lunes, 30 de enero de 2012

Capitulo 018 - Primera Parte

Vale que estemos en el siglo XXI y que no contara con que esperaras a casarte —la madre de Gastón se apoyó contra el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho — pero para serte sincera, Gastón, sabías que venía. ¿De verdad tenías que restregármelo por la cara?
—No es lo que parece — se defendió Gastón. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? En vez de deshacerse en disculpas y explicaciones medio tartamudeando como hubiera hecho yo, él se limitó a poner una mano en mi hombro y sonreír — Rocío y yo hemos compartido la habitación porque estábamos sin blanca. Incluso hemos tenido que empeñar algo para que nos dieran este cuarto. Además, nadie te obligó a forzar esa cerradura, así que tranquila, ¿vale?
La madre de Gastón se encogió de hombros.
—Casi tienes veinte años, tú sabrás lo que haces.
—¿Tienes veinte años? — susurré.
—Diecinueve y poco. ¿Importa?
—Supongo que no.
En comparación con lo que llevaba descubierto sobre Gastón en el último día, ¿qué importancia tenía que tuviera tres años más que yo?
Se levantó con toda naturalidad. Qué suerte la mía: la primera vez que lo veía en calzoncillos y ni siquiera podía relajarme para disfrutar del espectáculo.
—Rocío, te presento a mi madre, Kate Ross. Mamá, esta es la chica de la que te he hablado, Rocío.
La madre de Gastón me saludó con un gesto de cabeza.
—Llámame Kate.
Ahora que por fin estaba lo bastante despierta para centrarme, me fijé en lo mucho que se parecía a Gastón. Era alta, tal vez incluso más que él, llevaba una media melena de un tono castaño dorado quizá más claro que el de Gastón y tenía los mismos ojos de color verde oscuro. También compartía con su hijo los rasgos angulosos: mandíbula cuadrada y barbilla puntiaguda. Llevaba unos téjanos azules desteñidos y una camisa granate Henley tan ceñida que se le marcaban los músculos de los brazos. Creo que nunca había conocido a nadie con menos pinta de madre que ella. Es decir, ¿qué clase de madre encontraba a su hijo en la cama con una adolescente y se limitaba a sonreír?
Claro que eso también me ahorraba una escena.
—Hola — la saludé, levantando una mano, saludándola con torpeza.
—Lo mismo digo. Chicos, debéis de haber pasado una noche de perros. Vamos a por un café y veamos cómo podemos ayudar a Rocío.
Kate señaló la calle con un gesto de cabeza. Gastón ya se estaba peinando con los dedos y enfundándose en sus téjanos, muy poco cohibido delante de su madre, mientras que yo solo quería envolverme con la colcha o algo por el estilo, aunque eso hubiera sido incluso más humillante. Por fin me decidí, salté de la cama y me planté en el baño en un par de saltos. Una vez dentro, conseguí recuperar algo de dignidad mientras me vestía. Tenía la ropa seca, aunque arrugada. Me deshice la trenza con la que había dormido y el pelo me cayó alrededor de la cara en suaves ondas. No es que fuera el mejor de los apaños, pero en el siglo XVII no contaban con mucho más. Sentí cierta añoranza al recordar que me lo había enseñado mi madre.
—Vamos.
Gastón me miró intencionadamente cuando salíamos por la puerta tal vez tratando de dilucidar qué tal lo llevaba. Puede que mi falsa determinación convenciera a Kate, pero él me conocía bastante mejor. Levanté la barbilla con orgullo para que supiera que estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en mis manos para salvar una situación que se complicaba cada vez más.
Kate nos acompañó hasta una camioneta de los años cincuenta bastante desvencijada, de un color turquesa desvaído y con unos faros que tenían la misma forma de los motores de la nave espacial Enterprise. Kate no dejó de vigilar a su alrededor hasta que llegamos junto al vehículo, examinando a todos los viandantes.
—Chicos, ¿creéis que os siguieron? A los profesores no suelen caerles demasiado bien los alumnos que se dan a la fuga.
—Llegaron hasta Riverton, pero nosotros ya nos habíamos ido — me apresuré a contestar mientras me acomodaba sin perder el tiempo en el centro y Gastón se sentaba a mi lado — El agua en movimiento los retuvo.
Kate se quedó helada, con la mano paralizada sobre la llave de contacto, y miró fijamente a Gastón. Sin embargo, no se trató de la típica mirada de madre disgustada en la que adivinas que estás a dos segundos de ser castigado, sino de una mucho más dura. Siempre había imaginado que era así cómo el jefe de un ejército enviaba a los traidores al pelotón de fusilamiento.
—¿Se lo has contado?
—Mamá, escúchame un momento — Gastón respiró hondo para tranquilizarse y alargó las manos, como sí así pudiera detenerla — Rocío ya sabía lo de Mandalay . Yo solo le expliqué lo de la Cruz Negra porque no me quedó más remedio. Ella sabía de la existencia de los vampiros de antes, ¿vale?
—No, no vale. Puede que tu error sea comprensible, pero no por eso deja de ser un error. A estas alturas ya deberías saberlo — Se retiró el flequillo hacia atrás y me miró con mayor detenimiento que antes. La actitud despreocupada de Kate había desaparecido — ¿Cómo te enteraste de su existencia?
Al principio creí que hablaba de la Cruz Negra, pero enseguida comprendí que se refería a la existencia de los vampiros. Gastón no le había explicado qué era yo en realidad y, al sentir cómo se removía en su asiento a mi lado, adiviné que le había ocultado la verdad para protegerme. Estaba claro que tampoco le habría mencionado el hecho de que, hasta cierto punto, ahora él también tenía poderes vampíricos.
Por eso hice lo que estaba visto que a Gastón y a mí se nos daba mejor: mentir.
—Había todo tipo de pistas: que la escuela no sirviera comida a los alumnos y que por eso todo el mundo comiera en privado; ardillas muertas por todas partes; las actitudes e ideas más propias de otros tiempos que mostraba mucha gente... No fue tan difícil.
—Pues a mí no me parecen pruebas demasiado convincentes. —Recelosa, Kate puso el motor en marcha y enfiló a toda velocidad una carretera que conducía fuera de la ciudad—. Es la primera vez que te topas con lo sobrenatural y ¿con eso te basta para averiguar lo que está ocurriendo?
—Rocío te está ocultando parte de la verdad para no asustarte — intervino Gastón — Ella fue la que me ayudó cuando me ocurrió esto.
Se abrió el cuello de la camisa con sumo cuidado. Todavía podían apreciarse las oscuras marcas rosadas en la piel, las cicatrices que le habían quedado después de mi segundo mordisco.
—Dios mío — Kate se inclinó sobre mí inmediatamente para tocar el brazo de Gastón. Así que, después de todo, le podía la madre que llevaba dentro, aunque no lo demostrara siempre — Sabíamos que esto podía ocurrir, lo sabíamos, pero yo quise engañarme convenciéndome de que no ocurriría.
Gastón se zafó de ella, avergonzado.
—Mamá, estoy bien.
—Habéis escapado. ¿Cómo lo habéis conseguido?
—Maté a uno de ellos, a un vampiro llamado Augusto  que había estado amenazando a varios alumnos humanos. Nos enzarzamos en una pelea y él se llevó la peor parte. En realidad no hay mucho más que contar.
El don de Gastón para el engaño era más fácil de admirar cuando la víctima de sus mentiras era otra. Sin embargo, lo verdaderamente admirable era que en realidad Gastón no estaba inventándose nada; ciñéndonos a lo ocurrido, todo lo que le había dicho a su madre hasta el momento era cierto. Él simplemente se había limitado a explicar los hechos de un modo que conduciría a Kate a creer que los acontecimientos se habían desarrollo de un modo distinto y, según los cuales, Augusto  habría mordido a Gastón y yo sería la chica encantadora, espabilada y completamente normal que le había ayudado a recuperarse.
—Entonces sabes a qué nos enfrentamos — dijo Kate, dirigiéndose a mí con mayor respeto que antes. Estaba visto que quien ayudara a su hijo merecía su consideración. No apartó la vista de la carretera en ningún momento, conduciendo a toda velocidad por las calles mal pavimentadas. Nos dirigíamos a un barrio más pequeño que parecía bastante más viejo y abandonado — Es un trabajo peligroso y no estás preparada para ello, pero a mi entender tenemos la responsabilidad de mantenerte a salvo. Si esa mala pécora de la señora Bethany averigua que estás ayudando a un miembro de la Cruz Negra, tu vida no valdrá nada.
No dudaba que la señora Bethany haría cualquier cosa por proteger sus secretos, pero me costaba mucho creer que estuviera dispuesta a matar, y mucho menos a mí.
—Tanto tiempo desperdiciado y tantos peligros, ¿para qué? Porque dudo que al final consiguieras averiguar el gran secreto — le dijo a Gastón — Supongo que si lo supieras habría aparecido mencionado en tus informes.
Gastón sacudió la cabeza cansinamente.
—No, no tengo ni idea, pero no hace falta que me machaques, ¿vale?
—¿Qué secreto? — Pensé que tal vez podría ser algo que mis padres hubieran mencionado alguna vez. Si podía ayudar a Gastón, si había algún tipo de información que pudiera revelarle sin perjudicar a mis padres o a Victorio, se la daría — ¿Qué estabais tratando de averiguar en Mandalay ?
—Es el primer año que admiten alumnos humanos. El miembro de la Cruz Negra que se infiltró antes que Gastón y los pocos humanos a los que les han abierto las puertas a lo largo de su historia son casos muy especiales, excepciones que los vampiros de Mandalay  hacen para echarle el guante a grandes sumas de dinero y no llamar la atención. Sin embargo, no sé que se traerán entre manos, pero ahora es diferente. Han admitido a un mínimo de treinta humanos. ¿Por qué han cambiado las normas?
La señora Bethany había dicho que habían permitido la entrada de «alumnos nuevos» en Mandalay  para que nosotros pudiéramos tener una visión más amplia del mundo. En realidad, eso era lo último que ella deseaba. Sí, los alumnos iban allí para conocer mejor el mundo que les rodea, pero el propósito de la señora Bethany era otro, y tener alumnos humanos en Mandalay  comprometía ese propósito.
Candela  no había tardado mucho en darse cuenta de que algo no funcionaba, aunque no sabía exactamente qué, y el ejemplo de Gastón hablaba por sí solo. Además, los vampiros se veían obligados a ocultar lo que eran en uno de los pocos lugares de la tierra donde se suponía que podían relajarse y ser ellos mismos. Únicamente un motivo muy poderoso podía llevar a la señora Bethany a permitir algo por el estilo, pero ¿cuál?
—Pues no lo sé —admití.
—¿Cómo ibas a saberlo? — Kate se encogió de hombros, enfilando una calle sombreada. Las casas tenían aspecto destartalado y un par de ellas parecían abandonadas. Frenó en la entrada trasera de uno de esos edificios deshabitados, aunque pronto comprendí que no se trataba de una casa cualquiera. Era un centro cívico, uno de esos que hay en casi todos los pueblos de Nueva Inglaterra, aunque era evidente que hacía décadas que nadie lo utilizaba. Al menos la mitad de las ventanas estaban rotas y la pintura blanca se estaba descascarillando y tenía manchas de humedad — Solo que conservaras el juicio después de lo que has descubierto sobre los chupa-sangres es más de lo que mucha gente soportaría. Gastón es un profesional. Si no ha conseguido averiguar el secreto, es que lo han enterrado muy bien.
—Un profesional, ¿eh? — dijo Gastón, bajando de la furgoneta con una sonrisa de oreja a oreja.
Me dio la impresión de que su madre no solía elogiarlo a menudo, pero que, cuando lo hacía, Gastón lo recibía como el agua de mayo.
Kate asintió con la cabeza y vi que su sonrisa y la de Gastón se parecían mucho.
—Lo siento, pero me temo que un profesional que vuelve a estar de servicio. Hay mucho que hacer.
Me pregunté a qué se referiría.
—¿De servicio?
Kate recuperó su compostura habitual.
—No me refiero a ti, Rocío, tú ya has hecho suficiente. Siempre estaré en deuda contigo, siempre. Has ayudado a Gastón a salir de ese agujero infecto, incluso le has salvado la vida... — Me sonrió mientras nos dirigíamos a la puerta trasera de la casa — No voy a compensarte enviándote a correr peligros. Te quedarás aquí, a salvo. Nosotros nos ocuparemos de todo lo demás.
—Cuando dices «nosotros» te refieres a...
—La Cruz Negra.

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