sábado, 17 de septiembre de 2011

Primera Parte, Capitulo Seis!

—Levantate.
—Es mi último aviso, cara de ángel. Dentro de tres minutos nos vamos.
Rocío abrió los ojos lo justo como para echarle una ojeada al reloj y ver que eran las cinco de la madrugada. No pensaba ir a ninguna parte a esas horas, así que se acurrucó aún más bajo las mantas y volvió a dormirse. Lo siguiente que supo fue que Gastón la agarraba en brazos.
—¡Eh! —gritó. —¿Qué haces?
Sin decir ni una palabra, Gastón la sacó al gélido aire matutino, la metió dentro de la cabina de la camioneta y dio un portazo. La fría tapicería de vinilo contra sus piernas desnudas espabiló a Rocío de golpe y le hizo recordar que sólo llevaba puesto una camiseta y unas diminutas bragas azules. Él subió por el otro lado y unos instantes más tarde abandonaban el lugar.
—¿Cómo has podido? ¡Sólo son las cinco de la madrugada! ¡Nadie se levanta tan temprano!
—Nosotros sí. Tenemos que ir a Carolina del Norte.
Gastón parecía bien despierto. Se había afeitado y se había puesto unos vaqueros y una camisa roja. Él deslizó los ojos por las piernas desnudas de Rocío.
—Espero que la próxima vez te levantes cuando te lo diga.
—¡No estoy vestida! Tienes que dejarme agarrar la ropa. Y necesito maquillaje. ¡Mi pelo...! ¡Tengo que lavarme los dientes!
Él metió la mano en el bolsillo y sacó un aplastado paquete de chicles Dentyne.
Ella se lo quitó, sacó dos y se los metió en la boca. Volvió a recordar los acontecimientos de la noche anterior. Investigó la cara de Gastón buscando algún rastro de resentimiento, pero no lo encontró. Estaba demasiado cansada y deprimida para volver a discutir, pero si no le replicaba, parecería que se había rendido y que hacía lo que él quería.
—Va a ser duro para mí quedarme acá después de lo que sucedió anoche.
—No te iba a resultar fácil de todas maneras.
—Soy tu esposa —dijo Rocío con voz queda— y también tengo mi orgullo. Anoche me humillaste delante de todo el mundo y no me lo merecía.
Él no dijo nada y, si no hubiera sido por la manera en que frunció los labios, Rocío habría pensado que no la había oído.
Se sacó el chicle de la boca y lo guardó en el envoltorio.
—Por favor, para y déjame agarrar mis cosas.
—Deberías haberlo hecho antes.
—Estaba dormida.
—Te avisé.
—Eres un robot. ¿Acaso no tienes sentimientos?
Ella tiró del bajo de la camiseta para taparse todo lo posible.
Gastón bajó la mirada a los desnudos muslos de Rocío .
—Oh, claro que tengo sentimientos. Pero no creo que sean los que vos queres.
Ella siguió intentando bajarse la camiseta.
—Quiero mi ropa.
—Te desperté con tiempo de sobra para vestirte.
—Lo digo en serio, Gastón. Esto no es divertido. Estoy casi desnuda.
—De eso ya me doy cuenta.
—¿Te excito? —preguntó Rocío bruscamente a causa del sueño que tenía.
—Sí.
Eso sí que no se lo esperaba. Había pensado que él le respondería con su habitual desdén. Al recobrarse de la sorpresa, le lanzó una mirada feroz.
—Vaya... qué pena. Porque yo no siento ningún interés por vos. Por si no lo sabías, el cerebro es el órgano sexual más importante, y mi cerebro no está interesado en hacer nada con vos.
—¿Tu cerebro?
—Tengo cerebro, ¿sabes?
—Jamás lo he dudado.
—¿Cómo que no? No soy estúpida, Gastón. Puede que mi educación no fuera demasiado convencional, pero te aseguro que fue muy completa.
—Tu padre no está de acuerdo.
—Lo sé. Le gusta decir a todo el mundo que soy una inculta porque mi madre me sacaba del colegio cada dos por tres. Pero cada vez que Adriana hacía un viaje interesante, me llevaba con ella si creía que podría ser beneficioso para mí. Algunas veces pasaban meses antes de que regresara al colegio. A veces, ni siquiera volvía, pero ella se aseguraba de que siguiera estudiando.
—¿De qué manera?
—Siempre le pedía a quien quiera que fuera a visitarla o pasara algún tiempo con ella, que me enseñara algo de provecho.
—Pensaba que tu madre sólo trataba con estrellas de rock.
—Aprendí bastante sobre alucinógenos.
—Me lo imagino.
—Pero también estábamos con otro tipo de gente. Fue la princesa Margarita la que me enseñó todo lo que sé sobre la historia de la familia real británica.
Él clavó los ojos en ella.
—¿Hablas en serio?
—Claro. Y no fue la única. Crecí rodeada de gente famosa. —Rocío no quería que Gastón pensara que se estaba alabando, así que omitió mencionar la espectacular puntuación que había obtenido en las pruebas de acceso a la universidad. —Te agradecería que dejaras de poner en duda mi inteligencia. Si en cualquier momento te apetece hablar de Platón, estoy dispuesta.
—He leído a Platón —dijo él a la defensiva.
—¿En griego?
Tras eso, viajaron en absoluto silencio hasta que, finalmente, Rocío se quedó dormida. En sueños buscó una posición más cómoda y acabó apoyándose en el hombro de Gastón.
Un mechón de su pelo se agitó con la brisa y acarició los labios de Gastón. Él lo dejó jugar allí un rato, rozándole la boca y la mandíbula. Ella olía a un perfume dulce y caro, como a esencia de flores silvestres en una joyería.
Rocío tenía razón sobre lo que había ocurrido la noche anterior. Se había portado como un tonto. Pero era porque lo habían agarrado por sorpresa. No quería que se celebrara algo que no tenía ninguna importancia. Si él no tomaba precauciones, ella se tomaría ese matrimonio muy en serio.
Pensó que nunca había conocido a una mujer con tantas contradicciones. Ella había dicho que él era como un robot sin sentimientos, pero se equivocaba. Claro que tenía sentimientos. Sólo que no eran los que ella quería; la vida le había enseñado a Gastón que era incapaz de tenerlos.
Se dijo a sí mismo que tenía que prestar atención a la carretera, pero no pudo resistirse a mirar hacia abajo, al cálido y delgado cuerpo que se acurrucaba contra él. Rocío tenía las piernas recogidas sobre el asiento y, finalmente, había perdido la batalla contra la camiseta que se le había subido y mostraba la suave curva interior del muslo. Los ojos de Gastón cayeron sobre las diminutas bragas. Cuando el calor se le concentró en la ingle, apartó la mirada enfadado consigo mismo por someterse a esa tortura. «Dios, era tan hermosa.»
Y además era tonta y mimada, y más superficial de lo que nadie podía imaginar. Nunca había conocido a una mujer que se pasara tanto tiempo delante del espejo. Pero a pesar de todos esos defectos, Gastón tenía que admitir que Rocío no era la joven egoísta y egocéntrica que él había creído que era. Poseía una inesperada y perturbadora dulzura que la hacía parecer más vulnerable de lo que él quería.
Cuando Rocío salió de los servicios del bar de carretera donde le acababa de pedir un cigarrillo a una señora, vio que Gastón estaba hablando de nuevo con una camarera. Aunque él le había dejado claro que no tenía intención de tomarse en serio su matrimonio, verlo actuar de esa manera la deprimió. Cuando lo observó asentir con la cabeza a algo que le había dicho la camarera, Rocío se dio cuenta de que su marido le estaba dando la excusa perfecta para ignorar los votos matrimoniales. La horrible escena de la tarta y lo que él había dicho después deberían haberla liberado de su compromiso. Él no tenía intención de mantener los votos, ¿por qué tendría que hacerlo ella?
Porque su conciencia no le ofrecía otra opción. Reunió valor y, componiendo una sonrisa, se dirigió hacia el reservado de vinilo naranja. Ni la camarera ni Gastón le prestaron atención cuando se deslizó en el asiento. Una tarjeta identificativa con forma de tetera indicaba que la chica se llamaba Tracy. Estaba muy maquillada, pero no se podía negar su belleza. Y Gastón parecía un hombre encantador que le ofrecía una amplía y perezosa sonrisa y una mirada apreciativa.
Por fin él pareció darse cuenta de la presencia de Rocío.
—¿Ya de vuelta, hermanita?
«¡Hermanita!»
Él le dirigió una sonrisa desafiante.
—Tracy y yo estamos conociéndonos.
—Estoy tratando de convencer a tu hermano de que me espere —dijo Tracy. —Termino el turno en una hora.
Rocío supo que si no ponía fin a ese tipo de cosas de inmediato, Gastón pensaría que podía ignorar alegremente sus responsabilidades durante seis meses. Se inclinó hacia delante y le dio a la camarera una palmadita en la mano que tenía apoyada en la mesa.
—Eres una buena chica, cariño. Se ha mostrado muy tímido con las mujeres desde que le diagnosticaron ese problema médico. Yo no hago más que decirle que los antibióticos hacen milagros y que no debe preocuparse por esas molestas enfermedades de transmisión sexual.
La sonrisa de Tracy vaciló. Clavó los ojos en Rocío, luego en Gastón y palideció.
—El jefe me echará una bronca si hablo demasiado tiempo con los clientes. Tengo que irme. —Se alejó apresuradamente de la mesa.
La taza de café de Gastón tintineó sobre el platillo.
Rocío se enfrentó a él.
—Ni se te ocurra decir nada, Gastón. Hemos hecho unos votos sagrados.
—Pero yo no creo en ellos.
—Eres un hombre comprometido. Y los hombres comprometidos no hablan con las camareras. Por favor, procura no olvidarlo.
Él le gritó de vuelta a la camioneta, insultándola con palabras tales como «inmadura», «egoísta» o «intrigante». Sólo se calló cuando se pusieron en marcha.

Habían recorrido en silencio casi dos kilómetros cuando ella creyó oír lo que parecía una risita ahogada, pero cuando lo miró, vio la misma cara severa y seria de siempre. Como sabía que el alma rusa del oscuro Gastón Dalmau no poseía ni la más mínima pizca de sentido del humor, dio por hecho que se había equivocado.

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