miércoles, 21 de diciembre de 2011

Capitulo 008 - Segunda Parte

Esa misma noche, más tarde, contemplé mi precioso vestido manchado de sangre. Mi madre lo había colgado en el pomo de la puerta de mi habitación.
—Creía que el baile iba a ser perfecto — susurré.
—Ojalá hubiera sido así, cariño — Se sentó en la cama, a mi lado, y empezó a acariciarme el pelo como solía hacerlo cuando yo era pequeña — Mañana verás las cosas de otra manera, no te preocupes.
—¿Estás segura de que Gastón no será un vampiro cuando se despierte?
—Estoy segura. Gastón no ha perdido suficiente sangre para poner su vida en peligro. Y es la primera vez que le muerdes, ¿no?
—Sí — contesté, sorbiéndome la nariz.
—Solo se convierten en vampiros los que han sido mordidos varias veces y, aun así, únicamente cuando el último mordisco es letal. Recuerda lo que siempre te hemos dicho: en realidad es bastante complicado matar a alguien desangrándolo. Da lo mismo, hay que morir para convertirse en vampiro y Gastón no va a morir.
—Yo soy un vampiro y no he muerto nunca.
—Eso es diferente, cariño, ya lo sabes. Tú naciste siendo especial — Mi madre me tocó la barbilla para volverme la cara hacia ella. Vi que la gárgola nos sonreía a su espalda, como una fisgona escuchando una conversación ajena — No te convertirás en un verdadero vampiro hasta que mates a alguien. Cuando lo hagas, también morirás, aunque solo por un momento. Será como echarse una siesta.
Evidentemente, mis padres ya me habían contado todo aquello como un millón de veces, de igual modo que me recordaban que debía cepillarme los dientes antes de irme a dormir o tomar nota del nombre y el número de teléfono de quien llamara mientras ellos estuvieran fuera. Según ellos, la mayoría de los vampiros no mataban, y aunque era imposible imaginarme haciéndole daño a alguien, insistían en que había maneras de hacerlo que estaban bien. Le habíamos dado vueltas y más vueltas a la famosa transformación por la que algún día tendría que pasar: podía ir a un hospital o a un hogar de ancianos, buscar a alguien muy mayor o a las puertas de la muerte y hacerlo.
Me habían asegurado que sería así de sencillo: o bien podía acabar con el sufrimiento de alguien o incluso podía darle la oportunidad de vivir para siempre como un vampiro si lo planeábamos de antemano y nos asegurábamos de que yo pudiera beber más de una vez. La explicación era así de sencilla y ordenada, como les gustaba que dejara mi habitación.
Lo que había ocurrido entre Gastón y yo había demostrado que la realidad no era tan sencilla y ordenada como las explicaciones de mis padres.
—No tengo que convertirme en un vampiro si no estoy preparada — dije.
Era otra de las cosas que no dejaban de repetirme y esperaba que mi madre me diera la razón de manera automática. Sin embargo, se quedó callada unos segundos.
—Ya veremos, Rocío. Ya veremos.
—¿Qué quieres decir?
—Has probado la sangre de una persona viva. En realidad acabas de darle la vuelta al reloj de arena: ahora habrá veces en que tu cuerpo reaccionará como el de un vampiro. —Debí de poner cara de espanto, porque me apretó la mano — No te preocupes. No es que vayas a cambiar esta semana, seguramente ni siquiera este año, pero ahora sentirás con mayor urgencia la necesidad de hacer lo que hacemos nosotros, y esa urgencia será cada vez más acuciante. Además, Gastón te importa. Vosotros dos os sentiréis... muy atraídos a partir de ahora. Cuando el cuerpo cambia a la velocidad del corazón se da una combinación muy poderosa — Mi madre apoyó la cabeza contra la pared y me pregunté si se estaría remontando a mediados del siglo XVII, cuando estaba viva y mi padre era un apuesto y misterioso forastero — Intenta evitar los problemas.
—Seré fuerte — prometí.
—Sé que lo intentarás, cariño. No se te puede pedir más.
¿Qué quiso decir con aquello? No lo sabía y debía haber preguntado, pero no pude. El futuro se acercaba a pasos agigantados y estaba tan cansada que tenía la sensación de llevar despierta varios días. Cerré los ojos con fuerza, hundí la cara en la almohada y esperé la llegada del olvido que acompaña al sueño.


A la mañana siguiente, noté la diferencia incluso antes de abrir los ojos.
Mis sentidos se habían agudizado. Notaba la trama de la tela de las sábanas sobre mi piel, y no solo oía a mis padres hablando en la otra habitación, sino también otros sonidos procedentes de otras plantas por debajo de nuestros aposentos: el profesor Iwerebon gritándole a alguien que pretendía hacer novillos después de una noche de fiesta, pisadas sobre las tablas del suelo, un grifo goteando en alguna parte... Prestando algo más de atención, incluso habría podido contar las hojas que susurraban al compás del viento en el árbol de fuera. Cuando abrí los ojos, la luz del sol fue casi cegadora.
Al principio pensé que mis padres se habían equivocado, que me había convertido en un vampiro de la noche a la mañana y que eso significaba que Gastón estaba...
No. Mi corazón todavía latía. Si yo estaba viva, Gastón también debía de estarlo. Yo no podía morir y completar mi transformación en vampiro hasta que le hubiera quitado la vida a alguien.
Con todo, si así era... ¿qué estaba sucediéndome?
Mi padre me lo explicó durante el desayuno.
—Estás experimentando una pequeña muestra de lo que sentirás cuando hagas el cambio. Has bebido sangre de un ser humano y ahora ya sabes qué efecto tiene en ti. Luego es incluso más fuerte.
—Menudo rollo. ¿Cómo lo soportáis?
Tenía que entrecerrar los ojos para que la luz de la cocina no me deslumbrara. Incluso los copos de avena que me había dado mi madre tenían un sabor muy fuerte, era como si pudiera sentir la raíz, el tallo y la tierra de los que procedía la avena. En cambio, el vaso de sangre de las mañanas nunca me había sabido tan insípido. El sabor siempre me había agradado, pero en ese momento comprendí que solo era una mala imitación de lo que se suponía que debería estar bebiendo.
—No siempre es tan intenso como las primeras veces. Seguramente se te pasará en un par de horas — Mi madre me dio unas palmaditas en el hombro. Tenía su vaso de sangre en la otra y parecía satisfecha con él — Después... Bueno, al final acabas acostumbrándote. Y menos mal, claro, si no ninguno de nosotros podría dormir nunca.
Tenía la cabeza a punto de estallar con tanta estimulación. Nunca había llegado a beberme una cerveza entera, pero sospechaba que aquello era como tener una resaca.
—Preferiría no tener que acostumbrarme a esto, gracias.
—Rocío — La voz de mi padre sonó tajante, impregnada de la rabia que no había demostrado la noche anterior. Incluso mi madre pareció sorprendida — Que no vuelva a oírte hablar de ese modo.
—Papá... Solo quería decir que...
—Estás predestinada, Rocío. Naciste para ser vampiro. Nunca lo habías cuestionado hasta este momento y ahora no voy a permitirlo, ¿está claro?
Cogió su vaso y salió de la cocina a grandes zancadas.
—Muy claro — contesté con un hilo de voz al asiento vacío que mi padre había ocupado segundos antes.
Cuando bajé la escalera vestida con unos téjanos y mi sudadera con capucha de color amarillo claro, mis sentidos estaban volviendo a la normalidad. En cierto modo me sentí aliviada. La claridad y el bullicio habían estado a punto de hacerme perder los nervios; al menos ya no tenía que oír a Eugenia quejándose por su pelo. Sin embargo, también me sentí en cierto modo vacía. Lo que hasta entonces había sido para mí el mundo normal ahora parecía un lugar extrañamente silencioso y lejano.
Lo único que importaba en realidad era que me sentía mejor y que podía ir a visitar a Gastón. Después de lo que había pasado, sabía que era imposible que se hubiera levantado y anduviese por allí, pero al menos podía ir a verlo a la casa de la señora Bethany. No podía ni imaginarme el horror que debía de sentir al despertarse allí; además, a saber qué historia le habría contado la señora Bethany.
En esas estaba cuando sentí que mi cuerpo se tensaba, como si se anticipara a recibir un golpe. Mí madre me había prometido que Gastón no se acordaría de nada, pero ¿cómo iba a ser eso posible? En su momento ni se me había pasado por la cabeza, pero en ese instante comprendí que el mordisco tenía que haberle dolido una barbaridad. Seguramente se quedaría conmocionado, se enfadaría y se espantaría. Sabía que lo mejor era esperar que lo hubiera olvidado todo, pero entonces ¿también debía olvidar nuestros besos? Tanto daba, había llegado el momento de enfrentarme a lo que había hecho.
Crucé los jardines sin prestar atención a los alumnos que estaban jugando a rugby en uno de los extremos más alejados del césped, aunque vi que algunos se volvían para mirarme y oí vagamente unas risitas maliciosas. Estaba claro que Eugenia se había ido de la lengua, y a esas horas lo más probable era que todos los vampiros de la escuela supieran lo que había hecho. Abochornada y enojada, apreté el paso hacia la cochera... y me detuve en seco al ver a Gastón dirigiéndose hacia mí. Levantó una mano al reconocerme, casi con timidez.
Me entraron ganas de salir corriendo, pero Gastón no se lo hubiera merecido, así que tendría que apechugar con mí vergüenza.
—¡Gastón! ¿Estás bien? — le pregunté, obligándome a dirigirme hacia él.
—Sí. — Las hojas crujieron bajo sus pies al llegar el uno junto al otro — Jesús, ¿qué ha pasado?
Sentí la boca seca.
—¿No te lo han dicho?
—Sí, me lo han contado, pero... ¿Me cayó un travesaño en la cabeza? ¿De verdad? —Estaba sonrojado, como abochornado, y casi parecía enfadado... con el cenador, la gravedad o con lo que fuera. Había visto a Gastón perder su aplomo otras veces, pero nunca lo había visto así — Me he hecho un tajo en el cuello con la estúpida barandilla de hierro forjado, eso es lo más patético de todo. Es que me cabrea que algo tuviera que ponerse en medio mientras estaba besándote por primera vez.
Alguien un poco más atrevido le habría vuelto a besar allí mismo; sin embargo, yo me lo quedé mirando boquiabierta. Parecía que estaba bien. Gastón seguía estando pálido y un grueso vendaje blanco le tapaba parte del cuello, pero por lo demás podría haberse tratado de un día cualquiera. Vi que varias personas nos observaban con curiosidad a lo lejos, pero intenté olvidar el hecho de que tuviéramos público.
—Creí... Es decir, supongo... — Antes de seguir balbuciendo incoherencias, fui al grano—: Al principio creí que te habías desmayado. A veces tengo ese efecto en los chicos. Es demasiado intenso y no pueden soportarlo.
Gastón se echó a reír. No había sido una carcajada, pero se había reído. Era cierto que todo iba bien: él no sabía nada de nada. Aliviada, lo rodeé con mis brazos y lo estreché con fuerza. Gastón me devolvió el abrazo y por unos segundos nos quedamos así, entrelazados, y me permití fingir que nada había salido mal.
Su cabello brillaba como el oro a la luz del sol e inspiré su fragancia, esa que tanto me recordaba la del bosque que nos rodeaba. Saber que era mío me hacía sentir muy bien, y poder abrazarlo así, al aire libre, porque ahora él era mío y yo era suya y, a cada momento que nos tocábamos, el recuerdo de cuando lo besaba cobraba fuerza, de cuando sentía sus manos en mi espalda, de la mullida piel salada entre mis dientes y de la sangre caliente manando en mi boca.
Mío.
Ahora sabía qué había querido decir mi madre. Morder a un humano no era tan sencillo como beber un sorbo de un vaso. Al beber la sangre de Gastón, él había pasado a ser parte de mí... y yo parte de él. Estábamos unidos de una forma que yo no podía controlar y que Gastón no comprendería jamás. ¿Hacía eso que fuera menos real el modo en que me abrazaba? Cerré los ojos con fuerza y recé para que no fuera así. Era demasiado tarde para arrepentirse.
—¿Rocío? — murmuró entre mi pelo.
—¿Sí?
—Anoche... ¿Me di con la barandilla así como así? La señora Bethany me dijo que se desprendió, pero me parece que... Bueno, no recuerdo nada, pero ¿y tú? ¿Tú recuerdas algo?
Sus antiguas sospechas acerca de Mandalay debían de estar asaltándolo de nuevo. Lo más lógico habría sido contestar que sí, pero no pude hacerlo, sería una mentira más.
—Más o menos. Es decir, todo fue muy confuso y... Supongo que me entró el pánico. Si quieres saber la verdad, lo recuerdo todo muy borroso.
Fue la peor de las mentiras imaginables, pero para mi sorpresa, Gastón pareció creérsela. Se relajó entre mis brazos y asintió, como si entonces ya lo comprendiera todo.
—No volveré a defraudarte. Te lo prometo.
—Tú nunca me has defraudado, Gastón, es imposible — La culpa me corroía, y me aferré a él con más fuerza — Yo tampoco te defraudaré.
Te mantendré a salvo de cualquier peligro, me prometí. Incluso de mí.

1 comentario:

  1. Muy buen capitulo Socia!!! osea q para q se convierta en vampiro tiene q matar a alguien... mmm... ya me veo q estos dos van a terminar siendo vampiros ;) y van a tener vampiritos :D JAJAJAJA Ya quiero maaaas!!! esta super interesante...

    Beso-

    ResponderEliminar