Ya se había propagado el rumor de que era la mujer de Gastón, y muchos de los empleados del circo se inventaron excusas para pasar por allí y satisfacer su curiosidad sobre ella. Tanta cordialidad extrañó a Rocío. Reconoció a algunos de los hombres que se ocupaban de los tenderetes, a algunos payasos y a varios miembros de la familia Lipscomb, que realizaba un número hípico. Se dio cuenta de que algunas de las chicas tenían que disimular para ocultar los celos que sentían porque ella hubiera logrado pescar a Gastón Dalmau; Rocío apreció el gesto. Por primera vez, sintió una señal de esperanza. Tal vez las cosas resultaran bien después de todo.
Quizá la persona más interesante que se presentó ante ella fue Nicolás Pepper, el padre de Heather. Apareció con sus ropas de trabajo: un moño blanco ceñido a la cintura por un ancho cinturón de color oro con unas cintas doradas que adornaban el escote y los tobillos.
Una chica llamada Charlene ya le había dicho que Nicolás y Gastón eran los hombres más atractivos del circo, y tuvo que darle la razón. Nicolás Pepper le recordaba a una versión más baja de Sylvester Stallone, lleno de músculos, actitud arrogante y acento neoyorquino. Tenía un atrayente aspecto de hombre rudo, aunque por la manera que tuvo de examinarla de arriba abajo Rocío supo que era un sagaz mujeriego. Se recostó en la esquina del escritorio con las piernas extendidas; la perfecta imagen de un hombre que se sentía a gusto con su cuerpo.
—Así que procedes del circo, ¿no?
Él le hizo la pregunta con el tono agresivo y casi acusatorio que muchos neoyorquinos empleaban para preguntar cualquier cosa y Rocío tardó un momento en darse cuenta de a qué se refería.
—¿Yo? Oh, no. Mi familia no forma parte del circo.
—Eso lo hará todo más difícil para vos. En el circo de los Hermanos Quest no eres nadie si no puedes justificar tu ascendencia circense en un mínimo de tres generaciones. Simplemente pregúntale a Eugenia.
—¿A Eugenia?
—Es la dueña del circo. Eugenia Cardoza Quest. Es una de las voladoras más famosas del mundo. Trapecista —dijo él cuando vio su expresión confusa. —Ahora entrena a los hermanos Tolea, que actúan con nosotros. Son rumanos. También hace la coreografía de otros números, supervisa el vestuario y otras cosas por el estilo.
—Si el circo es suyo, ¿por qué no lo dirige ella en vez de Gastón?
—Ése es un trabajo de hombres. El gerente tiene que tratar con borrachos, peleas con cuchillo, discusiones. A Eugenia no le gustan esas cosas.
—Aún no la conozco.
—Es que se ha ido unos días. Lo hace en ocasiones, cuando las cosas se ponen feas por acá.
Debió de resultar evidente que ella no comprendía lo que él había querido decir, así que se lo explicó.
—A Eugenia le gustan los hombres. Sin embargo, no está demasiado tiempo con ninguno. Es un poco exótica. No se enrolla con nadie que no proceda de una antigua familia del circo.
La imagen que se había formado de la dueña del circo, una viuda entrada en años, se desvaneció de la mente de Rocío . El gesto tirante en la boca de Nicolás hizo que se preguntara si Eugenia Quest no significaría algo para él.
—En mi caso, mi viejo era carnicero en Brooklyn. Me marché con un circo ambulante el día que me gradué en el instituto y nunca miré atrás. —La miró con algo de rabia, como si esperara que discutiera con él. —Sin embargo mis hijos sí tienen sangre circense en las venas gracias a su madre.
—No creo haberla conocido.
—Cassie murió hace dos años, pero nos divorciamos hace doce, por lo que no estoy exactamente de luto. Ella odiaba el circo, aunque había crecido en él, y por esa razón se mudó a Wichita y se licenció en la universidad, pero a mí me gusta este mundo y me quedé aquí.
Así que Heather también había perdido a su madre. Rocío quiso saber aún más.
—Entonces tus hijos viven con vos, ¿no?
—Heather vivía en Wichita con su madre, pero Cassie tenía problemas para manejar a los chicos, así que se vinieron a vivir conmigo cuando eran muy jóvenes. Desde ese día, hice una función con ellos. Matt y Rob tienen ahora veinte y veintiún años. Son unos demonios, ¿pero qué puedes esperar siendo yo su padre?
Rocío no estaba interesada en los diabólicos hijos de Nicolás e ignoró la inconfundible nota de orgullo en su voz.
—Entonces, ¿Heather acaba de venirse a vivir contigo?
—Llegó el mes pasado, pero suele pasar conmigo un par de semanas en verano. Aunque claro, no es como vivir aquí todo el año.
Cuando lo vio fruncir el ceño, se dio cuenta de que la situación no estaba resultando como él había planeado, pero Rocío ya tenía suficientes dificultades con su propio padre como para sentir otra punzada de compasión hacia Heather. No era de extrañar que fumara y se enamorara de hombres mayores que ella. Aunque Nicolás Pepper era innegablemente atractivo, no parecía ser el más paciente de los padres.
—Ya he conocido a Heather. Parece una chica muy sensible.
—Demasiado sensible diría yo. Ésta es una vida dura y Heather es demasiado blanda. —Nicolás se levantó bruscamente. —Me voy antes de que comience a llegar la gente. Encantado de conocerte, Rocío.
—Igualmente.
Cuando llegó a la puerta le dirigió otra de esas miradas de rompecorazones.
—Gastón es un hombre afortunado.
Ella sonrió educadamente y deseó que también Gastón pensase de esa manera.
Sólo después de que comenzara la segunda función pudo Rocío abandonar la taquilla y observar la actuación de Gastón. Esperaba que volver a ver el espectáculo diluyera la impactante sensación que había experimentado la noche anterior, pero la habilidad de su marido le pareció todavía más impresionante. ¿Dónde había aprendido a hacer esas cosas?
Hasta que no terminó la función no recordó que debía acabar de ordenar la caravana. Regresó rápidamente y estaba abriendo la puerta cuando Jill, con Frankie encaramado de nuevo a sus hombros, la llamó. Al ver a Rocío, el mono comenzó a chillar inmediatamente y a taparse los ojos.
—Cállate, bicho malo. Veni Rocío, quiero enseñarte una cosa.
Rocío cerró la puerta de la caravana con rapidez, antes de que Jill pudiese ver el desorden del interior y se diera cuenta de la terrible ama de casa que era. La joven la tomó del brazo y la condujo por la hilera de caravanas. A la izquierda pudo ver a JackDaily.cl maestro de ceremonias, hablando con Gastón mientras los trabajadores comenzaban a apilar las gradas.
—¡Ay! —Rocío dio un chillido cuando sintió un fuerte tirón del pelo.
Frankie chilló.
—Niño malo —canturreó Jill, mientras Rocío se colocaba lejos del alcance del chimpancé. —Ignóralo. En cuanto comprenda que no le haces caso te dejará en paz.
Rocío decidió no decirle lo mucho que dudaba que eso sucediera.
Rodearon la última caravana y Rocío soltó un jadeo sorprendida al ver a muchos de los artistas, todavía con ropa de actuación, alrededor de una mesa plegable sobre la que había una tarta rectangular con unos novios de plástico en el centro. Madeline, la chica que había conocido antes, estaba cerca del pastel, junto con Nicolás Pepper y sus hijos, el más joven de los Lipscomb, varios payasos y otros muchos empleados que había conocido antes. Sólo Heather parecía haberse quedado al margen.
Sonriendo ampliamente, Jack Daily empujó a Gastón hacia delante mientras Madeline levantaba las manos como un director de orquesta.
—Atención todos. ¡Felicidades! ¡Felicidades!
Mientras el grupo cantaba, a Rocío se le empañaron los ojos. Esas personas apenas la conocían, pero le tendían una mano amistosa. Después de la fría ceremonia que había sido su boda, la joven se recreó en la intimidad de ese momento. En esa improvisada reunión de los amigos de Gastón, se sintió como si estuviera asistiendo a una verdadera celebración, a una aceptación de que había ocurrido algo realmente personal, como si aquello no fuera un castigo de su padre sino una ocasión feliz.
—Gracias —susurró ella cuando terminaron de cantar. —Gracias de todo corazón.
Miró a Gastón, y la felicidad de la joven se evaporó al ver su expresión rígida y helada.
La gente fue guardando silencio poco a poco. Se dieron cuenta de la reacción de Gastón y supieron que algo iba mal. «Por favor, no lo hagas —pensó ella. —Quiero que sean mis amigos. Por favor finge ser feliz.»
Algunas mujeres se miraron de reojo. La certeza de que Gastón era un novio radiante desapareció con rapidez y Rocío observó cómo varias miradas se posaban en su barriga para intentar averiguar si estaba embarazada.
Rocío se obligó a hablar:
—Nunca había tenido una sorpresa tan agradable. ¿Y vos Gastón?
Hubo un largo silencio antes de que él asintiera con la cabeza.
La joven levantó la barbilla y forzó una sonrisa.
—La tarta parece deliciosa. Apuesto lo que sea a que todos quieren tomar un trozo. —Miró fijamente a Gastón, suplicándole en silencio que colaborara. —Veni, vamos a cortarla los dos juntos.
El silencio pareció extenderse infinitamente.
—Tengo las manos sucias. Hacelo vos.
Con las mejillas ardiendo de vergüenza, Rocío se acercó a la mesa plegable, agarro un cuchillo y comenzó a cortar la tarta en porciones cuadradas. Continuaron en silencio mientras ella intentaba fingir que no pasaba nada.
—No puedo creer que improvisara esto con tanta rapidez. ¿Cómo demonios lo había hecho?
Madeline movió los pies con inquietud.
—Esto... er... no fue tan difícil.
—Bueno, pues estoy impresionada. —Con las mejillas doliéndole por el esfuerzo de sonreír, Rocío cortó el primer trozo de tarta, lo colocó en un plato de cartón y se lo dio a Gastón.
Él lo tomó sin decir palabra.
El silencio se hizo más ensordecedor. Finalmente, Jill se acercó con rapidez, mirando a los novios con nerviosismo.
—Siento que sea de chocolate. Tuvimos poco tiempo, y en la pastelería no había tartas de boda.
Rocío la miró con gratitud al ver que intentaba aliviar la tensa situación.
—La tarta de chocolate es mi favorita.
Gastón colocó el plato sobre la mesa tan bruscamente que el intacto trozo de pastel se tambaleó y cayó de lado.
—Perdonen. Tengo mucho trabajo que hacer. Gracias por todo.
A Rocío le tembló la mano cuando le pasó un plato a Madeline. Alguien soltó una risita maliciosa. Rocío levantó la cabeza y vio que era Heather.
La adolescente le dirigió una sonrisa triunfal y corrió detrás de Gastón.
—¿Quieres que te eche una mano?
—Claro, cariño. —La voz cálida y afectuosa de Gastón respondiéndole a Heather, llegó a través de la brisa nocturna. —Tenemos problemas con uno de los camiones de carga. Puedes ayudarme a comprobarlo.
Rocío parpadeó con fuerza. Era de lágrima fácil, pero si lloraba ahora nunca podría volver a enfrentarse a esas personas.
—¿Un trozo de tarta? —Tendió un plato hacia un hombre rubio con barba y aspecto de surfista. Recordó que se había presentado como Neeco Martin, el domador de elefantes, cuando había ido a conocerla al vagón rojo.
Él lo tomó sin mediar palabra y le dio la espalda para decirle algo a uno de los payasos. Madeline dio un paso adelante para ayudar a Rocío, pensando sin duda, que era mejor acabar lo antes posible. Los demás artistas fueron cogiendo el trozo de tarta que les correspondía y, uno a uno, se fueron marchando.
Al cabo de un rato, sólo quedaron Jill y ella.
—Lo siento, Rocío. Pensé que era una buena idea, pero debería haber supuesto que a Gastón no le parecería bien. Es muy reservado.
Él ni siquiera se había molestado en mencionarle a sus amigos que se había casado.
Rocío forzó otra sonrisa.
—Todas las parejas tardan algún tiempo en adaptarse al matrimonio.
Jill reagarró los restos de la tarta y se los ofreció a Rocío.
—¿Por qué no te llevas lo que queda?
Rocío pudo sentir la bilis en la garganta cuando los agarro; su único deseo era perder de vista aquella tarta.
—¡Santo cielo! Sí que se ha hecho tarde. Y tengo un montón de cosas que hacer antes de acostarme —dijo, y huyó de allí.
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