viernes, 23 de septiembre de 2011

Segunda Parte, Capitulo Siete

Gastón estaba furioso. Miró a Eugenia Quest y, después, el látigo que él tenía enroscado en el puño. La noche del sábado era el día de cobro de los empleados y algunos ya estaban borrachos, así que llevaba el látigo como medida disuasoria. Sin embargo, no eran los trabajadores los que le molestaban.
—¡A mí no me roba nadie! —declaró Eugenia, —y Rocío no va a librarse de ésta porque sea tu esposa. —El tono bajo y firme acentuaba la rabia contenida de la dueña del circo. El pelo rojo lanzaba destellos de fuego sobre su espalda y le chispeaban los ojos.
La promesa que Gastón le había hecho a Owen en el lecho de muerte hacía que tuviera constantes enfrentamientos con su viuda. Eugenia Quest era su patrona y estaba resuelta a presionarlo tanto como le fuera posible. Pero él estaba decidido a respetar los deseos de Owen. Era un compromiso que no satisfacía a ninguno de los dos y era inevitable que entre ellos surgiera una guerra abierta.
—No tienes ninguna prueba de que Rocío cogiera el dinero.
Mientras lo decía, Gastón se sintió furioso consigo mismo por intentar defenderla. No había más sospechosos.
-No me sorprendería que tu esposa hubiera agarrado dinero —ella habría pensado que se lo merecía, —pero no había esperado que robara en el circo. Eso sólo demostraba que su libido había nublado su buen juicio.
—Es cierto —espetó ella. —Comprobé la recaudación después de que se fuera. Acéptalo, Gastón, tu mujer es una ladrona.
—No quiero que la acuses antes de que hable con ella —dijo él con terquedad.
—El dinero ha desaparecido, ¿no es cierto? Y Rocío estaba a cargo de él. Si ella no lo ha robado, ¿por qué se ha esfumado?
—La buscaré y le preguntaré.
—Quiero que la detengan, Gastón. Me robó, y en cuanto la encuentres llamaré a la policía.
Él se detuvo al instante.
—Nunca llamamos a la policía. Lo sabes tan bien como cualquiera. Si es culpable yo me encargaré de ella igual que me encargaría de cualquier otra persona que hubiera infringido la ley del circo.
—La última persona de la que te encargaste fue aquel conductor que vendía drogas a los trabajadores. Lo dejaste hecho una piltrafa cuando acabaste con él. ¿Piensas hacer lo mismo con Rocío ?
—¡Ya está bien!
—Eres un tarado, ¿sabes? No vas a poder proteger a tu estúpida mujercita. Quiero recuperar hasta el último centavo y luego quiero que la castigues. Y si no lo haces a mi entera satisfacción, me aseguraré de que todo el peso de la ley caiga sobre ella.
—Te he dicho que me encargaré de ella.
—Ya veo cómo lo haces.
Eugenia era la mujer más dura que conocía. La miró directamente a los ojos.
—Rocío no tiene nada que ver con lo que pasó entre nosotros. No la utilices para vengarte de mí.
Gastón vio en los ojos de Eugenia un destello de vulnerabilidad que rara vez exhibía, pero desapareció con la misma rapidez que apareció.
—Odio desinflar ese precioso ego tuyo, pero veo que aún no te has dado cuenta de que ya no me interesas en absoluto.
Se marchó airada y, mientras la observaba alejarse, Gastón supo que mentía.
Los dos compartían una historia larga y complicada que se remontaba al verano en que él tenía dieciséis años y pasaba las vacaciones viajando con el circo de los Hermanos Quest, y escuchando el punto de vista de Owen sobre los hombres y las mujeres. Los trapecistas Cardoza también estaban en la gira de aquel verano y Gastón se enamoró perdidamente de la reina de la pista central, que por aquel entonces tenía veintiún años.
Se pasaba las noches soñando con su elegancia, su belleza, sus pechos. Las chicas que había conocido hasta ese momento le parecían niñas comparadas con la deliciosa e inalcanzable Eugenia Cardoza. Además de desearla, sentía cierta afinidad con ella porque ambos buscaban la perfección en su trabajo. Percibía en Eugenia una voluntad similar a la suya.
Pero Eugenia también poseía una vena egocéntrica que su padre había alimentado y que Gastón nunca había tenido. Sam Cardoza le había hecho creer a Eugenia que era mejor que los demás. Sin embargo, la trapecista también tenía un lado más suave y maternal y, aunque en aquel tiempo era muy joven, se comportaba como una gallina clueca con los demás miembros de la compañía, les regañaba cuando se portaban mal, llenaba sus estómagos con espaguetis y les aconsejaba en amores.
Incluso a los veintiún años le gustaba jugar a ser la gran matriarca y al poco tiempo también había incluido a Gastón en el clan, apiadándose del huérfano de dieciséis años que la observaba con aquellos ojos tan ardientes. Se había encargado de que Gastón tomara comidas sanas y le decía a Owen que lo mantuviera alejado de los trabajadores más pendencieros, ignorando el hecho de que Gastón llevaba demasiados años de circo en circo para que nadie lo protegiera.
Pero no era eso lo que Gastón quería de Eugenia, que había acabado liándose con un trapecista mexicano que se llamaba Carlos Méndez. Al igual que Eugenia, Carlos pertenecía a la última generación de una vieja familia del circo y había sido contratado por el padre de Eugenia para que fuera el receptor de ésta en el trapecio.
Pero Sam Cardoza tenía algo mas en mente. Aunque la ascendencia circense de Carlos Méndez no era tan impresionante como la de ellos, a ojos de Sam era lo suficientemente aceptable para convertirse en el progenitor de la siguiente generación de trapecistas Cardoza, y Eugenia había complacido a su padre enamorándose de Carlos.
Los celos habían carcomido a Gastón. Su linaje circense era más impresionante que el de Méndez, pero Eugenia sólo veía a un adolescente flaco y huesudo que sabía de caballos y tenía talento con los látigos. Ella le había contado sus planes para casarse con el elegante mexicano que Sam había contratado. Y que le permitiría poner a sus hijos el apellido Cardoza.
El verano llegó al final y Gastón estaba a punto de regresar al colegio. Los Cardoza habían sido fichados por los Hermanos Ringling para hacer la gira de la temporada siguiente. Carlos se pavoneaba como un gallo arrogante, aunque por otro lado carecía de materia gris, y el día que Gastón se marchaba, Eugenia entró inesperadamente en la caravana de Carlos y se lo encontró desnudando a una de las equilibristas.
Gastón jamás olvidaría esa noche. Cuando terminó la función se encontró a Eugenia esperándolo. No había llorado y parecía muy calmada.
—Ven conmigo.
A él ni se le ocurrió desobedecerla. Eugenia lo llevó al borde del recinto, donde se introdujeron en un pequeño espacio oscuro entre dos caravanas. El corazón de Gastón comenzó a latir con fuerza ante los sombríos y clandestinos propósitos de Eugenia mientras se perdía en el olor almizcleño de su perfume.
La trapecista lo había mirado profundamente a los ojos. Sin decir ni una sola palabra se abrió la blusa y la dejó caer por los brazos. Aquellos pechos plenos, de redondos pezones oscuros brillaron como nieve bajo la luz de la luna que se colaba entre las caravanas. Eugenia le agarró las manos y las puso sobre sus pechos.
Él se había imaginado algo como eso cientos de veces, pero las fantasías no le habían preparado para tocar realmente aquellos pechos y sentir esos redondos pezones bajo los dedos.
—Bésalos —dijo ella.
Los dedos de Eugenia bajaron a la cremallera de Gastón. Éste aspiró profundamente sobre la húmeda piel de sus senos. Cuando ella lo tomó entre sus manos, Gastón sintió que perdía el control y explotó con un ronco gemido.
Él se había estremecido de satisfacción y humillación. Eugenia había presionado entonces sus labios contra los de él, ofreciéndole un beso largo y profundo. Luego se apartó y, aún con los pechos desnudos y húmedos por la lengua de Gastón, se giró entre las caravanas.
Fue entonces cuando él se dio cuenta de que Carlos había estado allí todo el tiempo, observándolos.
El destello duro y triunfante en los ojos de Eugenia le dijo a Gastón que ella lo había sabido en todo momento y la sensación provocada por aquella traición fue tan devastadora que no pudo respirar. Él no le importaba. Sólo lo había utilizado para vengarse.
Mientras observaba a su antiguo amante, Eugenia pareció olvidarse de que Gastón existía.
—He contratado a un nuevo receptor —dijo ella con frialdad. —Estás despedido.
—No puedes despedirme —estalló Carlos. —Soy un Méndez.
—No eres nada. Incluso este chico es más hombre que tú.
Eugenia volvió a darse la vuelta y selló los labios de Gastón con un beso. A pesar de su lujuria, a pesar de la neblina de la traición, él sintió una chispa de fría admiración que lo asustó más de lo que lo había hecho nunca el látigo de su tío. Comprendía aquella cruel demostración de amor propio. Como Eugenia, él jamás dejaría que alguien o algo amenazara lo que era, sin importar el precio que tuviera que pagar. A pesar de odiarla por haberlo utilizado como un peón, no pudo dejar de respetarla por ello.
Eugenia pasó los siguientes dieciséis años como artista destacada en los grandes circos del mundo y no hizo otra gira con el circo de los Hermanos Quest hasta que su carrera comenzó a declinar. Para entonces, su padre ya había muerto y Eugenia, soltera y sin hijos, se había convertido en la última Cardoza.
Owen le dio la bienvenida al circo de los Hermanos Quest y montó el espectáculo en torno a ella. Además, en sus infrecuentes conversaciones telefónicas con Gastón, le reveló lo suficiente como para que éste dedujera que Owen estaba colado por ella.
Gastón y Eugenia se habían reencontrado hacía dos veranos y, de inmediato, se hizo evidente que había habido un cambio en el equilibrio de poderes entre ellos. A los treinta y dos años él estaba en la plenitud de su virilidad y no le quedaba nada por probar, mientras que los mejores años de Eugenia como artista ya habían pasado. Gastón conocía su propia mérito y hacía mucho tiempo que había quedado atrás la baja autoestima que sentía en la adolescencia. Ella era hermosa, inquieta y, por razones que él no comprendió de inmediato, estaba soltera y sin hijos.
El fuego de la pasión crepitó con fuerza entre ellos, pero esta vez era ella la que lo buscaba a él. Gastón no quería hacer daño a Owen y, al principio, ignoró las insinuaciones sexuales de Eugenia. Sin embargo, pronto se hizo evidente que el dueño del circo estaba resignado a que los dos se liaran y, con su peculiar idiosincrasia, se sintió ofendido cuando Gastón continuó desairando a la mujer que él valoraba por encima de todas las cosas.
Finalmente, Gastón la dejó entrar en su cama. Ella era ágil y suave, carnal y apasionada, y él jamás había disfrutado tanto del sexo. Le gustaba que ella fuera dura y, también, no poder hacerle daño. Porque aunque la apreciaba, no la amaba.
—¿Por qué no te has casado? —le preguntó Gastón una noche sentado a la mesa en la lujosa caravana de Eugenia, donde ella se disponía a servirle la comida por segunda vez en el día. Los dos llevaban puestas las batas, la de ella tenía un exótico estampado que hacía que los brillos rojizos de su pelo parecieran todavía más intensos. —Siempre he pensado que querías tener hijos. Tu padre no esperaba otra cosa.
Ella le puso un plato de lasaña delante y se volvió a la cocina para agarrar el suyo. Pero no volvió a la mesa. Se quedó inmóvil mirando fijamente la comida que había preparado.
—Supongo que ambicioné demasiado. Ya sabes que hay cosas que no se pueden tener. Los mejores trapecistas nacemos con una habilidad especial y el hombre con el que me case tiene que provenir de una buena familia. No me casaré con cualquiera, y mucho menos sin amor. Amor y linaje. Es una buena combinación. —Llevó el plato a la mesa. —Mi padre solía decir que era mejor que los Cardoza se extinguieran antes que tener nietos sin sangre circense. —Se sentó y agarró el tenedor. —Bueno, hice mía esa máxima. Es preferible que los Cardoza se extingan a casarme con un perdedor hijo de puta al que no pueda respetar.
—Bien por ti.
Ella tomó un bocado de comida y volvió a dejar el tenedor en el plato. Después observó detenidamente a Gastón, con un brillo provocador en los ojos.
—Los Dalmau son todavía más importantes que los Cardoza. Sam me dijo hace años que no debería haberte dejado escapar. Me reí de él porque por aquel entonces tú eras sólo un niño, pero ahora los cinco años que te llevo no significan nada. Somos los últimos de dos grandes dinastías circenses.
Divertido, él negó con la cabeza.
—Yo no tengo ninguna intención de perpetuar la dinastía Dalmau. Lo siento, cariño, pero tendrás que buscar esperma circense en otro lado.
Ella se rio, pinchó un rollito de lasaña y se lo llevó a la boca.
—Menos mal que no te quiero. Si lo hiciera estarías perdido.
Su ardiente relación siguió adelante, tan lujuriosa y apacible que él no prestó atención a la manera, cada vez más posesiva, con la que ella lo trataba o cómo, poco a poco, comenzó a considerarlo su igual.
—Somos almas gemelas —le dijo ella una noche, con la voz ronca por la emoción, —si fueras mujer, serías yo.
Eugenia tenía razón, pero algo en el interior de Gastón se rebeló ante la comparación. Admiraba a Eugenia, pero había algo en ella que le repelía. Puede que porque se veía reflejado a sí mismo. Para impedir que dijera nada más, se acomodó entre las piernas femeninas y entró en ella con un duro envite.
A pesar de los sutiles cambios en el comportamiento de Eugenia, él no estaba preparado para lo que sucedió aquella tarde de aquel verano en el recinto a las afueras de Waycross, Georgia. Ese día ella le dijo que le amaba. Y cuando lo hizo, él se dio cuenta de que hablaba totalmente en serio.
—Lo siento —dijo él tan suavemente como pudo cuando ella terminó su declaración, —pero eso no va conmigo.
—Por supuesto que sí. Es el destino. Eugenia se negó a escuchar cuando Gastón le dijo que él nunca podría amar a nadie —que había perdido la capacidad de amar cuando era un niño maltratado— y el brillo en los ojos de la joven le dijo que para ella el rechazo no era más que un juego. Se empeñó en hacerle cambiar de opinión con la misma determinación que empleó antaño para conseguir el triple salto y, sólo cuando él estaba haciendo la maleta para marcharse después de su última actuación en el circo, comprendió que él no bromeaba. Gastón jamás la había engañado. No la amaba. Y no iba a casarse con ella.
Cuando por fin asimiló aquel tajante rechazo, todo lo que Eugenia creía sobre sí misma se hizo trizas y se volvió loca. Fue en ese momento cuando hizo lo inconcebible, lo que nunca le perdonaría. Fue cuando le rogó que no la dejara.
Gastón era, sin duda, la única persona en el mundo que podía comprender la enormidad de lo que ella estaba destruyendo cuando lloró de rodillas ante él. Había doblegado su orgullo, lo que hacía que fuera quien era.
—Eugenia, basta. Tienes que parar. —Intentó levantarla, pero ella se aferró a él y gritó con una desesperación tan desgarradora que él se llevaría ese sonido consigo a la tumba. En ese momento Gastón pudo ver cómo el amor que Eugenia sentía por él se convertía en odio.
Owen Quest, alertado por el ruido, había irrumpido, de repente, en la caravana y se había dado cuenta de lo que pasaba. Luego había mirado a Gastón y le había señalado la puerta con la cabeza.
—Vete, yo me encargaré de todo.
Una semana después, Eugenia se casó con Owen; un hombre que casi le doblaba la edad y que no le dio hijos, y Gastón era el único que sabía por qué. Su rechazo la había herido en lo más profundo de su ser y sólo podía resurgir de sus cenizas uniéndose a alguien poderoso que la pusiera en un pedestal. Desde que su padre había muerto, ella había recurrido a Owen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario