Se acercó al coche
portando una pequeña bolsa de regalo. A Rocío le resultaba extraño y encantador
que Gastón pensara en esas cosas. No solo en el regalo, algo que podía
permitirse, sino también en su presentación. Bolsas, cintas, lazos y bonitos
papeles que la mayoría de los hombres —o los que ella había conocido— pasaban
por alto.
Cualquier mujer
llamaría a Gastón Dalmau un partidazo. Y la amaba.
—Quiero hacerte una
pregunta —dijo Rocío mientras ponía en marcha el motor.
—¿Una pregunta tipo
test, en plan verdadero o falso?
—Más bien una prueba
de redacción.
Gastón se acomodó en
su asiento y estiró las piernas cuando arrancaron. Siempre había sacado muy
buenas notas.
—Dispara.
—¿Por qué, con la de
damas elegantes que hay en Boston y la de mujeres bonitas que hay en Nueva
Orleáns, me has elegido a mí?
—Ninguna de ellas ha
hecho que mi corazón se detenga o se acelere como un caballo de carreras al
sonar el disparo de salida. Tú sí. Con ninguna de ellas me he visto dentro de
diez o veinte años alargando un brazo para cogerle la mano. Contigo sí. Rocío.
Y lo que más deseo en este mundo es estar abrazado a ti.
Rocío no le miró, no
osó mirarle mientras todo dentro de ella parecía llenarse, pues sabía que una
sola mirada haría que todo rebosara. Caliente, dulce y conquistado.
—Buena respuesta
—alcanzó a farfullar.
—Una respuesta
sincera. —Gastón retiró del volante la mano tensa de Rocío y la besó—. Una
verdad divina.
—Te creo y no sé qué
hacer, Gastón. Eres el primer hombre que ha hecho que me preocupe por lo que
debo hacer. Siento por ti cosas fuertes, pero preferiría que no fuera así.
—En mi opinión,
deberíamos fugarnos a Las Vegas, así no tendrías nada de que preocuparte.
—Oh, estoy segura de
que los Dalmau de Boston estarían encantados de saber que te has fugado a Las
Vegas con la propietaria cajún de un bar del bayou.
—Al menos les daría
algo de que hablar durante los próximos diez o veinte años. Le gustarías a mi
madre—comentó Gastón, casi para sí—, y no es ninguna prima. Le gustaría saber que
eres una mujer de principios, con un negocio propio, que cuida de su abuela. Es
algo que respetaría y admiraría. Luego te querría porque yo te quiero. Mi
padre, por su parte, se convertiría en tu esclavo en cuanto te viera.
Rocío rió y parte de
la tensión que notaba en el pecho desapareció.
—¿Todos los varones Dalmau
son tan fáciles?
——No somos fáciles.
Sencillamente, tenemos un gusto excepcional.
Rocío detuvo el coche
frente a la casa de Esperanza y por fin se volvió para mirar a Gastón.
—¿Vendrá algún familiar
tuyo para la boda de Victorio y Candela?
—Mis padres.
—En ese caso, veremos
si tienes razón.
Rocío saltó del coche
y se dirigió a la casa.
—¡Abuela! —Abrió la
puerta y entró—. Te traigo la visita de un apuesto caballero.
Esperanza salió de la
cocina secándose las manos con un trapo de cuadros rojos y arrastrando el olor
a café y pan recién hechos. Iba ataviada, como siempre, con sus joyas y sus
botas, pero en torno a los ojos y la boca había una tensión que el propio Gastón
advirtió al instante.
—Los caballeros
siempre son bienvenidos, Bébé—contestó, y besó a Rocío en la mejilla.
—¿Qué ocurre?
—Acabo de hacer pan
moreno —comentó Esperanza esquivando la pregunta de Rocío—. Venid a la cocina. —Rodeó
a Rocío por la cintura—. ¿Qué llevas en esa bonita bolsa, cher?
—Un detalle que pensé
que le gustaría. —Gastón dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina—. Huele muy
bien. Creo que debería aprender a hacer pan.
Esperanza, como era
de esperar, sonrió, pero eso no redujo la tensión que se respiraba en el ambiente.
—Podría enseñarte un
par de cosas. Amasar pan es una buena terapia. Aleja la mente de los problemas
y te da tiempo para pensar.
Sacó una caja de la
bolsa, la giró sobre la mano y tiró de la cinta.
—Rochi, si no le
echas el lazo a este muchacho, quizá lo haga yo. —Al abrir la caja, su
semblante se suavizó.
El pequeño joyero le
cabía en la palma de la mano. Con forma de corazón, mostraba a una pareja
pintada a mano, sentada en un banco y vestida con indumentaria antigua. Cuando Esperanza
levantó la tapa, arrancó una música.
—Llevo semanas
escuchando esta canción —explicó Gastón—, de modo que cuando vi la cajita me
dije que tenía que comprarla.
—«Después del baile»
—dijo Esperanza—. Es un viejo vals. Triste y dulce. —Alzó la vista—. ¿No
tendrás por casualidad un tío viudo para mí?
—Tengo a tío Dennis,
pero es más feo que una cabra.
—Me basta con que
tenga la mitad de corazón que tú.
—Qué escena tan
enternecedora.
Al oír la voz. Rocío
se puso rígida, como si alguien le hubiese apuntado con una pistola en la sien.
Gastón reparó en la mirada que intercambiaba con su abuela. De disculpa por
parte de Esperanza, de estupefacción por parte de Rocío.
Se volvieron.
Lilibeth se apoyó en
el marco de la puerta. Vestía una bata corta de color rojo con el cinturón
aflojado. El cabello le caía sobre los hombros y ya se había maquillado para el
día con una línea gruesa y oscura sobre el perfil de los ojos y una pintura de
labios encarnada como la bata.
—¿Quién es ese?
—Levantó una mano lánguida y se echó el pelo hacia atrás mientras obsequiaba a Gastón
con una, sonrisa felina.
—¿Qué está haciendo
ella aquí? —preguntó Rocío—. ¿Qué demonios hace en esta casa?
—Es mi casa tanto
como tuya —replicó Lilibeth—. Algunos de nosotros respetamos los lazos de
sangre más que otros.
—Te dije que subieras
a un autobús y te fueras.
—No recibo órdenes de
mi hija. —Lilibeth se apartó de la puerta y caminó hasta el fogón—. ¿Está
recién hecho este café, mamá?
—¿Cómo has podido?
—preguntó Rocío a Esperanza—. ¿Cómo has podido acogerla de nuevo?
—Rocío. —Esperanza le
cogió una mano—. Es mi hija.
—Yo soy tu hija
—espetó Rocío. Entonces notó que una furia amarga le subía por la garganta
dejándole un gusto horrible en la lengua—. ¿Vas a permitir que vuelva a
quedarse aquí hasta que te deje pelada, hasta que ella y el yonqui de turno te
roben hasta el último centavo? Ahora le da a la cocaína. ¿No lo ves? Y te
aseguro que no la regalan.
—Te he dicho que
estoy limpia. —Lilibeth golpeó la encimera con una taza.
—Mientes. Siempre has
sido un embustera.
Lilibeth se abalanzó
sobre su hija. Rocío levantó el mentón para recibir el golpe, pero Gastón se
interpuso entre las dos.
—Yo en su lugar me lo
pensaría. —Habló con calma, pero el ardor que había en su voz caldeó la cocina.
—Como le pongas una
mano encima te pongo de patitas en la calle. —Esperanza se acercó al fogón y
procedió a servir el café con mano trémula—. Hablo en serio.
—Rocío no tiene
derecho a hablarme de ese modo. —Lilibeth dejó que sus labios temblaran—. Y aún
menos delante de un desconocido.
—Gastón Dalmau, amigo
de Rochi y de la señorita Esperanza. Yo serviré el café, señorita Esperanza.
Usted siéntese.
—Esto es un asunto
familiar, Gastón —dijo Rocío sin apartar su feroz mirada del rostro de su
madre. Pensaría en la vergüenza más tarde. En esos momentos la cólera era mucho
más poderosa—. Deberías irte.
—Enseguida. —Gastón
sirvió el café y ofreció una taza a Esperanza. Luego se agachó para mirarla a
los ojos—. Soy irlandés —le dijo—. Por ambas partes. A nadie se le dan tan bien
las peleas familiares como a los irlandeses. Si me necesita, solo tiene que
llamarme. —Le apretó una mano y se incorporó—. También va por ti. Rochi.
—No pienso quedarme.
Te llevo a casa. —Rocío respiró hondo, preparándose para el dolor que sus
palabras iban a causar—. Abuela, te quiero con todo mi corazón, pero no volveré
a esta casa mientras ella siga aquí. Sé que te duele y lo lamento, pero no
puedo hacerlo. Avísame cuando se haya ido. —Se volvió hacia Lilibeth—. Si
vuelves a hacerle daño, si vuelves a cogerle un solo dólar o traes aquí a la
escoria de la que te gusta rodearte, juro por Dios que te encontraré y esta vez
te lo haré pagar con tu piel.
—¡Rocío, cielo!
—Lilibeth corrió por el pasillo en pos de su hija—. He cambiado, cariño. Quiero
compensarte. Dame una oportunidad...
Una vez fuera de la
casa, Rocío se volvió.
—Ya tuviste tu última
oportunidad conmigo. No te acerques a mí. No te acerques a mi casa. Para mí
estás muerta, ¿lo has oído?
Cerró con furia la
puerta del coche, arrancó el motor y apretó el acelerador, levantando una nube
de humo que eclipsó a su madre y la casa donde había crecido.
—Divertido, ¿eh? —Rocío
aceleró—. Apuesto a que a tu familia le encantaría tener de consuegra a
Lilibeth Igarzábal. Puta, yonqui, ladrona y embustera.
—No puedes
reprochárselo a tu abuela, Rocío.
—No se lo reprocho.
—Las lágrimas corrieron garganta arriba y Rocío notó su calor—. Pero no quiero
tener nada que ver con eso. —Apretó el freno delante del Hall—. Tengo que irme.
—Mas descansó la frente en el volante—. Vete, venga. Vat'en.
—No pienso irme.
—Otros lo habían hecho, comprendió Gastón. Y de ahí provenía el dolor—.
¿Quieres hablar de ello fuera o dentro?
—No pienso hablar de
ello en ninguna parte.
—Por supuesto que sí.
Elige el lugar.
—Te he dicho cuanto
necesitas saber. Mi madre es puta y yonqui. Cuando no gana lo bastante para
costear sus vicios, roba, y miente con una facilidad escalofriante.
—¿Vive por aquí?
—No sé dónde vive.
Nunca pasa mucho tiempo en el mismo sitio. Ayer apareció en mi apartamento
drogada y llena de mentiras, con su perorata habitual sobre un nuevo comienzo y
el deseo de que seamos amigas. Pensó que la dejaría volver a vivir conmigo.
Nunca más. —Rocío descansó la cabeza sobre el respaldo de su asiento—. Le di
cincuenta dólares para el autobús, pero no debí hacerlo. Probablemente ya se
los ha metido por la nariz.
—Demos un paseo.
—Esto no es algo que
se cura con un paseo o un beso, Gastón. Tengo que volver a la ciudad.
—No dejaré que
conduzcas en este estado. Demos un paseo.
Para asegurarse de
que Rocío no huía mientras él se apeaba del coche, agarró las llaves del
contacto y se las guardó en el bolsillo. Luego bajó, rodeó el coche, abrió la
puerta del conductor y le tendió una mano.
Rocío no tenía
fuerzas para discutir, pero en lugar de aceptar la mano, bajó del coche y se
guardó las suyas en los bolsillos.
Pasearían, se dijo.
Pasearían y luego todo terminaría. Supuso que Gastón pensaba que sus jardines
—los capullos en flor, los dulces aromas— la calmarían. Querría consolarla. Él
era así. Más aún, querría saberlo todo para buscar soluciones.
Por lo que a Lilibeth
se refería, no había soluciones.
—A veces la familia
es un palo, ¿verdad?
La mirada de Rocío,
oscura y feroz, lo atravesó y se humedeció.
—Ella no es mi
familia.
—Vale, pero es un
problema familiar. En mi familia siempre hay problemas, seguramente porque
somos muchos.
—No tener suficientes
canapés para la fiesta o que dos de tus tías acudan con el mismo vestido no es
un problema.
Gastón consideró la
posibilidad de pasar por alto el insulto. A fin de cuentas, Rocío estaba dolida
e irascible.
Con todo, no podía
tolerarlo.
—¿Crees que el dinero
es incompatible con los problemas personales? ¿Que alivia las heridas y
entierra las tragedias? Es un punto de vista muy superficial, Rocío.
—Soy una tía
superficial, lo llevo en la sangre.
—Eso es una chorrada,
pero tienes derecho a compadecerte de ti misma después de haber estado a punto
de recibir una bofetada. El dinero no hizo que mi prima Angie se sintiera mucho
mejor cuando su marido las dejó embarazadas a ella y a su amante el mismo mes.
No ayudó a mi tía cuando su hija murió en un accidente de coche el día que
cumplía dieciocho años. La vida puede joderte por mucho dinero que tengas.
Rocío se detuvo, se
obligó a serenarse.
—Lo siento. Es que
esa mujer me pone de un humor que no merece compañía.
—Yo no soy compañía.
—Sin darle tiempo a que lo esquivara, Gastón le tomó el rostro entre las
manos—. Te quiero.
—Calla.
—No puedo.
—No te convengo. No
le convengo a nadie y no quiero convenirle a nadie.
Gastón levantó la
llavecita que Rocío llevaba colgada del cuello.
—No fue un hombre
sino una mujer quien te rompió el corazón. Ahora quieres cerrarlo para no
aceptar el amor que se te ofrece. Y tampoco te permitirás dar amor. Es más
seguro así. Si no amas, no importa que la otra persona se marche. Eso te
convierte en una cobarde.
—¿Y qué? —Rocío le
apartó las manos—. Es mi vida. La vivo como quiero y me va bien. Eres un
romántico, cher. Debajo de toda esa sensatez yanqui, esa educación elitista,
eres un soñador. Yo no apuesto por sueños. Lo que hay es lo que cuenta. Un día
de estos te despertarás en esta vieja mansión, en el culo del mundo,
preguntándote en qué demonios estabas pensando cuando la compraste. Y te
largarás pitando a Boston para retomar la abogacía, te casarás con alguna niña
bien llamada Alexandra y tendrás dos hijos preciosos.
—Te has dejado los
dos perdigueros rubios.
—Oh. —Rocío levantó
las manos—. ¡Merde!
—Estoy de acuerdo
contigo. En primer lugar, la única mujer que conozco llamada Alexandra tiene
dientes de caballo, y la verdad es que me asusta un poco. En segundo lugar, Rocío,
y mucho más importante, lo que voy a hacer es vivir mi vida en esta vieja
mansión contigo. Y voy a crear una familia contigo. Los perdigueros rubios son
optativos.
—Por decirlo una y
otra vez no vas a conseguir que ocurra.
Gastón esbozó una
sonrisa deslumbrante.
—¿Qué te apuestas?
Había algo poderoso y
ligeramente aterrador en él, se dijo Rocío, cuando lucía ese viso de afabilidad
sobre esa terquedad dura como el cemento.
—Me voy a trabajar.
Mantente alejado de mí durante un tiempo, ¿me oyes? Estoy demasiado irritada
para tratar contigo.
Gastón la dejó ir. Le
bastaba, por el momento, con que su ira contra él hubiera secado las lágrimas
que le habían humedecido los ojos.
amo esta novela!! espero mas cap!! :)
ResponderEliminar