domingo, 29 de enero de 2012

Segunda Parte, Capitulo Ocho

Se despertó a primera hora de la mañana: estaban apo­rreando su puerta y Cafre no dejaba de ladrar.
-Slytherins -gruñó-. Esto se está convirtiendo en una mala costumbre.
-Nos vamos dentro de media hora -gritó Gastón des­de fuera-. Despabila.
-Vale, vale -murmuró contra la almohada.
Se arrastró hacia la destartalada ducha e incluso logró pa­sarse un peine por el pelo. Aplicarse el lápiz de labios, sin embargo, ya era demasiado para ella. Se sentía como si tu­viera una resaca colosal.
Cuando finalmente salió de la habitación, Gastón se pa­seaba nervioso junto al coche. La luz ácida de la mañana lo iluminaba y evidenciaba una mueca de malhumor y una ex­presión poco amistosa. Mientras Cafre aprovechaba los ar­bustos, Gastón tomó la maleta de Rochi y la dejó en la parte posterior del coche.­
Esa mañana había decorado sus músculos con una ca­miseta verde mar de los Stars y un pantalón corto de color gris claro. Era ropa corriente, pero la llevaba con la confian­za de quienes han nacido guapos.
Rochi rebuscó en su bolso las gafas de sol y le miró con resentimiento.
-¿Nunca la desconectas?
-¿Desconectar el qué?
-Tu fealdad habitual -murmuró ella.
-Tal vez debería dejarte en alguna granja para chistosos en vez de llevarte a Wind Lake.
-Como quieras. ¿Es demasiado pedir, un café? -dijo poniéndose las gafas, aunque no ayudaron mucho a apagar el brillo cegador de su irritante hermosura.
-Está en el coche, pero has tardado tanto en arreglarte que probablemente ya esté frío.
Casi quemaba, y mientras volvían a la carretera, Rocío se lo tomó con un sorbo largo y lento.
-Lo mejor que he podido encontrar para desayunar ha sido fruta y donuts. Están en esa bolsa -dijo con una voz tan malhumorada como su aspecto. Rochi no tenía hambre, y se concentró en el paisaje.
Podrían haber estado en lo más remoto de Yukon en vez de en el estado donde se producían los Chevrolet, los Sugar Pops y la música soul. Desde un puente que cruzaba el río Au Sable, Rochi vio acantilados rocosos en una orilla y den­sos bosques interminables en la otra. Un águila pescadora planeaba sobre las aguas. Todo parecía agreste y remoto.
De vez en cuando dejaban atrás alguna granja, pero aquélla era sin duda una región boscosa. Los arces y los ro­bles competían con los pinos, los abedules y los cedros. Aquí y allá, pajitas doradas de luz solar penetraban en la bóveda que formaban los árboles. Reinaba una calma ma­ravillosa y Rocío intentó sentirse serena, pero había perdi­do la práctica.
Gastón blasfemó y dio un volantazo para evitar a una ar­dilla. Era evidente que el hecho de acercarse a su destino no había mejorado su humor. Rochi vio un letrero metáli­co que indicaba la desviación hacia Wind Lake, pero él pasó de largo.
-Es el pueblo -gruñó-. El campamento está al otro lado del lago.
Condujeron durante unos kilómetros más hasta que tu­vieron a la vista un letrero decorativo verde y blanco con un adorno de estilo Chippendale y un borde dorado.

CASAS DE CAMPO WIND LAKE
Casa de huéspedes a media pensión
Fundado en 1894

Gastón frunció el ceño.
-Este letrero parece nuevo. Y nadie me había dicho nada de una casa de huéspedes a media pensión. Mi tía debió de utilizar la casa vieja para alojar a huéspedes.
-¿Y eso es malo?
-Es un lugar húmedo y oscuro como el infierno. No me puedo creer que alguien pueda querer pasar unos días allí.
Gastón tomó una pista de gravilla que serpenteaba entre los árboles y, tras recorrer poco más de medio kilómetro, tu­vieron a la vista el campamento.
Gastón paró el coche y Rochi se quedó sin aliento. Espe­raba encontrar cabañas rústicas prácticamente en ruinas, pero ese lugar era un pueblecito de cuento.
En el centro había un sombreado espacio rectangular, ro­deado por pequeñas casitas pintadas en colores que parecían salidos de una caja de bombones: menta con mandarina y ca­ramelo, moca con un toque de limón y arándano, meloco­tón con mora y azúcar moreno. De los diminutos alerones colgaban encajes de madera, y unas cercas de fantasía rodea­ban los estrechos porches de entrada. A un extremo del es­pacio comunitario rectangular había una encantadora glo­rieta con vistas.
Una inspección más detenida demostraba que las flores de los parterres del espacio comunitario habían crecido demasiado, y que el camino circular que lo rodeaba necesitaba gravilla fresca. Todo tenía un cierto aire de dejadez, pero una dejadez reciente. La mayor parte de las casitas estaban ce­rradas a cal y canto, aunque había algunas abiertas. De una de ellas salió una pareja mayor, y cerca de la glorieta Rochi divisó a un hombre que andaba apoyado en un bastón.
-¡Esta gente no debería estar aquí! Mandé anular todas las reservas para el verano.
-No les debió llegar el aviso -dijo Rochi, que al mirar a su alrededor tuvo una extraña sensación de familiaridad. Como no había estado nunca en un lugar como aquél, no se lo podía explicar.
Al otro lado del camino que salía del centro del espacio comunitario había una pequeña zona de picnic con una pla­ya en forma de media luna justo detrás y, más allá, una fran­ja de agua azul grisácea que se extendía ante el telón de fon­do de una orilla arbolada. Varias canoas y algunos botes de remos estaban volcados cerca de un embarcadero deterio­rado.
No le sorprendió que la playa estuviera desierta. Aun­que era una mañana soleada de principios de junio, ése era un lago de los bosques del norte, y el agua todavía estaría de­masiado helada incluso para los nadadores más curtidos.
-¡Fíjate en la total ausencia de nadie por debajo de los setenta años! -exclamó Gastón mientras pisaba el acelerador.
-Es pronto. Hay muchos colegios que todavía no han cerrado.
-Tendrá el mismo aspecto a finales de julio. Bienveni­da a mi infancia.
Gastón giró y se alejó del espacio comunitario por un ca­mino más estrecho que corría paralelo al lago. Rocío vio más casitas, todas ellas construidas con el mismo estilo gótico Carpenter, y una hermosa casa de dos pisos de estilo reina Ana presidía el conjunto.
Aquél no podía ser el lugar oscuro y lúgubre que había descrito Gastón. La casa estaba pintada en un tono chocolate claro, y el entramado del porche, así como los adornos de las ventanas y las cercas, en tonos salmón, maíz y musgo. Un torreón redondo se levantaba a la izquierda de la casa, y el amplio porche la reseguía por ambos lados. Junto a la doble puerta principal, cuyos cristales esmerilados tenían grabado un dibujo de parras y flores, había un par de macetas de ba­rro con petunias en flor. Varios helechos adornaban con sus hojas unos maceteros de mimbre marrón, y del respaldo de los anticuados balancines de madera que había en el porche colgaban cojines a cuadros que combinaban con los colores de la cerca. Rochi tuvo nuevamente la sensación de sumergirse en el pasado.
-¡No me lo puedo creer! -dijo Gastón saltando del co­che-. Este lugar era una ruina la última vez que lo vi.
-Pues ahora no es ninguna ruina. Es bonito.
Rochi se asustó con el portazo que dio Gastón al salir y también se bajó del coche. Cafre corrió derecho a los arbus­tos. Gastón se quedó observando la casa, con los brazos en jarra.
-¿Cuándo demonios convirtió mi tía esto en una casa de huéspedes?
Justo entonces se abrió la puerta principal y apareció una mujer con aspecto de rondar los sesenta y largos. Debía de haber sido rubia, pero ahora tenía el cabello más bien gris, y lo llevaba recogido con una horquilla, aunque algunos me­chones se habían soltado aquí y allá. Era alta y huesuda, con la boca grande, los pómulos prominentes y unos refulgentes ojos azules. Un delantal azul espolvoreado de harina le pro­tegía los anchos pantalones caquis y la blusa blanca de man­ga corta que llevaba.
-¡Gas! -La mujer bajó corriendo las escaleras y le dio un vigoroso abrazo-. ¡Qué majo eres! ¡Ya sabía que vendrías!
A Rochi le pareció que Gastón le devolvía el abrazo por cumplir.
La mujer se la miró de arriba abajo y dijo:
-Me llamo Jacinta Long. Mi marido y yo veníamos aquí todos los veranos. Él murió hace ocho años, pero yo sigo alojándome en Los panes y los peces. A Gastón siempre se le perdían los balones entre mis rosales.
-La señora Long era una buena amiga de mis padres y de mi tía -dijo Gastón.
-Cielo santo, cuánto echo de menos a Judith. Nos cono­cimos cuando mi familia vino aquí por primera vez. -Sus afi­lados ojos azules se volvieron hacia Rocío-. ¿Y ella quién es?
Rocío alargó su mano.
-Rocío Igarzabal.
-Pues vaya... -Frunció los labios y se volvió hacia Gas-. No se puede leer una revista sin que hablen de ese ma­trimonio tuyo. ¿No es un poco pronto para andar por ahí con otra? Estoy segura de que el reverendo Dalmau se dis­gustaría si viera que no te esfuerzas más por arreglar las co­sas con tu esposa.
-Es que Rocío es mi... -La palabra pareció quedarse atragantada en su garganta. Rochi le entendía muy bien, pero no iba a ser ella quien lo dijera.
-Ro.. Rochi es mi... esposa -logró decir finalmente.
Rocío se encontró nuevamente bajo el escrutinio de aque­llos ojazos azules.
-Eso ya está mejor, pues. Pero ¿por qué te haces llamar Igarzabal? Dalmau es un buen nombre, un orgullo. El reve­rendo Dalmau, el padre de Gastón, era uno de los mejores hom­bres que he conocido.
-Estoy segura de ello. -A Rocío no le gustaba disgus­tar a la gente-. Igarzabal es también mi nombre profesio­nal. Escribo libros infantiles.
Su desaprobación se esfumó.
-Siempre he querido escribir un libro infantil. Debe de ser muy bonito, ¿no? ¿Sabes una cosa? Cuando la madre de Gastón aún vivía, siempre había temido que su hijo se casa­ra con una de esas supermodelos que andan por ahí tomando drogas y manteniendo relaciones sexuales con todo el mundo.
Gastón se atragantó.
-Y tú, perrito, aléjate de las lobeliáceas de Judith.
Jacinta le dio una palmadita en el muslo y Cafre aban­donó las flores al trote. Jacinta se agachó y le acarició la barbilla.
-Será mejor que no lo pierdan de vista. Por aquí rondan los coyotes.
La expresión de Gastón se volvió calculadora.
-¿Grandes? -preguntó Gas.
Rocío le miró con reproche.
-Cafre nunca se aleja de casa.
-Lástima -dijo él.
-¡Bueno, me voy! Hay una lista de huéspedes y fechas en el ordenador de Judith. Los Pearson deberían llegar en cualquier momento. Son ornitólogos.
Gastón palideció bajo el bronceado.
-¿Huéspedes? ¿A qué se...?
-Le he pedido a Amy que airease para vosotros la an­tigua habitación de Judith, la que utilizaban tus padres. Los demás dormitorios están alquilados.
-¿Amy? Pero ¿qué...?
-Amy y Troy Anderson, él es el chico para todo. Aca­ban de casarse, aunque ella sólo tiene diecinueve años y él veinte. No sé por qué se habrán dado tanta prisa. -Jacinta se echó las manos a la espalda para desabrocharse el delantal-. Se supone que Amy se encarga de la limpieza, pero están tan encandilados el uno con el otro que no hacen nada bien. Tendrás que vigilarles -añadió, mientras le daba el delantal a Rocío-. Es una suerte que estés aquí, Rocío. Nunca he sido demasiado buena cocinera, y los huéspedes se han quejado.
Rochi se quedó mirando el delantal. Gastón salió dispa­rado mientras la anciana empezaba a alejarse.
-¡Un momento! El campamento está cerrado. Todas las reservas fueron anuladas.
Jacinta lo miró con reproche.
-¿Cómo pudiste ni siquiera pensar en hacer una cosa así, Gastón? Alguna de esta gente lleva ya más de cuarenta años viniendo aquí. Y Judith se gastó hasta el último centa­vo que tenía arreglando las casitas y convirtiendo esta casa en una casa de huéspedes a media pensión. ¿Tienes idea de lo que cuesta anunciarse en la revista Victoria? Y en el pue­blo, ese chico de los Collins le cobró casi mil dólares por cre­ar una página Web.
-¿Una página Web?
-Si no estás familiarizado con Internet, te recomiendo que le dediques un ratito. Es una cosa maravillosa. Excepto por tanto porno.
-¡Estoy familiarizado con Internet! -exclamó Gastón-. Y ahora, dígame por qué sigue viniendo gente si yo hice cerrar este lugar.
-¿Por qué? Pues porque se lo dije yo. Judith lo habría querido así. Estuve intentando explicártelo. ¿Sabes que me costó casi toda una semana contactar con todo el mundo?
-¿Les estuvo llamando?
-También utilicé el correo electrónico -dijo orgu­llosa-. No tardé mucho en cogerle el truco -añadió, dán­dole unas palmaditas en el brazo-. No te pongas nervioso, Gas. Tu esposa y tú lo harán de primera. Con servir un desayuno abundante y sabroso, la mayoría de la gente ya será feliz. Los menús y recetas están en la libreta azul de Ju­dith, en la cocina. Ah, y haz que Troy le eche un vistazo al inodoro de Pastos verdes. Gotea.
La anciana se marchó camino abajo.
Gastón parecía enfermo.
-Dime que es una pesadilla -musitó.
Cuando la señora Long desapareció, Rocío vio que un Honda Accord del último modelo entraba en el camino y se dirigía a la casa de huéspedes.
-Pues, a decir verdad, creo que estás muy despierto.
Gastón siguió la dirección de la mirada de Rocío y blas­femó cuando el coche se detuvo ante la casa de huéspe­des. Rocío estaba demasiado cansada para seguir en pie, así que se dejó caer en el peldaño superior a disfrutar del espec­táculo.
Cafre dio un ladrido de bienvenida a la pareja que subía por la vereda.
-Somos los Pearson -dijo una mujer delgada, de cara redonda y aspecto de rondar los sesenta-. Yo me llamo Betty, y él es mi marido, John.
Gastón parecía haber recibido un tiro en la frente, así que Rocío contestó por él.
-Rocío Igarzabal. Y él es gastón, el nuevo propietario.
-Ah, sí, ya he oído hablar de usted. Juega al béisbol, ¿verdad?
Gastón se dejó caer junto a la farola de gas.
-Al baloncesto -dijo Rochi-. Pero es demasiado ba­jo para la NBA y se le están cerrando todas las puertas.
-A mi marido y a mí no nos interesan demasiado los deportes. Nos dolió mucho lo de Judith. Una mujer encan­tadora. Buena conocedora de la población local de aves. Ve­nimos tras el rastro de la curruca de Kirtland.
John Pearson, que superaba a su esposa en más de no­venta kilos, meneó su barbilla cabruna.
-Esperamos que no tengan pensado hacer demasiados cambios en la comida. Los opíparos desayunos de Judith eran famosos. Y su pastel de chocolate y cerezas... -Hizo una pausa; Rocío casi esperaba que se besara la punta de los dedos-. ¿El té de la tarde se sigue sirviendo a las cinco?
Rocío esperó a que Gastón respondiera, pero parecía ha­ber perdido la facultad de hablar. Rochi ladeó la cabeza ha­cia ellos.
-Tengo la sensación de que hoy el té se servirá más tarde.

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