miércoles, 21 de septiembre de 2011

Tercera Parte, Capitulo Seis

Entró en el cuarto de baño y se quitó toda la ropa menos las bragas, pero cuando se puso aquella prenda diminuta se dio cuenta de que el corte de la pierna era tan alto que se veían. Volvió a desnudarse y empezó de nuevo.
Cuando acabó, se miró en el espejo y se sintió como una prostituta. Dos tiras verticales con lentejuelas de color azul le cubrían los pechos, y otra tira horizontal más ancha las cruzaba. El cuerpo del maillot no era más que un fino velo de red plateada. Eugenia ni siquiera había incluido unas mallas.
—Creo que no puedo salir con esto —exclamó a través de la puerta.
—A ver...
Rocío salió.
—Es demasiado... —sus palabras quedaron interrumpidas cuando vio a Gastón delante del fregadero vestido de cosaco. Quiso volver corriendo al baño y, si Eugenia no hubiera estado allí, lo hubiera hecho. ¿Por qué tenía que aparecer cuando estaba vestida de esa manera?
—Acércate para que podamos verte —dijo él.
Rocío dio un paso adelante de mala gana. Eugenia se puso al lado de Gastón. Los dos se quedaron en silencio y Rocío tuvo la sensación de ser una intrusa.
Gastón no dijo nada, pero la indagó de tal manera que ella se sintió desnuda.
—Date la vuelta —ordenó Eugenia.
Rocío se sentía como una prostituta expuesta ante un cliente por la madame de turno. Aunque el espejo del cuarto de baño era muy pequeño, sabía de sobra como le quedaba el maillot por detrás y se hacía una buen idea de lo que ellos estaban viendo: dos nalgas redondas, desnudas salvo en el lugar donde se unían y que estaba cubierto por un trozo de tela. Ruborizada se dio la vuelta de nuevo.
—Es un espectáculo para familias —dijo Gastón. —No quiero que salga así.
Eugenia se acercó a ella y comenzó a desatar el corpiño.
—Tienes razón. No tiene atributos suficientes para llenarlo adecuadamente. Fuera. —Rocío sintió las manos de la mujer en el cuello. —Veamos si el otro te queda mejor.
Eugenia abrió el maillot sin avisar y se lo bajó, dejando a Rocío desnuda hasta la cintura. Con una exclamación ahogada, Rocío agarró el charco de lentejuelas y la red que se le habían deslizado hasta el vientre, pero tenía los dedos torpes y fue como intentar atrapar aire. Miró a Gastón.
Él estaba apoyado contra el fregadero, con los tobillos cruzados y las manos apoyadas en el mostrador que tenía detrás. Rocío le suplicó en silencio que apartara la vista, pero él no dejó de mirarla fijamente.
—Por Dios, Rocío, te sonrojas como una virgen. —Los labios de Eugenia se curvaron en una sonrisa. —Me sorprende que te acuestes con Gastón y aún recuerdes cómo sonrojarte.
Las joyas brillaron en el cinturón de cosaco de Gastón cuando éste dio un paso adelante. —Ya basta, Eugenia. Déjala en paz. Eugenia se dio la vuelta para agarrar el otro maillot. Gastón se interpuso entre las dos mujeres, casi como si quisiera ocultar la desnudez de Rocío, lo que era ridículo, pues era de él de quien ella quería esconderse.
—Dámelo. —Las mangas flojas de la camisa blanca ondearon cuando arrancó el maillot de lentejuelas rojas de las manos de Eugenia. Lo miró y se lo dio a Rocío. —Éste está mejor. Mira a ver si te sirve.
Ella agarró el maillot y entró corriendo en el cuarto de baño. Cuando cerro la puerta, se apoyó contra ella e intentó respirar con normalidad, pero le palpitaba el corazón y le ardía la piel. «Te has criado con una madre que tomaba el sol desnuda. Esto no es para tanto.» Quizá no, pero le molestaba.
Finalmente se puso el maillot, y vio con alivio que la cubría algo más que el otro. Las lentejuelas rojas, en forma de lengua de fuego, trepaban desde la entrepierna hasta el corpiño, donde se pegaban a sus pechos de manera irregular y cerrado. Las aberturas de la pierna llegaban casi hasta la cintura, mostrando una buena porción de piel. Abrió la puerta y salió a regañadientes del baño. Al menos le cubría la cintura.
Sólo estaba Gastón, apoyado en el borde de la mesa con la cadera. Rocío tragó saliva.
—¿Dónde está Eugenia?
—Tenía que hablar con Jack. Date la vuelta.
Ella se mordisqueó el labio inferior y no se movió.
—Fueron amantes, ¿verdad?
—Ahora ya no. De cualquier manera es algo que no te incumbe.
—Parece que todavía le importas.
—Eugenia me odia.
A pesar de todo lo que Gastón decía del orgullo, no sabía lo que era el honor o nunca se habría dejado comprar por su padre. Pero Rocío tenía que saber una cosa.
—¿Estaba casada con Owen Quest cuando estabas embrollado con ella?
—No. Ahora deja de cotillear y deja que te vea por detrás.
—Querer saber más cosas de vos no es chismear. Por ejemplo, he estado mirando unos recortes viejos de periódico y he observado que no hiciste la gira con el circo de los Hermanos Quest el año pasado. ¿Por qué?
—¿Qué más da?
—Me gustaría saberlo.
—Eso no es asunto tuyo.
Gastón era la persona más reservada que Rocío habia conocido en su vida y sabía que no le sacaría nada más.
—No me gusta este maillot. No me gusta ninguno de los dos. Me siento vulgar.
—Pareces una artista. —Dado que ella no se dio la vuelta como él le había pedido, Gastón se puso a su espalda. La joven odió verse expuesta de esa manera y se apartó al sentir que él le tocaba el hombro.
—Quédate quieta —Gastón le agarró la cintura con la otra mano. —Éste no podrá ser criticado ni por los más conservadores.
—Enseña demasiado.
—No es para tanto. Las demás mujeres llevan puestos maillots más pequeños y no les quedan tan bien como te queda éste a vos.
Gastón se había acercado tanto que los pechos de Rocío rozaron contra la suave tela de su camisa cuando se volvió hacia él. La joven se estremeció.
—¿De verdad crees que me queda bien?
—¿Buscas un cumplido?
Ella asintió con la cabeza, sintiendo que se le debilitaban las rodillas.
Él bajó la mano que había colocado en la cintura de la joven, deslizándola por el borde inferior del maillot y ahuecándole las nalgas.
—Considérate elogiada. —La voz de Gastón contenía una nota áspera.
Unas llamaradas ardientes recorrieron a Rocío de los pies a la cabeza. Se apartó un poco; no porque quisiera escabullirse, sino porque deseaba demasiado quedarse donde estaba.
—No nos conocemos.
Sin apartar la mano de donde estaba, Gastón inclinó la cabeza y le acarició el cuello con la nariz, calentándole la piel con el susurro de su aliento en la oreja.
—Estamos casados. Con eso basta.
—Sólo es un acuerdo legal.
Él se echó hacia atrás y ella pudo ver las motas pálidas brillando en sus ojos.
—Creo que es el mejor momento para hacer oficial nuestro acuerdo, ¿no crees?
A Rocío se le aceleró el corazón y supo que no podía haberse escapado aunque hubiera querido. Levantó la mirada y sintió como si todo se hubiera desvanecido y no existiera nada más que ellos dos.
La boca de Gastón le pareció extrañamente tierna a pesar de su gesto duro. Él abrió los labios y cubrió los le ella con suavidad. Al mismo tiempo, le apretó las nalgas y la estrechó aún más contra su cuerpo. Lo sintió grande y pesado contra ella. Cuando Gastón amoldó la boca a la suya, Rocío experimentó un momento de asombro. Los labios de su marido eran tiernos y suaves en contraste con el resto de su persona.
Rocío le ofreció la boca dado que no podía hacer otra cosa. Él le acarició el labio inferior y le rozó la punta de la lengua con la suya. La sensación la hizo sentirse ligeramente mareada y rodeó la cintura de Gastón con los brazos, sintiendo la sedosa tela de la camisa bajo los dedos; luego le deslizó las palmas por las nalgas. Él gimió contra la boca femenina.
—Dios mío, te deseo —dijo, y acto seguido su lengua descendió en picado sobre la de ella.
El beso se hizo salvaje. Gastón la alzó contra él y la empujó hacia atrás, subiéndola a la encimera. Rocío se aferró a su espalda para no perder el equilibrio. Gastón se colocó entre sus piernas y las joyas del cinturón de cosaco se clavaron en el interior de los muslos de Rocío .
Sus lenguas se acariciaron. El suave gemido femenino resonó como un eco en la cálida boca masculina. Rocío sintió las manos de Gastón en la nuca. Él se apartó para bajarle el maillot hasta la cintura.
—Eres preciosa —gimió, mirándola. Le ahuecó los pechos con las palmas de las manos y le rozó los pezones con los pulgares, provocando ramalazos de placer en el cuerpo de Rocío. Comenzó a besarla de nuevo mientras jugueteaba con ellos. Ella se agarró a los brazos de Gastón y sintió la poderosa fuerza masculina a través de las mangas ondulantes.
Gastón abandonó los senos de Rocío y le recorrió la parte trasera de los muslos hasta las nalgas desnudas. Era demasiado para ella. El roce de las joyas del cinturón en los muslos... la suave caricia de sus manos...
—¡Cinco minutos para la función! —Alguien golpeó con fuerza la puerta de la caravana. —¡Cinco minutos, Gastón!
Rocío se bajó de un salto del mostrador como una adolescente culpable y, dándole la espalda, se subió el maillot con nerviosismo. Se sentía ardiente, agitada y... terriblemente irritada. ¿Cómo podía estar tan ansiosa por entregarse a un hombre que casi nunca le decía una palabra amable? ¿Un hombre que no respetaba los votos que hacía?
Salió disparada hacia el cuarto de baño, pero se detuvo al oír la voz suave y ronca de Gastón.
—No te molestes en preparar el sofá esta noche, cara de ángel. Dormiremos juntos.

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