Al atardecer, Rocío estaba muy cansada. Sólo esforzándose al máximo había sido capaz de terminar de limpiar la caravana, de ducharse, de preparar algo de comer y de llegar al vagón rojo a tiempo de atender la taquilla. Se habría demorado mucho más si Gastón no hubiera limpiado los restos de tarta la noche anterior. Dado que había sido ella la que la había tirado, había sido una sorpresa que la ayudara.
Era sábado y escuchó sin querer las breves conversaciones que mantenían los trabajadores que se acercaban a agarrar los sobres de su paga. Gastón le había contado que algunos de los trabajadores que montaban las carpas y trasladaban el equipo eran alcohólicos y drogadictos, pero que los sueldos bajos y las malas condiciones no atraían a empleados más estables. Algunos llevaban años trabajando en el circo sólo porque no tenían otra parte donde ir. Otros eran aventureros atraídos por el encanto del mundo circense, pero generalmente nadie duraba mucho tiempo allí.
Gastón alzó la mirada del escritorio cuando Rocío entró en la caravana; en su cara se había dibujado lo que ella comenzaba a pensar que era un ceño perpetuo.
—Las cuentas de ayer no cuadran.
Había sido muy cuidadosa al dar el cambio y estaba segura de no haber cometido ningún error. Acercándose por detrás, miró las hojas pulcramente escritas.
—¿Dónde?
Gastón señaló el libro de ingresos que había encima del escritorio.
—He comparado los números de las entradas con los recibos. Y no coinciden.
Tardó sólo un momento en darse cuenta de qué era lo que pasaba.
—No coinciden porque regalé algunas entradas de cortesía. Fueron como una docena.
—¿Entradas de cortesía?
—Para las familias pobres, Gastón.
—¿Decidiste ser caritativa?
—No podía aceptar ese dinero.
—Sí podías, Rocío. Y de ahora en adelante lo harás. En casi todos los pueblos, el circo es patrocinado por una organización local. Ellos dan pases especiales, y también los doy yo si se da el caso. Pero vos no, ¿entendido?
—Pero...
—¿Entendido?
Ella asintió con la cabeza.
—Bien. Si piensas que alguien merece un pase, me lo decís y yo me ocuparé de ello.
—De acuerdo.
Gastón se puso en pie y frunció el ceño.
—Hoy vuelve Eugenia. Le diré que te busque un maillot para la función. Cuando ella pueda atenderte, enviaré a alguien para que se ocupe de la taquilla.
—Pero yo no soy artista.
—Esto es el circo, cara de ángel. Todo el mundo es artista.
La curiosidad que sentía por la misteriosa Eugenia hizo que ignorase la mueca de Gastón.
—Nicolás me dijo que Eugenia fue una famosa trapecista.
—Es la última de los Cardoza. Su familia era el trapecio lo que los Wallenda a la cuerda floja.
—¿Por qué dejó de actuar?
—Podría volver a hacerlo. Eugenia sólo tiene treinta y nueve años y se mantiene en muy buena forma, pero dejó de ser la mejor y se retiró.
—Parece que se lo tomó en serio.
—Muy en serio. Mantente tan apartada de su camino como te sea posible. —Gastón se dirigió a la puerta. —Recuerda lo que te he dicho sobre la caja del dinero. No la pierdas de vista.
—De acuerdo.
Con una brusca inclinación de cabeza, Gastón desapareció.
Rocío se encargó de la venta de entradas sin problemas. El flujo de gente cesó en cuanto empezó la función, y ella se sentó en las escaleras de la caravana para disfrutar de la brisa nocturna.
Miró la casa de fieras y recordó que Sinjun, el tigre, estaba allí dentro. Ese mismo día, mientras trataba de quitar las peores manchas de la alfombra, había pensado en él, tal vez porque pensar en el tigre era mucho más sencillo que pensaren Gastón. Sentía un inquietante deseo de echar otro vistazo al feroz animal, pero desde una distancia segura.
Un Cadillac antiguo entró en el recinto acompañado de una estela de polvo. De él se salió una mujer de aspecto exótico con una brillante cabellera rojiza. Vestía un top ceñido y una falda tipo sarong con una abertura que revelaba unas largas piernas y unas sandalias de pedrería. Grandes aros dorados brillaban bajo la tenue luz entre el pelo despeinado y un par de brazaletes a juego le adornaban las delgadas muñecas.
Mientras la mujer se dirigía hacia la entrada del circo, Rocío vislumbró su cara: piel pálida, rasgos bien definidos y boca voluptuosa enfatizada con un lápiz de labios color carmín. Aquella mujer mostraba tal seguridad en sí misma que era imposible que fuera una visita y Rocío supo que sólo podía tratarse de Eugenia Quest.
Un cliente se acercó a comprar entradas para la segunda función. Rocío charló con él unos minutos y, cuando se fue, Eugenia había desaparecido. Tan pronto como despachó a todos los que acudieron a la taquilla, Rocío comenzó a curiosear el contenido de un sobre lleno de recortes de viejos periódicos locales.
El número de Gastón con el látigo era mencionado en varios artículos fechados dos años antes y no se volvía a mencionar hasta hacía un mes. Ella sabía que los circos cambiaban las actuaciones y que los artistas iban de un lugar a otro, lo que hizo que se preguntara dónde habría actuado Gastón en la época en que no viajaba con el circo de los Hermanos Quest.
Cuando acabó la primera función apareció uno de los trabajadores, un hombrecillo viejo y marchito con un lunar en una mejilla.
—Soy Petet. Gastón me ha enviado para que me encargue de la taquilla. Tienes que volver a la caravana para probarte un maillot.
Rocío le dio las gracias y se dirigió a la caravana. Cuando entró, se quedó sorprendida al ver a Eugenia Quest delante del fregadero lavando los platos del almuerzo rápido que Gastón y Rocío habían tomado unas horas antes.
—No tienes por qué fregar eso.
Eugenia se volvió y se enagarró de hombros.
—No me gusta esperar sin hacer nada.
Rocío se sintió doblemente insultada: primero por no tener la cocina limpia y luego por la tardanza. No añadiría a esos pecados ser maleducada.
—¿Te gustaría tomar una taza de té?¿0 quizás un refresco...?
—No. —La mujer agarró un trapo y se secó las manos. —Soy Eugenia Quest, pero supongo que ya lo sabes.
Al verla más de cerca, Rocío fue consciente de que la dueña del circo llevaba un maquillaje más llamativo del que ella hubiera elegido. No es que no le quedara bien, pero combinado con aquella ropa colorida y algo provocativa junto con aquellos extravagantes complementos, resultaba evidente que sus patrones de belleza habían sido influenciados por la vida en el circo.
—Soy Rocío Igarzabal . O más bien Rocío Dalmau. Todavía no me he acostumbrado al cambio.
Una profunda emoción cruzó por el rostro de Eugenia. Una profunda repulsión combinada con una hostilidad casi palpable. Al momento, Rocío supo que Eugenia Quest no sería su amiga.
Se obligó a permanecer inmóvil bajo el frío escrutinio de Eugenia.
—A Gastón le gusta comer bien. Apenas tienes nada en la nevera.
—Lo sé. Aún no me he organizado. —No tuvo valor de señalarle a Eugenia que no estaba bien andar fisgoneando.
—Le gustan los espaguetis y la lasaña, y le encanta la comida mexicana. Pero no malgastes el tiempo haciéndole postres. No le gustan los dulces, salvo en el desayuno.
—Gracias por decírmelo. —Rocío notó que se le volvía el estómago. Eugenia pasó la mano por el desconchado mostrador. —Este lugar es horrible. Gastón inició la gira en una caravana nueva, pero se deshizo de ella la semana pasada y comenzó a utilizar ésta aunque me ofrecí a conseguirle algo mejor.
Rocío no pudo ocultar la tristeza que la embargó. ¿Por qué había insistido Gastón en vivir en un sitio así si no tenía por qué hacerlo?
—Pienso arreglarlo —dijo ella, aunque la idea no se le había pasado por la cabeza hasta ese momento.
—La mayoría de los hombres quieren que su esposa disfrute de todas las comodidades posibles. Me sorprende que Gastón rechazara mi oferta.
—Seguro que tenía sus razones.
Eugenia examinó la pequeña figura de Rocío.
—No tienes ni idea de cómo manejarlo, ¿verdad?
Eugenia parecía dispuesta a pelear como perro y gato, pero Rocío sabía quién de las dos saldría perdiendo, así que señaló los dos maillots de lentejuelas que había en el respaldo de la silla.
—¿Son esos maillots los que tengo que probarme?
Eugenia asintió con la cabeza.
Rocío agarró el de arriba y se dio cuenta de que no era más que un trozo de tela azul marino bordado con lentejuelas.
—Tengo la sensación de que me cubrirá muy poco.
—Ésa es la idea. Esto es el circo. El público espera ver una buena porción de piel.
—¿Y tiene que ser de la mía?
—No estás gorda. No veo el problema.
—No tengo precisamente un cuerpo de diez. Jamás ha hecho deporte.
—Es cuestión de tener un poco de disciplina.
—Sí, bueno, ahora que lo dices, tampoco sé qué es eso.
Eugenia la observó con aire crítico, esperando evidentemente que la esposa de Gastón Dalmau enderezara la espalda. Pero después de haber vivido con su madre, Rocío sabía cuándo no debía chocar con una experta en discusiones. La sinceridad era la única defensa contra los expertos en malicia
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