jueves, 21 de marzo de 2013

Capitulo 016 - Segunda Parte (LIBRO 02)

—¡Tú!
Di un respingo. Eugenia se había dado la vuelta para seguir la fiesta probablemente, y me había descubierto.
— ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Maldita chivata! —Tenía la cara crispada de rabia, pese al hecho de seguir con lágrimas en las meji­llas—. ¿Qué te hace pensar que tienes derecho a seguirme?
—No... no quería... —Pero la había estado siguiendo, y a pro­pósito, y no tenía forma de explicarle por qué sin decir más de la cuenta—. ¿Qué haces aquí? ¡Para salir del internado hay que pe­dirle permiso a la señora Bethany!
—Hay un camión del servicio de lavandería que te trae, en el que tú a lo mejor te habrías fijado si no fueras tan rematadamente imbécil. —Agarrándome por el codo, tiró de mí para alejarme de la casa. Reparé en que no quería que nos vieran. Las personas de la fiesta solo sabían que Eugenia había muerto hacía un cuarto de si­glo, nada más. Si la veían resucitada, transformada en vampiro, no podía ni imaginarme cómo reaccionarían. Probablemente, tampo­co Eugenia.
—Lo siento —dije más calmada—. De haberlo sabido, no te habría seguido.
—¿Saber qué? ¿Qué es lo que crees que sabes? —Me sonrió con sorna, aunque su falsa sonrisa la hizo parecer más triste que sus lágrimas—. Yo solo sé que deberías estar con Victorio esta no­che, y no lo estás.
«Mierda.» Debería haber sabido que el radar de Eugenia para enterarse de los chismes no podía dejar de funcionar durante mu­cho tiempo.
—¿Qué pasa, Rocío? ¿Problemas en el paraíso? —Se cruzó de brazos y movió la cabeza, de nuevo la reina de la escuela, pisando fuerte—. ¿Os habéis peleado? ¿Por segunda vez?
—Si no es asunto mío que tú estés aquí, tampoco es asunto tuyo que lo esté yo. Así que déjame en paz y yo haré lo mismo con­tigo.
Aunque era evidente que Eugenia quería restregarme por las narices el supuesto fracaso de mi supuesta relación, al parecer que­ría taparme la boca incluso más.
—Si dices una sola palabra de esto, una palabra a quien sea, lo sabré.
—Sé guardar un secreto.
—¡Yo no tengo secretos!
Seguíamos oyendo las risas de la fiesta. La miré y el rostro se le ensombreció. Se volvió para marcharse, y se quedó paralizada. Cuando oí las voces, también yo me quedé de piedra. «¡No, no, ahora no!»
—No sabemos si Rocío tiene problemas —dijo Gastón. Victorio caminaba a su lado, al mismo ritmo que él. —No está en la plaza donde debíamos encontrarnos. ¿No te hace eso pensar que a lo mejor está en apuros?
—Rocío suele ingeniárselas para no estar donde debería. Si la conocieras mejor, lo sabrías —dijo Gastón. Entonces se paró en seco. Supe que nos había visto, lo cual significaba que Eugenia lo había visto a él. A Gastón. Al cazador de la Cruz Negra.
—Oh, Dios mío —dijo en voz baja—. Tú eres... Gastón Dalmau... esto es...
—Eugenia, escúchame. —Victorio vino rápidamente hacia nosotras, ofreciéndole las manos. Era la mayor atención que le ha­bía prestado nunca, pero ella retrocedió, como si se sintiera repe­lida—. Puedo explicártelo.
—¿Puedes explicarme por qué estás con un cazador de la Cruz Negra? Me encantará oírlo.
Gastón había apretado la mandíbula.
—Esta noche no muerdo.
—Oh, caramba, es un gran alivio. Esta noche no vas a matar­nos ni a mis amigos ni a mí. Cielos, hagámonos amiguitos hasta ma­ñana, cuando cambies de idea. —Eugenia se arrebujó más en su trenca—. Te tengo calado, Gastón. Eres un asesino psicópata, ese es tu verdadero móvil. También te tengo calada a ti, Rocío. Sigues enamorada del psicópata de tu ex. Es patético y, si quieres que te diga la verdad, lo que debería haber esperado de una pringada como tú. Pero ¿tú, Victorio? ¿Qué estás haciendo? ¿En qué estás pensando?
—Te lo puedo explicar si me escuchas. —Victorio parecía desconcertado, incluso asustado. Nunca lo había visto asustado hasta entonces, ni siquiera en el Baile de Otoño. Él sabía, como sa­bía yo, que Eugenia nos delataría a la señora Bethany casi con toda seguridad.
Eugenia no quiso escucharlo. Se marchó con paso airado sin decir nada más. Gastón la señaló.
—¿Qué...? ¿Dejáis que se vaya así como así?
—¿Qué quieres que hagamos? —protesté—. ¿Qué le clavemos una estaca?
Eugenia, que al parecer no supo captar mi sarcasmo, echó a correr. Victorio corrió tras ella y Gastón y yo los seguimos. Yo sa­bía que tanto Victorio como yo estábamos intentando alcanzarla para tranquilizarla y explicarnos, pero Gastón... no estaba segura con respecto a él.
Detestaba no estarlo.
—Eugenia, ¡espera! —grité.
Ella solo corrió más aprisa. Pero Victorio era más rápido y consiguió agarrarla por el hombro y obligarla a volverse. Ella chi­lló, pero Victorio le suplicó:
—No vamos a hacerte daño.
—¿No vais a hacerme daño? ¿Qué opina de eso el cruz negra? Gastón suspiró ruidosamente.
—No te haré nada.
Eugenia ladeó la cabeza, como si Gastón le hubiera hablado en un idioma que ella no entendía.
—No sé qué os lleváis entre manos, pero es un disparate.
—A veces estoy de acuerdo contigo —dijo Victorio—. El caso es que ni tú ni ningún otro vampiro corréis peligro, y te agradece­ríamos mucho que nos guardaras el secreto.
Pobre Victorio; iba a intentar mantener la calma y ser razona­ble con un toro desbocado.
—Si estás con la Cruz Negra, no puedo quedarme callada. —Eugenia retrocedió. Chocó con una furgoneta aparcada y co­menzó a rodearla, pegando las palmas de las manos al metal como si fuera un ciego tanteando el camino—. Esto es peligroso. Debe­rías ser más listo, Victorio. Es a ti a quien va a echar las culpas la señora Bethany.
De pronto, Eugenia chilló y se agarró el pecho, con la punta de una estaca sobresaliéndole entre los dedos.
Se me escapó un grito. Por un terrible segundo, pensé que Gastón había arrojado la estaca contra ella, pero no, se la habían clava­do por la espalda. Eugenia se tambaleó, dio dos pasos y cayó al suelo de bruces, con la estaca clavada en la espalda. Detrás estaba Paloma.
Victorio se quedó mirando a su hermana, no horrorizado, sino asombrado. Paloma llevaba unos descoloridos vaqueros rotos y agujereados por media docena de sitios con unas mallas negras debajo. Su sucio jersey tenía el cuello deshilachado. Sonrió triste­mente a su hermano.
—Te habría hecho daño —dijo tocando el cuerpo inerte de Eugenia con una de sus zapatillas plateadas—. No podía permi­tírselo, ¿no?
—Paloma. No deberías... pero querías ayudarme y te doy las gracias por eso. —Victorio alargó una mano, pero Paloma retro­cedió varios pasos.
—Pero la chica ha hecho preguntas interesantes. —Clavó sus ojos castaños en Gastón—. ¿Por qué pasas tanto tiempo con la Cruz Negra? ¿Sobre todo mientras me persiguen?
Me volví hacia Gastón.
—¡Dijiste que ya no ibais tras ella! ¡Lo prometiste!
—¡No lo hacemos! ¡Que yo sepa, no lo hacemos! —protestó Gastón. Estaba empezando a preguntarme si decir «que yo sepa» no sería únicamente una forma de escurrir el bulto, si Gastón no habría sencillamente optado por no saber nada que no le conviniera. Todo el miedo y disgusto que había sentido en los últimos minutos se estaba arremolinando dentro de mí, buscando desesperadamen­te una salida, y ahora se estaba dirigiendo hacia Gastón.
—Están intentando matarme —dijo Paloma—. Mi hermano los ayuda. ¿Cómo te sentirías tú si fueras yo?
Victorio negó con la cabeza.
—Gastón prometió que dejarían de perseguirte si te encon­traba.
—¿Así que solo intentas ser un buen hermano mayor? ¿Volver a llevarme a Mandalay a rastras?
—Paloma, por favor. —La voz de Victorio solo era un ronco susurro—. Hace treinta y cinco años que no estamos juntos.
—Que no vivimos juntos quizá. Pero yo ya te había visto mu­cho antes de esto, mucho antes de Albion. He estado pendiente de ti. —Paloma se abrazó el cuerpo—. Quiero las armas del cazador.
Gastón tensó la mandíbula.
—Oh, mierda, no.
—Gastón —susurré—, venga. No confía en ti.
—¡Yo tampoco confío en ella!
—Nos desharemos todos de cualquier arma que llevemos —dijo Victorio, intentando ser razonable.
—Vosotros sois vampiros —dijo Gastón—. Sois vuestras pro­pias armas.
Paloma alargó las manos.
—Entonces quédate con todas las armas menos una. Dame solo una. Ese puñal tan grande con que me amenazaste en el hospital. Así me sentiré más segura.
—Pero yo no... —dijo Gastón.
—No pasará nada —le prometí. Paloma parecía tan joven y aterida... Estaba tiritando, con las manitas extendidas y suplican­do—. Gastón, por favor.
Gastón me lanzó la mirada más asesina que había visto nunca, pero metió la mano debajo del abrigo y sacó su puñal. En vez de dárselo a Paloma, lo arrojó al suelo. Ninguno de los dos le quitó ojo mientras ella se agachaba para recogerlo, y él se llevó la mano al cinturón, donde yo sabía que llevaba una estaca.
Quizá deberíamos haber prestado atención a Eugenia antes de que nada de aquello sucediera, pero todos sabíamos que un vampi­ro no muere cuando le atraviesan el corazón con una estaca, al me­nos no de forma permanente. Si le quitan la estaca, revive, como si nada hubiera ocurrido. Yo ya estaba pensando en que, al final, ten­dríamos que arrancarle la estaca a Eugenia y afrontar el hecho de que estuviera todavía más enfadada cuando recobrara el sentido.
—¿Satisfecha? —preguntó Gastón.
—Sí. —Paloma le sonrió extrañamente—. Al menos por esta noche, cazador, no te haré daño.
Por algún motivo, Gastón interpretó aquello como una señal de que él era la mejor persona para entenderse con ella.
—Tienes que hacer caso a tu hermano. Yo no estoy al mando de la Cruz Negra, ni de lejos. Si no quieres que te cacen, es mejor que obedezcas sus reglas.
—Yo ya sé qué reglas obedecer —dijo Paloma—. Y sois voso­tros los que deberíais preocuparos por vuestra seguridad.
—¿Qué has hecho, Paloma? —Victorio la cogió por los bra­zos, no como si fuera a abrazarla, sino más bien como si quisiera zarandearla—. Respóndeme.
—He hecho nuevos amigos. Ellos me han enseñado el camino. Deberías venir con nosotros, Victorio. Serías mucho más feliz mi­rando hacia el futuro en vez de seguir anclado en el pasado.
—¿A qué te refieres? —inquirí.
Paloma forcejeó para zafarse de su hermano.
—Me refiero a que solo hay una forma de ser un verdadero vam­piro y no consiste en añorar cosas que no tienes ni en relacionarte con personas que conocías cuando estabas vivo, ni en planchar tu unifor­me de la Academia Mandalay todas las mañanas. Consiste en que­rer lo que tienes. En coger lo que puedas. En aceptar lo que eres.
—En matar —dijo Gastón—. Te refieres a que la única forma de ser un verdadero vampiro es matando.
Paloma le sonrió mientras se arrodillaba junto al cuerpo inerte de Eugenia.
—Tú lo sabes todo sobre matar, ¿no?
Gastón negó con la cabeza.
—Lo que yo hago no es lo mismo.
—Ah, ¿no? Veamos para qué sirven tus armas. —Paloma hizo girar el puñal de Gastón en la mano. Luego cercenó el cuello a Eugenia con una fuerza increíble, decapitándola.
La decapitación mata a un vampiro para siempre.
A Eugenia se le puso el cuerpo rígido. La piel se le tornó ins­tantáneamente gris y reseca, arrugándosele en torno a los huesos
conforme la carne se le consumía. Su cabeza separada del cuerpo osciló de un lado a otro. La parte de cara que yo veía ya no era una cara, sino únicamente algo apergaminado de color terroso que re­cubría el cráneo. Cuando los vampiros mueren, sus cuerpos se de­terioran hasta el punto que habrían alcanzado tras su primera muerte. Los más viejos se convierten en polvo. Eugenia solo lle­vaba muerta veinticinco años, por lo que aún quedaba mucho de ella. Demasiado.
Se me escapó un grito. Victorio apartó la mirada. Paloma son­rió a Gastón.
—Me debes una, cazador. Ahora, tu secreto está seguro, Victorio. No digas nunca que no te quiero.
Se dio rápidamente la vuelta y echó a correr, perdiéndose casi al instante entre la maleza. Victorio dio dos vacilantes pasos tras ella antes de detenerse.
«Paloma ha matado a Eugenia. Paloma ha matado. La he vis­to hacerlo.» Y yo que la creía tan indefensa y asustada, tan débil... ¿Podía haberme equivocado tanto? Recordé la desconfianza de Gastón en Paloma, y también mi insistencia en protegerla, y sentí tanta vergüenza como horror, preguntándome en qué grado era yo responsable de todo aquello.
Por unos momentos, ninguno pudo hablar.
—¿Qué vamos a hacer? —dije por fin.
—¿Qué? —Victorio seguía mirando el lugar donde Paloma había desaparecido.
—Se refiere al cadáver. —Gastón hizo una mueca al verlo me­jor—. Cuando los vecinos salgan por la mañana y se encuentren con esto, van a ponerse histéricos. Le harán pruebas. El hecho de que sea un cadáver de hace veinticinco años solo les planteará más incógnitas.
¿Podían identificar el ADN de Eugenia? ¿Su dentadura? Me horrorizó pensar en aquella familia tan agradable enterándose de que habían encontrado el cuerpo de Eugenia, descompuesto y abandonado en su propia calle durante una fiesta de cumpleaños. Era casi lo peor que podía imaginarme.
—Tenemos que sacarla de aquí —dije—. Deberíamos enterrar­la en algún sitio.
—Cuesta cavar en la tierra helada —dijo Gastón—. Es mejor quemarla.
No lo dijo con maldad, sino únicamente por pragmatismo. Pero él no tenía el pavor de un vampiro al fuego y no podía saber lo espantoso que me parecía quemar a alguien en vez de enterrarlo como es debido.
Quizá fuera la repugnancia hacia la idea de la incineración. Quizá fueran mis sentimientos confusos tras ver morir a Eugenia; nunca me había caído bien, pero jamás habría deseado su muerte. Quizá fuera la tensión de que hubieran estado a punto de descu­brir nuestra tapadera y luego lo hubieran solucionado de la peor forma posible. Quizá fuera ver a Victorio tan perdido. Quizá fue­ra mi enfado conmigo misma por haber cometido la estupidez de creer en la bondad de Paloma. Quizá fueran los meses de separa­ción, pasando finalmente factura.
Fuera lo que fuese, en ese momento algo estalló dentro de mí.
—Quémala. Quémala. —Me volví rápidamente hacia Gastón tan enfadada que temblaba—. Ni siquiera piensas que sea una per­sona, ¿no? ¡Porque los vampiros no son personas! ¡No para ti!
—Para el carro... eso no es lo que he dicho. —Gastón alzó las manos—. Es solo una incineración, Rocío.
—No es solo una incineración, no para ti. Tú crees que los vampiros no son como las demás personas, así que piensas que no pasa nada por tratarlos como te apetezca. Hasta podrías haber ma­tado tú a Eugenia. Podrías haber matado a Victorio. Si no nos hubiéramos conocido en Mandalay, algún día hasta podrías ha­berme matado a mí. No te lo habrías pensado dos veces, ¿verdad?
Gastón no soportaba que le gritaran de aquella forma. Vi cómo se consumían los últimos vestigios de su autocontrol conforme la rabia se apoderaba de él.
—Y tú crees que los vampiros no le hacen nunca daño a nadie, ¡aunque todos estéis programados para beber sangre y matar! ¡In­cluso después de Augusto! ¡Incluso después de eso! ¿De qué demo­nios va esto, Rocío? He intentado hacerte ver la verdad, pero tú no vas a ver nada que no quieras ver.
En voz baja, detrás de nosotros, Victorio dijo: —Voy a buscar el coche y traerlo hasta aquí. —Lo ignoramos. —Tú aún sigues en la Cruz Negra —dije temblando de ra­bia—. Más de un año después de descubrir que yo también soy un vampiro. Hablaste de dejarla, pero eso es todo, ¿verdad? ¡Solo pa­labras! ¿Soy yo la que tengo que cambiar? ¿La que tiene que re­nunciar a todo?
—¿A qué has renunciado, Rocío? No te has ido de Mandalay. No has dejado de contar con transformarte en vampiro. Eres una hija ideal para tus padres y una novia ideal para Victorio y me apartas cuando te conviene.
—¿Cuando me conviene? ¿Crees que algo de esto me conviene?
—Hace un rato parecías bastante cómoda con la situación.
Se refería al momento en que me había visto caminando junto a Victorio. Algo tan simple como un paseo se había convertido en un arma arrojadiza contra mí. Las lágrimas me estaban escociendo en los ojos.
—Tendría que haberlo sabido. Nunca has dejado de odiar a los vampiros. Eso hacía inevitable que un día... que un día me odiaras a mí.
Gastón dio la impresión de haber recibido un puñetazo en el es­tómago.
—Rocío... por Dios, tú sabes que no te odio.
—Puede que ahora no, pero lo harás. —Se me hizo tal nudo en la garganta que me dolía hablar—. No sé por qué he llegado a pen­sar que esto funcionaría.
—Rocío...
—Vete. Márchate.
—No voy a dejarte aquí sola.
—Victorio llegará enseguida con el coche.
A Gastón se le endureció la expresión.
—Supongo que Victorio cuida bien de ti. Ya no necesitas mi ayuda.
—No. —La voz se me quebró, pero él me creyó de todos modos.
—Está bien.
Gastón se alejó en la oscuridad. Tomó la dirección contraria a la que había tomado Paloma, por lo que deduje que no iba a perse­guirla, pero se perdió en la oscuridad tan rápidamente como ella. Estaba sola.
«¿Acabamos de romper? ¿Acabo de dejar a Gastón?»
Eso creía, pero no estaba segura. Por algún motivo, no saberlo con absoluta certeza empeoraba aún más las cosas. Pero no habíamos de­cidido dónde ni cómo volveríamos a vernos, lo cual significaba que quizá no podría volver a encontrarlo nunca más. Si él no venía, no volveríamos a vernos después de aquella noche. Me apoyé en la fur­goneta y empecé a llorar. Luego pensé en que era inmensamente mez­quino por mi parte llorar por mi ruptura mientras Eugenia yacía muerta a mis pies, pero eso solo me hizo sollozar con más amargura.
Cuando Victorio llegó con el coche, me pareció que había pa­sado una eternidad, aunque en realidad no podían haber transcu­rrido ni diez minutos. Me vio llorando y dijo:
—No ha terminado bien, supongo. —Negué con la cabeza—. Tranquila. Sube al coche, Rocío. Yo me encargo de Eugenia.
Victorio envolvió el cadáver en una vieja manta que debía de estar en el portaequipajes, que fue donde lo metió. Yo no miré; me quedé en el asiento del copiloto y lloré a lágrima viva. Cuando Victorio terminó de limpiar la zona y cerró el portaequipajes, mis so­llozos habían cesado. Las lágrimas seguían rodándome por las me­jillas, pero me sentía anestesiada por dentro.
Cuando Victorio subió al coche, le susurré:
—¿Qué vamos a hacer?
—Tendremos que buscar un sitio apartado y encender una ho­guera. —Me miró con inseguridad—. Gastón tenía razón con lo del suelo helado.
—Oh, vale.
Victorio arrancó el coche. Me volví para mirar la casa donde la familia de Eugenia seguía celebrando una fiesta de cumple años. Al alejarnos, vi sus siluetas en las ventanas. Estaban bailando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario