Gastón se quedó mirando el oscuro escaparate de la tienda de postales de Hallmark. Tres puertas más abajo brillaban las luces de una pequeña pizzería mientras, junto a ellos, parpadeaba el letrero de neón de una tintorería cerrada. Hacía mucho tiempo que había dejado de pensar en el robo de Rocío, pero lo cierto era que nunca había creído que fuera inocente. Tenía que asumir la terrible injusticia que había cometido con ella.
¿Por qué no le había creído? Siempre se había enorgullecido de ser imparcial, pero había estado tan seguro de que la desesperación de Rocío la había conducido a robar el dinero que no le había ofrecido el beneficio de la duda. Debería haber sabido que el fuerte código moral de su esposa jamás le permitiría robar.
Ella se removió inquieta a su lado.
—¿Podemos irnos ya?
Rocío no había querido acompañarlo a dar un paseo nocturno por la alameda desierta, cerca de donde se había instalado el recinto del circo, pero Gastón no estaba preparado para volver a los estrechos confines de la caravana y había insistido en ello. Dio la espalda al despliegue de postales y figuras de ángeles y sintió la tensión y la mirada preocupada de Rocío .
La cabellera rubios enmarcaban las mejillas de su esposa y su boca parecía tierna y delicada. Sintió temor ante aquella dulce cabeza hueca que poseía una voluntad tan firme como la suya. Le rozó la mejilla con el pulgar.
—¿Por qué no me contaste que lo hizo Heather?
—Podemos hablar de eso más tarde —dijo Rocío mirando impacientemente hacia la carretera y alejándose de él de nuevo.
—¡Espera! —la agarró suavemente por los hombros y ella se removió como un niño impaciente.
—¡Suéltame! Nunca deberías haber dejado que Nicolás se la llevara así. ¿Has visto lo enfadado que estaba? Si le hace daño...
—Espero que le caliente el trasero.
—¿Cómo puedes decir eso? Sólo tiene dieciséis años y ha sido un verano horrible para ella.
—Tampoco ha sido demasiado bueno para vos. ¿Cómo puedes defenderla después de lo que te hizo?
—Eso no importa. La experiencia me curtió, algo que ciertamente necesitaba. ¿Por qué has dejado que se la llevara estando tan enfadado? Prácticamente le has dado permiso para que le dé una zurra. No esperaba eso Gastón, de verdad. ¡Ahora!, por favor, te lo ruego. Volvamos y deja que me asegure de que está bien.
«Te lo ruego.» Rocío repetía eso todo el tiempo. Las mismas palabras que habían envenenado el espíritu de Eugenia Quest dos años antes, cuando le había implorado que la amase, salían de la boca de Rocío continuamente. Por la mañana, con el cepillo de dientes en la boca le gritaba: «¡Café! ¡Por favor, te lo ruego!» La noche anterior le había susurrado suave y tímidamente al oído: «Hazme el amor, Gastón. Te lo ruego.» Como si tuviese que rogárselo.
Pero implorar no amenazaba el orgullo de Rocío. Era sólo su manera de expresarse y, si en algún momento fuera lo suficientemente tonto para sugerirle que suplicar podía ser humillante, Rocío le lanzaría esa mirada compasiva que él había llegado a conocer tan bien y le diría que dejara de ser tan estirado.
Gastón le acarició el labio inferior con el índice.
—¿Te haces una idea de lo mucho que lo siento?
Rocío se removió con impaciencia bajo el roce de su mano.
—¡Ya te he perdonado! ¡Ahora, vámonos!
Gastón quiso besarla y sacudirla al mismo tiempo.
—¿No lo entiendes? Por culpa de Heather todo el circo pensó que eras una ladrona. Ni siquiera yo te creí.
—Eso es porque eres pesimista por naturaleza. Ahora, basta ya, Gastón. Entiendo que te remuerda la conciencia, pero tendrás que dejarlo para otro momento. Si Nicolás ...
—No hará nada. Está cabreado, pero no le pondrá un dedo encima.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Nicolás grita mucho, pero no es violento, en especial con su hija.
—Siempre hay una primera vez.
—Le oí hablando con Eugenia un poco antes de que saliéramos. Ella protegerá a Heather como una leona a sus cachorros.
—Que Heather vaya a ser protegida por Lizzie Borden no me tranquiliza —dijo Rocío mencionando a una famosa parricida.
—Eugenia no es cruel con todo el mundo.
—Me odia.
—Habría odiado a cualquiera que se hubiera casado conmigo.
—Tal vez. Pero no de la manera que me odia a mí. Al principio no era tan malo, pero ahora...
—Era más fácil cuando te odiaba todo el mundo. —Le frotó el hombro. —Siento que te hayas visto envuelta en esta batalla que tiene Eugenia con su orgullo. Siempre ha poseído talento, incluso de niña, y por ese motivo han sido demasiado indulgentes con ella. Su padre la hacía trabajar duro, pero también alimentó su ego, y Eugenia creció pensando que era perfecta. No puede aceptar que tiene debilidades como todo el mundo, así que siempre les echa la culpa de todo a los demás.
—Supongo que no es fácil enfrentarse a tus propios defectos.
—Oh, no. No comiences a sentir pena por ella. No bajes la guardia, ¿me oyes?
—Pero yo no le he hecho nada.
—Te has casado conmigo.
Rocío frunció el ceño.
—¿Qué fue lo que sucedió entre ustedes?
—Ella creía que estaba enamorada de mí. Pero no lo estaba, sólo amaba mi linaje, aunque todavía no se ha dado cuenta. Tuvimos una escena muy desagradable y perdió los nervios. Cualquier otra mujer lo habría olvidado, pero Eugenia no. Es demasiado arrogante para pensar que es culpa suya, por lo tanto la culpa es mía. Nuestro matrimonio fue un enorme golpe para su orgullo, pero mientras estuviste en desgracia, resultó llevadero para ella. No sé cómo reaccionará ahora.
—Mal, supongo.
—Eugenia y yo nos conocemos bastante bien. Podía vivir con el pasado mientras me veía como un ser desgraciado, pero ahora no. Querrá castigarme por ser feliz y sólo tengo una debilidad. —La miró.
—¿Yo? ¿Yo soy tu debilidad?
—Si te hace daño a vos, me lo hace a mí. Por eso quiero que tengas cuidado.
—Me parece una pérdida de tiempo malgastar toda esa energía intentando convencer a todo el mundo de que uno es mejor que nadie. No puedo comprenderlo.
—Claro que no puedes. Te encanta señalar tus defectos a todo aquel que quiera escucharte.
Rocío debió encontrar divertida la exasperación de Gastón porque sonrió.
—De cualquier manera acabarían descubriéndolos por sí solos en cuanto pasaran el tiempo suficiente conmigo. Sólo les evito el esfuerzo.
—Lo único que descubrirían es que eres una de las personas más decentes que conozco.
Una expresión muy parecida a la culpa asomó en el rostro de Rocío, aunque Gastón no podía imaginar de que se sentía culpable. De repente, la joven volvió a mostrar su preocupación.
—¿Estás seguro de que a Heather no le pasará nada?
—No he dicho eso. Te aseguro que Nicolás la castigará.
—Dado que soy la persona agraviada, debería decidir yo el castigo.
—Nicolás no lo verá de ese modo, y Eugenia tampoco.
—¡Eugenia! ¡Qué hipócrita! Le encantaba creer que yo era una ladrona. ¿Cómo puede castigar a Heather por concederle su más anhelado deseo?
—Eugenia estaba encantada porque pensaba que era verdad. Pero tiene un fuerte sentido de la justicia. Las gentes del circo llevan una vida itinerante y no hay nada que odien más que a un ladrón. Cuando Heather cometió el robo y mintió, violó todo en lo que Eugenia cree.
—Aun así, creo que es una hipócrita y no harás que cambie de idea. Si no haces algo con respecto a Nicolás, lo haré yo.
—No, vos no harás nada.
Rocío abrió la boca para discutir con él, pero antes de que pudiera emitir una palabra, Gastón se inclinó y la besó. La joven resistió dos segundos intentando demostrar que no era una chica fácil, pero enseguida se rindió.
Santo Dios, a Gastón le encantaba besarla, le encantaba sentir cómo se fusionaba con él, la presión suave de sus pechos. ¿Qué había hecho para merecer a esa mujer? Era su ángel personal.
Lo atravesó una oleada de frustración porque ella no exigía la venganza que merecía. Pero vengarse no formaba parte de la naturaleza de Rocío , por eso era tan vulnerable.
Se apartó ligeramente para hablar y tuvo que obligarse a decir aquellas palabras tan inusuales en él.
—Lo siento, cariño. Siento no haberte creído.
—No importa —repuso ella.
Gastón supo lo que ella quería decir y sintió como si su corazón explotara.
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