lunes, 25 de marzo de 2013

Capitulo 017 (LIBRO 02)

Gracias a Dios, por fin ha llegado la primavera —dijo Candela abriendo la ventana para dejar entrar la bri­sa—. Si me hubiera despertado una mañana más y hubiera visto carámbanos, te juro que habría apuñalado a alguien con uno.
—¿Podemos no hablar de apuñalar a la gente, por favor? —Yo estaba enroscada en mi cama, con el mismo pijama que ha­bía llevado durante todo el fin de semana, hojeando una de las re­vistas viejas de Candela. No era muy fácil de leer; en aquel punto, ella ya había mutilado casi todas las fotografías para sus proyectos artísticos, aunque, por otra parte, yo tampoco estaba muy concen­trada.
Candela bajó la revista para poder mirarme a la cara.
—¿Recuerdas hace unos meses? —preguntó en voz un poco más baja—. ¿Cuando era yo la que se escondía en esta habitación y fuiste tú la que me sacó del pozo? Pues ahora es lo mismo, pero al revés.
—Yo no necesito que me saquen de ningún pozo.
—Rocío, baja de las nubes. Desde hace un mes, eres una es­pecie de zombi.
«Vampiro, no zombi», pensé. Ese comentario me hizo sonreír un poco.
—Solo necesito tiempo para... ordenar mis pensamientos. ¿De acuerdo?
—Un par de días, tiene un pase, y hasta un par de semanas. Pero ¿esto? Ya llevas así casi un mes. Hasta tus pensamientos de­berían estar ordenados ya. —Se levantó de la cama y me desta­pó—. Levántate y dúchate, que hueles a perro muerto.
—Solo me he saltado un día —protesté.
—Me da igual lo que haya tardado esta peste en atufar mi ha­bitación. Solo sé que aquí hace peste y que tiene que desaparecer.
De hecho, yo no creía que oliera mal: Candela solo estaba de­sesperada por conseguir que yo me moviera. De manera que me moví, dándome obedientemente mi ducha y regresando a la habi­tación para encontrarme a Candela haciéndome la cama, aunque casi nunca se hacía la suya. Había escondido las revistas.
—He preparado una ensalada de atún —dijo mientras alisaba una de las sábanas—. Para el almuerzo; nos la podemos comer al aire libre. Se lo podemos decir a Victorio, a Nicolás y a Julián. ¿Qué me dices?
—¿Quieres comer al aire libre? —Ella se encogió de hom­bros—. Pareces otra.
—Y tú —señaló—. Mientras las cosas no vuelvan a la normali­dad, no me queda más remedio que ser la más animada de las dos. Eso me fastidia bastante, así que ya puedes espabilar y venirte.
—Vale. —Iba a tener que comer en algún momento. Aunque la sangre cada vez era una parte más importante de mi dieta, aún ne­cesitaba comer.
—¿Vas a decirme de una vez por todas qué mosca te ha picado?
—Probablemente, no. —¿Cómo iba a contarle que estaba dis­gustada por perder a Gastón? Que ella supiera, lo había perdido ha­cía casi un año, no el mes pasado—. Candela, no es que no confíe en ti. Es solo que... no quiero decirlo en voz alta, ni siquiera quiero oírme diciendo las palabras.
—Tranquila —dijo—. Vamos a sacarte afuera.
Comimos los cinco (Victorio y Julián masticando con mucho cuidado) en los jardines del internado. Uno de los pareos de Nicolás nos sirvió de mantel y hablamos principalmente de exámenes par­ciales y chismes. Victorio estuvo sentado cerca de mí, nuestros brazos rozándose a veces, y su presencia me tranquilizó.
Solo en una ocasión tomó la conversación un derrotero peli­groso. Mientras se ponía más patatas fritas en el plato, Nicolás dijo:
—Oye, ¿no se ha sabido nada más de Eugenia?
—Dicen que ha vuelto a casa —se apresuró a decir Victorio. Se estaba ciñendo a la versión oficial de Mandalay para cual­quier alumno vampiro desaparecido, lo cual era habitualmente la verdad, aunque no esta vez—. Cada curso lo dejan unos cuantos alumnos.
—Es rarísimo —dijo Candela—. El curso pasado, Augusto; este, Eugenia. Es decir, entiendo que alguien quiera largarse de este in­fierno, sobre todo teniendo fantasmas rondando por aquí, pero da la impresión de que a la dirección le traiga sin cuidado. ¿Y cómo es que los que se van son los alumnos más populares? El resto con­seguimos aguantar.
—Eugenia no estaba contenta —dijo Julián—. Se sentía sola. Se le notaba.

Aunque nunca lo había pensado, me di cuenta de que Julián tenía razón. Sabía que no podía permitir que nadie me viera con­movida por Eugenia, por lo que apoyé la cabeza en el hombro de Victorio. Él me dio una palmada en la espalda.
Candela, por su parte, parecía escéptica.
—No sé por qué iba a estar más sola que el resto de nosotros la niña mona del internado.
—Todo el mundo se siente solo —dijo Julián, y sonrió—. De­bemos recordar que la vida hay que vivirla día a día. No podemos preocuparnos ni por el pasado ni por el futuro. La felicidad reside en el presente.
Candela se rió.
—Nicolás te ha lavado el cerebro a fondo.
Ahora que me fijaba, Julián parecía mucho más relajado y, sí, lo que llevaba en los pies eran unas deportivas de bota negras. Ahora, en vez de parecer un mártir cristiano sacado de algún texto medieval, Julián se vestía y movía casi como un chico normal. Aún hablaba de un modo extraño, pero no tanto como para llamar la atención. Y, lo que era más importante, por primera vez parecía fe­liz. Un año compartiendo habitación con Nicolás le había hecho mu­cho más bien del que jamás podría haberle hecho una década de instrucción en la Academia Mandalay.
—Tendrías que hacerle caso, Vico —dijo Nicolás empujando el za­pato de Victorio con el suyo—. Carpe diem
—Lo intento. —Victorio se esforzó por parecer animado, pero no fue muy convincente. Aquel mes no había estado mucho más contento que yo; el enfrentamiento con Paloma le había afec­tado mucho, como a mí. Yo me sentía una estúpida por haber con­fiado en ella solo porque parecía inocente e indefensa. ¿Cuánto peor debía de sentirse Victorio? No solo había preferido su her­mana a la tribu en vez de a él, sino que se había convertido en uno de ellos, en un ser violento, despiadado y cruel. De una sola cuchi­llada, había puesto fin a la existencia de Eugenia, además de mi relación con Gastón.
Puede que Candela percibiera cierta melancolía en mis ojos, porque se apresuró a decir:
—El cielo está despejadísimo. Esta noche deberíamos salir a observar las estrellas. ¿Qué os parece?
—Esta noche no —dije—. He prometido ayudar a Victorio con un trabajo de clase.
—Está bien —dijo Candela—. Pero lo haremos pronto.
Recordé cuánto le aburría la astronomía y quise abrazarla por el empeño que estaba poniendo.
De hecho, el «trabajo de clase» consistía en jugar con una consola de vídeo, una pura diversión para mí, pero una asignatura difícil para Victorio en el área de Tecnología Moderna.
—Esto debería dársete mejor —dije mientras mi guerrero apu­ñalaba fácilmente al suyo en la pantalla por duodécima vez—. Has combatido en varias guerras, ¿no?
—En muchas. —Victorio fulminó los mandos con la mira­da—. Para mí no tiene ningún sentido pensar en una batalla como en un juego.
—Entonces piensa que es como la esgrima —sugerí—. Ya sabes, movimientos que practicas para hacerlo bien. Un papel que encarnas.
—Eso tiene lógica. —Sonrió y se recostó en el sofá del aula de Tecnología Moderna, y yo me sentí muy orgullosa de mí misma. Entonces, su sonrisa cambió, haciéndose a la vez más dulce e in­tensa—. Rocío, ¿por qué seguimos haciendo esto?
—¿Haciendo qué?
—Estar juntos todo el tiempo. Mentir a nuestros amigos. —Me miró con sus ojos castaños—. Fingir que estamos juntos.
—Bueno, porque... —Me di cuenta de que ni siquiera me ha­bía hecho esa pregunta. Miré al suelo sin saber qué decir—. Tú si­gues buscando a Paloma. Eso significa que necesitas una excusa para salir del internado.
—Yo no necesito ninguna excusa para salir del internado. Pue­do ir y venir cuando me plazca. Nuestra... lo que sea esto, no lo necesito para eso.
—Supongo que podemos dejarlo si tú quieres.
—Yo no quiero dejarlo especialmente —dijo Victorio. Había bajado la voz.
—Voy... voy a buscar un poco de sangre, ¿vale? Me puse en pie y, con paso vacilante, fui al rincón del aula donde había una co­cina americana del siglo XXI. Varios vampiros guardaban un poco de sangre allí para tomarse un refrigerio entre clase y clase, dado que aquella era la única aula que ningún humano utilizaba, y me pa­reció que un poco de sangre me vendría bien para darme fuerzas.
No podía fingir que no sabía a qué se refería Victorio, ni que me hubiera sorprendido. Gastón y yo ya no estábamos juntos y pa­recía imposible que alguna vez volviéramos a estarlo. Victorio me había dado tiempo para asimilar su pérdida y ahora quería saber si las cosas podían ser distintas entre los dos.


Yo siempre me había dicho que Victorio no era más que un amigo. Sabía que no lo amaba como seguía amando a Gastón; no sabía si alguna vez podría volver a amar de aquel modo tan apasio­nado.
Pero también sabía que durante aquel año había llegado a de­pender de Victorio. Confiaba en él. En aquel momento, era pro­bablemente uno de mis mejores amigos. Y nunca había fingido que no me pareciera atractivo, lo cual habría sido imposible.
No, nunca había sentido por Victorio nada que se acercara a la pasión arrebatada que Gastón despertaba en mí. Pero si le daba una oportunidad...
Recordé a Gastón besándome bajo las estrellas en el observato­rio, mi deseo de él tan lacerante que me dolió. El recuerdo se adue­ñó de mí justo cuando sacaba un vaso del armario. Distraída, me resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo. Noté algo afila­do clavándoseme en un dedo.
—¡Ay! —gemí sacándome un cristal de mi dedo ensangrentado.
Victorio estuvo a mi lado al momento.
—No tiene mala pinta. —Se apresuró a recoger los cristales ro­tos y los tiró a la basura.
—No, solo necesito vendármelo. Luego pensé: «Un momento».
Estábamos muy cerca, tanto que casi nos tocábamos. En vez de abrir el grifo y poner el dedo debajo del chorro de agua, alcé inse­guramente la mano hasta casi rozarle la cara.
Lo cogí por sorpresa; pareció tardar un segundo en darse cuen­ta de lo que estaba haciendo. Luego me cogió por la muñeca y se metió mi dedo en la boca, saboreando mi sangre. Cerró los ojos. Al notar el roce de su lengua en mi piel, el estómago me dio un vuel­co y se me cortó la respiración.
Al cabo de un segundo, Victorio apartó mi mano de sus la­bios. Ahora, el corte era únicamente una delgada línea rosa.
—¿Estás bien? —dijo.
—Sí. —Me sentía terriblemente expuesta. Mi sangre había per­mitido que Victorio se introdujera fugazmente en mi mente; él acababa de sentir algunas de las emociones que yo sentía ahora. Me pregunté si no serían menos confusas para él de lo que eran para mí—. ¿Qué has visto?
Victorio seguía con mi mano entre las suyas, rodeándome la muñeca con sus anchos dedos.
—Solo curiosidades, nada más. No he probado suficiente san­gre para conocerte bien. —Tenía la voz extrañamente ronca—. Cuando por fin compartas sangre con alguien, entenderás la dife­rencia.
Recordé que solo había sentido un atisbo de las emociones de Victorio al lamerle el dedo la noche del Baile de Otoño. Había más, tanto, que yo apenas me lo podía imaginar: los verdaderos misterios de ser un vampiro.
«Esto es lo que significa ser un vampiro.»
Había tenido momentos en que me había cuestionado si tenía que acabar convirtiéndome en un vampiro, incluso si era eso lo que yo quería. Ahora que había perdido a Gastón, no quería volver a plantearme aquellas cuestiones nunca más. Estaba harta de no sa­ber qué era exactamente, cómo comportarme, qué pensar. Si pu­diera comprender qué significaba ser un vampiro, puede que deja­ra de hacerme todas aquellas preguntas.
Miré a Victorio y susurré: —Bebe mi sangre.
No se movió, pero percibí el cambio que se produjo en él, una especie de tensión que electrizó el aire de alrededor. —¿Ahora?
—Esta noche no va a venir nadie más. Estamos solos. Podemos hacer lo que nos apetezca.
—No me refería a eso. —El deseo de sus ojos me hizo sentirme débil, ligeramente asustada, pero de un modo agradable, como el momento antes de bajar una cuesta en una montaña rusa. Me pasó los dedos por la mejilla—. ¿Estás segura?
—Ya te lo he dicho. Sí. —Pero entonces me pareció que mi audacia se disolvía, porque no tenía la menor idea de cómo hacer­lo—. ¿Nos...? ¿Te...?
«¿Tengo que destaparme el hombro y dejar simplemente que me muerda? ¿Me morderá primero en la mano?» Me sentí estúpi­da por no saberlo.
—Es mejor que te tumbes. A veces marea. —Victorio me apretó la mano—. ¿El sofá?
—Vale —dije apartándome el pelo de la cara como si aquello no fuera gran cosa. Lo cual fue una estupidez, porque sí lo era, y Victorio y yo lo sabíamos, pero yo parecía incapaz de contro­larme.
Las piernas me flaquearon cuando fuimos al sofá cogidos de la mano. Victorio rebuscó en uno de los armarios y sacó un par de toallas oscuras. La pantalla del ordenador se había apagado, con lo que había más oscuridad en el aula, pero yo no encendí ninguna luz. Sería más fácil, pensé, si estábamos envueltos en sombras.
—Quizá quieras... No quiero estropearte la blusa —dijo Victorio con voz tensa—. Él ya se estaba desabrochando los puños de la camisa.
—Oh, vale. —Por suerte, llevaba una camiseta debajo de mi blusa de encaje. Me di la vuelta mientras me la desabrochaba y la dejaba doblada en una silla cercana. Aunque la camiseta y la falda eran más recatadas que nada de lo que hubiera llevado a la playa, me sentí enormemente desnuda.
Cuando me volví, Victorio se había quitado la camisa. Jamás le había visto el cuerpo hasta entonces, y el mero hecho de mirarlo —pecho ancho, hombros esculturales, cintura musculosa— des­pertó mi deseo de tocarlo. En mi nerviosismo, imaginé que era casi dos veces más ancho que yo, que podía cubrirme por completo.
No lo toqué; no hice nada. Victorio extendió las toallas en el sofá.
—Ven. Túmbate. —Yo lo hice, colocando el cuello de tal modo que la sangre que pudiera derramarse cayera en las toallas, pero tuve la sensación de que me movía a cámara lenta. Entonces Victorio se tendió a mi lado, colocando su cuerpo junto al mío. El co­razón me latía tan violentamente que parecía que iba a estallarme.
Victorio me pasó una mano por el pelo y sonrió dulcemente. Parecía más relajado cuando dijo:
—¿Estás nerviosa?
—Un poco —admití.
—No lo estés. Cuidaré bien de ti, te lo prometo. —Cuanto más esperamos, más nerviosa me pongo. —Chist. —Victorio me besó en la frente. Luego, casi sin des­pegar los labios de mi cara, bajó hasta el hueco de mi cuello. Al no­tar el roce de su boca en mi piel, me puse tensa de arriba abajo. Él me acarició el brazo y no hizo nada. Advertí que estaba esperando a que yo me relajara y me habituara a tenerlo tan cerca.
Jamás me habituaría a aquello. El techo me pareció más bajo, como si todo se estuviera haciendo más pequeño a mi alrededor. Sabía que aquello no me transformaría en vampiro —solo beber sangre humana hasta que el humano muriera podía hacerlo—, pero, de todos modos, sabía que estaba cruzando una línea.
Obligué a mis músculos a que se relajaran. Victorio respiró hondo y me mordió.
«Oh, oh, qué daño, ¡qué daño!» Lo agarré por los hombros, disponiéndome a apartarlo, pero entonces ya no me dolió tanto, y sentí una sacudida profundísima. Era la corriente de mi sangre fluyendo hacia él. Aunque mi cuerpo no se movía, tuve la sensa­ción de estar meciéndome lentamente, relajada y mareada, y de­seosa de más.
El mundo pareció desintegrarse debajo de mí. Fue como des­mayarme, pero maravilloso en lugar de atemorizante. El cuerpo de Victorio junto al mío era todo a lo que podía aferrarme, la única cosa que conocía.
Su lengua me lamió el cuello, la succión haciéndome cosqui­llas, hasta que se apartó.
—Bebe —me susurró—. Rocío, bebe mi sangre.
Yo lo atraje hacia mí, enterré mi cara en su hombro y sentí el familiar dolor en la mandíbula debido a mis colmillos. Victorio olía bien y tenía la piel suave y, en una milésima de segundo, pasé de no saber si podría morderlo a saber que tenía que hacerlo. Le hinqué los colmillos.

La sangre me llenó la boca, tan caliente que quemaba, y, de in­mediato, me inundó todo lo que Victorio sentía, todo lo que veía. Victorio sabía a nostalgia, a soledad y a una infinita necesidad de consuelo. Toda la parte de mi ser que conocía la soledad se inclinó hacia él, acoplándonos. Las imágenes que me cruzaron por la men­te eran de mí —no, no de mí, sino de alguien tan parecida a mí que hasta yo podía confundirme—; era morena, y llevaba un vestido largo, y corría por el bosque otoñal, riéndose, girando sobre sí mis­ma en la hojarasca.
Él la amaba y quería que yo fuera ella. Yo quería ser ella. Yo quería ser cualquier persona menos yo.
Y también percibí su deseo: necesidad física, contundente, en es­tado puro. La cabeza se me llenó de imágenes y sensaciones veladas, del conocimiento del sexo que él poseía y del que yo carecía, o había carecido hasta entonces. Mi cuerpo respondió a su deseo y noté que me mordía con más fuerza al percibir mi excitación. Eso aumentó mi deseo de él, y su deseo de mí, la sensación multiplicándose intermi­nablemente hasta que ya no pude soportarlo ni un segundo más...
Victorio se separó de mi cuello, lo suficiente para que tam­bién yo tuviera que dejar de morderlo. Entonce me besó, no una vez, sino media docena, cada beso frenético y con un agradable sa­bor a sangre. Yo también lo besé, respirando el aire a bocanadas cada vez que nuestros labios se separaban.
—Rocío, di que sí —jadeó él entre ardientes besos—. Di que sí, por favor, di que sí.
Yo quería decir sí. Iba a hacerlo.
Pero al mirarlo, exhalé entrecortadamente, y advertí que podía ver el vaho de mi respiración. Los dos sentimos el frío al mismo tiempo y Victorio abrió desmesuradamente los ojos al darse cuen­ta de lo mismo que yo.
Las ventanas y el techo comenzaron a cubrirse de escarcha y el resplandor verde azulado inundó el aula de tanto brillo que apenas pude ver nada. Lo único que oía era el sonido del hielo crepitando. Pero nada era comparable a lo que sentía.
«Me odia —había dicho Candela—. Me odia. Quiere hacerme daño.» No había entendido a qué se refería hasta aquel momento.
Los fantasmas estaban enfadados y habían venido a por mí.

jueves, 21 de marzo de 2013

Capitulo 016 - Segunda Parte (LIBRO 02)

—¡Tú!
Di un respingo. Eugenia se había dado la vuelta para seguir la fiesta probablemente, y me había descubierto.
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Maldita chivata! —Tenía la cara crispada de rabia, pese al hecho de seguir con lágrimas en las meji­llas—. ¿Qué te hace pensar que tienes derecho a seguirme?
—No... no quería... —Pero la había estado siguiendo, y a pro­pósito, y no tenía forma de explicarle por qué sin decir más de la cuenta—. ¿Qué haces aquí? ¡Para salir del internado hay que pe­dirle permiso a la señora Bethany!
—Hay un camión del servicio de lavandería que te trae, en el que tú a lo mejor te habrías fijado si no fueras tan rematadamente imbécil. —Agarrándome por el codo, tiró de mí para alejarme de la casa. Reparé en que no quería que nos vieran. Las personas de la fiesta solo sabían que Eugenia había muerto hacía un cuarto de si­glo, nada más. Si la veían resucitada, transformada en vampiro, no podía ni imaginarme cómo reaccionarían. Probablemente, tampo­co Eugenia.
—Lo siento —dije más calmada—. De haberlo sabido, no te habría seguido.
—¿Saber qué? ¿Qué es lo que crees que sabes? —Me sonrió con sorna, aunque su falsa sonrisa la hizo parecer más triste que sus lágrimas—. Yo solo sé que deberías estar con Victorio esta no­che, y no lo estás.
«Mierda.» Debería haber sabido que el radar de Eugenia para enterarse de los chismes no podía dejar de funcionar durante mu­cho tiempo.
—¿Qué pasa, Rocío? ¿Problemas en el paraíso? —Se cruzó de brazos y movió la cabeza, de nuevo la reina de la escuela, pisando fuerte—. ¿Os habéis peleado? ¿Por segunda vez?
—Si no es asunto mío que tú estés aquí, tampoco es asunto tuyo que lo esté yo. Así que déjame en paz y yo haré lo mismo con­tigo.
Aunque era evidente que Eugenia quería restregarme por las narices el supuesto fracaso de mi supuesta relación, al parecer que­ría taparme la boca incluso más.
—Si dices una sola palabra de esto, una palabra a quien sea, lo sabré.
—Sé guardar un secreto.
—¡Yo no tengo secretos!
Seguíamos oyendo las risas de la fiesta. La miré y el rostro se le ensombreció. Se volvió para marcharse, y se quedó paralizada. Cuando oí las voces, también yo me quedé de piedra. «¡No, no, ahora no!»
—No sabemos si Rocío tiene problemas —dijo Gastón. Victorio caminaba a su lado, al mismo ritmo que él. —No está en la plaza donde debíamos encontrarnos. ¿No te hace eso pensar que a lo mejor está en apuros?
—Rocío suele ingeniárselas para no estar donde debería. Si la conocieras mejor, lo sabrías —dijo Gastón. Entonces se paró en seco. Supe que nos había visto, lo cual significaba que Eugenia lo había visto a él. A Gastón. Al cazador de la Cruz Negra.
—Oh, Dios mío —dijo en voz baja—. Tú eres... Gastón Dalmau... esto es...
—Eugenia, escúchame. —Victorio vino rápidamente hacia nosotras, ofreciéndole las manos. Era la mayor atención que le ha­bía prestado nunca, pero ella retrocedió, como si se sintiera repe­lida—. Puedo explicártelo.
—¿Puedes explicarme por qué estás con un cazador de la Cruz Negra? Me encantará oírlo.
Gastón había apretado la mandíbula.
—Esta noche no muerdo.
—Oh, caramba, es un gran alivio. Esta noche no vas a matar­nos ni a mis amigos ni a mí. Cielos, hagámonos amiguitos hasta ma­ñana, cuando cambies de idea. —Eugenia se arrebujó más en su trenca—. Te tengo calado, Gastón. Eres un asesino psicópata, ese es tu verdadero móvil. También te tengo calada a ti, Rocío. Sigues enamorada del psicópata de tu ex. Es patético y, si quieres que te diga la verdad, lo que debería haber esperado de una pringada como tú. Pero ¿tú, Victorio? ¿Qué estás haciendo? ¿En qué estás pensando?
—Te lo puedo explicar si me escuchas. —Victorio parecía desconcertado, incluso asustado. Nunca lo había visto asustado hasta entonces, ni siquiera en el Baile de Otoño. Él sabía, como sa­bía yo, que Eugenia nos delataría a la señora Bethany casi con toda seguridad.
Eugenia no quiso escucharlo. Se marchó con paso airado sin decir nada más. Gastón la señaló.
—¿Qué...? ¿Dejáis que se vaya así como así?
—¿Qué quieres que hagamos? —protesté—. ¿Qué le clavemos una estaca?
Eugenia, que al parecer no supo captar mi sarcasmo, echó a correr. Victorio corrió tras ella y Gastón y yo los seguimos. Yo sa­bía que tanto Victorio como yo estábamos intentando alcanzarla para tranquilizarla y explicarnos, pero Gastón... no estaba segura con respecto a él.
Detestaba no estarlo.
—Eugenia, ¡espera! —grité.
Ella solo corrió más aprisa. Pero Victorio era más rápido y consiguió agarrarla por el hombro y obligarla a volverse. Ella chi­lló, pero Victorio le suplicó:
—No vamos a hacerte daño.
—¿No vais a hacerme daño? ¿Qué opina de eso el cruz negra? Gastón suspiró ruidosamente.
—No te haré nada.
Eugenia ladeó la cabeza, como si Gastón le hubiera hablado en un idioma que ella no entendía.
—No sé qué os lleváis entre manos, pero es un disparate.
—A veces estoy de acuerdo contigo —dijo Victorio—. El caso es que ni tú ni ningún otro vampiro corréis peligro, y te agradece­ríamos mucho que nos guardaras el secreto.
Pobre Victorio; iba a intentar mantener la calma y ser razona­ble con un toro desbocado.
—Si estás con la Cruz Negra, no puedo quedarme callada. —Eugenia retrocedió. Chocó con una furgoneta aparcada y co­menzó a rodearla, pegando las palmas de las manos al metal como si fuera un ciego tanteando el camino—. Esto es peligroso. Debe­rías ser más listo, Victorio. Es a ti a quien va a echar las culpas la señora Bethany.
De pronto, Eugenia chilló y se agarró el pecho, con la punta de una estaca sobresaliéndole entre los dedos.
Se me escapó un grito. Por un terrible segundo, pensé que Gastón había arrojado la estaca contra ella, pero no, se la habían clava­do por la espalda. Eugenia se tambaleó, dio dos pasos y cayó al suelo de bruces, con la estaca clavada en la espalda. Detrás estaba Paloma.
Victorio se quedó mirando a su hermana, no horrorizado, sino asombrado. Paloma llevaba unos descoloridos vaqueros rotos y agujereados por media docena de sitios con unas mallas negras debajo. Su sucio jersey tenía el cuello deshilachado. Sonrió triste­mente a su hermano.
—Te habría hecho daño —dijo tocando el cuerpo inerte de Eugenia con una de sus zapatillas plateadas—. No podía permi­tírselo, ¿no?
—Paloma. No deberías... pero querías ayudarme y te doy las gracias por eso. —Victorio alargó una mano, pero Paloma retro­cedió varios pasos.
—Pero la chica ha hecho preguntas interesantes. —Clavó sus ojos castaños en Gastón—. ¿Por qué pasas tanto tiempo con la Cruz Negra? ¿Sobre todo mientras me persiguen?
Me volví hacia Gastón.
—¡Dijiste que ya no ibais tras ella! ¡Lo prometiste!
—¡No lo hacemos! ¡Que yo sepa, no lo hacemos! —protestó Gastón. Estaba empezando a preguntarme si decir «que yo sepa» no sería únicamente una forma de escurrir el bulto, si Gastón no habría sencillamente optado por no saber nada que no le conviniera. Todo el miedo y disgusto que había sentido en los últimos minutos se estaba arremolinando dentro de mí, buscando desesperadamen­te una salida, y ahora se estaba dirigiendo hacia Gastón.
—Están intentando matarme —dijo Paloma—. Mi hermano los ayuda. ¿Cómo te sentirías tú si fueras yo?
Victorio negó con la cabeza.
—Gastón prometió que dejarían de perseguirte si te encon­traba.
—¿Así que solo intentas ser un buen hermano mayor? ¿Volver a llevarme a Mandalay a rastras?
—Paloma, por favor. —La voz de Victorio solo era un ronco susurro—. Hace treinta y cinco años que no estamos juntos.
—Que no vivimos juntos quizá. Pero yo ya te había visto mu­cho antes de esto, mucho antes de Albion. He estado pendiente de ti. —Paloma se abrazó el cuerpo—. Quiero las armas del cazador.
Gastón tensó la mandíbula.
—Oh, mierda, no.
—Gastón —susurré—, venga. No confía en ti.
—¡Yo tampoco confío en ella!
—Nos desharemos todos de cualquier arma que llevemos —dijo Victorio, intentando ser razonable.
—Vosotros sois vampiros —dijo Gastón—. Sois vuestras pro­pias armas.
Paloma alargó las manos.
—Entonces quédate con todas las armas menos una. Dame solo una. Ese puñal tan grande con que me amenazaste en el hospital. Así me sentiré más segura.
—Pero yo no... —dijo Gastón.
—No pasará nada —le prometí. Paloma parecía tan joven y aterida... Estaba tiritando, con las manitas extendidas y suplican­do—. Gastón, por favor.
Gastón me lanzó la mirada más asesina que había visto nunca, pero metió la mano debajo del abrigo y sacó su puñal. En vez de dárselo a Paloma, lo arrojó al suelo. Ninguno de los dos le quitó ojo mientras ella se agachaba para recogerlo, y él se llevó la mano al cinturón, donde yo sabía que llevaba una estaca.
Quizá deberíamos haber prestado atención a Eugenia antes de que nada de aquello sucediera, pero todos sabíamos que un vampi­ro no muere cuando le atraviesan el corazón con una estaca, al me­nos no de forma permanente. Si le quitan la estaca, revive, como si nada hubiera ocurrido. Yo ya estaba pensando en que, al final, ten­dríamos que arrancarle la estaca a Eugenia y afrontar el hecho de que estuviera todavía más enfadada cuando recobrara el sentido.
—¿Satisfecha? —preguntó Gastón.
—Sí. —Paloma le sonrió extrañamente—. Al menos por esta noche, cazador, no te haré daño.
Por algún motivo, Gastón interpretó aquello como una señal de que él era la mejor persona para entenderse con ella.
—Tienes que hacer caso a tu hermano. Yo no estoy al mando de la Cruz Negra, ni de lejos. Si no quieres que te cacen, es mejor que obedezcas sus reglas.
—Yo ya sé qué reglas obedecer —dijo Paloma—. Y sois voso­tros los que deberíais preocuparos por vuestra seguridad.
—¿Qué has hecho, Paloma? —Victorio la cogió por los bra­zos, no como si fuera a abrazarla, sino más bien como si quisiera zarandearla—. Respóndeme.
—He hecho nuevos amigos. Ellos me han enseñado el camino. Deberías venir con nosotros, Victorio. Serías mucho más feliz mi­rando hacia el futuro en vez de seguir anclado en el pasado.
—¿A qué te refieres? —inquirí.
Paloma forcejeó para zafarse de su hermano.
—Me refiero a que solo hay una forma de ser un verdadero vam­piro y no consiste en añorar cosas que no tienes ni en relacionarte con personas que conocías cuando estabas vivo, ni en planchar tu unifor­me de la Academia Mandalay todas las mañanas. Consiste en que­rer lo que tienes. En coger lo que puedas. En aceptar lo que eres.
—En matar —dijo Gastón—. Te refieres a que la única forma de ser un verdadero vampiro es matando.
Paloma le sonrió mientras se arrodillaba junto al cuerpo inerte de Eugenia.
—Tú lo sabes todo sobre matar, ¿no?
Gastón negó con la cabeza.
—Lo que yo hago no es lo mismo.
—Ah, ¿no? Veamos para qué sirven tus armas. —Paloma hizo girar el puñal de Gastón en la mano. Luego cercenó el cuello a Eugenia con una fuerza increíble, decapitándola.
La decapitación mata a un vampiro para siempre.
A Eugenia se le puso el cuerpo rígido. La piel se le tornó ins­tantáneamente gris y reseca, arrugándosele en torno a los huesos
conforme la carne se le consumía. Su cabeza separada del cuerpo osciló de un lado a otro. La parte de cara que yo veía ya no era una cara, sino únicamente algo apergaminado de color terroso que re­cubría el cráneo. Cuando los vampiros mueren, sus cuerpos se de­terioran hasta el punto que habrían alcanzado tras su primera muerte. Los más viejos se convierten en polvo. Eugenia solo lle­vaba muerta veinticinco años, por lo que aún quedaba mucho de ella. Demasiado.
Se me escapó un grito. Victorio apartó la mirada. Paloma son­rió a Gastón.
—Me debes una, cazador. Ahora, tu secreto está seguro, Victorio. No digas nunca que no te quiero.
Se dio rápidamente la vuelta y echó a correr, perdiéndose casi al instante entre la maleza. Victorio dio dos vacilantes pasos tras ella antes de detenerse.
«Paloma ha matado a Eugenia. Paloma ha matado. La he vis­to hacerlo.» Y yo que la creía tan indefensa y asustada, tan débil... ¿Podía haberme equivocado tanto? Recordé la desconfianza de Gastón en Paloma, y también mi insistencia en protegerla, y sentí tanta vergüenza como horror, preguntándome en qué grado era yo responsable de todo aquello.
Por unos momentos, ninguno pudo hablar.
—¿Qué vamos a hacer? —dije por fin.
—¿Qué? —Victorio seguía mirando el lugar donde Paloma había desaparecido.
—Se refiere al cadáver. —Gastón hizo una mueca al verlo me­jor—. Cuando los vecinos salgan por la mañana y se encuentren con esto, van a ponerse histéricos. Le harán pruebas. El hecho de que sea un cadáver de hace veinticinco años solo les planteará más incógnitas.
¿Podían identificar el ADN de Eugenia? ¿Su dentadura? Me horrorizó pensar en aquella familia tan agradable enterándose de que habían encontrado el cuerpo de Eugenia, descompuesto y abandonado en su propia calle durante una fiesta de cumpleaños. Era casi lo peor que podía imaginarme.
—Tenemos que sacarla de aquí —dije—. Deberíamos enterrar­la en algún sitio.
—Cuesta cavar en la tierra helada —dijo Gastón—. Es mejor quemarla.
No lo dijo con maldad, sino únicamente por pragmatismo. Pero él no tenía el pavor de un vampiro al fuego y no podía saber lo espantoso que me parecía quemar a alguien en vez de enterrarlo como es debido.
Quizá fuera la repugnancia hacia la idea de la incineración. Quizá fueran mis sentimientos confusos tras ver morir a Eugenia; nunca me había caído bien, pero jamás habría deseado su muerte. Quizá fuera la tensión de que hubieran estado a punto de descu­brir nuestra tapadera y luego lo hubieran solucionado de la peor forma posible. Quizá fuera ver a Victorio tan perdido. Quizá fue­ra mi enfado conmigo misma por haber cometido la estupidez de creer en la bondad de Paloma. Quizá fueran los meses de separa­ción, pasando finalmente factura.
Fuera lo que fuese, en ese momento algo estalló dentro de mí.
—Quémala. Quémala. —Me volví rápidamente hacia Gastón tan enfadada que temblaba—. Ni siquiera piensas que sea una per­sona, ¿no? ¡Porque los vampiros no son personas! ¡No para ti!
—Para el carro... eso no es lo que he dicho. —Gastón alzó las manos—. Es solo una incineración, Rocío.
—No es solo una incineración, no para ti. Tú crees que los vampiros no son como las demás personas, así que piensas que no pasa nada por tratarlos como te apetezca. Hasta podrías haber ma­tado tú a Eugenia. Podrías haber matado a Victorio. Si no nos hubiéramos conocido en Mandalay, algún día hasta podrías ha­berme matado a mí. No te lo habrías pensado dos veces, ¿verdad?
Gastón no soportaba que le gritaran de aquella forma. Vi cómo se consumían los últimos vestigios de su autocontrol conforme la rabia se apoderaba de él.
—Y tú crees que los vampiros no le hacen nunca daño a nadie, ¡aunque todos estéis programados para beber sangre y matar! ¡In­cluso después de Augusto! ¡Incluso después de eso! ¿De qué demo­nios va esto, Rocío? He intentado hacerte ver la verdad, pero tú no vas a ver nada que no quieras ver.
En voz baja, detrás de nosotros, Victorio dijo: —Voy a buscar el coche y traerlo hasta aquí. —Lo ignoramos. —Tú aún sigues en la Cruz Negra —dije temblando de ra­bia—. Más de un año después de descubrir que yo también soy un vampiro. Hablaste de dejarla, pero eso es todo, ¿verdad? ¡Solo pa­labras! ¿Soy yo la que tengo que cambiar? ¿La que tiene que re­nunciar a todo?
—¿A qué has renunciado, Rocío? No te has ido de Mandalay. No has dejado de contar con transformarte en vampiro. Eres una hija ideal para tus padres y una novia ideal para Victorio y me apartas cuando te conviene.
—¿Cuando me conviene? ¿Crees que algo de esto me conviene?
—Hace un rato parecías bastante cómoda con la situación.
Se refería al momento en que me había visto caminando junto a Victorio. Algo tan simple como un paseo se había convertido en un arma arrojadiza contra mí. Las lágrimas me estaban escociendo en los ojos.
—Tendría que haberlo sabido. Nunca has dejado de odiar a los vampiros. Eso hacía inevitable que un día... que un día me odiaras a mí.
Gastón dio la impresión de haber recibido un puñetazo en el es­tómago.
—Rocío... por Dios, tú sabes que no te odio.
—Puede que ahora no, pero lo harás. —Se me hizo tal nudo en la garganta que me dolía hablar—. No sé por qué he llegado a pen­sar que esto funcionaría.
—Rocío...
—Vete. Márchate.
—No voy a dejarte aquí sola.
—Victorio llegará enseguida con el coche.
A Gastón se le endureció la expresión.
—Supongo que Victorio cuida bien de ti. Ya no necesitas mi ayuda.
—No. —La voz se me quebró, pero él me creyó de todos modos.
—Está bien.
Gastón se alejó en la oscuridad. Tomó la dirección contraria a la que había tomado Paloma, por lo que deduje que no iba a perse­guirla, pero se perdió en la oscuridad tan rápidamente como ella. Estaba sola.
«¿Acabamos de romper? ¿Acabo de dejar a Gastón?»
Eso creía, pero no estaba segura. Por algún motivo, no saberlo con absoluta certeza empeoraba aún más las cosas. Pero no habíamos de­cidido dónde ni cómo volveríamos a vernos, lo cual significaba que quizá no podría volver a encontrarlo nunca más. Si él no venía, no volveríamos a vernos después de aquella noche. Me apoyé en la fur­goneta y empecé a llorar. Luego pensé en que era inmensamente mez­quino por mi parte llorar por mi ruptura mientras Eugenia yacía muerta a mis pies, pero eso solo me hizo sollozar con más amargura.
Cuando Victorio llegó con el coche, me pareció que había pa­sado una eternidad, aunque en realidad no podían haber transcu­rrido ni diez minutos. Me vio llorando y dijo:
—No ha terminado bien, supongo. —Negué con la cabeza—. Tranquila. Sube al coche, Rocío. Yo me encargo de Eugenia.
Victorio envolvió el cadáver en una vieja manta que debía de estar en el portaequipajes, que fue donde lo metió. Yo no miré; me quedé en el asiento del copiloto y lloré a lágrima viva. Cuando Victorio terminó de limpiar la zona y cerró el portaequipajes, mis so­llozos habían cesado. Las lágrimas seguían rodándome por las me­jillas, pero me sentía anestesiada por dentro.
Cuando Victorio subió al coche, le susurré:
—¿Qué vamos a hacer?
—Tendremos que buscar un sitio apartado y encender una ho­guera. —Me miró con inseguridad—. Gastón tenía razón con lo del suelo helado.
—Oh, vale.
Victorio arrancó el coche. Me volví para mirar la casa donde la familia de Eugenia seguía celebrando una fiesta de cumple años. Al alejarnos, vi sus siluetas en las ventanas. Estaban bailando.