La señora Bethany estaba
sentada detrás del escritorio de su despacho, el de la cochera de Mandalay. Yo
había tomado asiento delante de ella, en una incómoda silla de madera. Llevaba
la ropa arrugada y manchada de hollín. Estaba helada hasta los huesos,
extenuada, y tenía hambre, tanto de algo sólido como de sangre. Los últimos
rayos de luz anaranjados se colaban a través de los cristales. No habían pasado
ni veinticuatro horas desde que mi mundo se había desmoronado y la verdad
acerca de Gastón había salido a la luz. Sin embargo, tenía la sensación de que
hubieran pasado siglos.
—Exacto — contesté, sin
convicción — Gastón me obligó a irme con él.
Sentada en su silla, la
señora Bethany hacía correr el relicario de oro de un lado a otro de la cadena
una y otra vez, adelante y atrás, por lo que tenía el débil ruidito metálico
metido en los oídos. A diferencia de mí, ella tenía un aspecto impecable, incluso
el encaje de volantes del cuello seguía almidonado, aunque olía a humo y no a
lavanda.
—Es curioso que no supiera
defenderse. Después de todo, es usted un vampiro.
«¿Lo soy?». Ya ni siquiera
estaba segura de eso.
—Es un miembro de la Cruz Negra — contesté —
Y tiene alguno de nuestros poderes. Pudo con mi padre y con Victorio a la vez.
¿Qué iba a hacer?
—Veo que ya ha aprendido a
contestar preguntas comprometidas con otra pregunta —La señora Bethany soltó un
hondo suspiro y, por primera vez, vi un atisbo de humor sombrío en su mirada —
Ya veo que ha dejado de ser la pusilánime de siempre. Al menos este año ha
aprendido algo.
Recordé lo que Gastón me
había dicho la noche anterior: la señora Bethany había cambiado unas normas de
cientos de años de antigüedad para admitir alumnos humanos en Mandalay. El no
había conseguido descubrir por qué y yo no sabía por dónde empezar. Mientras la
miraba, solo podía pensar en que era más vieja, más fuerte y más taimada de lo
que nunca había imaginado. Sin embargo, ya no le tenía miedo porque sabía que
incluso la señora Bethany era vulnerable.
Si había permitido la
entrada de alumnos humanos en Mandalay era porque necesitaba algo, desesperadamente,
y eso significaba que tenía una debilidad, lo que la igualaba a los demás.
Consciente de ello, ahora podía mirarla a la cara.
Me levanté de la silla sin
pedir permiso para irme.
—Buenas noches, señora
Bethany.
Sus ojos oscuros lanzaron un
brillo peligroso, pero se limitó a despedirme con un gesto de la mano.
—Buenas noches.
Esa noche, mis padres me
mimaron como no lo habían hecho desde que era niña: me buscaron unos calcetines
que abrigaran, unas almohadas bien mullidas y me calentaron un vaso de sangre
en el microondas a temperatura corporal. No tuve que preguntarles si de verdad
creían que Gastón me había secuestrado, habría sido un insulto para su
inteligencia. Sabía que no lo entendían; cualquier simpatía que Gastón pudiera
despertarles quedaba aniquilada por el odio que sentían hacia la Cruz Negra. Sin
embargo, aunque no compartieran mis decisiones, me perdonaron y eso fue más que
suficiente para recordarme lo mucho que me querían. Incluso se apoltronaron en
la cama, uno a cada lado, mientras Rosemary Clooney daba vueltas en el
tocadiscos de la otra habitación, y me contaron viejas historias sobre qué
aspecto tenían los campos de trigo de Inglaterra, historias amables ajenas a
peligros, historias inmutables, bellas. Y siguieron hablando largo rato hasta
que el dolor se rindió al cansancio y al final, por fin, conseguí dormirme.
Esa noche volví a soñar con
la tormenta, con el arbusto trepador que encerraba a Mandalay en un cerco de zarzas y con las misteriosas
flores negras que florecían bajo mis manos. Incluso en el sueño era consciente
de que ya lo había visto antes. Había sido avisada de que las flores no eran
para mí incluso antes de conocer a Gastón, y aun así, a pesar de las espinas y
de la tormenta, intenté cogerlas.
—Ya vuelves a soñar
despierta.
Las palabras de Candela me devolvieron a la realidad. Estábamos en el
lindar del bosque, donde empezaban los terrenos de la escuela, bajo los brotes
de las hojas nuevas y lozanas, tan suaves que se rizaban en los bordes. No sé
cuánto tiempo llevaba inmóvil, con la mano apoyada en una rama. Candela era una buena amiga, sabía cuándo necesitaba
espacio y me lo prestaba, y cuándo era el momento de devolverme a la tierra.
—Lo siento — Echamos a andar
con paso relajado sin tomar ninguna dirección en particular — No sé en qué
estaba pensando.
—Estabas pensando en Gastón
— Candela no se dejaba embaucar así como
así — Ya han pasado casi seis semanas, Rocío. Tienes que olvidarlo y lo sabes.
Candela solo sabía lo que los alumnos como ella
sabían: que Gastón había incumplido un montón de normas y que se había fugado
después de agredir a mi padre en su huida. Tal vez aquello encajara a la
perfección en su amargada visión del mundo donde los secretos solo encubrían
violencia. Me había advertido acerca de Gastón muchas veces. ¿Por qué no iba a
creer que se hubiera fugado? Sin embargo, jamás le oí nada que ni siquiera se
le pareciera a un «te lo dije». Candela era demasiado buena para eso.
Nicolás no se lo tomó tan
bien. Gastón era su mejor amigo en Mandalay y ahora había un vacío en la vida de Nicolás
que no estaba en mis manos poder llenar. Le había intentado convencer como
había podido de que Gastón era una buena persona y que tenía sus motivos para
irse, sin desvelarle ningún secreto que hubiera podido ponerlo en peligro.
Pensaba que Nicolás me había creído, pero ya no sonreía tanto como antes, y no
me habrían venido nada mal algunas de sus sonrisas.
Los demás vampiros, tanto
alumnos como profesores, sabían más o menos la verdad. Sabían que Gastón era
miembro de la Cruz Negra
y que ahora compartía parte de la fuerza y el poder de un vampiro gracias a mí.
Antes, Eugenia y sus amigos se limitaban a despreciarme; ahora me odiaban,
simple y llanamente.
No obstante, y para mi
sorpresa, el grupo de Eugenia era una minoría. Mis padres me habían perdonado,
por descontado, y Victorio culpaba a Gastón de todo, por lo que me trataba con
mayor delicadeza para compensar la supuesta crueldad de Gastón. No obstante,
también recibí el consuelo y el apoyo de otros: del profesor Iwerebon, quien
había impartido varias clases fuera del programa sobre la traicionera Cruz
Negra mientras gesticulaba con sus manos vendadas; o de María, quien insistió
en que no podía considerarse responsable a ninguna chica por enamorarse por
primera vez. Supuse que, para ellos, enfrentarme a la Cruz Negra significaba
estar aún más de su lado. Un vampiro más puro que antes.
Yo era la única que sabía
toda la verdad sobre Gastón: quién era en realidad y qué sentíamos el uno por
el otro. Esa certeza era lo único que me quedaba de él y tendría que acarrear
con ella yo sola.
—Deberíamos volver adentro —
Candela me dio un ligero codazo, que era
la máxima muestra de afecto que pudiera pedírsele. La pulsera de cuero marrón
bailaba de nuevo en su muñeca. Le había dicho que había aparecido en objetos
perdidos — Pronto llegará el correo.
—¿Esperas un paquete? — Los
padres de Candela la habían defraudado
en muchas ocasiones, pero al menos sabían cocinar — Si va a haber más galletas
de avena...
Candela se encogió de hombros.
—Será mejor que estés cuando
abra la caja o me las zamparé en un abrir y cerrar de ojos.
—Aprende a controlarte un
poco, anda.
Sentí que una sonrisa
intentaba dibujarse en mi cara cuando empezamos a atravesar los jardines. Por
primera vez era capaz de pasar junto al cenador sin esperar ver a Gastón en
cualquier momento.
—Conocerse a sí mismo es
mejor que controlarse, en eso no hay discusión — afirmó Candela — y me conozco
lo suficiente para saber cómo me comporto cuando se trata de galletas.
Entramos en el gran
vestíbulo cuando los primeros paquetes con envoltorio de papel marrón y sobres
de FedEx empezaban a viajar entre los presentes. Tal como había dado a
entender, Candela recibió una caja
enorme y ambas nos dirigimos a la escalera que subía hasta su habitación para
dar cuenta de las galletas. Sin embargo, no había acabado de poner el pie en el
primer peldaño cuando alguien me tiró del brazo.
—¿Rocío? — Nicolás se retiró
sus rulos rubios hacia atrás para apartárselos de la cara y sonrió indeciso —
Eh, ¿podemos hablar un segundo?
—Claro, ¿qué pasa?
Parecía nervioso e incómodo.
—Esto... ¿A solas?
Recé para que a Nicolás no
se le hubiera pasado por la cabeza la peregrina idea de pedirme salir de
rebote.
—Vale, de acuerdo — Me
encogí de hombros y me dirigí a Candela — Será mejor que queden galletas cuando
vuelva.
—No prometo nada.
Subió corriendo la escalera
sin mí y decidí tardar lo menos posible.
Nicolás me llevó al otro
extremo del salón, cerca de la única ventana de cristal transparente, la que
había roto Gastón y, mucho tiempo atrás, otro miembro de la Cruz Negra. En vez de
sus habituales andares desgarbados, Nicolás estaba tenso y un poco raro. Bueno,
más raro de lo habitual.
—Oye, ¿estás bien? — le
pregunté.
—¿Yo? Sí, claro — Miró a su
alrededor, se convenció de que por fin estábamos solos y luego sonrió — Y tú
vas a estar muchísimo mejor gracias a algo que he encontrado en mi paquete.
—¿A qué te refieres...?
Fui quedándome sin voz
cuando Nicolás me deslizó algo en el bolsillo de la chaqueta.
«Día de entrega de correo. Gastón
debió de suponer que comprobarían las cartas que yo recibiera, pero no las de Nicolás.
Si Gastón quisiera llegar hasta mí, es así cómo lo haría.»
Puse una mano sobre el
bolsillo, que ahora abultaba con un sobre grueso y acolchado. Nicolás asintió
rápidamente.
—Vale, pues sí, entonces así
está bien. Me alegro de que nos hayamos entendido. ¡Nos vemos!
Respiré hondo mientras lo
veía alejarse a grandes zancadas. Creí que se me iba a salir el corazón del
pecho, pero subí la escalera con toda tranquilidad hasta llegar a los
alojamientos de mis padres. No había nadie, seguramente estarían abajo, corrigiendo
trabajos y preparando los finales. Entré en mi habitación, cerré la puerta y,
tras un momento de vacilación, bajé la persiana para que ni siquiera la gárgola
pudiera verme. Luego, abrí el sobre con dedos temblorosos.
Dentro había una cajita
blanca. Al abrirla, algo oscuro cayó en mi mano extendida: mi broche. Las
flores negras lanzaron un destello en mi palma, tan perfectas y hermosas como
siempre.
«Lo prometió. Gastón
prometió que lo recuperaría para mí, y lo ha hecho. Ha cumplido su palabra.»
Por un momento no pude
pensar en nada más que en el broche. Deseé prendérmelo en la camisa de
inmediato, donde siempre lo llevaba, pero donde ya no podría hacerlo nunca más.
Demasiada gente sabía que había sido un regalo de Gastón, y si alguien
descubría que él y yo seguíamos en contacto, la señora Bethany y sus acólitos
lo utilizarían para ir tras él. No, tenía que esconderlo por el bien de Gastón,
tenía que guardarlo a buen recaudo.
Puede que nunca más volviera
a tener nada de él, pero al menos contaba con aquello para recordarme algo que
nadie más comprendería: que Gastón y yo nos queríamos de verdad y que siempre
lo haríamos.
Envolví el broche con sumo
cuidado en una de mis bufandas y la metí en el fondo de un cajón del tocador.
Estaba a punto de arrojar el sobre para ocultar las pruebas, cuando descubrí
que dentro había algo más: una postal. Era una de esas postales caras que
venden en los museos, de papel blanco, grueso y satinado, con una ilustración
en el frente: El beso de Klimt.
Levanté la vista para ver el póster idéntico colgado junto a mi cama, la misma
lámina que él había contemplando mientras estuvo allí, compartiendo risas,
conversaciones y besos durante esos breves meses que pasamos juntos. Con
reverencia, giré la postal y leí lo que había escrito:
Rocío, he de ser breve. Tienes que destruir esta postal en cuanto acabes
de leerla porque sería peligroso para ti que la señora Bethany la descubriera.
Sé que si me extendiera demasiado, te aferrarías a ella para siempre, por
peligroso que fuera.
No pude por menos que
sonreír. Gastón me conocía a fondo.
Estoy bien, igual que mi madre y mis amigos, y todo gracias a ti. Fuiste
más fuerte de lo que yo podría haberlo sido ese día. Yo no habría tenido el
valor de despedirme de ti.
Y tampoco pienso hacerlo ahora.
Volveremos a estar juntos, Rocío. No se dónde, ni cuándo, ni cómo, pero
lo sé. No podría ser de otro modo.
Necesito que lo creas. Porque creo en ti.
—Lo creo, Gastón — murmuré.
Habíamos vuelto a
encontrarnos, y lo único que tenía que hacer era aguantar hasta que llegara ese
momento. Algún día, Gastón y yo encontraríamos el modo de volver a estar
juntos.
~
FIN DEL PRIMER LIBRO ~
Gastón es un romántico! Cumplió con su promesa,es un amor. En realidad los dos son un amor ♥
ResponderEliminarQue dulce Gaston!1.. cumplió con lo que le prometió!!. Y rochi es muy fuerte.. espero que pronto puedan reencontrarse!!.. ahh.. NO SE VALE!.. Todos están llegando al final con las noves!!.. espero que pronto subas el segundo libro y que tenga mas cosas lindas de ellos!!!.. Besosss!!♥
ResponderEliminar(((APLAUSOS, APLAUSOS Y MAS APLAUSOS))) :') increible final del primer libro :) mas tierno Gas recuperando el broche para ella y esa nota heeeeermosa!!! espero con ansias el reencuentro ;) Gran historia Xime!!! veremos como va el segundo...
ResponderEliminarBeso.