martes, 15 de noviembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Dos


¡Gastón Dalmau ni siquiera sabía cómo se llamaba! «Que me sirva de lección», pensó mientras admiraba su pe­ligroso atractivo.
Entonces vio que tenía que encontrar la manera de pro­tegerse de él. Vale, estaba más bueno que el pan. Como muchos otros hombres. De acuerdo, no muchos tenían esa particular combinación de pelo rubio oscuro y ojos verdes brillantes. Y muy pocos tenían un cuerpazo como aquél, atlé­tico y escultural, nada desproporcionado. Aun así, no era tan estúpida como para encapricharse con un hombre que no era más que un bonito cuerpo, una linda cara y un interruptor para el encanto.
Bueno, lo cierto era que sí: a juzgar por su pasado enca­prichamiento por él, había sido tan estúpida. Pero al menos había sido consciente de que estaba siendo estúpida.
Lo que sin duda no haría era presentarse como una grou­pie aduladora. ¡Iba a verla en toda su insolencia! Conjuró a la Goldie Hawn de Un mar de líos en busca de inspiración.
-Vas a tener que marcharte, Gas. Ay, perdona, quería decir Gastón. Porque es Gastón, ¿verdad?
Puede que esta vez hubiera ido demasiado lejos, porque la comisura de sus labios se torció hacia arriba.
-Nos han presentado al menos tres veces. Pensaba que lo recordarías.
-Es que hay tantos futbolistas, y todos se parecen tanto.
Gastón arqueó una de sus cejas.
Rochi ya había marcado el terreno, y era tarde, así que po­día permitirse ser generosa, aunque sólo con condescendencia.
-Puedes quedarte esta noche, pero yo he venido aquí a trabajar, así que tendrás que irte mañana por la mañana.
Un vistazo por la ventana de atrás le permitió ver el Fe­rrari aparcado junto al garaje: ahora entendía por qué no lo había visto cuando había aparcado delante.
Él se sentó deliberadamente en un taburete, como si qui­siera indicar que no iba a ir a ninguna parte.
-¿A qué tipo de trabajo te dedicas? -dijo en un tono desdeñoso que a Ro le hizo pensar que él no creía que pu­diese ser nada demasiado arduo.
-Je suis auteur.
-¿Escritora?
-Ich bin Schriftstellerin -añadió en alemán.
-¿Has abandonado tu idioma madre por algún mo­tivo?
-He pensado que tal vez te sentirías más cómodo con alguna lengua extranjera-dijo ondeando vagamente su ma­no-. Por algo que he leído...
Gastón podía ser superficial, pero no era estúpido, y Rochi pensó que tal vez se había pasado de la raya. Por des­gracia, estaba en racha.
-Estoy casi segura de que Cafre se habrá recuperado del problemilla que tuvo con la rabia, pero tal vez será mejor que te pongas alguna inyección, por si acaso.
-Todavía estás enojada por eso del ladrón, ¿verdad?
-Lo siento, no te oigo bien. Tal vez la caída me ha de­jado algo conmocionada.
-Ya te he pedido perdón.
-Es verdad -dijo apartando un montón de lápices que los niños habían dejado en el pasaplatos.
-Me parece que subiré a acostarme -dijo Gastón. Se le­vantó y se dirigió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se detuvo a echarle un último vistazo a esos pelos horribles y aña­dió-: Dime la verdad. ¿Ha sido por algún tipo de apuesta?
-Buenas noches, Gaspar.

Cuando Rochi entró en su dormitorio, se dio cuenta de que respiraba aceleradamente. Sólo un fino tabique la sepa­raba de la habitación de invitados donde debía estar dur­miendo Gastón. Un cosquilleo le recorrió la piel y sintió el impulso casi incontrolable de cortarse el pelo, aunque tam­poco quedaba demasiado que cortar. Tal vez debería volver a teñírselo de su color natural al día siguiente, pero no podía darle a Gastón ese gusto.
Había llegado a la cabaña para esconderse, no para dor­mir junto a la boca del lobo, así que cogió sus cosas y, con Cafre pegado continuamente a sus talones, bajó corriendo, atravesó el salón, se metió en la habitación grande que com­partían las tres niñas y cerró la puerta por dentro.
Se apoyó en el marco de la puerta e intentó calmarse con­templando el techo inclinado de la habitación y las confor­tables buhardillas diseñadas para soñar despierto. Dos de las paredes contenían un mural del Bosque del Ruiseñor que ella había pintado con toda la familia por en medio. Allí estaría bien, y por la mañana él ya se habría ido.
Dormir, sin embargo, era imposible. ¿Por qué no había avisado a Mery de que iba a subir a la casa, como hacía siem­pre? Porque no quería oír más discursitos sobre su pelo ni tampoco advertencias de posibles «incidentes».
Rocio dio vueltas y más vueltas, miró el reloj, y final­mente encendió la luz para hacer algunos esbozos de las ilus­traciones para su próximo libro. No le salía nada. Habitual­mente, el ruido del viento invernal golpeando la maciza casa de troncos la calmaba, pero aquella noche el viento la impul­saba a desnudarse y bailar, dejar atrás a la niña buena y estu­diosa, y liberar su lado salvaje.
Apartó las mantas y saltó de la cama. La habitación es­taba helada, pero ella se sentía acalorada y enfervorizada. De­seó estar en su casa. Cafre levantó un párpado soñoliento, y luego volvió a cerrarlo mientras ella se dirigía al banco acol­chado de la ventana más cercana.
Plumas de escarcha decoraban los cristales, y la nieve se arremolinaba entre los árboles en delgados copos danza­rines. Rocío intentó concentrarse en la belleza de la noche, pero no dejaba de ver a Gastón Dalmau. Sentía cosquillas en todo el cuerpo y un hormigueo en los pechos. ¡Era tan de­gradante! Ella era una mujer inteligente, incluso brillante, pero pese a querer negarlo, estaba obsesionada como una animadora hambrienta de sexo.
Tal vez se trataba de una forma perversa de crecimiento personal. Al menos se obsesionaba por el sexo y no por la Gran Historia de Amor que jamás tendría.
Decidió que era más seguro obsesionarse por la Gran Historia de Amor. ¡Nico le había salvado la vida a Mery! Era la cosa más romántica que Rochi podía imaginar, aunque suponía que también le había creado expectativas muy poco realistas.
Abandonó lo de la Gran Historia de Amor y volvió a ob­sesionarse con el sexo. ¿Hablaría Gas en inglés mientras lo hacía, o habría memorizado algunas frases extranjeras úti­les? Con un gruñido, hundió la cabeza en la almohada.
Tras sólo unas pocas horas de sueño se despertó: el ama­necer era frío y gris. Cuando miró hacia fuera, vio que el Fe­rrari de Gastón había desaparecido. « ¡Bien!» Sacó a Cafre y luego se duchó. Mientras se secaba, se obligó a sí misma a ta­rarear una cancioncilla de Winnie the Pooh, pero cuando em­pezó a ponerse sus gastados pantalones grises y el jersey de Dolce & Gabbana que se había comprado antes de donar su dinero, la ficción de fingir que era feliz ya se había desva­necido.
Pero ¿qué rayos le pasaba? Su vida era maravillosa. Go­zaba de buena salud. Tenía amigos, una familia estupenda y un perro que la entretenía. Aunque estaba casi siempre sin dinero, no le importaba porque su loft valía hasta el último centavo que pagaba por él. Le encantaba su trabajo. Su vida era perfecta. E incluso más que perfecta ahora que Gastón se había marchado.
Enojada por su estado anímico, deslizó sus pies en las za­patillas rosas que le habían regalado las gemelas por su cum­pleaños y bajó hacia la cocina, con las cabezas de conejo bam­boleando sobre los dedos de sus pies. Un desayuno rápido y luego se pondría a trabajar.
La noche anterior había llegado demasiado tarde como para ir a comprar provisiones, así que sacó una bolsa de pan de molde de Nico del armario. Justo cuando introducía una rebanada en la tostadora, Cafre empezó a ladrar. La puerta tra­sera se abrió y entró Gastón, cargado de bolsas de plástico re­pletas de comida. Rochi sintió que el bobo de su corazón se aceleraba un poco.
Cafre gruñó, pero Gas no le hizo ningún caso.
-Buen día, Daphne.
La instintiva explosión de placer de Rochi dejó paso al fastidio. ¡Slytherin!
Gastón dejó las bolsas en la mesa central y dijo:
-Nos estábamos quedando sin provisiones.
-¿Y qué importancia tiene eso? Vos te ibas, ¿no te acordás? Vous partez. Andate vía -repuso Rochi. Las palabras en francés e italiano las pronunció con exageración y se gra­tificó al ver que le había molestado.
-Irse no es una buena idea -dijo mientras retorcía con fuerza el tapón de la leche-. No quiero tener más problemas con Nicolás, así que tendrás que ser vos quien se vaya.
Eso era exactamente lo que debería hacer, pero no le gus­tó la actitud de Gas, así que dejó que hablara la arpía que llevaba dentro:
-Eso ni lo sueñes. Puede que al ser deportista no pue­das entenderlo, pero necesito paz y tranquilidad, porque yo tengo que pensar mientras trabajo.
Sin duda Gastón captó el insulto, aunque prefirió hacerle oídos sordos.
-Yo me quedo aquí -insistió.
-Pues yo también -respondió ella con la misma to­zudez.
Rocío se dio cuenta de que él habría querido echarla, pero que no podía hacerlo porque ella era la hermana de su jefa. Gastón se tomó su tiempo para llenarse el vaso; luego apoyó las caderas en el fregadero y dispuso:
-La casa es grande. La compartiremos.
Rochi estaba a punto decir que lo olvidase, que se marcharía de todos modos, pero algo la detuvo. Tal vez com­partir la casa no era una idea tan descabellada: quizá la for­ma más rápida de superar su fijación sería ver al slytherin que se escondía debajo del hombre. No había sido Gas como ser humano lo que la había atraído, porque no tenía ni idea de cómo era realmente. Se trataba más bien de una imagen ilusoria de Gastón: cuerpo maravilloso, ojos hermosos, vale­roso líder de hombres.
Lo observó mientras apuraba el vaso de leche. Un eructo. Eso sería lo último. Nada le desagradaba más que un hom­bre que eructase... O que se rascase la entrepierna... O que fuese grosero en la mesa. ¿Y qué decir de esos perdedores que intentan impresionar a las mujeres sacando un fajo de billetes atrapado en uno de esos chillones sujetabilletes?
Tal vez llevase una cadena de oro. Rochi sintió un esca­lofrío. Eso sería definitivo. O quizás era un chiflado por las armas. O decía: «Machote.» O no llegaba a la altura de Nicolás Riera de cientos de maneras distintas.
Sí, sin duda, había un millón de trampas esperando a Gastón, el señor Mis-ojos-verdes-como-la-hierba-sinté­tica-me-hacen-irresistiblemente-sexy. Un eructo... Una ma­no a la entrepierna... Incluso el más leve destello de oro alrededor de su fantástico cuello.
Ro se dio cuenta de que estaba sonriendo.
-De acuerdo. Podés quedarte -dijo finalmente.
-Gracias, Daphne.
Gas apuró su vaso, pero no eructó.
Ella entrecerró los ojos y se dijo a sí misma que mientras él siguiera llamándola Daphne ya estaba medio salvada.
Rocío cogió su ordenador portátil y lo subió al desván. Lo colocó en el escritorio junto a su cuaderno de dibujo. Po­día trabajar en Daphne se cae de bruces o en el artículo «Dar­se el lote: ¿hasta dónde se puede llegar?».
Muy lejos.
Definitivamente no era el mejor momento para escribir un artículo sobre sexo, ni siquiera en su variante adolescente.
Rochi oyó de fondo la retransmisión de un partido e imaginó que Gas se había traído unos vídeos para poder hacer sus deberes. Se preguntó si alguna vez abriría un libro o si iría a ver una película de arte y ensayo o si haría algo que no tuviera que ver con el fútbol.
Tenía que volver a concentrarse en su trabajo. Acarició a Cafre con un pie y, a través de la ventana, contempló los fu­riosos copos de nieve rodando sobre las aguas grises y lúgu­bres del lago Michigan. Tal vez Daphne podría volver a su casita bien entrada la noche y encontrarlo todo muy oscuro. Y cuando entrase dentro, Benny podía asaltarla y...
Tenía que dejar de escribir historias tan autobiográficas.
Entendido... Abrió de golpe su cuaderno de dibujo. Daph­ne podía decidir ponerse una máscara de Halloween y asustar a... No, eso ya lo había hecho en Daphne planta un huerto de calabazas.
Era sin duda el momento de llamar a una amiga. Rochi cogió el teléfono que tenía al lado y marcó el número de Mariana Espósito, una de sus mejores colegas escritoras. Aunque Lali escribía para el mercado de los jóvenes adultos, am­bas compartían la misma filosofía sobre los libros y con fre­cuencia quedaban para compartir ideas.
-¡Gracias a Dios que me llamas! -gritó Lali-. Llevo toda la mañana intentando ponerme en contacto contigo.
-¿Qué pasa?
-¡Es terrible! Esta mañana ha salido una mujer gorda de NHAH en las noticias locales jurando y perjurando que los libros infantiles y juveniles son una herramienta de re­clutamiento para el estilo de vida homosexual.
-¿Es que no tienen nada mejor que hacer en la vida?
-¡Rochi, tenía en sus manos un ejemplar de Te echo mu­cho de menos y decía que era un ejemplo del tipo de basura que atrae a los niños hacia la perversión!
-Oh, Lali... ¡eso es horrible!
Te echo mucho de menos era la historia de una niña de tre­ce años que intentaba comprender por qué razón los demás acosaban a su hermano mayor, un chico con tendencias ar­tísticas al que sus compañeros calificaban de gay. Era un li­bro muy bien escrito, sensible y sincero.
Mariana se sonó la nariz.
-Mi editora ha llamado esta mañana. ¡Me ha dicho que han decidido esperar a que se calmen las aguas y que van a posponer un año la publicación de mi próximo libro!
-¡Si ya hace casi un año que lo acabaste! -exclamó Ro.
-No les importa. No me lo puedo creer. Ahora que fi­nalmente despegaban mis ventas, voy a perder mi gran opor­tunidad de hacerme un nombre.
Rochi consoló a su amiga lo mejor que pudo. Después de colgar el teléfono, pensó que NHAH era para la sociedad una amenaza mucho mayor de lo que pudiera serlo jamás ningún libro.
Oyó pasos en la planta baja y se dio cuenta de que ya no se oía el fútbol. Lo único bueno de su conversación con Lali era que la había distraído de pensar en Gastón.
Una voz masculina profunda la llamó.
-¡Oye, Daphne! ¿Sabes si hay algún aeródromo cerca de aquí?
-¿Un aeródromo? Sí, hay uno en Sturgeon Bay. Está hacia... -De repente se le encendió la bombilla-. ¡Un aeró­dromo!
Rochi saltó de la silla y corrió hacia la baranda.
-¡No pensarás saltar en caída libre otra vez! -exclamó. Gastón inclinó la cabeza hacia arriba para mirarla. Inclu­so con las manos en los bolsillos parecía tan alto y deslum­brante como un dios del Sol.
« ¡Eructa, por favor! »
-¿Por qué iba a saltar en caída libre? -dijo tímida­mente-. Nico me pidió que no lo hiciera.
-Como si eso fuera a detenerte.

3 comentarios:

  1. Ame el capitulo! Me mata la actitud de Rochi, es una grosa. Y me imagino lo que debe ser tener a Gaston durmiendo bajo tu mismo techo!!! para morirse, infartarse, todo junto, jajajajaja. Quiero saber que va a pasar, me encanto el capitulo, y ese final me mato, pobre Lali.

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  2. Vale, estaba más bueno que el pan
    - Jajajajaja me tenteee!!! Más bueno q tres feriados seguidos esta!!!

    Nos han presentado al menos tres veces. Pensaba que lo recordarías.
    - Y si se acordó nene!!! lo dijo bien!!!

    Un cosquilleo le recorrió la piel y sintió el impulso casi incontrolable de cortarse el pelo
    - Pensé q iba a decir de ir a su cuertooooooo, yo tendría ese deseo ;)

    pero aquella noche el viento la impul¬saba a desnudarse y bailar, dejar atrás a la niña buena y estu¬diosa, y liberar su lado salvaje.
    - Apa la papaaaaaaa!!!

    estaba obsesionada como una animadora hambrienta de sexo.
    - Cachai, cachai… quien no???

    Rochi sintió que el bobo de su corazón se aceleraba un poco.
    ♥ ♥ ♥

    quizá la for¬ma más rápida de superar su fijación sería ver al slytherin que se escondía debajo del hombre
    - enamorada hasta el caracu vas a terminar q Slytherin, ni Slytherin

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  3. ME MATA Q NO SE ACUERDE DE ELLA!! Y SI ROCIO ESTA HERMOSO GASTON UNA GRAN TENTACION !!!

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