Gracias a
Dios, por fin ha llegado la primavera —dijo Candela abriendo la ventana para
dejar entrar la brisa—. Si me hubiera despertado una mañana más y hubiera
visto carámbanos, te juro que habría apuñalado a alguien con uno.
—¿Podemos no
hablar de apuñalar a la gente, por favor? —Yo estaba enroscada en mi cama, con
el mismo pijama que había llevado durante todo el fin de semana, hojeando una
de las revistas viejas de Candela. No era muy fácil de leer; en aquel punto,
ella ya había mutilado casi todas las fotografías para sus proyectos
artísticos, aunque, por otra parte, yo tampoco estaba muy concentrada.
Candela bajó
la revista para poder mirarme a la cara.
—¿Recuerdas
hace unos meses? —preguntó en voz un poco más baja—. ¿Cuando era yo la que se
escondía en esta habitación y fuiste tú la que me sacó del pozo? Pues ahora es
lo mismo, pero al revés.
—Yo no necesito
que me saquen de ningún pozo.
—Rocío, baja
de las nubes. Desde hace un mes, eres una especie de zombi.
«Vampiro, no
zombi», pensé. Ese comentario me hizo sonreír un poco.
—Solo necesito
tiempo para... ordenar mis pensamientos. ¿De acuerdo?
—Un par de
días, tiene un pase, y hasta un par de semanas. Pero ¿esto? Ya llevas así casi
un mes. Hasta tus pensamientos deberían estar ordenados ya. —Se levantó de la
cama y me destapó—. Levántate y dúchate, que hueles a perro muerto.
—Solo me he
saltado un día —protesté.
—Me da igual
lo que haya tardado esta peste en atufar mi habitación. Solo sé que aquí hace
peste y que tiene que desaparecer.
De hecho, yo
no creía que oliera mal: Candela solo estaba desesperada por conseguir que yo
me moviera. De manera que me moví, dándome obedientemente mi ducha y regresando
a la habitación para encontrarme a Candela haciéndome la cama, aunque casi
nunca se hacía la suya.
Había escondido las revistas.
—He preparado
una ensalada de atún —dijo mientras alisaba una de las sábanas—. Para el
almuerzo; nos la podemos comer al aire libre. Se lo podemos decir a Victorio, a
Nicolás y a Julián. ¿Qué me dices?
—¿Quieres
comer al aire libre? —Ella se encogió de hombros—. Pareces otra.
—Y tú
—señaló—. Mientras las cosas no vuelvan a la normalidad, no me queda más
remedio que ser la más animada de las dos. Eso me fastidia bastante, así que ya
puedes espabilar y venirte.
—Vale. —Iba a
tener que comer en algún momento. Aunque la sangre cada vez era una parte más
importante de mi dieta, aún necesitaba comer.
—¿Vas a
decirme de una vez por todas qué mosca te ha picado?
—Probablemente,
no. —¿Cómo iba a contarle que estaba disgustada por perder a Gastón? Que ella
supiera, lo había perdido hacía casi un año, no el mes pasado—. Candela, no es
que no confíe en ti. Es solo que... no quiero decirlo en voz alta, ni siquiera
quiero oírme diciendo las palabras.
—Tranquila
—dijo—. Vamos a sacarte afuera.
Comimos los
cinco (Victorio y Julián masticando con mucho cuidado) en los jardines del
internado. Uno de los pareos de Nicolás nos sirvió de mantel y hablamos
principalmente de exámenes parciales y chismes. Victorio estuvo sentado cerca
de mí, nuestros brazos rozándose a veces, y su presencia me tranquilizó.
Solo en una
ocasión tomó la conversación un derrotero peligroso. Mientras se ponía más
patatas fritas en el plato, Nicolás dijo:
—Oye, ¿no se
ha sabido nada más de Eugenia?
—Dicen que ha
vuelto a casa —se apresuró a decir Victorio. Se estaba ciñendo a la versión
oficial de Mandalay para cualquier alumno vampiro desaparecido, lo cual era
habitualmente la verdad, aunque no esta vez—. Cada curso lo dejan unos cuantos
alumnos.
—Es rarísimo
—dijo Candela—. El curso pasado, Augusto; este, Eugenia. Es decir, entiendo que
alguien quiera largarse de este infierno, sobre todo teniendo fantasmas
rondando por aquí, pero da la impresión de que a la dirección le traiga sin
cuidado. ¿Y cómo es que los que se van son los alumnos más populares? El resto
conseguimos aguantar.
—Eugenia no
estaba contenta —dijo Julián—. Se sentía sola. Se le notaba.
Aunque nunca
lo había pensado, me di cuenta de que Julián tenía razón. Sabía que no podía
permitir que nadie me viera conmovida por Eugenia, por lo que apoyé la cabeza
en el hombro de Victorio. Él me dio una palmada en la espalda.
Candela, por
su parte, parecía escéptica.
—No sé por qué
iba a estar más sola que el resto de nosotros la niña mona del internado.
—Todo el mundo
se siente solo —dijo Julián, y sonrió—. Debemos recordar que la vida hay que
vivirla día a día. No podemos preocuparnos ni por el pasado ni por el futuro.
La felicidad reside en el presente.
Candela se
rió.
—Nicolás te ha
lavado el cerebro a fondo.
Ahora que me
fijaba, Julián parecía mucho más relajado y, sí, lo que llevaba en los pies
eran unas deportivas de bota negras. Ahora, en vez de parecer un mártir
cristiano sacado de algún texto medieval, Julián se vestía y movía casi como un
chico normal. Aún hablaba de un modo extraño, pero no tanto como para llamar la atención. Y, lo que
era más importante, por primera vez parecía feliz. Un año compartiendo
habitación con Nicolás le había hecho mucho más bien del que jamás podría
haberle hecho una década de instrucción en la Academia Mandalay.
—Tendrías que
hacerle caso, Vico —dijo Nicolás empujando el zapato de Victorio con el suyo—.
Carpe diem
—Lo intento. —Victorio
se esforzó por parecer animado, pero no fue muy convincente. Aquel mes no había
estado mucho más contento que yo; el enfrentamiento con Paloma le había afectado
mucho, como a mí. Yo me sentía una estúpida por haber confiado en ella solo
porque parecía inocente e indefensa. ¿Cuánto peor debía de sentirse Victorio?
No solo había preferido su hermana a la tribu en vez de a él, sino que se
había convertido en uno de ellos, en un ser violento, despiadado y cruel. De
una sola cuchillada, había puesto fin a la existencia de Eugenia, además de mi
relación con Gastón.
Puede que Candela
percibiera cierta melancolía en mis ojos, porque se apresuró a decir:
—El cielo está
despejadísimo. Esta noche deberíamos salir a observar las estrellas. ¿Qué os
parece?
—Esta noche no
—dije—. He prometido ayudar a Victorio con un trabajo de clase.
—Está bien
—dijo Candela—. Pero lo haremos pronto.
Recordé cuánto
le aburría la astronomía y quise abrazarla por el empeño que estaba poniendo.
De hecho, el
«trabajo de clase» consistía en jugar con una consola de vídeo, una pura
diversión para mí, pero una asignatura difícil para Victorio en el área de
Tecnología Moderna.
—Esto debería
dársete mejor —dije mientras mi guerrero apuñalaba fácilmente al suyo en la
pantalla por duodécima vez—. Has combatido en varias guerras, ¿no?
—En muchas. —Victorio
fulminó los mandos con la mirada—. Para mí no tiene ningún sentido pensar en
una batalla como en un juego.
—Entonces
piensa que es como la esgrima —sugerí—. Ya sabes, movimientos que practicas
para hacerlo bien. Un papel que encarnas.
—Eso tiene
lógica. —Sonrió y se recostó en el sofá del aula de Tecnología Moderna, y yo me
sentí muy orgullosa de mí misma. Entonces, su sonrisa cambió, haciéndose a la
vez más dulce e intensa—. Rocío, ¿por qué seguimos haciendo esto?
—¿Haciendo
qué?
—Estar juntos
todo el tiempo. Mentir a nuestros amigos. —Me miró con sus ojos castaños—.
Fingir que estamos juntos.
—Bueno,
porque... —Me di cuenta de que ni siquiera me había hecho esa pregunta. Miré
al suelo sin saber qué decir—. Tú sigues buscando a Paloma. Eso significa que
necesitas una excusa para salir del internado.
—Yo no
necesito ninguna excusa para salir del internado. Puedo ir y venir cuando me
plazca. Nuestra... lo que sea esto, no lo necesito para eso.
—Supongo que
podemos dejarlo si tú quieres.
—Yo no quiero
dejarlo especialmente —dijo Victorio. Había bajado la voz.
—Voy... voy a
buscar un poco de sangre, ¿vale? Me puse en pie y, con paso vacilante, fui al
rincón del aula donde había una cocina americana del siglo XXI. Varios
vampiros guardaban un poco de sangre allí para tomarse un refrigerio entre
clase y clase, dado que aquella era la única aula que ningún humano utilizaba,
y me pareció que un poco de sangre me vendría bien para darme fuerzas.
No podía
fingir que no sabía a qué se refería Victorio, ni que me hubiera sorprendido. Gastón
y yo ya no estábamos juntos y parecía imposible que alguna vez volviéramos a estarlo.
Victorio me había dado tiempo para asimilar su pérdida y ahora quería saber si
las cosas podían ser distintas entre los dos.
Yo siempre me
había dicho que Victorio no era más que un amigo. Sabía que no lo amaba como
seguía amando a Gastón; no sabía si alguna vez podría volver a amar de aquel
modo tan apasionado.
Pero también
sabía que durante aquel año había llegado a depender de Victorio. Confiaba en
él. En aquel momento, era probablemente uno de mis mejores amigos. Y nunca
había fingido que no me pareciera atractivo, lo cual habría sido imposible.
No, nunca
había sentido por Victorio nada que se acercara a la pasión arrebatada que Gastón
despertaba en mí. Pero si le daba una oportunidad...
Recordé a Gastón
besándome bajo las estrellas en el observatorio, mi deseo de él tan lacerante
que me dolió. El recuerdo se adueñó de mí justo cuando sacaba un vaso del
armario. Distraída, me resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo.
Noté algo afilado clavándoseme en un dedo.
—¡Ay! —gemí
sacándome un cristal de mi dedo ensangrentado.
Victorio
estuvo a mi lado al momento.
—No tiene mala
pinta. —Se apresuró a recoger los cristales rotos y los tiró a la basura.
—No, solo
necesito vendármelo. Luego pensé: «Un momento».
Estábamos muy
cerca, tanto que casi nos tocábamos. En vez de abrir el grifo y poner el dedo
debajo del chorro de agua, alcé inseguramente la mano hasta casi rozarle la
cara.
Lo cogí por
sorpresa; pareció tardar un segundo en darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Luego me cogió por la muñeca y se metió mi dedo en la boca, saboreando mi
sangre. Cerró los ojos. Al notar el roce de su lengua en mi piel, el estómago
me dio un vuelco y se me cortó la respiración.
Al cabo de un
segundo, Victorio apartó mi mano de sus labios. Ahora, el corte era únicamente
una delgada línea rosa.
—¿Estás bien?
—dijo.
—Sí. —Me
sentía terriblemente expuesta. Mi sangre había permitido que Victorio se
introdujera fugazmente en mi mente; él acababa de sentir algunas de las
emociones que yo sentía ahora. Me pregunté si no serían menos confusas para él
de lo que eran para mí—. ¿Qué has visto?
Victorio
seguía con mi mano entre las suyas, rodeándome la muñeca con sus anchos dedos.
—Solo
curiosidades, nada más. No he probado suficiente sangre para conocerte bien. —Tenía
la voz extrañamente ronca—. Cuando por fin compartas sangre con alguien,
entenderás la diferencia.
Recordé que
solo había sentido un atisbo de las emociones de Victorio al lamerle el dedo la
noche del Baile de Otoño. Había más, tanto, que yo apenas me lo podía imaginar:
los verdaderos misterios de ser un vampiro.
«Esto es lo
que significa ser un vampiro.»
Había tenido
momentos en que me había cuestionado si tenía que acabar convirtiéndome en un
vampiro, incluso si era eso lo que yo quería. Ahora que había perdido a Gastón,
no quería volver a plantearme aquellas cuestiones nunca más. Estaba harta de no
saber qué era exactamente, cómo comportarme, qué pensar. Si pudiera comprender
qué significaba ser un vampiro, puede que dejara de hacerme todas aquellas
preguntas.
Miré a Victorio
y susurré: —Bebe mi sangre.
No se movió,
pero percibí el cambio que se produjo en él, una especie de tensión que
electrizó el aire de alrededor. —¿Ahora?
—Esta noche no
va a venir nadie más. Estamos solos. Podemos hacer lo que nos apetezca.
—No me refería
a eso. —El deseo de sus ojos me hizo sentirme débil, ligeramente asustada, pero
de un modo agradable, como el momento antes de bajar una cuesta en una montaña
rusa. Me pasó los dedos por la mejilla—. ¿Estás segura?
—Ya te lo he
dicho. Sí. —Pero entonces me pareció que mi audacia se disolvía, porque no
tenía la menor idea de cómo hacerlo—. ¿Nos...? ¿Te...?
«¿Tengo que
destaparme el hombro y dejar simplemente que me muerda? ¿Me morderá primero en
la mano?» Me sentí estúpida por no saberlo.
—Es mejor que
te tumbes. A veces marea. —Victorio me apretó la mano—. ¿El sofá?
—Vale —dije
apartándome el pelo de la cara como si aquello no fuera gran cosa. Lo cual fue
una estupidez, porque sí lo era, y Victorio y yo lo sabíamos, pero yo parecía
incapaz de controlarme.
Las piernas me
flaquearon cuando fuimos al sofá cogidos de la mano. Victorio rebuscó en uno de
los armarios y sacó un par de toallas oscuras. La pantalla del ordenador se
había apagado, con lo que había más oscuridad en el aula, pero yo no encendí
ninguna luz. Sería más fácil, pensé, si estábamos envueltos en sombras.
—Quizá
quieras... No quiero estropearte la blusa —dijo Victorio con voz tensa—. Él ya
se estaba desabrochando los puños de la camisa.
—Oh, vale.
—Por suerte, llevaba una camiseta debajo de mi blusa de encaje. Me di la vuelta
mientras me la desabrochaba y la dejaba doblada en una silla cercana. Aunque la
camiseta y la falda eran más recatadas que nada de lo que hubiera llevado a la
playa, me sentí enormemente desnuda.
Cuando me
volví, Victorio se había quitado la camisa. Jamás le había visto el cuerpo hasta
entonces, y el mero hecho de mirarlo —pecho ancho, hombros esculturales,
cintura musculosa— despertó mi deseo de tocarlo. En mi nerviosismo, imaginé
que era casi dos veces más ancho que yo, que podía cubrirme por completo.
No lo toqué;
no hice nada. Victorio extendió las toallas en el sofá.
—Ven. Túmbate.
—Yo lo hice, colocando el cuello de tal modo que la sangre que pudiera
derramarse cayera en las toallas, pero tuve la sensación de que me movía a
cámara lenta. Entonces Victorio se tendió a mi lado, colocando su cuerpo junto
al mío. El corazón me latía tan violentamente que parecía que iba a
estallarme.
Victorio me
pasó una mano por el pelo y sonrió dulcemente. Parecía más relajado cuando
dijo:
—¿Estás
nerviosa?
—Un poco
—admití.
—No lo estés.
Cuidaré bien de ti, te lo prometo. —Cuanto más esperamos, más nerviosa me
pongo. —Chist. —Victorio me besó en la frente. Luego, casi sin despegar los labios de
mi cara, bajó hasta el hueco de mi cuello. Al notar el roce de su boca en mi
piel, me puse tensa de arriba abajo. Él me acarició el brazo y no hizo nada.
Advertí que estaba esperando a que yo me relajara y me habituara a tenerlo tan
cerca.
Jamás me
habituaría a aquello. El techo me pareció más bajo, como si todo se estuviera
haciendo más pequeño a mi alrededor. Sabía que aquello no me transformaría en
vampiro —solo beber sangre humana hasta que el humano muriera podía hacerlo—,
pero, de todos modos, sabía que estaba cruzando una línea.
Obligué a mis
músculos a que se relajaran. Victorio respiró hondo y me mordió.
«Oh, oh, qué
daño, ¡qué daño!» Lo agarré por los hombros, disponiéndome a apartarlo, pero
entonces ya no me dolió tanto, y sentí una sacudida profundísima. Era la
corriente de mi sangre fluyendo hacia él. Aunque mi cuerpo no se movía, tuve la
sensación de estar meciéndome lentamente, relajada y mareada, y deseosa de más.
El mundo
pareció desintegrarse debajo de mí. Fue como desmayarme, pero maravilloso en
lugar de atemorizante. El cuerpo de Victorio junto al mío era todo a lo que
podía aferrarme, la única cosa que conocía.
Su lengua me
lamió el cuello, la succión haciéndome cosquillas, hasta que se apartó.
—Bebe —me
susurró—. Rocío, bebe mi sangre.
Yo lo atraje
hacia mí, enterré mi cara en su hombro y sentí el familiar dolor en la
mandíbula debido a mis colmillos. Victorio olía bien y tenía la piel suave y,
en una milésima de segundo, pasé de no saber si podría morderlo a saber que
tenía que hacerlo. Le hinqué los colmillos.
La sangre me
llenó la boca, tan caliente que quemaba, y, de inmediato, me inundó todo lo
que Victorio sentía, todo lo que veía. Victorio sabía a nostalgia, a soledad y
a una infinita necesidad de consuelo. Toda la parte de mi ser que conocía la
soledad se inclinó hacia él, acoplándonos. Las imágenes que me cruzaron por la
mente eran de mí —no, no de mí, sino de alguien tan parecida a mí que hasta yo
podía confundirme—; era morena, y llevaba un vestido largo, y corría por el
bosque otoñal, riéndose, girando sobre sí misma en la hojarasca.
Él la amaba y
quería que yo fuera ella. Yo quería ser ella. Yo quería ser cualquier persona
menos yo.
Y también
percibí su deseo: necesidad física, contundente, en estado puro. La cabeza se
me llenó de imágenes y sensaciones veladas, del conocimiento del sexo que él
poseía y del que yo carecía, o había carecido hasta entonces. Mi cuerpo
respondió a su deseo y noté que me mordía con más fuerza al percibir mi
excitación. Eso aumentó mi deseo de él, y su deseo de mí, la sensación
multiplicándose interminablemente hasta que ya no pude soportarlo ni un
segundo más...
Victorio se
separó de mi cuello, lo suficiente para que también yo tuviera que dejar de
morderlo. Entonce me besó, no una vez, sino media docena, cada beso frenético y
con un agradable sabor a sangre. Yo también lo besé, respirando el aire a
bocanadas cada vez que nuestros labios se separaban.
—Rocío, di que
sí —jadeó él entre ardientes besos—. Di que sí, por favor, di que sí.
Yo quería
decir sí. Iba a hacerlo.
Pero al
mirarlo, exhalé entrecortadamente, y advertí que podía ver el vaho de mi
respiración. Los dos sentimos el frío al mismo tiempo y Victorio abrió
desmesuradamente los ojos al darse cuenta de lo mismo que yo.
Las ventanas y
el techo comenzaron a cubrirse de escarcha y el resplandor verde azulado inundó
el aula de tanto brillo que apenas pude ver nada. Lo único que oía era el
sonido del hielo crepitando. Pero nada era comparable a lo que sentía.
«Me odia
—había dicho Candela—. Me odia. Quiere hacerme daño.» No había entendido a qué
se refería hasta aquel momento.
Los fantasmas
estaban enfadados y habían venido a por mí.