domingo, 24 de febrero de 2013

Tercera Parte, Capitulo Uno


Gastón miró hacia la entrada del garaje y calculó sus posibilidades en la calle. Tal vez una hora o así en la casa le daría tiempo de idear el mejor plan. Y además supuso que estaba en deuda con ella, de manera que empezó a sacar el equipaje.
—Dentro hay más.
—Ya lo subiré luego. —Se echó al hombro la bolsa y cogió las dos maletas. De Gucci, advirtió con una mueca. Y la tía andaba refunfuñando por trescientos cochinos dólares.
Gastón entró en el ascensor y tiró las maletas al suelo sin ninguna ceremonia.
—¿Llegas de viaje?
Rocío pulsó el botón del piso cuarenta y dos.
—Un par de semanas en París.
—Un par de semanas. —Gastón miró las tres maletas. Y por lo visto había más—. Viajas ligerita, ¿eh?
—Viajo como me place —replicó ella pomposa—. ¿Has estado en Europa?
Gastón sonrió, y aunque las gafas le ocultaban los ojos, Rocío encontró su sonrisa atractiva. Tenía una boca bien formada y unos dientes no del todo derechos.
—Unas cuantas veces.
Se estudiaron en silencio el uno al otro. Era la primera ocasión que había tenido Gastón de observarla realmente. Era más alta de lo que esperaba, aunque tampoco estaba muy seguro de lo que esperaba. Tenía el pelo cubierto casi por completo por el sombrero blanco tipo fedora que llevaba al bies, pero lo que se veía era tan rubio como el del punk al que había parado en la calle, solo que de un tono más intenso. El ala del sombrero le oscurecía la cara, pero se advertía una tez marfileña sin mácula y una estructura ósea elegante. Tenía los ojos redondeados, del color del whisky. La boca estaba al descubierto y no sonreía. La mujer olía a algo suave y sedoso que uno quisiera tocar en una habitación oscura.
Era lo que Gastón habría llamado una mujer despampanante, aunque no parecía tener ninguna curva obvia bajo la sencilla chaqueta de marta cibelina y los pantalones de seda. Gastón siempre había preferido lo obvio en las mujeres. Tal vez incluso lo exuberante. Pero bueno, mirarla no era nada desagradable.
Rocío sacó de su bolso de serpiente unas llaves.
—Esas gafas son ridículas.
—Sí. Bueno, han cumplido su misión. —Gastón se las quitó.
Sus ojos la sorprendieron. Eran muy claros, muy limpios, verdes. De alguna manera ofrecían un debil contraste con su rostro y el color de su piel, hasta que uno se daba cuenta de lo directos que eran y la atención con que miraban, como si se tratara de un hombre que lo estudiaba todo y a todos.
Hasta entonces no la había preocupado. Las gafas le daban un aspecto estúpido e inofensivo. Ahora Rocío sintió unas primeras punzadas de intranquilidad. ¿Quién demonios era y por qué le disparaban?
Cuando la puerta se abrió, Gastón se inclinó para coger las maletas. Rocío advirtió el fino hilillo rojo que le corría por la muñeca.
—Estás sangrando.
Gastón siguió su mirada con indiferencia.
—Sí. ¿Por dónde vamos?
Ella vaciló solo un instante. Podía ser tan displicente como él.
—A la derecha. Y no me manches las maletas de sangre. —Y con estas palabras pasó delante de él para abrir la puerta de la casa.
A pesar del enfado y el dolor, Gastón advirtió que tenía unos andares notables. Un paso lento y suelto, con un elegante bamboleo. Concluyó que era una mujer acostumbrada a que los hombres la siguieran, y deliberadamente se puso a su altura. Rocío le miró un instante antes de abrir la puerta. Luego encendió las luces y se fue directamente al bar. Eligió una botella de Remy Martin y sirvió dos generosas copas.
Impresionante, pensó Gastón mientras inspeccionaba el apartamento. La moqueta era tan suave y gruesa que no le importaría dormir en ella. Sabía lo suficiente para reconocer la influencia francesa en el mobiliario, pero no tanto como para determinar la época. La mujer había recurrido al azul zafiro y el amarillo mostaza para romper el impresionante blanco de la moqueta. Gastón sabía reconocer una antigüedad, y en aquella sala vio varias. El gusto romántico de la chica le resultaba tan obvio como la marina de Monet en la pared. Una copia magnífica, pensó. Si tuviera tiempo de empeñarla, estaría listo para seguir su camino. Solo le hizo falta un somero vistazo para darse cuenta de que podría llenarse los bolsillos con sus elegantísimos chismes franceses y sacar un billete de primera clase que le llevara muy lejos de allí. El problema era que no se atrevía a tratar con ninguna casa de empeños de la ciudad. Y menos ahora que Mariano había extendido los tentáculos.
Puesto que los muebles no le resultaban de ninguna utilidad, no sabía muy bien por qué le gustaban. Normalmente los habría encontrado demasiado femeninos y formales. Tal vez después de pasarse la tarde corriendo necesitaba el confort de unos cojines de seda y encaje. Rocío bebió un sorbo de coñac mientras atravesaba la sala con las copas.
—Puedes traerla al baño —le dijo mientras le ofrecía la suya. A continuación tiró la chaqueta de piel sobre el respaldo del sofá con actitud negligente—. Voy a echar un vistazo a ese brazo.
Gastón se quedó mirándola ceñudo mientras ella se alejaba. Se suponía que las mujeres tenían que hacer preguntas, cientos de preguntas. A lo mejor es que esta no tenía dos dedos de frente para pensar en ellas. La siguió de mala gana, a ella y la estela de aroma que iba dejando. Pero tenía clase, admitió. Eso no se podía negar.
—Quítate la chaqueta y siéntate —le ordenó ella, mojando una toalla con un monograma.
Gastón se quitó la chaqueta apretando los dientes al sacar el brazo izquierdo. La dobló con cuidado y la dejó en el borde de la bañera. Luego se sentó en una butaca de cuero que cualquier otra persona habría tenido en el salón. Vio que la manga de la camisa estaba cubierta de sangre seca y se la arrancó maldiciendo para dejar al descubierto la herida.
—Ya puedo hacerlo yo —masculló, tendiendo la mano hacia la toalla.
—Estate quieto. —Rocío empezó a limpiar la sangre seca con la toalla jabonosa—. Hasta que no lo limpiemos no sabremos si la herida es grave.
Gastón se arrellanó en la silla porque el agua caliente era sedante y ella le tocaba con suavidad. Pero no dejó de mirarla. ¿Qué clase de mujer era aquella? Conducía como un maníaco de nervios de acero, vestía como para ir a un desfile de moda y bebía como un cosaco (de hecho ya se había terminado el coñac). Habría estado más tranquilo si la hubiese visto mostrar al menos un atisbo de la histeria que esperaba.
—¿No quieres saber cómo me he hecho esto?
—Hmmmm. —Rocío presionó la herida con una toalla limpia para detener la nueva hemorragia. Como él quería que preguntara, estaba decidida a no hacerlo.
—Una bala —dijo Gastón, saboreando el momento.
—¿Ah, sí? —Rocío apartó la toalla para mirarla mejor, ahora interesada—. Nunca había visto una herida de bala.
—Genial. —Gastón dio un sorbo al coñac—. ¿Te gusta?
Ella se encogió de hombros y se acercó a la puerta de espejo del botiquín.
—No es muy impresionante.
Gastón se miró la herida frunciendo el ceño. Es verdad que la bala solo le había rozado. Pero le habían disparado. No todos los días le pegan a uno un tiro.
—Pues duele.
—Ya, bueno, vamos a vendarla. Los arañazos no duelen tanto si no los ves. —Estaba rebuscando entre botes de crema facial y aceites de baño.
—Eres muy listilla...
—Rocío. Me llamo Rocío Igarzabal. —Y le ofreció formalmente la mano.
Él sonrió.
—Dalmau. Gastón Dalmau.
—Hola, Gastón. Bueno, en cuanto acabemos con esto tenemos que hablar del parabrisas de mi coche. —Rocío volvió al botiquín—. Son trescientos dólares.
Gastón bebió más coñac.
—¿Y cómo sabes que son trescientos dólares?
—Te estoy dando el presupuesto más bajo. En un Mercedes no te cambian ni una bujía por menos de trescientos dólares.
—Pues tendré que dejártelos a deber. Me he gastado mis últimos doscientos en esta chaqueta.
—¿En la chaqueta? —Rocío se volvió sorprendida hacia él—. Tienes pinta de ser más elegante.
—La necesitaba. Además, es de cuero.
Esta vez Rocío se echó a reír.
—Sí, de imitación auténtica.
—¿Cómo que de imitación?
—Que esa monstruosidad no ha visto nunca una vaca. Ah, aquí está. Ya sabía yo que tenía. —Asintiendo satisfecha, sacó una botella del botiquín.
—El muy hijo de puta... —masculló Gastón. No había tenido ocasión de mirar de cerca su adquisición. Ahora, con la luz del baño, estaba claro que no era más que vinilo barato. Doscientos dólares. El súbito fuego en el brazo le hizo dar un respingo—. ¡Joder! ¿Qué haces?
—Es yodo —le explicó Rocío, extendiéndolo generosamente sobre la herida.
Gastón arrugó la frente.
—Escuece.
—No seas infantil. —Resuelta, le vendó la herida con gasa, la pegó con esparadrapo y le dio una palmadita final—. Ya está —dijo, muy satisfecha de sí misma—. Como nuevo. —Todavía inclinada, volvió la cabeza y le sonrió. Sus rostros estaban muy cerca; el de ella risueño, el de él rabioso—. Y ahora lo de mi coche...
—Podría ser un asesino, un violador, un psicópata —murmuró él con aire peligroso. Rocío notó un temblor recorriéndole la espalda y se enderezó.
—No lo creo. —Pero cogió su vaso y volvió al salón—. ¿Otra copa?
Maldita sea, la chica tenía agallas. Gastón agarró la chaqueta y salió tras ella.
—¿No quieres saber por qué me perseguían?
—¿Los malos?
—¿Los... malos? —repitió él, con una carcajada de perplejidad.
—Los buenos no van por ahí disparando a transeúntes inocentes. —Rocío se sirvió otra copa y se sentó en el sofá—. Así que, por eliminación, me imagino que tú eres el bueno.
Gastón se echó a reír y se dejó caer junto a ella.
—Mucha gente estaría en desacuerdo contigo.
Rocío le observó de nuevo sobre el borde de su copa. No, tal vez «bueno» era una palabra demasiado concisa. Parecía más complicado que eso.
—Bueno, pues cuéntame por qué querían matarte esos tres.
—Hacían su trabajo. —Gastón bebió otro sorbo—. Trabajan para un tal Mariano, que quiere algo que yo tengo.
—¿Y qué es?
—El mapa de un tesoro —contestó él distraído. Se levantó y se puso a andar de un lado a otro. En el bolsillo llevaba menos de veinte dólares junto con una tarjeta de crédito caducada. Ni lo uno ni lo otro le permitirían salir del país. Lo que llevaba cuidadosamente doblado en un sobre valía una fortuna, pero necesitaba comprar un billete antes de poderlo hacer efectivo. Podía robar una cartera en el aeropuerto. Mejor aún, podía intentar colarse en el avión enseñando su falso carnet de identidad y haciéndose pasar por un duro e impaciente agente del FBI. Le había funcionado en Miami. Pero esta vez no le daba buena espina. Y sabía que era mejor hacer caso a su instinto.
—Necesito dinero —masculló—. Unos cientos de dólares. Tal vez mil. —Se volvió hacia Rocío pensativo.
—Ni hablar. Ya me debes trescientos.
—Te lo devolveré —saltó él—. Maldita sea, en seis meses te compro un coche nuevo. Considéralo una inversión.
—De eso se encarga mi agente de bolsa. —Rocío bebió de nuevo y sonrió. Gastón le resultaba muy atractivo de aquella guisa, inquieto, ansioso por ponerse en camino. En el brazo desnudo se marcaban unos músculos fibrosos y sus ojos ardían de entusiasmo.
—Mira, Rocío. —Se sentó en el brazo del sofá, junto a ella—. Mil dólares. Eso no es nada, después de lo que hemos pasado juntos.
—Serán setecientos dólares más de lo que ya me debes —le corrigió ella.
—Te pagaré el doble en seis meses. Necesito comprar un billete de avión, algunas cosas... —Se miró a sí mismo y luego a ella con aquella rápida y atractiva sonrisa—. Una camisa nueva.
Un vivales, pensó ella intrigada. ¿Qué significaba para él un tesoro?
—Tendría que saber algo más antes de poner el dinero.
Gastón había camelado a mujeres para sacarles algo más que dinero. De manera que, muy seguro de sí mismo, le cogió una mano entre las suyas, acariciándole los nudillos con el pulgar.
—Un tesoro —susurró persuasivo—. Un tesoro de cuento de hadas. Te traeré diamantes para el pelo. Diamantes enormes y relucientes. Parecerás una princesa. —Le deslizó un dedo por la mejilla. Era suave, fresca. Por un instante, solo un instante, perdió el hilo de su discurso—. También salida de un cuento de hadas.
Le quitó despacio el sombrero y se quedó mirando pasmado y admirando el pelo que caía en cascada por sus hombros, por sus brazos. Pálido como un sol de invierno, suave como la seda.
—Diamantes —repitió, enredando en él los dedos—. Un pelo así debería estar adornado con diamantes.
Rocío estaba absorta en él. Una parte de ella habría creído cualquier cosa que le dijera en ese instante, habría hecho cualquier cosa que le pidiera mientras siguiera tocándola de aquel modo. Pero fue la otra parte, la superviviente, la que logró asumir el control.
—Me gustan los diamantes. Pero también conozco a mucha gente que paga por ellos y acaba con cristales bonitos. Garantías, Gastónlas. —Para distraerse bebió otro sorbo de coñac—. Siempre pido garantías, el certificado de autenticidad.
Él se levantó exasperado. Puede que Rocío pareciera una presa fácil, pero era dura de roer.
—Mira, nada me impide quitártelo. —Cogió bruscamente el bolso del sofá y se lo tendió—. Puedo largarme con esto ó podemos hacer un trato.
Ella se puso en pie y se lo arrebató de las manos.
—No hago tratos a menos que conozca todos los términos. Tienes una cara dura de espanto amenazándome así después de que te he salvado la vida.
—¿Que me has salvado la vida? —explotó Gastón—. ¡Pero si casi me matas veinte veces!
Ella alzó el mentón y contestó con voz regia y altanera:
—Si no hubiera burlado a esos tíos, estarías flotando en el río. Y por tu culpa tengo el coche destrozado.
La imagen se acercaba demasiado a la verdad.
—Has visto demasiadas películas de James Cagney —le espetó él.
—Quiero saber lo que tienes y adónde pretendes ir.
—Un puzle. Tengo las piezas de un puzle y voy a Madagascar.
—¿A Madagascar? —Intrigada, le dio varias vueltas en la cabeza. Noches cálidas, bochornosas, aves exóticas, aventura—. ¿Qué clase de puzle? ¿Qué clase de tesoro?
—Eso es asunto mío. —Gastón volvió a ponerse la chaqueta teniendo cuidado con el brazo herido.
—Quiero verlo.
—No puedes verlo. Está en Madagascar. —Mientras pensaba, sacó un cigarrillo. Le podía contar algo, lo suficiente para despertar su interés pero no bastante para correr ningún riesgo. Mientras exhalaba el humo miró en torno a la sala—. Parece que sabes algo de Francia.
Ella entornó los ojos.
—Bastante para pedir caracoles y Dom Pérignon.
—Ya, seguro. —Cogió de un curioso mueble una caja de rapé incrustada de perlas—. Digamos que aquello que busco tiene acento francés. Un acento francés antiguo.
Rocío se mordió el labio. Gastón había dado en el blanco. La cajita de rapé que ahora se iba pasando de una mano a otra tenía doscientos años y formaba parte de una extensa colección.
—¿Cómo de antiguo?
—Un par de siglos. Mira, guapa, podrías avalarme. —Dejó la caja y se acercó de nuevo a ella—. Considéralo una inversión cultural. Yo me llevo el dinero y te traigo unos regalitos.
Doscientos años significaba la Revolución francesa. María Antonieta y Luis. Opulencia, decadencia e intriga. Al pensarlo, una sonrisa comenzó a asomar a sus labios. La historia siempre le había fascinado, sobre todo la historia de Francia, con su realeza y su política cortesana, sus filósofos y sus artistas. Si de verdad aquel hombre tenía algo, y la expresión de sus ojos la convencía de ello, ¿por qué no iba a llevarse ella su parte? Ir a la caza del tesoro tenía que resultar más divertido que pasar la tarde en Sotheby's.
—Digamos que me interesa —comenzó, dispuesta a negociar los términos—. ¿Qué haría falta?
Gastón sonrió. No pensaba que fuera a morder el anzuelo con tanta facilidad.
—Unos dos mil dólares.
—No me refería al dinero. —Rocío despreciaba el dinero como solo pueden hacerlo los ricos—. Quiero decir que cómo lo conseguiríamos.
—¿Nosotros? —Gastón ya no sonreía—. De nosotros, nada.
Ella se miró las uñas.
—Pues si no estamos juntos, no hay dinero. —Volvió a sentarse, extendiendo los brazos sobre el sofá—. No he estado nunca en Madagascar.
—Pues llama a tu agencia de viajes, guapa. Yo trabajo solo.
—Lástima. —Rocío se sacudió el pelo y sonrió—. Bueno, ha estado muy bien. Ahora, si me pagas por los daños...

1 comentario:

  1. Jajaja Rochi es una genia! Y él pensaba que iba a ser fácil que le diera la plata...

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