jueves, 4 de agosto de 2011

Segunda Parte, Capitulo Tres.

Segunda Parte, Capítulo Tres.

Se pasó la siguiente media hora deambulando por el recinto, observando los paseos de los elefantes desde una distancia segura y procurando mantenerse apartada del camino de todo el mundo. Se percató de que había un orden sutil en la forma en que funcionaba el circo. En la parte delantera se encontraba el puesto de comida y de venta de recuerdos junto a una carpa decorada con brillantes pósters de dibujos horripilantes de animales salvajes devorando a sus presas. En el letrero de la entrada se leía CASA DE FIERAS DE LOS HERMANOS QUEST. Justo enfrente, había una caravana con una taquilla en el extremo. Los camiones de carga pesada estaban estacionados a un lado, lejos de la multitud, mientras que las caravanas, las camionetas y los remolques ocupaban la parte del fondo.
Cuando la gente comenzó a agolparse en la carpa del circo, Rocío avanzó entre los puestos de comida, recuerdos y algodón de azúcar para acercarse más. Los olores de gofres y palomitas de maíz se mezclaban con los de los animales y el del moho de la carpa de nailon del circo. Un treintañero con el pelo color arena y una voz atronadora intentaba convencer a la gente de que entraran en la casa de fieras para ver la exhibición de animales salvajes.
—Sólo por un dólar podrán ver a un cruel tigre siberiano en cautividad, a un exótico camello, a una llama cariñosa con los niños y a una gorila feroz...
Mientras seguía con el discurso, Rocío pasó junto a él y bordeó el puesto de comida donde estaban almorzando algunos trabajadores del circo. Desde que había llegado a aquel lugar se había dado cuenta de lo ruidoso que era, y ahora descubría la fuente de ese sonido atronador: un camión que contenía dos grandes generadores amarillos. Pesados cables se extendían desde ellos; algunos culebreaban hacia la carpa, otros hacia las tiendas y algunos más hacia las caravanas.
Una mujer envuelta en una capa ribeteada con plumas de marabú de color azul verdoso salió de una de las caravanas y se detuvo a hablar con un payaso que llevaba una brillante peluca naranja. Otros artistas comenzaban a reunirse bajo una carpa que debía de ser la entrada de los empleados del circo, ya que estaba en el lado contrario a la del público. Rocío no vio señales de Gastón y se preguntó dónde estaría.
Aparecieron los elefantes, magníficos con sus mantas doradas y rojas y sus casquetes de plumas. Cuando enfilaron en dirección a Rocío, ésta retrocedió hasta una de las caravanas. Si los perros pequeños la aterrorizaban, los elefantes no podían ser menos y estaba segura de que se desmayaría si se le acercaba uno de ellos.
Varios caballos engalanados con arneses adornados con joyas se encabritaron a un lado. Rocío hurgó torpemente en el bolsillo para agarrar la caja de cigarrillos casi vacía que acababa de gorronear de una de las camionetas y sacó uno.
—¡Señoras y señores, la función va a comenzar! Acérquense todos...
El hombre que hacía el anuncio era el mismo que animaba a la gente a entrar en la casa de fieras, aunque ahora llevaba puesta una chaqueta roja de maestro de ceremonias. En ese momento Rocío vio aparecer a Gastón montado en un caballo negro. Fue entonces cuando la joven se percató de que su marido no sólo era el gerente del circo, sino también uno de los artistas.
Iba vestido con un traje de cosaco: una camisa blanca de seda con las mangas abullonadas y los holgados pantalones negros remetidos en unas botas altas de cuero que se le ajustaban a las pantorrillas. Una faja color escarlata con joyas incrustadas le rodeaba la cintura y los flecos rozaban el lomo del caballo. Vestido así no era difícil imaginarlo cabalgando por las estepas rusas para saquear y violar. También llevaba un látigo enrollado colgando de la silla de montar y, con alivio, Rocío se percató de que había dejado volar la imaginación.
El látigo que había visto sobre la cama no era nada más que uno de los artilugios que Gastón utilizaba en la pista.
Mientras lo observaba inclinarse sobre el lomo del caballo para hablar con el maestro de ceremonias, Rocío recordó que había hecho unos votos sagrados que la vinculaban a ese hombre y supo que ya no podía ignorar más su conciencia. No podía negar que aceptar casarse con él era la cosa más cobarde que había hecho nunca. Había dudado de sí misma, de su habilidad para cuidarse sola; debía haberse negado al chantaje de su padre y haberse buscado la vida, aunque eso significara ir a la cárcel.
¿Sería así como viviría el resto de su vida? ¿Evitando responsabilidades y saliendo airosa de las situaciones? Se sintió avergonzada al recordar que había hecho esos votos sagrados sin intención de cumplirlos y supo que de un modo u otro tenía que llevarlos a cabo.
La conciencia se lo había susurrado durante horas, pero se había negado a escucharla. Rocío aceptaba ahora que no iba a poder vivir consigo misma a menos que intentase cumplir su promesa. El que fuera a ser difícil no lo hacía menos necesario. En el fondo reconocía que si huía de esto no habría esperanza para ella.
Pero aunque sabía que tenía que hacerlo, su mente ponía obstáculos. ¿Cómo podía honrar los votos hechos a un desconocido?
«Vos no se los hiciste a un desconocido, le recordó su conciencia. Se los hiciste a Dios.»
En ese momento Gastón la vio. La decisión que había tomado era demasiado reciente como para que fuera cómodo para ella hablar con él ahora, pero no tenía escapatoria. Le dio una nerviosa calada al cigarrillo sin apartar la mirada cautelosa del caballo que él montaba, y que parecía más feroz según se acercaba. El animal estaba enjaezado con magníficos arreos, incluida una silla de montar revestida de rica seda dorada y roja, unas bridas con filigranas doradas y elaboradas piedras preciosas rojas que parecían rubíes de verdad. Él la miró desde arriba.
—¿Dónde te habías metido?
—He estado explorando.
—Hay gente poco recomendable rondando por el circo. Hasta que sepas cómo va todo, quédate donde pueda verte.
Ya que ella acababa de prometerse a sí misma que iba a cumplir los votos matrimoniales, se tragó su resentimiento ante las maneras dictatoriales de su marido y se obligó a responder amablemente.
—De acuerdo.
A Rocío comenzaron a sudarle ¡las palmas de las manos ante la proximidad del caballo y se enagarró contra el remolque.
—¿Es tuyo?
—Sí. Perry Lipscomb lo cuida por mí. Hace un espectáculo ecuestre y transporta a Misha en el remolque de sus caballos.
—Ya veo.
—Entra y echa un vistazo a la función.
Él agitó las riendas y ella retrocedió con rapidez. Luego siseó consternada cuando el resto del cigarrillo comenzó a arder.
—¡Tienes que dejar de hacer eso! —gritó Rocío, sacudiendo las ropas y pisoteando las ascuas que habían caído al suelo.
Él la miró por encima del hombro con la comisura de la boca ligeramente curvada.
—Ese vicio acabará por matarte. —Riéndose entre dientes, regresó a su lugar en la fila junto al resto de los artistas

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