Di un
respingo. Eugenia se había dado la vuelta para seguir la fiesta probablemente,
y me había descubierto.
— ¿Qué estás
haciendo aquí? ¡Maldita chivata! —Tenía la cara crispada de rabia, pese al
hecho de seguir con lágrimas en las mejillas—. ¿Qué te hace pensar que tienes
derecho a seguirme?
—No... no
quería... —Pero la había estado siguiendo, y a propósito, y no tenía forma de
explicarle por qué sin decir más de la cuenta—. ¿Qué haces aquí? ¡Para salir
del internado hay que pedirle permiso a la señora Bethany!
—Hay un camión
del servicio de lavandería que te trae, en el que tú a lo mejor te habrías
fijado si no fueras tan rematadamente imbécil. —Agarrándome por el codo, tiró
de mí para alejarme de la
casa. Reparé en que no quería que nos vieran. Las personas de
la fiesta solo sabían que Eugenia había muerto hacía un cuarto de siglo, nada
más. Si la veían resucitada, transformada en vampiro, no podía ni imaginarme
cómo reaccionarían. Probablemente, tampoco Eugenia.
—Lo siento
—dije más calmada—. De haberlo sabido, no te habría seguido.
—¿Saber qué?
¿Qué es lo que crees que sabes? —Me sonrió con sorna, aunque su falsa sonrisa
la hizo parecer más triste que sus lágrimas—. Yo solo sé que deberías estar con
Victorio esta noche, y no lo estás.
«Mierda.»
Debería haber sabido que el radar de Eugenia para enterarse de los chismes no
podía dejar de funcionar durante mucho tiempo.
—¿Qué pasa, Rocío?
¿Problemas en el paraíso? —Se cruzó de brazos y movió la cabeza, de nuevo la
reina de la escuela, pisando fuerte—. ¿Os habéis peleado? ¿Por segunda vez?
—Si no es
asunto mío que tú estés aquí, tampoco es asunto tuyo que lo esté yo. Así que
déjame en paz y yo haré lo mismo contigo.
Aunque era
evidente que Eugenia quería restregarme por las narices el supuesto fracaso de
mi supuesta relación, al parecer quería taparme la boca incluso más.
—Si dices una
sola palabra de esto, una palabra a quien sea, lo sabré.
—Sé guardar un
secreto.
—¡Yo no tengo
secretos!
Seguíamos
oyendo las risas de la
fiesta. La miré y el rostro se le ensombreció. Se volvió para
marcharse, y se quedó paralizada. Cuando oí las voces, también yo me quedé de
piedra. «¡No, no, ahora no!»
—No sabemos si
Rocío tiene problemas —dijo Gastón. Victorio caminaba a su lado, al mismo ritmo
que él. —No está en la plaza donde debíamos encontrarnos. ¿No te hace eso
pensar que a lo mejor está en apuros?
—Rocío suele
ingeniárselas para no estar donde debería. Si la conocieras mejor, lo sabrías
—dijo Gastón. Entonces se paró en seco. Supe que nos había visto, lo cual
significaba que Eugenia lo había visto a él. A Gastón. Al cazador de la Cruz Negra.
—Oh, Dios mío
—dijo en voz baja—. Tú eres... Gastón Dalmau... esto es...
—Eugenia,
escúchame. —Victorio vino rápidamente hacia nosotras, ofreciéndole las manos.
Era la mayor atención que le había prestado nunca, pero ella retrocedió, como
si se sintiera repelida—. Puedo explicártelo.
—¿Puedes
explicarme por qué estás con un cazador de la Cruz Negra? Me
encantará oírlo.
Gastón había
apretado la mandíbula.
—Esta noche no
muerdo.
—Oh, caramba,
es un gran alivio. Esta noche no vas a matarnos ni a mis amigos ni a mí.
Cielos, hagámonos amiguitos hasta mañana, cuando cambies de idea. —Eugenia se
arrebujó más en su trenca—. Te tengo calado, Gastón. Eres un asesino psicópata,
ese es tu verdadero móvil. También te tengo calada a ti, Rocío. Sigues
enamorada del psicópata de tu ex. Es patético y, si quieres que te diga la
verdad, lo que debería haber esperado de una pringada como tú. Pero ¿tú, Victorio?
¿Qué estás haciendo? ¿En qué estás pensando?
—Te lo puedo
explicar si me escuchas. —Victorio parecía desconcertado, incluso asustado.
Nunca lo había visto asustado hasta entonces, ni siquiera en el Baile de Otoño.
Él sabía, como sabía yo, que Eugenia nos delataría a la señora Bethany casi
con toda seguridad.
Eugenia no
quiso escucharlo. Se marchó con paso airado sin decir nada más. Gastón la
señaló.
—¿Qué...?
¿Dejáis que se vaya así como así?
—¿Qué quieres
que hagamos? —protesté—. ¿Qué le clavemos una estaca?
Eugenia, que
al parecer no supo captar mi sarcasmo, echó a correr. Victorio corrió tras ella
y Gastón y yo los seguimos. Yo sabía que tanto Victorio como yo estábamos
intentando alcanzarla para tranquilizarla y explicarnos, pero Gastón... no
estaba segura con respecto a él.
Detestaba no
estarlo.
—Eugenia,
¡espera! —grité.
Ella solo
corrió más aprisa. Pero Victorio era más rápido y consiguió agarrarla por el
hombro y obligarla a volverse. Ella chilló, pero Victorio le suplicó:
—No vamos a
hacerte daño.
—¿No vais a
hacerme daño? ¿Qué opina de eso el cruz negra? Gastón suspiró ruidosamente.
—No te haré
nada.
Eugenia ladeó
la cabeza, como si Gastón le hubiera hablado en un idioma que ella no entendía.
—No sé qué os
lleváis entre manos, pero es un disparate.
—A veces estoy
de acuerdo contigo —dijo Victorio—. El caso es que ni tú ni ningún otro vampiro
corréis peligro, y te agradeceríamos mucho que nos guardaras el secreto.
Pobre Victorio;
iba a intentar mantener la calma y ser razonable con un toro desbocado.
—Si estás con la Cruz Negra, no puedo
quedarme callada. —Eugenia retrocedió. Chocó con una furgoneta aparcada y comenzó
a rodearla, pegando las palmas de las manos al metal como si fuera un ciego
tanteando el camino—. Esto es peligroso. Deberías ser más listo, Victorio. Es
a ti a quien va a echar las culpas la señora Bethany.
De pronto, Eugenia
chilló y se agarró el pecho, con la punta de una estaca sobresaliéndole entre
los dedos.
Se me escapó
un grito. Por un terrible segundo, pensé que Gastón había arrojado la estaca
contra ella, pero no, se la habían clavado por la espalda. Eugenia se
tambaleó, dio dos pasos y cayó al suelo de bruces, con la estaca clavada en la espalda. Detrás
estaba Paloma.
Victorio se
quedó mirando a su hermana, no horrorizado, sino asombrado. Paloma llevaba unos
descoloridos vaqueros rotos y agujereados por media docena de sitios con unas
mallas negras debajo. Su sucio jersey tenía el cuello deshilachado. Sonrió
tristemente a su hermano.
—Te habría
hecho daño —dijo tocando el cuerpo inerte de Eugenia con una de sus zapatillas
plateadas—. No podía permitírselo, ¿no?
—Paloma. No
deberías... pero querías ayudarme y te doy las gracias por eso. —Victorio
alargó una mano, pero Paloma retrocedió varios pasos.
—Pero la chica
ha hecho preguntas interesantes. —Clavó sus ojos castaños en Gastón—. ¿Por qué
pasas tanto tiempo con la
Cruz Negra? ¿Sobre todo mientras me persiguen?
Me volví hacia
Gastón.
—¡Dijiste que
ya no ibais tras ella! ¡Lo prometiste!
—¡No lo
hacemos! ¡Que yo sepa, no lo hacemos! —protestó Gastón. Estaba empezando a
preguntarme si decir «que yo sepa» no sería únicamente una forma de escurrir el
bulto, si Gastón no habría sencillamente optado por no saber nada que no le
conviniera. Todo el miedo y disgusto que había sentido en los últimos minutos
se estaba arremolinando dentro de mí, buscando desesperadamente una salida, y
ahora se estaba dirigiendo hacia Gastón.
—Están
intentando matarme —dijo Paloma—. Mi hermano los ayuda. ¿Cómo te sentirías tú
si fueras yo?
Victorio negó
con la cabeza.
—Gastón
prometió que dejarían de perseguirte si te encontraba.
—¿Así que solo
intentas ser un buen hermano mayor? ¿Volver a llevarme a Mandalay a rastras?
—Paloma, por
favor. —La voz de Victorio solo era un ronco susurro—. Hace treinta y cinco
años que no estamos juntos.
—Que no
vivimos juntos quizá. Pero yo ya te había visto mucho antes de esto, mucho
antes de Albion. He estado pendiente de ti. —Paloma se abrazó el cuerpo—.
Quiero las armas del cazador.
Gastón tensó
la mandíbula.
—Oh, mierda,
no.
—Gastón
—susurré—, venga. No confía en ti.
—¡Yo tampoco
confío en ella!
—Nos
desharemos todos de cualquier arma que llevemos —dijo Victorio, intentando ser
razonable.
—Vosotros sois
vampiros —dijo Gastón—. Sois vuestras propias armas.
Paloma alargó
las manos.
—Entonces
quédate con todas las armas menos una. Dame solo una. Ese puñal tan grande con
que me amenazaste en el hospital. Así me sentiré más segura.
—Pero yo no...
—dijo Gastón.
—No pasará
nada —le prometí. Paloma parecía tan joven y aterida... Estaba tiritando, con
las manitas extendidas y suplicando—. Gastón, por favor.
Gastón me
lanzó la mirada más asesina que había visto nunca, pero metió la mano debajo
del abrigo y sacó su puñal. En vez de dárselo a Paloma, lo arrojó al suelo.
Ninguno de los dos le quitó ojo mientras ella se agachaba para recogerlo, y él
se llevó la mano al cinturón, donde yo sabía que llevaba una estaca.
Quizá
deberíamos haber prestado atención a Eugenia antes de que nada de aquello
sucediera, pero todos sabíamos que un vampiro no muere cuando le atraviesan el
corazón con una estaca, al menos no de forma permanente. Si le quitan la
estaca, revive, como si nada hubiera ocurrido. Yo ya estaba pensando en que, al
final, tendríamos que arrancarle la estaca a Eugenia y afrontar el hecho de
que estuviera todavía más enfadada cuando recobrara el sentido.
—¿Satisfecha?
—preguntó Gastón.
—Sí. —Paloma
le sonrió extrañamente—. Al menos por esta noche, cazador, no te haré daño.
Por algún
motivo, Gastón interpretó aquello como una señal de que él era la mejor persona
para entenderse con ella.
—Tienes que
hacer caso a tu hermano. Yo no estoy al mando de la Cruz Negra, ni de
lejos. Si no quieres que te cacen, es mejor que obedezcas sus reglas.
—Yo ya sé qué
reglas obedecer —dijo Paloma—. Y sois vosotros los que deberíais preocuparos
por vuestra seguridad.
—¿Qué has
hecho, Paloma? —Victorio la cogió por los brazos, no como si fuera a
abrazarla, sino más bien como si quisiera zarandearla—. Respóndeme.
—He hecho
nuevos amigos. Ellos me han enseñado el camino. Deberías venir con nosotros, Victorio.
Serías mucho más feliz mirando hacia el futuro en vez de seguir anclado en el
pasado.
—¿A qué te
refieres? —inquirí.
Paloma
forcejeó para zafarse de su hermano.
—Me refiero a
que solo hay una forma de ser un verdadero vampiro y no consiste en añorar
cosas que no tienes ni en relacionarte con personas que conocías cuando estabas
vivo, ni en planchar tu uniforme de la Academia Mandalay todas las mañanas.
Consiste en querer lo que tienes. En coger lo que puedas. En aceptar lo que
eres.
—En matar
—dijo Gastón—. Te refieres a que la única forma de ser un verdadero vampiro es
matando.
Paloma le
sonrió mientras se arrodillaba junto al cuerpo inerte de Eugenia.
—Tú lo sabes
todo sobre matar, ¿no?
Gastón negó
con la cabeza.
—Lo que yo
hago no es lo mismo.
—Ah, ¿no?
Veamos para qué sirven tus armas. —Paloma hizo girar el puñal de Gastón en la mano. Luego cercenó el
cuello a Eugenia con una fuerza increíble, decapitándola.
La
decapitación mata a un vampiro para siempre.
A Eugenia se
le puso el cuerpo rígido. La piel se le tornó instantáneamente gris y reseca,
arrugándosele en torno a los huesos
conforme la
carne se le consumía. Su cabeza separada del cuerpo osciló de un lado a otro.
La parte de cara que yo veía ya no era una cara, sino únicamente algo
apergaminado de color terroso que recubría el cráneo. Cuando los vampiros
mueren, sus cuerpos se deterioran hasta el punto que habrían alcanzado tras su
primera muerte. Los más viejos se convierten en polvo. Eugenia solo llevaba
muerta veinticinco años, por lo que aún quedaba mucho de ella. Demasiado.
Se me escapó
un grito. Victorio apartó la mirada. Paloma sonrió a Gastón.
—Me debes una,
cazador. Ahora, tu secreto está seguro, Victorio. No digas nunca que no te
quiero.
Se dio
rápidamente la vuelta y echó a correr, perdiéndose casi al instante entre la
maleza. Victorio dio dos vacilantes pasos tras ella antes de detenerse.
«Paloma ha
matado a Eugenia. Paloma ha matado. La he visto hacerlo.» Y yo que la creía
tan indefensa y asustada, tan débil... ¿Podía haberme equivocado tanto? Recordé
la desconfianza de Gastón en Paloma, y también mi insistencia en protegerla, y
sentí tanta vergüenza como horror, preguntándome en qué grado era yo
responsable de todo aquello.
Por unos
momentos, ninguno pudo hablar.
—¿Qué vamos a
hacer? —dije por fin.
—¿Qué? —Victorio
seguía mirando el lugar donde Paloma había desaparecido.
—Se refiere al
cadáver. —Gastón hizo una mueca al verlo mejor—. Cuando los vecinos salgan por
la mañana y se encuentren con esto, van a ponerse histéricos. Le harán pruebas.
El hecho de que sea un cadáver de hace veinticinco años solo les planteará más
incógnitas.
¿Podían
identificar el ADN de Eugenia? ¿Su dentadura? Me horrorizó pensar en aquella
familia tan agradable enterándose de que habían encontrado el cuerpo de Eugenia,
descompuesto y abandonado en su propia calle durante una fiesta de cumpleaños.
Era casi lo peor que podía imaginarme.
—Tenemos que
sacarla de aquí —dije—. Deberíamos enterrarla en algún sitio.
—Cuesta cavar
en la tierra helada —dijo Gastón—. Es mejor quemarla.
No lo dijo con
maldad, sino únicamente por pragmatismo. Pero él no tenía el pavor de un
vampiro al fuego y no podía saber lo espantoso que me parecía quemar a alguien
en vez de enterrarlo como es debido.
Quizá fuera la
repugnancia hacia la idea de la incineración. Quizá fueran mis sentimientos
confusos tras ver morir a Eugenia; nunca me había caído bien, pero jamás habría
deseado su muerte. Quizá fuera la tensión de que hubieran estado a punto de
descubrir nuestra tapadera y luego lo hubieran solucionado de la peor forma
posible. Quizá fuera ver a Victorio tan perdido. Quizá fuera mi enfado conmigo
misma por haber cometido la estupidez de creer en la bondad de Paloma. Quizá
fueran los meses de separación, pasando finalmente factura.
Fuera lo que
fuese, en ese momento algo estalló dentro de mí.
—Quémala.
Quémala. —Me volví rápidamente hacia Gastón tan enfadada que temblaba—. Ni
siquiera piensas que sea una persona, ¿no? ¡Porque los vampiros no son
personas! ¡No para ti!
—Para el
carro... eso no es lo que he dicho. —Gastón alzó las manos—. Es solo una
incineración, Rocío.
—No es solo
una incineración, no para ti. Tú crees que los vampiros no son como las demás
personas, así que piensas que no pasa nada por tratarlos como te apetezca.
Hasta podrías haber matado tú a Eugenia. Podrías haber matado a Victorio. Si
no nos hubiéramos conocido en Mandalay, algún día hasta podrías haberme matado
a mí. No te lo habrías pensado dos veces, ¿verdad?
Gastón no
soportaba que le gritaran de aquella forma. Vi cómo se consumían los últimos
vestigios de su autocontrol conforme la rabia se apoderaba de él.
—Y tú crees
que los vampiros no le hacen nunca daño a nadie, ¡aunque todos estéis
programados para beber sangre y matar! ¡Incluso después de Augusto! ¡Incluso
después de eso! ¿De qué demonios va esto, Rocío? He intentado hacerte ver la
verdad, pero tú no vas a ver nada que no quieras ver.
En voz baja,
detrás de nosotros, Victorio dijo: —Voy a buscar el coche y traerlo hasta aquí.
—Lo ignoramos. —Tú aún sigues en la Cruz Negra —dije temblando de rabia—. Más de un
año después de descubrir que yo también soy un vampiro. Hablaste de dejarla, pero
eso es todo, ¿verdad? ¡Solo palabras! ¿Soy yo la que tengo que cambiar? ¿La
que tiene que renunciar a todo?
—¿A qué has
renunciado, Rocío? No te has ido de Mandalay. No has dejado de contar con
transformarte en vampiro. Eres una hija ideal para tus padres y una novia ideal
para Victorio y me apartas cuando te conviene.
—¿Cuando me
conviene? ¿Crees que algo de esto me conviene?
—Hace un rato
parecías bastante cómoda con la situación.
Se refería al
momento en que me había visto caminando junto a Victorio. Algo tan simple como
un paseo se había convertido en un arma arrojadiza contra mí. Las lágrimas me
estaban escociendo en los ojos.
—Tendría que
haberlo sabido. Nunca has dejado de odiar a los vampiros. Eso hacía inevitable
que un día... que un día me odiaras a mí.
Gastón dio la
impresión de haber recibido un puñetazo en el estómago.
—Rocío... por
Dios, tú sabes que no te odio.
—Puede que
ahora no, pero lo harás. —Se me hizo tal nudo en la garganta que me dolía
hablar—. No sé por qué he llegado a pensar que esto funcionaría.
—Rocío...
—Vete.
Márchate.
—No voy a
dejarte aquí sola.
—Victorio
llegará enseguida con el coche.
A Gastón se le
endureció la expresión.
—Supongo que Victorio
cuida bien de ti. Ya no necesitas mi ayuda.
—No. —La voz
se me quebró, pero él me creyó de todos modos.
—Está bien.
Gastón se
alejó en la oscuridad.
Tomó la dirección contraria a la que había tomado Paloma, por
lo que deduje que no iba a perseguirla, pero se perdió en la oscuridad tan
rápidamente como ella. Estaba sola.
«¿Acabamos de
romper? ¿Acabo de dejar a Gastón?»
Eso creía,
pero no estaba segura. Por algún motivo, no saberlo con absoluta certeza
empeoraba aún más las cosas. Pero no habíamos decidido dónde ni cómo
volveríamos a vernos, lo cual significaba que quizá no podría volver a
encontrarlo nunca más. Si él no venía, no volveríamos a vernos después de
aquella noche. Me apoyé en la furgoneta y empecé a llorar. Luego pensé en que
era inmensamente mezquino por mi parte llorar por mi ruptura mientras Eugenia
yacía muerta a mis pies, pero eso solo me hizo sollozar con más amargura.
Cuando Victorio
llegó con el coche, me pareció que había pasado una eternidad, aunque en
realidad no podían haber transcurrido ni diez minutos. Me vio llorando y dijo:
—No ha
terminado bien, supongo. —Negué con la cabeza—. Tranquila. Sube al coche, Rocío.
Yo me encargo de Eugenia.
Victorio
envolvió el cadáver en una vieja manta que debía de estar en el portaequipajes,
que fue donde lo metió. Yo no miré; me quedé en el asiento del copiloto y lloré
a lágrima viva. Cuando Victorio terminó de limpiar la zona y cerró el
portaequipajes, mis sollozos habían cesado. Las lágrimas seguían rodándome por
las mejillas, pero me sentía anestesiada por dentro.
Cuando Victorio
subió al coche, le susurré:
—¿Qué vamos a
hacer?
—Tendremos que
buscar un sitio apartado y encender una hoguera. —Me miró con inseguridad—. Gastón
tenía razón con lo del suelo helado.
—Oh, vale.
Victorio
arrancó el coche. Me volví para mirar la casa donde la familia de Eugenia
seguía celebrando una fiesta de cumple años. Al alejarnos, vi sus siluetas en
las ventanas. Estaban bailando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario