jueves, 23 de febrero de 2012

Primera Parte, Capitulo Once



-¡Tenemos compañía! -cacareó Celia la Gallina-. ¡Prepararemos bo­llos, pasteles y tartas de crema!

Daphne lo ensucia todo


Rochi puso la alarma del reloj despertador que le había dejado Gastón a las cinco y media, y hacia las siete el aroma a pastelitos de arándanos llenaba toda la planta baja de la casa de huéspedes. En el comedor, sobre la mesa lateral, había un montón de platos de porcelana de un amarillo claro con el dibujo de una hoja en el centro. Las servilletas, de color ver­de oscuro, los vasos de cristal prensado para el agua y una de­liciosa mezcla de cubiertos de plata de ley completaban la es­cena. Una bandeja llena de bollos se cocía en el horno, y sobre el mármol de la mesa de trabajo había una fuente de cerámica marrón llena de finas rebanadas de pan bañadas en una mezcla de huevo batido, vainilla y canela.
Por primera vez en varios meses, Rocío estaba famélica, pero no había tenido tiempo para comer. Preparar un desa­yuno para una casa repleta de huéspedes que lo han pagado era mucho más comprometido que preparar tortas con ca­ras sonrientes para los niños Riera. Mientras colocaba el libro de recetas de la tía Judith que había dejado junto al pre­parado francés de huevo para las tostadas donde no pudiera mancharse, intentó acumular resentimiento contra Gastón, que seguía profundamente dormido en el piso de arriba, pero no pudo. Al reconocer al bebé la tarde anterior, le había he­cho un regalo.
Ya no sentía la carga de la pérdida como algo que tenía que soportar sola y, al despertar, no había encontrado la al­mohada empapada de lágrimas. Su depresión no iba a desa­parecer por arte de magia, pero rocío estaba preparada para aceptar la posibilidad de volver a ser feliz.
Gastón entró lentamente justo después de que Rochi le sirviera a John Pearson su segunda ración de tostada a la fran­cesa. Tenía los ojos legañosos y el aspecto de alguien que su­fre una resaca mortal.
-Tu «pit-bull» ha intentado acorralarme en el pasillo.
-No le caes bien.
-Eso me ha parecido.
Rochi observó que le faltaba algo, pero tardó unos ins­tantes en descubrir lo que era. Su hostilidad. La rabia que Gastón había estado albergando en su corazón parecía haber desaparecido finalmente.
-Siento haberme dormido-dijo-. Anoche te dije que me echases de la cama a patadas si no estaba aquí cuando tú llegases.
Ni en un millón de años. Nada la llevaría a entrar en el dormitorio de Gastón Dalmau, y menos ahora que él ya no la miraba como si fuera su enemiga mortal. Ro señaló con la cabeza las botellas vacías de licor de la basura.
-Debió de ser toda una fiesta, anoche.
-Todos querían que les contara el proceso de selección para la liga, y una cosa llevó a la otra. Si algo se puede decir de su generación es que aguantan la bebida.
-No parece haber afectado el apetito del señor Pearson.
Gas observó la tostada francesa, que iba adquiriendo un tono dorado sobre la plancha.
-Creía que no sabías cocinar.
-He telefoneado a Martha Stewart. Si alguien quiere beicon o salchichas, tendrás que encargarte tú.
-¿Es por eso de Babe?
-Y estoy orgullosa. También te tocará servir las mesas -dijo dándole la cafetera y volviéndose hacia su tostada francesa.
Gastón se quedó mirando la cafetera.
-Diez años en la NFL, y al final mira dónde estoy.
A pesar de sus quejas, a Gaas le sorprendió lo rápida­mente que pasó la hora siguiente. Sirvió cafés, llevó comida de aquí para allá, dio conversación a los huéspedes y robó algunas de las tortas de Rochi para comérselas él mismo. Rocío era una gran cocinera, y se le iluminaron los ojos cuan­do Gastón le dijo que había decidido que podía quedarse el puesto.
Ver aquel brillo en los ojos de Rocío le hizo sentirse bien. La confrontación de la noche anterior parecía haber suavizado su depresión, y había recuperado parte de la vi­talidad que había visto en ella en Door County. Él, por su parte, se había quedado mirando el techo del dormitorio hasta el amanecer. Ya no podría pensar en el bebé como una abstracción. La noche anterior le había dado un nombre. Kiara.
Gas pestañeó y tomó la cafetera para servir otra ronda.
Jacinta Long se asomó para ver cómo le iba a Rocío y acabó comiéndose dos pastelitos. Los bollos se habían que­mado un poco por las puntas, pero la tostada francesa es­taba deliciosa, y Ro no oyó ninguna queja. Justo cuando había acabado de comerse su propio desayuno apareció Amy.
-Siento llegar tarde -murmuró-. Anoche no pude sa­lir de aquí hasta pasadas las once.
Rocío se fijó en que tenía un chupetón nuevo en el cue­llo, justo encima de la clavícula. Se avergonzó al sentir otro aguijonazo de celos.
-Hiciste un buen trabajo. La casa ya tiene otro aspec­to. ¿Por qué no empiezas por esos platos?
Amy se acercó al fregadero y empezó a cargar el lava­platos. Un par de pasadores con pequeñas estrellas de mar de color rosa impedían que los cabellos le cayeran a la cara.
Se había perfilado y sombreado los ojos, y aplicado rímel en las pestañas, pero, o bien se había olvidado del pintalabios, o bien Troy se lo había comido a besos.
-Tu marido es muy mono. Yo no veo el fútbol, pero aun así sé quién es. Es tan genial. Troy dice que es el tercer mejor quarterback de la NFL.
-Es el primero. Sólo le falta controlar mejor su talento.
Amy se desperezó: la camiseta se le subió por encima del ombligo y el pantalón corto que llevaba se deslizó ligera­mente por sus caderas.
-Me han dicho que también os acabáis de casar. ¿No es fantástico?
-Un sueño hecho realidad-dijo Ro secamente. Era evidente que Amy no leía la revista People.
-Nosotros llevamos casados tres meses y medio.
Más o menos igual que Gastón y Rocío. Excepto que Gastón y Rocío no tenían ningún problema para mantener las manos apartadas el uno del otro.
Amy siguió cargando el lavaplatos.
-Todo el mundo decía que éramos demasiado jóvenes, yo tengo diecinueve y Troy veinte, pero no podíamos espe­rar más. Troy y yo somos cristianos. No creemos en el sexo antes del matrimonio.
-¿Y ahora estáis recuperando el tiempo perdido?
-Es tan fantástico -se rió Amy, burlona, a lo que Rocío respondió con una sonrisa.
-Iría mejor si no intentarais recuperarlo durante las ho­ras de trabajo.
-Sí, ya... Pero es tan difícil -dijo Amy mientras enjua­gaba un cuenco.
-Es probable que hoy el traficante de esclavos no os quite el ojo de encima, así que ¿por qué no haces los dormi­torios en cuanto hayas terminado aquí?
-Sí... -suspiró Amy-. Si ves a Troy ahí afuera, ¿le di­rás que le quiero y eso?
-No lo creo.
-Sí, supongo que eso es inmaduro. Mi hermana dice que debería ser más reservada, de lo contrario Troy no me apre­ciará como es debido.
-No creo que por el momento tengas que preocuparte por eso -dijo Ro, recordando la adoración que reflejaba el rostro juvenil de Troy.
Cuando Rocío hubo terminado en la cocina, Gastón ha­bía desaparecido; probablemente estaba atendiendo su resa­ca. Se preparó un té con hielo y luego telefoneó a Mery para contarle dónde estaba. La confusión de su hermana no le sorprendió, pero no podía explicarle que Gastón le había hecho chantaje amenazándola con contarle precisamente a ella demasiadas cosas sobre su estado físico y emocional. En lugar de la verdad, le dijo que Gastón necesitaba ayuda y que ella quería salir de la ciudad. María empezó a cacarear como Celia La Gallina, y Rocío colgó el teléfono lo antes que pudo.
Cuando sacó del horno el pastel de cítricos de tía Judith para el té de la tarde, empezó a sentirse cansada, pero no se pudo resistir a arreglar un poco el recibidor. Al disponerse a rellenar un jarrón de vidrio tallado con popurrí, Cafre se pu­so a ladrar. Ro se dirigió a la puerta para echar un vistazo y vio a una mujer que salía de un polvoriento Lexus de co­lor de vino de Borgoña y se volvía para mirar hacia el espa­cio comunitario. Rocío no sabía si Gastón habría consultado el ordenador para ver si iban a llegar nuevos huéspedes. Te­nían que organizarse mejor.
Rochi admiró la túnica blanca, el pantalón capri de color bronce y las maravillosas sandalias de aquella mujer. Todo cuanto llevaba parecía caro y elegante. La mujer se volvió y Rochi la reconoció de inmediato: era Julia Calvo.
Rocío había conocido a muchas celebridades hasta en­tonces, así que raramente se atemorizaba ante alguien fa­moso, pero ante Julia Calvo se sintió apocada. Todo a su alrededor irradiaba glamour. Se trataba de una mujer acos­tumbrada a los atascos de tráfico, y Rochi casi esperó que asomara algún paparazzi entre los pinos.
Las elegantes gafas de sol que llevaba sobre la cabeza su­jetaban esos abundantes cabellos de color castaño oscuro  que habían sido su sello inconfundible en sus tiempos como Gin­ger Hill y que todavía conservaban ese toque desarreglado tan atractivo. Su tez era pálida y suave como la porcelana, y su figura, voluptuosa. Rocío pensó en todas las chicas afec­tadas por trastornos de la alimentación que las habían deja­do en los huesos. En tiempos no muy lejanos, las mujeres ha­bían aspirado a tener el tipo de Julia, y probablemente les había ido mejor.
Mientras Julia subía por el camino hacia la casa, Rocío vio que el tono miel de sus ojos era especialmente vibrante, in­cluso más vistoso que en televisión. Una tenue red de arrugas asomaba en forma de cola de pez por las esquinas de los ojos, pero no aparentaba más de cuarenta y tantos. El enorme dia­mante de su mano izquierda centelleó cuando se agachó para saludar a Cafre. Rocío tardó algunos segundos en aceptar que quien le rascaba la barriga a su perro era Julia Calvo.
-Llegar a este lugar es una pesadilla. -La voz de Julia seguía teniendo el mismo tono ronco que Rocío recordaba de sus días como Ginger Hill, pero con un matiz más pro­vocativo.
-Está un poco aislado.
Rocío se desperezó y, mirando a Rochi con la educación neutra que las celebridades adoptan para mantener alejada a la gente, se le acercó. Entonces su atención se agudizó y su mirada se tornó gélida.
-Soy Julia Calvo. ¿Puedes hacer que alguien me en­tre las maletas?
Oh, oh... Había reconocido a Rocío por el artículo de la revista People. Aquella mujer no era su amiga.
Rocío se echó a un lado cuando Julia subió las escaleras hasta el porche.
-Ahora mismo lo estamos reorganizando todo. ¿Tenía una reserva, tal vez?
-Difícilmente habría hecho todo este camino si no la tuviera. Hablé con la señora Long hace un par de días, y me dijo que tenían una habitación.
-Sí, probablemente la tengamos. Pero no estoy segura de dónde. Soy una gran admiradora suya, por cierto.
-Gracias. -La respuesta fue tan fría que Rocío deseó no haber dicho nada.

1 comentario:

  1. Mori con el fondo de los rubios zkjdbf ♥ Que onda esta adaptacion, dice capitulo 1, y salta al 11 :| Expliqenme qe la qiero leer y ni empeze y ya me perdi jaaj XD

    Bueno pasaba porque estoy recorriendo blogs e invitando gente al mio. Empece una nove hace poco (7 caps - Gastochi/Laliter) y no se me gustaria que la lean, si no les gusta diganme todo bien :) No quiero molestar ! Un besito ♥

    PD: Las sigo ! :D

    ResponderEliminar