martes, 31 de enero de 2012

Primera Parte, Ultimo Capitulo

—¡Gastón!
Él alzó la cabeza del motor de la grúa con rapidez en cuanto oyó la voz de Rocío gritando su nombre y sonando exactamente igual que solía hacerlo. Se sintió esperanzado. Quizás aún no se había acabado todo. Tal vez Rocío no quiso decir lo que dijo dos noches atrás y no tendría que llevarla al aeropuerto esa misma tarde.
Arrojó al suelo la llave inglesa que estaba usando y se volvió para mirarla. Sus esperanzas se desvanecieron en cuanto vio la expresión de su esposa.
—¡Sinjun no está! Han descargado a todos los animales y el no estaba entre ellos. También falta Trey.
Nicolás salió desde detrás de la grúa donde estaba intentando ayudar a Gastón.
—Seguro que es cosa de Eugenia. Me apuesto lo que sea.
La cara de Rocío palideció de ansiedad.
—¿Te ha comentado algo?
—No, pero se ha comportado como una verdadera arpía estos dos últimos días.
Rocío miró a Gastón y, por primera vez desde que la había ido a buscar al zoológico de Chicago, él sintió que lo miraba de verdad.
—¿Sabías algo de esto?
—No, no me ha dicho nada.
—Sabe lo que sientes por ese tigre —dijo Nicolás. —Supongo que lo ha vendido a tus espaldas.
—Pero no puede hacer eso. ¡Es mío! —Rocío se mordió el labio como si se diera cuenta de que lo que había dicho no era cierto.
—Antes fui a ver a Eugenia —dijo Nicolás, —pero había desaparecido. Fue Shorty quien trajo su RV, pero el Cadillac no estaba por ningún lado.
Rocío cerró los puños.
—Le ha hecho algo terrible a Sinjun. Lo sé.
Gastón quiso consolarla, pero sospechaba que Rocío tenía razón.
—Haré algunas llamadas a ver si averiguo algo. ¿Por qué no hablás con los empleados por si alguien sabe algo?
Pero nadie sabía nada. Durante las dos horas siguientes hablaron con todos y sólo descubrieron que nadie había visto a Eugenia desde la tarde anterior.
Rocío estaba cada vez más histérica. ¿Dónde estaba Sinjun ¿Qué había hecho Eugenia con él? Había descubierto bastantes cosas sobre el tráfico ilegal de animales viejos del circo, sabía que era improbable que el tigre acabara en un zoo. ¿Qué le ocurriría a su tigre?
Se hizo tarde para llevar a Rocío al aeropuerto. Gastón había insistido en que ella se quedara con su padre hasta decidir lo que quería hacer, pero ahora eso no tenía importancia. Pasó junto al Lexus gris con matrícula de Connecticut —otra muestra más de lo culpable que se sentía Gastón— y se sentó en la parte trasera de la camioneta que la había trasladado durante todo el verano hasta llegar a esa desolada noche de octubre. Desde allí, observó el recinto.
Pasó la primera función y luego la segunda. La gente llegó y se fue. Aquel lugar era la última parada antes de poner rumbo a Tampa. De nuevo los empleados del circo habían ido al pueblo junto con algunas de las showgirls y el recinto estaba desierto. Tenía frío, pero esperó a que Gastón se hubiera cambiado de ropa y se marchara a atender a Misha para regresar a la caravana.
Desde la puerta vio su maleta, que yacía olvidada encima de la cama. Se acercó a ella mientras se quitaba la vieja sudadera gris. Tras terminar de desnudarse en silencio, comenzó a recolocar la ropa vacilando ante el desordenado cajón donde Gastón guardaba la suya. Se arrodilló, deprimida, y abrió el último cajón. Apartó a un lado los vaqueros de Gastón para ver lo que sabía que estaba oculto debajo: un sonajero barato de plástico, un patito amarillo, una caja de galletas con forma de animales, un babero con la imagen de un conejo y un ejemplar de un libro del doctor Spock.
Había descubierto todo esos objetos unos días antes cuando estaba buscando otra cosa; Gastón nunca los había mencionado. En ese momento tocó el sonajero con la punta de un dedo e intentó imaginar por qué razón había comprado todo eso. Si pudiera permitirse creer que...
No. No podía pensar eso, tenía demasiado que perder.
Cerró el cajón y, cuando regresaba a la camioneta, vio el Cadillac de Eugenia aparcado al lado de la RV y oyó gritos en el interior del circo. Gastón también los había oído y se acercó a la vez que ella. Se encontraron en la puerta trasera.
—Quizá sería mejor que esperaras aquí —dijo él.
Rocío lo ignoró y entró.
El circo estaba iluminado por un solo foco, que arrojaba una luz difusa sobre la pista, dejando el resto en penumbra. Rocío se vio envuelta por los familiares olores a serrín, animales y palomitas de maíz. Iba a echarlo mucho de menos.
Nicolás y Eugenia estaban discutiendo al lado de la pista. Nicolás la agarraba del brazo claramente furioso.
—Rocío no te ha hecho absolutamente nada. ¿Por qué la has tomado con ella?
Eugenia se zafó de él.
—Hago lo que me da la real gana, y ningún carnicero como vos va a mangonearme.
—¿No te cansas de ser una arpía?
Lo que fuera que Eugenia iba a decir murió en sus labios.
—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.
Rocío dio un paso adelante para enfrentarse a ella.
—¿Qué has hecho con Sinjun?
Eugenia se tomó su tiempo para contestar, jugando con ella al gato y al ratón para demostrar su poder.
Sinjun ha salido rumbo a su nuevo hogar. Los tigres siberianos son animales muy valiosos, ¿lo sabías? Incluso los más viejos. —Se sentó en la primera fila de asientos y cruzó las piernas en una postura que parecía demasiado estudiada. —Ni siquiera yo sabía lo que ciertas personas pueden llegar a pagar por ellos.
—¿De qué personas hablas? —inquirió Gastón, deteniéndose junto a Rocío. —¿Quién lo ha comprado?
—Por ahora nadie. El caballero en cuestión lo cuidara hasta mañana por la mañana.
—Entonces, ¿dónde está?
—Está a salvo. Trey está con él.
A Gastón se le acabó la paciencia.
—¡Déjate de rodeos! ¿A quién vas a vendérselo?
—Había varias personas interesadas, pero Rex Webley ofreció el mejor precio.
—Jesús. —La expresión de la cara de Gastón hizo que Rocío se estremeciera de inquietud.
—¿Quién es Rex Webley? —preguntó.
—No digas ni una sola palabra Eugenia, esto es algo entre vos y yo —intervino Gastón, antes de que ella pudiera contestar.
Eugenia le dirigió una mirada condescendiente antes de volverse hacia Rocío .
—Webley tiene un coto de caza ilegal en Texas.
Rocío no lo entendió.
—¿Un coto de caza ilegal?
—Hay gente que le paga a Webley para ir a cazar ciertos animales allí —dijo Nicolás con disgusto.
Rocío pasó la mirada de Eugenia a Nicolás.
—¿Para cazarlos? Pero nadie puede cazar tigres. Son una especie en peligro de extinción.
Eugenia se levantó y entró en la pista con decisión.
—Eso hace que sean más valorados por los hombres ricos que ya están aburridos de cazar piezas comunes y a los que les importa un comino la ley.
—¿Has vendido a Sinjun para que lo cacen y lo maten? —dijo Rocío con voz horrorizada cuando por fin comprendió lo que Eugenia le estaba diciendo. Un montón de imágenes horribles cruzó por su cabeza.
Sinjun no tenía el temor que un tigre normal siente hacia la gente. No se daría cuenta de que esos hombres querían lastimarle. En su mente vio su cuerpo abatido por las balas. Lo vio sobre la tierra con su pelaje negro y naranja manchado de sangre. Se acercó rápidamente a Eugenia.
—¡No te lo permitiré! Te denunciaré a las autoridades. Te detendrán.
—No, no lo harán —repuso Eugenia. —No es ilegal vender un tigre. Webley me ha dicho que su intención es exhibir a Sinjun en su rancho de caza. Eso no va contra la ley.
—Sólo que no va a exhibirlo, ¿verdad? Lo va a matar. —Rocío se sintió mareada. —Iré a las autoridades. Lo haré. Detendrán todo esto.
—Lo dudo —dijo Eugenia. —Webley lleva años sorteando la ley. Tendrías que tener un testigo que jurara que vio cómo lo mataban, lo que no ocurrirá ni en sueños. Y en cualquier caso, sería demasiado tarde para hacer nada, ¿no?
Rocío nunca había odiado tanto a otro ser humano.

Capitulo 018 - Segunda Parte

Kate giró la llave en la cerradura sin más y le dio un empujón a la puerta. Me estremecí intranquila al dirigirme hacia la oscuridad, pero mi visión se adaptó rápidamente a la penumbra y enseguida divisé la escena que se desarrollaba en su interior. Había cerca de una docena de personas reunidas en una sala alargada y rectangular con suelo de madera, tan viejo que los tablones se habían encogido y estaban separados. Todavía quedaban pegados a la pared unos cuantos bancos, también de madera, tan pulposa y vieja que se astillaba. Había armas en todos ellos, como si las hubieran dispuesto de aquella manera para realizar un inventario: cuchillos, estacas, incluso hachas. Las personas que había allí reunidas eran de lo más variopintas, no podrían ser entre ellas más diferentes: altas y bajas; gordas, flacas y musculosas; vestidas con ropa de diario de diversos estilos. Había una chica baja y morocha que no parecía mucho mayor que Gastón, con una sudadera con capucha varias tallas más grande junto a un anciano de pelo corto y plateado que llevaba una chaqueta de punto muy ancha de color gris y gafas de lectura colgadas de un cordón marrón. Lo único que todas aquellas personas parecían tener en común fue el suspiro de alivio unánime que soltaron al reconocer a Gastón.
—Hola, chicos — dijo Gastón, dándome la mano.
—Lo has conseguido — dijo la chica de la sudadera, quien resultó tener una amplia sonrisa que dejaba a la vista un diente torcido que le daba cierto encanto — Aunque no creo que hayas aguantado hasta los finales, a no ser que ahora se hagan en marzo, claro.
—Que sí, Lala. No he aguantado todo el curso, así que ganas la apuesta — Gastón se encogió de hombros — Aunque como los vampiros me quitaron la cartera, me temo que tendrás que contentarte con una victoria moral.
—Por lo que parece no has olvidado traerte lo más importante — Lala me tendió una mano. No me hacía ninguna gracia soltar la de Gastón, así que se la estreché con la izquierda — Me llamo Lala. Gastón y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Tú debes de ser Rocío.
—¿De qué me conoces?
—Pero si no ha hablado de otra cosa durante todas las Navidades.
Lala se echó a reír. Miré a Gastón de soslayo y su tímida sonrisa me complació y, a pesar de encontrarme entre extraños, me hizo sentir segura de mí misma.
—Ah, ¿con que esta es tu joven dama? — El caballero de cabello gris nos regaló una amplia sonrisa —Soy el señor Watanabe. Conozco a Gastón desde que era...
—Lo suficiente para avergonzarlo —lo interrumpió otra persona, un hombre alto y moreno con bigote. Me puso nerviosa aunque no supe definir por qué, y las cicatrices gemelas de la mejilla derecha le daban un aspecto un poco intimidante incluso cuando sonreía. Kate le pasó un brazo sobre los hombros al llegar junto a nosotros — Me llamo Eduardo, soy el padrastro de Gastón.
—Ah, bien, hola. Es un placer.
Gastón nunca había mencionado que tuviera un padrastro. Por lo visto no le entusiasmaba la idea de tener que considerarlo un miembro más de la familia. La sonrisa de Gastón era poco convincente.
—Tuve que sacar a Rocío de allí. Sé que me he saltado el protocolo al hablarle de la Cruz Negra, pero confío en ella.
—Espero que Gastón no se haya equivocado contigo, Rocío — dijo Eduardo, entrecerrando los ojos y clavándolos en mí antes de mirar fijamente a Gastón. La amenaza era clara: por mi bien, más me valía que Gastón tuviera razón. Desvelar secretos no era algo que esa organización se tomara a la ligera, sobre todo Eduardo y Kate, quienes parecían ser los cabecillas — Si queremos ponernos en marcha, tendremos que acelerar las explicaciones.
Todo el mundo empezó a bombardear a Gastón con preguntas sobre la huida intempestiva. A pesar de ser consciente de que yo también debía responder a sus cuestiones, aunque solo fuera para ayudar a Gastón con la historia que tendría que inventarse, algo me impedía concentrarme. Mi vida estaba cambiando en cuestión de segundos y me alejaba a tal velocidad de lo que había sido mi mundo hasta entonces que sentía una especie de bloqueo. Aunque no solo por eso. También percibía una especie de zumbido sordo del que era incapaz de establecer su procedencia; era como si el suelo vibrara suavemente. A pesar de que casi llevaba un día entero sin comer, tenía el estómago revuelto. En ese lugar ocurría algo, algo muy extraño.
Entonces, al mirar a un lado vi una silueta que se dibujaba en el yeso, más clara que el resto de la pared, donde durante años hubo colgado algo que había impedido el paso de la luz. Una cruz.
Demasiado tarde comprendí que no nos encontrábamos en un simple centro cívico abandonado. Siglos atrás, muchos de esos edificios también habían servido para otras funciones. Durante la semana eran lugares donde la comunidad se congregaba para debatir sus problemas, donde se interpretaban obras de teatro o incluso se celebraban juicios; pero los domingos esos edificios se convertían en iglesias.
Una iglesia... ¡qué horror! Los vampiros no ardían al tocar una cruz, como tanto les gustaba proclamar en las películas de terror, pero eso no significaba que se lo pasaran bien en las iglesias. Estaba un poco mareada y aparté la vista de la forma en cruz.
—¿Rocío? — Los dedos de Gastón me acariciaron la mejilla — ¿Estás bien?
—No puedo quedarme aquí. ¿No hay otro sitio al que podamos ir?
—No puedes irte ahora, no es seguro — Para mi sorpresa, fue Lala quien respondió — Olvida a esos cabrones de Mandalay. La mala noticia ha llegado a la ciudad y ya tenemos suficientes problemas con ella.
Debería haber preguntado qué era esa «mala noticia», o podría haber fingido que conocía un lugar seguro al que ir, cualquier cosa, pero el zumbido que tenía metido en la cabeza era cada vez más intenso... La tierra consagrada me ordenaba que me fuera. Lo que estaba sintiendo apenas podía empezar a compararse con lo que mis padres experimentaban en las iglesias, pero era suficiente para aturdirme y debilitarme.
—¿Y si vuelvo al motel? No hemos devuelto la llave.
—¿Un motel? Madre de Dios — El señor Watanabe parecía escandalizado — Hoy en día crecen muy deprisa.
—Tendríamos que llevar a Rocío a un lugar seguro — El duro tono de Kate convertía una mera sugerencia en una orden — Debemos concentrarnos y sospecho que Gastón no podrá mientras ella esté aquí.
—Estoy bien — Era evidente que Gastón había recibido el comentario de Kate como una crítica—. Rocío me ayuda a pensar con claridad. Estoy mejor cuando estoy con ella.
El señor Watanabe lo miró con una amplia sonrisa y yo lo habría imitado si no me hubiera superado la necesidad de salir de allí cuanto antes.
—No pasa nada — aseguré — Puedes venir a buscarme después. Debería volver al motel.
Eduardo negó con la cabeza.
—Los vampiros podrían haberos seguido hasta allí. Deberíamos llevarte a un lugar seguro. ¿Qué me dices de tu casa?
La sola idea me cortó la respiración. Mi hogar — mis padres, mi telescopio, mi póster de Klimt, los discos antiguos e incluso la gárgola — me parecía el lugar más seguro del mundo y el más alejado de todos. Pocas veces me había sentido tan sola.
—No puedo volver allí.
—Si te preocupa lo que vas a decir, podemos ayudarte — insistió Kate, poco dispuesta a dar su brazo a torcer — Solo tenemos que llevarte con tu familia. ¿Dónde están tus padres?
La puerta trasera se abrió de golpe y dio paso a la luz y el aire frío de la calle, que se colaron en la sala. Di un respingo, pero fui la única. Todos los miembros de la Cruz Negra, Gastón incluido, se pusieron inmediatamente en guardia, empuñando sus armas, para enfrentarse a los enemigos que habían aparecido en la puerta. Los vampiros.
Mis padres iban al frente.

Primera Parte, Capitulo Nueve

  
Daphne vivía en la casita más bonita del Bosque del Ruiseñor. Estaba sola en medio de una gran arboleda, lo que sig­nificaba que podía tocar la guitarra eléc­trica siempre que quisiera porque nadie se quejaba.

Daphne se pierde.

Gastón tenía el teléfono móvil pegado a una oreja y el te­léfono de la casa de huéspedes pegado a la otra, y se pasea­ba nervioso por el vestíbulo ladrándole órdenes a su gestor y a otra persona que debía de ser su secretaria o su casera. Detrás de él, una imponente escalinata de nogal subía me­dio piso y luego seguía hacia arriba formando un ángulo rec­to. Las barandas estaban llenas de polvo, y la alfombra que recubría los escalones, aunque tenía un bonito estampa­do, necesitaba con urgencia un aspirador. Una urna llena de plumas de pavo decaídas coronaba una pilastra en el re­llano.
Los pasos de Gastón la estaban poniendo nerviosa, así que Rocío decidió explorar la casa mientras él hablaba. Con Cafretrotando detrás de ella, avanzó lentamente hacia el salón de delante. El sofá capitoné y unas agradables sillas viejas esta­ban tapizados con bonitas telas de ranúnculos y rosas. Es­tampas botánicas y escenas pastorales colgaban en marcos dorados de las paredes de color crema, y unas cortinas de en­caje flanqueaban las ventanas. Candelabros de latón, una va­sija china y algunas cajas de cristal ornamentaban la repisa de la chimenea. Por desgracia, el latón estaba deslustrado, el cristal mate y la vasija llena de polvo. Una alfombra oriental punteada de pelusas contribuía a darle a la estancia el aire de dejadez general.
Lo mismo se podía decir de la sala de música, donde el tradicional papel pintado con dibujos de piñas servía de telón de fondo para las sillas de lectura, con dibujos de rosas, y un clavicordio. Sobre un escritorio esquinero había algunos utensilios de marfil, junto con una anticuada estilográfica y un bote de tinta. Un par de candelabros de plata deslustrada y una jarra de cerveza con forma de persona coronaban la es­cena.
Una mesa de estilo reina Ana y diez sillas de respaldo alto a juego embellecían el comedor, al otro lado del pasi­llo. La característica dominante de la sala era una ventana salediza cuadrada que proporcionaba una generosa pano­rámica del lago y los bosques. Rocío sospechó que los altos floreros de cristal del aparador habrían contenido flores frescas cuando tía Judith todavía vivía, pero ahora la repisa de mármol estaba abarrotada de bandejas de servir el desa­yuno.
Atravesó una puerta de la parte posterior y entró en una trasnochada cocina campestre alicatada con azulejos azules y blancos, y equipada con unos armarios de madera sobre los cuales había una colección de cántaros de porcelana. En el centro, una robusta mesa rústica con una plancha de mármol servía como espacio de trabajo, pero ahora su superficie es­taba repleta de cuencos sucios, cáscaras de huevo, mesuras y un tarro abierto con arándanos secos. El moderno horno, de tamaño de restaurante, necesitaba una limpieza, y la puerta del lavaplatos estaba mal cerrada.
Frente a las ventanas había una mesa redonda de roble para cenas informales. Cojines estampados cubrían el asien­to de las sillas rústicas, y del techo, justo sobre la mesa, col­gaba un candelabro de estaño con algún que otro golpe. De­trás de la casa, el patio bajaba en pendiente hacia el lago, flan­queado por el bosque.
Rocío echó una mirada furtiva a una gran despensa bien abastecida que olía a especias para hornear; luego entró en una pequeña habitación contigua, donde, encima de una vieja mesa de taberna, un moderno ordenador indicaba que aquello era el despacho. Estaba cansada de andar, así que se sentó y lo conectó. Veinte minutos más tarde oyó a Gastón.
-¡Rocío! ¿Dónde demonios te habías metido?
Aquella rudeza slytherin no merecía una respuesta, así que hizo oídos sordos y abrió otro archivo.
Para ser un hombre tan grácil, aquella mañana sus pasos eran inhabitualmente pesados, y rocío le oyó llegar mucho antes de que él la localizara.
-¿Por qué no me has respondido?
Rochi recolocó el ratón mientras él se acercaba por detrás, y decidió que había llegado el momento de plantarle cara.
-No respondo a los rugidos.
-¡Yo no rugía! ¡Yo estaba...!
Como calló de pronto, Rochi alzó la mirada para ver qué le había distraído. Detrás de la ventana, una mujer muy jo­ven con un reducido pantalón corto negro y un top ajusta­do pasó corriendo por el jardín, seguida por un hombre igualmente joven. Ella se volvió y corrió hacia atrás, riendo y burlándose de él. Él le gritó algo y la muchacha asió el do­bladillo de su top y tiró de él hacia arriba, mostrándole por unos instantes sus pechos desnudos.
-Uf -dijo Gastón.
Rocío sintió calor en la piel.
El joven la tomó por la cintura y la arrastró hacia el bos­que para que no les pudieran ver desde el camino, aunque Gastón y Rocío podían verles claramente desde donde esta­ban. El joven se apoyó contra el tronco de un viejo arce. Ella saltó de inmediato encima de él y se abrazó con las piernas a su cintura.
Rochi sintió agitarse la lenta pulsación de la sangre inac­tiva mientras observaba a los jóvenes amantes devorarse el uno al otro. Él asió el trasero de la chica. Ella apretó sus se­nos contra el pecho del mozo y luego, apoyando los codos en sus hombros, le agarró la cabeza con fuerza, como si no le estuviera besando ya lo bastante a fondo.
Rocío oyó que Gastón se movía detrás de ella, y su cuer­po experimentó un perezoso estremecimiento. Sentía su al­tura asomándose por detrás de ella, percibía su calidez a tra­vés de su fino top. ¿Cómo podía oler tan bien alguien que se ganaba la vida sudando?
El joven le dio la vuelta a su amante para que apoyara su espalda contra el árbol. Metió su mano bajo la camiseta y le magreó un pecho.
Rocío sintió un hormigueo en sus pechos. Quería dejar de mirar, pero no lo lograba. Aparentemente, Gastón tampo­co, porque no se movió y su voz pareció vagamente ronca.
-Diría que acabamos de echarles la vista encima a Amy y Troy Anderson.
La joven se dejó caer en el suelo. Era bajita, pero pasi­larga; tenía el pelo rubio ceniza y lo llevaba recogido con una diadema violeta. El pelo de él era más oscuro y muy corto. Era un joven delgado y un poco más alto que la chica.
Las manos de ella se deslizaron entre sus cuerpos. Rocio sólo tardó un momento en descubrir qué estaba haciendo.
Desabrocharle los vaqueros.
-Lo van a hacer justo delante de nosotros -dijo Gastón en voz baja.
Su comentario despertó a Rocío de su trance. Se apartó de un salto del ordenador y le dio la espalda a la ventana.
-No delante de mí.
Gastón apartó la mirada de la ventana y la posó en Rochi. De entrada no dijo nada. Se limitó a observarla. Ella sintió de nuevo esas palpitaciones perezosas en su corriente san­guíneo. Le recordaron que, aunque habían tenido relaciones íntimas, ella no le conocía.
-¿Se está poniendo demasiado caliente para ti?
Rocío estaba sin duda más caliente de lo que hubiera querido estar.
-No me va el voyeurismo.
-Eso sí que me sorprende. Teniendo en cuenta que te gusta atacar a los desprevenidos, habría jurado que estaba entre tus predilecciones.
El tiempo no había ayudado a aliviar la vergüenza que sentía Rocío. Abrió la boca para pedir disculpas nuevamen­te, pero la expresión calculadora que descubrió en la mirada de Gas la detuvo. Con asombro, se dio cuenta de que Gastón no tenía interés alguno en humillarla. Lo que pretendía era divertirse discutiendo.
Se merecía una de las mejores salidas de Rocío, pero su cerebro había estado inactivo durante tanto tiempo que le costó encontrar una respuesta.
-Sólo cuando estoy borracha.
-¿Estás diciendo que aquella noche estabas borracha?-dijo mirando hacia la ventana y luego de nuevo hacia ella.
-Totalmente piripi. Stolichnaya con hielo. ¿Por qué otro motivo crees que me comporté de aquella manera? Otra mirada por la ventana, ésta un poco más larga.
-No recuerdo que estuvieras borracha.
-Estabas dormido.
-Lo que recuerdo es que me dijiste que eras sonámbula.
Rocío soltó un resoplido simulando estar ofendida.
-Bueno, no quería confesarte que tenía problemas con el alcohol.
-Te veo muy recuperada, ¿no? -Sus ojos verdes eran demasiado perspicaces.
-Sólo de pensar en el Stolichnaya me entran náuseas.
La mirada de Gas rastrilló lenta y pausadamente el cuerpo de Rochi.
-¿Sabes lo que pienso?
-No me interesa -respondió Rochi, tragando saliva.
-Creo que te resulté irresistible.
 Rocío buscó en su mente imaginativa alguna réplica mor­daz, pero lo mejor que se le ocurrió fue un penoso...
-Si eso te hace feliz...
Gastón cambió de posición para tener mejor panorámica de la escena que estaban representando fuera.
-Eso tiene que doler -dijo, estremeciéndose.
Rocío apenas podía resistir las ganas de mirar.
-Estás enfermo. No mires.
-Es interesante -dijo ladeando ligeramente la cabe­za-. Bueno, no conocía yo esa manera de abordar el asunto.
-¡Basta!
-Ni siquiera creo que sea legal.
Ella no pudo soportarlo más y se volvió rápidamente: los amantes se habían esfumado.
La risita de Gastón tuvo algo de diabólica.
-Si sales corriendo, tal vez aún puedas atraparles antes de que acaben.
-Te crees muy gracioso.
-Bastante divertido.
-Pues esto sí que te va a divertir. Me he sumergido en los archivos del ordenador de tu tía Judith, y parece que la casa de huéspedes está reservada hasta bien entrado sep­tiembre. Y la mayoría de las casitas, también. Es increí­ble la cantidad de gente que está deseosa de pagar por venir aquí.
-Déjame ver eso -dijo dándole un ligero empujón pa­ra llegar al ordenador.
-Que te diviertas. Voy a buscar algún lugar donde hos­pedarme -dijo Rocío.
Gastón ya estaba ocupado explorando la pantalla y no res­pondió, ni siquiera cuando ella alargó el brazo por delante de él para coger la hoja de papel que había utilizado para ano­tar los nombres de las casitas desocupadas.

lunes, 30 de enero de 2012

Capitulo 018 - Primera Parte

Vale que estemos en el siglo XXI y que no contara con que esperaras a casarte —la madre de Gastón se apoyó contra el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho — pero para serte sincera, Gastón, sabías que venía. ¿De verdad tenías que restregármelo por la cara?
—No es lo que parece — se defendió Gastón. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? En vez de deshacerse en disculpas y explicaciones medio tartamudeando como hubiera hecho yo, él se limitó a poner una mano en mi hombro y sonreír — Rocío y yo hemos compartido la habitación porque estábamos sin blanca. Incluso hemos tenido que empeñar algo para que nos dieran este cuarto. Además, nadie te obligó a forzar esa cerradura, así que tranquila, ¿vale?
La madre de Gastón se encogió de hombros.
—Casi tienes veinte años, tú sabrás lo que haces.
—¿Tienes veinte años? — susurré.
—Diecinueve y poco. ¿Importa?
—Supongo que no.
En comparación con lo que llevaba descubierto sobre Gastón en el último día, ¿qué importancia tenía que tuviera tres años más que yo?
Se levantó con toda naturalidad. Qué suerte la mía: la primera vez que lo veía en calzoncillos y ni siquiera podía relajarme para disfrutar del espectáculo.
—Rocío, te presento a mi madre, Kate Ross. Mamá, esta es la chica de la que te he hablado, Rocío.
La madre de Gastón me saludó con un gesto de cabeza.
—Llámame Kate.
Ahora que por fin estaba lo bastante despierta para centrarme, me fijé en lo mucho que se parecía a Gastón. Era alta, tal vez incluso más que él, llevaba una media melena de un tono castaño dorado quizá más claro que el de Gastón y tenía los mismos ojos de color verde oscuro. También compartía con su hijo los rasgos angulosos: mandíbula cuadrada y barbilla puntiaguda. Llevaba unos téjanos azules desteñidos y una camisa granate Henley tan ceñida que se le marcaban los músculos de los brazos. Creo que nunca había conocido a nadie con menos pinta de madre que ella. Es decir, ¿qué clase de madre encontraba a su hijo en la cama con una adolescente y se limitaba a sonreír?
Claro que eso también me ahorraba una escena.
—Hola — la saludé, levantando una mano, saludándola con torpeza.
—Lo mismo digo. Chicos, debéis de haber pasado una noche de perros. Vamos a por un café y veamos cómo podemos ayudar a Rocío.
Kate señaló la calle con un gesto de cabeza. Gastón ya se estaba peinando con los dedos y enfundándose en sus téjanos, muy poco cohibido delante de su madre, mientras que yo solo quería envolverme con la colcha o algo por el estilo, aunque eso hubiera sido incluso más humillante. Por fin me decidí, salté de la cama y me planté en el baño en un par de saltos. Una vez dentro, conseguí recuperar algo de dignidad mientras me vestía. Tenía la ropa seca, aunque arrugada. Me deshice la trenza con la que había dormido y el pelo me cayó alrededor de la cara en suaves ondas. No es que fuera el mejor de los apaños, pero en el siglo XVII no contaban con mucho más. Sentí cierta añoranza al recordar que me lo había enseñado mi madre.
—Vamos.
Gastón me miró intencionadamente cuando salíamos por la puerta tal vez tratando de dilucidar qué tal lo llevaba. Puede que mi falsa determinación convenciera a Kate, pero él me conocía bastante mejor. Levanté la barbilla con orgullo para que supiera que estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en mis manos para salvar una situación que se complicaba cada vez más.
Kate nos acompañó hasta una camioneta de los años cincuenta bastante desvencijada, de un color turquesa desvaído y con unos faros que tenían la misma forma de los motores de la nave espacial Enterprise. Kate no dejó de vigilar a su alrededor hasta que llegamos junto al vehículo, examinando a todos los viandantes.
—Chicos, ¿creéis que os siguieron? A los profesores no suelen caerles demasiado bien los alumnos que se dan a la fuga.
—Llegaron hasta Riverton, pero nosotros ya nos habíamos ido — me apresuré a contestar mientras me acomodaba sin perder el tiempo en el centro y Gastón se sentaba a mi lado — El agua en movimiento los retuvo.
Kate se quedó helada, con la mano paralizada sobre la llave de contacto, y miró fijamente a Gastón. Sin embargo, no se trató de la típica mirada de madre disgustada en la que adivinas que estás a dos segundos de ser castigado, sino de una mucho más dura. Siempre había imaginado que era así cómo el jefe de un ejército enviaba a los traidores al pelotón de fusilamiento.
—¿Se lo has contado?
—Mamá, escúchame un momento — Gastón respiró hondo para tranquilizarse y alargó las manos, como sí así pudiera detenerla — Rocío ya sabía lo de Mandalay . Yo solo le expliqué lo de la Cruz Negra porque no me quedó más remedio. Ella sabía de la existencia de los vampiros de antes, ¿vale?
—No, no vale. Puede que tu error sea comprensible, pero no por eso deja de ser un error. A estas alturas ya deberías saberlo — Se retiró el flequillo hacia atrás y me miró con mayor detenimiento que antes. La actitud despreocupada de Kate había desaparecido — ¿Cómo te enteraste de su existencia?
Al principio creí que hablaba de la Cruz Negra, pero enseguida comprendí que se refería a la existencia de los vampiros. Gastón no le había explicado qué era yo en realidad y, al sentir cómo se removía en su asiento a mi lado, adiviné que le había ocultado la verdad para protegerme. Estaba claro que tampoco le habría mencionado el hecho de que, hasta cierto punto, ahora él también tenía poderes vampíricos.
Por eso hice lo que estaba visto que a Gastón y a mí se nos daba mejor: mentir.
—Había todo tipo de pistas: que la escuela no sirviera comida a los alumnos y que por eso todo el mundo comiera en privado; ardillas muertas por todas partes; las actitudes e ideas más propias de otros tiempos que mostraba mucha gente... No fue tan difícil.
—Pues a mí no me parecen pruebas demasiado convincentes. —Recelosa, Kate puso el motor en marcha y enfiló a toda velocidad una carretera que conducía fuera de la ciudad—. Es la primera vez que te topas con lo sobrenatural y ¿con eso te basta para averiguar lo que está ocurriendo?
—Rocío te está ocultando parte de la verdad para no asustarte — intervino Gastón — Ella fue la que me ayudó cuando me ocurrió esto.
Se abrió el cuello de la camisa con sumo cuidado. Todavía podían apreciarse las oscuras marcas rosadas en la piel, las cicatrices que le habían quedado después de mi segundo mordisco.
—Dios mío — Kate se inclinó sobre mí inmediatamente para tocar el brazo de Gastón. Así que, después de todo, le podía la madre que llevaba dentro, aunque no lo demostrara siempre — Sabíamos que esto podía ocurrir, lo sabíamos, pero yo quise engañarme convenciéndome de que no ocurriría.
Gastón se zafó de ella, avergonzado.
—Mamá, estoy bien.
—Habéis escapado. ¿Cómo lo habéis conseguido?
—Maté a uno de ellos, a un vampiro llamado Augusto  que había estado amenazando a varios alumnos humanos. Nos enzarzamos en una pelea y él se llevó la peor parte. En realidad no hay mucho más que contar.
El don de Gastón para el engaño era más fácil de admirar cuando la víctima de sus mentiras era otra. Sin embargo, lo verdaderamente admirable era que en realidad Gastón no estaba inventándose nada; ciñéndonos a lo ocurrido, todo lo que le había dicho a su madre hasta el momento era cierto. Él simplemente se había limitado a explicar los hechos de un modo que conduciría a Kate a creer que los acontecimientos se habían desarrollo de un modo distinto y, según los cuales, Augusto  habría mordido a Gastón y yo sería la chica encantadora, espabilada y completamente normal que le había ayudado a recuperarse.
—Entonces sabes a qué nos enfrentamos — dijo Kate, dirigiéndose a mí con mayor respeto que antes. Estaba visto que quien ayudara a su hijo merecía su consideración. No apartó la vista de la carretera en ningún momento, conduciendo a toda velocidad por las calles mal pavimentadas. Nos dirigíamos a un barrio más pequeño que parecía bastante más viejo y abandonado — Es un trabajo peligroso y no estás preparada para ello, pero a mi entender tenemos la responsabilidad de mantenerte a salvo. Si esa mala pécora de la señora Bethany averigua que estás ayudando a un miembro de la Cruz Negra, tu vida no valdrá nada.
No dudaba que la señora Bethany haría cualquier cosa por proteger sus secretos, pero me costaba mucho creer que estuviera dispuesta a matar, y mucho menos a mí.
—Tanto tiempo desperdiciado y tantos peligros, ¿para qué? Porque dudo que al final consiguieras averiguar el gran secreto — le dijo a Gastón — Supongo que si lo supieras habría aparecido mencionado en tus informes.
Gastón sacudió la cabeza cansinamente.
—No, no tengo ni idea, pero no hace falta que me machaques, ¿vale?
—¿Qué secreto? — Pensé que tal vez podría ser algo que mis padres hubieran mencionado alguna vez. Si podía ayudar a Gastón, si había algún tipo de información que pudiera revelarle sin perjudicar a mis padres o a Victorio, se la daría — ¿Qué estabais tratando de averiguar en Mandalay ?
—Es el primer año que admiten alumnos humanos. El miembro de la Cruz Negra que se infiltró antes que Gastón y los pocos humanos a los que les han abierto las puertas a lo largo de su historia son casos muy especiales, excepciones que los vampiros de Mandalay  hacen para echarle el guante a grandes sumas de dinero y no llamar la atención. Sin embargo, no sé que se traerán entre manos, pero ahora es diferente. Han admitido a un mínimo de treinta humanos. ¿Por qué han cambiado las normas?
La señora Bethany había dicho que habían permitido la entrada de «alumnos nuevos» en Mandalay  para que nosotros pudiéramos tener una visión más amplia del mundo. En realidad, eso era lo último que ella deseaba. Sí, los alumnos iban allí para conocer mejor el mundo que les rodea, pero el propósito de la señora Bethany era otro, y tener alumnos humanos en Mandalay  comprometía ese propósito.
Candela  no había tardado mucho en darse cuenta de que algo no funcionaba, aunque no sabía exactamente qué, y el ejemplo de Gastón hablaba por sí solo. Además, los vampiros se veían obligados a ocultar lo que eran en uno de los pocos lugares de la tierra donde se suponía que podían relajarse y ser ellos mismos. Únicamente un motivo muy poderoso podía llevar a la señora Bethany a permitir algo por el estilo, pero ¿cuál?
—Pues no lo sé —admití.
—¿Cómo ibas a saberlo? — Kate se encogió de hombros, enfilando una calle sombreada. Las casas tenían aspecto destartalado y un par de ellas parecían abandonadas. Frenó en la entrada trasera de uno de esos edificios deshabitados, aunque pronto comprendí que no se trataba de una casa cualquiera. Era un centro cívico, uno de esos que hay en casi todos los pueblos de Nueva Inglaterra, aunque era evidente que hacía décadas que nadie lo utilizaba. Al menos la mitad de las ventanas estaban rotas y la pintura blanca se estaba descascarillando y tenía manchas de humedad — Solo que conservaras el juicio después de lo que has descubierto sobre los chupa-sangres es más de lo que mucha gente soportaría. Gastón es un profesional. Si no ha conseguido averiguar el secreto, es que lo han enterrado muy bien.
—Un profesional, ¿eh? — dijo Gastón, bajando de la furgoneta con una sonrisa de oreja a oreja.
Me dio la impresión de que su madre no solía elogiarlo a menudo, pero que, cuando lo hacía, Gastón lo recibía como el agua de mayo.
Kate asintió con la cabeza y vi que su sonrisa y la de Gastón se parecían mucho.
—Lo siento, pero me temo que un profesional que vuelve a estar de servicio. Hay mucho que hacer.
Me pregunté a qué se referiría.
—¿De servicio?
Kate recuperó su compostura habitual.
—No me refiero a ti, Rocío, tú ya has hecho suficiente. Siempre estaré en deuda contigo, siempre. Has ayudado a Gastón a salir de ese agujero infecto, incluso le has salvado la vida... — Me sonrió mientras nos dirigíamos a la puerta trasera de la casa — No voy a compensarte enviándote a correr peligros. Te quedarás aquí, a salvo. Nosotros nos ocuparemos de todo lo demás.
—Cuando dices «nosotros» te refieres a...
—La Cruz Negra.

Segunda Parte, Capitulo Veintitres

—Sigue hablando con Heather —dijo Nicolás. —Pero no como solía hacerlo. Heather está tan preocupada como todos nosotros.

Heather terminó los tacos que Eugenia había preparado y se limpió los dedos en la servilleta de papel.
—¿Quieres saber lo que me dijo mi padre ayer por la noche?
Eugenia la miró desde el fregadero.
—Claro.
Heather sonrió ampliamente, luego resopló.
—Me dijo: «Bueno, Heather, saca tus cosas del sofá. Que te quiera tanto no significa que quiera mancharme el culo de maquillaje.»
Eugenia se rio.
—Tu padre sabe cómo engatusar a la gente.
—Eugenia, aquel día en el aeropuerto... —Heather parpadeó. —Mi padre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Te quiere mucho.
—Supongo que sí. —Su sonrisa se desvaneció. —Me siento culpable de ser tan feliz cuando Rocío está tan jodida. Ayer dije «joder» delante de ella y ni siquiera se inmutó.
Eugenia pasó un paño por la encimera de la cocina.
—No hacés más que hablar de ella. Me pone enferma.
—Eso es porque no la soportas. No entiendo por qué. Quiero decir que sé que Gastón y tú estuvieron saliendo y todo eso, pero a ti ya no te interesa él y Rocío está muy deprimida. ¿Qué es lo que tienes contra ella?
—Lo que pasa es que Eugenia no puede aguantar que haya alguien que no la considere el ombligo del mundo. —Nicolás  estaba al lado de la puerta, aunque ninguna de las dos lo había oído entrar.
Eugenia se volvió hacia él hecha una furia.
—¿No sabes llamar a la puerta?
Heather suspiró.
—¿Vas a empezar a discutir otra vez?
—Yo no discuto —dijo Nicolás. —Es ella.
—¡Ja! Se cree que puede decirme lo que tengo que hacer y no pienso consentirlo.
—Eso es lo que él dice de ti —señaló Heather con paciencia. Y luego, aunque pensaba que gastaba saliva inútilmente añadió: —Si os casarais de una vez por todas estaríais tan ocupados dándoos órdenes mutuamente que nos dejaríais en paz a todos los demás.
—¡No me casaría con él por nada del mundo!
—¡No me casaría con ella aunque fuera la última mujer de la tierra!
—Entonces no deberíamos acostarnos juntos. —Heather imitó lo mejor que supo a Rocío Dalmau. —Papá, sé que sales a hurtadillas todas las noches para dormir con ella, pero mantener relaciones sexuales con otra persona sin estar enamorado de ella es inmoral.
Eugenia se puso roja. Su padre abrió y cerró la boca un par de veces como si fuera una carpa dorada, luego comenzó a farfullar.
—No sabes lo que dices, señorita. Eugenia y yo sólo somos amigos, eso es todo. Tuvo problemas con el depósito de agua y yo...
Heather puso los ojos en blanco.
—No soy imbécil, papá.
—Escúchame...
—¿Qué clase de ejemplo crees que me estás dando? Ayer mismo leí algo sobre madurez psicológica en mis deberes, y parece que tengo dos cosas en mi contra.
—¿Cuáles?
—Perdí a mi madre y soy producto de una familia desestructurada. Eso y lo que veo que hacen los dos adultos más influyentes de mi vida hace que tenga muchas posibilidades de acabar embarazada antes de cumplir los veinte años.
Nicolás  arqueó las cejas hasta que prácticamente se perdieron en el nacimiento del pelo, y Heather llegó a pensar que perdería c! control. Aunque Nicolás  ya no le daba el mismo miedo que antes, no era estúpida.
—Me piro. Nos vemos, chicos.
Cerró de un portazo al salir de la caravana.
—¡Qué cabrita!
—Siéntate —dijo Eugenia. —Sólo intenta decirnos algo.
—¿Qué?
—Que deberíamos casarnos. —Eugenia se llevó un trozo de carne a la boca. —Lo que demuestra lo poco que sabe de la vida.
—No la has entendido bien.
—Aún no se ha dado cuenta de lo incompatibles que somos.
—Excepto ahí dentro. —Nicolás  señaló con la cabeza el dormitorio de la parte de atrás.
—Bueno, lo cierto es... —Una astuta sonrisa se extendió por la cara de Eugenia— que parece que los chicos de las clases bajas tenéis vuestra utilidad.
—Pues claro que la tenemos. —La tomó entre sus brazos y ella se apretó contra él. Comenzó a besarla, pero se apartó porque los dos tenían cosas que hacer y una vez que empezaban no habría nada que los detuviera.
Nicolás  notó la preocupación en los ojos de Eugenia.
—La temporada termina —dijo ella. —En un par de semanas estaremos en Tampa.
—Nos veremos en invierno.
—¿Quién ha dicho que quiera verte?
Eugenia mentía y los dos lo sabían. Estaban muy a gusto juntos, pero Nicolás  tenía el presentimiento de que ella quería algo que él no podía darle.
Enterró los labios en el pelo de Eugenia.
—Eugenia, tengo que protegerme de ti. Creo que te amo, pero no puedo casarme contigo. Soy un hombre orgulloso y tú siempre estás pisoteando mi orgullo.
Ella se tensó y se alejó de él, lanzándole una mirada tan desdeñosa que Nicolás  se sintió como una cucaracha.
—Creo que nadie ha hablado de matrimonio.
Nicolás  no sabía expresarse bien, pero había algo importante que quería decirle desde hacía tiempo.
—Me gustaría casarme contigo, pero me resultaría imposible estar casado con alguien que disfruta humillándome todo el tiempo.
—¿Qué dices? Tú también me humillas.
—Sí, pero yo lo hago sin querer y tú no. Hay una gran diferencia. Lo cierto es que te crees mejor que los demás. Piensas que eres perfecta.
—Nunca he dicho eso.
—Entonces cuéntame algo malo de ti.
—Ya no soy tan buena trapecista como antes.
—No hablo de eso. Hablo de algo que tengas dentro, algo que no sea como debería ser. A todos nos pasa.
—No me pasa nada malo, no sé de qué me hablas.
Nicolás  negó tristemente con la cabeza.
—Te conozco, nena. Y hasta que no resuelvas eso, no hay esperanza para nosotros.
La soltó y se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que él llegara a la puerta, Eugenia comenzó a gritar:
—¡No sabes nada de mí! Que sea dura no quiere decir que sea una mala persona. ¡No lo soy, maldita sea! ¡Soy buena!
—Además, eres una esnob —repuso él, mirándola. —Sólo te importa lo que tú sientes. Hieres a los demás. Estás obsesionada con el pasado y eres la persona más engreída que he conocido nunca.
Por un momento Eugenia se quedó atontada, pero luego volvió a gritar:
—¡Mentiroso! ¡Soy buena! ¡Lo soy!
El grito furioso de Eugenia hizo que Nicolás  se estremeciera. Supo que ella le atacaría y logró salir antes de que estrellara el plato de tacos contra la puerta.


Mientras daba vueltas esa noche por el recinto, Rocío se dio cuenta de que hubiera preferido seguir actuando con Gastón. Al menos hubiera estado ocupada. Cuando le había dicho que no iba a volver a la pista con él, no sintió ni alegría ni decepción. Le dio igual. En las últimas semanas había descubierto un dolor mucho más profundo que cualquiera que pudiera provocarle con el látigo.
Observó el bullicio de la multitud al otro lado del recinto. Los niños cansados se aferraban a sus madres y los padres llevaban en brazos a los más pequeños con manchas de manzana de caramelo en las bocas. Antes, ver a esos padres hubiera hecho que los ojos se le llenasen de lágrimas de emoción, pues imaginaba a Gastón llevando en brazos a su hijo. Pero ahora tenía los ojos secos. Junto con todo lo demás, había perdido la capacidad de llorar.
Como el circo permanecería allí esa noche, los empleados tenían la camioneta libre y se habían dirigido al pueblo en busca de comida y alcohol. El recinto se fue quedando en silencio. Mientras Gastón se ocupaba de Misha, ella se puso una de las viejas sudaderas de su marido y se movió entre los elefantes dormidos hasta llegar a Tater. Se arrodilló y se acurrucó entre las patas delanteras del animal y dejó que le apoyase la trompa en las rodillas.
Se arrebujó dentro de la sudadera de Gastón. La suave prenda olía a él, a esa particular combinación de jabón, sol y cuero que ella habría reconocido en cualquier parte. ¿Llegaría a perder todo lo que amaba?
Oyó unos pasos. Tater se incorporó sobre los cuartos traseros y Rocío vio un par de piernas enfundadas en vaqueros que no tuvo ninguna dificultad en reconocer.
Gastón se puso en cuclillas a su lado y apoyó los codos en las rodillas, dejando colgar las manos entre ellas. Parecía tan triste que por una fracción de segundo quiso consolarlo.
—Por favor, sal de ahí —susurró él. —Te necesito tanto.
Rocío apoyó la mejilla contra la arrugada piel del pecho de Tater.
—Creo que me quedaré aquí un rato más.
Gastón hundió los hombros y pasó un dedo por el suelo.
—Mi casa... es grande. Hay una habitación de invitados con una buena vista del bosque que hay al sur.
Rocío soltó el aliento con un suave suspiro.
—Hace frío esta noche. Va a nevar.
—He pensado que podríamos convertirla en una habitación infantil. Es una estancia agradable, soleada, con un gran ventanal. Tal vez podríamos tener allí una mecedora.
—Siempre me ha gustado la nieve.
Los animales se movieron y uno de ellos bufó en sueños. Tater levantó la trompa de la rodilla de Rocío y la pasó por los hombros de Gastón. El tono suave de Gastón no disimuló su amargura.
—¿No vas a perdonarme nunca? —Ella no dijo nada. —Te amo, Rocío . Te amo tanto.
Ella oyó el sufrimiento en su voz, vio la vulnerabilidad en su cara y, si bien sabía que era debido a lo culpable que se sentía, Rocío había sufrido demasiado dolor para encontrar placer en infligírselo a otro, en especial a alguien que era tan importante para ella.
—Tú no sabes cómo amar, Gastón.
—Puede que eso fuera cierto antes, pero ya no lo es.
Tal vez fuera por lo cómoda que se sentía bajo el corazón de Tater, o tal vez fuera el dolor de Gastón, pero Rocío sintió que la gélida barrera que rodeaba su corazón comenzaba a agrietarse. A pesar de todo, todavía lo amaba. Se había mentido a sí misma cuando se dijo que no lo hacía. Él era su alma gemela y su corazón siempre le pertenecería. Con esa certeza llegó un conocimiento más profundo y amargo. Si volvía a caer víctima del amor que sentía por él, podría acabar destruida y, por el bien del bebé, no podía permitir que eso ocurriera.
—¿Es que no lo ves? Sólo te sientes culpable.
—Eso no es cierto.
—Eres un hombre orgulloso. Has violado tu código del honor e intentas arreglarlo. Lo entiendo, pero no voy a dejar que mi vida se base en unas palabras que no sientes de verdad. Este bebé es demasiado importante para mí.
—El bebé también es importante para mí.
Ella hizo una mueca de dolor.
—No digas eso, por favor.
—Te probaría mi amor si pudiera, pero no sé cómo hacerlo.
—Tienes que dejarme ir. Sé que eso heriría tu orgullo y lo siento, pero vivir contigo así es demasiado duro para mí.
Él no dijo nada. Ella cerró los ojos e intentó ocultarse tras la helada barrera que la había mantenido en pie hasta entonces, pero Gastón había provocado demasiadas grietas.
—Por favor, Gastón —susurró entrecortadamente. —Por favor, deja que me vaya.
La voz de Gastón apenas era un susurro.
—¿Es eso lo que quieres de verdad?
Rocío asintió con la cabeza.
Jamás había pensado que lo vería tan derrotado, pero en ese momento la chispa que ardía en el interior de Gastón pareció apagarse.
—Bueno —dijo con voz ronca. —Que sea como tú quieras.
Si eso era lo que quería, ¿por qué le dolía tanto?
A su lado se movió una sombra, pero los dos estaban demasiado absortos en su sufrimiento para darse cuenta de que alguien más había escuchado la conversación.