domingo, 12 de junio de 2011

Capitulo Uno, Segunda Parte

Capitulo Uno, Segunda Parte


«¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de poder sacar a la mocosa de aquí?»
Gastón Dalmau echó un vistazo a su reloj. Otros cinco minutos más, decidió. Observó cómo el sirviente que pasaba con la bandeja de bebidas se paraba a adularla.
«Disfrútalo, señora. Pasará mucho tiempo antes de que puedas volver a hacerlo.»
Mientras Bartolomé le mostraba al juez un samovar antiguo, Gastón contempló las piernas de su nueva esposa, expuestas ante todo el mundo gracias a eso que ella llamaba vestido de novia. Eran delgadas y bien proporcionadas, lo cual le hizo preguntarse si el resto de ese cuerpo femenino, oculto a medias por la chaqueta, sería igual de tentador. Pero ni siquiera el cuerpo de una sirena lo compensaría de tener que casarse a la fuerza.
Recordó la última conversación que mantuvo con el padre de Rocío.
—Es maleducada, atrevida e irresponsable —había dicho Bartolomé Igarzabal . —Su madre fue una mala influencia para ella. No creo que Rocío sepa hacer algo útil. Por supuesto, no es todo culpa suya. Rocío estuvo pegada a las faldas de su madre hasta que murió. Es un milagro que no estuviera a bordo del barco la noche que se incendió. Tienes que tener mano dura con mi hija, Gastón o te volverá loco.
Lo poco que Gastón había visto de Rocío Igarzabal hasta ahora no le habían hecho dudar de las palabras de Bartolomé. La madre, Adriana  Igarzabal, había sido una modelo británica famosa hacía treinta años. Como los polos opuestos se atraen, Adriana y Bartolomé Igarzabal habían tenido una aventura amorosa cuando él comenzaba a destacar como experto en política exterior; Rocío era el resultado.
Bartolomé le había asegurado a Gastón que le había propuesto matrimonio a Adriana cuando ésta se quedó embarazada inesperadamente, pero ella se había negado a sentar cabeza. No obstante, Bartolomé había insistido en que siempre había cumplido con su deber de padre hacia su hija ilegítima.
Sin embargo, todo indicaba lo contrario. Cuando la carrera de Adriana había comenzado a desvanecerse, se había convertido en asidua de fiestas y recepciones. Y donde quiera que Adriana fuera, Rocío la acompañaba. Al menos Adriana había tenido una profesión, pensó Gastón, pero Rocío no parecía haber hecho nada útil en la vida.
Mientras miraba a su nueva esposa con más atención, observó algún parecido con Adriana. Tenían el mismo color de pelo, rubio como el sol, y sólo las mujeres que no salían de casa podían tener esa tez tan pálida. Sus ojos eran de un miel inusual. Pero Rocío era más menuda —también parecía más frágil— y no tenía los rasgos tan marcados. Por lo que recordaba de viejas fotos, el perfil de Adriana había sido casi masculino, mientras que el de su hija era mucho más suave, especialmente en la pequeña nariz respingona y en aquella boca absurdamente dulce.
Según Bartolomé, Adriana tenía un carácter fuerte, pero era corta de entendederas, otra cualidad que la pequeña cabeza hueca con la que se había casado parecía haber heredado. No era exactamente la típica chica bonita y tonta —era demasiado culta para eso — pero a él no le costaba imaginársela como el caro juguete sexual de un hombre rico.
Gastón siempre había elegido con cuidado a sus compañeras de cama, y aunque le atraía ese pequeño cuerpo, prefería otro tipo de mujer, una que fuera algo más que un buen par de piernas. Le gustaban las mujeres que fueran inteligentes, ambiciosas e independientes y que no se guardaran nada para sí mismas. Podía respetar a una mujer que lo mandara a la mierda, pero no tenía paciencia con lloriqueos y pataletas. El mero hecho de pensar en eso hacía que le rechinasen los dientes.
Al menos tenerla bajo control no sería un problema. Miró a su esposa y curvó una de las comisuras de la boca en una sonrisita sardónica. «La vida tiene maneras de poner a las pequeñas chicas ricas y mimadas en el lugar que les corresponde. Y, nena, eso es lo que te acaba de pasar.»
Al otro lado de la habitación, Rocío se detuvo delante de un espejo antiguo para mirarse. Lo hacía por costumbre, no por vanidad. Para Adriana, la apariencia lo era todo. Consideraba que llevar el rimel corrido era peor que un holocausto nuclear.
El nuevo corte de pelo de Rocío, en capas y un poco más largo por detrás, era ligero, juvenil y delicado. A ella le había encantado desde el principio, pero le había gustado aún más esa mañana, cuando Amelia había protestado sobre lo inadecuado que era ese estilo para una boda.
Rocío vio acercarse a su novio por el reflejo del espejo. Compuso una sonrisa educada y se dijo a sí misma que todo saldría bien. Tenía que ser así.
—Coge tus cosas, cara de ángel. Nos vamos.
A ella no le gustó ni un ápice aquel tono de voz, pero había desarrollado un talento especial para tratar con personas difíciles y lo pasó por alto.
—María está haciendo un soufflé Grand Marnier para el banquete de boda, pero no está listo aún, así que tendremos que esperar.
—Me temo que no. Tenemos que agarrar un avión. Tu equipaje ya está en el coche.
Necesitaba más tiempo. No estaba preparada para estar a solas con él.
—¿No podemos agarrar un vuelo más tarde, Gas? Odio decepcionar a María. Es una joya y hace unos desayunos maravillosos.
Aunque la boca del hombre se había curvado en una sonrisa, los ojos parecieron taladrarla. Eran de un inusual color ámbar pálido que le recordaba a algo vagamente estremecedor. Aunque no podía recordar lo que era, ciertamente la inquietaba.
—Mi nombre es Gastón, y tienes un minuto para llevar ese dulce culito tuyo hasta la puerta.
A Rocío le dio un vuelco el corazón, pero antes de que pudiera reaccionar, él le dio la espalda y se dirigió a los otros tres ocupantes de la habitación con voz tranquila pero autoritaria.
—Espero que nos disculpen, pero tenemos que tomar un avión.
Amelia dio un paso adelante y le dirigió a Rocío una maliciosa sonrisa.
—Vaya, vaya. Alguien está impaciente por celebrar la noche de bodas. Nuestra Rocío es un bocadito apetecible, ¿verdad?
De repente, a Rocío se le fueron las ganas de tomar el soufflé de María.
—Me cambiaré de ropa —dijo.
—No tienes tiempo. Estás bien así.
—Pero...
La firme mano de Gastón se posó en su espalda y la empujó resueltamente hacia el vestíbulo.
—Supongo que éste es tu bolso. —Ante el asentimiento de Rocío agarro el bolsito de Chanel de la mesita dorada y se lo tendió. Justo entonces, el padre y la madrastra de Rocío se acercaron para despedirse.
Si bien ella no pensaba llegar más allá del aeropuerto, quiso escapar del contacto de Gastón que la conducía hacia la puerta. Se volvió hacia su padre y se odió a sí misma por el leve tono de pánico en la voz.
—Tal vez tú podrías convencer a Gastón de que nos quedemos un poco más, papá. Apenas hemos tenido tiempo de hablar.
—Obedécele, Rocío. Y recuerda que ésta es tu última oportunidad. Si me fallas ahora, me lavo las manos. Espero que hagas algo bien por una vez en tu vida.
Hasta ahora, siempre había soportado las humillaciones de su padre en público, pero ser humillada delante de su nuevo marido era demasiado vergonzoso y Rocío apenas consiguió enderezar los hombros. Levantando la barbilla, dio un paso delante de Gastón y salió por la puerta.
Se negó a sostener la mirada de su esposo mientras esperaban en silencio el ascensor que los llevaría al vestíbulo. Segundos después, entraron. Las puertas se cerraron sólo para abrirse en la planta siguiente y dar paso a una mujer mayor con un pequinés color café claro.
De inmediato, Rocío se enagarró contra la cara pared de reliquia del ascensor, pero el perro la divisó. Enderezó las orejas, emitió un ladrido furioso y saltó. Rocío chilló mientras el perro se abalanzaba sobre sus piernas y le desgarraba las medias.
—¡Quieto!
El perro continuó arañándole. Rocío gritó y se agarró al pasamanos de latón del ascensor. Gastón la miró con curiosidad y luego apartó al animal de un empujón con la punta del zapato.
—¡Mira que eres travieso, Mitzi! —La mujer tomó a su mascota en brazos y le dirigió a Rocío una mirada de reproche. —No entiendo lo que le pasa. Mitzi quiere a todo el mundo.
Rocío había comenzado a sudar. Continuó aferrada al pasamanos de latón como si le fuera la vida en ello mientras miraba cómo aquella pequeña bestia cruel ladraba hasta que el ascensor se detuvo en el vestíbulo.
—Parecías conocerlo —dijo Gastón cuando salieron.
—Nunca he visto a ese perro en mi vida.
—No lo creo. Ese perro te odia.
—No es eso... —ella tragó saliva, —es que me pasa una cosa extraña con los animales.
—¿Una cosa extraña con los animales? Dime que eso no quiere decir que les tienes miedo.
Rocío asintió con la cabeza e intentó respirar con normalidad.
—Genial —masculló él atravesando el vestíbulo. —Simplemente genial

No hay comentarios:

Publicar un comentario