viernes, 16 de septiembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Cinco

Durante las horas siguientes, mientras desmontaban el circo para llevarlo al siguiente pueblo, ella se dedicó a recolocar todo dentro de los armarios. Se sentía invadida por una sensación de desesperación y un infinito cansancio que hacía que apenas pudiera mantenerse en pie, pero a pesar de ello siguió trabajando.
Los caros pantalones de marca que llevaba puestos estaban completamente sucios y la blusa se le pegaba a la piel, pero no le importaba. Quería que esas personas fueran amigos suyos, pero ahora que sabían lo poco que le importaba a Gastón y lo que éste pensaba de su matrimonio, ya no lo serían. La pequeña fiesta improvisada y la tarta habían sido una pequeña bendición para ella, pero su marido la había estropeado.
Gastón entró en la caravana, que todavía parecía tan desordenada como cuando ella llegó, poco después de medianoche. Aunque Rocío había limpiado y organizado los armarios, no había tenido ni tiempo ni energía para hacer nada más. Los platos sucios seguían amontonados en el fregadero y la cacerola llena de costra estaba sobre el fuego.
Él apoyó las manos en las caderas y examinó los muebles sucios, la polvorienta superficie de la mesa y los restos de la tarta de boda.
—Pensé que ibas a limpiar esto. Pero ya veo que sigue igual de sucio.
Ella apretó los dientes.
—Los armarios están limpios.
—¿A quién le importa los armarios? ¿No sabes hacer nada bien?
Rocío no lo pensó. Llevaba horas trabajando, su matrimonio era una farsa y había sido humillada en público por un hombre que había jurado honrarla ante Dios. Con rapidez, reagarró la tarta con una mano y se la lanzó.
—¡Eres un imbécil!
Gastón extendió las manos automáticamente para impedir que se la arrojara, pero no fue lo suficientemente rápido. La tarta le dio en el hombro y se deshizo en mil pedazos.
Ella observó el desastre con una curiosa indiferencia. Trocitos de tarta y azúcar glas habían volado por todas partes. Una pegajosa sustancia blanca salpicaba el pelo, las cejas e incluso las pestañas de Gastón. Los pedazos de chocolate que se le habían quedado pegados a la mandíbula cayeron sobre el hombro de su camiseta. La indiferencia de Rocío desapareció cuando vio que se ponía rojo.
Iba a matarla.
Él intentó limpiarse los ojos a la vez que se movía hacia ella. Rocío se apartó de su camino y, aprovechando la ceguera temporal de Gastón, salió corriendo por la puerta.
Miró frenética a su alrededor, buscando un lugar seguro donde esconderse. Habían desmontado el circo. Las carpas más pequeñas estaban cerradas y la mayoría de los camiones se habían marchado. Tropezó con un matorral y acabó refugiándose en un estrecho espacio entre dos furgonetas. El corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas. ¿Qué había hecho?
Dio un respingo al oír la voz de un hombre y se deslizó más profundamente en las sombras, chocando contra algo sólido. Sin mirar lo que era, se apoyó allí mientras recobraba el aliento. ¿Cuánto tiempo tardaría en encontrarla? Y... ¿qué haría luego con ella?
Sintió un gruñido justo detrás de la oreja.
Tenía el cabello reagarrado y el cuello expuesto; un helado escalofrío le recorrió la espalda. Se volvió con rapidez y se quedó mirando fijamente un par de ojos color oro pálido.
Se quedó paralizada. Sabía qué clase de bestia era aquélla. Sabía que tenía ante sí a un tigre, pero era incapaz de asimilarlo.
El animal estaba tan cerca que ella sintió su aliento en la cara. El tigre dejó al descubierto los dientes, un arma afilada y letal. Rocío olió su esencia y oyó cómo aquel ronco gruñido de intimidación aumentaba de volumen hasta convertirse en un rugido cruel. Salió de su parálisis saltando hacia atrás cuando el animal embistió contra los barrotes de hierro que los separaban.
Rocío chocó con violencia contra algo sólido y humano, pero no pudo arrancar la vista del tigre. Una alarma comenzó a sonar en su cabeza. En ese momento, la bestia parecía la reencarnación de toda la maldad del mundo y la joven sintió como si esa malevolencia fuera dirigida hacia ella. Como si de alguna manera, en esa salvaje noche de Carolina del Sur, hubiera encontrado su destino.
Se dio la vuelta, incapaz de soportar la intensa mirada de esos ojos dorados por más tiempo. Al volverse se topó con una cálida fortaleza detrás de ella y supo que había encontrado un santuario.
Luego sintió algo áspero bajo la mejilla. Los acontecimientos, el miedo, el cansancio y todos los angustiosos cambios en su vida durante los últimos dos días la abrumaron y se echó a llorar.
La mano de Gastón fue sorprendentemente suave cuando la tomó por la barbilla para obligarla a mirarle a la cara. Rocío se encontró con otro par de pálidas pupilas, tan parecidas a los dorados ojos del tigre, que sintió como si hubiera escapado de una bestia para caer en las garras de otra.
—Sinjun no puede lastimarte, Rocío. Está en una jaula.
—¡Eso no importa! —La histeria se apoderó de ella.
¿Acaso no se daba cuenta de que una jaula no podía protegerla de lo que había visto en los ojos de ese enorme felino?
Pero él no lo entendía y ella nunca podría explicarle la fugaz sensación de haber tenido un encuentro cara a cara con su propio destino. Se apartó de él.
—Lo siento. Tienes razón. Soy una estúpida.
—Y no por primera vez —dijo él con seriedad.
Rocío levantó la mirada hacía él. Aún manchado de pastel y azúcar glas, tenía un aspecto feroz, magnífico y aterrador; igual que el tigre. Se dio cuenta de que a Gastón le temía de otra manera, de una que no comprendía por completo, sólo sabía que era algo que iba más allá de la amenaza física. Era más que eso. De alguna manera sentía que su marido podía dañarle el alma.
Rocío había llegado a los límites de su resistencia. Habían sido demasiados cambios, demasiados conflictos, y no tenía ganas de luchar más. Estaba cansada hasta lo más profundo de su ser y apenas tenía fuerzas para hablar.
—Supongo que ahora me amenazarás con algo horrible.
—¿No crees merecerlo? Sólo los niños tiran las cosas, no los adultos.
—Tienes razón, por supuesto. —Se apartó el pelo de la cara con una mano temblorosa. —¿De qué va esto, Gastón? ¿Humillación? Ya he tenido bastante por esta noche. ¿Desprecio? También he tenido suficiente. ¿Odio? No, eso no funcionará; estoy demasiado entumecida para sentirlo. —Hizo una pausa, vacilando. —Me temo que tendrás que recurrir a algo distinto.
Mientras la miraba, le pareció tan infeliz que algo se ablandó en el interior de Gastón. Sabía que Rocío le tenía miedo —se había asegurado de ello— y aun así seguía sin poderse creer que la joven hubiera tenido el valor suficiente como para tirarle la tarta. Pobre cabeza hueca. No se le había ocurrido pensar que había sido como atacarle con las garras de un gatito.
La sintió temblar bajo sus manos. Rocío había guardado las garras y sus ojos sólo mostraban desesperación. ¿Sabía ella que su rostro reflejaba cada uno de sus sentimientos?
Se preguntó con cuántos hombres se habría acostado. Probablemente ni ella misma lo sabía. A pesar de su inocente apariencia, estaba claro que le gustaban los placeres de la vida. También era un poco atolondrada y no le costaba imaginársela en la cama de cualquier playboy, sin ni siquiera saber cómo había llegado hasta allí.
Al menos eso era algo que se le daba bien. Mientras la observaba tuvo que contener el repentino deseo de agarrarla en brazos y llevarla de vuelta a la caravana, donde la dejaría en la cama y satisfaría todas las preguntas que comenzaba a hacerse. ¿Cómo se verían cada uno de esos rizos sueltos y extendidos como cintas oscuras sobre la almohada? Quería observarla desnuda sobre las sábanas arrugadas, ver la palidez de su piel contra la de él, más oscura; tantear sus pechos con las manos. Quería olerla y sentir sus caricias.
El día anterior, tras la boda, se había dicho a sí mismo que no era el tipo de mujer con la que se acostaría, pero eso había sido antes de observar aquel redondo trasero bajo la camiseta cuando la despertó esa mañana. Había sido antes de observarla en la camioneta, cruzando y descruzando esas largas piernas, dejando colgada la sandalia del dedo gordo del pie. Tenía los pies bonitos y pequeños, con un empeine alto y delicado y las uñas pintadas del mismo color rojo que el manto de una virgen ortodoxa.
No le gustaba que otros hombres supieran más de las apetencias sexuales de su esposa que él mismo. Pero también sabía que era cuestión de tiempo. No podía tocarla hasta asegurarse de que ella entendía cómo serían las cosas entre ambos. Y para entonces, había muchas posibilidades de que Rocío cogiera la maleta y se largara.
La tomó del brazo y la llevó a la caravana. Por un momento, Rocío se resistió, y luego cedió.
—De verdad, comienzo a odiarte —dijo débilmente. —Lo sabes, ¿no?
A él le sorprendió que aquellas palabras le dolieran, sobre todo cuando eso era exactamente lo que quería que ella hiciera. Rocío no estaba hecha para una vida tan dura y él no tenía ningún deseo de alargar aquella situación indefinidamente. Era lo mejor que podía hacer.
—Quizá sea lo mejor.
—Hasta ahora nunca había odiado a nadie. Ni siquiera a Amelia o a mi padre, y ellos me han dado razones suficientes para hacerlo. Pero no te importa lo que sienta por vos, ¿verdad?
—No.
—Creo que nunca he conocido a nadie tan frío.
—Seguro que no. —«Frío, Gastón. Eres tan frío.» Se lo había oído decir a muchas mujeres antes que a ella. Mujeres de buen corazón. Mujeres competentes e inteligentes que habían merecido algo más que un hombre cuyos sentimientos habían desaparecido mucho tiempo antes de conocerlas.
Cuando era joven había pensado que una familia podría curar esa parte herida y solitaria de su interior. Pero mientras buscaba una relación duradera había herido a esas mujeres de buen corazón y se había probado a sí mismo que no tenía sentimientos para amar a ninguna, ni aunque hubiera sido su intención hacerlo.
Llegaron a la caravana. Pasó junto a Rocío al llegar a la puerta y se metió dentro.
—Voy a darme una ducha. Te ayudaré a limpiar cuando salga.
Ella lo detuvo antes de que llegase al baño.
—¿No podrías haber fingido ser feliz esta noche?
—Soy como soy, Rocío. Yo no finjo. Nunca.
—Estaban tratando de ser amables. ¿Te costaba tanto disimular un poco?
«¿Como podía explicárselo para que lo entendiera?»
—Creciste protegida Rocío, pero yo lo hice de la manera más cruda. Mucho más cruda de lo que puedas imaginar. Cuando creces así, tienes que aprender a protegerte de alguna manera, tienes que aferrarte a algo que impida que te conviertas en una bestia. En mi caso fue el orgullo. Nunca me doblego. Jamás.
—No puedes condicionar tu vida por eso. El orgullo no es tan importante como otras cosas.
—¿Como cuáles?
—Como... —Ella vaciló, como si supiera que a él no le iba a gustar nada lo que estaba a punto de decir. —Como el cariño y la compasión. Como el amor.
Él se sintió viejo y cansado.
—El amor no existe para mí.
—Existe para todo el mundo.
—No para mí. No te hagas ideas románticas conmigo, Rocío. Sólo sería una pérdida de tiempo. He aprendido a vivir según mis reglas. Intento ser honesto y lo más justo posible. Por este motivo paso por alto que me hayas tirado la tarta. Comprendo que esto es duro para vos y supongo que lo estás haciendo lo mejor posible. Pero no confundas justicia con sentimientos. No soy un sentimental. Puede que eso de las emociones funcione con otras personas, pero no conmigo.
—Esto no me gusta —susurró ella, —no me gusta nada.
—Has caído en manos del diablo, cariño. Cuanto antes lo aceptes, mejor será para vos —dijo él cuando por fin habló con una voz que nunca había sonado tan triste.
Gastón entró en el baño, cerró la puerta y apretó los párpados, intentando apartar de su mente el juego de emociones que había visto cruzar por el rostro de su esposa. Había visto de todo: cautela, inocencia y una esperanza casi aterradora de que quizás él no fuera tan malo como parecía.
Pobre cabeza hueca.

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