miércoles, 24 de agosto de 2011

Segunda Parte, Capitulo Cuatro


A pesar de cuanto le había divertido el último enfrentamiento con su esposa, tenía el presentimiento de que la diversión no duraría demasiado. ¿En qué había estado pensando Bartolomé Igarzabal  cuando le había ofrecido a su hija en matrimonio? ¿Tanto la odiaba que la había sometido voluntariamente a una vida que iba más allá de su experiencia? Cuando Bartolomé insistió en ese matrimonio, le había dicho que Rocío necesitaba conocer la cruda realidad, pero a Gastón le costaba mucho creer que no hubiera pensado en ello como en un castigo.
La candidez de Rocío y su disparatado sistema de valores de niña rica eran una peligrosa combinación. Realmente le sorprendería que durara mucho con él, pero, por otra parte, había prometido que haría lo mejor para ella y pensaba mantener su palabra. Cuando Rocío se fuera, seria por elección propia, no porque la estuviera echando o sobornándola para deshacerse de ella. Puede que no le gustara a Bartolomé, pero se lo debía.
Éste parecía ser su año para pagar grandes deudas, primero la promesa hecha a Owen Quest en su lecho de muerte: hacer una última gira con el circo bajo el nombre de Quest. Y luego casarse con la hija de Bartolomé. En todos esos años, Bartolomé nunca le había pedido nada a cambio de haberle salvado la vida, pero cuando finalmente lo hizo, le había pedido una barbaridad.
Gastón había intentado convencer a Bartolomé de que podía lograr el mismo objetivo obligando a Rocío a vivir con él, pero Bartolomé había insistido en lo contrario. Al principio Bartolomé le había pedido que el matrimonio durase un año, pero Gastón no sentía tanta gratitud como para aceptarlo. Al final acordaron que serían seis meses, un período que concluiría al mismo tiempo que la gira con el circo de los Hermanos Quest.
Mientras se enjabonaba el pecho, Gastón pensó en los dos hombres que habían representado fuerzas tan poderosas en su vida, Owen Quest y Bartolomé Igarzabal . Bartolomé lo había rescatado de una existencia de abusos físicos y emocionales, mientras que Owen lo había guiado a la madurez.
Gastón había conocido a Bartolomé cuando tenía doce años y viajaba con su tío Sergey en un maltrecho circo que se pasaba el verano de gira por los pueblos de la costa atlántica, desde Daytona Beach a Bacalao Cape. Nunca olvidaría esa calurosa tarde de agosto cuando Bartolomé apareció como un ángel vengador para arrebatar el látigo del puño de Sergey y salvar a Gastón de otra brutal paliza.
Ahora comprendía los actos sádicos de Sergey, pero en ese momento no había entendido la retorcida atracción que algunos hombres sentían por los niños y hasta dónde podían llegar para negar esa atracción. En un impulsivo gesto de generosidad, Bartolomé había pagado a Sergey y se había llevado a Gastón. Lo había matriculado en la academia militar y le había proporcionado el dinero —que no le afecto— que había hecho posible que Gastón sobreviviera hasta que pudo cuidar de sí mismo.
Pero había sido Owen Quest quien había dado a Gastón lecciones de madurez durante las vacaciones de verano, cuando había viajado con el circo para ganar algo de dinero, y luego, mucho más tarde, en la edad adulta, cuando cada pocos años dejaba atrás su vida y pasaba algunos meses en la carretera. La parte del carácter de Gastón que no había sido moldeada por el látigo de su tío se había formado por los sabios sermones de Owen y sus casi siempre astutas observaciones sobre el mundo y lo duro que era sobrevivir para un hombre. La vida era un negocio peligroso para Owen, y no había lugar para la risa o la frivolidad. Un hombre debía trabajar duro, cuidarse de sí mismo y mantener su orgullo.
Gastón cerró el grifo y agarró una toalla. Los dos hombres habían tenido sus razones egoístas para ayudar a un niño desvalido. Bartolomé se veía a sí mismo como un benefactor y se jactaba de sus diversos proyectos caritativos —entre los que estaba incluido Gastón Dalmau— ante sus amigos de alto copete. Por otro lado, Owen tenía un ego enorme y le encantaba tener un público impresionable que esperara babeante sus reflexiones oscuras sobre la vida. Pero a pesar de los motivos egoístas que pudieran haber tenido aquellos dos hombres, habían sido las únicas personas en la joven vida de Gastón a los que él había importado algo y ninguno de ellos le pidió nada a cambio, por lo menos no hasta ese momento.
Ahora Gastón tenía un maltrecho circo entre las manos y una esposa, sexy pero tonta, que iba camino de volverlo loco. No lo consentiría, por supuesto. Las circunstancias lo habían hecho como era, un hombre rudo y terco que vivía de acuerdo con su propio código y que no se hacía ilusiones sobre sí mismo. Rocío Igarzabal no tenía ninguna posibilidad de vencerlo.
Se envolvió una toalla en la cintura, agarró otra para secarse el pelo y abrió la puerta del baño.
Rocío tragó saliva cuando la puerta del baño se abrió y salió Gastón. Oh, Dios, era impresionante. Mientras él se secaba la cabeza con la toalla, ella aprovechó para mirar a conciencia lo que le parecía un cuerpo perfecto, con músculos bien definidos pero no excesivamente marcados. Gastón tenía algo que nunca había visto en ninguno de los jovenzuelos bronceados de Adriana, un cuerpo moldeado por el trabajo duro. Aquel ancho pecho estaba cubierto ligeramente de vello rubio donde anidaba alguna clase de medalla de oro, pero Rocío estaba demasiado extasiada con la visión como para fijarse en los detalles.
Las caderas masculinas eran considerablemente más estrechas que los hombros; el estómago era plano y duro. Siguió con la mirada la flecha de vello que comenzaba encima del ombligo y continuaba por debajo de la toalla amarilla. De repente, se sintió acalorada mientras se preguntaba cómo sería lo que había más abajo.
Él terminó de secarse el pelo y la miró.
—Puedes acostarte conmigo o dormir en el sofá. Ahora mismo estoy demasiado cansado para que me importe lo que hagas.
—¡Dormiré en el sofá! —Su voz había sonado ligeramente aguda, aunque no sabía si había sido por sus palabras o por lo que veían sus ojos.
Él la privó de la visión de su pecho cuando le dio la espalda y se dirigió a la cama. Enrolló los látigos y los puso en una caja de madera que metió debajo. Con ellos fuera de vista, Rocío se dio cuenta de lo mucho que le gustaba la visión de aquella espalda.
De nuevo, él se volvió hacia ella.
—En cinco segundos dejaré caer la toalla.
Gastón esperó, y después de que pasaran los cinco segundos, ella se dio cuenta de lo que él había querido decir.
—Ah. Quieres que aparte la vista.
Él se rió.
—Déjame dormir bien esta noche, cara de ángel, y te prometo que mañana te enseñaré todo lo que quieras.
Ahora sí que lo había hecho. Le había dado una impresión totalmente errónea y tenía que corregirla.
—Creo que me has interpretado mal.
—Espero que no.
—Lo has hecho. Sólo tenía curiosidad... Bueno, no curiosidad exactamente, pero... bueno, sí, supongo que curiosidad... Aunque es natural. No deberías asumir por ello que...
—¿Rocío?
—¿Sí?
—Si dices una palabra más, agarrare uno de esos látigos que tanto te preocupan y veremos si puedo hacer alguna de esas cosas pervertidas que mencionabas.
Ella agarró rápidamente unas bragas limpias y una descolorida camiseta de la Universidad de Carolina del Norte que había sacado del cajón de Gastón mientras estaba en la ducha, y entró en el cuarto de baño, cerrando la puerta de un portazo.
Veinte minutos después salió fresca de la ducha con la camiseta de Gastón puesta. Había decidido que era preferible ponerse eso antes que el único camisón que había encontrado en la maleta, un minúsculo picardías de seda rosa con mucho encaje que había comprado días antes de que Noel la traicionara con su madre.
Gastón dormía boca arriba, con la sábana cubriéndole las caderas desnudas. No era correcto mirar a una persona mientras dormía, pero no podía dejar de hacerlo. Se acercó a los pies de la cama y lo observó.
Dormido, él no parecía tan peligroso. A Rocío le hormiguearon las manos por tocar ese duro vientre plano. Subió la mirada desde al abdomen al pecho de Gastón y admiró la perfecta simetría del torso masculino hasta que vio la medalla de oro que colgaba de una cadena alrededor de su cuello. Cuando comprendió lo que era, se quedó paralizada.
Era una bella medalla rusa esmaltada. «... vestía harapos y llevaba un colgante esmaltado de valor incalculable en el cuello.»
Se estremeció. Estudió la cara de la Virgen María que apoyaba la mejilla contra la de su hijo, y aunque no sabía mucho sobre iconos, se dio cuenta de que esa Virgen no pertenecía a la tradición italiana. La ornamentación de oro en las túnicas negras era puramente bizantina, así como el elaborado traje que llevaba el Niño Jesús.
Se recordó que sólo porque Gastón llevara puesto lo que obviamente era un valioso esmalte, no quería decir que la historia sobre los cosacos fuera cierta. Lo más probable es que fuera una joya familiar heredada. Pero todavía se sentía algo inquieta cuando se dirigió al otro extremo de la caravana.
El sofá estaba cubierto por la ropa que había sacado de su maleta y que había depositado junto a un montón de periódicos y revistas, algunos de los cuales tenían varios años. Apartó todo a un lado e hizo la cama con sábanas limpias. Pero entre que ya había dormido un poco y aquellos lúgubres pensamientos que la asaltaban, no pudo conciliar el sueño, así que leyó un viejo artículo de uno de los periódicos. Eran más de las tres cuando finalmente se durmió. Pensaba que había acabado de cerrar los ojos cuando sintió que la sacudían groseramente para que se despertara.

2 comentarios:

  1. Que libro tan lindo, me fascino cuando lo leí. Pero lo volvería a leer, y mas si como personajes están Gas & Rochi. Aclaración para las que me conocen: soy ramayvale_caa jajajajaja. Besitos!

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  2. muy buena la nove!!! cuando vas a subir más??? Quiero el cap donde x fin se de EL MOMENTO en tre ellos dos!!! jaja, ese cap va a estar muy bueno

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