Gastón Dalmau era perezoso.
Eso explicaba porqué se quedó dormido en la sala Ambassador de la TWA del
aeropuerto Dallas-Fort Worth, en lugar de ir a esperar el vuelo 2193 de British
Airways.
Pereza, y el hecho que no
quería esperar el vuelo 2193.
Desafortunadamente, la
entrada de un ruidoso par de hombres de negocios le despertó. Él se tomó su
tiempo desperezándose, y bostezando. Una atractiva mujer en un sobrio traje
gris le sonrió, y le dedicó una sonrisa. Recorrió con la mirada su reloj de
pulsera y vio que llegaba media hora tarde. Bostezó otra vez. Y se estiró.
—Excúseme —dijo la mujer—.
Yo, lamento molestarle, pero... Usted me resulta familiar. ¿Es usted...?
—Sí, señora soy yo...—inclinó
su sombrero vaquero y le dedicó una sonrisa abierta aunque todavía con un
pequeño bostezo pegado en los bordes de la boca—. Y estoy francamente halagado
que me haya reconocido fuera del anillo del rodeo. La mayoría de la gente no me
reconoce.
Ella pareció confundida.
—¿Rodeo? Lo siento. Yo pensé
que era... se parece muchísimo a Gastón Dalmau, casi es el doble del golfista
profesional.
—¿Golfista? ¿Yo? Ah, no,
señora. Soy demasiado joven para jugar un deporte para viejos, como el golf. A
mi me gustan los verdaderos deportes.
—Pero...
—El rodeo sí que es un
verdadero deporte. El fútbol, también, y el baloncesto.
Él desplegó lentamente su
metro ochenta y tres de la silla.
—En cuanto al tenis, por
ejemplo, tengo mis serias dudas. Y el golf no es algo que a un hombre de pelo
en pecho le impresione de verdad.
La del traje gris no había
nacido ayer, y sonrió.
—Todavía puedo recordar
cuando le vi ganar el EN&T y el Buick Invitantes en la televisión este
invierno. Juro que pensé que Tiger iba a ponerse a llorar en ese partido en
Torrey Pines.
Su sonrisa se desvaneció.
—Yo todavía no puedo creer
que ese miembro de la comisión…
—Le agradecería, señora, que
no nombre al Anticristo delante de mí.
—Lo siento. ¿Cuánto tiempo
cree que durará la suspensión?
Gastón echó un vistazo a su
Rolex de oro.
—Sospecho que eso podría
depender de cuánto tiempo tardo en llegar a la terminal de la British Airways.
—¿Perdón?
—Ha sido un auténtico placer
hablar con usted, señora.
Inclinó su Stetson y salió
de la sala.
Una de sus infelices
ex-novias había señalado que la manera de andar de Gastón era realmente la cosa
más alejada que ella había visto de andar deprisa. Pero Gastón siempre había
considerado ahorrar energías para el campo de golf. Le gustaba tomar las cosas
lentamente y con tranquilidad, aunque recientemente había sido duro.
Siguió caminando pasando por
el puesto de prensa, negándose a mirar los periódicos que llevaban la historia
de su reciente suspensión por medio del Comisionado de la PGA, Dallas Fremont Riera,
una suspensión que sucedía en medio de una racha maravillosa de juego y
triunfos e iba a impedirle jugar el Masters que empezaba en menos de dos
semanas.
—Hey, Gastón.
Él saludó con la cabeza
hacia un hombre de negocios que tenía el aspecto ansioso de esas personas
cuando divisan una cara semifamosa. Se podía decir que el hombre era del norte
porque dijo su nombre correctamente, en lugar del "Gastoún" que decía
la gente como Dios manda.
Siguió caminando mirando de
reojo a ver si el hombre de negocios le seguía para hablarle de su último
triunfo en Bay Hill el mes pasado. Una mujer con una gran melena y pantalones
ajustados le lanzó varias miraditas, no parecía una aficionada al golf, de modo
que Gastón supuso que era su atractivo lo que la atraía.
Otra anterior novia había
dicho que si Hollywood alguna vez hacía una película de la vida de Gastón, la
única estrella suficientemente guapa como para llevarlo a la pantalla era
Pierce Brosnan. Eso había hecho que Gastón se subiera por las paredes. No
porque ella le hiciera de menos, pensaba que el tipo era guapo, pero no su
elección de cuerpo. Le dijo en ese mismo momento, que para que dejara alguna
vez que Pierce Brosnan hiciera de él, primero tendría que deshacerse de ese
acento extranjero remilgado, luego comerse bastantes bistecs con patatas para
que no pareciera que un ligero viento de Texas le derribaría. Pero sobre todo, tendrían
que darle clases al viejo Pierce de cómo debería balancear un palo de golf.
Y sobre todo aprender su
andar cansado.
Se detuvo a descansar ante
un kiosko de frutos secos y caramelos, y se compró algunas Jelly Bellys,
coqueteó lo justo con el bombón mejicano que trabajaba allí para convencerla de
que sacara todos los de sabor a plátano. Le gustaban los Jelly Bellys bien
mezclados en sabores, pero requería tanto esfuerzo escogerlos, que generalmente
trataba de convencer a alguien para hacerlo. Si esto no ocurría, simplemente se
los comía.
La puerta de British Airways
estaba vacía, así que se apoyó contra una de las columnas, sacó un puñado de Jelly
Bellys del bolsillo, y las metió en su boca mientras pensaba en cosas,
principalmente cuánto le gustaría retorcer el cuello de cierta Eugenia Suárez Riera,
la célebre esposa del Anticristo, el Comisionado de la PGA, y una mujer que
pensaba era su amiga.
—Simplemente hazme este
pequeño favor, Gastón —había dicho ella—. Si te encargas de Rochi por las dos
próximas semanas, te garantizo que hablaré con Nico para reducir el tiempo de
tu suspensión. Sé que añorarás el Masters, pero...
—Y dime, ¿cómo podrías hacer
algo?
—Nunca cuestiones mis
métodos en lo que se refiere a tratar con mi marido.
No lo hizo. Todo el mundo
sabía que Eugenia no tenía que hacer mucho más que mirar a Nico Riera para
conmoverlo, aun cuando ya llevaban casados doce años.
El agudo chillido de un
niño, seguido por una alegre voz británica, le distrajo.
—Haz el favor de dejar el
pelo de tu hermana, Nacho, o estaré realmente enfadada contigo. Y no hay
necesidad de seguir así, Stefi. Si no le hubieras lamido, él no te habría
pegado.
Se dio la vuelta, y sonrió
abiertamente cuando vio a una mujer volver la esquina con dos niños pequeños
detrás. La primera cosa que notó fue su sombrero, un pequeño y alegre sombrero
de paja con un ala respingón y un racimo de cerezas oscilando de arriba abajo
en el centro. Ella llevaba una falda de vuelo verde brumosa con dibujos de
rosas y una blusa suelta rosada, emparejado con pequeños zapatos rosas. En una
mano llevaba agarrado firmemente a un jovencito, junto con un bolso del tamaño
de Montana. Con la otra mano, sujetaba a una niñita de aspecto enfadado, un
paraguas decorado con más flores, y una mochila rosa frambuesa hinchada con
periódicos, libros, y otro paraguas colorido. Su pelo rizado color rubio oscuro
le rebosaba por todas partes bajo el ala de su sombrero, y sin importarle que
del maquillaje que se había puesto por la mañana no quedara nada. Lo cuál era
probablemente una buena cosa, pensó Gastón, porque aun sin lápiz de labios,
ella tenía la boca más sexualmente atractiva que alguna vez hubiera visto. Era
ancha, con un labio inferior gordito, y un labio superior que creaba un arco
bien definido en el centro. A pesar de su ropa frívola, su mandíbula era firme.
Las mejillas parecían de una muñeca de porcelana, los huesos finos. La nariz
era un poco estrecha, pero no lo suficiente como para hacerle perder interés,
porque ella también tenía unos asombrosos ojos dorados con gruesas pestañas.
Mentalmente la imaginó con
un top apretado, una minifalda, y un par de tacones de aguja, luego sumó unas
medias negras de rejilla por añadidura. Nunca había pagado por el sexo en su
vida, pero sería absolutamente feliz, decidió, de darle un pequeño efectivo suplementario
si alguna vez ella decidía que necesitaba ganar un dinero extra para pagar las
ortodoncías de sus niños.
Para su sorpresa, ella le
miró.
—¿Sr. Dalmau?
La fantasía era una cosa, la
realidad otra, y cuando la miró fijamente junto con los ruidosos niños, tuvo
una sensación de vacío en el estómago. El hecho que ella parecía esperarlo
indicaba que sólo podía ser Rocío Igarzabal, la mujer con la que Gastón había
acordado ser su niñera durante las siguientes dos semanas. Pero Eugenia no
había mencionado nada acerca de unos niños.
Él comprendió demasiado
tarde que había inclinado la cabeza asintiendo de manera automática en
respuesta a su pregunta, en lugar de dirigirse directamente fuera del DFW hacía
su coche. Excepto que no podía hacer eso porque, más que nada, necesitaba
volver al circuito.
—¡Espléndido!
Ella resplandeció. Al mismo
tiempo, siguió caminando con brío, con las faldas formando remolinos,
arrastrando niños y paraguas, mientras sus periódicos y sus revistas ondeaban
con la brisa y su pelo de sirope de caramelo mezclado con miel volaba.
Simplemente mirarla, ya le
cansaba.
Ella soltó a la niñita, agarró
la mano de Gastón, y comenzó a apretársela. Para una mujer pequeña, ella tenía
un montón de fuerza.
—Estoy encantada de
conocerlo, Sr. Dalmau —las cerezas oscilaron arriba y abajo en su sombrero de
paja desenvuelto—. Soy Rochi Igarzabal.
El niño retrocedió su zapato
de lona y, antes de que Gastón pudiera moverse le dio una patada con fuerza en
la espinilla.
—¡Tú no me gustas!
Gastón miró airadamente al
niño, pensado en darle una azotaina, pero a quién de verdad quería darle una
zurra era a Eugenia, directamente después de decirle lo que pensaba de las
sucias chantajistas.
Rocío miró al niño, pero en
lugar de reprenderle como merecía, frunció el ceño.
—Nacho, cariño, saca el dedo
de la nariz. ¿No ves lo feo que es eso? Y pídele perdón al Sr. Dalmau.
El niño se limpió el dedo en
los pantalones vaqueros de Gastón.
Gastón justamente se
preparaba para dar un cachete al pequeño mocoso cuando una mujer de aspecto
acalorado llegó corriendo.
—Gracias, querida Rochi por
cuidarlos por mí. ¿Nacho, Estefanía, os habeís portado bien con la señorita Igarzabal?
—Han sido unos perfectos
ángeles —contestó Rocío, su tono tan sincero que Gastón casi se ahoga con una
Jelly Belly de manzana agria que había estado acechando en la esquina de su
boca.
Rocío terminó golpeándole la
espalda. Lamentablemente, ella golpeaba tan fuerte como apretaba manos, y él
juró por Dios que sintió una grieta en una costilla. Cuando recuperó el
aliento, los Malditos Niños habían desaparecido, junto con su madre.
—Bueno...—Rocío le sonrió—.
Aquí estamos.
Gastón se sintió mareado. En
parte podía ser por su posible fisura en la costilla, pero la mayor parte era
por tratar de obligar a su mente a hacer una conexión entre lo que conocía de
la alta sociedad británica y una cara que debería tener un farol brillando
desde arriba anunciándolo.
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