viernes, 23 de diciembre de 2011

Capitulo 009 - Segunda Parte

—¿Qué te parece?
Me puse el viejo sombrero de terciopelo para Gastón, pensando que se echaría a reír al ver el efecto que haría el color morado del tejido sobre mi cabello pelirrojo.
Sin embargo, me sonrió de tal modo que de repente me empezó a entrar calor.
—Estás guapísima.
Estábamos en una tienda de ropa de segunda mano de Riverton, disfrutando de la segunda semana que pasábamos juntos en la ciudad mucho más que la primera. Mis padres volvían a estar de guardia en el cine, así que habíamos decidido perdernos la oportunidad de ver El halcón maltes, y en su lugar estuvimos entrando y saliendo de todas las tiendas que estuvieran abiertas, echando un vistazo a los pósters y los libros, y teniendo que soportar algunas miradas hastiadas de los dependientes detrás del mostrador, claramente hartos de los adolescentes de «ese colegio» que estaban como enloquecidos. Mala suerte para ellos, porque nosotros estábamos pasándonoslo de miedo.
Cogí una estola de pelo blanco de un estante y me envolví los hombros con ella.
—¿Qué te parece?
—Las pieles son algo muerto — contestó Gastón, torciendo el gesto, aunque tal vez creyera de verdad que la gente no debería ponerse pieles.
Desde mi punto de vista, creía que las cosas de época debían ser una excepción: los animales habían muerto hacía décadas, así que no es como si estuvieras contribuyendo a hacer más daño. De todos modos, me quité la estola.
Mientras tanto, Gastón se probó un abrigo gris de tweed que había rescatado de un estante del fondo repleto de cosas. Como el resto de la tienda, olía un poco a moho, aunque no era un olor desagradable, y el abrigo le sentaba muy bien.
—Es un poco Sherlock Holmes — dije — Si Sherlock Holmes fuera sexy.
Se echó a reír.
—A algunas chicas le van los intelectuales, ¿sabes?
—Pues tienes suerte de que no sea una de ellas.
Por fortuna, le gustaba que le tomara el pelo. Me abrazó, pasó sus brazos por encima de los míos de modo que quedé atrapada entre los suyos y no pude devolverle el gesto, y me plantó un sonoro beso en la frente.
—Eres insufrible — murmuró — pero vale la pena aguantarte.
Al sujetarme de esa manera, mi cara quedaba pegada a la curva de su cuello y lo único que veía eran las débiles líneas rosadas, las cicatrices que le había dejado mi mordisco.
—Me alegro de que pienses así.
—Lo sé.
No iba a discutir con él. No había razón para que mi único y terrible error no pudiera seguir siendo eso: un error que no debía repetirse.
Gastón me acarició la mejilla con un dedo, delicado como la suave punta de un pincel. En ese momento recordé El beso de Klimt, con sus dorados y sus brumas, y por un instante tuve la sensación de haber sido atraída junto a Gastón al interior del cuadro, envueltos por su belleza y pasión. Escondidos detrás de los estantes como estábamos, perdidos en un laberinto de cuero viejo y cuarteado, satén arrugado y hebillas con diamantes de imitación ajados por el tiempo, Gastón y yo podríamos habernos besado durante horas sin que nos encontraran. Me imaginé la escena un momento: Gastón colocando un abrigo negro de pieles en el suelo, dejándome encima de la manta improvisada, inclinándose sobre mí...
Apreté mis labios contra su cuello, sobre las cicatrices, como cuando mi madre solía besar un cardenal o un rasguño para que sanara. Su pulso era firme. Gastón se puso tenso y pensé que tal vez había ido demasiado lejos.
«Tampoco debe de ser fácil para él. A veces pienso que voy a volverme loca si no lo toco, así que ¿cuánto peor no ha de ser para él? Sobre todo cuando no sabe el por qué.»
Las campanillas de la puerta nos sacaron del trance en que habíamos caído. Ambos echamos un vistazo para ver quién había entrado.
—¡Nicolás! —Gastón sacudió la cabeza—. Debí imaginarme que aparecerías por aquí.
Nicolás se acercó tranquilamente, con los pulgares bajo las solapas de la chaqueta a rayas que llevaba debajo de su abrigo de invierno.
—Este aspecto no se consigue así como así, ¿sabes? Hay que trabajárselo para tener esta planta — Al fijarse en el abrigo de tweed de Gastón, Nicolás lo miró con envidia y protestó —Los tíos altos siempre os lleváis lo mejor.
—No voy a comprármelo.
Gastón se lo quitó, preparado para irse. Seguramente quería que tuviéramos unos minutos más de intimidad, porque ya casi era la hora de volver al autocar. Sabía cómo se sentía. Por mucho que me gustara Nicolás, no quería que se nos pegara.
—Gastón, estás loco. Si algo así me sentara bien, no me lo pensaría dos veces.
Nicolás suspiró. Estaba claro que no había pasado el peligro de que quisiera acompañarnos hasta el autocar, así que intenté pensar en algo rápidamente.
—¿Sabes? Creo que he visto unas corbatas con chicas hawaianas al fondo de la tienda.
—¿De verdad?
Nicolás se fue sin más, abriéndose camino entre el revoltijo de ropa en busca de las corbatas hawaianas.
—Buen trabajo — Gastón me quitó el sombrero y luego me cogió la mano—. Vamos.
Casi estábamos en la puerta cuando pasamos junto al expositor de bisutería y un objeto oscuro y brillante me llamó la atención. Era un broche con una piedra tallada, negra como la noche, aunque de un brillo intenso. Se trataba de un par de flores de pétalos exóticos y afilados, como la de mi sueño. El broche era tan pequeño que me cabía en la mano y estaba profusamente trabajado, pero lo que más me sorprendía era cuánto se parecía a la flor que había empezado a creer que solo existía en mi imaginación. Me detuve en seco para mirarlo con detenimiento.
—Mira, Gastón, es precioso.
—Es azabache auténtico de Whitby. Joyas de luto de la época victoriana — La dependienta nos escrutó con la mirada por encima de sus gafas de lectura de montura azul, evaluando si éramos clientes potenciales o solo unos chavales a los que debía espantar — Muy caro.
A Gastón no le gustaba que lo pusieran en entredicho.
—¿Cómo de caro? — dijo con toda la naturalidad del mundo, como si se apellidara Rockefeller en vez de Dalmau.
—Doscientos dólares.
Es probable que los ojos se me salieran de las órbitas. Con unos padres que trabajaban de profesores, la paga que recibes no es la mayor del mundo precisamente. Lo único que me había comprado que me hubiera costado más de doscientos dólares había sido el telescopio y eso con la ayuda de mis padres. Reí un poco, intentando ocultar mi incomodidad y la tristeza que sentía al tener que olvidarme del broche. No había pétalo negro que no fuera más bello que el anterior.
Gastón se limitó a sacar la cartera y le tendió a la dependienta una tarjeta de crédito.
—Nos lo llevamos.
La mujer enarcó una ceja, pero aceptó la tarjeta y fue a pasarla por la máquina.
—¡Gastón! — Lo cogí por el brazo e intenté hablarle en susurros — No puedes.
—Ya lo creo.
—¡Pero son doscientos dólares!
—Te has enamorado de él — dijo con toda tranquilidad — lo sé por cómo lo miras, y si te gusta tanto, deberías tenerlo.
El broche seguía en el expositor. Lo miré fijamente, intentando imaginar que algo tan bello pudiera ser mío.
—Sí... Me gusta, es decir, pero... Gastón, no quiero que te endeudes por mi culpa.
—¿Desde cuándo los pobres van a Mandalay?
Vale, en eso tenía razón. No sé por qué, pero nunca se me había ocurrido que Gastón pudiera nadar en la abundancia. Y era probable que sucediera lo mismo con Nicolás. Candela había llegado hasta allí gracias a una beca, pero había muy pocos alumnos becados. En realidad, a la mayoría de los humanos les estaba costando un riñon poder estar rodeados de vampiros, aunque, por descontado, de esto último no tenían ni la más remota idea. Si los humanos no sobresalían por comportarse como unos esnobs tal vez se debiera a que no habían tenido la oportunidad de hacerlo. Los únicos que realmente se comportaban como niños ricos eran los que habían estado ahorrando dinero durante siglos o quienes compraron acciones de IBM cuando la máquina de escribir era lo último en cuanto a inventos. La jerarquía de Mandalay era tan estricta, vampiros en lo alto y humanos apenas merecedores de atención, que no había caído en que la mayoría de los humanos también procedían de familias adineradas.
En ese momento, recordé que Gastón había intentando hablarme de su madre en una ocasión y de lo controladora que podía llegar a ser. Habían viajado por todo el mundo, incluso habían vivido en  Europa, y había dicho que su abuelo o su bisabuelo o no sé quién también había estudiado en Mandalay, al menos hasta que lo expulsaron por batirse en duelo. Tendría que haber sabido que no le faltaba el dinero.
Tampoco es que se tratara de una sorpresa desagradable precisamente. En mi opinión, todos los novios deberían ser ricos sin que una lo supiera, aunque eso también me hizo recordar que por mucho que adorara a Gastón, todavía nos encontrábamos a las puertas de conocernos.
Además de los secretos que guardaba yo.
La dependienta nos preguntó si queríamos que envolviera el broche, pero Gastón lo cogió y me lo prendió en el abrigo. Estuve acariciando con el dedo los afilados pétalos mientras paseábamos de la mano por la plaza del pueblo.
—Gracias. Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
—Entonces, es el mejor dinero que he empleado nunca.
Bajé la cabeza, azorada y feliz. Habríamos seguido poniéndonos sentimentales si no hubiéramos entrado en la plaza del pueblo y nos hubiéramos topado con los alumnos que rodeaban el autocar, charlando animados sin ningún profesor a la vista.
—¿Por qué está todo el mundo esperando abajo? ¿Por qué no han subido todavía al autocar?
Gastón parpadeó, obviamente contrariado por el brusco cambio de tema.
—Eh, no sé. Tienes razón — dijo, cuando consiguió situarse — A estas horas ya deberían haber empezado a llamarnos.
Nos acercamos al corro de estudiantes.
—¿Qué pasa? — le pregunté a Luis, un chico que conocía de las clases de química.
—Es Candela. Se ha largado.
Eso no podía ser cierto. Insistí.
—No se habría marchado sola. Se asusta con facilidad.
Nicolás se había abierto paso entre la gente hasta nosotros. Llevaba una bolsa de plástico transparente llena de corbatas chillonas.
—¿De verdad? Pues a mí siempre me ha parecido un poco distante — se interrumpió enseguida, como si se hubiera dado cuenta de que tal vez no era demasiado apropiado hablar mal de una persona desaparecida — La he visto antes en la cafetería. Un chico del pueblo estaba intentando hablar con ella, aunque sin demasiado éxito. Ya no la he vuelto a ver después de eso.
Cogí a Gastón de la mano.
—¿Crees que ese chico ha podido hacerle algo?
—Puede que solo se esté retrasando.
Gastón intentó aparentar tranquilidad, pero no resultó demasiado convincente. Nicolás se encogió de hombros.
—Eh, igual el tío al final dijo lo que ella quería oír y ahora están dándose el lote por ahí.
Candela nunca haría una cosa así. Era demasiado prudente y demasiado desconfiada como para liarse con alguien que no conocía llevada por un impulso. Con cierto remordimiento, me arrepentí de no haberle dicho que se viniera con Gastón y conmigo, en vez de dejarla sola.
Al ver aparecer a mi padre en la plaza con el ceño fruncido, comprendí que estaba incluso más preocupado que yo.
—Que todo el mundo suba al autocar y vuelva a la escuela. Encontraremos a Candela, no os preocupéis — dijo.
—Yo me quedo para ayudaros a buscarla — le dije a mi padre, alejándome de Gastón—. Somos amigas. Se me ocurren algunos sitios a los que habría podido ir.
—Muy bien. —Mi padre asintió con la cabeza — Arriba todo el mundo.
Sentí la mano de Gastón en el hombro. Aquella no era la despedida romántica que había planeado; sin embargo, él no parecía egoístamente decepcionado. Lo único que vi en él fue preocupación por Candela y por mí.
—Yo también debería quedarme para ayudaros.
—No van a dejarte. Incluso me sorprende que me hayan dejado a mí.
—Es peligroso — insistió, en voz baja.
Sentí mucha lástima por él, desesperado por protegerme y completamente inconsciente de lo bien que sabía protegerme yo sólita, así que le dije lo único que creí que podría tranquilizarlo:
—Mi padre cuidará de mí — Me puse de puntillas para besar a Gastón en la mejilla y luego volví a acariciar mi broche con la punta de los dedos — Gracias. Muchas gracias.
A Gastón no le hacía gracia dejarme allí, pero todo había quedado arreglado al mencionar a mi padre. Me dio un beso fugaz.
—Nos veremos mañana.
En cuanto arrancó el autocar, mi padre y yo nos dirigimos a toda prisa hacia las afueras del pueblo.
—¿De verdad sabes adonde ha podido ir? — me preguntó mi padre.
—No tengo ni la más remota idea — admití —, pero necesitáis toda la gente de la que podáis disponer. Además, ¿y si precisáis que alguien cruce el río?
A los vampiros no les gustaba el agua en movimiento. A mí no me importaba, al menos por el momento, pero mis padres se ponían frenéticos cada vez que tenían que cruzar hasta el más ridículo de los riachuelos.
—Mi niña sabe cuidar de sí misma — Su orgullo de padre me cogió con la guardia baja, aunque para bien — Estás madurando mucho aquí, Rocío. Todo este tiempo en Mandalay te está cambiando para mejor.
Alcé la vista al cielo, cansada del sermón paternal de «tu padre sabe lo que es mejor para ti».
—Es lo que ocurre cuando tienes que sobreponerte a la adversidad.
—Información de última hora: eso es el instituto.
—Lo dices como si hubieras ido.
—Créeme, la adolescencia también era una lata en el siglo XI. La Humanidad avanza, pero hay ciertas cosas que nunca cambian: la gente hace tonterías cuando se enamora, desea lo que no puede tener y esa edad entre los doce y los dieciocho años ha sido, es y será siempre la peor — Mi padre volvió a ponerse serio cuando abandonamos la calle principal — No tenemos a nadie en la orilla oeste del río. Quédate cerca de la ribera si crees que vas a perderte.
—No puedo perderme — Señalé arriba, al firmamento estrellado, donde las constelaciones esperaban para guiarme — Hasta luego.
Aunque todavía no habíamos visto caer la primera nevada, el invierno ya se había hecho amo y señor de los campos. La tierra crujía bajo mis pies a causa de la escarcha, y la hierba marchita y los matorrales desnudos me rozaban los téjanos mientras avanzaba a lo largo de la orilla. Los pálidos troncos de las hayas sobresalían entre los demás árboles como rayos en un cielo tormentoso. Al final opté por no alejarme del río, y no porque me preocupara perderme, sino porque Candela sí podría estarlo, y si se había aventurado en esa dirección, tal vez habría intentado encontrar el río para orientarse.
«No debería haberse alejado del pueblo. Si Candela ha pasado por aquí, puede que perderse sea el menor de sus problemas.»
Mi desbocada imaginación, siempre presta a concebir el peor de los panoramas posibles, se empeñó en bombardearme con escenas horripilantes: Candela víctima de un atraco a manos de uno de los chicos del pueblo deseoso de robar a uno de los «niños ricos» del colegio; Candela intentando huir de los obreros de la construcción, borrachos, que había visto en la pizzería y que el miedo había transformado de protectores de mujeres a violadores; Candela superada por la tristeza que la agobiaba, entrando en las heladas aguas del río y siendo atraída hacia el fondo por su poderosa corriente...
Di un respingo al oír un repentino y huidizo ruido por encima de mi cabeza, pero solo se trataba de un cuervo que revoloteaba de una rama a otra. Suspiré aliviada y entonces me fijé en que un poco más allá, hacia el oeste, había algo brillante entre los matorrales.
Me dirigí hacia allí sin perder tiempo, a la carrera. Iba a abrir la boca para llamarla, pero la cerré de inmediato sin pronunciar su nombre. Si se trataba de Candela, lo averiguaría enseguida. Si no era así, tal vez lo mejor era no llamar la atención.
Al acercarme, con la respiración entrecortada a causa del esfuerzo, oí la voz de Candela, aunque la alegría que hubiera podido sentir al encontrarla quedó aniquilada por su voz aterrada.
—¡Déjame en paz!
—Eh, pero ¿qué problema hay? — También conocía esa voz. Demasiado tranquila, ligeramente desdeñosa — Te comportas como si no nos hubiéramos visto nunca.
Era Augusto. No había ido al pueblo en el autocar de la escuela. Ninguno de los «típicos» alumnos de Mandalay se acercaba a Riverton. Por lo visto lo encontraban aburrido o lo más probable es que esperaran impacientes a que los demás se fueran para poder pasar un rato y comportarse como eran en realidad sin tener que ocultar su verdadera naturaleza. Sin embargo, Augusto parecía estar preocupantemente cerca de su verdadera naturaleza en esos momentos. Estaba visto que nos había seguido hasta Riverton con la esperanza de que alguien fuera a dar una vuelta solo. Y ese alguien había sido Candela.
—Ya te he dicho que no quiero hablar contigo — insistió Candela. Estaba aterrorizada. Normalmente solía dar una imagen de chica dura, pero el acoso de Augusto la había espantado tanto que había perdido todo su arrojo — Así que deja de seguirme.
—Te comportas como si fuera un extraño — Sonrió. Sus dientes blancos relucieron en la oscuridad y me recordó las películas de tiburones que había visto — Nos sentamos juntos en Biología, Candela. ¿Qué problema hay? ¿Qué crees que voy a hacerte?
Ahora ya sabía qué había ocurrido. Augusto la había encontrado sola en la ciudad y había empezado a seguirla. En vez de esperar en la plaza con los demás, donde Candela hubiera tenido que soportar su presencia o tal vez incluso tener que acabar sentándose con él en el autocar, había intentado escabullirse. Y en esas había terminado alejándose cada vez más del centro de Riverton y, al final, había salido del pueblo. A esas alturas Candela debía de saber que había cometido un error, pero para entonces Augusto ya la tenía donde él quería y a solas. A pesar de lo fría que era la noche, Candela había recorrido casi tres kilómetros en dirección al colegio, y me sentí henchida de orgullo por su coraje y tozudez.
De acuerdo, también había sido una tontería, pero Candela no tenía razones por las que temer que uno de sus compañeros de clase quisiera matarla.
—¿Sabes qué? Tengo hambre — dijo Augusto con toda naturalidad.
Candela palideció. Era imposible que ella supiera a qué estaba refiriéndose en realidad, pero sintió lo mismo que yo: lo que hasta el momento no había pasado de una provocación estaba a punto de convertirse en algo más. La energía potencial que fluía entre ellos empezaba a transformarse en energía cinética.
—Me voy — dijo Candela.
—Ya veremos si te vas — contestó él.
—¡Eh! —grité con todas mis fuerzas.
Ambos se volvieron en redondo hacia mí y una expresión de alivio apareció en el rostro de Candela al instante.
—¡Rocío!
—Esto no es asunto tuyo — me espetó Augusto — Lárgate.
No podía creerlo. Se suponía que sería él quien se largaría en cuanto comprendiera que lo habían pillado con las manos en la masa, pero estaba visto que no iba a ser así. En otras circunstancias, ese hubiera sido el momento en que yo habría empezado a acobardarme, pero esta vez no. Sentí que la adrenalina corría por mis venas, pero en vez de notar frío o ponerme a temblar, mis músculos se tensaron como cuando estás a punto de participar en una carrera. Mi olfato se agudizó y percibí el sudor de Candela, la loción barata para después del afeitado de Augusto, incluso el pelo de los ratoncitos entre las hierbas. Tragué saliva y mi lengua rozó los incisivos, que crecían lentamente a causa de la tensión.
«Empezarás a reaccionar como un vampiro», me había dicho mi madre. Aquello formaba parte de lo que había querido decirme.
—No soy yo la que va a irse, sino tú.
Me dirigí hacia ellos y Candela se acercó a mí tambaleante, demasiado temblorosa para poder correr.
Augusto frunció el ceño, irritado. Parecía un niño malhumorado al que le hubieran negado una golosina después del colegio.
—¿Qué pasa, acaso tú eres la única que puede saltarse las normas?
—¿Saltarse las normas? — preguntó Candela, confundida, con voz rayando en la histeria—. Rocío, ¿de qué está hablando? ¿Por qué no nos vamos de aquí?
Palidecí. Augusto esbozó una sonrisilla desdeñosa y en ese momento sentí la amenaza: estaba a punto de decirle a Candela quiénes y qué éramos. Si Augusto revelaba el secreto de Mandalay y convencía a Candela de que éramos vampiros — y por las anteriores sospechas de Candela estaba bastante segura de que no le sería difícil conseguirlo — ella intentaría salir huyendo para alejarse de ambos y eso le ofrecería a Augusto una magnífica oportunidad para atacarla. Después él incluso podía alegar que lo había hecho para borrarle la memoria. Tal vez podría intentar detenerlo gracias al instinto luchador que sentía agudizándose dentro de mí, pero todavía no era un vampiro por completo. Augusto era más fuerte y más rápido que yo. Me vencería y se abalanzaría sobre Candela. Y estaba a un paso de conseguirlo, solo le bastaban un par de palabras.
—Se lo diré a la señora Bethany — dije sin pensarlo.
La sonrisa zalamera de Augusto fue desdibujándose poco a poco de su rostro. Incluso él sabía lo poco sensato que era tener a la señora Bethany en contra, sobre todo después de los discursos grandilocuentes de la directora acerca de la necesidad de mantener a los alumnos humanos a salvo para proteger la escuela. No, a la señora Bethany no iba a gustarle nada de nada la actitud de Augusto.
—Ni se te ocurra — dijo Augusto — Déjalo ya, ¿vale?
—Déjalo tú. Largo de aquí. Vete.
Augusto fulminó a Candela con la mirada y luego se adentró en el bosque con paso airado, solo.
—¡Rocío!
Candela se abrió camino con paso inestable entre las últimas ramas que se interponían entre nosotras. Me pasé la lengua por los dientes rápidamente, intentando calmarme para volver a parecerme y a comportarme como una humana.
—Dios, pero ¿qué le pasa a ese tío?
—Que es un capullo.
Cierto, aunque no fuera toda la verdad. Candela se abrazó a mí con fuerza.
—Que busca... Que se comporta como si... Por favor. Vale. Venga.
Entrecerré los ojos para escrutar en la oscuridad y asegurarme de que Augusto se alejaba de verdad. Sus pasos se habían perdido en la distancia y ya no se veía su abrigo de color claro. Se había ido, al menos por el momento, aunque no me fiaba de él.
—Vamos, daremos un rápido rodeo.
Candela me siguió de vuelta al río, demasiado aturdida para preguntar. Solo tuvimos que andar medio kilómetro antes de dar con un pequeño puente de piedra. Hacía mucho tiempo que no se utilizaba y alguna de las piedras estaba suelta, pero Candela no se quejó ni hizo preguntas mientras cruzábamos al otro lado.
Augusto podía cruzar el río si quería, pero su aversión natural al agua en movimiento junto con el temor reverencial que le infundía la señora Bethany casi seguro que serían suficientes para mantenernos a salvo.
—¿Cómo estás? — le pregunté ya en la otra orilla.
—Bien. Estoy bien.
—Candela, dime la verdad. Augusto te siguió hasta el bosque y... ¡Pero si todavía estás temblando!
—¡Estoy bien! — insistió Candela, casi chillando. Tenía la piel sudorosa. Nos miramos fijamente y en silencio por unos instantes y luego añadió en un susurro — Rocío, por favor. No me ha tocado. Estoy bien.
Algún día Candela estaría preparada para hablar de aquello, pero no esa noche. Esa noche necesitaba alejarse de allí y cuanto antes mejor.
—Muy bien, volvamos a la escuela.
—Quién iba a decirme que algún día me alegraría de volver a Mandalay — Su risa sonó ligeramente entrecortada. Empezamos a caminar, pero se detuvo enseguida — ¿No vas a llamar a nadie? A la policía, a los profesores, no sé, a alguien...
—Se lo diremos a la señora Bethany en cuanto lleguemos.
—Podría intentar llamar desde aquí. Tengo el móvil... En la ciudad funcionaba...
—Ya no estamos en la ciudad. Sabes que aquí no hay cobertura.
—Es increíble — Temblaba con tanta violencia que hasta le castañeaban los dientes — ¿Por qué esas brujas ricas no hacen que sus mamás y sus papás pongan un repetidor?
«Porque la mayoría de ellos todavía siguen sin acostumbrarse a los fijos», pensé.
—Vamos, anda.
No me permitió pasarle el brazo por encima de los hombros por el camino que nos alejaba del bosque helado, y no dejó de retorcer una y otra vez su pulsera de cuero.


Esa noche fui a ver a la señora Bethany a la oficina de la cochera después de que Candela se fuera a la cama. Teniendo en cuenta la actitud desdeñosa con que solía tratarme, asumí que dudaría de mi palabra, pero no fue así.
—Nos ocuparemos del asunto — dijo — Puede retirarse.
Vacilé unos segundos.
—¿Eso es todo?
—¿Cree que debería dejarle decidir su castigo? ¿Puede que incluso deseara imponérselo usted? — Enarcó una ceja — Sé cómo mantener la disciplina en mi propia escuela, señorita Igarzabal. ¿O le gustaría escribir otro trabajo como recordatorio?
—Me refería a qué vamos a decirle a la gente. Querrán saber qué le ocurrió a Candela. —Estaba imaginándome el bello rostro de Gastón volviendo a cuestionarse si no ocurriría nada extraño en Mandalay — Candela le dirá a la gente que fue Augusto. Solo habría que decir que le estaba gastando una broma o algo por el estilo, ¿no?
—Eso parece razonable — ¿Por qué tenía la sensación de que le divertía la situación? Comprendí la razón cuando la señora Bethany añadió — Está convirtiéndose en toda una maestra del engaño, señorita Igarzabal. Por fin progresamos.
Lo que más temía era que tuviera razón.

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