martes, 13 de diciembre de 2011

Capitulo 007 - Segunda Parte

Salimos a los prados. No había profesores vigilando a la vista. Por lo visto, la señora Bethany y los demás maestros contaban con que el frío de finales de otoño mantuviera a la mayoría de los alumnos en el interior, y cuando el aire gélido me acarició los hombros y la espalda desnudos, lo comprendí perfectamente. Sin embargo, antes de que me diera tiempo de echarme a temblar, Victorio se quitó la chaqueta del esmoquin y me la colocó sobre los hombros.
—¿Mejor?
—Sí, solo será un segundo.
Victorio se acercó un poco más, preocupado. Era todo un caballero, una buena persona, y honesto, y en esos momentos deseé que hubiera invitado a otra persona al baile, a una chica que supiera valorarlo de verdad.
—Vamos a dar un paseo — propuso.
—¿Un paseo?
—A no ser que prefieras regresar al baile...
—¡No! — Si volvía a entrar, el hechizo podría nublar mi mente una vez más y debía mantener la cabeza despejada hasta que consiguiera comprender lo que había estado a punto de hacer — Quiero decir que... todavía no. Vamos.
Las estrellas titilaban en el cielo nocturno. Era una noche despejada, perfecta para observar el firmamento, y hubiera querido poder subir a la habitación de lo alto de la torre para mirar por el telescopio las estrellas distantes y alejarme de una vez del caos que me rodeaba. A nuestras espaldas, la música y el eco de las risas que procedían del baile fueron desvaneciéndose lentamente en la distancia a medida que nos adentrábamos en el bosque.
—Vale, ¿quién es él? — preguntó al final Victorio.
—¿Quién?
—El chico del que estás enamorada.
Victorio sonrió con tristeza.
—¿Qué? — Estaba tan avergonzada, tanto por él como por mí, que intenté salir del apuro inventándome la respuesta — No salgo con nadie.
—No me tomes por idiota, Rocío. Tengo suficiente experiencia para saber cuándo una mujer está pensando en otro hombre.
—Lo siento — contesté en voz baja, abochornada — No pretendía hacerte daño.
—Podré soportarlo — Colocó sus manos sobre mis hombros — Somos amigos, ¿no? Y eso implica que deseo que seas feliz. Preferiría que lo fueras conmigo...
—Victorio...
—... pero sé que no siempre es tan sencillo.
Sacudí la cabeza.
—No, no lo es. Eres una magnífica persona y deberías ser tú quien ocupara mis pensamientos.
—No hay «deberías» que valgan cuando se trata de amor. Créeme — La camisa blanca del esmoquin refulgía a la luz de la luna. Victorio nunca había estado tan guapo como en ese momento, en plena retirada — ¿Se trata de ese Nicolás? A veces os veo hablar.
—¿Nicolás? — No pude por menos que echarme a reír — No. Es muy majo, pero solo somos amigos.
—Entonces, ¿quién?
Al principio vacilé, pero luego comprendí que me apetecía decírselo después de lo mucho que se había estrechado nuestra amistad a lo largo de esas últimas semanas, en las que apenas nos habíamos separado. Victorio siempre estaba dispuesto a escucharme y, a pesar de que yo era más pequeña que él y estaba más mimada, se tomaba en serio mis opiniones. En realidad, lo que Victorio pensara también era importante para mí.
—Gastón Dalmau.
—Él más débil gana una partida — Victorio no pareció muy complacido. Aunque, claro, ¿de qué iba a alegrarse cuando acababa de decirle que me gustaba otro chico?—. Ya sé qué ves en él.
—¿De verdad?
—Estoy convencido. Supongo que... es guapo.
—No es eso — Quería que me entendiese — No estoy diciendo que Gastón sea feo, pero es que es la única persona que comprende cómo me siento.
—Yo también podría hacerlo. O podría intentarlo — Victorio bajó la mirada e intuí que, a pesar de la entereza que demostraba, la conversación no le estaba resultando sencilla — Se acabaron las súplicas. Lo prometo.
—Victorio, tú encajas aquí — dije con toda la delicadeza que pude — por eso no puedes comprender cómo nos sentimos los que no pertenecemos a este lugar.
—Podrías encajar si quisieras.
—Es que no quiero.
Victorio enarcó una ceja.
—Entonces, tarde o temprano te encontrarás con problemas.
—No me refiero a eso — Victorio hablaba del futuro, de un futuro a años vista en el que yo no quería pensar teniendo ante mí un presente suficientemente caótico — Me refiero al instituto. Tú has estado en todas partes y has visto mundo. No creo que puedas llegar a imaginar lo... Lo grande que es este lugar para mí, lo que me intimida. Si bajo la guardia, podría caer en la trampa de dejar que Mandalay decida quién y qué soy, y eso no es lo que quiero. Y eso es lo que comparto con Gastón.
Victorio meditó unos segundos y finalmente asintió. No creía haberlo convencido, pero al menos me había escuchado.
—Gastón no es mala persona — admitió — al menos por lo que sé. Lo he visto salir en defensa de alumnos a quienes estaban molestando y, por las cosas que dice en clase... parece inteligente.
Sonreí. Después de haberme pasado semanas enteras sin saber qué pensar de Gastón, era todo un alivio oír que alguien tenía algo bueno que decir de él. Sin embargo, Victorio aún no había terminado.
—Pero tiene un carácter explosivo. De hecho, tú estabas cuando se peleo con Augusto, así que ya lo sabes — Me sentí secretamente aliviada de que Victorio no supiera nada de lo que había ocurrido en la pizzería de Riverton — Y siempre está a la que salta. Entiendo que Mandalay pueda poner a la defensiva a alguien como él, pero eso no tiene nada que ver con que él a veces sea...
—Imprevisible — dije — Sí, ya lo sé. Es precisamente por eso que no sé si llegaremos a estar juntos alguna vez, pero tú mereces saber lo que siento.
—Lo único que digo es que vayas con cuidado. Si te hace daño, déjalo cuanto antes —Me miró, ladeando una sonrisa — Igual entonces te atrapo de rebote.
Coloqué una mano en su brazo.
—Estaría encantada.
Victorio me besó en la frente. Olía a humo de pipa y a cuero, y casi me arrepentí de no haber esperado a decirle todo aquello hasta después de que me hubiera besado de verdad, aunque solo hubiera sido por una vez.
—¿Lista para entrar? — me preguntó.
—Un minuto más. Me gusta estar aquí fuera. Además, esta noche se ven las estrellas.
—Es verdad, te gusta la astronomía... — Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y siguió caminando a mi lado mientras seguíamos adentrándonos en el bosque, alzando la vista hacia las constelaciones que titilaban a través de las ramas desnudas—. Esa es Orión, ¿verdad?
—Sí, el Cazador — Alcé una mano para reseguir las piernas, el cinturón, el brazo estirado para asestar un golpe — ¿Ves esa estrella tan brillante del hombro? Esa es Betelgeuse.
—¿Cuál?
Era probable que la astronomía no le interesaba lo más mínimo, pero pensé que tal vez se sentiría más cómodo si teníamos algo más de lo que hablar a parte de su desengaño amoroso. Sabía cómo se sentía.
—Esa, baja — Al agacharse a mi lado, guié uno de sus brazos hacia arriba para indicarle la estrella con su propio dedo — ¿La ves ahora?
Balthzar sonrió.
—Creo que sí. ¿No hay una nebulosa en Orión?
—Sí, un poco más abajo. Te la enseñaré.
—¿Rocío? — dijo alguien detrás de nosotros.
Victorio y yo nos volvimos en redondo. Había reconocido la voz de inmediato, pero no podía dar crédito a mis oídos. Tal vez las ganas de que fuera cierto me estaban jugando una mala pasada, pero allí en la oscuridad creí ver a Gastón vestido con su uniforme. Echaba fuego por los ojos, aunque no me miraba a mí, ni siquiera a los dos, únicamente a Victorio.
—Gastón, ¿qué haces aquí? — pregunté en un susurro.
—Asegurarme de que estás bien.
A Victorio no le gustó aquello. Se enderezó.
—Rocío está completamente a salvo.
—Es tarde. Ha anochecido. La has sacado aquí fuera, a solas...
—Ha venido paseando hasta aquí por su propia voluntad — Victorio respiró hondo, intentando no perder los estribos — Si prefieres ser tú el acompañante de Rocío, adelante.
Gastón se quedó perplejo. Esperaba un desafío, no una rendición.
—Entraré contigo — le dije a Victorio.
A pesar de lo que acabábamos de hablar, o de lo que yo sintiera, Victorio era mi pareja de baile y se lo debía, pero él sacudió la cabeza.
—No pasa nada. Se me han pasado las ganas de bailar.
—Gracias. Por todo — dije, aturdida y avergonzada, quitándome la chaqueta del esmoquin y abrazándome para resguardarme del frío aire nocturno.
—Si me necesitas, dímelo.
Victorio se puso la chaqueta con la mirada clavada en Gastón y a continuación se alejó caminando, solo, en dirección a la escuela.
—Eso ha sido completamente innecesario — murmuré en cuanto Victorio desapareció de la vista.
—Se estaba abalanzando sobre ti.
—¡Le estaba enseñando las estrellas! — Me froté los brazos tratando de entrar en calor — ¿Creíste que iba a besarme?
—No.
—Mentiroso.
Gastón protestó.
—Vale, lo admito, solo quería alejarlo de ti. Pero entiende que no podía quedarme ahí plantado como un pasmarote mientras otro tipo te tiraba los tejos.
Se sacó la chaqueta del uniforme y me la ofreció. No fue un gesto tan elegante como había sido el de Victorio, aunque en el caso de Victorio se lo habían dictado sus buenos modales, era lo que se esperaba de un caballero, y en cambio a Gastón lo había empujado la desesperación de hacer algo que demostrara que podía cuidar de mí, al menos un poco.
Acepté la chaqueta y me la puse. El forro todavía conservaba el calor de su cuerpo.
—Gracias.
—Qué lástima que tape ese vestido.
Me miró de arriba a bajo y una sonrisilla asomó en la comisura de sus labios.
—Deja de tontear conmigo — Aunque parte de mí deseaba que Gastón coqueteara conmigo toda la noche, sabía que no podíamos retrasar más aquella conversación —Tenemos que hablar.
—De acuerdo. Hablemos.
Evidentemente, después de eso ninguno de los dos supo qué decir. Eché a andar, en parte para ganar tiempo, y Gastón me siguió. A cierta distancia de nosotros oímos el crujido de unas hojas, pero enseguida lo acompañaron unas risitas reprimidas. Por lo visto había más parejas que habían decidido perderse en el bosque esa noche y, por el ruido que hacían, se lo estaban pasando mejor que nosotros.
Finalmente comprendí que tendría que dar yo el primer paso.
—No deberías haber dicho aquello sobre mis padres.
—Estuvo fuera de lugar — Gastón suspiró — Se preocupan por ti. Eso es evidente.
—Entonces, ¿por qué les tienes esa manía tan rara?
Lo meditó unos instantes, sin saber por dónde empezar.
—No hemos hablado mucho de mi madre.
Parpadeé, sorprendida.
—No, creo que no.
—Se lo toma todo muy en serio — Gastón no apartaba la vista de los pies mientras se abría paso a través del denso y suave manto de tostadas agujas de pino. Un poco más adelante había un manzano rodeado de la fruta caída que nadie había recogido. Las manzanas estaban macadas y blandas. Su aroma dulzón empalagaba el aire — Intenta dirigir mi vida y no se le da nada mal.
—Me cuesta mucho imaginar a nadie dándote órdenes.
—Eso es porque no conoces a mi madre.
—Cambiará a medida que vayas haciéndote mayor — dije — Antes mis padres solían ser mucho más protectores que ahora.
—No se parece a tus padres — Gastón se echó a reír, aunque su risa me pareció extraña por algo que no supe definir — Mi madre ve las cosas en blanco y negro. Dice que hay que ser fuerte para alcanzar tus metas. Por lo que a ella respecta, en el mundo solo hay dos tipos de personas: los depredadores y las presas.
—Eso suena un poco... extremista.
—Ese término la define muy bien. Respecto a mí, tiene muy claro quién debería ser y qué debería hacer. Puede que no esté siempre de acuerdo con ella, pero, en fin, no deja de ser mi madre. Sus palabras no me dejan indiferente — Lanzó un hondo suspiro — Seguramente parece antes una excusa que una explicación, pero tiene mucho que ver con mi comportamiento en Riverton.
Mientras iba dándole vueltas a lo que me contaba, empecé a comprender hasta qué punto lo explicaba todo: Gastón había asumido que mis padres intentaban dirigir mi vida porque era lo que su madre intentaba hacer con él.
—Lo entiendo, de verdad.
—Hace frío — Gastón me dio la mano. El corazón empezó a latirme con fuerza — Vamos. Volvamos a la escuela.
Continuamos caminando de vuelta a Mandalay. Salimos del bosque a los jardines, desde donde vimos las luces brillantes del salón y las siluetas de las parejas bailando. Imaginé cómo podría haber sido esa noche si Gastón y yo no hubiéramos discutido y él hubiera sido mi pareja para el Baile de otoño. Era casi demasiado perfecto para poder imaginarlo.
—No quiero entrar todavía.
—Hace frío.
—Tu chaqueta es muy calentita.
—Cuando la llevas puesta, sí.
Me sonrió. Gastón siempre me parecía mayor que yo menos cuando sonreía.
—Espera un poquito — supliqué, tirando de él hacia el cenador que habíamos encontrado la noche de la hoguera — Nos mantendremos calentitos el uno al otro.
—Hombre, si lo pintas de ese modo...
La tupida enredadera ocultaba las estrellas del firmamento cuando nos sentamos en el cenador. Gastón me rodeó con sus brazos y con ese único gesto se desvanecieron todas las dudas y la confusión que habían estado acosándome las últimas semanas. Había creído ser feliz durante el baile, pero solo porque me había dejado llevar en medio del torbellino.
Ahora era diferente. Sabía dónde estaba, quién era y me sentía en paz conmigo misma. A pesar de que no había olvidado las razones que me habían hecho dudar de Gastón, cuando estábamos tan cerca confiaba en él por completo. No tenía miedo de nada en el mundo. Podía ser yo misma, sin inhibiciones. Cerré los ojos y froté mi nariz contra su cuello. Gastón se estremeció, y no creí que hubiera sido por el frío.
—Sabes que solo quiero cuidar de ti, ¿verdad? — susurró. Sentí sus labios rozando mi frente — Quiero que estés a salvo.
—No necesito que me protejas de ningún peligro, Gastón — Lo abracé por la cintura y lo estreché contra mí, con fuerza — Lo que necesito es que me protejas de la soledad. No te pelees por mí, quédate a mi lado. Eso es lo que necesito.
Se echó a reír. Una risa extraña y triste.
—Necesitas que alguien cuide de ti, que se asegure de que no pasa nada. Y yo quiero ser ese alguien.
Levanté la cabeza. Estábamos tan cerca que mis pestañas rozaron su barbilla y sentí el calor que desprendían nuestros cuerpos en el pequeño resquicio que separaba nuestras bocas.
—Gastón, solo te necesito a ti — dije, reuniendo valor.
Gastón me acarició la mejilla y rozó sus labios contra los míos. Ese primer contacto me cortó la respiración, pero había dejado de tener miedo. Estaba con Gastón y no podía pasarme nada.
Lo besé y descubrí que mis sueños no me habían engañado: sabía cómo besarlo, cómo tocarlo. Era un conocimiento que había atesorado en mi interior desde siempre, a la espera de la chispa que lo prendiera y lo avivara. Gastón me estrechó contra su pecho con tanta fuerza que apenas pude respirar. Fue un beso profundo y lento, impetuoso y delicado, mil veces distinto. Perfecto en todas sus facetas.
Se me cayó la chaqueta de los hombros y mis brazos y hombros quedaron expuestos al aire. Deslizó las manos por mi espalda para protegerme del frío nocturno y sentí sus palmas en mis omóplatos y sus dedos en mi columna. El tacto de su piel sobre la mía fue muy agradable, mucho mejor de lo que había imaginado, y dejé caer la cabeza hacia atrás, suspirando de placer. Gastón me besó en la boca, en las mejillas, en la oreja, en el cuello.
—Rocío — dijo en un dulce susurro que sentí en la piel. Los labios de Gastón rozaban mi cuello — Deberíamos parar.
—No quiero.
—Aquí fuera... No deberíamos... Dejarnos llevar...
—No tienes que parar.
Le besé el pelo y la frente. Solo podía pensar en que ahora me pertenecía, a mí y solo a mí.
Cuando nuestros labios volvieron a encontrarse, el beso fue diferente, intenso, casi desesperado. Nuestras respiraciones se habían acelerado y nos impedían hablar. No existía nada en el mundo salvo él y esa voz monótona en mi interior que insistía una y otra vez en que él era mío, mío, mío...
Sus dedos rozaron el fino tirante del vestido y este se escurrió de mi hombro y dejó a la vista la curvatura superior de mi pecho. Gastón dibujó con su pulgar una línea entre mi oreja y mi hombro. Deseé que no se detuviera, que me tocara como necesitaba que me tocaran. No pensaba racionalmente, de hecho apenas conseguía pensar. En aquel momento solo existía mi cuerpo y lo que me exigía. Sabía qué debía hacer, aunque ni siquiera llegara a imaginarlo todavía. Lo sabía.
Para, me dije. Sin embargo, Gastón y yo habíamos ido demasiado lejos para poder detenernos. Lo necesitaba, por completo, ahora.
Sujeté su rostro entre mis manos y posé mis labios suavemente en los suyos, en su barbilla, en su cuello. Y al ver el pulso de las venas latiendo bajo la piel, no pude reprimir mi sed de él.
Lo mordí en el cuello, con fuerza. Lo oí gritar de dolor, desconcertado, pero al mismo tiempo la sangre salió disparada hacia mi lengua y el espeso sabor metálico se propagó en mi interior como un incendio: ardiente, incontrolable, mortífero y bello. Al tragar, el sabor de la sangre de Gastón en mi garganta fue lo más dulce que había conocido hasta el momento.
Gastón intentó separarse de mí, pero ya estaba muy debilitado. Lo cogí entre mis brazos cuando empezó a desplomarse para poder seguir bebiendo con avidez. Tenía la sensación de estar aspirando su alma junto con su sangre. Nunca habíamos estado tan unidos como en ese momento.
Mío, pensé. Mío.
En ese momento, el cuerpo de Gastón se relajó por completo: se había desmayado. Y el darme cuenta de su estado fue como un jarro de agua fría que me sacó del trance de golpe.
Respiré jadeante y solté a Gastón, que cayó desmadejado al suelo del cenador. El corte amplio y profundo que mis dientes habían dejado en su cuello, oscuro y húmedo a la luz de la luna, resplandecía como tinta derramada. Caía un pequeño hilillo de sangre sobre los tablones del suelo, donde estaba formándose un charco alrededor de una pequeña estrella plateada que se me había caído del pelo.
—Socorro — jadeé, sin aire, en un susurro apenas audible. Aún tenía los labios pegajosos y calientes por la sangre de Gastón — Por favor, que alguien me ayude.
Descendí tambaleante los escalones del cenador, desesperada por encontrar a alguien, a quien fuera. Mis padres se pondrían hechos una furia, por no hablar de la señora Bethany, pero alguien tenía que ayudar a Gastón.
—¿Hay alguien ahí?
—¿Y a ti qué te pasa? — Eugenia salió del bosque, visiblemente molesta. Llevaba arrugado el vestido blanco de encaje. Su pareja la seguía detrás. Por lo visto había interrumpido una sesión de morreo — Un momento... Eso que tienes en la boca... ¿es sangre?
—Gastón — Estaba demasiado asustada para ni siquiera intentar explicarme — Por favor, ayuda a Gastón.
Eugenia se retiró hacia atrás el largo cabello rubio y entró en el cenador, donde encontró a Gastón tendido en el suelo, con el cuello abierto.
—Dios mío — dijo con un hilo de voz y se volvió hacia mí con una sonrisa taimada — Ya era hora de que crecieras y te convirtieras en un vampiro como los demás.

2 comentarios:

  1. Para, para, decime que es un sueño!!.. Rochi una vampiro??.. jaajaj.. qquiero YA el proximo capitulooo!!!

    ResponderEliminar
  2. WHAT!!! ES MAS DE LO QUE ESPERABA SABIA QUE ALGO IBA A PASAR PERO ...ROCIO VAMPIRO?? Y LOS DEMAS TAMBIEN??? GASTON NO...ESTO SE ESTA PONIENDO BUENO (SABIA Q ROCIO LE QUERIA CLAVAR LOS DIENTES A GASTON ÈRO NUNCA PENSE QUE TE LO TOMARAS TAN LITERAL)

    ResponderEliminar