Eugenia estaba bajo las sombras del toldo, ocultando su sufrimiento, mientras observaba reírse a Gastón y Rocío frente a su caravana. Él quitó una paja del pelo a su esposa y luego le rozó la cara; un gesto tan íntimo que fue como si le hubiera acariciado el pecho.
La amargura se extendió por su cuerpo como una vid corrupta, despojándola de todo lo demás. Habían pasado cuatro días desde que Heather había confesado la verdad y Eugenia no podía soportar lo feliz que parecía la pareja. Sentía como si fuera a su costa, y Gastón no merecía ser feliz.
—Olvídalo, Eugenia.
Se giró y vio a Nicolás caminando hacia ella. Él llevaba pavoneándose como un gallito por el recinto del circo desde la noche que habían pasado juntos. Eugenia casi esperaba que se pusiera las manos bajo las axilas y cacarease. Era típico de Nicolás Pepper creer que porque se hubiera metido en su cama una vez tenía derecho de entrometerse en su vida.
—Déjame en paz.
—No es eso lo que quieres que haga.
Eugenia odió la mirada de lástima que él le lanzó.
—No sabes nada.
—Déjalo, Eugenia. Gastón forma parte de tu pasado. Será mejor que lo olvides.
—Suponía que dirías algo así. Eres todo un experto en olvidar, ¿no es cierto?
—Si estás hablando de Heather...
—Ya sabes que sí.
Digirió la mirada hacia el camión de los elefantes donde Heather empujaba una carretilla cargada de estiércol. Ahora era ella quien se encargaba de esa tarea, la misma que había realizado Rocío . Eugenia lo consideraba un castigo apropiado, pero Nicolás no estaba satisfecho. Lo había arreglado todo para enviar a Heather con su cuñada Terry en cuanto ésta regresara de visitar a su madre en Wichita.
—Heather es cosa mía. En lugar de preocuparte por ella, por qué no piensas en lo bien que lo pasamos juntos la otra noche.
—¿Bien? Pero ¡si casi nos matamos el uno al otro!
—Sí. ¿No estuvo genial?
Nicolás sonrió ampliamente ante el recuerdo y Eugenia sintió un escalofrío traidor en su interior. Había estado bien: la excitación, la emoción de alcanzar el climax junto a alguien con tan mal genio y tan exigente como ella. Se moría por acostarse con él otra vez, así que se puso una mano en la cadera y adelantó el labio inferior.
—Preferiría que me abrieran en canal.
—Pues nena, yo siempre tengo el taladro listo para el trabajo.
Ella casi sonrió. Entonces vio que Gastón se inclinaba para besar a Rocío en la punta de la nariz. Cómo lo odiaba. Cómo los odiaba a los dos. A ella nunca la había mirado así.
—Mantente alejado de mí, Nicolás . —Lo empujó al pasar por su lado y se alejó con paso airado.
Tres días después, Rocío se dirigía a la casa de fieras con una bolsa de golosinas que había comprado cuando había pasado con Gastón por la tienda de comestibles. Tater iba detrás y los dos se detuvieron para admirar la voltereta que Peter Tolea, de tres años, estaba haciendo frente a su madre, Elena. La rumana, esposa del acróbata, sólo hablaba un poco de inglés, así que Rocío y ella se saludaron en italiano, un idioma que ambas dominaban a la perfección.
Tras hablar con Elena unos minutos, Rocío siguió caminando hacia la casa de fieras, donde pasó unos pocos minutos con Sinjun.
«Díselo.»
«Lo haré.»
«Díselo ya.»
«Pronto.»
Le dio la espalda escapando de la reprimenda que creía haber visto en los ojos de Sinjun. Durante los últimos días Gastón había sido tan feliz como un niño y ella no había sido capaz de aguarle la fiesta. Sabía que a él le costaría acostumbrarse a la idea de un bebé, así que era importante elegir el momento adecuado para darle la noticia.
Agarró las ciruelas que había comprado para Glenna y entró en la carpa. Pero la jaula de la gorila había desaparecido.
Salió con rapidez. Tater abandonó el heno y trotó felizmente tras ella mientras se acercaba al camión que transportaba a las fieras. Troy estaba echando una siesta dentro de la cabina y ella se inclinó sobre la ventanilla abierta para sacudirle el brazo.
—¿Dónde está Glenna?
Troy se despertó sobresaltado y su desgastado Stetson chocó contra el espejo retrovisor cuando se enderezó.
—¿Eh?
—¡Glenna! No está en su jaula.
Él bostezó.
—Vinieron esta mañana por ella.
—¿Quien?
—Un tío. Eugenia estaba con él. Cargó la jaula de Glenna en una camioneta y se piró.
Aturdida, Rocío soltó al muchacho y dio un paso atrás. ¿Qué había tramado Eugenia?
Rocío encontró a Gastón revisando la lona del circo por si había desgarrones.
—¡Gastón! ¡Se han llevado a Glenna!
—¿Qué?
Le explicó lo que había averiguado, y Gastón la miró con gravedad.
—Vamos a hablar con Eugenia.
La dueña del circo estaba sentada tras el escritorio del vagón rojo ocupándose del papeleo. Tenía el pelo reagarrado y estaba vestida con un mono color caqui con el cuello adornado con un bordado de estilo mexicano. Rocío se puso delante de Gastón para enfrentarse a ella.
—¿Qué has hecho con Glenna?
Eugenia levantó la vista.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque soy yo quien se encarga de la casa de fieras. Es uno de mis animales y está bajo mi cuidado.
—¿Perdón? ¿Uno de tus animales? Me temo que no.
—Ya basta, Eugenia—la interrumpió Gastón. —¿Dónde está la gorila?
—La he vendido.
—¿La has vendido? —la increpó él.
—Por si no lo sabías, el circo de los Hermanos Quest está de rebajas. Como todos se quejan de la casa de fieras, he decidido venderla.
—¿No crees que deberías habérmelo dicho?
—Pues la verdad es que ni se me pasó por la cabeza. —Se levantó del escritorio y llevó un fajo de documentos al archivador.
Rocío dio un paso adelante cuando Eugenia abrió uno de los cajones.
—¿A quién se la has vendido? ¿Dónde está?
—No sé por qué estás tan disgustada. ¿No era a vos a quien le gustaba decir a todo el mundo lo inhumana que era nuestra exhibición de fieras?
—Eso no quiere decir que quisiera que vendieras a Glenna. Quiero saber adónde se la han llevado.
—A un nuevo hogar. —Eugenia cerró el cajón.
—¿Adónde?
—¿Estás interrogándome?
Gastón apoyó la mano en el hombro de Rocío.
—¿Por qué no vuelves con los animales y dejas que yo me encargue de esto?
—Quiero saber dónde está. Gastón, tengo que decirle un montón de cosas sobre las costumbres de Glenna al nuevo propietario. Odia los ruidos fuertes y le dan miedo las personas que llevan sombreros grandes. —Se le puso un nudo en la garganta al pensar que no vería otra vez a la dulce gorila. Quería que Glenna tuviera un nuevo hogar, pero le habría gustado poder despedirse de ella. Recordó la manera en que a la gorila le gustaba asearla y se preguntó si alguno de sus nuevos cuidado res le dejaría hacerlo. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. —Le encantan las ciruelas. Tengo que decirles lo de las ciruelas.
Gastón le dio una palmadita en el brazo.
—Escribe una lista y me aseguraré de que la lean. Ahora tengo que hablar con Eugenia.
Rocío quiso protestar, pero se dio cuenta de que Gastón tendría más posibilidades de conseguir que Eugenia colaborara si estaban solos. Se dirigió a la puerta, pero se detuvo en el umbral y volvió la mirada hacia la dueña del circo.
—Ni se te ocurra hacerlo de nuevo, ¿me has oído? La próxima vez que vendas un animal, quiero saberlo antes. Y también quiero hablar con el nuevo propietario.
Eugenia arqueó las cejas.
—No puedo creer que te atrevas a darme órdenes.
—Pues créetelo. Y será mejor que me hagas caso. —Se dio la vuelta y los dejó solos.
Durante un rato, ni Eugenia ni Gastón abrieron la boca. Gastón dudaba que el discurso de Rocío hubiera intimidado a Eugenia, pero se sintió orgulloso de que su esposa se hubiera defendido sola. Observó a su antigua amante y sólo sintió asco.
—¿Qué te pasa, Eugenia? Siempre has sido una mujer dura, pero nunca fuiste cruel.
—No sé de qué te quejas. A ti tampoco te gusta la exposición de fieras.
—No te hagas la tonta. Querías hacer daño a Rocío y lo has conseguido. La utilizas a ella para hacerme daño a mí y no pienso consentirlo.
—No seas creído, no eres tan importante.
—Te conozco, Eugenia. Sé cómo piensas. Todo iba bien mientras la gente pensaba que Rocío era una ladrona, pero ahora que saben la verdad, no puedes soportarlo.
—Hago lo que me da la gana, Gastón. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.
—¿Dónde está la gorila?
—No es asunto tuyo. —Eugenia salió de la caravana tras fulminarle con la mirada.
Gastón se negó a ir tras ella, no pensaba darle la satisfacción de tener que pedirle nada. Se acercó al teléfono.
Tardó un día en localizar al distribuidor al que Eugenia había vendido la gorila. El distribuidor le pidió el doble de lo que le había pagado a Eugenia por el animal, pero Gastón no regateó.
Buscó un hogar confortable para Glenna y, el miércoles de la semana siguiente, pudo decirle a Rocío que su gorila se acababa de convertir en la nueva residente del zoo Brookfield de Chicago. Lo que no le dijo fue que había sido su dinero el que lo había hecho posible.
Rocío rompió a llorar y le dijo que era el marido más maravilloso del mundo
Me los como,son tan dulces ♥ Eugenia maldita,la odio ¬¬
ResponderEliminarhay gas ya esta super enamorado de rochi!!! son dos soles los 2♥!!! quiero que ro le diga que esta embarazada y que el no se ponga mal, ni se enoje!!!..Eugenia te odioo!!! Espero el proximo!1 Besos
ResponderEliminareugenia insoportable...
ResponderEliminarestan enamorados ...quiero que se sepa todo de una vez!!