miércoles, 13 de julio de 2011

Parte Dos, Segundo Capitulo

Parte Dos, Segundo Capitulo.



Un poco más tarde, la despertó el traqueteo de la camioneta. Se incorporó bruscamente, abrió los ojos y soltó un grito ahogado de asombro.
—¿Pasa algo?
—Dígame que eso no es lo que creo que es.
El dedo de la joven temblaba cuando señaló hacia el objeto que se movía al otro lado del polvoriento parabrisas.
—Es difícil confundir a un elefante con otra cosa.
Era un elefante. Un elefante de verdad, vivito y coleando. La bestia reagarró un fardo de heno con la trompa y lo lanzó hacia atrás. Mirando la deslumbrante luz del atardecer, Rocío rezó para estar todavía durmiendo y que aquello sólo fuera una pesadilla.
—Dígame que estamos aquí porque quiere llevarme al circo.
—No exactamente.
—¿Va a ir usted solo?
—No.
Rocío tenía la boca tan seca que le resultaba difícil articular las palabras.
—Sé que no le gusto, señor Dalmau, pero, por favor, dígame que no trabaja aquí.
—Soy el gerente.
—Gerente de un circo —repitió ella débilmente.
—Exacto.
Atontada, Rocío se dejó caer contra el asiento. A pesar de su optimismo, era incapaz de encontrar una luz al final del túnel.
En el recinto abrasado por el sol había una carpa de circo roja y azul junto con varias carpas más pequeñas y una gran cantidad de caravanas. La carpa más grande, salpicada por estrellas doradas, tenía un gran rótulo de color rojo intenso donde se podía leer: CIRCO DE LOS HERMANOS QUEST, PROPIETARIO: OWEN QUEST. Además de unos cuantos elefantes atados, Rocío vio una llama, un camello, varias jaulas enormes con animales y toda clase de gente de mal vivir, entre la que incluyó a algunos hombres bastante sucios. A la mayoría de ellos parecían faltarle los dientes delanteros.
El padre de Rocío siempre había sido exótico. Le encantaba todo ese rollo de los linajes antiguos y los títulos de nobleza. Se jactaba de descender de las más grandes familias zaristas de Rusia. El hecho de que hubiera casado a su única hija con un hombre que trabajaba en un circo decía mucho de lo que sentía por ella.
—No es exactamente el de los Hermanos Ringling.
—Eso ya lo veo —repuso ella débilmente.
—Los Hermanos Quest es uno de los circos que se conocen como circos de barro.
—¿Por qué dice eso?
—Pronto lo averiguarás —la respuesta sonó ligeramente diabólica.
Su marido aparcó la camioneta al lado de las demás, apagó el motor y salió. Para cuando ella bajó, él ya había sacado las maletas de la parte trasera y había echado a andar cargando con ellas.
Los altos tacones de Rocío se hundieron en el terreno arenoso y se tambaleó mientras seguía a Gastón. Todos dejaron lo que estaban haciendo y clavaron los ojos en ella. La rodilla le asomaba por el ancho agujero de las medias, la chamuscada chaqueta de raso se le caía de un hombro y los zapatos se hundían en algo demasiado blando. Afligida, Rocío bajó la mirada para asegurarse de que había pisado justo lo que se temía.
—¡Señor Dalmau!
El chillido de la joven tenía un deje de histeria, pero él pareció no oírla y siguió caminando hacia la hilera de caravanas. Ella restregó la suela del zapato por la arena, llenándoselo de polvo durante el proceso. Con una exclamación ahogada, Rocío echó a andar de nuevo.
Gastón se acercó a dos vehículos que estaban aparcados uno al lado del otro. El más cercano era una moderna caravana plateada con una antena parabólica. Al lado había otra caravana abollada y oxidada que parecía haber sido verde en otra vida.
«Por favor, que sea la caravana de la parabólica en vez de la otra. Por favor...»
Él se paró ante la fea caravana verde, abrió la puerta y desapareció en el interior. Rocío gimió, luego se dio cuenta de que estaba tan entumecida emocionalmente que ni siquiera era capaz de sorprenderse.
Gastón reapareció en la puerta un momento después y observó cómo se acercaba tambaleándose hacia él.
Cuando al fin llegó al curvo peldaño de metal, él le ofreció una sonrisa cínica.
—Hogar, dulce hogar, cara de ángel. ¿Quieres que te carga en brazos para cruzar el umbral?
A pesar del sarcástico comentario, ella eligió ese momento en particular para recordar que nunca la habían agarrado en brazos para cruzar un umbral y que a pesar de las circunstancias, éste era el día de su boda.
Quizá poner un toque sentimental los ayudaría a los dos a sacar algo positivo de esa terrible experiencia.
—Sí, gracias.
—¿Estás loca?
—¿Quiere o no quiere hacerlo?
—No quiero.
Ella intentó disimular la decepción.
—Bueno.
—Es una puta caravana.
—Ya lo veo.
—Ni siquiera creo que las caravanas tengan umbrales.
—Si hay una puerta, hay un umbral. Incluso un iglú tiene umbral.
Por el rabillo del ojo, ella vio que comenzaba a formarse una multitud a su alrededor. Gastón también se dio cuenta.
—Vamos, entra.
—Es usted quien se ha ofrecido.
—Estaba siendo sarcástico.
—Ya me he fijado que lo hace mucho. Y por si nadie se lo ha dicho nunca, es una costumbre molesta.
—Entra, Rocío.
De alguna manera se había trazado una línea y lo que había comenzado como un impulso se había convertido en un duelo de voluntades. Ella permaneció en el escalón, con las rodillas temblorosas, pero intentando mantenerse firme.
—Le agradecería que por lo menos tuviera la decencia de cumplir esa tradición.
—Por el amor de Dios. —Él bajó de un salto, la levantó en brazos y la llevó al interior, cerrando la puerta de una patada. Al momento la dejó bruscamente en pie.
Antes de poder decidir si había ganado o perdido esa batalla en particular, Rocío fue consciente de lo que la rodeaba y se olvidó de todo lo demás.
—¡Ay, Dios!
—Herirás mis sentimientos si me dices que no te gusta.
—Es horrible.
El interior era incluso peor que el exterior. Estrecho y desordenado, olía a moho, a viejo y a comida rancia. Delante de ella había una cocina en miniatura, el mostrador de fórmica color azul desvaído estaba astillado. Los platos sucios estaban amontonados en el diminuto fregadero y había una cacerola con una gruesa costra sobre el fogón, justo encima de la puerta del horno, que estaba sujeta por un trozo de cordel. La raída alfombra había sido dorada en otro tiempo, pero ahora tenía tantas manchas que su color sólo podía describirse recurriendo a alguna función corporal. A la derecha de la cocina, la descolorida tapicería a cuadros del pequeño sofá apenas era visible debajo de la pila de libros, periódicos y ropa masculina. Vio una nevera descascarillada, armarios con el laminado astillado y una cama revuelta.
Rocío miró rápidamente a su alrededor.
—¿Dónde están el resto de las camas?
Él la miró sin expresión, luego pasó junto a las maletas que había dejado en medio del suelo.
—Esto es una caravana, cara de ángel, no una suite en el Ritz. Es todo lo que hay.
—Pero... —Rocío cerró la boca. Tenía la garganta seca y un vacío en el estómago.
La cama ocupaba la mayor parte del fondo de la caravana y estaba separada del resto por un alambre que sostenía una descolorida cortina color café que en ese momento estaba recogida contra la pared. Sobre las sábanas había algunas ropas enredadas, una toalla y algo que parecía ser un pesado cinturón negro.
—El colchón está limpio y es cómodo —dijo él.
—Estaré más cómoda en el sofá.
—Como quieras.
Ella oyó una serie de tintineos metálicos y vio que Gastón se estaba vaciando los bolsillos en la desordenada encimera de la cocina: algunas monedas, las llaves de la camioneta y la cartera.
—Vivía en otra caravana hasta hace una semana, pero era muy pequeña para dos personas, así que me mudé a ésta. Es una pena que no haya tenido tiempo para llamar al decorador. —Él sacudió la cabeza. —Los donnickers están allí. Es el único sitio que me dio tiempo a limpiar. Puedes meter tus cosas en el armario que tienes detrás. La función empieza en una hora; no te acerques a los elefantes.
«¿Donnicker? ¿La función?»
—En realidad, no creo que pueda vivir aquí —dijo ella. —Está asqueroso.
—Tienes razón. Supongo que necesita el toque de una mujer. Encontrarás productos de limpieza debajo del fregadero.
Él pasó por su lado en dirección a la puerta, entonces se detuvo. Estupefacta, Rocío vio cómo se acercaba de nuevo a la encimera, cogía la cartera y volvía a meterla en el bolsillo.
Se sintió profundamente ofendida.
—No pensaba robarle.
—Por supuesto que no. Pero es mejor no tentar a la suerte. —Gastón le rozó el brazo con el pecho cuando volvió a pasar junto a ella hacia la puerta. —Hoy tenemos función a las cinco y a las ocho. Actúo en las dos.
—¡Deténgase ahora mismo! ¡No puedo quedarme en este horrible lugar y no voy a limpiar toda esta porquería!
Él miró con aire distraído la punta de su bota, luego levantó la vista. Rocío se quedó mirando aquellos pálidos ojos verdes y sintió un escalofrío de temor, seguido de otra extraña sensación que no quiso examinar más a fondo.
Él levantó lentamente la mano, y Rocío dio un respingo cuando la cerró con suavidad alrededor de su garganta. Sintió la ligera aspereza del pulgar cuando le rozó el hueco bajo la oreja con algo que parecía una caricia.
—Escúchame con atención, cara de ángel —dijo él con suavidad. —Podemos hacer esto por las buenas o por las malas. De un modo u otro voy a ganar. Vos decides cómo quieres que sea.
Se miraron fijamente a los ojos. En un instante que pareció eterno, Gastón le exigió sin palabras que se sometiera a él. Los ojos del hombre dejaron un rastro de fuego sobre ella, consumiéndole la ropa, la piel, hasta que Rocío se sintió desnuda y despojada, con todas sus debilidades expuestas. Quería huir y esconderse, pero la fuerza de aquella mirada masculina la dejó inmovilizada.
Gastón le deslizó la mano por la garganta, luego le quitó la chaqueta por los brazos, haciendo que cayera al suelo con un susurro. Agarró el tirante dorado del vestido que llevaba debajo y se lo deslizó por el hombro. Ella no llevaba sujetador —se le hubiera transparentado con el vestido— y el corazón comenzó a latirle con fuerza.
Con la punta del dedo, Gastón bajó el tirante por su pecho hasta llegar al pezón. Luego, inclinó la cabeza y tomó con los dientes la suave piel que había expuesto.
Rocío se quedó sin respiración cuando notó el pellizco. Debería haber sido doloroso, pero sus sentidos percibieron el pequeño mordisco con placer. Sintió la insolente mano de Gastón en el pelo y luego él se apartó, aunque ya había dejado su marca en ella como si fuera un animal salvaje. Fue entonces cuando Rocío supo a qué le recordaban esos ojos ambarinos. A un animal de presa.
La puerta de la caravana se meció sobre sus bisagras. Gastón salió y la miró, dejando caer la gardenia que le había robado del pelo.
Estalló en llamas.

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