—¡Gastón! —La voz asustada de Heather interrumpió sus perturbadores recuerdos. —¡He visto a Rocío ! Está delante de la jaula de Sinjun.
Eugenia oyó lo que Heather decía y alejándose de Jack Daily se dirigió a Gastón:
—Yo me ocuparé de esto.
—No, lo haré yo. Es mi trabajo.
Mientras sus ojos se enfrentaban en una firme batalla de voluntades, él maldijo para sus adentros a Owen Quest por hacerlos pasar por eso. Sólo tras la muerte de Owen se había dado cuenta de cómo éste lo había manipulado con su habitual astucia. Había pensado que obligándolos a estar juntos, Gastón y Eugenia resolverían sus diferencias, se casarían y conservarían el circo de los Hermanos Quest. Owen nunca había conocido realmente la naturaleza de ellos dos. Y, por supuesto, Owen no había contado con que una raterilla llamada Rocío Igarzabal echara a perder sus planes.
Heather caminó al lado de Gastón, frunciendo el ceño con ansiedad.
—No ha sido mucho dinero. Sólo doscientos dólares. Él deslizó el brazo alrededor de los hombros de la joven y le dio un apretón.
—Quiero que te mantengas apartada de esto, Heather. ¿Me has comprendido?
Ella levantó la vista y lo miró con preocupación.
—No vas a darle latigazos, ¿verdad, Gastón? Es lo que dijo mi hermano. Dijo que le ibas a dar latigazos.
Las voces avivaron a Rocío . Levantó la cabeza de las rodillas y se dio cuenta de que se había quedado dormida sentada en el suelo delante de la jaula de Sinjun. Mientras se desperezaba, recordó el dolor que había experimentado y la extraña sensación de afinidad con el tigre. Qué extraño. Debía haberlo soñado, aunque todo aquello le había parecido muy real.
Miró a la jaula. Sinjun había levantado la cabeza, había bajado las orejas y tenía las marcas blancas a la vista. Siguió la dirección de su mirada y vio que Gastón se acercaba a ella, con Eugenia y Heather detrás. Se puso de pie lentamente.
—¿Dónde está? —exigió Eugenia.
—Yo me encargaré de esto —dijo Gastón.
Rocío sintió una señal de temor al ver la expresión fría y resuelta en la cara de su marido. Sinjun comenzó a pasearse intranquilo por la jaula.
—¿Encargarte de qué? ¿Qué ha pasado?
Eugenia la miró con desprecio.
—No te molestes en hacerte la inocente. Sabemos que tú robaste el dinero, así que devuélvelo. ¿O ya lo has escondido en alguna parte?
Sinjun gruñó por lo bajo.
—No he escondido nada. ¿De qué estás hablando?
Gastón se pasó el látigo enroscado de una mano a otra.
—Faltan doscientos dólares del cajón de la recaudación, Rocío.
—Eso es imposible.
—Es cierto.
—Yo no los he agarrado.
—Eso está por verse.
Rocío no podía creer lo que estaba ocurriendo.
—No soy la única que estuve allí. Tal vez Peter vio algo. Fue quien me sustituyó cuando fui a probarme los maillots.
Eugenia se acercó más.
—Te estás olvidando de que conté el dinero justo después de que volvieras a tu puesto. Estaba todo. Los doscientos dólares desaparecieron después de marcharme.
—Eso es imposible. Estuve allí todo el tiempo. No pudo haber desaparecido.
—Voy a registrarla, Gastón. Quizás aún lo lleve encima.
—Ni se te ocurra tocarla—dijo Gastón sin levantar la voz, pero la orden implícita en su respuesta era inconfundible.
—¿Pero qué pasa contigo? —exclamó Eugenia.
—Ni una palabra más. —Él se volvió hacia Heather, que había estado observando el intercambio de voluntades. —Vete, cariño. Todo se habrá aclarado por la mañana.
Heather se fue a regañadientes, pero Rocío vio que se acercaban otras personas: Neeco Martin, el domador de elefantes, con Jack Daily, y Nicolás, al que acompañaba una de las animadoras.
Gastón también notó que estaban atrayendo a una multitud y se volvió hacia Rocío .
—Si me das el dinero ahora evitaremos montar una escena.
—¡Yo no lo tengo!
—Entonces tendré que buscarlo, y comenzaré por registrarte.
—¡No!
La agarró del brazo y Sinjun emitió un rugido ensordecedor cuando Gastón comenzó a arrastrarla hacia la caravana. Eugenia se puso de inmediato a la izquierda de Gastón, dejando claro que no pensaba dejarlos solos.
Por el rabillo del ojo, Rocío vio las expresiones severas y serias de todos los que se habían reunido alrededor de la tarta de bodas la noche anterior. Jill estaba allí, pero ahora se negaba a mirar a Rocío a los ojos. Madeline se dio la vuelta y Nicolás Pepper la fulminó con la mirada.
Cuando Gastón le apretó el brazo, Rocío sintió que una sensación de traición se extendía hasta lo más profundo de su alma.
—No sigas con esto. Sabes que jamás robaría nada.
—Pues no, en realidad no lo sé. —Habían llegado a la caravana y Gastón se adelantó para abrir la puerta con la misma mano que sujetaba el látigo. —Entra.
—¿Cómo puedes hacerme esto?
—Es mi trabajo. —Con un empujón la hizo subir el último escalón.
Eugenia los siguió a la caravana.
—Si eres inocente, no tienes nada que temer, ¿verdad?
—¡Soy inocente!
Él dejó el látigo en una silla.
—Entonces no te importará que te registre. —Rocío desplazó la mirada del uno a otro y la fría intención que vio en los ojos de ambos hizo que se sintiera enferma. A pesar de que no se soportaban, los dos se habían aliado ahora en su contra.
Gastón se acercó y Rocío se echó hacia atrás y chocó contra el mostrador de la cocina, el mismo lugar donde sólo unas horas antes le había dado aquel apasionado beso.
—No puedo dejar que me hagas esto —dijo ella con desesperación. —Hicimos unos votos, Gastón. No les des la espalda. —Ella sabía que eso la hacía parecer más culpable ante aquellos ojos acusadores, pero el matrimonio se basaba en la confianza y si él destruía eso, no tendrían ni la más mínima oportunidad.
—Esto no tiene nada que ver con eso.
Ella se deslizó junto al mostrador.
—No puedo dejar que me toques. ¡Por el amor de Dios, créeme! ¡No robé el dinero! ¡Nunca he robado nada en mi vida!
—Cállate, Rocío. Sólo estás empeorando las cosas.
Se dio cuenta de que él no iba a ceder. Con el único propósito de asustarla, la atrapó contra la despensa. Ella lo miró horrorizada.
—No lo hagas —susurró. —Por favor. Te lo ruego. Por un momento él se quedó inmóvil. Luego le cacheó los costados. Mientras Eugenia los observaba, le pasó las manos por las caderas, por la cintura, luego las movió hacia el estómago, la espalda, los pechos que él había tomado en sus manos tan sólo unas horas antes... Rocío cerró los ojos cuando él le deslizó la mano entre sus piernas.
—Deberías haberme creído —susurró cuando él terminó.
Gastón dio un paso atrás con los ojos llenos de preocupación.
—Si no lo tienes, ¿por qué te has enfrentado a mí?
—Porque quería que confiaras en mí. No soy una ladrona.
Se miraron a los ojos. Parecía como si él estuviera a punto de decir algo cuando Eugenia dio un paso adelante.
—Tuvo tiempo de sobra para deshacerse del dinero. ¿Por qué no registras la caravana? Yo registraré la camioneta.
Gastón asintió con la cabeza y Eugenia salió. A Rocío comenzaron a castañetearle los dientes a pesar de que la noche era cálida. Decía mucho de la relación entre Gastón y Eugenia que, al menos en ese tipo de asuntos, parecieran confiar el uno en el otro. Pero nadie confiaba en ella.
Rocío se dejó caer en el sofá y se rodeó las rodillas con las manos para dejar de temblar. No miró cómo Gastón revisaba los armarios ni cómo registraba sus pertenencias. La joven se sintió embargada por una sensación de impotencia. Ya no podía recordar cómo era tener la vida bajo control. Tal vez es que nunca la había tenido. Primero había dependido de su madre, luego de su padre. Y ahora era ese marido peligroso el que había asumido el control de su vida.
Los ruidos de la búsqueda fueron reemplazados por un pesado silencio, pero Rocío no levantó la mirada del dibujo de la gastada alfombra.
—Has encontrado el dinero, ¿verdad?
—En el fondo de tu maleta, donde vos lo escondiste.
Rocío alzó la vista y vio la maleta abierta a sus pies. Tenía un montón de dinero en la mano.
—No sé quién lo habrá puesto ahí, pero no he sido yo.
Él se metió la mano en el bolsillo.
—Al menos ten las agallas suficientes para decir la verdad y acepta las consecuencias.
—No robé el dinero. Alguien me ha tendido una trampa. —Era evidente para Rocío que Eugenia estaba detrás de todo eso. Gastón tenía que verlo también. —¡No lo he hecho! Tienes que creerme.
Las súplicas murieron en los labios de Rocío cuando observó el rígido gesto de su marido y supo que nada lo haría cambiar de opinión. Con una horrible sensación de resignación, le dijo:
—No voy a seguir defendiéndome. He dicho la verdad y no voy a decir nada más. —Él se acercó a la silla de enfrente y se sentó. Parecía cansado, pero nada comparable a cómo se sentía ella. —¿Vas a llamar a la policía?
—Nosotros resolvemos nuestros problemas.
—Es decir, soy juez y parte.
—Es mejor así.
Se suponía que el circo era un lugar mágico, pero todo lo que ella había encontrado era ira y sospecha. Clavó los ojos en Gastón, intentando ver a través de la impenetrable fachada que presentaba.
—¿Qué ocurre si te equivocas?
—No lo hago. No puedo permitírmelo.
Rocío notó la fría certeza en la voz de su marido. Tal arrogancia era una invitación al desastre. Se le puso un nudo en la garganta. Ella le había dicho que no volvería a defenderse, pero aun así se sintió inundada por un tumulto de emociones. Tragando saliva, se quedó mirando las feas y finas cortinas que cubrían las ventanas detrás de Gastón.
—Yo no robé los doscientos dólares, Gastón.
Él se levantó y se acercó a la puerta.
—Nos enfrentaremos mañana a las consecuencias. No intentes salir de la caravana. Si lo haces, no dudes que te encontraré.
Ella oyó aquella voz helada y se preguntó qué clase de castigo le impondría. Sería duro, de eso no tenía la menor duda.
Gastón abrió la puerta y salió a la noche. Ella oyó el rugido de un tigre y se estremeció.
Cuando Eugenia miró los doscientos dólares que Gastón le daba, supo que tenía que escapar de allí y, un momento después, aceleraba por la carretera en su Cadillac sin importarle adónde iba; necesitaba celebrar la humillación de Gastón en privado. A pesar de todo su orgullo y arrogancia, Gastón Dalmau se había casado con una ladrona.
Sólo unas horas antes, cuando Jill Dempsey le había dicho que Gastón se había casado, Eugenia se había querido morir. Había podido tolerar el horrible recuerdo del día en que perdió el orgullo, cuando se rebajó delante de él, porque había sabido que Gastón nunca se casaría con otra. ¿Cómo iba a encontrar a una mujer que le comprendiera como lo hacía ella, su alma gemela? Si no podía casarse con Eugenia, mucho menos podría hacerlo con otra, y gracias a ese pensamiento su orgullo había sobrevivido.
Pero hoy todo se había acabado. Aún no podía creer que él le hubiera negado ese último placer. Se recordaba a sí misma llorando y abrazándose a él, rogándole que la amara, con la misma claridad que si acabara de ocurrir.
Y ahora, con más rapidez de la que podía haber imaginado, él estaba siendo castigado y ella podría dormir tranquila. No podía imaginar un golpe más amargo para el orgulloso Gastón. Al menos su humillación había sido privada, pero la de él había sido en público. Eugenia incendió la radio y el coche se inundó con el sonido del rock duro. Pobre Gastón. En realidad lo compadecía. Se había negado a casarse con la reina de la pista y había terminado con una ladrona.
Mientras Eugenia Quest volaba por la carretera bajo la luz de la luna de Carolina del Norte, Heather estaba acurrucada en el asiento trasero del Airstream de su padre con los delgados brazos cruzados sobre el pecho y las mejillas húmedas por las lágrimas.
¿Por qué había hecho algo tan feo? Si su madre estuviera viva, podría habérselo contado todo, podía haberle explicado que ni siquiera lo había planeado, pero el cajón de la recaudación estaba abierto y odiaba a Rocío; así que simplemente había agarrado el dinero. Su madre la habría ayudado a arreglarlo todo.
Pero ella había muerto. Y Heather sabía que si su padre se enteraba algún día de lo que había hecho, la odiaría para siempre.
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