miércoles, 22 de febrero de 2012

Capitulo I - Primera Parte


Gastón Dalmau era perezoso. Eso explicaba porqué se quedó dormido en la sala Ambassador de la TWA del aeropuerto Dallas-Fort Worth, en lugar de ir a esperar el vuelo 2193 de British Airways.
Pereza, y el hecho que no quería esperar el vuelo 2193.
Desafortunadamente, la entrada de un ruidoso par de hombres de negocios le despertó. Él se tomó su tiempo desperezándose, y bostezando. Una atractiva mujer en un sobrio traje gris le sonrió, y le dedicó una sonrisa. Recorrió con la mirada su reloj de pulsera y vio que llegaba media hora tarde. Bostezó otra vez. Y se estiró.
—Excúseme —dijo la mujer—. Yo, lamento molestarle, pero... Usted me resulta familiar. ¿Es usted...?
—Sí, señora soy yo...—inclinó su sombrero vaquero y le dedicó una sonrisa abierta aunque todavía con un pequeño bostezo pegado en los bordes de la boca—. Y estoy francamente halagado que me haya reconocido fuera del anillo del rodeo. La mayoría de la gente no me reconoce.
Ella pareció confundida.
—¿Rodeo? Lo siento. Yo pensé que era... se parece muchísimo a Gastón Dalmau, casi es el doble del golfista profesional.
—¿Golfista? ¿Yo? Ah, no, señora. Soy demasiado joven para jugar un deporte para viejos, como el golf. A mi me gustan los verdaderos deportes.
—Pero...
—El rodeo sí que es un verdadero deporte. El fútbol, también, y el baloncesto.
Él desplegó lentamente su metro ochenta y tres de la silla.
—En cuanto al tenis, por ejemplo, tengo mis serias dudas. Y el golf no es algo que a un hombre de pelo en pecho le impresione de verdad.
La del traje gris no había nacido ayer, y sonrió.
—Todavía puedo recordar cuando le vi ganar el EN&T y el Buick Invitantes en la televisión este invierno. Juro que pensé que Tiger iba a ponerse a llorar en ese partido en Torrey Pines.
Su sonrisa se desvaneció.
—Yo todavía no puedo creer que ese miembro de la comisión…
—Le agradecería, señora, que no nombre al Anticristo delante de mí.
—Lo siento. ¿Cuánto tiempo cree que durará la suspensión?
Gastón echó un vistazo a su Rolex de oro.
—Sospecho que eso podría depender de cuánto tiempo tardo en llegar a la terminal de la British Airways.
—¿Perdón?
—Ha sido un auténtico placer hablar con usted, señora.
Inclinó su Stetson y salió de la sala.
Una de sus infelices ex-novias había señalado que la manera de andar de Gastón era realmente la cosa más alejada que ella había visto de andar deprisa. Pero Gastón siempre había considerado ahorrar energías para el campo de golf. Le gustaba tomar las cosas lentamente y con tranquilidad, aunque recientemente había sido duro.
Siguió caminando pasando por el puesto de prensa, negándose a mirar los periódicos que llevaban la historia de su reciente suspensión por medio del Comisionado de la PGA, Dallas Fremont Riera, una suspensión que sucedía en medio de una racha maravillosa de juego y triunfos e iba a impedirle jugar el Masters que empezaba en menos de dos semanas.
—Hey, Gastón.
Él saludó con la cabeza hacia un hombre de negocios que tenía el aspecto ansioso de esas personas cuando divisan una cara semifamosa. Se podía decir que el hombre era del norte porque dijo su nombre correctamente, en lugar del "Gastoún" que decía la gente como Dios manda.
Siguió caminando mirando de reojo a ver si el hombre de negocios le seguía para hablarle de su último triunfo en Bay Hill el mes pasado. Una mujer con una gran melena y pantalones ajustados le lanzó varias miraditas, no parecía una aficionada al golf, de modo que Gastón supuso que era su atractivo lo que la atraía.
Otra anterior novia había dicho que si Hollywood alguna vez hacía una película de la vida de Gastón, la única estrella suficientemente guapa como para llevarlo a la pantalla era Pierce Brosnan. Eso había hecho que Gastón se subiera por las paredes. No porque ella le hiciera de menos, pensaba que el tipo era guapo, pero no su elección de cuerpo. Le dijo en ese mismo momento, que para que dejara alguna vez que Pierce Brosnan hiciera de él, primero tendría que deshacerse de ese acento extranjero remilgado, luego comerse bastantes bistecs con patatas para que no pareciera que un ligero viento de Texas le derribaría. Pero sobre todo, tendrían que darle clases al viejo Pierce de cómo debería balancear un palo de golf.
Y sobre todo aprender su andar cansado.
Se detuvo a descansar ante un kiosko de frutos secos y caramelos, y se compró algunas Jelly Bellys, coqueteó lo justo con el bombón mejicano que trabajaba allí para convencerla de que sacara todos los de sabor a plátano. Le gustaban los Jelly Bellys bien mezclados en sabores, pero requería tanto esfuerzo escogerlos, que generalmente trataba de convencer a alguien para hacerlo. Si esto no ocurría, simplemente se los comía.
La puerta de British Airways estaba vacía, así que se apoyó contra una de las columnas, sacó un puñado de Jelly Bellys del bolsillo, y las metió en su boca mientras pensaba en cosas, principalmente cuánto le gustaría retorcer el cuello de cierta Eugenia Suárez Riera, la célebre esposa del Anticristo, el Comisionado de la PGA, y una mujer que pensaba era su amiga.
—Simplemente hazme este pequeño favor, Gastón —había dicho ella—. Si te encargas de Rochi por las dos próximas semanas, te garantizo que hablaré con Nico para reducir el tiempo de tu suspensión. Sé que añorarás el Masters, pero...
—Y dime, ¿cómo podrías hacer algo?
—Nunca cuestiones mis métodos en lo que se refiere a tratar con mi marido.
No lo hizo. Todo el mundo sabía que Eugenia no tenía que hacer mucho más que mirar a Nico Riera para conmoverlo, aun cuando ya llevaban casados doce años.
El agudo chillido de un niño, seguido por una alegre voz británica, le distrajo.
—Haz el favor de dejar el pelo de tu hermana, Nacho, o estaré realmente enfadada contigo. Y no hay necesidad de seguir así, Stefi. Si no le hubieras lamido, él no te habría pegado.
Se dio la vuelta, y sonrió abiertamente cuando vio a una mujer volver la esquina con dos niños pequeños detrás. La primera cosa que notó fue su sombrero, un pequeño y alegre sombrero de paja con un ala respingón y un racimo de cerezas oscilando de arriba abajo en el centro. Ella llevaba una falda de vuelo verde brumosa con dibujos de rosas y una blusa suelta rosada, emparejado con pequeños zapatos rosas. En una mano llevaba agarrado firmemente a un jovencito, junto con un bolso del tamaño de Montana. Con la otra mano, sujetaba a una niñita de aspecto enfadado, un paraguas decorado con más flores, y una mochila rosa frambuesa hinchada con periódicos, libros, y otro paraguas colorido. Su pelo rizado color rubio oscuro le rebosaba por todas partes bajo el ala de su sombrero, y sin importarle que del maquillaje que se había puesto por la mañana no quedara nada. Lo cuál era probablemente una buena cosa, pensó Gastón, porque aun sin lápiz de labios, ella tenía la boca más sexualmente atractiva que alguna vez hubiera visto. Era ancha, con un labio inferior gordito, y un labio superior que creaba un arco bien definido en el centro. A pesar de su ropa frívola, su mandíbula era firme. Las mejillas parecían de una muñeca de porcelana, los huesos finos. La nariz era un poco estrecha, pero no lo suficiente como para hacerle perder interés, porque ella también tenía unos asombrosos ojos dorados con gruesas pestañas.
Mentalmente la imaginó con un top apretado, una minifalda, y un par de tacones de aguja, luego sumó unas medias negras de rejilla por añadidura. Nunca había pagado por el sexo en su vida, pero sería absolutamente feliz, decidió, de darle un pequeño efectivo suplementario si alguna vez ella decidía que necesitaba ganar un dinero extra para pagar las ortodoncías de sus niños.
Para su sorpresa, ella le miró.
—¿Sr. Dalmau?
La fantasía era una cosa, la realidad otra, y cuando la miró fijamente junto con los ruidosos niños, tuvo una sensación de vacío en el estómago. El hecho que ella parecía esperarlo indicaba que sólo podía ser Rocío Igarzabal, la mujer con la que Gastón había acordado ser su niñera durante las siguientes dos semanas. Pero Eugenia no había mencionado nada acerca de unos niños.
Él comprendió demasiado tarde que había inclinado la cabeza asintiendo de manera automática en respuesta a su pregunta, en lugar de dirigirse directamente fuera del DFW hacía su coche. Excepto que no podía hacer eso porque, más que nada, necesitaba volver al circuito.
—¡Espléndido!
Ella resplandeció. Al mismo tiempo, siguió caminando con brío, con las faldas formando remolinos, arrastrando niños y paraguas, mientras sus periódicos y sus revistas ondeaban con la brisa y su pelo de sirope de caramelo mezclado con miel volaba.
Simplemente mirarla, ya le cansaba.
Ella soltó a la niñita, agarró la mano de Gastón, y comenzó a apretársela. Para una mujer pequeña, ella tenía un montón de fuerza.
—Estoy encantada de conocerlo, Sr. Dalmau —las cerezas oscilaron arriba y abajo en su sombrero de paja desenvuelto—. Soy Rochi Igarzabal.
El niño retrocedió su zapato de lona y, antes de que Gastón pudiera moverse le dio una patada con fuerza en la espinilla.
—¡Tú no me gustas!
Gastón miró airadamente al niño, pensado en darle una azotaina, pero a quién de verdad quería darle una zurra era a Eugenia, directamente después de decirle lo que pensaba de las sucias chantajistas.
Rocío miró al niño, pero en lugar de reprenderle como merecía, frunció el ceño.
—Nacho, cariño, saca el dedo de la nariz. ¿No ves lo feo que es eso? Y pídele perdón al Sr. Dalmau.
El niño se limpió el dedo en los pantalones vaqueros de Gastón.
Gastón justamente se preparaba para dar un cachete al pequeño mocoso cuando una mujer de aspecto acalorado llegó corriendo.
—Gracias, querida Rochi por cuidarlos por mí. ¿Nacho, Estefanía, os habeís portado bien con la señorita Igarzabal?
—Han sido unos perfectos ángeles —contestó Rocío, su tono tan sincero que Gastón casi se ahoga con una Jelly Belly de manzana agria que había estado acechando en la esquina de su boca.
Rocío terminó golpeándole la espalda. Lamentablemente, ella golpeaba tan fuerte como apretaba manos, y él juró por Dios que sintió una grieta en una costilla. Cuando recuperó el aliento, los Malditos Niños habían desaparecido, junto con su madre.
—Bueno...—Rocío le sonrió—. Aquí estamos.
Gastón se sintió mareado. En parte podía ser por su posible fisura en la costilla, pero la mayor parte era por tratar de obligar a su mente a hacer una conexión entre lo que conocía de la alta sociedad británica y una cara que debería tener un farol brillando desde arriba anunciándolo.

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