viernes, 30 de diciembre de 2011

Capitulo 012

El día que los alumnos volvieron a la escuela, me planté en los escalones de la entrada con la esperanza de ver una cara amiga. Sabía que Gastón no iba a volver; y aunque no dejaba de fantasear una y otra vez con que lo veía, solo se trataba de mi imaginación, que cruelmente me jugaba malas pasadas.
Pensé que, en cierto modo, ese día marcaría un antes y un después: al menos sabría a qué atenerme cuando Gastón no apareciera definitivamente y dejaría de torturarme deseando inútilmente algo que me estaba negado. Afrontaría la realidad y me obligaría a seguir adelante.
Y si iba a ser así, necesitaría los pocos amigos que aún me quedaban en Medianoche.
Vi a Candela abriéndose camino entre la gente, encorvada y nerviosa. Enseguida comprendí la causa de su nerviosismo, solo tuve que volver la cabeza y ver que Augusto tenía su mirada clavada en ella en lo alto de los escalones. Me acerqué rápidamente a Candela y me colgué una de sus bolsas al hombro.
—Has vuelto. No las tenía todas conmigo — dije.
—Si por mí fuera... — Candela no levantó los ojos del suelo — No te ofendas, a ti te habría echado de menos, pero no quería volver a verlo a él.
No hacía falta que me explicara de quién estaba hablando.
—¿No se lo has dicho a tus padres?
Supuse que llamarían a la señora Bethany, enfadados por no haber echado a Augusto, y que tal vez sacarían a Candela de la academia. Se encogió de hombros.
—Pensaron que estaba haciendo una montaña de un grano de arena. Siempre hacen lo mismo.
Recordé la emoción en el rostro de Candela cuando le dije que la creía y en ese momento comprendí por qué.
—Da igual. He vuelto. Tengo que tragar. Además, perdí mi pulsera preferida la noche antes de vacaciones. Tenía que volver aunque solo fuera para buscarla.
Volví la cabeza hacia Augusto. Sus ojos oscuros seguían clavados en nosotras. Al ver que lo miraba, una sonrisita burlona se dibujó en sus labios. Indignada, me volví hacia la multitud...
Gastón.
No, no era posible. Mi imaginación intentaba burlarse de mí una vez más para seguir alentando mis esperanzas. Era imposible que Gastón volviera jamás a Medianoche, y menos después de lo que había visto y de lo que yo le había contado.
Sin embargo, al abrirse un hueco entre la gente y verlo con claridad, comprendí que no me había equivocado: Gastón había vuelto.
Allí estaba, a apenas unos pasos de mí. Parecía más desaliñado que antes: iba despeinado y llevaba el gastado jersey azul marino más rozado que tenía de su uniforme de Medianoche. A él le quedaba de muerte.
Se me iluminó la cara al verlo, no pude evitarlo. En cuanto nuestras miradas se encontraron, Gastón volvió la cabeza, como si no supiera qué hacer. Fue como un bofetón en plena cara.
Mi primer impulso fue tirar la bolsa de Candela al suelo y salir corriendo al lavabo antes de ponerme a berrear allí mismo, en los escalones, pero en ese momento una saeta a cuadros pasó corriendo por mi lado como una exhalación y se abalanzó sobre la espalda de Gastón.
—¡Gastón! — exclamó Nicolás — ¡Eh, tío! Has vuelto.
—Anda, suéltame — dijo Gastón entre risas, mientras apartaba a Nicolás.
—Echadle un vistazo a esto — Nicolás rebuscó en su mochila y sacó un salacot cien por cien auténtico, como los que solían llevar en las películas antiguas de safaris. Nos lo enseñó a los dos. Por lo visto, Nicolás no se había dado cuenta de que ya no estábamos juntos — ¿A que es la leche?
—Vas listo si crees que van a dejarte llevar eso en clase — dije, fingiendo que no pasaba nada. Tal vez Gastón me seguiría la corriente y eso me daría pie a hablar con él — Ya te pasaron las deportivas, pero creo que un salacot es rizar el rizo.
—Solo tengo intención de llevarlo en Chez Gastón et Victor — Nicolás se colocó el sombrero en la cabeza para hacer una demostración — Es ideal para los momentos de relajación y estudio. ¿A que mola, Gastón?
Nadie contestó. Gastón había desaparecido entre la gente Nicolás se volvió hacia mí, evidentemente confuso ante el número de escapismo perpetrado por su compañero de habitación. Yo también estaba bastante confundida, no se me ocurría por qué razón había vuelto.
Era evidente que Gastón iba a necesitar un tiempo antes de decidirse a hablar conmigo. Teniendo en cuenta lo que sabía de mí, de Mandalay y de los vampiros, pensé que se merecía todo el tiempo que necesitara. Hasta entonces, no me quedaba más remedio que esperar.


Un par de días después, mientras me preparaba para ir a clase, fingía estar realmente fascinada por las historias de María acerca de sus vacaciones en Suiza.
—Nunca dejará de sorprenderme que haya gente que prefiera esquiar en Colorado —María arrugó la nariz. ¿De verdad creía que todo lo que tuviera que ver con Estados Unidos era hortera? ¿O se trataría de una especie de compensación y fingía ser más sofisticada de lo que era en realidad? Sabiendo todos los secretos que yo misma guardaba, empezaba a no tomarme al pie de la letra lo que decían los demás — Suiza es mucho más civilizada para mi gusto. Y se conoce a un abanico más amplio de gente.
—No me gusta esquiar — dije despreocupadamente mientras me ponía rímel — Es más divertido hacer snowboard.
—¿Qué?
María se me quedó mirando de hito en hito. Nunca antes se me había ocurrido llevarle la contraria. Aunque quedó claro que no le gustaba que la contradijeran, ni siquiera en un tema tan trivial como el esquí o el snowboard.
Antes de que pudiera explicarme, la puerta se abrió de par en par. Era Eugenia y parecía... despeinada. Eugenia, la que siempre llevaba el pelo perfectamente alisado y maquillaje incluso cuando te topabas con ella en el lavabo a las dos de la mañana.
—¿Habéis visto a Augusto ?
—¿A Augusto ? — María enarcó una ceja — No recuerdo haberlo invitado a mi habitación. ¿Y tú, Rocío?
—Al menos no anoche.
—Ahorraos el sarcasmo, ¿vale? — nos espetó Eugenia — Cualquiera diría que os importa un pimiento que uno de vuestros compañeros haya desaparecido. Alguien se larga y vosotras os comportáis como si todo fuera en broma. Genevieve está llorando a lágrima viva.       
—Un momento, ¿Augusto ha desaparecido?
Candela apareció en la puerta, junto a un par de alumnas más, todas ellas en distintas fases de preparación para ir a clase. Las noticias volaban.
—¿Conocéis a su compañero de habitación, David? Volvió ayer — Me di cuenta de que la preocupación de Eugenia no era tan profunda como para no disfrutar de ser el centro de atención — David dice que es como si hubieran registrado la habitación de Augusto de arriba abajo — continuó, entusiasmada — ¡El sitio está patas arriba! Y no hay rastro de Augusto por ninguna parte. Se suponía que Genevieve y él iban a salir este fin de semana, y ahora ella está echa polvo.
—Pues a partir de ahora intentaremos que no se nos oiga reír — prometió Candela, bastante menos preocupada por Augusto .
¿Quién iba a tenérselo en cuenta? Eugenia nos miró frunciendo el ceño y se fue haciendo aspavientos.
—Cualquiera diría que Genevieve no soporta perderse la oportunidad de oro de que la violen durante una cita amorosa — me comentó Candela esa misma mañana, más tarde, de camino a nuestra primera clase.
—Creo que Augusto estaba harto de la escuela — dije — Según he oído, un montón de alumnos la abandonan todos los años antes de que acabe el curso.
Sabía que Augusto era un alumno más entre los muchos vampiros que acudían a Mandalay para comprender el funcionamiento del mundo moderno que se hartaban de ser tratados como estudiantes y que iban a divertirse a otro lado. O puede que la señora Bethany hubiera adivinado en él lo que yo había visto y le había ordenado que abandonara la escuela de inmediato.
—Los alumnos que se fugan son los más inteligentes, por eso me sorprende que Augusto sea el primero en marcharse — Candela hizo una pausa — Parecen estar muy seguros de que se ha ido, porque no le comentó nada a nadie. Además, si tenía intención de irse, lo más lógico habría sido que lo hubiera hecho durante las vacaciones de Navidad. ¿Crees que vendrá la poli? Al menos deberían investigarlo.
—Seguramente llamó a sus padres para que vinieran a recogerlo y se lo llevaron a otro internado pijo. Estoy segura de que la señora Bethany está enterada de todo. A Eugenia le gusta dramatizar.
—Sí, no me sorprendería. Además, Augusto es el típico capullo que dejaría su habitación patas arriba antes de irse para que alguien tuviera que ordenarla — Sin embargo, Candela no parecía convencida del todo — Aunque deberían investigarlo de todos modos. Los profesores e incluso la poli.
—Al final acabará sabiéndose — El tema estaba empezando a intranquilizarme — Dale tiempo.
—La gente de esta escuela se comporta como si no pasara nada cuando desaparece un alumno — Candela sacudió la cabeza — Repito lo que dije el semestre pasado: el año que viene no pienso volver a este lugar.
Me pregunté si eso mismo sería lo que habría dicho Augusto.
Todo el mundo se comportó de manera extraña el resto del día. Los alumnos estaban distraídos en clase, lanzando conjeturas sobre adonde podría haber ido Augusto. David nos informó de que se había llevado todos sus libros y papeles, pero que había dejado la ropa, algo que no encajaba en absoluto con su carácter. Yo estuve esperando a que la señora Bethany nos reuniera para ofrecernos algún tipo de explicación, pero esta no se produjo.
Esa noche, acabé merodeando por la escalera de la torre, la de las ventanas estrechas que apenas abrían un resquicio en la pared y desde las que se disponía de las mejores vistas del camino de grava que conducía a la carretera principal. No esperaba ver a Augusto, pero de todos modos me quedé esperando algo.
—Creo que la policía no vendrá.
Aparté la cabeza de la ventana y vi a Gastón unos escalones más arriba. Vestía la versión negra del uniforme, y su silueta se recortaba con tanta nitidez contra la luz del pasillo del piso superior que no pude diferenciar su cara. Solo se distinguía su figura: sus anchos hombros, el modo en que se apoyaba contra la pared de piedra de la escalera. Mis miedos se disolvieron en deseo.
—No, la señora Bethany no llamará a la policía — respondí, casi sin aliento — Eso atraería una atención bastante indeseada.
—Pero no hay peligro de que uno de los... Uno de los «niños ricos» dé con él.
—No, Augusto era tan «niño rico» como el que más.
Gastón bajó un peldaño y por fin conseguí ver su cara a pesar de la penumbra. Todas las horas que había pasado echándole de menos en Navidad salieron a flote a la vez y deseé con todas mis fuerzas acariciarle la mejilla o apoyar mi cabeza en su hombro. Pero no lo hice. Había una barrera entre los dos, una que no podría salvar jamás.
—Siento no haber contestado a tu correo — dijo Gastón — Creo que estaba... conmocionado.
—No te culpo.
Se me aceleró el corazón.
—Tenemos que hablar. A solas — se limitó a decir.
Si a pesar de saber que había sido yo quien le había mordido seguía confiando en mí lo suficiente para estar a solas conmigo, eso quería decir que todavía no estaba todo perdido.
—Conozco un sitio — dije, intentando serenarme para que no me temblara la voz—. ¿Quieres que vayamos allí?
—Tú diriges — dijo Gastón y me atreví a acariciar una esperanza.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Capitulo 011 - Segunda Parte

Supongo que la mayoría de la gente daría por sentado que a los vampiros no les gusta la Navidad. Y la mayoría de la gente se equivocaría.
La parte religiosa nos hacía sentir incómodos. No ardíamos ni nos convertíamos en humo si nos mostraban una cruz o nos rociaban con agua bendita, como en las películas de terror, pero no nos sentaba bien entrar en una capilla o en una iglesia, nos producía una sensación escalofriante muy rara, como si estuviera observándonos alguien invisible. Así que ni celebrábamos la misa del gallo, ni montábamos el pesebre ni nada de eso. Sin embargo, a los vampiros les gusta recibir regalos como a cualquiera. Si a eso le añades que no hay que ir a clase, tienes unas vacaciones que hasta los no muertos disfrutan.
Al menos la mayoría de los no muertos. Esa Navidad me sentí más deprimida de lo que nunca lo había estado en mi vida.
La atmósfera agobiante se distendió cuando los alumnos humanos se fueron y solo quedaron en el internado los vampiros. La gente dejó de darse tantos aires; en realidad no quedaba nadie con quien meterse o a quien impresionar. Unos cuantos se fueron, entre ellos María, quien insistió en que esquiar en Suiza en esa época del año era algo que no podía perderse. Los demás, profesores y alumnos por igual, nos quedamos en Mandalay porque era nuestro hogar, o lo más próximo a un hogar que tenían muchos.
—Somos una excepción, Rocío — Mi madre colgaba guirnaldas encima de la puerta mientras yo estaba debajo, aguantando la escalera. Tanto ella como mi padre habían reparado en mi languidez y se estaban esforzando por imbuirme del espíritu navideño—. Somos la única familia de Mandalay, ¿te das cuenta? Ninguno de los que están aquí ha tenido una familia desde... Bueno, desde que estaban vivos, supongo.
—Se me hace extraño que no tengan un hogar al que ir — Le pasé una chincheta para que sujetara la guirnalda en su sitio — Nosotros teníamos una casa. ¿Cómo se las apaña la gente que no tiene casa?
—Hemos tenido casa dieciséis años — me corrigió mi padre desde el sofá, donde estaba muy ocupado buscando entre sus discos antiguos el de Ella Wishes You a Swinging Christmas — Eso es toda tu vida, pero para tu madre y para mí es como...
—Un abrir y cerrar de ojos — contestó ella, con un suspiro.
Mi padre le sonrió y su expresión me recordó que él era unos seiscientos años mayor que ella, que incluso los siglos que habían pasado juntos debían de ser apenas un parpadeo para él.
—Lo permanente no existe. La gente viene y va de un lugar a otro y se regala en los placeres o en los lujos o en cualquier otra cosa que pueda distraerles del aburrimiento ocasional de la inmortalidad. La vida continúa y los que no estamos vivos tenemos problemas para seguirle el ritmo.
—Por eso existe Mandalay — dije, pensando en Tecnología moderna y en las caras confusas de los alumnos cuando el señor Yee introdujo el concepto de correo electrónico. Muchos de ellos habían oído hablar de él, y algunos incluso sabían utilizarlo, pero yo era la única que comprendía de verdad su funcionamiento antes de que el señor Yee lo explicara. Una cosa era salir del apuro en el día a día en el siglo XXI, y otra comprender lo que ocurría de verdad — ¿Y qué ocurre con los que parecen demasiado mayores para entrar en el colegio?
—Bueno, este no es el único sitio que tenemos, ¿sabes? — Mi madre se agachó para coger otra guirnalda — Hay spas y hoteles, ese tipo de lugares a los que se supone que la gente va para aislarse del resto del mundo y donde puede controlarse quién entra. Tiempo atrás, solíamos tener un montón de monasterios y conventos, pero ahora es difícil crear nuevos. La Reforma cerró bastantes, por las turbas de hugonotes, los incendios y cosas por el estilo. Los residentes no podían explicar que no eran católicos sin empeorar las cosas. Hoy en día, la mayoría de nosotros se adscribe a clubes y colegios.
—El año que viene abrirán un centro de rehabilitación falso en Arizona — añadió mi padre.
Nos imaginé a todos nosotros desperdigados por el mundo, juntándonos aquí y allá solo una vez al siglo. ¿Era así como iba a pasar el resto de mi existencia?
Parecía de una insoportable soledad. ¿Qué sentido tenía ser inmortal si debía llevar una vida sin amor? Mis padres habían tenido suerte al encontrarse el uno al otro y seguir juntos durante siglos. Yo había encontrado a Gastón y lo había perdido en cuestión de pocos meses. Intenté convencerme de que algún día me parecería una tontería, que el tiempo que había pasado con Gastón apenas sería «un abrir y cerrar de ojos», pero me negaba a creerlo.
La primera semana de vacaciones la pasé fundamentalmente en mi habitación. Casi siempre en la cama. De vez en cuando comprobaba el correo electrónico en la desolada sala de ordenadores, con la vana esperanza de recibir un mensaje de Gastón. Sin embargo, lo único que recibí fueron varias fotos de Vic haciendo el tonto en la playa, con gafas de sol y un gorro de papá Noel. Me pregunté si no sería mejor escribir a Gastón en vez de esperar a que lo hiciera él, pero ¿qué iba a decirle?
Mis padres me sacaban de la habitación para realizar actividades vacacionales siempre que podían y yo intentaba seguirles la corriente. Estas cosas solo me pasan a mí: ser hija de los únicos vampiros de la historia del mundo que hornean tarta de frutas. De vez en cuando los pillaba intercambiando una mirada. Era obvio que se habían fijado en mi estado de ánimo y que no tardarían mucho en preguntarme qué me ocurría.
En cierto modo quería contárselo. Había veces en que lo único que deseaba era confesarles toda la historia de un tirón y llorar en sus brazos... Y si eso era ser una inmadura, pues me daba igual. Lo que de verdad me preocupaba era que informaran a la señora Bethany después de contarles la verdad, como, por otro lado, sería su obligación, porque estaba segura de que la directora iría detrás de Gastón para hacerle la vida imposible.
Por el bien de Gastón, no podía compartir mi infelicidad.
Habría seguido así todas las vacaciones si no hubiera sido por la nevada que cayó dos días antes de Navidad. Fue más copiosa que la primera y cubrió los prados de silencio, suavidad y un brillo blanco azulado. La nieve siempre me había gustado y fue verla, reluciente y perfecta sobre el paisaje, y levantarme el ánimo. Me puse los téjanos, las botas y el jersey verde más tupido y pesado que tenía. Con el broche prendido en la solapa del abrigo gris, bajé la escalera para ir a dar un paseo. Sabía que el frío se me iba a meter hasta los huesos, pero valdría la pena si las primeras pisadas de los prados y el bosque eran las mías. Sin embargo, al llegar a la puerta vi que no había sido la única que había tenido la misma idea.
Victorio me sonrió avergonzado por encima de su bufanda roja.
—Cientos de años en Nueva Inglaterra y la nieve sigue emocionándome.
—Sé cómo te siente — Todavía seguía existiendo cierta fricción entre nosotros, pero mis buenos modales me obligaron a invitarle a pasear — ¿Quieres ir a dar una vuelta?
—Sí. Vamos.
Al principio ambos permanecimos callados, aunque no estábamos incómodos. La nevada y la luz primeriza de la mañana, rosada y dorada, exigían silencio, y a ninguno de los dos le apetecía oír otra cosa que no fuera el crujido amortiguado de nuestras botas sobre la nieve. El camino que tomamos nos llevó hasta el bosque, igual que el paseo que habíamos dado la noche del Baile de otoño. Inhalé y solté una cálida bocanada de vaho suave y gris en el cielo invernal.
A Victorio se le formaron unas arruguitas en la comisura de los ojos, como si estuviera divirtiéndose o, al menos, como si se sintiera feliz. Pensé en los siglos que debía de haber vivido y en el hecho de que todavía no tuviera a alguien con quien compartirlos.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
Victorio parpadeó, sorprendido, aunque no molesto.
—Claro.
—¿Cuándo moriste?
En vez de contestar de inmediato, Victorio siguió caminando. Por el modo en que miró el horizonte pensé que estaba intentando recordar cómo eran las cosas... antes.
—En 1691.
—¿En Nueva Inglaterra? — pregunté, recordando lo que ya me había contado.
—Sí, de hecho no muy lejos de aquí. En el mismo pueblo en que nací. Solo había salido de él un par de veces — Victorio tenía la mirada perdida en el horizonte — En un viaje a Boston.
—Si prefieres no hablar del tema...
—No, no pasa nada. Hace mucho tiempo que no hablo de casa.
Un cuervo hambriento se poso en una rama de un acebo cercano, negro y reluciente en medio de las espinosas hojas, y se puso a picotear las bayas. Victorio se quedo observando los progresos del cuervo, probablemente para no tener que mirarme a mí. No sabía qué estaba preparándose para decir, pero comprendí que no le resultaba fácil.
—Mis padres se establecieron aquí en los primeros años. No vinieron en el Mayflower, pero tampoco tardaron mucho más. Mi hermana Paloma nació durante el viaje. Ya tenía un mes cuando vio tierra firme por primera vez. Dijeron que eso la hizo inestable, que no estaba enraizada a la tierra — Suspiró — Yo nací aquí. Americano de nacimiento con ascendencia europea. En aquellos tiempos no era muy común.
—Debes de echarlos mucho de menos. A tu familia, me refiero.
Me sentía totalmente fuera de lugar. ¿Qué debía de suponer para Victorio el llevar varios siglos sin ver a sus padres o a su hermana? Ni siquiera podía llegar a imaginar el dolor que acarreaba.
«¿Y cuando tú lleves doscientos años sin ver a Gastón?»
No podía soportar volver a pensar en eso otra vez, así que me concentré en Victorio.
—A veces creo que he cambiado tanto que mis padres apenas me reconocerían. Y mi hermana... — Victorio se detuvo y luego sacudió la cabeza — Sé que me has preguntado cómo eran las cosas entonces, hasta qué punto cambian, pero en realidad lo que cambia somos nosotros, Rocío. Eso es lo que más asusta y es una de las razones por las que mucha gente de aquí se comporta como adolescentes, aunque tengan cientos de años. No entienden lo que les ocurre o lo que le sucede al mundo al que han de incorporarse. Es una especie de adolescencia eterna. Y no es muy divertido.
Me abracé, temblaba de frío y de miedo al pensar en todos esos años, décadas y siglos que me esperaban por delante, cambiantes e inciertos.
Seguimos caminando un rato, Victorio ensimismado en sus pensamientos y yo perdida en los míos. Nuestros pies levantaban pequeñas esquirlas de nieve fresca e íbamos dejando las únicas pisadas en un mar blanco. Al final, encontré el valor de preguntarle a Victorio lo que realmente quería saber.
—Si pudieras retroceder en el tiempo, ¿te los traerías contigo? ¿A tu familia?
Esperaba que me dijera que sí, que haría cualquier cosa para volver a estar con ellos. O que me dijera que no, que a pesar de todo no habría encontrado las fuerzas para acabar con sus vidas. Cualquiera de las dos respuestas me diría mucho acerca de cuánto duraba el dolor, hasta cuándo tendría que soportar la angustia de haber perdido a Gastón. Lo que no esperaba era que Victorio se detuviera en seco y me mirara con dureza.
—Si pudiera volver atrás, moriría con mis padres — contestó.
—¿Qué?
Estaba tan sorprendida que no se me ocurrió nada mejor que decir.
Victorio se acercó a mí y me tocó la mejilla con su mano enguantada. Su gesto no fue cariñoso, como el de Gastón. Lo que Victorio intentaba era abrirme los ojos, despertarme a la realidad.
—Tú estás viva, Rocío, aunque todavía no sabes apreciar lo que eso significa. Es mejor que ser un vampiro, mejor que cualquier cosa. Ya apenas recuerdo qué se sentía estando vivo, y si pudiera volver a sentirlo, aunque solo fuera por un día, no podría pagarlo ni con todo el oro del mundo. Incluso volver a morir, para siempre. Los siglos que he vivido y las maravillas que he visto no pueden compararse a estar vivo. ¿Por qué crees que los vampiros de aquí son tan crueles con los alumnos humanos?
—Porque... Bueno, porque son unos esnobs, supongo...
—Te equivocas, es por celos — Nos miramos en silencio un largo rato antes de que añadiera — Disfruta de la vida mientras puedas, porque no dura... Ni para los vampiros ni para nadie.
Jamás me habían dicho nada por el estilo. Mis padres no añoraban estar vivos, ¿no? Nunca les había oído decir ni una palabra al respecto. Y Eugenia, Erich, María, Julián... ¿De verdad todos ellos deseaban ser humanos?
—No me crees — dijo Victorio, tal vez adivinando mis dudas.
—No es eso. Sé que no me mientes, no me mentirías sobre algo tan importante, tú no eres así.
Victorio asintió y al ver la lenta y leve sonrisa que empezó a dibujarse en sus labios, tuve la sensación de haber dicho más de lo que pretendía decir. Esa luz esperanzada en su mirada era algo que no había visto desde la noche del Baile de otoño, antes de que me decantara por Gastón.
Sin embargo, lo que más me reconcomía era que yo también había dicho la verdad: Victorio nunca me mentiría acerca de algo importante, ni aunque la verdad me resultara ingrata de oír. Victorio era alguien en quien se podía confiar, una buena persona, y deseé ser como él, alguien que antepusiera el bien común a sus propios intereses, alguien que se hubiera merecido la confianza de Gastón.
«Tal vez todavía no sea demasiado tarde», pensé.
Nuestras pisadas dibujaron un camino serpenteante por los prados de regreso al internado, donde me despedí de Victorio y subí la escalera a toda prisa hacia la sala de ordenadores. Por fortuna, la puerta no estaba cerrada. Mientras esperaba que mi ordenador se encendiera, recordé la lámina de El beso de Klimt sobre mi cama. Los dos amantes se abrazaban para la eternidad, fusionándose en uno solo, fundidos en un mosaico de rosa y oro.
Cuando se ama a alguien hay que impedir que las mentiras se interpongan entre ambos. No importa lo que suceda, aunque se le pierda para siempre, decir la verdad es fundamental.
Introduje la dirección de correo electrónico de Gastón con dedos temblorosos, y en la línea de asunto puse: «y nada más que la verdad». Empecé a escribir y vomité todo lo que había guardado hasta ese día. Le conté que lo que había visto esa noche era cierto con toda la brevedad y sencillez de la que fui capaz.
Que era un vampiro, hija de vampiros y que estaba predestinada a ser como ellos.
Que Mandalay estaba lleno de vampiros, que la escuela existía para instruirnos en los cambios que sufría el mundo y para protegernos de la gente que nos tenía miedo porque no nos entendía.
Que le había mordido la noche del Baile de otoño sin intención de hacerle daño porque deseaba estar lo más cerca posible de él.
Las palabras salían a borbotones. En realidad era un poco caótico. Nunca me había atrevido a contar esos secretos y no dejaba de repetirme y de explicarme mal o de hacer preguntas de cuyas respuestas no estaba segura. Sin embargo, todo eso daba igual. Lo único que importaba de verdad era sincerarme con Gastón de una vez por todas.
Al final, escribí:

No te lo cuento porque con ello espere recuperarte. Sé que no lo merezco, sobre todo después de lo que he hecho, y aunque no estás en peligro en Mandalay, supongo que no querrás volver a acercarte a la escuela.
Si te escribo es en gran parte para pedirte que, si todavía no le has dicho a nadie lo que viste aquí, por favor no lo hagas. No le enseñes a nadie este correo. Guarda este secreto por mí. Si la verdad sale a la luz, mis padres, Victorio y muchos otros estudiantes estarán en peligro y todo habría sido por mi culpa. No podría soportar haber sido la responsable de haberle hecho daño a alguien.
No le he contado a nadie que me viste con Augusto en el tejado. Lo he hecho para mantenerte a salvo. A cambio podrías hacer lo mismo por mí, ¿de acuerdo? Es lo único que te pido. Tal vez sea más de lo que merezco, pero no se trata solo de mí, se trata de la gente que podría resultar malparada.
También quería que supieras que me importas lo suficiente como para contarte la verdad. Siento haber tardado tanto y que sea demasiado tarde, pero espero que sepas entender su importancia cuando comprendas cómo me siento.
Te añoraré siempre. Adiós, Gastón.

Apreté el botón de «enviar» antes de que pudiera arrepentirme, y nada más hacerlo, sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo. ¿Y si Gastón ignoraba mis palabras? ¿Y si el correo electrónico que le había enviado no solo no lo animaba a guardar silencio sino que además le proporcionaba pruebas? Tal vez debería haberme arrepentido de habérselo enviado, pero no fue así. Tal vez Gastón ya no volviera a confiar en mí, pero yo seguía confiando en él.
No esperaba una respuesta. Sin embargo, la esperanza era lo último que se perdía. Me pasé todo el día comprobando y volviendo a comprobar el correo electrónico, y el siguiente, y luego en Navidad, en cuanto pude escaquearme de la entrega de regalos.
Gastón no había contestado.
Año Nuevo. Nada.
Me dije que había valido la pena decirle la verdad aunque solo fuera por tener la conciencia tranquila, y lo creía de todo corazón, pero no por eso fue más fácil tener que afrontar que mi confesión no había servido de nada. Lo había perdido para siempre.

martes, 27 de diciembre de 2011

Capitulo 011 - Primera Parte

Espera — le supliqué. Todavía tenía los labios húmedos a causa de la sangre — No te vayas. ¡Puedo explicártelo!
—No te acerques a mí.
Gastón estaba blanco como la nieve.
—Gastón... Por favor...
—Eres un ¡vampiro!
¿Qué podía decir? Mis nuevas aptitudes como maestra del engaño no me servían de nada. Gastón sabía la verdad y ya no podía seguir ocultándoselo.
Continuó retrocediendo y tropezando con las tejas de pizarra, agitando los brazos para mantener el equilibrio. El estupor entorpecía sus pasos. Gastón, cuyos movimientos siempre eran precisos y calculados. Era como si anduviese a ciegas.
Sentí el impulso de ir tras él para evitar que perdiera el equilibrio y se cayera, pero sobre todo necesitaba explicarme, con absoluta desesperación. Sin embargo, Gastón no iba a dejar que le ayudara. Ya no. Si lo seguía, el pánico se apoderaría de él y huiría. Huiría de mí.
Temblorosa, me senté en el tejado y vi cómo Gastón se alejaba. Ni siquiera se dignó a mirar atrás hasta que apenas le quedaban unos pasos para llegar a la torre norte y a las habitaciones de los chicos. Para entonces, yo había pasado los brazos alrededor de las rodillas y las lágrimas rodaban por mis mejillas. Nunca en mi vida me había sentido tan asustada y avergonzada, ni siquiera cuando le había mordido.
¿Habría adivinado lo que había sucedido en realidad la noche del Baile de otoño y que había sido yo quien le había hecho la herida del cuello? Estaba segura de que no tardaría mucho en atar cabos, si no lo había hecho ya.
¿Qué debía hacer? ¿Decírselo a mis padres sin perder tiempo? Se enfadarían conmigo... Además de tener que tomar medidas respecto a Gastón. Ignoraba qué le reservaban los vampiros al humano que descubría el secreto de Mandalay, pero sospechaba que no era nada bueno. ¿Y si se lo contaba a la señora Bethany? Ni hablar. Podía intentar despertar a María para pedirle consejo, pero seguramente se encogería de hombros, se daría unos retoques en su sombra de ojos y volvería a quedarse dormida.
Ahora que el secreto había dejado de serlo, toda esa gente estaba en peligro. Era probable que Gastón no se lo dijera a nadie por temor a que lo llamaran chiflado. Y aunque se lo contara a alguien, era muy poco probable que lo creyeran. Sin embargo, me atormentaba el riesgo, por pequeño que fuera, de que nos viéramos expuestos. Y todo por mi culpa.
Tenía que haber algún modo de poder arreglarlo, tenía que hacer algo.
«Hablaré con Gastón. Será lo primero que haga por la mañana. No, que tiene examen. —Era muy extraño tener que pensar en cosas tan mundanas como un examen en medio de todo aquello—. Iré a buscarlo después. No querrá hablar conmigo, pero no va a ponerse a gritar en el pasillo sobre vampiros. Tendré que aprovechar esa oportunidad, siempre que se me ocurra qué decirle...»
Y luego, ¿qué? Le había mentido. Le había hecho daño. Tal vez lo mejor era que se alejara de mí todo lo que pudiera.
Sin embargo, sabía que debía intentarlo, aunque me arriesgara a perder a Gastón para siempre. Si era así, haría lo que fuera por recuperarlo: suplicar, llorar o revelarle todos mis secretos; pero si de algo estaba segura era de que le debía una explicación.


Tras una larga noche en vela, me levanté, me puse el jersey y la falda negros y bajé la escalera a toda prisa. Pensaba que había llegado justo a tiempo de que acabara el examen de Gastón, pero según me contó uno de sus compañeros habían dejado salir a los alumnos a medida que acababan la prueba, y Gastón había terminado de los primeros. Eso significaba que probablemente volvía a estar en su dormitorio. Reuní todo mi valor y me colé en la zona de dormitorios de los chicos. Vic y Gastón me habían señalado su ventana desde los jardines, así que no tendría problemas en encontrar la habitación, si no me pescaban antes, claro.
¿Le aterraría verme aparecer de pronto en su habitación? Tal vez. Tenía que arriesgarme, ya no lo soportaba más. El suspense me estaba torturando, me estaba volviendo loca. Aunque Gastón acabara diciéndome que no quería que volviera a acercarme a él nunca más, al menos tenía que saberlo. La incertidumbre era peor que nada.
Supe que había llegado a mi destino cuando me topé con una puerta decorada con dos pósters: uno de Vértigo, la película de Alfred Hitchcock, y otro de algo llamado Faster, Pussycat! Kill! Kill!
No respondieron cuando llamé, así que la abrí, insegura. No había nadie. La habitación de Gastón olía a él: a especias y a bosque, casi era como estar entre los árboles. La mitad de la habitación estaba cubierta de pósters de películas de acción, armas y mujeres colocados en todas direcciones. La mitad que contenía la cama con una colcha estampada con nudos. Es decir, la mitad de Vic. La otra mitad, la de Gastón, estaba casi vacía. No había pósters ni láminas colgadas en las paredes desnudas, y en el pequeño tablero de anuncios, que pendía encima de todas las camas del internado, solo había pinchado su horario de clases y una entrada de cine: Sospecha, de nuestra primera cita. Una colcha de los excedentes del ejército cubría la cama.
Por lo visto no me quedaba más remedio que esperar. Sin saber qué hacer, me acerqué a la ventana desde la que se divisaba un tramo del camino de entrada del colegio, cubierto de gravilla. Había aparcados varios coches, casi todos pertenecientes a los padres que habían ido a recoger a sus hijos el último día de exámenes para llevárselos a casa a pasar la Navidad. Hijos humanos, claro. Vi a gente abrazándose, cargando el maletero... y a Gastón saliendo por la puerta principal con su bolsa de tela gruesa al hombro.
—Oh, no — musité.
Apreté las manos contra la ventana con tanta fuerza que temí que el cristal, o yo, nos hiciéramos añicos, pero Gastón continuó su camino sin vacilar. Se dirigió derecho hacia un sedán negro con las ventanillas tintadas. La puerta del sedán se abrió e intenté ver quién había dentro, pero no lo conseguí. La mitad desnuda de la habitación empezó a cobrar sentido para mí. En ese momento supe que Gastón se había ido de Mandalay para pasar fuera las vacaciones de Navidad, sin despedirse, y que seguramente no volvería jamás.
—Eh, ¿ahora las habitaciones van a ser mixtas? Qué pasóte — Vic había entrado en el dormitorio. Lo saludé con una débil sonrisa antes de volverme para ver alejarse el coche de Gastón. El automóvil salió disparado, como si tuviera prisa — Qué buena eres colándote aquí. Vosotros dos solo os habréis despedido, ¿no?
—Aja.
¿Qué otra cosa iba a decirle?
—No te pongas depre, ¿vale? — Vic me dio un suave empujoncito en el hombro — Algunos tipos saben lo que hay que decirle a una chica cuando está triste, pero no soy uno de esos.
—Estoy bien, de verdad — Miré a Vic detenidamente. Era la única persona de la escuela con la que Gastón hubiera compartido sus sospechas — ¿Te ha parecido que Gastón... estaba bien?
—Rechazó mi invitación a Jamaica —Vic se encogió de hombros — Dijo no sé qué de reunirse con amigos de la familia, pero me dio la impresión de que no iban a hacer nada especial. ¿No preferirías pasar la Navidad tumbada en la playa en vez de ir por ahí con unos pesados que solo conoce tu madre?
No era eso a lo que me refería. Sin embargo, si eso era lo único extraño que Vic había visto, tal vez Gastón se había guardado sus ideas sobre los vampiros para él solo. Vic no era de los que podrían ocultar algo parecido. Con cierto remordimiento, me di cuenta de que Vic era una persona mucho más sincera que yo.
—¿Patatas? — Vic me ofreció una bolsa medio llena y cubierta de polvillo naranja. Negué con la cabeza e intenté fingir con todas mis fuerzas que no lo añoraba — Se arrepentirá. Espera y verás. Mi familia y yo vamos a pasárnoslo de miedo. ¿Y qué va a estar haciendo él? Preocupándose por sus modales en la mesa vete a saber dónde. Va a ser un mes muy largo — predijo Vic con la boca llena de patatas.
—Sí, mucho —murmuré.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Capitulo 010

La primera nevada del invierno fue una decepción para todos: apenas cuatro centímetros que dieron lo justo para fundirse, convertirse en hielo y volver las aceras resbaladizas. Las laderas tenían un aspecto moteado y triste, y los montes, amarillentos y parduzcos, estaban salpicados de montoncitos de nieve medio derretida. Al otro lado de la ventana del dormitorio de la torre, perlas de agua helada rociaban las escamas y las alas de la gárgola. Ni siquiera había suficiente nieve para salir a jugar o para disfrutar de su contemplación.
—Pues a mí me parece perfecto — dijo María, poniéndose una bufanda de color verde fosforescente alrededor del cuello con destreza — Me gusta que haga un poco de sol.
—Ahora que ya puedes volver a salir a tomarlo, te refieres.
La obsesión de María y todos los demás de hacer «dieta» antes del Baile de otoño había sido muy frustrante. Como todos los vampiros que se negaban a beber sangre, estaban cada vez más esqueléticos... y más vampíricos. Eugenia y su corte de admiradores se habían mantenido alejados del sol, algo de lo que no ha de preocuparse un vampiro bien alimentado, pero que resulta muy doloroso para uno famélico. Había tenido que tragarme horas enteras viendo cómo María se paseaba delante del espejo intentando verse mientras su reflejo, rayando en la invisibilidad, se desvanecía con el paso del tiempo. También me había parecido que se comportaban con mayor crueldad, pero con esa gente nunca se podía estar seguro.
María sabía a qué me refería y sacudió la cabeza, exasperada conmigo.
—Estoy bien desde el día del baile. ¡Valió la pena pasar unas cuantas semanas apretándose el cinturón y manteniéndose a la sombra! Tarde o temprano tú también descubrirás el valor del sacrificio — Al sonreír, se le formaron unos hoyuelos en sus rechonchas mejillas — Aunque va a ser difícil mientras Gastón esté por aquí rondando, ¿no?
Estuvimos riendo un buen rato de uno de los pocos temas que compartíamos y sobre los que bromeábamos. Me alegraba que nos lleváramos tan bien en general porque, entre el problema de Candela y que se acercaban los exámenes, necesitaba el mínimo estrés posible en mí vida.
Los finales fueron increíbles. Ya me lo esperaba, pero no por eso los exámenes de la señora Bethany se hicieron solos ni el de trigonometría resultó más fácil. Mi madre demostró una veta sádica desconocida hasta el momento al guardar celosamente cualquier cosa que hubiera mencionado en clase, aunque al menos un pequeño balanceo sobre los talones había revelado con antelación el ejercicio que más puntuaba, el trabajo sobre el Compromiso de Missouri. Espero que eso signifique que a Victorio le está yendo bien, pensé mientras escribía tan rápido que acabó entrándome rampa en la mano. Solo esperaba que a mí me fuera al menos la mitad de bien que a él.
Me volqué por completo en el estudio durante las semanas finales, y no solo por la dureza de los exámenes, sino también porque el trabajo me servía de distracción. Hacer que Candela repasara conmigo constantemente la ayudó a dejar de pensar en lo que había estado a punto de suceder en el bosque. Aunque también contribuyó que la señora Bethany amonestara a Augusto, lo que se traducía en que él se pasaba prácticamente todo el tiempo libre que tenía fregando los pasillos y mirándome con odio siempre que se le presentaba la ocasión.
—No me fío de ese tío — dijo Gastón en una ocasión, al pasar por su lado.
—Sois incompatibles.
Y no mentía, aunque conocía razones mucho mejores para no confiar en Augusto.
A pesar de nuestros esfuerzos por tener a Candela entretenida, la angustia no la abandonaba. El acoso de Augusto había multiplicado los miedos que ella hubiera albergado desde siempre en su interior. Las oscuras ojeras bajo sus ojos revelaban que Candela no era capaz de conciliar el sueño por la noche y un día apareció en la biblioteca con el pelo recién cortado... a tajos. Era obvio que se lo había hecho ella y no con demasiada maña.
—¿Sabes? En mi pueblo solía cortarle el pelo a mis amigos... — dije, tratando de ser diplomática y apartando los libros a un lado para que pudiera sentarse junto a mí.
—Ya sé que llevo un peinado muy cutre — Candela ni siquiera me miró al dejar la bolsa en el suelo con un golpe sordo — Y no, no quiero que ni tú ni nadie intente arreglarlo. Espero que parezca cutre, igual así dejará de mirarme.
—¿Quién? ¿Augusto? — preguntó Gastón, poniéndose tenso de inmediato.
Candela se derrumbó en su silla.
—¿Quién crees tú? Pues claro que Augusto.
Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que yo no era a la única a la que Augusto miraba fijamente. Lo había interrumpido en medio de una cacería, decidido a beber la sangre de Candela y tal vez... Tal vez incluso a hacerle daño. Según lo que me habían contado mis padres, la mayoría de los vampiros no mataban nunca. ¿Sería Augusto la excepción que confirmaba la regla?
«Seguro que no — pensé — La señora Bethany no permitiría la entrada en Mandalay a nadie así.»
Cuando Gastón cambió de tema rápidamente y le pidió a Candela los apuntes de la clase de biología de mi padre, lo miré y una vez más sentí la fuerza del deseo, el ansia de la posesión que me asaltaba continuamente en su presencia. «Mío — pensé — Quiero que seas mío para siempre.»
Siempre había dado por sentado que era el corazón el que hablaba, pero tal vez fuera otra cosa. Quizá esa necesidad de reclamar la posesión de alguien formaba parte de ser un vampiro y, por tanto, era más poderoso que cualquier deseo humano.
Era evidente que Augusto no albergaba los mismos sentimientos hacia Candela que yo hacia Gastón, pero si únicamente sentía por ella una décima parte del derecho de posesión que yo sentía por Gastón...
... entonces era imposible que fuera a dejarla en paz.


Esa noche volví a encontrarme con Candela en el lavabo. Estaba vaciando en la mano el bote de pastillas para dormir que le había recomendado, cuatro o cinco.
—Ojo, a ver si vas a tomarte demasiadas — dije.
Candela me miró, inexpresiva.
—¿Y ya no me despierto? Tampoco suena tan mal — Suspiró — Créeme, Rocío, con estas no tienes ni para empezar si quieres matarte.
—Son más de las que necesitas para dormir.
—No con los ruidos del tejado — Se metió las pastillas en la boca y luego se inclinó para beber un par de tragos directamente del grifo del agua fría del lavabo — No han desaparecido — dijo, después de secarse la cara con el dorso de la mano — Creo que ahora son más fuertes. Y no paran. Y estoy segura de que no me los estoy imaginando.
Aquello empezó a darme mala espina.
—Te creo.
Lo había dicho sin más, pero Candela me miró con ojos desorbitados.
—¿De verdad? — preguntó, apenas con un hilo de voz — ¿En serio? ¿No lo dices por decir?
—De verdad, te creo.
Para mi sorpresa, se le llenaron los ojos de lágrimas. Candela se apresuró a retenerlas parpadeando varias veces, pero yo sabía que las había visto.
—Nadie me había creído hasta ahora.
Me acerqué un poco más a ella.
—¿Acerca de qué?
Sacudió la cabeza, negándose a contestar, pero cuando pasó junto a mí de camino a su dormitorio, me tocó el brazo, solo un segundo. Viniendo de Candela, aquello había sido casi como un abrazo de oso. No tenía ni idea de qué la atormentaba de su pasado, pero sabía que Augusto no la dejaba vivir en paz. Seguramente él no tenía intención de hacerle daño, pero sí parecía el tipo de persona que disfrutaba mortificando a los demás.
Y en eso último sí que podía echarle una mano a Candela.
Esa misma noche, bastante después del toque de queda, me levanté y me puse los téjanos, las zapatillas deportivas y mi jersey negro de abrigo. Me encasqueté la gorra de punto negro en la cabeza, bajo la que oculté mi melena rubia. Dudé un par de segundos si pintarme unas rayas negras en las mejillas y la nariz, como hacían los cacos en las películas, pero al final decidí que tampoco hacía falta exagerar.
—¿Sales a tomar un tentempié? — masculló María a su almohada — Las ardillas hibernan. Comida fácil.
—Solo voy a dar una vuelta — contesté, aunque María ya había vuelto a dormirse.
Noté el gélido aire nocturno cuando me encaramé a la repisa de la ventana, pero los guantes y el jersey negro me protegían del frío. En cuanto recuperé el equilibrio sobre la rama del árbol, estiré los brazos hacia las ramas superiores y fui apuntalando los pies contra el tronco para que me sirviera de apoyo. Algunas ramas crujieron bajo mi peso, pero no se quebraron. Al cabo de unos minutos, había llegado al tejado.
Al tejado de la parte más baja del edificio, claro. Unos metros más allá, la torre sur se alzaba hacia el firmamento nocturno. Si alargaba el cuello, incluso se distinguían las ventanas oscuras de las estancias de mis padres. Al otro lado estaba la gigantesca torre norte y, en medio de ambas, se encontraba el tejado de tablillas del edificio principal. No se trataba de una superficie plana, sino de una extensión a varios niveles, fruto de la lenta y dilatada construcción de la escuela a lo largo de los siglos, en que las añadiduras no acababan de ensamblarse a la perfección con el resto. Se parecía un poco a un mar embravecido, con olas encrespadas y rompientes que desprendían un fulgor negro azulado a la luz de la luna.
Apreté los dientes y gateé por la pendiente que tenía más cerca, procurando moverme en el más absoluto silencio. Si alguien había salido a tomar un tentempié, daba igual que me viera o no. Sin embargo, si alguien había subido hasta allí con otras intenciones, prefería contar con el factor sorpresa a mi favor.
A pesar de que no dejaba de recordarme que no había nada que temer, estaba muerta de miedo. Sabía que no se me daban bien los desafíos: cuando tenía que enfrentarme a quien fuera, solía agachar la cabeza. Sin embargo, alguien tenía que defender a Candela y, por lo visto, yo era la única que podía hacerlo, así que procuré olvidar las mariposas que revoloteaban en mi estómago y me animé a seguir adelante.
Intenté visualizar mentalmente la disposición de las habitaciones bajo mis pies, concentrándome para ubicar el dormitorio de Candela, que estaba en el otro extremo del pasillo, lejos de la habitación que yo compartía con María. Nuestro dormitorio caía debajo de la torre sur, pero Candela no tenía la misma suerte. No, alguien podía montar guardia sobre su habitación, a tan solo unos metros por encima de su cabeza mientras ella dormía.
Eché a andar en cuanto estuve segura de la localización del dormitorio y la memoricé. Por fortuna no había hielo, por lo que no resbalé demasiado mientras iba de teja en teja, a veces caminando y otras gateando. Agudicé el oído durante todo el camino, atenta a cualquier sonido: una pisada, una palabra, incluso una respiración. La conciencia de un posible peligro había despertado mis instintos más oscuros y me había afinado los sentidos. Estaba preparada para cualquier cosa.
O eso creía.
Apenas me encontraba a unos metros de la zona de dormitorios de Candela, cuando oí un chirrido que recorría todo el tejado. Un sonido prolongado, parsimonioso y seguramente deliberado. Allí había alguien. Alguien que quería que Candela lo oyera.
Me detuve junto a la siguiente pendiente inclinada, con cautela. Allí estaba Augusto, agazapado entre las sombras, con una rama partida en la mano, que arrastraba arriba y abajo sobre las tejas de pizarra.
—Serás... — murmuré.
Augusto se enderezó de repente, sorprendido. Su modo de reaccionar y la manera en que se envolvió rápidamente en su largo abrigo me obligaron a preguntarme qué estaba haciendo con la otra mano. Asqueada y nerviosa, me entraron ganas de dar media vuelta y salir corriendo, pero conseguí mantenerme en mi sitio.
—Piérdete.
—¿Quién es ahora el que se salta las normas? — murmuró Augusto, mirando a su alrededor—. No puedes delatarme sin delatarnos a ambos.
Me acerqué a él, lo bastante para llegar a tocarnos. Nunca antes se había parecido tanto a una rata, con ese rostro chupado y su nariz aguileña.
—No dudaré en hacerlo.
—Uy, sí, qué miedo, saltarse el toque de queda. ¿Y qué? Todo el mundo lo hace. Les da igual.
—No has salido en busca de comida, estás acosando a Candela.
Augusto me dirigió la mirada más indignada que jamás le había visto a nadie, como si yo fuera algo que evitaría de un salto si me encontrara tirada en la acera.
—No tienes pruebas.
La rabia que se despertó en mi interior ahogó el miedo. Todos mis músculos se tensaron y mis incisivos empezaron a alargarse hasta convertirse en colmillos. Cuando se reaccionaba corno un vampiro, no había marcha atrás.
—¿Eso crees?
Lo cogí de la mano y le mordí con fuerza.
La sangre de un vampiro no sabe como la de un humano ni como la de algo vivo. Ni sabe bien, ni sacia, en realidad ni siquiera alimenta. Es información. El sabor de la sangre de un vampiro revela lo que siente en ese mismo instante. Hasta cierto punto tú también compartes esas sensaciones y empiezas a recibir imágenes en tu cabeza que apenas unos segundos antes se encontraban en la mente del vampiro. Me lo habían enseñado mis padres, incluso habían dejado que lo probase con ellos en un par de ocasiones, aunque cuando les pregunté si alguna vez se habían mordido entre ellos, ambos parecieron azorarse mucho y me preguntaron si no tenía deberes que hacer.
Al saborear la sangre de mis padres solo había sentido amor y gozo, y había visto imágenes de mí misma de pequeña, más guapa de lo que era en realidad, curiosa por conocer el mundo. La sangre de Augusto era diferente. Era el horror.
Sabía a resentimiento, a rabia y a un ansia desmesurada por segar vidas humanas. El líquido estaba tan caliente que ardía y tan turbio que me revolvió el estómago, negándose a admitir ni a la sangre ni a él. Una imagen titiló en mi mente y fue haciéndose mayor y más nítida a cada segundo que pasaba, como un fuego que se propaga fuera de control: la de Candela tal como Augusto deseaba verla: desparramada en la cama, con el cuello abierto, boqueando su último aliento.
—¡Ay! — Augusto se zafó de un tirón — ¿Qué coño crees que haces?
—Quieres hacerle daño — Me resultaba difícil controlar la voz. Estaba temblando, aterrada por la violenta escena que acababa de ver — Quieres matarla.
—Querer una cosa no es lo mismo que hacerla — replicó — ¿Crees que soy el único de por aquí que quiere hincarle el diente a un poco de carne fresca de vez en cuando? Vas lista si piensas que van a castigarme por eso.
—¡Que te largues de su tejado! Vete y no vuelvas más. Si lo haces, se lo diré a la señora Bethany. Puedes estar seguro de que me creerá y de que te pondrá de patitas en la calle.
—Pues hazlo. Estoy harto de este sitio. Aunque me merezco una alegría antes de irme, ¿no crees?
Augusto se echó a reír y por un momento creí que, después de todo, quería pelear conmigo. Sin embargo, lo que hizo fue saltar del tejado sin molestarse siquiera en atrapar la rama de un árbol en su caída.
Nunca antes había sentido nada comparable a esa ira ciega y recé para no volver a sentirla jamás. A pesar de lo lúgubre y mezquino que pudiera resultar Mandalay, tenía la sensación de haberme enfrentado a la verdadera maldad por primera vez.
Candela me había preguntado en una ocasión si creía en el Mal y yo le había dicho que sí, pero hasta ese momento no sabía qué cara tenía. Temblorosa, hice una par de profundas inspiraciones intentando recuperar la compostura. Tenía que pensar detenidamente sobre lo que había ocurrido, pero esa noche lo único que quería era irme de allí cuanto antes.
Avancé un par de pasos y me dejé resbalar por la pendiente del extremo del tejado para echar un vistazo al lugar en que Augusto había aterrizado. Quería asegurarme de que se había ido de verdad. Sin embargo, al empezar a bajar, vi otra figura en la oscuridad, como una sombra agazapada al abrigo de las olas. Tal vez Augusto no estaba solo.
—¡Quieto! — dije — ¿Quién anda ahí?
La figura se enderezó lentamente, asomando a la luz de la luna. Era Gastón.
—¿Gastón? ¿Qué haces aquí?
Enseguida comprendí que había preguntado una tontería. Gastón había ido hasta allí por la misma razón que yo, para comprobar si Augusto estaba acosando a Candela. No respondió. Me miraba fijamente, como si no me conociera y retrocedió un paso.
—¿Gastón?
Al principio no comprendí por qué me rehuía, pero entonces caí en la cuenta: los colmillos todavía no se habían retraído y tenía la boca manchada de sangre. Dependiendo del tiempo que llevara allí agazapado, me habría visto hablar con Augusto... y me habría visto morderle...
«Gastón sabe que soy un vampiro.»
La mayoría de la gente ya no cree en vampiros y tampoco lo creería por mucho que uno se esforzara en convencerla, pero Gastón no necesitaba que nadie lo convenciera, sobre todo cuando tenía delante a un vampiro de colmillos largos con sangre en los labios. Me miraba como si fuera una extraña... No, como si fuera de otro planeta.
Acababan de desvelarse los secretos que toda mí vida había luchado por proteger.