martes, 31 de enero de 2012

Capitulo 018 - Segunda Parte

Kate giró la llave en la cerradura sin más y le dio un empujón a la puerta. Me estremecí intranquila al dirigirme hacia la oscuridad, pero mi visión se adaptó rápidamente a la penumbra y enseguida divisé la escena que se desarrollaba en su interior. Había cerca de una docena de personas reunidas en una sala alargada y rectangular con suelo de madera, tan viejo que los tablones se habían encogido y estaban separados. Todavía quedaban pegados a la pared unos cuantos bancos, también de madera, tan pulposa y vieja que se astillaba. Había armas en todos ellos, como si las hubieran dispuesto de aquella manera para realizar un inventario: cuchillos, estacas, incluso hachas. Las personas que había allí reunidas eran de lo más variopintas, no podrían ser entre ellas más diferentes: altas y bajas; gordas, flacas y musculosas; vestidas con ropa de diario de diversos estilos. Había una chica baja y morocha que no parecía mucho mayor que Gastón, con una sudadera con capucha varias tallas más grande junto a un anciano de pelo corto y plateado que llevaba una chaqueta de punto muy ancha de color gris y gafas de lectura colgadas de un cordón marrón. Lo único que todas aquellas personas parecían tener en común fue el suspiro de alivio unánime que soltaron al reconocer a Gastón.
—Hola, chicos — dijo Gastón, dándome la mano.
—Lo has conseguido — dijo la chica de la sudadera, quien resultó tener una amplia sonrisa que dejaba a la vista un diente torcido que le daba cierto encanto — Aunque no creo que hayas aguantado hasta los finales, a no ser que ahora se hagan en marzo, claro.
—Que sí, Lala. No he aguantado todo el curso, así que ganas la apuesta — Gastón se encogió de hombros — Aunque como los vampiros me quitaron la cartera, me temo que tendrás que contentarte con una victoria moral.
—Por lo que parece no has olvidado traerte lo más importante — Lala me tendió una mano. No me hacía ninguna gracia soltar la de Gastón, así que se la estreché con la izquierda — Me llamo Lala. Gastón y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Tú debes de ser Rocío.
—¿De qué me conoces?
—Pero si no ha hablado de otra cosa durante todas las Navidades.
Lala se echó a reír. Miré a Gastón de soslayo y su tímida sonrisa me complació y, a pesar de encontrarme entre extraños, me hizo sentir segura de mí misma.
—Ah, ¿con que esta es tu joven dama? — El caballero de cabello gris nos regaló una amplia sonrisa —Soy el señor Watanabe. Conozco a Gastón desde que era...
—Lo suficiente para avergonzarlo —lo interrumpió otra persona, un hombre alto y moreno con bigote. Me puso nerviosa aunque no supe definir por qué, y las cicatrices gemelas de la mejilla derecha le daban un aspecto un poco intimidante incluso cuando sonreía. Kate le pasó un brazo sobre los hombros al llegar junto a nosotros — Me llamo Eduardo, soy el padrastro de Gastón.
—Ah, bien, hola. Es un placer.
Gastón nunca había mencionado que tuviera un padrastro. Por lo visto no le entusiasmaba la idea de tener que considerarlo un miembro más de la familia. La sonrisa de Gastón era poco convincente.
—Tuve que sacar a Rocío de allí. Sé que me he saltado el protocolo al hablarle de la Cruz Negra, pero confío en ella.
—Espero que Gastón no se haya equivocado contigo, Rocío — dijo Eduardo, entrecerrando los ojos y clavándolos en mí antes de mirar fijamente a Gastón. La amenaza era clara: por mi bien, más me valía que Gastón tuviera razón. Desvelar secretos no era algo que esa organización se tomara a la ligera, sobre todo Eduardo y Kate, quienes parecían ser los cabecillas — Si queremos ponernos en marcha, tendremos que acelerar las explicaciones.
Todo el mundo empezó a bombardear a Gastón con preguntas sobre la huida intempestiva. A pesar de ser consciente de que yo también debía responder a sus cuestiones, aunque solo fuera para ayudar a Gastón con la historia que tendría que inventarse, algo me impedía concentrarme. Mi vida estaba cambiando en cuestión de segundos y me alejaba a tal velocidad de lo que había sido mi mundo hasta entonces que sentía una especie de bloqueo. Aunque no solo por eso. También percibía una especie de zumbido sordo del que era incapaz de establecer su procedencia; era como si el suelo vibrara suavemente. A pesar de que casi llevaba un día entero sin comer, tenía el estómago revuelto. En ese lugar ocurría algo, algo muy extraño.
Entonces, al mirar a un lado vi una silueta que se dibujaba en el yeso, más clara que el resto de la pared, donde durante años hubo colgado algo que había impedido el paso de la luz. Una cruz.
Demasiado tarde comprendí que no nos encontrábamos en un simple centro cívico abandonado. Siglos atrás, muchos de esos edificios también habían servido para otras funciones. Durante la semana eran lugares donde la comunidad se congregaba para debatir sus problemas, donde se interpretaban obras de teatro o incluso se celebraban juicios; pero los domingos esos edificios se convertían en iglesias.
Una iglesia... ¡qué horror! Los vampiros no ardían al tocar una cruz, como tanto les gustaba proclamar en las películas de terror, pero eso no significaba que se lo pasaran bien en las iglesias. Estaba un poco mareada y aparté la vista de la forma en cruz.
—¿Rocío? — Los dedos de Gastón me acariciaron la mejilla — ¿Estás bien?
—No puedo quedarme aquí. ¿No hay otro sitio al que podamos ir?
—No puedes irte ahora, no es seguro — Para mi sorpresa, fue Lala quien respondió — Olvida a esos cabrones de Mandalay. La mala noticia ha llegado a la ciudad y ya tenemos suficientes problemas con ella.
Debería haber preguntado qué era esa «mala noticia», o podría haber fingido que conocía un lugar seguro al que ir, cualquier cosa, pero el zumbido que tenía metido en la cabeza era cada vez más intenso... La tierra consagrada me ordenaba que me fuera. Lo que estaba sintiendo apenas podía empezar a compararse con lo que mis padres experimentaban en las iglesias, pero era suficiente para aturdirme y debilitarme.
—¿Y si vuelvo al motel? No hemos devuelto la llave.
—¿Un motel? Madre de Dios — El señor Watanabe parecía escandalizado — Hoy en día crecen muy deprisa.
—Tendríamos que llevar a Rocío a un lugar seguro — El duro tono de Kate convertía una mera sugerencia en una orden — Debemos concentrarnos y sospecho que Gastón no podrá mientras ella esté aquí.
—Estoy bien — Era evidente que Gastón había recibido el comentario de Kate como una crítica—. Rocío me ayuda a pensar con claridad. Estoy mejor cuando estoy con ella.
El señor Watanabe lo miró con una amplia sonrisa y yo lo habría imitado si no me hubiera superado la necesidad de salir de allí cuanto antes.
—No pasa nada — aseguré — Puedes venir a buscarme después. Debería volver al motel.
Eduardo negó con la cabeza.
—Los vampiros podrían haberos seguido hasta allí. Deberíamos llevarte a un lugar seguro. ¿Qué me dices de tu casa?
La sola idea me cortó la respiración. Mi hogar — mis padres, mi telescopio, mi póster de Klimt, los discos antiguos e incluso la gárgola — me parecía el lugar más seguro del mundo y el más alejado de todos. Pocas veces me había sentido tan sola.
—No puedo volver allí.
—Si te preocupa lo que vas a decir, podemos ayudarte — insistió Kate, poco dispuesta a dar su brazo a torcer — Solo tenemos que llevarte con tu familia. ¿Dónde están tus padres?
La puerta trasera se abrió de golpe y dio paso a la luz y el aire frío de la calle, que se colaron en la sala. Di un respingo, pero fui la única. Todos los miembros de la Cruz Negra, Gastón incluido, se pusieron inmediatamente en guardia, empuñando sus armas, para enfrentarse a los enemigos que habían aparecido en la puerta. Los vampiros.
Mis padres iban al frente.

2 comentarios:

  1. wooooow!!!! :O que capitulo, uuuuh se va a pudrir toooodo. mmm... cada capitulo super interesante.. ya espero el proximo... Beso.

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