lunes, 5 de septiembre de 2011

Cuarta Parte, Capitulo Cuatro

—¿A qué te refieres con que será la última temporada?
—El dueño murió en enero.
—¿Owen Quest? ¿El nombre que está escrito en los camiones?
—Sí. Su esposa, Eugenia, ha heredado el circo y lo ha puesto a la venta.
«¿Había sido su imaginación o Gastón había apretado casi imperceptiblemente los labios?»
—¿Llevas mucho tiempo en el circo? —preguntó ella, decidida a saber más de él.
—Voy y vengo.
—¿Tus padres pertenecían al circo?
—¿Cuáles? ¿Mis padres cosacos o los que me abandonaron en Siberia? —Él ladeó la cabeza y ella vio que le brillaban los ojos.
—¡No te criaron los cosacos!
—¿Pero no lo oíste anoche?
—Eso es como uno de esos cuentos de P. T. Barnum para el circo —dijo refiriéndose al popular artista circense que se inventaba fantásticas historias para hacer más emocionantes los espectáculos. —Sé que alguien tuvo que enseñarte a cabalgar y usar el látigo, pero no creo que fueran los cosacos. —Hizo una pausa. —¿O sí?
Él se rió entre dientes.
—¿Algo más, cara de ángel?
No iba a dejar que se le escapara otra vez.
—¿Cuánto llevas en el circo?
—He viajado con el circo de los Hermanos Quest desde la adolescencia hasta que cumplí los veinte. Desde entonces voy y vengo.
—¿Qué haces el resto del tiempo?
—Ya sabes la respuesta a eso. Estoy en prisión por asesinar a una camarera.
Ella entrecerró los ojos, haciéndole saber que lo tenía bien calado.
—¿No trabajas de gerente en el circo todo el tiempo?
—No.
Puede que si dejaba de presionarlo un rato, le sacase más información personal.
—¿Quiénes eran los Hermanos Quest?
—Sólo era Owen Quest. Se llama así por seguir la tradición de los Hermanos Ringling. La gente del circo considera que es mejor que todos crean que el circo es de una familia aunque no sea así. Owen fue el propietario del circo durante veinticinco años y, un poco antes de morir, me pidió que terminara la temporada por él.
—Pequeño sacrificio para ti. —Ella lo miró expectante y, en vista de que él no respondía, lo aguijoneó un poco más. —Dejar de lado tu vida normal..., tu trabajo de verdad...
—Mmm. —Ignorando el interrogatorio de Rocío , Gastón hizo que se fijara en una señal de la carretera. —Avísame si ves más indicaciones como esa, ¿si?
Ella vio tres flechas rojas de cartón. Cada una de ellas tenía impresas unas letras azules y señalaban hacia la izquierda.
—¿Para qué son?
—Nos guían hasta el recinto donde daremos la próxima función. —Desaceleró al acercarse a un cruce y giró a la izquierda. —Dobs Murria, uno de nuestros hombres, sale una noche antes que nosotros y las va colocando. Es para indicar la ruta.
Ella bostezó.
—Tengo muchísimo sueño. En cuanto lleguemos, voy a echar una buena siesta.
—Vas a tener que conformarte con dormir de noche. El circo no mantiene a inútiles; todos trabajamos, incluso los niños. Vas a tener que hacer cosas.
—¿Esperas que trabaje?
—¿Acaso temes romperte una uña?
—No soy la niña mimada que crees.
Él le dirigió una mirada de incredulidad, pero Rocío intentaba evitar otra discusión e ignoró el cebo que él le estaba tendiendo.
—Sólo quería decir que no sé nada del mundo del circo.
—Aprenderás. Bob Thorpe, el tipo que normalmente se encarga de la taquilla, tiene que ausentarse durante un par de días. Ocuparás su lugar hasta que vuelva, suponiendo, claro está, que sepas contar lo suficiente como para devolver bien el cambio.
—Con las monedas de curso legal, sí —respondió ella con un deje de desafío.
—Después tendrás que encargarte de algunas tareas domésticas. Puedes comenzar por poner algo de orden en la caravana. Y agradecería una comida caliente esta noche.
—Y yo. Tendremos que buscar un buen restaurante.
—Eso no es lo que tenía en mente. Si no sabes cocinar, puedo enseñarte lo básico.
Ella reprimió su enfado y adoptó un tono razonable.
—No creo que intentar que me encargue yo sola de todas las tareas domésticas sea la mejor manera de empezar con buen pie este matrimonio. Deberíamos repartirnos el trabajo equitativamente.
—De acuerdo. Pero si quieres un reparto equitativo, tendrás que hacer también otras cosas. Actuarás en la presentación.
—¿En la presentación?
—En el espectáculo. En el desfile con el que se inicia la función, y es obligatorio.
—¿Quieres que actúe en la función?
—Todos, menos los obreros y los candy butchers salen en el desfile.
—¿Qué son los candy butchers?
—El circo tiene su propio lenguaje, ya lo irás agarrando. Los que atienden los puestos del circo recibieron el nombre de butchers[1] porque, en el siglo XIX, un hombre que era carnicero abandonó su trabajo para trabajar en uno de los puestos ambulantes del circo de John Robinson Show. En los puestos de algodón de azúcar se venden perritos calientes además de golosinas, por eso se llaman candy butchers. La carpa principal es lo que se conoce como circo en sí, nunca la llames «carpa» a secas. Sólo se llama así a la de la cocina y a la de la casa de fieras. El recinto se divide en dos: la parte trasera, donde dormimos y aparcamos los remolques, y la parte delantera, o zona pública. Las representaciones tienen también un lenguaje distinto. Ya te irás acostumbrando —hizo una pausa significativa, —si te quedas lo suficiente.
Ella decidió no picar el cebo.
—¿Qué es un donnicker? Recuerdo que ayer usaste esa palabra.
—Es la marca de los retretes de las caravanas, cara de ángel.
—Ah. —Continuaron viajando varios kilómetros en silencio mientras ella cavilaba sobre lo que él le había dicho. Pero era lo que no había dicho lo que más le preocupaba. —¿No crees que deberías hablarme un poco más de ti? Contarme algo sobre tu vida que sea verdad, claro.
—No veo por qué.
—Porque estamos casados. A cambio te contaré cualquier cosa que quieras saber de mí.
—No hay nada que me interese saber de ti.
Eso hirió los sentimientos de Rocío, pero de nuevo no quiso darle más importancia de la que tenía.
—Nos guste o no, ayer hicimos unos votos sagrados. Creo que lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos qué esperamos de este matrimonio.
Él meneó la cabeza lentamente. Ella nunca había visto a un hombre que pareciera más consternado.
—Esto no es un matrimonio, Rocío.
—¿Perdón?
—No es un matrimonio de verdad, así que quítate esa idea de la cabeza.
—¿De qué estás hablando? Por supuesto que es un matrimonio de verdad.
—No, no lo es. Es un acuerdo legal.
—¿Un acuerdo legal?
—Exacto.
—Ya entiendo.
—Bien.
La obstinación de Gastón la enfureció.
—Bueno, pues ya que soy la única involucrada en este acuerdo legal por el momento, intentaré que funcione, tanto si quieres como si no.
—No quiero.
—Gastón, hicimos unos votos. Unos votos sagrados.
—Eso no tiene ningún sentido, y tú lo sabes. Te dije desde el principio cómo iban a ser las cosas. No te respeto, ni siquiera me gustas, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de jugar a las casitas.
—Estupendo. ¡Tú tampoco me gustas!
—Veo que nos entendemos.
—¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.
—Me alegra oírlo. —Él la recorrió lentamente con la mirada. —Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.
Ella sintió que se sonrojaba y que esa inmadura reacción la enfadaba lo suficiente como para desafiarlo.
—Estás refiriéndote al sexo, ¿por qué no hablas claro?
—Por supuesto que me refiero al sexo.
—¿Con o sin tu látigo? —Ella se arrepintió en cuanto las impulsivas palabras salieron de su boca.
—Tú eliges.
Rocío fue incapaz de seguir soportando sus bromas. Se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventanilla.
—¿Rocío?
Tal vez fuera porque deseaba creerlo, pero su voz le pareció más suave esta vez. Ella suspiró.
—No quiero hablar de eso.
—¿De sexo?
Ella asintió con la cabeza.
—Tenemos que ser realistas —dijo él, —los dos somos personas saludables, y a pesar de tus diversos desórdenes de personalidad, no eres precisamente un adefesio.
Ella se volvió hacia él para dirigirle su mirada más desdeñosa, pero lo que vio fue cómo una comisura de esa boca masculina se curvaba en lo que en otro hombre hubiera sido una sonrisa.
—Tú tampoco eres precisamente un adefesio —admitió ella a regañadientes, —pero tienes muchos más desórdenes de personalidad que yo.
—No, creo que no.
—Te aseguro que sí.
—¿Como cuáles?
—Pues bien, para empezar... ¿Estás seguro de que quieres oírlos?
—No me lo perdería por nada del mundo.
—Bueno, pues eres cabeza dura, terco y dominante.
—Pensaba que ibas a decir algo malo.
—No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.
—Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿si?
Ella lo fulminó con la mirada y optó por no mencionar los látigos que tenía debajo de la cama.
—Es imposible hablar contigo.
Él ajustó la visera solar.
—Lo que estaba tratando de decirte antes de que me interrumpieras con la lista de mis cualidades es que ninguno de nosotros va a poder mantenerse célibe durante los próximos seis meses.
Rocío bajó la mirada. Si él supiera que ella llevaba así toda la vida...
—Vamos a vivir en un lugar pequeño —continuó él, —estamos legalmente casados y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.
«¿Echemos un polvo?» Su rudeza le recordó que eso no significaría nada para él y que, contra toda lógica, ella quería algo de romanticismo.
—En otras palabras, esperas que haga las tareas domésticas, trabaje en el circo y «eche polvos» contigo —dijo bastante mosqueada.
Él lo pensó detenidamente.
—Supongo que es más o menos eso.
Ella giró la cabeza y miró con aire sombrío por la ventanilla. Hacer que ese matrimonio tuviera éxito iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.

2 comentarios:

  1. muy bueno el cap igual me hubiera gustado que llegaran al momento de "los polvos" como dice gaston, no quiero tener que esperar muchos mas capítulos para que pase!! jaja. Todos los días entro al blog para ver si subiste algun capi nuevo jaja re fisura con tu nove jaja. Plis escribi pronto!!

    ResponderEliminar
  2. estoy desesperada, cuando subis un nuevo cap!!!!!!! hoy verdad???? Decí q siiiiii!!!!

    ResponderEliminar