego todo terminaría. Supuso que Gastón pensaba que sus jardines —los capullos en flor, los dulces aromas— la calmarían. Querría consolarla. Él era así. Más aún, querría saberlo todo para buscar soluciones.
Por lo que a Lilibeth se refería, no había soluciones.
—A veces la familia es un palo, ¿verdad?
La mirada de Rocío, oscura y feroz, lo atravesó y se humedeció.
—Ella no es mi familia.
—Vale, pero es un problema familiar. En mi familia siempre hay problemas, seguramente porque somos muchos.
—No tener suficientes canapés para la fiesta o que dos de tus tías acudan con el mismo vestido no es un problema.
Gastón consideró la posibilidad de pasar por alto el insulto. A fin de cuentas, Rocío estaba dolida e irascible.
Con todo, no podía tolerarlo.
—¿Crees que el dinero es incompatible con los problemas personales? ¿Que alivia las heridas y entierra las tragedias? Es un punto de vista muy superficial, Rocío.
—Soy una tía superficial, lo llevo en la sangre.
—Eso es una chorrada, pero tienes derecho a compadecerte de ti misma después de haber estado a punto de recibir una bofetada. El dinero no hizo que mi prima Angie se sintiera mucho mejor cuando su marido las dejó embarazadas a ella y a su amante el mismo mes. No ayudó a mi tía cuando su hija murió en un accidente de coche el día que cumplía dieciocho años. La vida puede joderte por mucho dinero que tengas.
Rocío se detuvo, se obligó a serenarse.
—Lo siento. Es que esa mujer me pone de un humor que no merece compañía.
—Yo no soy compañía. —Sin darle tiempo a que lo esquivara, Gastón le tomó el rostro entre las manos—. Te quiero.
—Calla.
—No puedo.
—No te convengo. No le convengo a nadie y no quiero convenirle a nadie.
Gastón levantó la llavecita que Rocío llevaba colgada del cuello.
—No fue un hombre sino una mujer quien te rompió el corazón. Ahora quieres cerrarlo para no aceptar el amor que se te ofrece. Y tampoco te permitirás dar amor. Es más seguro así. Si no amas, no importa que la otra persona se marche. Eso te convierte en una cobarde.
—¿Y qué? —Rocío le apartó las manos—. Es mi vida. La vivo como quiero y me va bien. Eres un romántico, cher. Debajo de toda esa sensatez yanqui, esa educación elitista, eres un soñador. Yo no apuesto por sueños. Lo que hay es lo que cuenta. Un día de estos te despertarás en esta vieja mansión, en el culo del mundo, preguntándote en qué demonios estabas pensando cuando la compraste. Y te largarás pitando a Boston para retomar la abogacía, te casarás con alguna niña bien llamada Alexandra y tendrás dos hijos preciosos.
—Te has dejado los dos perdigueros rubios.
—Oh. —Rocío levantó las manos—. ¡Merde!
—Estoy de acuerdo contigo. En primer lugar, la única mujer que conozco llamada Alexandra tiene dientes de caballo, y la verdad es que me asusta un poco. En segundo lugar, Rocío, y mucho más importante, lo que voy a hacer es vivir mi vida en esta vieja mansión contigo. Y voy a crear una familia contigo. Los perdigueros rubios son optativos.
—Por decirlo una y otra vez no vas a conseguir que ocurra.
Gastón esbozó una sonrisa deslumbrante.
—¿Qué te apuestas?
Había algo poderoso y ligeramente aterrador en él, se dijo Rocío, cuando lucía ese viso de afabilidad sobre esa terquedad dura como el cemento.
—Me voy a trabajar. Mantente alejado de mí durante un tiempo, ¿me oyes? Estoy demasiado irritada para tratar contigo.
Gastón la dejó ir. Le bastaba, por el momento, con que su ira contra él hubiera secado las lágrimas que le habían humedecido los ojos.

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