lunes, 25 de febrero de 2013

Capitulo XIII, Primera Parte


—¡Gastón!...
Los sentidos velados de Rochi le hacían difícil hablar, pero se concentró en formar las palabras porque la comunicación honesta entre compañeros sexuales era sumamente importante, y él tenía que entender que ella tenía necesidades.
—Mi bata... —trago con dificultad—. Quítamela. Sácala de mi...
La punta de su lengua descubrió un punto de pulso en el lado de su cuello, y ella gimió. Pasaron largos momentos antes de que ella pudiera concentrarse de nuevo en sus pensamientos.
—No... no solamente ahí —gimió— Tócame... mis... quítame la ropa y toca mi....
Él retrocedió y la miró con el ceño fruncido. Su boca estaba hinchada como la suya y sus ojos inundados de pasión le recordaron verdes esmeraldas de mirada ausente.
—¿Te pasa algo?
Ella destensó su mandíbula, cogió aliento, y sonrió para que él entendiera que ella no le criticaba, simplemente le proporcionaba alguna dirección muy necesaria.
—¿Podríamos hacerlo más rápido?
—¿Hacerlo... más ... rápido? —cada palabra salía como una bala.
—Uhm.
—¿Quieres que me mueva más rápido...o que te toque todo?
—Si no te importa.
—¿Acaso tienes prisa?
—Algo.
—¿No me digas que tienes lista de prioridades para esto también?
—No una lista. No, desde luego que no. Es solamente que estoy... bien... Estoy segura que estarás contento de saber que ya estoy excitada, y creo que podemos seguir adelante a... pues a la siguiente parte. La parte buena.
Él arqueó una ceja.
—¿Esta parte no está bien?
Ella comprendió que le había ofendido, y se apresuró a apaciguarlo.
—Desde luego que está bien. Es maravilloso. Realmente, Gastón, eres el besador más extraordinario, pero también eres un poco lento y... —su expresión comenzaba a ponerse siniestra—. Lo estoy pasando bien. De verdad. Pero necesitamos llegar a otra parte —su voz vaciló un poco—. ¿ No crees?
Él giró en la cama y refunfuñó,
—Debería haber esperado esto. No sé por qué me sorprendo —para su consternación, él se levantó de la cama, sólo para quedarse de pie y señalar con un dedo en dirección a su cara—. Ahora escúchame, Rochi, porque sólo voy a decir esto una vez. Desde ahora hasta que salgamos de la ducha y nos sequemos, soy el responsable. ¿Me oyes?
—Pero...
—¿Y sabes por qué? ¡Porque el experto soy yo, no tú!
Eso la contrarió.
—Nunca dije que lo fuera.
—¿Entonces por qué das órdenes? —preguntó él con exagerada paciencia.
—Simplemente pensé...
—¡Nada de pensamientos! —su juego de mandíbula era una línea obstinada, y él descansó su mano contra la columna de la cama—. Ahora, este es el modo que lo haremos. Vamos a practicar un poco de dominación sexual llamada sumisión. ¡Yo domino y tú te rindes! Y esto significa, en caso de que no esté siendo claro, es que tú no puedes emitir una sola orden. Ni una. Puedes gemir. Me gustan los gemidos. Puedes suspirar. También me gustan. Pero nada de órdenes. Y solamente cuando terminemos podrás hablar. Eso sí, únicamente una palabra. Gracias.
Ella debería haberse sentido insultada — se sentía insultada — pero al mismo tiempo, un impulso de reírse había venido sobre ella. Él era tan increíblemente arrogante. Y también tenía razón. A veces era demasiado mandona.
Él siguió frunciendo el ceño.
—Entonces, lo tienes claro, ¿o tengo que buscar la cuerda de tendedero que compraste anoche?
Simplemente por ser descarada, ella agitó una mano perezosa hacia la esquina del cuarto donde había dejado la bolsa de sus compras.
Sus ojos se estrecharon.
Ella lo miró remilgadamente.
—También puede que necesite algo más de lo que compré, aunque seguramente no la crema hidratante.
—Puedes tener la maldita seguridad.
Mientras ella empezaba a sentirse satisfecha por no derrumbarse ante su palpitación en el pecho, se alarmó de que él pudiera hacerla caso. Cuando él se dirigió hacía el lugar de la habitación donde estaba la bolsa, ella se incorporó en la cama.
—¡Gastón, estaba de broma! Sobre la cuerda.
—Uh-huh.
—Realmente no creo que pueda soportar que me aten.
—Más tarde. Cuando hayas cogido más experiencia.
Él se dio la vuelta y ella vio que él tenía dos cajas de condones en su mano.
Su expresión la desafiaba a hacerle preguntas cuando se acercó a ella, luego los dejó caer ruidosamente encima de la mesita de noche.
Ella tragó.
Un destello siniestro brilló en sus ojos.
—¿Tienes algo que decir?
Ella negó con la cabeza. Mientras ella teóricamente era contraria a cualquier tipo de dominación masculina, en este caso definitivamente la excitaba.
—Bueno —se quitó los zapatos, y los empujó con la punta del pie mientras la miraba de una forma que ella sólo podía describir como ardiente sin llama—. Ahora, ¿dónde estaba yo? Me has trastornado con tanta orden y he olvidado por dónde iba —se sentó sobre el borde de la cama y comenzó a jugar con el dobladillo de su bata mientras pensaba. Sus dedos acariciaron su tobillo, entonces despacio deslizó el dobladillo hacia arriba hasta destapar sus rodillas.
Ella contuvo el aliento y comprendió que él había entendido después de todo.
Él hizo un círculo despacio en la piel suave de detrás de su rodilla, luego la otra, luego un lento número ocho con la punta de su uña, luego una coma.
Ah, mi... Ella separó las rodillas, silenciosamente alentándole que siguiera con su escritura táctil por una superficie más grande.
Bruscamente, él se retiró y suspiró.
—Por aquí no iba. Sé cuánto te gusta esto, así que supongo que es mejor empezar de nuevo.
Ella gimoteó. No podía ayudarle.
Las esquinas de su boca se movieron con satisfacción.
Y luego él comenzó por todas partes.... Besos más profundos, perezosos; dándole ligeros toques con la lengua; descubriendo zonas erógenas que no sabía que tuviera. Incluso su horrible tatuaje no quedó sin su atención. Se sintió como si pasaran décadas antes de que él finalmente abriera su bata y tocara su pezón con la punta de la lengua. Su pecho subía y bajaba y su camisa estaba húmeda bajo sus manos, pero él todavía no se desnudaba. Ella oyó su aliento caliente, sentía como flaqueaba su autocontrol y se preguntó cuando se rompería. Esperar...
Le siguió lamiendo el pezón con la lengua. Su cabeza se movía de lado a lado y su cuerpo se arqueaba sobre la cama. Estaba sudada y mojada, sedosa y palpitante. Ella quería más. Sus pensamientos eran incorpóreos mientras se asomaba al borde de un enorme precipicio. Él abrió la boca sobre el pezón endurecido. Succionando con fuerza. Dos veces. Tres veces. Más.
Con un grito, ella se disolvió. Él se puso rígido. La abrazó, sosteniéndola contra su pecho hasta que ella dejó de temblar.
Con cuidado, él la colocó de espaldas en la cama y le retiró un mechón de pelo que se había caído en su cara.
—¿Esto es lo que querías? —susurró él.
Ella tragó aire. Asintiendo. Las lágrimas se asomaron a sus ojos.
—¡Trataba de decírtelo, pero no me prestabas atención!
En vez de sentirse contrariado, su boca se curvó en una sonrisa llena del placer.
—Mi dulce Rocío. Eres realmente especial.
—Espero que estés satisfecho —masculló ella, aún aturdida.
—Todavía no —sin ninguna advertencia, él apartó su bata y deslizó la mano entre sus muslos separados. Ella jadeó cuando él abrió los pliegues aumentados, y con cuidado insertó un dedo profundamente dentro de ella.
—Todavía no —susurró él otra vez.
Su aliento era un silbido diminuto. Mirándola atentamente, él deslizó su dedo hacia fuera, y otra vez dentro. Débilmente, ella lo miró y le vio la cara enrojecida, y notó las cuerdas de tensión en el lado de su cuello. Sentía su dedo profundamente dentro.
Ella dio un grito estrangulado y se convulsionó.
Una vez más él la sostuvo, luego la acercó a su pecho y le acarició la mejilla con sus labios.
—Debo ser el hombre más afortunado del mundo.
Mientras ella recuperaba el aliento, él se levantó y se quitó su ropa, y cuando le volvió a mirar, ya estaba desnudo. Señor, era hermoso, de carne tensa y músculo acerado. Ella se quedó con la mirada fija. Mirándolo. Se incorporó y se sentó sobre sus talones. Él se acercó. Ella se echó hacia adelante, inclinó la cabeza, y lamió su vientre. Esta vez fue él quien gimió. Le dio un pequeño mordisco en el músculo firme que corría en diagonal a través de un lado de su abdomen, poniendo los dedos encima de su muslo interior, hocicó por su ingle. Ella estaba preparada para jugar.
Sus palabras estranguladas la convencieron que eso no pasaría.
—Dime que no voy tener que atarte.
Ella vaciló sólo durante un momento antes de echarse para atrás, extendió los brazos hasta que sus manos tocaron el cabecero, y se rió.
—No hay necesidad.
Ella no podía imaginarse por qué confiaba en él tanto o por qué estaba dispuesta a acatar sus ridículas reglas. Sólo sabía que se sentía a salvo.
Protegida... a pesar de dos increíbles y excitantes orgasmos. Él se sentó sobre la cama, cogió las rodillas con las palmas de sus manos, y las separó suavemente. Entonces se arrodilló entre ellas y miró hacia abajo, ella se sintió abierta, brillante e inflamada.
—Eres tan hermosa —dijo él.
Mientras él la observaba, ella se concentró en admirar su cuerpo. Increíble.
Mármol y acero. Ella anhelaba tocarlo... extendió la mano.
Él sacudió su cabeza
—Esta vez no, nena. Por favor. No tengo tanto autocontrol. Y esto tiene que ser perfecto para ti —le terminó de quitar la bata y renovó su sensual ataque.
Caricias profundas, perezosas. La yema de un dedo. Un lamido. Mordisco. Mordisco. Mordisco. Mordisco. Mordisco.
Y luego... Sloooow... lapppp ... con su lengua.
¡Era demasiado!
Él rió cuando ella gritó otra vez.
—El hombre más afortunado del mundo —repitió él.
Él agarró rápidamente una caja de la mesita de noche y pronto se colocó sobre ella, pellizcándole su labio hinchado con otro beso abrasador y comenzando a entrar dentro de ella.
A pesar de todo, no pasó cómodamente.
—Tómame lentamente, amor.
Disfrutando de la sensación de su peso sobre ella, se agarró a sus húmedos hombros y arqueó sus caderas.
Él gimió.
—Por favor... nena... no trates de mandar ahora.
—Pero yo necesito...
—Lo sé. Lo sé.
Ella sólo tenía una parte de él. Y quería más.
—Fácil ... fácil... —él canturreaba, y ella no sabía qué. Tampoco le preocupaba. Sólo sabía que ella volaba más alto y más alto.... Sollozó cuando llegó otro clímax.
Y luego lo tenía entero dentro, y no había terminado, acababa de empezar.
Embestidas largas y profundas. Ojos verdes de medianoche. Las manos unidas sobre la almohada. Su peso sobre ella. Dentro de ella. Penetración. Bombeo.
Sensaciones y olor de éste hombre.
Otro clímax. Otra espiral. Años... décadas ... siglos...
Frenesí caliente.
Y... mucho más tarde... el regreso.
Gracias.

domingo, 24 de febrero de 2013

Tercera Parte, Capitulo Uno


Gastón miró hacia la entrada del garaje y calculó sus posibilidades en la calle. Tal vez una hora o así en la casa le daría tiempo de idear el mejor plan. Y además supuso que estaba en deuda con ella, de manera que empezó a sacar el equipaje.
—Dentro hay más.
—Ya lo subiré luego. —Se echó al hombro la bolsa y cogió las dos maletas. De Gucci, advirtió con una mueca. Y la tía andaba refunfuñando por trescientos cochinos dólares.
Gastón entró en el ascensor y tiró las maletas al suelo sin ninguna ceremonia.
—¿Llegas de viaje?
Rocío pulsó el botón del piso cuarenta y dos.
—Un par de semanas en París.
—Un par de semanas. —Gastón miró las tres maletas. Y por lo visto había más—. Viajas ligerita, ¿eh?
—Viajo como me place —replicó ella pomposa—. ¿Has estado en Europa?
Gastón sonrió, y aunque las gafas le ocultaban los ojos, Rocío encontró su sonrisa atractiva. Tenía una boca bien formada y unos dientes no del todo derechos.
—Unas cuantas veces.
Se estudiaron en silencio el uno al otro. Era la primera ocasión que había tenido Gastón de observarla realmente. Era más alta de lo que esperaba, aunque tampoco estaba muy seguro de lo que esperaba. Tenía el pelo cubierto casi por completo por el sombrero blanco tipo fedora que llevaba al bies, pero lo que se veía era tan rubio como el del punk al que había parado en la calle, solo que de un tono más intenso. El ala del sombrero le oscurecía la cara, pero se advertía una tez marfileña sin mácula y una estructura ósea elegante. Tenía los ojos redondeados, del color del whisky. La boca estaba al descubierto y no sonreía. La mujer olía a algo suave y sedoso que uno quisiera tocar en una habitación oscura.
Era lo que Gastón habría llamado una mujer despampanante, aunque no parecía tener ninguna curva obvia bajo la sencilla chaqueta de marta cibelina y los pantalones de seda. Gastón siempre había preferido lo obvio en las mujeres. Tal vez incluso lo exuberante. Pero bueno, mirarla no era nada desagradable.
Rocío sacó de su bolso de serpiente unas llaves.
—Esas gafas son ridículas.
—Sí. Bueno, han cumplido su misión. —Gastón se las quitó.
Sus ojos la sorprendieron. Eran muy claros, muy limpios, verdes. De alguna manera ofrecían un debil contraste con su rostro y el color de su piel, hasta que uno se daba cuenta de lo directos que eran y la atención con que miraban, como si se tratara de un hombre que lo estudiaba todo y a todos.
Hasta entonces no la había preocupado. Las gafas le daban un aspecto estúpido e inofensivo. Ahora Rocío sintió unas primeras punzadas de intranquilidad. ¿Quién demonios era y por qué le disparaban?
Cuando la puerta se abrió, Gastón se inclinó para coger las maletas. Rocío advirtió el fino hilillo rojo que le corría por la muñeca.
—Estás sangrando.
Gastón siguió su mirada con indiferencia.
—Sí. ¿Por dónde vamos?
Ella vaciló solo un instante. Podía ser tan displicente como él.
—A la derecha. Y no me manches las maletas de sangre. —Y con estas palabras pasó delante de él para abrir la puerta de la casa.
A pesar del enfado y el dolor, Gastón advirtió que tenía unos andares notables. Un paso lento y suelto, con un elegante bamboleo. Concluyó que era una mujer acostumbrada a que los hombres la siguieran, y deliberadamente se puso a su altura. Rocío le miró un instante antes de abrir la puerta. Luego encendió las luces y se fue directamente al bar. Eligió una botella de Remy Martin y sirvió dos generosas copas.
Impresionante, pensó Gastón mientras inspeccionaba el apartamento. La moqueta era tan suave y gruesa que no le importaría dormir en ella. Sabía lo suficiente para reconocer la influencia francesa en el mobiliario, pero no tanto como para determinar la época. La mujer había recurrido al azul zafiro y el amarillo mostaza para romper el impresionante blanco de la moqueta. Gastón sabía reconocer una antigüedad, y en aquella sala vio varias. El gusto romántico de la chica le resultaba tan obvio como la marina de Monet en la pared. Una copia magnífica, pensó. Si tuviera tiempo de empeñarla, estaría listo para seguir su camino. Solo le hizo falta un somero vistazo para darse cuenta de que podría llenarse los bolsillos con sus elegantísimos chismes franceses y sacar un billete de primera clase que le llevara muy lejos de allí. El problema era que no se atrevía a tratar con ninguna casa de empeños de la ciudad. Y menos ahora que Mariano había extendido los tentáculos.
Puesto que los muebles no le resultaban de ninguna utilidad, no sabía muy bien por qué le gustaban. Normalmente los habría encontrado demasiado femeninos y formales. Tal vez después de pasarse la tarde corriendo necesitaba el confort de unos cojines de seda y encaje. Rocío bebió un sorbo de coñac mientras atravesaba la sala con las copas.
—Puedes traerla al baño —le dijo mientras le ofrecía la suya. A continuación tiró la chaqueta de piel sobre el respaldo del sofá con actitud negligente—. Voy a echar un vistazo a ese brazo.
Gastón se quedó mirándola ceñudo mientras ella se alejaba. Se suponía que las mujeres tenían que hacer preguntas, cientos de preguntas. A lo mejor es que esta no tenía dos dedos de frente para pensar en ellas. La siguió de mala gana, a ella y la estela de aroma que iba dejando. Pero tenía clase, admitió. Eso no se podía negar.
—Quítate la chaqueta y siéntate —le ordenó ella, mojando una toalla con un monograma.
Gastón se quitó la chaqueta apretando los dientes al sacar el brazo izquierdo. La dobló con cuidado y la dejó en el borde de la bañera. Luego se sentó en una butaca de cuero que cualquier otra persona habría tenido en el salón. Vio que la manga de la camisa estaba cubierta de sangre seca y se la arrancó maldiciendo para dejar al descubierto la herida.
—Ya puedo hacerlo yo —masculló, tendiendo la mano hacia la toalla.
—Estate quieto. —Rocío empezó a limpiar la sangre seca con la toalla jabonosa—. Hasta que no lo limpiemos no sabremos si la herida es grave.
Gastón se arrellanó en la silla porque el agua caliente era sedante y ella le tocaba con suavidad. Pero no dejó de mirarla. ¿Qué clase de mujer era aquella? Conducía como un maníaco de nervios de acero, vestía como para ir a un desfile de moda y bebía como un cosaco (de hecho ya se había terminado el coñac). Habría estado más tranquilo si la hubiese visto mostrar al menos un atisbo de la histeria que esperaba.
—¿No quieres saber cómo me he hecho esto?
—Hmmmm. —Rocío presionó la herida con una toalla limpia para detener la nueva hemorragia. Como él quería que preguntara, estaba decidida a no hacerlo.
—Una bala —dijo Gastón, saboreando el momento.
—¿Ah, sí? —Rocío apartó la toalla para mirarla mejor, ahora interesada—. Nunca había visto una herida de bala.
—Genial. —Gastón dio un sorbo al coñac—. ¿Te gusta?
Ella se encogió de hombros y se acercó a la puerta de espejo del botiquín.
—No es muy impresionante.
Gastón se miró la herida frunciendo el ceño. Es verdad que la bala solo le había rozado. Pero le habían disparado. No todos los días le pegan a uno un tiro.
—Pues duele.
—Ya, bueno, vamos a vendarla. Los arañazos no duelen tanto si no los ves. —Estaba rebuscando entre botes de crema facial y aceites de baño.
—Eres muy listilla...
—Rocío. Me llamo Rocío Igarzabal. —Y le ofreció formalmente la mano.
Él sonrió.
—Dalmau. Gastón Dalmau.
—Hola, Gastón. Bueno, en cuanto acabemos con esto tenemos que hablar del parabrisas de mi coche. —Rocío volvió al botiquín—. Son trescientos dólares.
Gastón bebió más coñac.
—¿Y cómo sabes que son trescientos dólares?
—Te estoy dando el presupuesto más bajo. En un Mercedes no te cambian ni una bujía por menos de trescientos dólares.
—Pues tendré que dejártelos a deber. Me he gastado mis últimos doscientos en esta chaqueta.
—¿En la chaqueta? —Rocío se volvió sorprendida hacia él—. Tienes pinta de ser más elegante.
—La necesitaba. Además, es de cuero.
Esta vez Rocío se echó a reír.
—Sí, de imitación auténtica.
—¿Cómo que de imitación?
—Que esa monstruosidad no ha visto nunca una vaca. Ah, aquí está. Ya sabía yo que tenía. —Asintiendo satisfecha, sacó una botella del botiquín.
—El muy hijo de puta... —masculló Gastón. No había tenido ocasión de mirar de cerca su adquisición. Ahora, con la luz del baño, estaba claro que no era más que vinilo barato. Doscientos dólares. El súbito fuego en el brazo le hizo dar un respingo—. ¡Joder! ¿Qué haces?
—Es yodo —le explicó Rocío, extendiéndolo generosamente sobre la herida.
Gastón arrugó la frente.
—Escuece.
—No seas infantil. —Resuelta, le vendó la herida con gasa, la pegó con esparadrapo y le dio una palmadita final—. Ya está —dijo, muy satisfecha de sí misma—. Como nuevo. —Todavía inclinada, volvió la cabeza y le sonrió. Sus rostros estaban muy cerca; el de ella risueño, el de él rabioso—. Y ahora lo de mi coche...
—Podría ser un asesino, un violador, un psicópata —murmuró él con aire peligroso. Rocío notó un temblor recorriéndole la espalda y se enderezó.
—No lo creo. —Pero cogió su vaso y volvió al salón—. ¿Otra copa?
Maldita sea, la chica tenía agallas. Gastón agarró la chaqueta y salió tras ella.
—¿No quieres saber por qué me perseguían?
—¿Los malos?
—¿Los... malos? —repitió él, con una carcajada de perplejidad.
—Los buenos no van por ahí disparando a transeúntes inocentes. —Rocío se sirvió otra copa y se sentó en el sofá—. Así que, por eliminación, me imagino que tú eres el bueno.
Gastón se echó a reír y se dejó caer junto a ella.
—Mucha gente estaría en desacuerdo contigo.
Rocío le observó de nuevo sobre el borde de su copa. No, tal vez «bueno» era una palabra demasiado concisa. Parecía más complicado que eso.
—Bueno, pues cuéntame por qué querían matarte esos tres.
—Hacían su trabajo. —Gastón bebió otro sorbo—. Trabajan para un tal Mariano, que quiere algo que yo tengo.
—¿Y qué es?
—El mapa de un tesoro —contestó él distraído. Se levantó y se puso a andar de un lado a otro. En el bolsillo llevaba menos de veinte dólares junto con una tarjeta de crédito caducada. Ni lo uno ni lo otro le permitirían salir del país. Lo que llevaba cuidadosamente doblado en un sobre valía una fortuna, pero necesitaba comprar un billete antes de poderlo hacer efectivo. Podía robar una cartera en el aeropuerto. Mejor aún, podía intentar colarse en el avión enseñando su falso carnet de identidad y haciéndose pasar por un duro e impaciente agente del FBI. Le había funcionado en Miami. Pero esta vez no le daba buena espina. Y sabía que era mejor hacer caso a su instinto.
—Necesito dinero —masculló—. Unos cientos de dólares. Tal vez mil. —Se volvió hacia Rocío pensativo.
—Ni hablar. Ya me debes trescientos.
—Te lo devolveré —saltó él—. Maldita sea, en seis meses te compro un coche nuevo. Considéralo una inversión.
—De eso se encarga mi agente de bolsa. —Rocío bebió de nuevo y sonrió. Gastón le resultaba muy atractivo de aquella guisa, inquieto, ansioso por ponerse en camino. En el brazo desnudo se marcaban unos músculos fibrosos y sus ojos ardían de entusiasmo.
—Mira, Rocío. —Se sentó en el brazo del sofá, junto a ella—. Mil dólares. Eso no es nada, después de lo que hemos pasado juntos.
—Serán setecientos dólares más de lo que ya me debes —le corrigió ella.
—Te pagaré el doble en seis meses. Necesito comprar un billete de avión, algunas cosas... —Se miró a sí mismo y luego a ella con aquella rápida y atractiva sonrisa—. Una camisa nueva.
Un vivales, pensó ella intrigada. ¿Qué significaba para él un tesoro?
—Tendría que saber algo más antes de poner el dinero.
Gastón había camelado a mujeres para sacarles algo más que dinero. De manera que, muy seguro de sí mismo, le cogió una mano entre las suyas, acariciándole los nudillos con el pulgar.
—Un tesoro —susurró persuasivo—. Un tesoro de cuento de hadas. Te traeré diamantes para el pelo. Diamantes enormes y relucientes. Parecerás una princesa. —Le deslizó un dedo por la mejilla. Era suave, fresca. Por un instante, solo un instante, perdió el hilo de su discurso—. También salida de un cuento de hadas.
Le quitó despacio el sombrero y se quedó mirando pasmado y admirando el pelo que caía en cascada por sus hombros, por sus brazos. Pálido como un sol de invierno, suave como la seda.
—Diamantes —repitió, enredando en él los dedos—. Un pelo así debería estar adornado con diamantes.
Rocío estaba absorta en él. Una parte de ella habría creído cualquier cosa que le dijera en ese instante, habría hecho cualquier cosa que le pidiera mientras siguiera tocándola de aquel modo. Pero fue la otra parte, la superviviente, la que logró asumir el control.
—Me gustan los diamantes. Pero también conozco a mucha gente que paga por ellos y acaba con cristales bonitos. Garantías, Gastónlas. —Para distraerse bebió otro sorbo de coñac—. Siempre pido garantías, el certificado de autenticidad.
Él se levantó exasperado. Puede que Rocío pareciera una presa fácil, pero era dura de roer.
—Mira, nada me impide quitártelo. —Cogió bruscamente el bolso del sofá y se lo tendió—. Puedo largarme con esto ó podemos hacer un trato.
Ella se puso en pie y se lo arrebató de las manos.
—No hago tratos a menos que conozca todos los términos. Tienes una cara dura de espanto amenazándome así después de que te he salvado la vida.
—¿Que me has salvado la vida? —explotó Gastón—. ¡Pero si casi me matas veinte veces!
Ella alzó el mentón y contestó con voz regia y altanera:
—Si no hubiera burlado a esos tíos, estarías flotando en el río. Y por tu culpa tengo el coche destrozado.
La imagen se acercaba demasiado a la verdad.
—Has visto demasiadas películas de James Cagney —le espetó él.
—Quiero saber lo que tienes y adónde pretendes ir.
—Un puzle. Tengo las piezas de un puzle y voy a Madagascar.
—¿A Madagascar? —Intrigada, le dio varias vueltas en la cabeza. Noches cálidas, bochornosas, aves exóticas, aventura—. ¿Qué clase de puzle? ¿Qué clase de tesoro?
—Eso es asunto mío. —Gastón volvió a ponerse la chaqueta teniendo cuidado con el brazo herido.
—Quiero verlo.
—No puedes verlo. Está en Madagascar. —Mientras pensaba, sacó un cigarrillo. Le podía contar algo, lo suficiente para despertar su interés pero no bastante para correr ningún riesgo. Mientras exhalaba el humo miró en torno a la sala—. Parece que sabes algo de Francia.
Ella entornó los ojos.
—Bastante para pedir caracoles y Dom Pérignon.
—Ya, seguro. —Cogió de un curioso mueble una caja de rapé incrustada de perlas—. Digamos que aquello que busco tiene acento francés. Un acento francés antiguo.
Rocío se mordió el labio. Gastón había dado en el blanco. La cajita de rapé que ahora se iba pasando de una mano a otra tenía doscientos años y formaba parte de una extensa colección.
—¿Cómo de antiguo?
—Un par de siglos. Mira, guapa, podrías avalarme. —Dejó la caja y se acercó de nuevo a ella—. Considéralo una inversión cultural. Yo me llevo el dinero y te traigo unos regalitos.
Doscientos años significaba la Revolución francesa. María Antonieta y Luis. Opulencia, decadencia e intriga. Al pensarlo, una sonrisa comenzó a asomar a sus labios. La historia siempre le había fascinado, sobre todo la historia de Francia, con su realeza y su política cortesana, sus filósofos y sus artistas. Si de verdad aquel hombre tenía algo, y la expresión de sus ojos la convencía de ello, ¿por qué no iba a llevarse ella su parte? Ir a la caza del tesoro tenía que resultar más divertido que pasar la tarde en Sotheby's.
—Digamos que me interesa —comenzó, dispuesta a negociar los términos—. ¿Qué haría falta?
Gastón sonrió. No pensaba que fuera a morder el anzuelo con tanta facilidad.
—Unos dos mil dólares.
—No me refería al dinero. —Rocío despreciaba el dinero como solo pueden hacerlo los ricos—. Quiero decir que cómo lo conseguiríamos.
—¿Nosotros? —Gastón ya no sonreía—. De nosotros, nada.
Ella se miró las uñas.
—Pues si no estamos juntos, no hay dinero. —Volvió a sentarse, extendiendo los brazos sobre el sofá—. No he estado nunca en Madagascar.
—Pues llama a tu agencia de viajes, guapa. Yo trabajo solo.
—Lástima. —Rocío se sacudió el pelo y sonrió—. Bueno, ha estado muy bien. Ahora, si me pagas por los daños...

Capitulo Dieciocho, Segunda Parte


Rocío dio un salto atrás mientras los pedazos llovían sobre sus tobillos. Con expresión ceñuda, contempló la sangre que brotaba de los diminutos rasguños.
—Parece ser que ya lo he hecho. ¿No te gusta, verdad? —Sin soltar el cuenco, se dio la vuelta—. Lo último que deseas es que estemos juntos. Veremos quién gana.
Lo veremos.
Rocío recogió un trozo de loza y lo deslizó por la yema de su dedo pulgar. Cuando la sangre asomó, alzó la mano y dejó que goteara.
—No soy tan débil como lo fue él. Si acepto amor, si prometo amor, lo mantengo.
El sonido de un carillón la sobresaltó. Era la melodía de Gastón. Las primeras notas. El miedo y la estupefacción le cerraron la garganta y el cuenco tembló.
—¡Maldita sea, abre la puerta! —La voz de Gastón resonó hinchada de irritación—. Luego asesina al idiota que haya tocado el timbre.
¿Timbre? Rocío se mesó el pelo. Gastón había instalado un timbre que tocaba «Después del baile». Viniendo de él, no podía ser de otro modo.
—Si sigues gritándome de ese modo —vociferó mientras salía al vestíbulo— tendrás que vértelas con algo peor que una resaca.
—Si te largaras y me dejaras morir en paz, no tendría que gritar.
—De aquí a un minuto subiré a retorcerte el pescuezo. Y después de retorcerte el pescuezo te daré una buena patada en el culo.
Rocío abrió la puerta vociferando la última amenaza y se descubrió mirando furiosamente a una pareja de aspecto muy distinguido. Solo tardó lo que dura un pestañeo en sacudirse el mal genio y ver que los ojos de Gastón la miraban con curiosidad desde la cara de una  mujer.
—Soy Silvia Dalmau. —La dama, arreglada, rubia y sumamente atractiva, le tendió una mano elegante—. ¿Y quién es usted? Si es el culo de mi hijo el que piensa azotar, me gustaría saber cómo se llama.
—¿Mamá? —Goteando agua de la ducha, ataviado únicamente con unos pantalones de chándal viejos, Gastón corrió hasta el rellano—. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Hola! —Pese a los estragos de la resaca, bajó como una bala y los estrujó entre sus brazos—. No os esperaba hasta mañana.
—Cambio de planes. ¿Acabas de levantarte? —preguntó Silvia-—. Es la una de la tarde.
—Anoche tuvimos despedida de soltero. Alcohol duro y mujeres disolutas.
—¡No me digas! —Silvia miró a Rocío.
—Oh, no, esta no. Ella vino a hacer de Florence Nightingale. Silvia y Pedro Dalmau, Rocío Igarzábal.
—Es un placer conocerla. —Pedro, larguirucho y desgarbado, de pelo oscuro y encantadoras canas en las sienes, dirigió a Rocío una amplia sonrisa. Sus ojos azules brillaron al tenderle la mano.
Y mostraron preocupación al reparar en el pulgar.
—Estás herida.
—No es nada.
—¿Qué te ha pasado? Jesús, Rocío, estás sangrando. —Preso del pánico, Gastón la cogió de la muñeca, la levantó del suelo y la llevó hasta la cocina.
—Es solo un rasguño, Gastón —susurró Rocío—. Ya basta. Tus padres. Me estás dejando en ridículo.
—Calla. Déjame ver si es profundo.
Todavía en el umbral, Pedro miró a su mujer.
—¿Es ella?
—No hay duda de que eso piensa él. —Silvia apretó los labios y entró en la casa—. Echemos una ojeada a todo esto.
—Es muy guapa.
—Tengo ojos, Pedro. —Y los utilizó para absorber la casa mientras seguían los pasos de Gastón.
Era más, mucho más de lo que esperaba. No porque dudara del gusto de su hijo. Pero le habían hecho creer que la casa se hallaba en un estado de deterioro insalvable. Lo que ella veía eran estancias elegantes, detalles encantadores, cristaleras y maderajes brillantes.
Y en la cocina vio a su hijo inclinado sobre la mano de una mujer sumamente irritada, sumamente hermosa, que parecía muy capaz de llevar a cabo su amenaza.
—Lo siento. —Rocío apartó a Gastón de un codazo y sonrió a la pareja—. Se me cayó una taza, eso es todo. Me alegro de conocerles.
Gastón se puso a rebuscar en los armarios.
—Necesitas un desinfectante y una tirita.
—Oh, déjalo ya, cualquiera diría que he perdido una mano. Y si no vas con cuidado acabarás pisando los pedazos rotos y en peor estado que yo. Lamento que su llegada haya sido tan accidentada —dijo a los padres de Gastón—. Voy a limpiar todo esto y luego me iré.
—¿Adonde? —preguntó Gastón—. Prometiste comida.
Rocío se preguntó si Gastón podía oír el rechinar de sus dientes.
—Echa lo que hay en ese cuenco en una sartén, enciende el fogón y tendrás comida. —Abrió bruscamente el armario de la limpieza—. ¿Por qué no ofreces a tus padres una taza de café o algo frío después de tan largo viaje? Te educaron mejor que eso.
—Desde luego —convino Silvia.
—Lo siento, ver sangrar de ese modo a la mujer que amo me ha trastornado.
—Gastón. —Aunque la voz de Rocío sonó queda, la advertencia era alta y clara.
—Me encantaría una taza de café —dijo animadamente Pedro—. Hemos venido directamente del aeropuerto. Queríamos ver la casa, y a ti también, Gas —añadió con un guiño.
—¿Y el equipaje?
—Lo enviamos al hotel. Hijo, esta casa es enorme. Demasiado espacio para un hombre solo.
—Rocío y yo queremos cuatro hijos.
Rocío dejó caer los fragmentos de la taza en la basura y se volvió raudamente hacia Gastón.
—Vale, tres —rectificó él sin parpadear—. Pero es mi última oferta.
—Ya he tenido bastante. —Rocío le puso la escoba y el recogedor en las manos—. Limpia tu propia porquería. Espero que disfruten de su estancia —dijo en un tono contenido a Silvia y Pedro—. Llego tarde al trabajo.
Salió por la puerta de atrás porque estaba más cerca y venció la necesidad de dar un portazo que agrietara las ventanas.
—¿No es preciosa? —dijo Gastón con una amplia sonrisa—. ¿No es perfecta?
—La has irritado y has hecho que pasara vergüenza—dijo Silvia.
—Genial. Suelo hacer más progresos de esa manera. Os serviré una taza de café y luego daremos una vuelta por la casa.


Una hora más tarde Gastón estaba sentado con su madre en la terraza de atrás mientras Pedro —que había perdido el debate— preparaba emparedados.
Lo peor de la resaca había pasado. Gastón supuso que debía agradecérselo a la misteriosa pócima que Rocío le había dado... y al placer de verla en la misma habitación que sus padres.
Caray, cómo los había extrañado, pensó. No se había dado cuenta de ello hasta que los vio.
—¿Y? —dijo al fin—. ¿Vas a decirme qué piensas?
—Sí. —Pero Silvia siguió contemplando los jardines—. Hace calor, ¿no crees? Es pronto para que haga este calor, me parece a mí.
—En realidad hoy hace un poco de fresco. Deberías haber estado aquí hace un par de días. Podrías haber cocido un huevo aquí fuera.
Silvia oyó cómo lo dijo, con cierto orgullo.
—Nunca te gustó el frío. Cuando íbamos a esquiar, preferías quedarte jugando en la cabaña a bajar por las pistas.
—El esquí es algo que la gente inventó para hacer ver que la nieve es divertida.
—Me temo que no te invitaremos a Vermont este año. —Pero la mano de Silvia acarició la de su hijo—. La casa es hermosa. Gastón. Hasta lo que todavía no has restaurado es hermoso, a su manera. Me gustaba pensar que tu trabajo con las herramientas y la madera era una mera afición. Prefería pensar eso. Imaginaba que mientras fueras abogado seguirías en Boston. Me horrorizaba verte marchar, así que te lo puse difícil. No lo siento. Eres mi niño —dijo, y llegó hasta lo más profundo del corazón de Gastón.
—No tengo que vivir en Boston para estar cerca.
Ella sacudió la cabeza.
—Ya no aparecerás por casa inesperadamente. No tropezaremos en restaurantes o en fiestas o en el teatro. Eso me causa dolor, un dolor que comprenderás cuando tengas esos tres o cuatro hijos.
—No quiero que estés triste.
—Cómo no voy a estarlo. No seas bobo. Te quiero.
—Eso dices —respondió él juguetonamente.
Silvia le miró, ojos verdes sobre ojos verdes.
—Afortunadamente para los dos, te quiero lo bastante para saber cuándo dejarte ir. Has encontrado tu lugar aquí. No negaré que esperaba que no fuera así, pero como lo has encontrado, me alegro por ti.
—Gracias. —Gastón se inclinó para besarla.
—En cuanto a esa mujer...
—Rochi.
—Sé cómo se llama, Gastón —repuso secamente Silvia—. Como suegra en potencia, tengo derecho a dirigirme a ella como «esa mujer» hasta que la conozca un poco mejor. En cuanto a esa mujer, no se parece en nada a la mujer que había imaginado para ti. Por lo menos cuando te imaginaba prosperando en el bufete de abogados y comprando una casa cerca de nosotros y con fácil acceso al club de campo. Jessica habría cumplido bastante bien los requisitos como nuera dentro de ese contexto. Una buena pareja de tenis que juega bien al bridge y está capacitada para presidir los comités adecuados.
—Deberías adoptarla.
—Calla, Gastón. —El tono de Silvia fue dulce y, al mismo tiempo, firme. Rocío lo habría reconocido al instante—. Todavía no he terminado. Jessica, por mucho que me conviniera a mí, era evidente que no te convenía a ti. No eras feliz, y había empezado a notarlo y a preocuparme poco antes de que rompieras. Traté de convencerme de que eran los nervios prenupciales, pero sabía que me estaba engañando.
—No habría hecho daño que hubieras hablado del tema.
—Puede, pero estaba irritada contigo.
—No hace falta que lo jures.
—No seas descarado, jovencito, sobre todo cuando estoy a punto de ponerme sentimental. Siempre fuiste un niño alegre, inteligente, espabilado y agudo. Tenías lo que yo llamaba un corazón vital, y lo perdiste. Hoy he visto que lo has recuperado. Lo vi en tus ojos cuando mirabas a Rochi.
Gastón tomó la mano de su madre y la frotó contra su mejilla.
—La has llamado Rochi.
—Temporalmente. Todavía no le he dado el visto bueno. Y créeme, hijo, ella tampoco nos ha dado el visto bueno a tu padre y a mí. De modo que te aconsejo que te quites de en medio y nos dejes hacer el trabajo a nosotros. —Silvia estiró las piernas—. ¿Pedro? ¿Has tenido que cazar al cerdo para hacer los emparedados de jamón?
Gastón sonrió y posó en la mano que sostenía un beso fuerte y sonoro.
—Os quiero.
—Nosotros también te queremos. —Silvia le apretó los dedos antes de soltarlos—. Solo Dios sabe por qué.

Soñó con tormentas y dolor. Con miedo y gozo.
La lluvia y el viento azotaban las ventanas y el dolor que lo flagelaba salía en forma de aullidos.
El sudor y las lágrimas cubrían la cara de él... de ella. El cuerpo de ella. El dolor de él.
La habitación aparecía dorada con la lámpara de gas y el fuego de la chimenea. Y mientras fuera rugía la tormenta, otra se debatía dentro de ella. De él.
Las contracciones le golpeaban la barriga con un dolor cegador. Su llanto era primitivo y le ardía la garganta.
¡Empuja, Vale! ¡Tienes que empujar! Ya casi estás.
Agotada, estaba agotada y débil. ¿Como podía él experimentar tanto dolor? Los dientes le rechinaban. Casi como a una loca. Todo lo que era, todo lo que tenía, estaba concentrado en esta tarea, en este milagro.
Su hijo. Su hijo, y el hijo de Ramiro, estaba luchando por venir a este mundo. Y ella luchaba con todas las fuerzas que le quedaban. Una vida dependía de ello.
¡Ya se ve la cabeza! ¡ Y el pelo! Otro empujón, Vale. Otro empujón, chére.
Ahora ella reía. Mejor que gritar, aunque la risa tuviera un atisbo de histeria. Se apoyó en los codos y echó la cabeza hacia atrás mientras un dolor nuevo e indescriptible la atravesaba.
Este momento único, este acto, era el mayor regalo que una mujer podía hacer. Este regalo, este bebé, estaría protegido, sería atendido, sería amado el resto de sus días.
Y entre aullidos de dolor, con el estallido de relámpagos, con el rugido de los truenos, ella empujó y empujó, y dio al mundo una nueva vida.
¡Una niña! Tienes una hija preciosa.
El dolor quedó olvidado. Las horas de sudor, sangre y sufrimiento quedaron eclipsadas por una felicidad arrolladora. Sollozando, Vale alargó los brazos para acoger a la pequeña recién nacida cuyo llanto sonaba a triunfo.
Mi rosa. Mi bella Valentina. Llama a Ramiro para que vea a nuestra hija.
Primero lavaron a la madre y a la hija, sonriendo ante la impaciencia de la madre y el llanto de la pequeña. Ramiro tenía lágrimas en los ojos cuando entró en la habitación. Los dedos le temblaban cuando tomó la mano de ella. Su cara se llenó de admiración cuando miró a la niña que habían creado.
Vale le contó lo que había jurado en el momento en que le pusieron a Valentina en los brazos.
La protegeremos, Ramiro. Pase lo quépase, la protegeremos y haremos que sea feliz. Es nuestra. Prométeme que siempre la amarás y la cuidarás.
Claro que sí. Es tan hermosa, Vale. Mis preciosas chicas, os quiero.
Dilo. Necesito oírte Decirlo.
Sosteniendo la mano de Valeria, Ramiro posó suavemente un dedo en la mejilla de su hija. La amaré y la cuidaré siempre. Lo juro.