domingo, 26 de febrero de 2012

Capitulo I, Segunda Parte

Gastón se sintió mareado. En parte podía ser por su posible fisura en la costilla, pero la mayor parte era por tratar de obligar a su mente a hacer una conexión entre lo que conocía de la alta sociedad británica y una cara que debería tener un farol brillando desde arriba anunciándolo.
Mientras Gastón se recobraba, Rochi hizo una valoración suya de él. Como la directora de escuela de St. Gertrude School para Chicas en los pasados dos años, además de haber sido maestra allí, también había sido estudiante desde los seis años, y se había acostumbrado a clasificar según el tamaño a las personas rápidamente. Sólo se requirió un momento para concluir que este vaquero Típico Norteamericano era exactamente lo que ella necesitaba, un hombre con más buena apariencia que carácter.
El pelo rubio algo rizado que se veía bajo el ala de un sombrero de vaquero color crudo que parecía que estaba pegado de forma permanente a su cabeza. Su camiseta azul marino, con un logotipo de Cadillac, exhibía unos pectorales más que respetables, y los pantalones vaqueros descoloridos moldeaban sus estrechas caderas y las piernas que parecían delgadas y musculosas.
Ella notó las botas camperas cosidas a mano. Estaban domadas por el uso, pero no le asombró que parecieran haber venido de pisar una carga de abono. Él tenía una nariz afilada, pómulos fuertes, una boca bien estructurada, y dientes blancos. Y sus ojos. Del color de las esmeraldas. Vergonzoso para un hombre tener unos ojos así.
Su inspección superficial también le dijo todo lo que necesitaba saber de su carácter. Ella vio indolencia en su manera de andar con los hombros caídos, arrogancia en el ángulo de su cabeza, y un parpadeo de algo inequívocamente carnal en esos ojos verdes semi cerrados.
Ella reprimió un pequeño temblor.
—Está un poco despistado, no Sr. Dalmau. ¿Llega un poco tarde, no le parece? Espero que nadie haya cogido mi equipaje.
Ella extendió la bolsa grande para que él la tomara, pero le golpeó en el pecho en lugar de eso. El The Times se cayó, junto con la nueva biografía de Sam Houston que había estado leyendo, y una de las tabletas de chocolate que sus caderas no necesitaban, pero que sin embargo disfrutaba. Ella se dobló para recoger todo en el momento que él dio un paso adelante. Su sombrero de paja golpeó su rodilla, y voló para unirse al montón en el suelo.
Ella lo colocó de regreso sobre sus rizos revoltosos.
—Lo siento.
Ella no era normalmente torpe, excepto que últimamente estaba distraída por sus problemas con su mejor amiga, Candela Vetrano, quien le había dicho que estaba en peligro inminente de convertirse en una Dotty, una de esas "queridas solteronas" tan apreciadas por los escritores británicos de misterio. La idea de convertirse en una "querida solterona" cuando apenas tenía treinta años la deprimía insoportablemente, así es que simplemente dejaba de pensar en ello. Además, si todos sus planes fructificaban, esa preocupación desaparecería.
Él no ayudaba a llevar sus cosas, tampoco se ofrecía a coger su bolso cuando veía que ella estaba cargada, pero, ¿cuánta iniciativa podía una esperar de un hombre que había nacido tan guapo?
—Deje de estar despistado, entonces.
Ella señaló la dirección apropiada con su paraguas enrollado.
Casi había alcanzado el fin del área de la salida antes de percatarse que él no la seguía. Miró para atrás para ver cuál era el problema. Él tenía los ojos clavados en su paraguas extendido. Era un paraguas perfectamente común, y ella no entendía por qué estaba tan fascinado. Tal vez era más tonto de lo que originalmente había pensado.
—Usted. . . Eh, uh. . . ¿Siempre señala la dirección así? —preguntó él.
Ella bajó la mirada hacía su paraguas floreado y se preguntó de que demonios estaba él hablando.
—Necesitamos ir para reclamar el equipaje —explicó ella pacientemente, agarrando el asa de su bolso para dar más énfasis.
—Lo sé.
—Pues bien, ¿entonces?
Él desarrolló una apariencia ligeramente deslumbrada.
—Nunca presto atención.
Una vez que él comenzó a moverse, ella se puso en camino. Su falda diáfana formaba remolinos alrededor de sus piernas, y un mechón soplaba a través de su mejilla. Probablemente debería haber pasado unos minutos arreglándose un poquito antes de salir del avión, pero había estado tan ocupada entreteniendo a los niños que estaban sentados en frente de ella que no había pensado en ello.
—Sr. Dalmau, se me ocurre. . .—y se percató que hablaba sola.
Se detuvo, volvió la mirada atrás, y le divisó mirando fijamente el escaparate de una tienda de recuerdos. Ella aguardó pacientemente mientras golpeaba ligeramente su pie y esperaba que se uniera a ella.
Él continuó mirando fijamente el escaparate.
Con un suspiro, caminó para unirse a él.
—¿Sucede algo malo?
—¿Malo?
—Necesitamos recoger mi equipaje.
Él miró hacia arriba.
—Miraba los llaveros.
—¿Va a comprarse uno?
—Tal vez.
Ella esperó.
Él se movió furtivamente seis centímetros a la izquierda para obtener una mejor vista.
—Sr. Dalmau, yo en realidad creo que deberíamos continuar.
—Mire, tengo este llavero de Gucci que una amiga me regaló hace años. Pero nunca me ha gustado demasiado llevar algo con las iniciales de otra gente.
—¿Y tiene ese llavero desde hace años?
—Sí, señora.
Ella recordó un sermón que una vez había oído acerca de la forma que Dios algunas veces compensa a los seres humanos que nacieron impedidos en un área, entregándoles una donación en otra. Alguien que había nacido con una apariencia excepcional, por ejemplo, podría ser estúpido. Una punzada de compasión la golpeó, junto con un sentimiento de alivio. Su densidad simplificaba las siguientes dos semanas.
—Muy bien. Espero.
Él continuó estudiando el escaparate.
Sus brazos comenzaban a dolerle del peso combinado de sus bolsos. Finalmente extendió su bolsa grande.
—¿Le importaría coger esto por mí?
Él lo evaluó dudosamente.
—Se ve pesado.
—Sí. Lo es.
Él inclinó la cabeza vagamente, luego devolvió su atención a los llaveros.
Ella cambió la bolsa grande a su otro brazo. Finalmente, lo intentó por otro lado.
—¿Le gustaría que le ayudase?
—Oh, puedo pagarlo yo.
—No era eso lo que quise decir. ¿Le gustaría que le ayude a elegir?
—Ahora, mire, yo no soy esa clase de personas, que dejan a alguien más escoger mi llavero.
Sus hombros habían comenzado a gritar en señal de protesta.
—Sr. Dalmau, nosotros en realidad tenemos que irnos ahora, ¿sí? ¿Quizá podría hacer esto otro día?
—Supongo que podría, pero la selección no sería tan buena.
Su paciencia se deshilachó.
—¡Muy bien, entonces! Elija ese del vaquero.
—¿Sí? ¿Le gusta ese?
Ella forzó su mandíbula a aflojarse.
—Me encanta.
—El del vaquero entonces.
Viéndose contento, él entró en la tienda, hizo una pausa en el camino para admirar un despliegue de paños de cocina, y se paró para hablar con la atractiva chica detrás del mostrador. Finalmente, salió con un paquete pequeño, que inmediatamente depositó en sus dedos agarrotados.
—Aquí tiene.
—¿Qué es esto?
Él parecía exasperado.
—El llavero. Dijo que le encantaba el del vaquero.
—¡El llavero era para usted!
—Pero, ¿por qué querría un llavero con un vaquero cuándo tengo para meter las llaves un Gucci perfectamente bueno en mi bolsillo?
Él empezó a caminar por el corredor, y ella pudo haber jurado que le oyó silbar Hail Britannia.

jueves, 23 de febrero de 2012

Primera Parte, Capitulo Once



-¡Tenemos compañía! -cacareó Celia la Gallina-. ¡Prepararemos bo­llos, pasteles y tartas de crema!

Daphne lo ensucia todo


Rochi puso la alarma del reloj despertador que le había dejado Gastón a las cinco y media, y hacia las siete el aroma a pastelitos de arándanos llenaba toda la planta baja de la casa de huéspedes. En el comedor, sobre la mesa lateral, había un montón de platos de porcelana de un amarillo claro con el dibujo de una hoja en el centro. Las servilletas, de color ver­de oscuro, los vasos de cristal prensado para el agua y una de­liciosa mezcla de cubiertos de plata de ley completaban la es­cena. Una bandeja llena de bollos se cocía en el horno, y sobre el mármol de la mesa de trabajo había una fuente de cerámica marrón llena de finas rebanadas de pan bañadas en una mezcla de huevo batido, vainilla y canela.
Por primera vez en varios meses, Rocío estaba famélica, pero no había tenido tiempo para comer. Preparar un desa­yuno para una casa repleta de huéspedes que lo han pagado era mucho más comprometido que preparar tortas con ca­ras sonrientes para los niños Riera. Mientras colocaba el libro de recetas de la tía Judith que había dejado junto al pre­parado francés de huevo para las tostadas donde no pudiera mancharse, intentó acumular resentimiento contra Gastón, que seguía profundamente dormido en el piso de arriba, pero no pudo. Al reconocer al bebé la tarde anterior, le había he­cho un regalo.
Ya no sentía la carga de la pérdida como algo que tenía que soportar sola y, al despertar, no había encontrado la al­mohada empapada de lágrimas. Su depresión no iba a desa­parecer por arte de magia, pero rocío estaba preparada para aceptar la posibilidad de volver a ser feliz.
Gastón entró lentamente justo después de que Rochi le sirviera a John Pearson su segunda ración de tostada a la fran­cesa. Tenía los ojos legañosos y el aspecto de alguien que su­fre una resaca mortal.
-Tu «pit-bull» ha intentado acorralarme en el pasillo.
-No le caes bien.
-Eso me ha parecido.
Rochi observó que le faltaba algo, pero tardó unos ins­tantes en descubrir lo que era. Su hostilidad. La rabia que Gastón había estado albergando en su corazón parecía haber desaparecido finalmente.
-Siento haberme dormido-dijo-. Anoche te dije que me echases de la cama a patadas si no estaba aquí cuando tú llegases.
Ni en un millón de años. Nada la llevaría a entrar en el dormitorio de Gastón Dalmau, y menos ahora que él ya no la miraba como si fuera su enemiga mortal. Ro señaló con la cabeza las botellas vacías de licor de la basura.
-Debió de ser toda una fiesta, anoche.
-Todos querían que les contara el proceso de selección para la liga, y una cosa llevó a la otra. Si algo se puede decir de su generación es que aguantan la bebida.
-No parece haber afectado el apetito del señor Pearson.
Gas observó la tostada francesa, que iba adquiriendo un tono dorado sobre la plancha.
-Creía que no sabías cocinar.
-He telefoneado a Martha Stewart. Si alguien quiere beicon o salchichas, tendrás que encargarte tú.
-¿Es por eso de Babe?
-Y estoy orgullosa. También te tocará servir las mesas -dijo dándole la cafetera y volviéndose hacia su tostada francesa.
Gastón se quedó mirando la cafetera.
-Diez años en la NFL, y al final mira dónde estoy.
A pesar de sus quejas, a Gaas le sorprendió lo rápida­mente que pasó la hora siguiente. Sirvió cafés, llevó comida de aquí para allá, dio conversación a los huéspedes y robó algunas de las tortas de Rochi para comérselas él mismo. Rocío era una gran cocinera, y se le iluminaron los ojos cuan­do Gastón le dijo que había decidido que podía quedarse el puesto.
Ver aquel brillo en los ojos de Rocío le hizo sentirse bien. La confrontación de la noche anterior parecía haber suavizado su depresión, y había recuperado parte de la vi­talidad que había visto en ella en Door County. Él, por su parte, se había quedado mirando el techo del dormitorio hasta el amanecer. Ya no podría pensar en el bebé como una abstracción. La noche anterior le había dado un nombre. Kiara.
Gas pestañeó y tomó la cafetera para servir otra ronda.
Jacinta Long se asomó para ver cómo le iba a Rocío y acabó comiéndose dos pastelitos. Los bollos se habían que­mado un poco por las puntas, pero la tostada francesa es­taba deliciosa, y Ro no oyó ninguna queja. Justo cuando había acabado de comerse su propio desayuno apareció Amy.
-Siento llegar tarde -murmuró-. Anoche no pude sa­lir de aquí hasta pasadas las once.
Rocío se fijó en que tenía un chupetón nuevo en el cue­llo, justo encima de la clavícula. Se avergonzó al sentir otro aguijonazo de celos.
-Hiciste un buen trabajo. La casa ya tiene otro aspec­to. ¿Por qué no empiezas por esos platos?
Amy se acercó al fregadero y empezó a cargar el lava­platos. Un par de pasadores con pequeñas estrellas de mar de color rosa impedían que los cabellos le cayeran a la cara.
Se había perfilado y sombreado los ojos, y aplicado rímel en las pestañas, pero, o bien se había olvidado del pintalabios, o bien Troy se lo había comido a besos.
-Tu marido es muy mono. Yo no veo el fútbol, pero aun así sé quién es. Es tan genial. Troy dice que es el tercer mejor quarterback de la NFL.
-Es el primero. Sólo le falta controlar mejor su talento.
Amy se desperezó: la camiseta se le subió por encima del ombligo y el pantalón corto que llevaba se deslizó ligera­mente por sus caderas.
-Me han dicho que también os acabáis de casar. ¿No es fantástico?
-Un sueño hecho realidad-dijo Ro secamente. Era evidente que Amy no leía la revista People.
-Nosotros llevamos casados tres meses y medio.
Más o menos igual que Gastón y Rocío. Excepto que Gastón y Rocío no tenían ningún problema para mantener las manos apartadas el uno del otro.
Amy siguió cargando el lavaplatos.
-Todo el mundo decía que éramos demasiado jóvenes, yo tengo diecinueve y Troy veinte, pero no podíamos espe­rar más. Troy y yo somos cristianos. No creemos en el sexo antes del matrimonio.
-¿Y ahora estáis recuperando el tiempo perdido?
-Es tan fantástico -se rió Amy, burlona, a lo que Rocío respondió con una sonrisa.
-Iría mejor si no intentarais recuperarlo durante las ho­ras de trabajo.
-Sí, ya... Pero es tan difícil -dijo Amy mientras enjua­gaba un cuenco.
-Es probable que hoy el traficante de esclavos no os quite el ojo de encima, así que ¿por qué no haces los dormi­torios en cuanto hayas terminado aquí?
-Sí... -suspiró Amy-. Si ves a Troy ahí afuera, ¿le di­rás que le quiero y eso?
-No lo creo.
-Sí, supongo que eso es inmaduro. Mi hermana dice que debería ser más reservada, de lo contrario Troy no me apre­ciará como es debido.
-No creo que por el momento tengas que preocuparte por eso -dijo Ro, recordando la adoración que reflejaba el rostro juvenil de Troy.
Cuando Rocío hubo terminado en la cocina, Gastón ha­bía desaparecido; probablemente estaba atendiendo su resa­ca. Se preparó un té con hielo y luego telefoneó a Mery para contarle dónde estaba. La confusión de su hermana no le sorprendió, pero no podía explicarle que Gastón le había hecho chantaje amenazándola con contarle precisamente a ella demasiadas cosas sobre su estado físico y emocional. En lugar de la verdad, le dijo que Gastón necesitaba ayuda y que ella quería salir de la ciudad. María empezó a cacarear como Celia La Gallina, y Rocío colgó el teléfono lo antes que pudo.
Cuando sacó del horno el pastel de cítricos de tía Judith para el té de la tarde, empezó a sentirse cansada, pero no se pudo resistir a arreglar un poco el recibidor. Al disponerse a rellenar un jarrón de vidrio tallado con popurrí, Cafre se pu­so a ladrar. Ro se dirigió a la puerta para echar un vistazo y vio a una mujer que salía de un polvoriento Lexus de co­lor de vino de Borgoña y se volvía para mirar hacia el espa­cio comunitario. Rocío no sabía si Gastón habría consultado el ordenador para ver si iban a llegar nuevos huéspedes. Te­nían que organizarse mejor.
Rochi admiró la túnica blanca, el pantalón capri de color bronce y las maravillosas sandalias de aquella mujer. Todo cuanto llevaba parecía caro y elegante. La mujer se volvió y Rochi la reconoció de inmediato: era Julia Calvo.
Rocío había conocido a muchas celebridades hasta en­tonces, así que raramente se atemorizaba ante alguien fa­moso, pero ante Julia Calvo se sintió apocada. Todo a su alrededor irradiaba glamour. Se trataba de una mujer acos­tumbrada a los atascos de tráfico, y Rochi casi esperó que asomara algún paparazzi entre los pinos.
Las elegantes gafas de sol que llevaba sobre la cabeza su­jetaban esos abundantes cabellos de color castaño oscuro  que habían sido su sello inconfundible en sus tiempos como Gin­ger Hill y que todavía conservaban ese toque desarreglado tan atractivo. Su tez era pálida y suave como la porcelana, y su figura, voluptuosa. Rocío pensó en todas las chicas afec­tadas por trastornos de la alimentación que las habían deja­do en los huesos. En tiempos no muy lejanos, las mujeres ha­bían aspirado a tener el tipo de Julia, y probablemente les había ido mejor.
Mientras Julia subía por el camino hacia la casa, Rocío vio que el tono miel de sus ojos era especialmente vibrante, in­cluso más vistoso que en televisión. Una tenue red de arrugas asomaba en forma de cola de pez por las esquinas de los ojos, pero no aparentaba más de cuarenta y tantos. El enorme dia­mante de su mano izquierda centelleó cuando se agachó para saludar a Cafre. Rocío tardó algunos segundos en aceptar que quien le rascaba la barriga a su perro era Julia Calvo.
-Llegar a este lugar es una pesadilla. -La voz de Julia seguía teniendo el mismo tono ronco que Rocío recordaba de sus días como Ginger Hill, pero con un matiz más pro­vocativo.
-Está un poco aislado.
Rocío se desperezó y, mirando a Rochi con la educación neutra que las celebridades adoptan para mantener alejada a la gente, se le acercó. Entonces su atención se agudizó y su mirada se tornó gélida.
-Soy Julia Calvo. ¿Puedes hacer que alguien me en­tre las maletas?
Oh, oh... Había reconocido a Rocío por el artículo de la revista People. Aquella mujer no era su amiga.
Rocío se echó a un lado cuando Julia subió las escaleras hasta el porche.
-Ahora mismo lo estamos reorganizando todo. ¿Tenía una reserva, tal vez?
-Difícilmente habría hecho todo este camino si no la tuviera. Hablé con la señora Long hace un par de días, y me dijo que tenían una habitación.
-Sí, probablemente la tengamos. Pero no estoy segura de dónde. Soy una gran admiradora suya, por cierto.
-Gracias. -La respuesta fue tan fría que Rocío deseó no haber dicho nada.

Capitulo Tres, Segunda Parte


Partió temprano. No porque tuviera ganas de beber, sino porque quería ver la metamorfosis que experimentaba Nueva Orleáns al anochecer. Las calles, hirviendo de gente en busca de diversión, resplandecían bajo un carnaval de luces.
En opinión de Gastón, no eran los turistas ni los comerciantes quienes dirigían el cotarro. Era la propia ciudad, cuyos engranajes giraban al ritmo de la música.
Esta salía de los portales, jazz, rock, blues. Arriba, las terrazas de los restaurantes rebosaban de cenas que protegían del frío de enero con salsas picantes y alcohol. Los anunciantes de los clubes de destape prometían toda clase de placeres visuales, y en las tiendas las cajas registradoras tintineaban sin cesar al tiempo que los turistas compraban camisetas y máscaras de carnaval en grandes cantidades. Los bares servían huracanes a los yanquis y cerveza y alcohol al resto.
Pero era la música lo que mantenía vivo el desfile.
Se empapó del ambiente mientras se paseaba por Bourbon dejando atrás portales, luces brillantes y patios inesperados. Rodeó un grupo de mujeres que charlaban en la acera como cotorras.
Aspiró su aroma —a flores y dulces— y tuvo la acostumbrada reacción masculina de placer y pánico cuando rompieron a reír.
—Vaya trasero —dijo una, y Gastón siguió andando.
Las mujeres en grupo eran entidades peligrosas y misteriosas.
Pensó que debía llevarle un detalle a Candela, un regalo por su compromiso. No conocía sus gustos ni, de hecho, cómo era. Pero si algo se le daba bien era comprar regalos.
Lamentando lo tardío de su ocurrencia, entró en un par de tiendas sin demasiadas esperanzas. Casi todo iba dirigido a los turistas y dedujo que un pene de plástico con cuerda no era lo más adecuado para un primer encuentro. Se dijo que el regalo podía esperar, o bien podía decantarse por un perfume o una crema femenina.
Entonces la vio. Una rana de plata apoyada en sus cuatro patas, como si se dispusiera a saltar. La expresión era maliciosa y tenía una sonrisa astuta. A Gastón enseguida le recordó a Victorio.
Si esa Cande se había enamorado de su viejo colega de universidad, tenía que apreciar esta clase de extravagancias. Hizo que se la envolvieran con un papel elegante y un gran lazo rojo.
Aún no eran las nueve cuando dobló la esquina de Dauphine.
Le apetecía sentarse en un bar, lejos del tumulto. Quizá escuchar música y disfrutar de una cerveza. Durante las semanas venideras tendría que dar todo de sí. Pasarse los días destripando la cocina y las noches planeando su siguiente ataque. Tendría que buscar artesanos. Obtener presupuestos. Poner manos a la obra.
Esa noche la pasaría con amigos. Luego se iría a casa y dormiría ocho horas.
Divisó el letrero azul de Et Trois. Era difícil no verlo, pues bailaba alegremente sobre la arañada puerta de madera de un edificio separado de la calle por apenas dos zancadas.
El primer piso tenía la típica terraza con la barandilla de hierro. Alguien la había adornado con geranios rosas y colocado luces de colores en el alero. Era una imagen bonita y femenina. La clase de lugar donde te podías sentar a tomar tranquilamente una copa de vino y contemplar a la gente que pasaba por la calle.
Al abrir la puerta fue recibido por música cajún y olor a ajo y whisky.
Sobre el pequeño escenario tocaba un grupo de cinco músicos: washboard, violín, batería, guitarra y acordeón. La diminuta pista de baile ya estaba repleta de gente bailando la ligera danza cajún.
Gastón advirtió a través de la tenue luz que todas las mesas redondas habían sido corridas a un lado y estaban ocupadas. Se volvió hacia la barra. La madera, de vieja, estaba casi negra pero lustrosa. Había una docena de taburetes y Gastón se apresuró a pillar el único que quedaba libre.
Hileras de botellas cubrían el espejo situado detrás del mostrador, entremezcladas con saleros y pimenteros de las formas más variadas. Una elegante pareja vestida de noche, perros, Rocky y Bullwinkle, Porky y Petunia, los pechos redondos y desnudos de una mujer recostada, máscaras de carnaval y hadas con alas.
Gastón los observó; se preguntó qué clase de persona coleccionaría y expondría hadas y partes del cuerpo, y se dijo que tenía que ser alguien que comprendía Nueva Orleáns.
En el escenario, la violinista empezó a cantar en cajún. Tenía una voz de sierra oxidada inexplicablemente atractiva. Siguiendo el ritmo con un pie, Gastón dirigió la vista al fondo de la barra. El camarero, con cabello rasta hasta la cintura, poseía una cara que hubiera podido tallarla un artista a partir de un grano de café pulido, y unas manos que servían chupitos y cerveza a presión con elegante habilidad.
Gastón levantó una mano para llamar su atención. Y ella asomó por la puerta que conectaba con la barra.
Más tarde, cuando pudiera pensar con claridad, decidiría que fue como el golpe de una almádana contra el pecho. Un golpe que en lugar de pararle el corazón, se lo puso en marcha. El corazón, la sangre, el cerebro. Todo pasó del punto muerto a la marcha rápida en un instante.
«¡Estabas aquí! —gritó algo en su mente—. Por fin.»
Gastón podía oír la carrera que se libraba dentro de su cuerpo como un potente zumbido que ahogaba la música, las voces. Sus ojos se concentraron en ella con tal intensidad que parecía atrapada por un foco en un escenario negro.
No poseía una belleza clásica. Pero era espectacular.
Sobre los hombros le caía una melena de rizos agitanados y rubios como el oro. Poseía el rostro afilado de un zorro, la nariz delgada y aristocrática, los pómulos altos y lisos, el mentón anguloso. Los ojos eran alargados, de párpados grandes, y la boca amplia, llena y pintada de un rojo intenso.
Nada encajaba en exceso, pensó Gastón mientras su cerebro no paraba de dar vueltas. Los rasgos de la cara no hacían juego y, sin embargo, eran perfectos. Sorprendentes, seductores, soberbios.
Era menuda, de constitución casi frágil, y vestía una camiseta rojo amapola ajustada, de escote bajo y redondo, que realzaba los músculos esbeltos de sus brazos y las firmes curvas de sus senos. En el valle de esos senos colgaba una cadena con una llavecita de plata.
Tenía la piel bronceada y los ojos marrones como el chocolate amargo.
Esos labios encarnados esbozaron una lenta sonrisa al tiempo que su dueña se acercaba y se inclinaba sobre la barra, hasta que sus caras estuvieron lo bastante cerca para que él pudiera reparar en el pequeño lunar situado en la comisura derecha de su labio superior. Lo bastante cerca para poder aspirar el aroma a jazmín y sumergirse en él.
—¿Puedo hacer algo por ti, cher?
Oh, sí, pensó Gastón. Te lo ruego.
Mas solo alcanzó a decir:
—Eh...
Ella ladeó ligeramente la cabeza y lo estudió. Habló de nuevo con su suave deje cajún.
—¿Tienes sed o solo hambre... esta noche?
—Eh... —Gastón quería pasar la lengua por esos labios rojos, por ese diminuto lunar, y succionarlos—. Una Corona.
Observó cómo ella iba a buscar la botella y le hincaba una rodaja de lima. Tenía andares de bailarina entre clásica y exótica. Gastón se percató de que su lengua se hacía literalmente un nudo.
—¿Te lo apunto, guapo?
—Eh... —Maldita sea, Dalmau, haz el favor de calmarte—. Sí, gracias. ¿Qué abre? —Ella enarcó las cejas y él levantó la botella—. La llave.
—¿Esta llave? —Ella pasó el dedo por la llave y la presión arterial de Gastón se disparó—. Mi corazón, cher. ¿Qué pensabas?
Él le tendió una mano. Temía que si no la tocaba ya, se vendría abajo y rompería a llorar.
—Me llamo Gastón.
—¿De veras? —La joven introdujo su mano en la de él—. Bonito nombre. Muy original.
—Es... es irlandés.
—Aja. —Ella le giró la mano y se acercó para leerle la palma—. ¿Qué veo aquí? Llevas poco tiempo en Nueva Orleáns pero esperas quedarte. Huyes del frío del norte, ¿verdad?
—Sí, pero eso es fácil de adivinar.
Ella alzó la mirada y esta vez el corazón de Gastón se detuvo.
—Puedo adivinar más cosas. Eres un abogado yanqui de Boston con dinero. Has comprado Ordóñez Hall.
—¿Te conozco? —Gastón sintió algo profundo, como un vínculo forjado en hierro, cuando su mano apretó la de ella—. ¿Nos hemos visto antes?
—En esta vida no, cariño. —Ella le dio una palmadita en la mano y se alejó para atender a otros clientes.
Pero estuvo pendiente de él. No era como lo había imaginado dada la descripción de Vico. Aunque tampoco sabía qué había imaginado. Pero le gustaban las sorpresas, y el hombre que estaba sentado en su bar, observándola con ojos verdes como la tormenta, parecía estar lleno de ellas.
Le gustaban esos ojos. Estaba acostumbrada a que los hombres la miraran con deseo, pero en los ojos de Gastón había visto algo más. Un sobresalto que encontraba halagador y, al mismo tiempo, enternecedor.
Y le parecía conmovedor tener a un hombre que parecía capaz de manejar cuanto le echaran encima pero que balbuceaba cuando ella le sonreía.
Aunque Gastón apenas había tocado su cerveza, ella regresó y dio un golpecito a la botella.
—¿Otra?
—No, gracias. ¿Puedes dejar la barra un rato? ¿Puedo comprarte una copa, un café, un coche, un perro?
—¿Qué guardas ahí?
Gastón miró la bolsa que había dejado sobre el mostrador.
—Un regalo para alguien a quien voy a conocer.
—¿Compras regalos a muchas mujeres, Gastón?
—No es una mujer. Quiero decir que no es mi mujer. De hecho, no tengo mujer, es solo... Caray, antes se me daba mejor.
—¿Qué?
—Impresionar a las mujeres.
Ella rió con esa risa grave y gutural de sus fantasías.
—¿No podrías tomarte un descanso? Vaciaremos una mesa y podrás darme una segunda oportunidad.
—No te está yendo mal con la primera. El bar es mío, así que nunca descanso.
—¿ Este bar es tuyo?
—Sí. —Empezó a alejarse cuando una camarera llegó a la barra con una bandeja.
—Espera, espera. —Gastón le tomó de nuevo la mano—. No sé cómo te llamas. ¿Cómo te llamas?
—Rocío —respondió ella suavemente—. Pero me llaman Rochi. —Pasó un dedo por la mejilla de Gastón y se alejó para atender a otros clientes.
Gastón dio un largo sorbo de cerveza para bajar la saliva que se había acumulado en su boca.
Estaba fraguando otro acercamiento cuando Victorio le dio una palmada en la espalda.
—Vamos a necesitar una mesa, hijo.
—Prefiero la vista desde aquí.
Vico siguió la mirada de su amigo.
—De las mejores que ofrece la ciudad. ¿Has conocido a mi prima Rochi?
—¿Prima?
—Prima cuarta, creo. Puede que quinta. Rocío Igarzábal, una de las joyas de Nueva Orleáns. Y aquí tienes otra, Candela Vetrano. Can, cariño, te presento a mi buen amigo Gastón Dalmau.
—Hola, Gastón. —Cande se escurrió entre los dos y besó a Gastón en la mejilla—. Me alegro mucho de conocerte.
Una nube de pelo oscuro le enmarcaba el rostro, un rostro bonito con forma de corazón, y sus ojos eran negros. Los labios, de un rosa profundo, eran curvados como los de una muñeca.
Parecía la cabecilla de las animadoras de un instituto.
—Eres demasiado guapa para perder el tiempo con este tipo —le dijo Gastón—. ¿Por qué no te fugas conmigo?
—¿Cuándo nos vamos?
Con una sonrisa, Gastón se bajó del taburete y la besó.
—Buen trabajo, Vic.
—El mejor de mi vida. —Victorio apretó los labios contra el cabello de Cande—. Siéntate aquí, cariño. Este lugar está hasta los topes. Puede que la barra sea lo mejor que podamos encontrar. ¿Te apetece vino?
—Vino blanco de la casa.
—¿Quieres otra cerveza, Gastón?
—Déjame pedir. Invito yo.
—En ese caso, chardonnay del bueno para mi chica. Yo tomaré lo mismo que tú.
—Mira a quién tenemos aquí. —Rocío sonrió a Victorio—. Hola, Cande. ¿Qué les pongo esta noche?
—Una copa de chardonnay para la señorita y dos Coronas —dijo Gastón—. Luego podrías llamar a emergencias. Mi corazón deja de latir cada vez que te miro.
—Tu amigo tiene mucha labia cuando se relaja, Vico. —Rocío extrajo una botella de vino de la nevera.
—Las chicas de Harvard se derretían en sus manos.
—Nosotras, las chicas del sur, estamos demasiado acostumbradas al calor para derretirnos con facilidad. —Sirvió el vino y remató las cervezas con una rodaja de lima.
—Yo te conozco —recordó de pronto Gastón—. Te vi esta mañana jugando con tu perro, un perro grande y negro, cerca del estanque.
—Rufus. —Rocío sintió un ligero sobresalto al saberse observada—. Es el perro de mi abuela. Vive en la casa del bayou. A veces voy a verla y me quedo con ella si se encuentra pachucha o simplemente sola.
—Pásate por el Hall la próxima vez. Te lo enseñaré.
—Quizá lo haga. Nunca lo he visto por dentro. —Dejó un cuenco de galletas saladas sobre la barra—. ¿Queréis algo de la cocina?
—Lo pensaremos —dijo Victorio.
—Solo tenienen que pedirlo. —Rocío se alejó y desapareció tras la puerta.
—Creo que deberías limpiarte la baba, Gas. —Victorio le estrujó el hombro—. Es asqueroso.
—No te metas con él, Vic. El hombre que no se excita con Rochi es porque le falta alguna pieza importante.
—Decididamente deberías rugarte conmigo —declaró Gastón—. Pero entretanto te deseo lo mejor. —Le colocó la bolsa delante.
—¿Me has comprado un regalo? ¡Eres un encanto! —Candela rasgó el papel con un entusiasmo que enterneció a Gastón. Y cuando alzó la rana, la miró fijamente y en silencio. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada—. Se parece a Vico. Mira, corazón, tiene tu misma sonrisa.
—Yo no lo veo.
—Yo sí. Y Gas también lo vio. —Giró sobre el taburete y miró a Gastón con el rostro iluminado—. Me gustas. Cómo me alegro de que me gustes. Quiero tanto a este bobo que casi no puedo soportarlo, de modo que habría fingido que me gustas aunque no fuera cierto. Afortunadamente, no tengo que fingir.
—Oh, cariño, no llores. —Victorio sacó un pañuelo mientras la chica rompía en sollozos—. Le ocurre cuando está contenta. La noche que le pedí que se casara conmigo, lloró tanto que tardó diez minutos en decir sí.
La levantó del taburete.
—Vamos, chère, baila conmigo hasta que te seques.
Gastón recuperó el taburete, tomó su cerveza y los vio girar por la pista.
—Hacen buena pareja —comentó Rocío por detrás.
—Es cierto. ¿Te gustaría comprobar si nosotros también la hacemos?
—Eres perseverante. —Rocío dejó escapar un suspiro—. ¿Qué coche piensas comprarme?
—¿Coche?
—Te ofreciste a comprarme una copa, un café, un coche o un perro. Puedo comprarme mi propia bebida y me gusta el café que hago. Tengo perro, más o menos. Y coche, pero no veo por qué no podría tener dos. ¿Qué coche vas a comprarme?
—Tú eliges.
—Te lo diré cuando lo haya decidido —contestó Rocío, y se alejó de nuevo.