—Arriba, cara de ángel. Tenemos un largo día por delante.
Ella rodó sobre su estómago. Él tiró de la sábana y Rocío sintió el roce del aire frío en la parte trasera de los muslos desnudos. Se negó a moverse. Si lo hacía tendría que enfrentarse a un nuevo día.
—Rocío.
Ella enterró la cara más profundamente en la almohada.
Sintió cómo una mano grande y cálida se posaba sobre la frágil seda de sus bragas y abrió los ojos de golpe. Con un grito ahogado se puso boca arriba y tiró de la sábana para cubrirse con ella.
Él sonreía ampliamente.
—Pensé que eso te despertaría por completo.
Era el diablo en persona. Sólo el diablo estaba vestido y afeitado a esa hora tan impía. Ella le enseñó los dientes.
—No me gusta madrugar. Déjame en paz.
Gastón la recorrió lentamente con la mirada, recordándole que de hecho estaba prácticamente desnuda bajo la sábana, sólo vestida con una vieja camiseta suya y unas bragas muy pequeñas.
—Tenemos casi tres horas de viaje por delante y nos marchamos en diez minutos. Vístete y haz algo útil. —Se apartó de ella y se dirigió al fregadero.
Rocío entrecerró los ojos ante la grisácea luz matutina que entraba por las pequeñas y sucias ventanas.
—Todavía es de noche.
—Son casi las seis. —Se sirvió una taza de café y ella esperó a que se la diera. Pero él se limitó a llevar la taza a los labios.
Ella se recostó en el sofá.
—No he logrado conciliar el sueño hasta las tres. Me quedaré aquí dentro mientras tú conduces.
—Va contra la ley. —El dejó la taza de café sobre la mesa, luego se agachó para reagarrar rápidamente la ropa del suelo. La examinó con ojo crítico.
—¿No tienes vaqueros?
—Por supuesto que tengo vaqueros.
—Pues póntelos.
Ella lo miró con aire de satisfacción.
—Están en la habitación de invitados de la casa de mi padre.
—Cómo no. —Le tiró las ropas que había reagarrado del suelo. —Vístete.
Rocío quiso decir algo imperdonablemente rudo, pero estaba segura de que a él no le haría gracia, así que se metió a regañadientes en el baño. Diez minutos después salió vestida de manera ridícula con unos pantalones de seda color turquesa y una camiseta de algodón azul marino con un estampado de racimos de cerezas rojos. Cuando Rocío abrió la boca para protestar por la elección de ropa, reparó en que él estaba frente al armario abierto de la cocina y parecía a la vez enojado y peligroso.
La mirada de la joven cayó sobre el látigo negro que llevaba enroscado en el puño y el corazón comenzó a latirle con fuerza. No sabía qué había hecho, pero sabía que estaba metida en problemas. Allí estaba. En el tiroteo del Cosaco Corral.
—¿Te has comido mis Twinkies?
Ella tragó saliva.
—¿Exactamente de qué Twinkies estamos hablando? —preguntó con los ojos fijos en el látigo.
—De los Twinkies que estaban en el mueble que está encima del fregadero. De los únicos Twinkies que había en la caravana. —Apretó los dedos en torno al mango del látigo.
«Oh, Señor —pensó ella. —Azotada hasta morir por culpa de unos pastelitos de crema.» —¿Y bien?
—Esto, eh..., te prometo que no volverá a ocurrir. Pero no estaban marcados ni nada parecido, en ningún sitio decía que fueran tuyos —los ojos de la joven siguieron fijos en el látigo— y normalmente no me los habría comido... Pero esta noche tenía hambre y, mirándolo bien, tendrás que admitir que te hice un favor, porque atascarán mis arterias en vez de las tuyas.
—Jamás vuelvas a tocar mis Twinkies. Si los quieres, los compras, —La voz de Gastón había sonado suave. Demasiado suave. En su imaginación Rocío oyó el aullido de un cosaco bajo la luna rusa.
Se mordisqueó el labio inferior.
—Los Twinkies no son un desayuno muy nutritivo.
—¡Deja de hacer eso!
Ella dio un paso atrás, levantando la mirada rápidamente hacia la de él.
—¿Que deje de hacer qué?
Él levantó el látigo, y la apuntó con él.
—De mirarme como si me dispusiera a arrancarte la piel del trasero. Por el amor de Dios, si ésa fuera mi intención te habría quitado las bragas, no te habría obligado a vestirte.
Ella soltó aire.
—No sabes cuánto me alegra oír eso.
—Si decido darte latigazos, no será por un Twinkie.
De nuevo volvía a amenazarla.
—Deja ya de amenazarme o lo lamentarás.
—¿Qué vas a hacer, cara de ángel? ¿Apuñalarme con el lápiz de ojos? —La miró con diversión. Luego se dirigió hacia la cama de dónde sacó la caja de madera que había debajo para guardar el látigo dentro.
Rocío se irguió en su todo su metro sesenta y seis y lo fulminó con la mirada.
—Para que lo sepas, Chuck Norris me dio clases de kárate. —Por desgracia, hacía diez años de eso y no se acordaba de nada, pero Gastón no lo sabía.
—Si tú lo dices.
—Además, Arnold Schwarzenegger en persona me asesoró sobre un programa de ejercicios físicos. —Ojalá le hubiera hecho caso.
—Te he entendido, Rocío. Eres una chica muy fuerte. Ahora muévete.
Apenas hablaron un minuto durante la primera hora de viaje. Como él no le había dado tiempo suficiente para arreglarse, Rocío tuvo que terminar de maquillarse en la camioneta y peinarse sin secador, por lo que tuvo que sujetarse el pelo con unas horquillas que aunque eran bonitas, no le quedaban demasiado bien. En lugar de apreciar la dificultad de la tarea y cooperar un poco, él la ignoró cuando le pidió que disminuyera la velocidad mientras se pintaba los ojos y además protestó cuando la laca le salpicó la cara.
Gastón compró el desayuno de Rocío en Orangeburg, Carolina del Sur. Detuvo la camioneta en un lugar decorado con un caldero de cobre rodeado por barras de pan brillantes. Después de desayunar, Rocío se metió en el baño y se fumó los tres cigarrillos que le quedaban. Cuando salió se dio cuenta de dos cosas. Una atractiva camarera coqueteaba con Gastón, y él no hacía nada para desalentarla.
Rocío lo observó ladear la cabeza y sonreír por algo que había dicho la chica. Experimentó una punzada de celos al ver que parecía gustarle la compañía de la camarera más que la suya. Se disponía a ignorar lo que estaba ocurriendo cuando recordó la promesa que había hecho de honrar sus votos matrimoniales. Con resignación, enderezó los hombros y se acercó a la mesa donde dirigió a la empleada su sonrisa más radiante.
—Muchas gracias por hacerle compañía a mi marido mientras estaba en el baño.
La camarera, en cuya placa identificativa se leía Kimberly, pareció algo sorprendida por la actitud amistosa de Rocío .
—Ha sido muy amable por tu parte —Rocío bajó la voz a un fuerte susurro. —Nadie se ha portado bien con él desde que salió de prisión.
Gastón se atragantó con el café.
Rocío se inclinó para darle una palmadita en la espalda mientras le dirigía una sonrisa radiante a la estupefacta Kimberly.
—No me importan todas las pruebas que presentó el fiscal. Nunca he creído que asesinara a aquella camarera.
Ante aquella declaración Gastón volvió a atragantarse. Kimberly retrocedió con rapidez.
—Lo siento. Ya ha terminado mi turno.
—Pues vete —dijo Rocío alegremente. —¡Y que Dios te bendiga!
Gastón controló finalmente la tos. Se levantó de la mesa con una expresión todavía más enojada de lo que era habitual en él. Antes de que tuviese oportunidad de abrir la boca, Rocío extendió la mano y le puso un dedo en los labios.
—Por favor, no me estropees este momento, Gastón. Es la primera vez desde nuestra boda que te gano por la mano y quiero disfrutar de cada precioso segundo.
Él la miró como si fuese a estrangularla, pero se limitó a arrojar varios billetes sobre la mesa y a empujarla fuera del restaurante.
—¿Vas a ponerte gruñón? —Las sandalias de Rocío resbalaban en la grava mientras él la arrastraba hacia la camioneta y la fea caravana verde. —Ya lo decía yo. Eres el hombre más gruñón que he conocido nunca. Y no te sienta bien, nada bien, Gastón. Tanto si lo aceptas como si no, estás casado y por lo tanto no deberías...
—Entra antes de que te zurre en público.
Allí estaba otra vez, otra de sus enloquecedoras amenazas. ¿Quería decir eso que no la zurraría si lo obedecía o simplemente que no pensaba zurrarla en público? Todavía cavilaba sobre esa cuestión tan desagradable cuando él puso en marcha la camioneta. Momentos después estaban de nuevo en la carretera.
Para alivio de Rocío, el tema de zurrarla no volvió a salir a colación, aunque lo cierto era que casi lo lamentaba. Si él la hubiera amenazado físicamente, podía haberse liberado de sus votos sagrados sin dejar de estar en paz con su conciencia.
La mañana era soleada. El aire cálido que entraba por la ventanilla entreabierta aún no era asfixiante. Rocío no encontraba ninguna razón para que él se pasara enfurruñado una mañana tan perfecta y bonita, así que finalmente rompió el silencio.
—¿Adónde vamos?
—Tenemos una cita cerca de Greenwood.
—Supongo que es demasiado esperar que «con una cita» te refieras a ir a cenar y bailar.
—Me temo que sí.
—¿Cuánto tiempo estaremos allí?
—Sólo una noche.
—Espero que mañana no tengamos que madrugar tanto.
—Más aún. Tenemos un largo viaje por delante.
—No me digas.
—La vida en los circos es así.
—¿Y dices que tendremos que hacer esto todas las mañanas?
—En algunos lugares nos quedaremos un par de días, pero no más.
—¿Hasta cuándo?
—El circo tiene programadas funciones hasta octubre.
—¡Pero si faltan seis meses! —Rocío podía ver cómo el futuro se extendía como un borrón oscuro ante ella. Seis meses. Justo lo que duraría su matrimonio.
—¿Por qué te preocupas? —preguntó él. —¿De verdad crees que vas a aguantar hasta el final?
—¿Y por qué no?
—Van a ser seis meses —dijo él sin rodeos. —Recorreremos montones de kilómetros. Tenemos funciones tan al norte como Jersey y tan al oeste como Indiana.
«En una camioneta sin aire acondicionado.»
—Ésta será la última temporada del circo de los Hermanos Quest —dijo él. —Así que lo haremos lo mejor posible.
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